Cuba: meditaciones sobre una misma cualidad


I

A los que especulan, a los escritores de ciencia ficción, a los que en busca de consuelo se refugian en lo que pudo haber sido y no fue, les está permitido elucubrar sobre el supuesto de ¿qué hubiese pasado en esta ínsula si, en vez de los españoles, portadores -según Martí- de la espada y el perro de presa, nos hubieran colonizado los ingleses, quienes -en opinión del propio Apóstol-, venían con el arado?; ¿qué podría haber pasado en la mayor de las Antillas si su hombre mayor no hubiese muerto en Dos Ríos?; ¿qué habría acontecido si, en vez de arribar a las Coloradas, el yate Granma hubiese zozobrado en las aguas del Caribe? Estas preguntas, útiles solo para el choteo, están vedadas a los historiadores y, por derivación lógica, a todo investigador social que, con una mínima cuota de respeto por la ciencia que dice practicar, intente encontrar en el pasado explicación al presente porque, sin duda alguna, lo que fue está en lo que es. De este modo, cualquier evaluación de la Cuba de hoy con fines correctivos tiene, de manera insoslayable, que escrutar el pasado para entender el presente y, en consecuencia, tratar de evitar los equívocos de antaño porque eso sí, la Historia solo demuestra, no dice cómo o qué hacer.

El acto constructivo social y sus formas pertenecen a la práctica política y en este campo es preciso -para no seguir empedrando de yerros el camino-, asir como mandato las dos primeras palabras de una fórmula triunfante y amorosa: “Con todos y para el bien de todos”; en tanto, la construcción colectiva -por probabilidad matemática y demostración histórica-, otorga más seguridad al diseño, amplifica la responsabilidad y por carambola el compromiso. Además, y en el caso específico de Cuba, esto facilitará el trabajo a los futuros gobernantes. Estos, carentes de la autoridad histórica que ampara a los regentes actuales, tendrían que lidiar en condiciones realmente duras, no solo por el país que han de recibir y el contexto en que este se desenvuelve, sino, porque nunca han tenido la oportunidad de timonear la nación. Dejar expedito el camino, dispuestos los modos y reglamentadas las formas con la participación real y efectiva de todos los actores sociales para el bien, si no de todos, al menos de la gran mayoría, debe ser el último aldabonazo de la Generación del Centenario en tanto fue ella quien hizo la Revolución, también la condujo; tiene pues, frente a sí, el juicio de la Historia.

Si vivir en el pasado resulta quimera por cuanto el mismo no puede ser configurado de nuevo -solo repetido, ya como sainete, ya como tragedia-, es imposible existir sin él porque todo hombre y, en consecuencia, cualquier construcción social derivada de su praxis habrá de ser la suma creciente y lógica -aunque a veces no lo parezca- de su pretérito. Del mismo modo que no hay hombre sin memoria, no existe pueblo sin historia, por magra que sea. En este plano terráqueo, la relatividad sideral del tiempo y el espacio no se ajusta a los lentos ritmos humanos que van de pasado a presente intentando llegar a futuro; por ello, desentrañar las claves de la historia con todos sus aderezos -tarea imposible en su totalidad, pero no en sus esencias-, resulta definitorio y no para hacer ejercicio fatuo de conocimiento enciclopédico; sino, para alertar sobre qué no debe hacerse o repetirse porque como dijera Aldous Huxley, la más grande lección de la Historia es que nadie aprendió de las lecciones de la Historia.

Para bien de la mayoría y después de un serio análisis historiográfico, si no es que este resulta mediatizado por intereses minoritarios, el proceso político conocido como Revolución cubana es el acontecimiento menos malo -en términos de justicia social-, verificado en la geografía insular, por lo menos desde el momento en que aparecen los registros escritos de su pasado; pues, el aniquilamiento casi total de los aborígenes por los conquistadores, la esclavitud de más de un millón de seres humanos y el depauperado estado al cual fue llevada más de la mitad de la población en años republicanos -circunstancia que junto al golpe de Estado de 1952 y la represión hizo posible la Revolución misma-, rubrican el aserto anterior. Si después de agotado su ciclo -que nada es eterno, solo el cambio posee tal condición-, las nuevas formas socio-económicas y políticas que han de venir superan sus logros, estaremos entonces en condiciones de señalar que la novedad es superior a la Revolución; empero, no porque la suceda en el tiempo; sino, por las cuotas de justicia y felicidad que sea capaz de otorgar a los cubanos porque la Historia demuestra de manera irrecusable que no todo lo nuevo es necesariamente superior, mejor o beneficioso.  

La agraciada de Clío, como toda ciencia, resulta relativa y no solo por la aparición de nuevos métodos o técnicas que la auxilien (la genética por ejemplo); sino, porque en sus predios es la prueba la que confirma el hecho, entonces, las nuevas evidencias otorgan relatividad al decurso investigado y lo que hasta ayer presumía de verdad, hoy ya no lo es. No obstante, como la experiencia histórica -con más o menos detalles-, resulta de común dominio a los que cohabitan una misma realidad temporal, la Historia no debe ser utilizada para justificar; sino, para explicar, porque al ser vivenciada o compartida por todos o casi todos, su adulteración o media o mala enseñanza es castigado con la pérdida de credibilidad de quien la esgrime como instrumento y no como ciencia. Más de una máxima viene en auxilio de esta tesis: “Solo la verdad los hará libres”, sentenció un betlemita universal; “Todo lo verdadero es santo aunque no huela clavellina”, recordó Martí. Y un ilustre pedagogo cubano acotaba, en uno de esos momentos de gracia que se dan quizás una sola vez en la vida, una frase que, acercando lo factual al  receptor, puede ser capaz de abrirle las apetencias por una ciencia vapuleada, una y otra vez, por los extremos: “Historia que no cuenta es como canto que no canta”.       
   
II


Si se acepta que la Revolución cubana es lo menos malo que le ha sucedido al país, entonces debe convenirse también en que cosas malas ha hecho -aunque sean las menos-, y es aquí donde se quiebran, no solo las plumas más templadas; sino, las voluntades más aceradas porque ninguna Revolución es angelical. Cuánto dolor por la exclusión injusta, por la connivencia fatal, por el desconocimiento cobarde, por la UMAP, por la “parametrización”, por el sectarismo, por el sambenito de “problemas ideológicos”, por la práctica de la fe a hurtadillas y todo -en la mayorías de los casos-, porque se tenía una opinión o gusto diferente, ni siquiera contrario. Pero si ello fue verdad, también lo es que por ser católico, espiritista o babalao; por ser homosexual o bisexual o por decir la verdad no se desapareció a nadie, no se ejecutó de forma sumaria, no se asesinó, no se encerró en psiquiátricos a los disidentes y no se violó sexualmente a nadie; y ello, porque la Revolución no llegó en las esteras de los tanques soviéticos, nació del mismo pueblo que gritó Independencia o Muerte en Demajagua, que peleó contra Machado y contra Batista, que peleó en la Sierra Maestra, en Girón y en el África, contra émulos del Apocalipsis (hambre, enfermedad y muerte) en la crisis  de los 90 y que aún pelea -porque a pesar de los pesares, como dijera el uruguayo Galeano-, ese mismo pueblo recibió educación y atención médica gratuita y universal, se le ofreció vida digna y exaltó el orgullo de ser cubano, equiparó legalmente negros y blancos, ilegalizó la prostitución y levantó la mujer, abrió las puertas a la práctica masiva del deporte, amplificó como nunca antes la cultura, desterró vicios, obtuvo seguridad ciudadana y convirtió a los niños en lo más preciado de la nación. No obstante, como lo cortés no quita lo valiente, alguien, con toda razón, puede argumentar que la cuota de justicia alcanzada no justifica la pérdida de libertad individual o el daño cometido; sin embargo, alguien, con esa misma cuota de razón puede repetir el argumento del Cristo: “¡Que tire la piedra quien esté libre de pecado! o como escribió Martí horas antes de morir: “las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen”; por tanto, imposible sustraerse a sus yerros y aciertos.

Y si a alguien no le fueran suficiente las máximas supradichas, una pregunta podría tratar de explicar el asunto: ¿por qué un pueblo beligerante como el cubano, que en menos de una centuria se enroló en tres guerras independentistas, otros conflictos menores, una Revolución fracasada y una guerra de liberación que condujo al triunfo de la Revolución de 1959, ha permanecido “bastante pasivo” durante 56 años? La respuesta no es simple ni está en una sola variable; pero sobresale por encima de todas una: el período revolucionario ha resultado ser, hasta el momento, el acontecimiento socio-político menos dañino, excluyente y lesivo para el grueso del pueblo cubano, incluso, la mayoría de los que han emigrado y aún emigran no lo hacen por y para contender políticamente contra el sistema; sino, porque buscan, necesitan y desean mejores condiciones económicas de vida, no de otro modo se explican que vuelvan, una y otra vez a la tierra de sus natales, sientan nostalgia por la historia y cultura de su país, están pendientes de lo que acontece en él, no sienten vergüenza en reconocerse cubanos y desean que las relaciones con su histórico adversario (Estados Unidos de América), se tornen normales.

Al colocar en una balanza aciertos y errores, esta se inclina hacia los primeros; sin embargo, no viven los cubanos en la isla de Robison Crusoe, existimos inmersos en una multiplicidad de variables endógenas e intervinientes que superan nuestras fuerzas; las cuales, han hecho fracasar, en más de un sentido, los intentos de progreso y desarrollo sostenido que un día quisimos forjar. Los crujidos sociales que hoy percibimos resultan prueba irrecusable de una urgencia que, sin más dilación, es preciso atender porque la metástasis es mortal y en el inevitable saneamiento al cual está abocada la mayor de las Antillas, no se ha de botar -junto con el agua sucia- al niño. Una construcción social como la erigida por Cuba hace más cinco décadas demanda modificaciones inaplazables, no solo por lo antedicho; sino, porque como valida el refrán popular, “más vale pájaro en mano que no cien volando” y porque “no debe abandonarse por descuido lo que luego habrá de reconquistarse a gran costa”. Mucha sangre, dolor, lágrimas y esfuerzo ha costado: desastre o crónica de un fracaso anunciado sería si el pueblo no tomase parte activa en su reconfiguración; mofa cívica y apuesta suicida si el gobierno no lo propiciase.  

III


Una seria exégesis (imposible en estas rápidas cuartillas) del pasado insular, puede arrojar luz sobre cuáles fueron las fisuras que nos llevaron al estado de postración económico y productivo que hoy se padece, causa primaria de todos los demás males porque, aunque le teman o le huyan como a la peste o la lepra, la teoría marxista codificó lo que la Historia ha demostrado: el ser social determina la conciencia social y si bien es cierto que solo de pan no vive el animal que ha coronado la cadena evolutiva, sin pan tampoco vive. La deformidad, iniciada en el siglo XIX, se consolida en el XX y ahora, iniciando el tercer milenio, nos pasa la cuenta. Ingenuo sería pensar que lo hicimos por sadomasoquismo o que únicamente desatinos propios nos trajeron hasta aquí; no, no fue así, “la pasión por la verdad que manda callarla antes que decirla a medias” impone el deber cívico de señalar que Cuba está en este punto, entre otras razones, gracias al impulso que desde el norte nos dieron porque la Revolución trastocó y afectó la influencia estadounidense, entorpeció su hegemonía, estimuló procesos liberadores en su traspatio, afectó intereses y dio un mal ejemplo que era preciso castigar y aunque ellos (los Estados Unidos de América) no querían ni quieren saber nada de Marx ni de Engels, saben que sin comida, energía y dinero ningún país puede sobrevivir.

Por tanto, diseñaron todo un sistema para doblegar a la Isla y el gobierno recién estrenado no estuvo dispuesto a entregar lo que el pueblo le ayudó a alcanzar y en esos momentos consolidaba, buscó y encontró entonces una ayuda que, si bien no era totalmente desinteresada, le permitió existir y llegar hasta las postrimerías del siglo XX. Que no fue como se hubiese querido, es verdad; empero, las cosas son como son y no como uno quiere que sean; además, la Historia demuestra que un hombre o un pueblo medianamente inteligente, entre dos males, escoge siempre el menor: los cubanos, mejor dicho, el gobierno revolucionario escogió -en ese momento- el menor y, ¿pudo haberse escogido una tercera vía? No, a 90 millas o 166 kilómetros de la potencia más poderosa del planeta, en un mundo bipolar, eran o ellos o los soviéticos y al lado de estos últimos se decidió la marcha. Ahora todo el mundo sabe lo que significa caminar junto a un amigo robusto que para bien te ayuda; pero, que para mal te exige algunos sacrificios, tiene una cultura y modos de gobernar diferentes a los tuyos y que, para desgracia, es el único en quien puedes confiar.

Cuando iniciamos el compadrazgo, a la experiencia socialista le quedaban apenas  treinta años de vida -eso no podíamos saberlo, es verdad-; pero ahí no radica el pecado, sino, en asumir de manera acrítica un modelo que, incluso no bien visto por el Che, se adoptó como patrón en el diseño socio-económico del país y cuando llegamos a los años 70 ya no había vuelta atrás. Fuimos, en lo interno, más soviéticos que dialécticos y marxistas: la creencia de que el socialismo era imperecedero, la estatalización casi absoluta que sumió en improductivas y llenó de marabú el 42% de las tierras cultivables del país, el equívoco de la “contra ofensiva revolucionaria” que aniquiló los restos de la pequeña propiedad y con ello el sentido de pertenencia y por último, la no menos dañina creencia de que eficacia, eficiencia y productividad eran categorías políticas vinculadas al capitalismo y no variables económicas de todo sistema productivo. Porque no de otro modo se entiende el “emplantillamiento” excesivo de un millón personas y que hoy, con un costo social y político enorme, hay que reubicar porque de lo contrario sería convertirlos en desempleados y no hay mejores sepultureros de cualquier sistema político que hombres y mujeres desesperados porque no tienen forma digna o viable de llevar el pan a sus hijos o satisfacer sus necesidades más perentorias.

Mientras contamos con los magníficos suministros de petróleo, la compra asegurada del azúcar, las inversiones en el níquel, las piezas de repuestos y las toneladas de trigo, el impacto del bloqueo era para la población cubana solo cuestión de dignidad nacional y espacio de pelea en foros internacionales; pues, el sostén económico hizo avanzar socialmente, como nunca antes, al país e incluso transferir -en forma de activos, especies, becas y hombres-, recursos a otros países y contribuir a la independencia de Angola, Namibia y la supresión del Apartheid en Sudáfrica. Mientras esto sucedía, en lo interno, la burocracia ganaba espacios, una maraña de prohibiciones lastraban la gestión pública, conceptos básicos de la producción como costo y control hicieron mutis de la escena pública, todo aderezado con un rigidez ciudadana y un estatismo social que convirtió a la Isla en poco menos que plaza sitiada. Al momento de la implosión del socialismo real -porque ni un disparo siquiera de revólver hicieron sus antagonistas-, nuestra infraestructura y esquema productivo no podían encontrarse en peor momento; o sea, lastrado por insuficiencias y cautivo de una dependencia abrumadora (ya se ha hablado de su origen), lo cual no nos dejó otra alternativa que resistir estoicamente para conservar la soberanía nacional y sostener las conquistas sociales, fuente indiscutible de las reservas usadas por la nación en esos años; en tanto, ese cuatrienio constituyó la manigua redentora de los cubanos en el siglo XX.

IV   

La práctica y la Historia han demostrado que el socialismo, por lo menos en la forma en que se pretendió construir, fue siempre menos que el capitalismo: menos depredador, menos excluyente, menos agresivo; pero, para desgracia de los que hemos vivido bajo su influjo, fue también menos eficiente y productivo, acaso por eso ha resultado inviable; pues, donde debió haber sido más, fue menos, adverbio de cantidad definitorio porque como dijera Engels ante la tumba de Marx: “[…] los hombres necesitamos en primer lugar comer, beber, refugiarnos y vestirnos para poder después hacer política, cultivar las ciencias, el arte, la religión, etc. […]”  y esto se logra si y solo si, hay producción de bienes materiales y espirituales que repartir y un sistema que lo haga posible con la mayor participación, transparencia y equidad posible. Que el capitalismo, al día de hoy, haya sido más exitoso (existe por lo menos desde 1640 con la Revolución Inglesa), no significa sea la solución para los graves problemas de la humanidad, toda vez que la génesis de muchos de ellos se debe a que ha sido más depredador, más excluyente y más agresivo; incluso, cuando logra ser más eficiente y productivo que su antinomia lo hace, la más de las veces, por vías dolorosas. Así pues, no son estos los modos que, como alternativa, se necesitan para hacer menos infeliz la vida de los seres humanos; por cuanto, todo lo que colisione contra la paz, la justicia y la libertad de los hombres debe ser execrado, no importa que comporte progreso material, porque no será nunca justificable un desarrollo que descarte, excluya o convierta en daños colaterales la vida de un grupo de hombres en beneficios de otros; sin embargo, la capacidad de mutar, de cambiar, de adaptarse a las condiciones, de evolucionar para sobrevivir, es algo que ha acompañado al capitalismo y escaseado en las experiencias socialistas; cuando lo han intentado poner en práctica ha sido ya demasiado tarde: la URSS y el extinto campo socialista en la Europa del Este así lo rubrican.

La experiencia histórica demuestra que en una apuesta socialista, cuando se desatan las fuerzas productivas, cuando se estimula la capacidad creadora, cuando se alienta la libertad responsable, cuando se premia el trabajo y el hombre puede crecer moral y materialmente con el resultado que sale de la faena de sus manos e  inteligencia, los resultados son dignos de evaluación. China decidió abandonar el canon maoísta que la paralizaba y en un lapso de cuarenta años se ha convertido en la segunda potencia mundial; Viet-Nam, pueblo que merece un altar por la feroz defensa de su independencia y por la cual pagó cuatro millones de vidas en su porfía contra Estados Unidos, apenas apostó por el cambio y la flexibilización de mecanismos económicos, inició una marcha rumbo al desarrollo que hizo llorar de felicidad a un realizador de cine cubano cuando, al visitarlo cuarenta años después de la guerra, pudo ver otro Viet-Nam.

Desde otro punto de vista, la validez de los cambios adquiere carácter inaplazable no solo porque es imposible obtener resultados diferentes si se sigue haciendo lo mismo, máxime, cuando el mundo ha cambiado y la Isla, inserta en esa dinámica, debe adecuarse si no quiere ser arrollada por el paso indetenible de la vida; sino también, porque su histórico adversario, en un giro que no por inesperado deja de ser deseable, le plantea nuevos retos al momento de aceptar la normalización de relaciones entre ambos y con ello cambia casi totalmente las reglas del juego. Cierto, aparecerán nuevos problemas y otros ya presentes, como la corrupción, será preciso tenerlos a raya; sin embargo, las modificaciones y adecuaciones como las que hoy se hacen y es preciso seguir profundizando en estructuras económicas, políticas, jurídicas y sociales -teniendo siempre como centro al hombre-, nos permitirán salir del estado en que estamos, oxigenarán el país dándole confianza en si mismo y la construcción de un futuro, mejorando -más que preservando-, las conquistas sociales porque a fin de cuentas para eso se hizo la Revolución: para servir a los cubanos, lo demás vino por añadidura. Si logra sobrepasar el ciclo vital de sus hacedores, entonces habrá cumplido con creces su misión histórica; de lo contrario, quedará en los anales de la Historia como un punto de inflexión, cóncavo o convexo -según el punto de mira-, en la larga línea de la evolución humana.   

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Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
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