Carta abierta al coronel Fulgencio Batista y Zaldívar

Introducción a cargo de Walter Espronceda Govantes

En 1940, a propósito de la investidura democrática de Fulgencio Batista, el ciudadano Julio César Fernández decidió enviarle al Coronel golpista de 1933 una carta abierta titulada “Yo acuso a Batista”. De inmediato, la misiva fue publicada por la Colección “Construyendo a Cuba” con el título escogido por el autor y con el subtítulo “Estudio psicosociológico de un hombre y una época”. El texto que presenta esta sección constituye una especie de prólogo a cargo del propio Julio César Fernández, quien exhibe el apreciable caudal cívico legado por la tradición honorable del siglo XIX cubano, y del cual siempre careció el caudillo inconstitucional y doblemente golpista que tanto influyó en la sociedad política nacional entre 1933 y 1958.

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Carta abierta al coronel Fulgencio Batista y Zaldívar 

Por Julio César Fernández 

Mi antiguo camarada:

Creo que soy de los pocos que aún te pueden llamar así. La asombrosa facilidad con que sobornaste a tantos hombres y con que doblegaste aun a altos mandatarios de la nación, no me ha alcanzado a mí. Tengo la satisfacción y el orgullo de poder decir en voz alta que no he sido nunca subordinado tuyo. No me ha tentado jamás a través de tus seis años de intromisión y dominio en la política cubana, la oportunidad de integrar ese zigzag con que has hecho subir y bajar a los hombres. Unas veces de modo directo, otras a través de la administración pública que por la coacción invadiste, has mantenido subordinados a tus decisiones o sometidos a tu arbitrariedad a individuos que hoy no tendrían la fuerza moral de tratarte de igual a igual. Aceptaron tus dádivas o tu merced, callaron por necesidad, y se sometieron a tu maquinaria trituradora de hombres. O bien se acercaron a ti mendigando favores o simulando admiración por tu política anárquica. Esos no podrían con fuerza moral, hablarte como yo te hablo.

Yo no he sido nunca subordinado tuyo. Te vi formarte y abrirte paso bajo la bandera que enarbolamos el 4 de septiembre de 1933 y aunque por derecho propio me hubieran correspondido responsabilidades y fácil me hubiera sido mantenerlas junto a tu éxito triunfante, he tenido y hoy lo afirmo con orgullo, la satisfacción de haberlas repudiado. Nada te he pedido nunca, ni nada sé que me hubieras negado. No tengo en un orden personal, reproche alguno que hacerte. Si tuviera que recordar los días primeros y confusos de la revolución que compartimos juntos, sin jerarquías aun establecidas y sin definiciones en los hombres, guardaría de tu persona un recuerdo cordial y afectivo. Si nos hubiéramos conocido, no bajo la enseña que quiso ser honesta y digna de la revolución, sino en alguna de las incitantes aventuras con que los hombres viven fuera de la ley en los arrabales de Chicago, acaso fuera yo hoy de tus más entusiastas colaboradores. Bajo la consigna revolucionaria no puede ser lo mismo. Las aventuras al margen de la ley no pueden confundirse con las responsabilidades de la política. Por eso deserté yo de la aventura de Septiembre, cuando la cuestión política se convirtió en un caso de policía.

Por todo lo anterior quiero decirte que este libro no es un reflejo de animadversión personal alguna, ni natural despecho en quien haya ambicionado algo que no le hayan concedido. Jamás he querido nada de ti. Jamás me ha tentado tu éxito pródigo y generoso para los tránsfugas. Nada tengo que reprocharte en el orden personal. Pero sí, en cambio, he hecho mía, apasionadamente mía, la cuestión pública de alarmante alcance que constituye tu intromisión en la política cubana. He esperado algún tiempo, creyendo que por natural inercia te limitarías por ti mismo. Hoy, asomado a esta ocasión histórica de Cuba en que reapareces investido de enorme peligrosidad, me apresuro a hacerte justicia, emplazándote ante el país, con la sinceridad que creo hacerlo y con la fuerza moral que me debe asistir. Ojalá consiga sobre la indiferente sensibilidad, anquilosada por las impunes reincidencias que ha tenido que presenciar, una actitud más enérgica y viril que impida la consumación de tu triunfo.

La  Habana, abril de 1940.

Julio César Fernández

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Walter Espronceda Govantes 44 Artículos escritos
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