Benjamín: cuando morir es más sensato que esperar

Introducción de Cuba Posible

“Blanca Molina encontró a su hijo muerto, pero no gritó. Sintió un golpe en su pecho, pero no gritó. Tampoco lloró ni tuvo miedo. Al contrario, por debajo de la sábana que lo cubría hasta la cabeza, ella fue capaz de deslizar unas manos tan inertes como las de él y salir sin ser vista de la habitación donde Benjamín, su hijo mayor, de solo 24 años, yacía sin vida muy cerca de la cama de su hermanita de siete”.

Quien habla es Carolina de la Torre. Benjamín fue, es, su hermano; poeta, pintor y estudiante de música, que prefirió dejar la vida después de haber pasado por la experiencia de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), un evento que duró tres años y causó una herida nacional que dura hasta hoy.

Sobre Benjamín, su hermana ha escrito un libro difícil, de aquellos en que duele cada palabra colocada sobre el papel. De la Torre, profesora de muchas generaciones de estudiantes universitarios, una de las psicólogas más reconocidas de Cuba, y autora del multipremiado libro Las identidades. Una mirada desde la psicología, considera que contar esa historia es un compromiso con Benjamín, con la madre de ambos, como también un deber con la memoria cubana.

Recientemente, el politólogo Rafael Hernández ha afirmado que “salvo varios reportajes laudatorios publicados en Granma, Verde Olivo El Mundo, en 1966 y 1967, los medios cubanos han permanecido en silencio sobre el tema. La falta de información documentada y de revisión histórica crítica, el predominio de los estereotipos y el anatema, han hecho de las UMAP un tópico maldito, como ningún otro en más de medio siglo.”

Carolina de la Torre

Carolina de la Torre

Algunos valiosos testimonios, y escasos artículos académicos (recientemente apareció en Cuban Studies (No. 44) un texto de Abel Sierra Madero sobre el tema), han aportado información y análisis sobre las UMAP. En marzo pasado, una entrevista de Sandra Abd’Allah con Carolina de la Torre anunció la existencia de este libro. A la espera de su próxima aparición en España, Cuba Posible contribuye a repensar el “tópico maldito” de las UMAP publicando, en exclusiva, este fragmento de dicho volumen.

Walter Benjamín afirmaba que “solo a la humanidad redimida le cabe por completo en suerte su pasado”, esto es, la posibilidad de citarlo por completo y de contar con su entera memoria. “Carola” de la Torre no es famosa por su prudencia, pero es discreta sobre sus intenciones: con este libro, sobre todo, aspira a liberarse ella misma de la tenaza del recuerdo, del dolor atragantado, de la vida que no fue y de la tragedia de haber sido su sobreviviente. Sin embargo, las liberaciones personales, cuando son de la profundidad y la honestidad con que están escritas estas páginas, nos hacen un poco más libres a todos los que compartimos la historia y el presente de este país.

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Benjamín: cuando morir es más sensato que esperar

“No hay muerto, por bien muerto
que en las entrañas de la tierra yazga,
que en otra forma, o en su forma misma,
más vivo luego y más audaz no salga”.
José Martí

Nota de la autora:

Esta obra, aunque se basa en una historia real y contiene documentos escritos por mi madre, personas cercanas y por el propio Benjamín, no puede, ni pretende ser, una reproducción exacta o completa de la vida de mi familia ni de la época que nos tocó vivir; tampoco de los amigos que acompañaron en los años 70 a mi hermano hasta que decidió que morir era más sensato que esperar. Solo mis padres, hermanos, hijos y yo, además de algunas figuras públicas o incidentales, tenemos nuestros nombres y verdadera identidad. Los demás personajes, aunque están inspirados en seres reales, han sido recreados por la ficción.

He necesitado hacer algunas aproximaciones a ciertos días que marcan o ilustran, a modo de zoom, momentos importantes, o un antes y un después. Estos acercamientos se intercalan con los capítulos donde se narran las diferentes etapas de la historia de Benjamín, con nuestra familia y con sus amigos, tal y como yo la he podido recordar, investigar, reconstruir e, incluso, imaginar.

(…)

primeras líneas…11 octubre de 1968

“Blanca Molina encontró a su hijo muerto, pero no gritó. Sintió un golpe en su pecho, pero no gritó. Tampoco lloró ni tuvo miedo. Al contrario, por debajo de la sábana que lo cubría hasta la cabeza, ella fue capaz de deslizar unas manos tan inertes como las de él y salir sin ser vista de la habitación donde Benjamín, su hijo mayor, de solo 24 años, yacía sin vida muy cerca de la cama de su hermanita de siete” …

continúa… 11 de octubre, 1968 (la familia recuerda la noche anterior…).

Benjamín se comunica y se despide de ambos hermanos a su manera y sin decir que se iba a suicidar.

Benjamín visita a Carolina embarazada alentándola a tener a su hijo:

“Solo le dijo para tranquilizarlo y tranquilizarse ella misma:

—¿Por qué te ha dado por pensar que puedo querer abortar? Yo fui al ginecólogo para quitarme el anticonceptivo porque quiero ser mamá. No voy a hacerme un legrado, tengo ganas de ser mamá, y tú vas a disfrutar ser tío. No pienses eso. Vamos a tener un hijo porque tenemos muchas ganas de tenerlo, porque lo hemos buscado y lo hemos concebido con toda intención, a pesar de que sabemos que el momento es inoportuno, que vamos a pasar trabajos y que yo estoy en medio de mi carrera. ¿No te das cuenta de que debemos tener muchos deseos de ser padres para tener un hijo en este momento y con esta situación? Quédate tranquilo, el niño va a nacer y tú vas a jugar con él.”

—Pero de todos modos les quiero leer esto que he escrito ―dijo Benjamín, tal vez asumiendo que solo con sus palabras habladas ellos no podrían comprender o retener por qué para él era tan importante garantizar otra existencia, otra vida para su madre y para toda su familia. Como si en esa nueva vida quisiera asegurar la cura de la muerte que solo él sabía estaba a punto de ocurrir. No hay otra explicación: un nieto o una nieta para que Blanca pudiera sobrevivirlo a él. Tal como ocurrió, porque la niña Johana fue un bálsamo para el dolor de su abuela que enseguida la adoró: “No puedo decirte Benja, que haya alegría en mi corazón, pero una inefable paz, se apodera de mi espíritu, cuando veo a mi nieta sonreír”, escribiría Blanca varios meses después, dándole la razón a la obsesión de Benjamín.

Con esa obsesión escribió la “Carta a Carolina”, que su hermana guardó y después copió para su mamá, aunque no pudo comprenderla bien mientras no logró pensarla como algo que no era para ella o sobre ella, sino como algo simbólico puesto en sus manos para el mundo, porque su hermano la amaba demasiado como para haberle dejado una palabra de reproche personal.

“Yo no sabría explicártelo, es algo que se siente en la carne. Es la heterosexualidad sublimada, la hombría que despierta; las ganas que se hacen visibles. Son los dedos que destruyen todos los yugos, es como despertar de un largo sueño, de un sueño de siglos, como abandonar una prisión de carne.”

Carolina y su marido escuchaban callados mientras Benjamín seguía leyendo con agitación:

“Son nuestros órganos restituidos, son nuestros órganos glorificados, es como arrodillarse ante el sexo, es como bañarlo con rosas, es como lavarlo con lágrimas, adorarle y comerle. […] ¿Realmente creéis en la muerte, desheredados de la suerte, niños de Hiroshima, de Vietnam, pobres maricones de la UMAP, madres sin vientre? ¿Realmente creéis en la muerte cuando los ángeles de Stravinski y Mozart cantan, cuando los niños huérfanos ríen, cuando las madres perdonan y los caídos se yerguen?”

[…]

“Nuestro perdón es el fuego blanco que todo lo purifica y todo lo puede. Vuestra humillación no les alcanza a ellos pues ellos son hijos de vuestro odio y de nuestro martirio, ellos verán el alba, ellos no serán ciegos, ellos serán invulnerables a lo que vosotros teméis…”

Ella lo escuchó todo sin capacidad para dialogar o preguntar. Luego recibió su afectuoso beso y su abrazo, y lo vio salir con la misma tristeza que él traía cuando había entrado, esa tristeza que él le había dejado confundida con palabras oscuras y duras. Y no lo vio vivo nunca más.

(…)

Benjamín conversa con su hermano Salvador. Y lo que sucedió después de hablar con su hermano:

Benjamín también se quedó tranquilo, pero permaneció un rato en la cocina, hasta que pasó de largo hacia su cuarto con un vaso de agua en sus manos. Salvador recuerda haberlo visto pasar, pero más allá que un simple vaso, que no inquietó su sueño, no pudo ver ni adivinar que esa noche el hermano cargaba las pastillas que usaría para morir en paz y sin dolor. Tan tranquilo estaba que ni siquiera intentó quedarse un rato tirado en el piso, como siempre hacía, a los pies del inmenso radio chino donde solía escuchar, muy bajito, música clásica hasta que lograba un poco de sueño. De todos modos no hubiera podido, porque seguía sintonizado el discurso de Fidel.[1]

Fragmento de Benjamín y yo… memorias de su madre

Octubre

“Aquí estoy mi amado Benjamín; en esta terraza amplia y fresca desde donde se divisa una ciudad que ha sido esplendorosa, como seguramente volverá a ser. El edificio Focsa, el Habana Libre, el Hotel Nacional, el mar, nada dicen a mis sentidos y a mi espíritu”.

“Hace dos días que te quitaste la vida y solo han pasado 24 horas desde que te hemos enterrado; tú estás muerto y yo ―es extraño― estoy viva. Animal e instintiva siento la brisa de la mañana, que jamás volverá a acariciarte. Me es grata y suave, pero esto es solo el conjuro de sensaciones extremas. La noche será atroz y el mundo que me rodea se me antoja una inmensa tumba”.

“Pero no estoy aquí para quejarme, para llorar; estoy aquí frente al jardín de tu casa ideal y contemplo la acacia, la acacia de la Avellaneda, la de tus versos preferidos. También la acacia de mis humildes versos, aquellos que te envié a la UMAP:

Todo está triste en derredor mío

con la grisácea luz de mi congoja,

y nuestra acacia, hoja a hoja,

va tornándose mustia en el estío…”

Fragmento del capítulo “La familia en revolución”

Uno de esos momentos inolvidables fue la visita de los campesinos a La Habana durante la celebración del primer 26 de julio. El gobierno deseaba eliminar las diferencias entre el campo y la ciudad y unir al pueblo —por encima de las desigualdades que hasta entonces habían imperado— en el apoyo a la recién aprobada Ley de Reforma Agraria. La familia se inscribió enseguida para ofrecer su casa y recibir a uno de los guajiros que por primera vez en su vida visitaría la capital. Cualquier campesino de cualquier lugar les venía bien. El que les tocara disfrutaría de una habitación casi de lujo que le habían preparado con sábanas de algodón y todo tipo de comodidades.

Cuando fueron a inscribirse, con mucha discreción les preguntaron:

― ¿No les importa si es un campesino de color?

―Claro que no ―dijo Alfredo―. Todos los hombres son iguales y tienen el mismo cerebro…

― ¡Alfredo, ya! ―dijo Blanquita―. A nosotros no nos molestan los negros porque no somos racistas, punto.[2]

Pero Alfredo no se quedó callado.

― ¿Ustedes no leyeron la entrevista de Fidel donde critica el racismo? Ahí queda clara la igualdad de todos…

― ¡Alfredo! ―volvió a decir o gritar Blanquita, volviéndose hacia el que llenaba las planillas vestido de verde olivo.

―Compañero, no le preste atención; él es un científico que no se da cuenta de que ustedes están muy apurados. Hágame caso, ponga lo que sea antes de que mi marido les hable de Darwin.

El rebelde, que había puesto cara de no entender bien, les explicó que era muy difícil asignarles a ese tal Darwin pues no se trataba de recibir a los conocidos, sino de fortalecer la alianza obrero campesina. Pidió disculpas y les asignó un campesino negro que debían recoger al día siguiente. La visita de Raúl Crescencio de la Caridad González, un guajiro de 36 años del municipio Esperanza, en la provincia de Las Villas, fue una mezcla de novelería y solidaridad. Los muchachos, Benjamín y Salvador, se peleaban por sacarlo.

―Te voy a llevar a la Habana Vieja, para enseñarte las fortalezas y el puerto, además del lugar donde nació José Martí ―le decía Benjamín.

―Yo te voy a llevar conmigo para que conozcas a mis compañeros del Directorio y, si quieres, te enseño las armas o te saco una foto con un fusil para que te vean luego en tu casa ―le decía Salvador, que de todos modos no tenía tanto tiempo como Benjamín para dedicarle a Raúl.

Alfredo le quería enseñar su propio museo y hasta explicarle la importancia de los ammonites, la extinción de los dinosaurios y el pasado continental del archipiélago cubano. Blanca, la diversidad del folklore andino, el sueño bolivariano de la Gran Colombia, la poesía de José Asunción Silva o, al menos, el museo de Arte donde Raúl podría apreciar el talento de los artistas plásticos de la región central de Cuba. Pero Raúl, a pesar de su natural inteligencia, no estaba muy interesado en los lugares y las enseñanzas que le proponían los adultos y prefería pasear con los jovencitos.

De todos modos, Raúl no se pudo salvar de la visita al busto del tío sabio[3] en la calle Paseo, ni pudo evitar algunas situaciones muy extrañas para él, como aquel día en que el Chevrolet automático del 53 que había traído Alfredo de Washington se apagó en el lugar más inoportuno de la calle J en el Vedado.

―No se preocupe Alfredo, yo me bajo y lo “arrempujo” ―dijo el guajiro.

―Vamos a ver, Raúl, porque estamos casi “en la cima del anticlinal Habana-Matanzas”.

Raúl no entendió nada, pero supuso que la empujadera le iba a resultar tan difícil como le había sido tratar de entender que la cafetería adonde lo llevaron a merendar un batido de chocolate no estaba en una terraza cualquiera, sino sobre “la primera terraza del mioceno, emergida del mar millones de años atrás”.

Había que vivir muchos años cerca de Alfredo para comprender que el naturalista podría haber servido de modelo para la construcción del arquetipo de un científico y que, por eso, medio en serio y medio en chiste, no se podía permitir ver la ciudad de otro modo que no fuera en su manera natural, al desnudo; como si la geografía de La Habana nunca hubiera sido domesticada por edificios, parques y avenidas.

(…)

Raúl se fue de La Habana diciendo “planta” en lugar de “mata”, “rama” en lugar de “gajo” y hablando de la “flora” y la “fauna” de Esperanza que tanto había extrañado, porque allá la naturaleza era más “esuberante” que, en la capital, a pesar de los bellos parques, jardines y avenidas que le habían enseñado. Por su parte, los de acá comenzaron a recibir cajas llenas de mangos y aguacates medio podridos, pero que igual resultaba un alivio por la escasez e inestabilidad creciente en el suministro de alimentos. Raúl fue, durante muchos años, un amigo de la casa adonde regresó ―alfabetizado y más cultivado―, para visitar con Alfredo el Museo Nacional de Ciencias Naturales, y con Blanca, el de Artes.

Fragmento de Benjamín y sus amigos

“Unos y otros, a fuerza de tanto encontrarse en los mismos lugares y de tanto conversar, fueron construyendo ese tipo de afinidades que luego resultan difíciles de volver a fabricar. Tal vez no solo afinidades, sino un depósito común de representaciones y experiencias que en el futuro les permitiría recordar y hablar de un “nosotros” y del “grupo”, para acabar ―ayudados por la parcialidad de la memoria y la idealización del pasado― mezclando los tiempos, los subgrupos y las diversas individualidades hasta convertirlo todo, absolutamente todo, en una sola frase: “aquella época”. Extraña contaminación de tiempo, espacio, personajes y sucesos que parece haber comenzado en 1962 y terminado en 1968, con el suicidio de Benjamín. Una muerte prematura que remató para ellos el año de la Ofensiva Revolucionaria contra los restos del comercio, el trabajo por cuenta propia y la industria privada; una muerte ―no por anunciada menos lacerante― que les recordó también la fuerza de la arremetida contra los que se acomodaron, los que se contaminaron, los que se amaneraron, los que trasnocharon, los que tomaron, los que se distrajeron, los que se fueron y hasta contra los que se quedaron cuando no supieron obedecer.

La muerte de Benjamín fue una detonación tan fuerte en las cabezas de los miembros del “grupo” que no les fue posible unir todos los pedazos nunca más; esparcidos por el universo, como caídos de una nave espacial. Imposibles de rearmar, pero conservados en la memoria de cada cual como la luz de esas estrellas que todavía percibimos, aunque sepamos que han dejado de existir. Y con esa luz, ellos —los sobrevivientes— tejieron por separado sus historias de “aquella época” (la escribieron, la pintaron, la escenificaron, la filmaron o la recordaron), filtrando —o decantando de manera inconsciente— los relatos en la dirección del inevitable protagonismo personal.

En este y otros capítulos se incluyen testimonios de sus amigos encontrados durante la investigación. Son testimonios que dan fe de la sensibilidad de Benjamín y de sus excepcionales amigos, así como del espíritu de esa época (años 1960).

Una amiga relata un encuentro en el Teatro Amadeo Roldán:

“Medio siglo después le contaría a Carolina la historia y su importancia final. Yo no sabía mucho de eso y me interesaba aún menos la música clásica. Quizás, ese fue el día en que se despertó mi interés. El teatro estaba casi vacío. Recuerdo que tocaron otras piezas además de la de Wagner. […]. Y así pasó algún tiempo y escuchamos esto y aquello hasta que de repente él se aferró momentáneamente a mi brazo y dijo: “¡Calla, aquí llegó!” Cerró los ojos y se hundió en el asiento y así estuvo en ese estado místico durante la interpretación. Al terminar abrió los ojos y trató de explicarse… ´Es que Tanhäuser es muy especial para mí´. Desde ese momento, siempre he asociado esa pieza musical con él […]. La Obertura de Tanhäuser; ¡esa es su canción! No quiero imaginar que vacío tan grande existiría en mi espacio personal si aquel día me hubiera negado a acompañarlo. A Benjamín y a Ernesto les debo una gran parte de mi barniz cultural. La cartilla en mi perspectiva hacia la vida y la muerte. Ellos, me empujaron fuera del nido y me lanzaron a volar con la imaginación. Y guardo la esperanza de que algún día nos volveremos a ver, bajo la sombra de Glasir.”

Fragmento del 5 de agosto de 1966 (cumpleaños 22 de Benjamín en la UMAP)

La limpieza de aquellos huecos de excrementos desbordados era una tarea peor que desyerbar, pero duraba menos tiempo y tirando cubos de agua Benjamín la tenía adelantada cuando llegó “el UMAP” en tono de inspección:

―¡Libraste con el cumpleaños! ―le dijo a Benjamín.

―Estoy trabajando, no libré.

―¡Dale con fuerza a ese escobillón! ―le volvió a decir y Benjamín trató de obedecer.

―Así que un día como hoy naciste. ¡Yo quisiera saber qué madre te parió a ti!

―La misma que parió a una joven comunista y a un artillero, la misma que me impulsó a alfabetizar.

―¡Bahh! ―dijo el UMAP y se alejó, justo cuando Benjamín le dio la espalda para ocultar los ojos aguados por la humillación. Benjamín secó su cara y lamentó no haber insultado al guardia, enfrentándolo a la degradación que representaba ese lugar; lamentó no haberle pegado o escupido encima cuando habló de su mamá. Se quedó con un amargo sabor de cobardía y vergüenza de sí mismo hasta que le llegó un pensamiento que le desvaneció el odio. Chang no le quiso creer cuando le contó que la ira se le volvió pena cuando vio al cabo entrando al campamento y en vez de ver su espalda, vio la de su hermano Salvador: podría ser uno de ellos, y estaría tan preso y frustrado como yo.

Agredir, por otro lado, hubiera sido una total estupidez. No solo le faltaban fuerzas, sino que algo así solo le hubiera valido para que lo castigaran y le estropearan el único día que prometía ser mejor.

De todos modos, se quedó con los nervios crispados, y como solo conocía una manera de tranquilizarlos entró con disimulo al campamento y se escondió a escribir el boceto de un poema que terminaría así:

…¡Cuánto no quisiera

volverme un suspiro,

tornarme humo ligero

y elevarme impalpable y misterioso hasta Dios!

Fragmentos de capítulo “La Habana al volver”. Una carta a su mejor amiga, Alma, y fragmentos de su diario.

“Si tú hubieses oído las verdades que yo he oído, en tu cisne también verías sangre y no serías tan loca y tan niña. Hay cosas sobre las que no se puede hacer arte porque da vergüenza, y hay seres tan culpables que son mucho más puros que nosotros. Hay seres que arrastran cruces mucho más grandes que nosotros hasta la nada, y hay seres que sienten mucho más miedo al abismo. Tu fe es la negación de la vida. Quizás esto no te deje dormir, más hoy no debo de tener piedad, pues desde Hiroshima nadie debería dormir, por asco, por miedo, por pudor.”

Del diario de Benjamín (escrito un mes antes de quitarse la vida).
Miércoles 11 de septiembre

“Hoy fui a la escuela de San Alejandro y la directora me dijo que no podía volver a matricular. Me siento muy mal, muy pesimista. Esa noticia ha sido muy mala para mí. No puedo leer ni hacer nada. He dado varias vueltas en guagua y me siento muy mal pues no puedo estar tranquilo en un sitio. Me siento irritado y con pensamientos pesimistas que no me abandonan porque no veo solución. Fui al concierto por la noche. Como pensé no sentí ningún placer y ahora, antes de acostarme, me siento ansioso, con temor.”

Fragmento de capítulo final. Diálogo último con Alma regresando del ballet.

Lo que sintió Alma nadie lo supo.[4] Es difícil pensar que Benjamín no la hubiera llamado antes de morir. Alma no fue al entierro, ni regresó a casa de Blanca, ni quiso que le hablaran más de él. Al cabo de los años Julio le contó a Carolina que Alma llegó a su casa un día y dijo: “Benjamín ha roto su urna de cristal” y no quiso hablar más nunca de él. Ya estaba cumpliendo su correctivo en la agricultura para irse del país.

Pero eso fue después. Cuando todos se dispersan en el parque y Benjamín se queda solo con Susana, él rompe el silencio con aquella frase que ella tendría que guardar hasta que Carolina apareciera queriendo saber más del hermano que perdió. “¡Ay Susán, yo me voy a matar!” es la frase que da inicio al largo diálogo de ellos dos mientras caminaban hacia el mar; el último diálogo de Benjamín con alguien que no fueran sus hermanos y su mamá.

(….)

―No es fácil ser tu amiga, Benja, tú subido tan alto, evaluándolo todo con tanto rigor. ¿Sabes que eres duro a veces?

―Sí, lo sé ―reconoció Benjamín―. Pero ahora es absurdo que me digas eso. ¿Tú no me estás viendo cómo estoy?

―Es verdad, hoy no estás autosuficiente ni tan superior, sino triste y melancólico. Y quiero creer que lo que dices no lo piensas de verdad. Te has pasado la vida escribiendo de la muerte, jugando con esa tentación; eres muy morboso y por eso no te quiero creer.

―Verdad Susán. Siempre lo he escrito en mi poesía, pero ahora lo deseo en realidad. Y soy egoísta al decírtelo a ti. También es verdad que me he convertido en un pesimista; un pesimista más melancólico que intolerante. Ya no juzgo a los otros, creo que siento una gran compasión. Estoy tranquilo, todo lo justifico y perdono. No juzgo nada, a no ser a mí mismo; estoy en paz con ustedes y con el mundo. Si entro en debates, es por costumbre o puro ejercicio mental, porque me da lo mismo si matan o dejan vivo al puñetero cisne o a la maldita Odette. De todas formas, todos vamos a morir.

―Pues a mí me gustaría disfrutar de la vida, reír, hasta tener un hijo. Yo soy capaz de ser feliz viendo el cielo, viendo los frutos y las flores, sintiendo el aire que me roza.

―Yo también. ¿Pero, qué más nos ofrece la vida como para ser optimistas? ¿No ves el mundo alrededor? Yo he sido ultrajado Susana, me han hecho sentir que soy nada. Me siento humillado y aplastado… no me logro levantar.

―Yo sé, la UMAP.

―¡No, no es solo por la UMAP! Eso ya pasó y lo he querido perdonar, a pesar de lo que allí sufrí. He visto castigos que no he querido ni contar: un hombre atado a una cerca, otro con una pala cavando un hueco a punto de caer, yo mismo sin comida por un surco que no terminé. Y a pesar de todo eso, he tratado de olvidar. Créeme, no es lo pasado; lo que sucede es que no veo solución; todo sigue igual o peor. Ojalá se tratara de un error que ya pasó… sería más fácil de borrar.

―¿Pero tú no has pensado en el sufrimiento que causarás a tu familia, a tu madre y a tus hermanos?

―Claro que lo he pensado; por no hacerlos sufrir es que me tengo que matar. Por no hacerlos sufrir es que tampoco les he contado ni la mitad de las humillaciones que he soportado, ni siquiera los castigos que te acabo de decir. ¿Y sabes por qué fui castigado yo?

―¿Por homosexual?

―No solo por eso. Creo que por eso mismo que tú anhelas y ojalá logres cumplir. Yo también alguna vez fui feliz viendo el cielo, viendo los frutos y las flores, sintiendo el aire o mirando el mar. Y quisiera volver a ser feliz: pintando, escribiendo una poesía o componiendo alguna pieza musical. Pero eso no es de hombres, al menos aquí no.

―Pero tú mismo dices que lo peor ya pasó. ¡Trata ahora de vivir, de volver a reír! ¡Trata de disfrutar!

―Yo sé, Susana. Aunque no lo creas, yo he sabido disfrutar. Hasta en la UMAP, aunque nadie lo crea, yo me pude reír. En el último campamento había un gordo que se vestía con tules falsos para hacer “El Lago de los Cisnes”. Se dejaba caer de un muro como un muerto cantando el acto final. Era hasta cómico, pero esa risa era agridulce, no te sé explicar… se pagaba con la propia dignidad. Había guardias tan maricones como los reclutas de allí, les gustaba mirar.

―Tienes 24 años, puedes volver a comenzar. ¡Sé fuerte, lucha, espera, lo que sea, pero no entregues tu vida a cambio de nada!

―Yo no soy fuerte, ni cínico y no puedo tolerar lo que veo venir. Me siento incapaz de enfrentar un desprecio que no merezco, de vivir una vida sin estudios, sin libertades y sin dignidad. Lo de menos es que se prohíba la bebida, que se persiga la música extranjera, que se metan con el pelo o con la moda. Todo eso es estúpido y sin sentido para mí; son pequeñeces que pasarán y que conmigo no tienen nada que ver. No tengo nada que ver con la banalidad.

―¿Entonces?

―Entonces quedo yo; que me debato entre la virtud y el placer, entre la pureza y la suciedad. Hay veces que odio lo que veo en mí. Pero nunca me odio tanto como me odian los que me controlan y me prohíben vivir como merezco.

―¿Por qué te culpas tanto?

―No, no lo creas, no siempre me culpo. Hay días en que culpo a Dios, a la vida que me hizo así, a los que me castigaron y me castigarán más. Entonces el deseo, el grito liberador, la auto-aceptación, el reclamo de lo que me han robado y el odio a los que me castran, dominan mi existencia y calman mi culpa y mi dolor.

Fragmento de “Carolina soy yo”. A modo de epílogo.

Esta especie de epílogo lo he comenzado a escribir muchas veces, dejándolo cada vez para “más adelante” mientras regresaba a las fechas y a las historias que fueron surgiendo para darle estructura a esta narración que he tratado de componer con honestidad, como un tributo a mi hermano muerto, y a los vivos que, junto a mis sufridos padres, tuvimos que sobrevivir a Benjamín con la carga de dolor y culpa que esa muerte nos dejó…

El libro sobre Benjamín de la Torre aparecerá próximamente por la Editorial madrileña Verbum.

Notas:

[1] Se refiere al discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz el 10 de octubre de 1968, conocido como “Cien años de lucha”.

[2] Blanca y Alfredo eran los padres de Benjamín. Alfredo fue paleontólogo y recibió dos becas Gugenheim por su trabajo. Blanca, hija de flautista, era artista “natural”, escribía, pintaba y hacía, con calidad, artesanías.

[3] Se refiere al insigne naturalista Carlos de la Torre, quien también fue rector de la Universidad de la Habana.

[4] Alma era la mejor amiga de Benjamín.

Sobre los autores
Carolina de la Torre 1 Artículo escrito
Doctora en Ciencias Psicológicas (Universidad Lomonosov de Moscú, 1982); Profesora Titular (Universidad de la Habana, 1983); Investigadora Titular - Ministerio de Cultura de Cuba (1999); Miembro de la Sección de Crítica e Investigación de la Aso...
Cuba Posible 177 Artículos escritos
Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
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