Acostumbrarse no es la solución: a propósito de la prensa en Cuba

“No le digas a mi madre que soy periodista. La pobre cree que trabajo como pianista en un prostíbulo”. La frase se las trae, ¿verdad? Es tan pero tan amarga… El catedrático Enrique de Aguinaga la cita para ilustrar cómo ha sido percibido el periodismo en España. No conozco en Cuba ningún enunciado igual de despectivo, más bien –aunque no resumido en expresiones tan sonoras– esta profesión ha gozado de bastante prestigio entre nosotros.

Pero me pregunto si en la actualidad sigue siendo así. Y no tengo a la mano ninguna certeza, más bien un manojo de interrogantes. Una me martilla desde hace varios días: ¿tenemos alguna idea, incluso, de cómo se perciben a sí mismos los periodistas cubanos? ¿Cómo se sienten? Me dirán que ahora, en el proceso asambleario de la UPEC, tal cuestión debe salir a flote, mas no me parece posible por varias razones, en las que no creo necesario detenerme.

Intentar saber a ciencia cierta cómo se perciben y cómo se sienten nuestros periodistas implica varios supuestos. Lo primero, la ausencia de investigaciones verdaderamente serias al respecto. Pero no nos sintamos tan mal por no tenerlas. Varios estudiosos refieren la ausencia de tales inventarios en el ámbito latinoamericano. Es solo de un tiempo a esta parte que se han hecho algunas indagaciones. Y para mi sorpresa lo que creía una percepción bastante personal, es bastante generalizada.

Para mi asombro y mi malestar, añado, pues no es nada agradable saber que los periodistas latinoamericanos oscilan entre el agotamiento y la fascinación –la genial expresión es de Jesús Arroyave e Iscar Blanco, de la Universidad del Norte, en Barranquilla, Colombia. Pero lo aseguran no solo ellos: una exhaustiva tesis doctoral, de María José Ufarte Ruiz, de la Universidad de Sevilla, plantea un cuadro bastante complejo.

Estos y otros estudios comienzan por reconocer la dificultad de las indagaciones a fondo. Los propios periodistas son reacios a semejantes búsquedas, les cuesta trabajo participar en grupos de discusión –principal técnica empleada en las pesquisas– e incluso, les resulta incómodo conversar, fuera de un círculo de íntimos, de determinados malestares. Ello podría suponer –intuyen los investigadores– el reconocimiento de frustraciones, la certeza de haber elegido mal la profesión o el que es tal vez uno de los más terribles sentimientos en el mundo de hoy: sentirse un perdedor.

Pero, curiosamente, cuando los periodistas acceden –como fue en ambos estudios– se traza un cuadro bastante vívido. En lo personal me admiró saber que aún confían en su rol social, en el hecho de que, desde la prensa, se pueda contribuir al bien común, y la tranquilidad que les brinda saberse partícipes, desde una posición privilegiada, en el mejoramiento social. He ahí parte de las causas del encantamiento que todavía ejerce el periodismo.

Sin embargo, los entrevistados también reconocen su precarización, las largas jornadas, el estrés agobiante, los problemas nutricionales, las dificultades para la vida familiar e, incluso, el envejecimiento prematuro. Y entre las causas de estrés se encuentran el ritmo demandado por el trabajo diario, las cuestiones técnicas –reacias a su control y muy demandantes, pues exigen continuamente el desarrollo de nuevas competencias–, las presiones políticas y, per saecula saeculorum, los salarios, bajísimos al ser comparados con los devengados por otros profesionales. Hasta una de sus virtudes se torna espeluznante amenaza: las demandas sociales y la propia naturaleza del trabajo hacen del miedo a equivocarse una de las causas de la tensión.

Ya se sabe: los periodistas publican sus errores. Y es terrible saberlo, tanto que al principio puede ser paralizante. Esa fue mi experiencia, lo confieso, y estoy segura que la de muchos colegas. Pero también es una verdad –y así lo afirmaba uno de los periodistas encuestados–, que “uno se acostumbra al trabajo y al mal pago”.

No creo que el panorama en Cuba sea muy diferente. Es cierto que ciertas presiones generadas por las dinámicas de la sociedad de mercado no existen en Cuba. ¿Y los restantes ítems? Uno puede apreciarlos incluso en los estudiantes. En tercer año de la especialidad, si bien muchos mantienen el entusiasmo, ya hablan de ciertas realidades con una amargura sorprendente para esas edades. También me parece –no tengo a la mano ningún estudio, reitero– que ha dejado de ser la profesión soñada e idealizada por los alumnos de preuniversitario, al menos no de la manera que lo era hace más de 20 años, momento en que me tocó elegir carrera. Claro, nada existe en una suerte de vacío o burbuja: esos más de 20 años son los mismos en los que muchas cosas han cambiado en Cuba, aunque ciertas demandas de los profesionales de la prensa se han mantenido inalterables. A ellas se suman otras nuevas, es cierto, pero hay una suerte de núcleo que permanece inamovible… desde que yo era estudiante.

Al periodista cubano también se le pide incondicionalidad, aunque no con la empresa (como en otros lares), también debe cumplir horarios interminables y debe dedicar al cultivo de sus relaciones con las fuentes parte de su poco tiempo libre. Tiene el estrés del cierre y de las coberturas, entre otros muchos. Tal vez se sienta como en una cuerda floja, porque no solo publica sus errores, sino que estos, súbitamente, pueden ser interpretados de muy enrevesadas maneras. Puede pasar que no se trate siquiera de un error, sino de algo no percibido de igual forma por los decisores, quienes –muchos lo han dicho antes que yo– casi nunca tienen formación periodística, ni suelen discutir ideas: desde posiciones de poder imponen prioridades y dicterios.

Ser citado para una reunión por algo que uno ha publicado… Vamos, mis colegas saben a qué me refiero. Como saben que no siempre el ambiente en los medios condiciona la armonía –de eso también dan cuentas los estudios mencionados. Los periodistas cubanos también reconocerían, estoy segura, que se alimentan a deshora y muchas veces mal, y que conciliar la vida profesional con la hogareña es acaso el más desconcertante de los retos.

Porque es una profesión que se erige –y se elige– en forma de vida, que ocupa casi todas las energías vitales, que implica una devoción casi sacerdotal… Todo esto ha sido idealizado por los propios periodistas, quienes con sus anecdotarios han creado muchos mitos, entre ellos ese de la bohemia como un rasgo consustancial.

En ella se basan muchos al elegir la carrera, o en el compromiso cívico, o en las perspectivas de un trabajo para nada rutinario, con una estimulante dosis de adrenalina. También suelen sentir en el periodismo un camino para el ejercicio de las letras, o que permite el contacto con personas importantes, y, también, ejercer poder –sí, porque es una posición de poder e implica estar cerca del poder. Una estudiante me confesó algo que nunca había percibido de manera tan brutal: sus motivos fueron, nada más y nada menos, ser famosa.

Habría que ver las opiniones a los cinco años de ejercicio, a los 10, a los 20… Y no solo eso. ¿Por qué muchas veces los más avezados periodistas recomiendan a los más jóvenes elegir otro camino? ¿Cuán satisfechos están –estamos– con nuestras vidas? ¿Qué enfermedades son las más recurrentes entre nosotros? ¿Qué huellas va dejando en nuestra salud el estrés sostenido? Añádase que somos, por lo regular, inveterados tomadores de café, no siempre trabajamos con las mejores condiciones de iluminación y confort –pienso en la altura del monitor, del teclado y del mouse, y en la posibilidad de acomodar esa tan maltratada columna vertebral en una silla cómoda–, por no hablar del riesgo de accidentes. Pero, insisto, ¿qué sabemos de esto? ¿Es que, como decía el colega, “nos hemos acostumbrado al trabajo y al mal pago”?

Hablando de pago: tal vez lo más lacerante en Cuba –y ello es válido no solo para los periodistas– sea la crisis moral a la que conduce el hecho, el simple hecho, de no disponer de un salario con el cual satisfacer las necesidades vitales. Pero en el caso de los periodistas, el asunto –se ha repetido una y otra vez– adquiere dimensiones mayúsculas.

Como la adquiere la crisis misma del periodismo a escala global, y las situaciones –de las que también otros han hablado antes y mejor– que atentan contra el periodismo en Cuba. El propio hecho de que apenas se discuta sobre la ley de prensa es muy mala señal. Y no creo que en ella debamos condensar todas nuestras esperanzas, pues la prensa es una expresión más del país.

Acostumbrarnos no es la solución, no puede serlo. Puedo imaginar el gesto cansino de ese periodista, citado en el estudio, el mismo que veo en algunos colegas, tal vez el que yo también tuve. No sentí alegría alguna al dejar el batón en otras manos. Tal vez hasta lo dejé caer. A saber. Lo cierto es que conformarnos no puede ser la solución, y que sería justo, muy justo, que en nuestros debates y en nuestros estudios académicos nos planteemos algunas de las interrogantes que, desde mi experiencia –humana, o sea, limitadísima– he querido poner sobre el tapete. Y que sumemos otras y las hagamos dialogar con los aspectos que, fundamentalmente en los documentos del pasado congreso de la UPEC y también en medios alternativos, varios colegas han planteado. Sería una manera de querernos un poquito, de abrazarnos esta fe en lo mejor del ser humano que, estoy segura, nos hizo a casi todos elegir esta desafiante profesión

 

Bibliografía consultada:

Arroyave, Jesús e Iscar Blanco: “Cómo perciben los periodistas su profesión: entre el agotamiento y la fascinación.”, en Investigación & Desarrollo, vol. 13, núm. 2, 2005, pp. 364-389, Universidad del Norte, Barranquilla, Colombia. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=26813207

Ufarte Ruiz, María José: “El periodista acosado: entre la precariedad laboral y el mobbing. Un estudio de caso: La precariedad de los periodistas almerienses en la prensa escrita”. Tesis de doctorado. Universidad de Sevilla. Disponible en http://fondosdigitales.us.es › Tesis Doctorales y en https://idus.us.es/xmlui/handle/11441/15433

Sobre los autores
María Antonia Borroto Trujillo 4 Artículos escritos
Periodista y ensayista. Doctora en Ciencias de la Comunicación Social. Julián del Casal: modernidad y periodismo —Editorial Oriente 2016 y mención en el Premio Casa de las Américas 2014— es su libro más reciente.
1 COMENTARIO
  1. Jorge Alfonso dice:

    La madre de Enrique de Aguinaga soñaba que él siguiera sus pasos, y se sentiria muy triste si supiera que su hijo es periodista. La comprendo porque tres profesiones donde es difícil encontrar personas valientes y honorables son el periodista, el abogado y el político, por esa razón cuando encontramos la excepción se destaca mucho, son héroes o mártires, entonces pienso en Fidel y en Marti.

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