Apuntes sobre el Vodú en Cuba

El Vodú también forma parte del abanico religioso cubano. Sus orígenes se encuentran también ligados al proceso de la esclavitud y a la entrada de los sucesivos grupos de africanos arrancados de su tierra para que trabajaran como esclavos, fundamentalmente en la isla de La Española (colonia francesa, el territorio que hoy ocupa Haití) a la cual entraron los de Dahomey (actualmente Benín) y Togo, pertenecientes a la familia de los Fon, que trasmitieron, de generación en generación, las prácticas religiosas del Vodú.

El Vodú es una de las formas que adoptó la religión de los negros esclavos en Haití y que fuese traído, posteriormente, a Cuba por aquellos que llegaron a la Isla durante la etapa colonial y, posteriormente, como braceros (Benítez, 1977, p. 268).[1]

La sublevación de esclavos en 1791 propició el inicio de migraciones –que después prosiguieron por razones económicas– hacia la región oriental de Cuba, donde se asentó esta vertiente religiosa que combina elementos del cristianismo primitivo, el catolicismo y las creencias tribales de África Occidental.

Practicado por haitianos y sus descendientes en zonas orientales y camagüeyanas, el Vodú (en Dahomey “Vodú” significa espíritu), venera a las fuerzas sobrenaturales representadas en los loas o deidades, intermediarios entre el creador (Bon Dieu), y los creyentes. Un aspecto importante en esta creencia radica en que el pensamiento religioso de los haitianos estaba ocupado, en buena medida, por los elementos procedentes del mundo sobrenatural. Ellos procuraban, a través del Vodú, obtener la invulnerabilidad de las personas mediante la consubstanciación de ellas con la divinidad superior.

De esta forma esas creencias arribaron a Cuba y  fueron calando el pensamiento de un grupo de personas que, de una u otra manera, tenían contacto con aquellos emigrantes. Muchos de aquellos haitianos se unieron a cubanas, produciendo las llamadas “uniones consensuales”, con las que mezclaron también el idioma, la música, las habilidades para laborar la tierra, el uso de diferentes plantas para las curaciones, etcétera.

Es significativo que, entre 1916 y 1925, ya radicaran en Cuba alrededor de 135,715 braceros haitianos. En aquel período esa cifra era considerable, si bien se encontraban concentrados en lugares muy específicos, como se ha señalado anteriormente, llevando en consideración las informaciones aportadas por Benítez (1977). Para conocer más el pensamiento mágico-religioso existente en Cuba a partir de las prácticas no cristianas también se hace necesario conocer la esencia del Vodú.

Las creencias

Los vuduistas creen que sus dioses pueden aparecer en cualquier momento y lugar, humanizarse y volverse domésticos, hacerse hombres, e incluso, los hombres pueden transformarse en dioses. Consideran que la compasión, el amor y la bondad de los dioses hacia los fieles es lo que les hace que se pueda producir tal metamorfosis. A sus dioses llaman indistintamente Loa, Mystere, Hounaié o Vodú y creen que estos son reconocibles por los practicantes, aunque aparezcan en cualquier lugar.

En este pensamiento mágico-religioso se asume que tales dioses existen como entes individualizados, dotados de poderes excepcionales, personificados por las fuerzas de la naturaleza: como Agüé-Taroyo, dios del mar; Agua Tonné, dios de las tempestades; y Simbí, dios de las fuentes acuáticas.

Los Loas no son los únicos dioses que estos practicantes veneran; junto a ellos también están los gemelos, con un gran poder. En esa estratificación también cobra importancia la creencia en el poder de los muertos, que exigen sacrificios, ofrendas y ejercen una acción directa sobre los vivos.

Los practicantes podían poseer un grupo de luases (o Loas) pero uno de ellos siempre ocupaba el primer lugar. A este se le denominaba Loa cabecilla, con una función de “santo guía” y una posición privilegiada en relación con el practicante, por ser el primero en manifestarse. En el caso cubano se produjo de una manera muy sui generis este proceso. De acuerdo con las diferentes llegadas de haitianos fueron también arribando sus luases, principalmente hacia Oriente y Camagüey.

A semejanza con otras religiones o complejos mágico-religiosos, en el pensamiento vuduista también existe la creencia en el poder de los gemelos. Estos son llamados Marassá o Masá, ya sean vivos o muertos. Se les considera seres excepcionales, con un poder sobrenatural extraordinario. En el panteón Vodú ocupan un lugar privilegiado, junto a los grandes misterios. Los muertos son considerados entes sobrenaturales que no despliegan la misma actividad que los luases cuando hacen  acto de presencia. Por lo general se cree que los muertos piden a su familia agua y luz.

Lo sagrado y la organización

Toda la naturaleza adquiere la categoría de sagrada en esta creencia. Se le considera el ámbito habitacional de los loas ya que estos viven en el agua, en los montes, en los árboles, etcétera. También los animales adquieren una dimensión sagrada. Entre los más importantes se encuentran la serpiente (que simboliza la divinidad), el chivo, el cerdo, las aves; todos ellos son utilizados en los rituales.

En cuanto a la organización, resalta el hecho de que no cuenten con un sistema jerárquico específico. Cada sacerdote (Hungán) podía administrar su comunidad de la forma que él decidiera. En el caso de las mujeres existía un homólogo al Hungán y eran  las Mambó.[2]

También le seguía a esta lista el Hounguenikon, jefe del coro; el La-Place, con función de maestro de ceremonias, también era el encargado de iniciar las procesiones y hacer bailar con el machete, saludando a los espíritus que aparecían. Continúa en esa pirámide los Hounsí, que eran los asistentes del Hongán o de la Mambó, estos se encargaban del orden y la limpieza del lugar donde se oficiaban las ceremonias, la preparación de las ofrendas y la organización del coro.

Los Hounsí-Kanzó eran todos aquellos que habían pasado los ritos de la iniciación; el Confiance era una especie de administrador del lugar; la Papaloa (o Papalúa), sumo dignatario; el Badgigan el ayudante principal de este último. En el caso de las mujeres también podía existir la Mamaloa (o Mamaluá).

Otro cargo importante lo era el de Divino quien curaba enfermos descubriendo la causa y naturaleza de la enfermedad a primera vista. Se suponía que tal ciencia era herencia de los Dioses de las aguas con quienes debía vivir durante siete años (James; Millet; Alarcón, 1998, p. 115-141).[3]

Principales ritos

Los ritos más extendidos en la práctica vuduista son:

La ceremonia Mangler-Loa que consiste en  el rito de la nutrición de los santos en el cual se hace uso de las llamadas comidas sagradas. En estas ceremonias se practica el sacrificio de animales. Todo ese proceso se acompañaba de rituales previos,  con danzas y cantos (James; Millet; Alarcón, 1998, p. 122).

Ceremonia del fortalecimiento: tiene como objetivo fortalecer los lazos que unen al practicante con su santo. En este caso también se sacrifican animales. Ese fortalecimiento estaba relacionado con objetos o prendas que utiliza cada loa y que podía ser hierro, una piedra u otro objeto. Sobre ellos se derrama la sangre de los animales que son sacrificados –chivo, paloma, pollo, carnero– también se derramaba ron y se esparcía humo de tabaco.

Ceremonia del levantamiento de santos: está relacionada con la mudanza de un practicante de un lugar a otro. Para dicho cambio se consultaba a los loas. La ceremonia se acompaña de una fiesta o comida en la cual se distribuye en cierto orden los alimentos. Primero se servía a los muertos. Le sigue el manyé lesans o comida de los ángeles; continúa el manyé masá o comida de los jimaguas, y culmina con la comida grande de todos los santos en orden también, el culto a Legbá, a Calfú, a Ogún, a Guedé y a los demás loas.

El corte del Vevé y el rito de la calabaza y el huevo: el Vevé es el dibujo simbólico que representa al Loa, se traza en el suelo con harina de maíz, ceniza, residuos de café o polvo de ladrillo.  Se “corta” en lugares como al pie de los árboles, donde se ofrecen los manyé a los luases, empleando los ingredientes señalados se les atraen, tanto a los buenos, como a los malos. En la primera de las ceremonias de un ciclo se empleaban trazoz de vevé, se presentaba un gallo y una gallina desplumados, una calabaza y sobre ella un huevo de gallina. Seguidamente se abría la calabaza y se picaba el huevo en dos mitades idénticas con un machete.

El baño de los animales: todos los animales que se sacrifican en estas ceremonias eran sometidos a un proceso de purificación el día de la matanza o el día anterior. En esta actividad se empleaba agua, perfume y algunas hierbas entre las que se destacaba la albahaca. También es costumbre desde entonces que una orquesta toque alguna plegaria. Primero se bañaban a las aves y posteriormente a los animales de cuatro patas.

Rito del amarre de los cuatro caminos: se realiza después del baño de los animales. La celebración es dirigida por un Mambó. Todo el proceso giraba en torno al poste o lugar donde eran amarrados los animales. Se comenzaba con el aseguramiento del poste central, el cual se cubría con un paño blanco, encima se le colocaba un vaso de cristal vacío y a continuación un recipiente metálico con agua, una botella de ajonjolí macerado y latas con ceniza y harina como las empleadas para cortar los vevés. En ese orden el Mambó vertía agua en el vaso, tres porciones de ceniza y tres de harina.

Esa misma operación la realizaban los miembros de la familia y de la cofradía. Al finalizar el Mambó levantaba el vaso sin derramar su contenido, lo tapaba con un paño y procedía a envolverlo. Otro paso importante era amarrar bien esta pieza con un cordel de penca de coco, finalmente se ataba al techo de la enramada, en el lugar más próximo al poste central. El significado de este amarre consistía en creer que todo quedaba asegurado contra cualquier contingencia enemiga. Cada paso de estas ceremonias o ritos tenía implícito una lectura relacionada con la protección de practicantes de todo mal.

Ritos de iniciación y bautismo: es dirigido por un Hungán y una Mambó; y con ellos la persona que se iba a iniciar, sin nadie más presente. Aquí la vestimenta del iniciado debía coincidir con la de su Loa. Se preparaba un recipiente con agua, perfume, albahaca y azúcar.[4] Entre plegarias y rezos se presentaba a iniciado.[5] Luego se procedía al bautizo. Para ellos se utilizaba agua endulzada para apaciguar al Luá, se lavaba la cabeza del iniciado con ese líquido, y se le colocaban los atributos que identificaban al Luá. Este proceso es muy interesante en tanto existía la posibilidad de aceptar o no al Luá que se presentaba o cambiarlo por otro. Al igual que ocurre en otras prácticas, aquí el iniciado debía retirarse por unos días a un lugar tranquilo. Estos practicantes consideraban que si un Luá era iniciado para trabajar, los sacerdotes le comunicaban que la mesa donde fue bautizado era el lugar donde debía trabajar. Se marcaba el árbol donde concluía el rito de la iniciación. Era importante que el iniciado comprendiera la diferencia entre su sitio de labor y su morada (James; Millet; Alarcón, 1998, p. 123-125).

El culto a los gemelos, Masá o Marassá.

Para realizar el rito de los gemelos los vuduistas vestían ropas rituales, trazaban en vevé y entonaban canciones. El sacerdote era el encargado de preparar la comida a los gemelos.[6] Cuando se preparaban los alimentos se llamaba a los gemelos para asistir a la ceremonia. La comida era colocada en un recipiente de calabaza y se dejaba en los árboles, en las corrientes de agua, en las encrucijadas y luego se cantaba e imploraba que se retiraran y dejaran sola a la familia. Cada lugar donde se depositaba la comida era  consagrado por el Hungán.[7]

Este rito terminaba de la misma forma que se cerraba la fiesta de los muertos, los restos de las ofrendas eran mezclados en una calabaza grande o en un perol de madera, una Hounsí daba tres vueltas al peristillo con el recipiente sobre su cabeza preguntando a los presentes si estaban contentos.

Cuando la comida se preparaba para los gemelos vivos, estos debían ser los primeros en comer y solo cuando se sentían saciados se procedía a ofrecer el resto a los invitados.[8]

Métodos adivinatorios

En el Vodú existen diferentes métodos para adivinar el presente, pasado y futuro de las personas. Un elemento que se ha empleado son las cartas, las que también se utilizaban para determinar si una comida había quedado bien o mal elaborada. Se creía que los luases se reunían para tal decisión. Por lo general la persona que utilizaba las cartas se colocaba encima de las piernas un jibe de yarey tejido y sobre él tiraba las cartas.

Otros elementos que se empleaban en la adivinación eran las hojas de naranja, caracoles o piedras y el fuego. Según la familia de Luases se determinaba el uso de una u otra forma. Por ejemplo, el Luá Lacruá trabaja con el fuego, mientras que los luases Ogún y Obbá Lomí lo hacen con las cartas o con hojas de plantas.

Es importante señalar que estos ritos y prácticas han pervivido hasta la actualidad y los mismos continúan realizándose en dependencia del lugar donde se efectúen (James; Millet; Alarcón, 1998, p. 122).

En el Vodú existen numerosos Loas, cada uno con una función específica. Entre los más significativos se encuentran los siguientes: Papa Legba (anciano andrajoso, guardián de los caminos, el primero que se invoca); Oggún (nombre tomado de la Regla de Ocha o Santería, patrón de los guerreros); Damballah Wedo (padre del agua); Erzili Freda o Ersulú Freda (dueña del amor) y los Masha, gemelos.

Como se puede apreciar la práctica vuduista recoge todo un complejo mundo espiritual donde cada ritual tiene un significado esencial para la vida de estos creyentes. Cuba fue receptora de tales prácticas y sus habitantes, aunque no de forma tan extendida como otras creencias, aprehendieron este pensamiento y lo incorporaron a su acervo cultural y espiritual desde épocas tempranas.

Bibliografía

Benítez, José Antonio. Las Antillas: colonización, azúcar e imperialismo. La Habana: Casa de las Américas, 1977.

 

James, Joel; José Millet y Alexis Alarcón: El Vodú en Cuba. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1998.

[1]  Los practicantes del Vodú procedían de Dahomey y en Haití tomaron formas específicas las creencias de aquellos dahomeyanos. Estas sufrieron algunas modificaciones en territorio cubano. En las primeras décadas del siglo XX estas creencias se desarrollaron en la región sur oriental de Cuba.

[2]  En el caso cubano la palabra Mambó suele utilizarse tanto para hombres como para mujeres. Los hombres se llaman Mambo gason y en las mujeres Mambo famí. Obsérvese la modificación lingüística y el acomodo al castellano del francés.

[3]  A las mujeres curanderas les llamaban divinel o diviné.

[4]  El azúcar era empleada para endulzar al Loa y la albahaca para dar firmeza a la unión.

[5]  El iniciado debía entrar en una especie de trance y en ese momento los dirigentes del ritual presentaban al iniciado que se había convertido en Luá mediante el trance. Se le presentaban sus prendas distintivas que podían ser una güira, una campanita, los animales y la bebida. Los oficiantes conversaban con el Luá quien debía aceptar lo que se le había presentado y a la vez solicitar el perfume y alguna prenda.

[6]  Generalmente eta comida estaba compuesta por maíz crudo, maní tostado, plátanos crudos, ñames, arencas, pan, dulces, berenjena, cereales, millo, coco, frijoles, mastuerzo de agua, licores y café.

[7]  Esa consagración se realizaba con la aspersión de hojas de naranja y se lanzaba maíz al aire. Los tambores debían estar sonando todo el tiempo hasta que el Hungán ordenaba el cese.

[8]  Para esa cena se sacrificaban un chivo de pelo pardo y gallinas pintas. Algunos Masá comían en un lato pero otros lo hacían sobre una hoja de plátano o sobre una estera, no debían tener cuchillos, tenedores o cucharas.

Sobre los autores
Yoana Hernández Suárez 1 Artículo escrito
(Pinar del Río, 1972). Licenciada en Historia (1996); Máster en Historia Contemporánea y Relaciones Internacionales (2002) y Doctora en Ciencias Históricas (2011) por la Universidad de La Habana (UH). Se ha desempeñado como profesora en la UH e...
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