Algunas reflexiones (inconclusas) sobre Cuba y Estados Unidos, en clave de soberanía


                                                            Es hora de levantar el embargo. Pero incluso si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba.

Discurso de Barack Obama en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, 22 de marzo de 2016.


Al momento de comenzar a escribir estas líneas Cuba parece estremecida por la pronta llegada del presidente de Estados Unidos, Barack Hussein Obama Jr. Los que tenemos acceso a la prensa internacional, vía Internet, a veces pensamos que los medios del mundo nada más están enfocados en esa visita, y en todo lo que la misma implica para el proceso iniciado el 17D. Que conste que no lo digo sólo por mí, sino por un buen grupo de amigos que están por el mundo y solo me comentan de este tema. Las expectativas se multiplican a medida que el domingo 20 de marzo se acerca, día que desde ya me atrevo a señalar como histórico, aunque puede que algunos no estén de acuerdo conmigo. En definitiva, hay quien catalogó el día de la apertura de la embajada estadounidense en La Habana como no histórico, así que quizás pudiera pasar lo mismo ahora. Ya nada me sorprende.

Lo cierto es que la visita de Obama a Cuba confirma lo que las principales figuras de la política de acercamiento entre ambos países han venido diciendo desde el lado estadounidense: “queremos hacer de este proceso algo irreversible”. Ese, quizás, sea el objetivo más importante de dicho viaje: demostrar que esta vez sí van en serio; y nosotros a la par de ellos. De cualquier forma, nadie puede pasar por alto que el cambio de política hacia Cuba impulsado por Obama durante la parte final de su último mandato, se viene a insertar inteligentemente en lo que se conoce en Estados Unidos como “el legado presidencial”. Esta aproximación, junto con el acuerdo alcanzado con Irán sobre su programa nuclear, quizás serán los actos más importantes en materia de política exterior de su Administración. Además, estos logros pueden mostrarse sobre la base del conocido soft power, que puede traducirse como la imposición de los intereses estadounidenses sin necesidad de acudir a la fuerza de las armas.

Por tanto, está claro que el juego de ajedrez que se nos presentó desde el 17 de diciembre de 2014 ya ha comenzado y, poco a poco, va entrando en una fase más compleja. Como buena partida se requiere de mucha inteligencia, pues lo que está sobre el tablero es la soberanía nacional. Algunos de los que lean estas líneas puede que no estén de acuerdo con muchas de las cosas que ocurren en Cuba. Yo mismo concuerdo con algunas; con otras no pero las entiendo; y con muchas ni estoy de acuerdo ni las entiendo. Pero sí creo que la inmensa mayoría coincidiremos en que las decisiones/modificaciones a nuestra sociedad, economía y sistema político son de exclusiva competencia de todos los cubanos de bien (tanto los de dentro, como los de fuera).

La gran disyuntiva en la que se moverá Cuba a partir del día en que se venga abajo todo el andamiaje jurídico del bloqueo/embargo, el cual en mi criterio tiene los días contados, será similar a la que enfrentó José Martí a fines del siglo XIX: entre la independencia y la anexión. Mientras que desde el discurso y la praxis política oficial la mayoría se enfrascan en la “actualización del modelo económico para la construcción de un socialismo próspero y sostenible”, soy de los que piensa que va siendo hora, al menos a la par con lo anterior, de la “democratización de Cuba para la preservación de su soberanía”. Si nos adentramos en el análisis del contexto actual, entenderemos por qué resulta vital hacer de nuestro país una sociedad más democrática, como paso indispensable para la preservación de su soberanía y la adecuada definición de su sistema político.

En primer término, el acercamiento de Estados Unidos hacia Cuba se basa en una filosofía que sostiene el cambio de estrategias, tácticas y métodos, pero no de objetivo. Este último sigue siendo el mismo: lograr que seamos parte de su backyard. La política de aislamiento, propia de la Guerra Fría, resulta insostenible para los sectores dominantes de la política y la economía estadounidenses, por lo que el levantamiento del bloqueo/embargo se hace necesario. Un paréntesis: tal postura no es ni por asomo nueva en Estados Unidos, pues mucho antes del 17D o incluso de que Obama llegara a la presidencia, existía una fuerte corriente dentro de importantes grupos de poder favorable al acercamiento entre ambos países. Cuando delegaciones de congresistas y empresarios nos visitaban y se pronunciaban en contra del aislamiento de Cuba, no lo hacían por ser “amigos de la revolución o del pueblo cubanos”, sino porque sabían (y saben) que pueden lograr sus intereses de otra forma. Los políticos en Estados Unidos (como en muchas partes del mundo) antes de ser demócratas, republicanos o independientes son capitalistas, y entienden como nadie lo que la dependencia económica de un país hacia otro puede implicar políticamente.

En tal sentido, la eliminación del bloqueo/embargo no se basa en una concepción que lo identifica como ilegal, ilegítimo o inmoral; sino en la idea de que estableciendo relaciones económicas “normales” se pueden lograr cambios políticos significativos en Cuba. Y esa noción, aunque es en esencia imperialista e injerencista, también es extremadamente genial si la vemos desde la óptica de nuestros vecinos del Norte.

Cualquiera que analice con un mínimo de objetividad el probable escenario de la Cuba post-bloqueo y tenga en cuenta todas las variables, internas y externas, que influyen en aquel, podrá estar de acuerdo con el criterio de que será en extremo complejo. Pensemos en un flujo constante de capital, inversiones y turistas estadounidenses sin precedentes en más de cincuenta años. A eso sumémosle la posibilidad de acceder sin restricciones de ningún tipo al mercado más grande del mundo en términos de consumo; el cual, con su fuerza centrípeta, puede poner en función suya a toda la base económico-productiva nacional para satisfacer una parte de sus necesidades. Estas pueden ser algunas de las variables en el campo económico.

En el terreno político, la Cuba sin bloqueo/embargo profundizará y aumentará exponencialmente las relaciones con su diáspora, dentro de la cual también hay intereses creados de todo tipo. Lo anterior significa que desde fuera y con una cercanía comunicativa, idiosincrática y cultural común con los cubanos de dentro, habrá quienes hablen de la “excepcionalidad norteamericana” con un acento y de una forma muy cercana a la de los cubanos de a pie. Sobre esa excepcionalidad también nos “bombardearán” informativa y culturalmente medios de difusión masiva, que saben hacerlo como nadie en el mundo.

Tampoco se puede olvidar o menospreciar nuestras carencias en materia de cultura política. Como consecuencia de las dificultades propias del Período Especial, así como de la paulatina pero continuada introducción de elementos culturales no nacionales, un amplio sector de la población ha visto disminuida su capacidad de analizar con detenimiento las implicaciones de determinadas posiciones en el terreno de “lo político”. El que piense que la mera instrucción del nivel que sea (desde un bachiller hasta un Doctor en Ciencias) supone, per se, que se disponga de todas las herramientas para enfrentar y cuestionar esos valores político-culturales que se nos tratan de imponer, comete un grave error.

A esto debe añadirse el continuado desgaste de muchas de las instituciones propias de nuestro sistema político, y la escasa identificación popular con las mismas ante su inoperancia. Como si todo lo dicho hasta aquí no bastare, debe quedarnos claro que enfrentaremos el momento más difícil de este escenario sin contar con la llamada “Generación Histórica”. Sus principales figuras han comenzado, poco a poco, a plantear la necesidad de que se produzca un relevo generacional en la conducción del país, por demás necesario. De hecho, el propio Raúl Castro ha anunciado su intención de no aceptar ser nominado como candidato a Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, con vistas a los comicios del año 2018.

Como se podrá apreciar es un panorama muy difícil el que está por venir en términos de preservación de la soberanía nacional. Y en mi criterio, la única opción viable para preservarla es comenzar a ajustar nuestro sistema sociopolítico y socioeconómico.

A contrario sensu de lo que muchas veces se oye desde el discurso oficial, el pueblo cubano sí necesita ser empoderado. No porque lo recomiende el gobierno de Estados Unidos, o este lo coloque sobre la mesa de negociaciones como un tema de discusión. Mucho menos porque sea una condición impuesta para continuar con el proceso de normalización de relaciones. Debe empoderarse debido a que hay que dotarlo, por ejemplo, de nuevos mecanismos de participación política, mientras se renuevan los ya existentes en su contenido y se ensanchan sus límites. En paralelo, hay que ampliar el alcance de los derechos civiles y políticos de la ciudadanía, y asegurar la instrumentación de todas las garantías necesarias para el ejercicio de los mismos.  

También porque es necesario poner a la ciudadanía a debatir sobre la Cuba del futuro, y en eso sus medios de comunicación masiva e instituciones educativas y culturales tienen que tomar protagonismo. Tenemos que empezar a cuestionar cotidianamente a través de esos medios los problemas estructurales de nuestra economía, sociedad y sistema político, así como hablar sobre sus potenciales soluciones, y no solo exponer los problemas cotidianos. Podemos elegir entre no asumir con franqueza nuestros errores en todos los órdenes, o esperar a que desde fuera nos los señalen mientras nos “venden” las supuestas soluciones. La disyuntiva parece ser entre formarnos un criterio nacional propio sobre la base de la auto-deliberación como país, y aprender a escudriñar en la hojarasca, o colocarnos en una posición pasiva para que nos traigan las respuestas a nuestras inquietudes.

Es indispensable empoderar al pueblo para convertirlo en un actor de los procesos de formación, ejecución y control de nuestras políticas públicas y leyes; y no solo tenerlo como parte en una discusión sobre “algo” que, en la gran mayoría de las ocasiones, no sabemos quiénes lo hicieron o de dónde salió. A la par, hay que fomentar una cultura del debate sobre la base del respeto al desacuerdo, la interpelación, al disentimiento; y un total rechazo a la “falsa unanimidad” que tanto daño nos ha hecho. Se trata de vertebrar una democracia donde los intereses de la mayoría respeten y tomen en cuenta los criterios de la minoría.

De igual forma, empoderar implica descentralizar a favor de las estructuras locales de poder más facultades y prerrogativas. Resulta imposible concebir el futuro de este país posponiendo, aún más, la adopción de políticas públicas claras, con su correspondiente respaldo jurídico, que beneficien a lo local como espacio fundamental para el desarrollo económico, político y social en la construcción del socialismo.

En fin, Cuba necesita democratizarse porque la preservación de su soberanía en el futuro cercano depende de ello. Culminar la edificación del socialismo no puede ser, a mi juicio, el punto de arrancada para la democracia. Creo que es necesario construir una sociedad lo más democrática posible en todos los sentidos, como paso indispensable para la edificación del socialismo.

Cuando termino de escribir estas ideas ya la visita de Obama pasó. Nos dejó varios mensajes que debemos ir paulatinamente decodificando, pero cualquiera que haya seguido con detenimiento todo lo que ha pasado del 2014 para acá, sabe que no hay nada nuevo. La partida de ajedrez continúa y me temo que nos llevan ventaja.

Sobre los autores
Raudiel Peña Barrios 17 Artículos escritos
(La Habana, 1988). Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana. Ha publicado artículos sobre varias temáticas jurídicas y políticas en revistas especializadas de Ecuador, Chile, Costa Rica y Alemania. Además, es colaborador de la Revis...
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