Cuba post-embargo: una nación soberana entregada a sus hijos

Foto: Mario Grisolli

No puedo avanzar en la imaginación de una Cuba post-embargo sin pensar primero en cómo se llegaría a ese escenario. Se trata de una “solución” histórica que no está definida por un acto sino por un proceso y no se presenta al doblar de la esquina, ni caerá por su propio peso sin fricciones, ni está garantizada, al menos dentro de los márgenes de tiempo de vida útil de algunas de las generaciones de cubanos que actúan hoy tanto en la Isla como fuera de ella.

La visión del post-embargo ha pasado, en pocos años, de ser un reclamo casi exclusivamente cubano y de algunos entusiastas e informados amigos solidarios; se ha convertido en un horizonte factible ―acaso el único ideal deseable ― hacia el que tendería una parte, cada vez más creciente, de los intereses creados y la opinión pública estadounidense. Un horizonte que pareció hacer confluir a Cuba y a Estados Unidos, por primera vez, tras décadas de diferendo y aislamiento entre los dos países, hacia un punto común de anhelos.

El “viejo” inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, en sus discursos, identificó a la política de bloqueo como un fardo, y consiguió a partir de acciones políticas como su inolvidable visita a La Habana en marzo de 2016 y sus decisiones ejecutivas ―algunas reversibles o congelables ―, que el post-embargo se trazara como una posibilidad cierta, realizable. La política de Obama proteinizó un “futurible” al realizar cambios tangibles, aunque para algunos todavía sean insuficientes o, incluso, insignificantes.

Los escollos legales y los dilemas políticos que la Administración del presidente Obama ha debido enfrentar para ir concretando soluciones post-embargo ―más allá de cualquier juicio sobre su jerarquización y su tempo― han constituido, a la vez, obstáculos e incentivos para la conformación de eso que podemos llamar “anhelo común”.

Los operadores de esa política de cambio en Estados Unidos fueron los miembros del gabinete de Barack Obama, algunos congresistas, gobernadores, diplomáticos, los nuevos lobbistas, los asesores legales, empresarios, intelectuales, periodistas, activistas políticos y sociales, y cada vez un mayor número de miembros de la comunidad cubana en ese país…; todos los que participaron desde allá en conseguir un 17D, y extender su sentido, al menos, hasta el último día de la presidencia de Barack Obama, han contribuido a establecer líneas de conexión ―no sabemos aún cuán poderosas y estables ―con el propósito cubano de poner fin a la política de bloqueo y establecer el desenvolvimiento del país, libre de sanciones.

Esto no significa, por supuesto, que se conviertan por ello en aliados incondicionales de Cuba y mucho menos de su gobierno. (Algunos sectores en la Isla juzgan errónea e intencionadamente la posibilidad de esa alianza, desconociendo que es impracticable, y acaso indeseable).

El proceso de normalización de relaciones con Cuba no constituye una urgencia para Estados Unidos. Los incentivos fundamentales para iniciarlo provinieron de una lectura pragmática de las relaciones hemisféricas, de un análisis liberal sobre la hegemonía estadounidense y, adicionalmente, de la decisión personal de Obama de erigir un legado en un aspecto que no constituyera una zona de conflictos fundamental para él ―esto explicaría, en parte, por qué comenzó tan tarde a hacer la “tarea”, en su segundo mandato.

La reciente elección de Donald J. Trump como presidente de Estados Unidos podría provocar una inflexión del proceso de elaboración de ese anhelo común, que es, a mi juicio, el factor más crítico para conseguir relaciones positivas post-embargo y afectaría de forma fundamental el perfil de la Cuba futura.

Las próximas políticas tanto hacia Cuba, como hacia Latinoamérica, enunciadas por el nuevo Presidente podrían constituir regresiones y amenazar de muerte ese proceso. Sin excluir la posibilidad de que se refuerce la agresividad directa contra Cuba, y se relance un discurso de condicionamientos, es muy probable que, como han previsto varios analistas, Cuba descienda en la agenda política de la nueva Administración hasta casi desaparecer de la lista.

Entretanto, es también predecible que no se “moverán” en el Congreso ―republicanísimo― iniciativas que atenúen el rigor actual de los instrumentos legales para asegurar el bloqueo contra Cuba, o que busquen nuevos caminos de distensión.

Siendo optimistas, es dable pensar que Trump gobernará con una fuerte oposición que podría llegar a enfrentamientos en muchos terrenos y dimensiones. En esas circunstancias, el tema de Cuba, impulsado por una agenda opositora, podría escalar y ser considerado como algo negociable. Siendo así no desaparecería del todo la puja por la modificación de las leyes del bloqueo y el aumento del flujo de intercambios entre los dos países.

De tal modo, se podría pensar que el proceso de construcción de ese anhelo común que ha comenzado a confundirse con un vector de sentido común entre algunos sectores e intereses en Estados Unidos, tiene más probabilidades de sobrevivir, fundamentarse, crecer y convertirse en un factor de fuerza, si emana de un enfrentamiento a Trump y al trumpismo. No será ya fruto del acompañamiento a una iniciativa gubernamental como en tiempos de Obama. Mucho dependerá también de la construcción de inesperadas alianzas, y de una mayor sofisticación de la iniciativa cubana para estimular la atención al tema y el interés por modificar la política actual.

Esto es algo de primera importancia: una Cuba post-embargo será hija directa del proceso de derrocamiento de este, y compartirá su ADN. Entre el 17 de diciembre de 2014 y el 20 de enero de 2017 se habrá vivido un tiempo de entrenamiento; comienza ahora, una vez que se ha identificado como viable ―tanto allá como aquí― la extinción del estatus de guerra en las relaciones entre los dos países, un verdadero juego de ajedrez. Y tanto la iniciativa como la responsabilidad deberán estar mucho más compartidas entre los diversos factores residentes en ambos países.

Utilizo con todo propósito el verbo “derrocar”, puesto que “levantar” el bloqueo ahora será más que imposible. El bloqueo es una política unilateral, cuya solución es bilateral.

En los últimos 48 meses Cuba estructuró la noción de que el fin del bloqueo sería una precondición, junto a otras, como el cierre de la Base Naval de Guantánamo y la devolución de su territorio, para que pueda ocurrir una verdadera normalización de las relaciones bilaterales.

Según la lógica esgrimida por el gobierno cubano le toca al victimario ―el país que bloquea― demostrar su buena voluntad sin condiciones, ratificar con actos su decisión de rectificar su política y de llegar a acuerdos para compensar los daños causados; todo ello, refrendando la soberanía de Cuba. Es decir, abandonando en serio, el propósito hegemónico de Estados Unidos sobre Cuba.

Esta formulación quizás sea impecable en la persecución de un estándar de justicia plena. Fue elaborada conociendo de antemano que muchos procesos que comenzaron durante la negociación secreta entre ambos gobiernos, y que se extendieron después del 17D, tendrían un deadline una vez que Obama tuviera que entregar la presidencia. Aun así es abarcadora, se proyecta en las soluciones integrales y tiene como principio estructurante la asunción de que Cuba no espera otras soluciones sino las que satisfagan sus expectativas más altas.

Aunque no le dieron respuesta, sino que ensayaron algunas formas de sentar las bases para ello, los operadores del cambio de política que promovió Obama, aceptaron o se atuvieron sin mayores conflictos a esta formulación de la demanda cubana, y avanzaron en los diálogos y en la toma de decisiones. Los operadores de la política durante el gobierno de Trump no están igual de dispuestos.

Ante esto, ¿cómo reaccionará Cuba? ¿Cómo debería hacerlo? Una vez que ha sido practicada la posibilidad del post-embargo y habiendo perdido una ficha principal y proclive en el juego hacia los cambios ―la Administración―, ¿cómo se reconstruye la partida?

Parece estar claro que el plano de la denuncia ya ha sido ganado. El reciente voto de abstención de Estados Unidos en las Naciones Unidas en torno a la Resolución cubana en contra del embargo evidencia que ya no queda mucho que demostrar sobre la impertinencia del bloqueo, su carácter hostil y hasta “genocida”, como ha sido descrito.

El plano de las alianzas con terceros países también ha sido exitoso y no parece estar en riesgo por ahora. Cuba, mediante acciones diplomáticas y fundamentando la persistencia de su gobierno y su población, afectada por una crisis económica de unos 25 años, ha convencido a todas las naciones representadas en la ONU, a Presidentes y Primeros ministros, parlamentarios, políticos de toda laya, empresarios, financistas, banqueros ―sancionados o no por el embargo―, intelectuales, artistas, periodistas… acerca de la injusticia y el “mal negocio” que constituye el bloqueo.

Sobre todo, Rusia, China y Europa han reaccionado acercándose a Cuba. Los primeros, motivados por ciertas alianzas ideológicas y el interés de penetración de un mercado pequeño, pero articulable dentro de la región latinoamericana. Europa, región con la que Cuba ha negociado nuevos acuerdos políticos y el fin de la “Posición Común”, alberga una parte considerable de los acreedores que ha acumulado el país; y se prepara, como Unión, y muchos de sus Estados miembros de forma individual, para hacer más expedita su influencia económica e ideológica en la Isla.

¿Qué viene ahora? ¿Puede Cuba despegar del subsuelo de su economía sin que antes las consecuencias del bloqueo se reduzcan y finalmente desaparezcan? ¿Puede el equilibrio político actual en Cuba perpetuarse a pesar de una crisis económica que no logra ser superada durante más de dos décadas y que pauperiza a diversos sectores de la población y provoca crecientes expectativas migratorias, sobre todo entre los jóvenes? ¿Qué está en riesgo? ¿El probable alargamiento de la crisis económica y la agudización de sus consecuencias sociales? ¿La continuidad de un gobierno con enfoque socialista? ¿La soberanía del país?

Año tras año, al presentar su Resolución contra el embargo ante Naciones Unidas, las autoridades cubanas elaboran un informe donde se actualizan los daños que provoca este a la economía y la población cubanas. Algunos de los indicadores son cuantificables, otros no, pero en resumen se obtiene una imagen amplia y probablemente verificable, del impacto de esta política agresiva de Estados Unidos contra Cuba.

Sin embargo, al mismo tiempo, queda mucho por identificar, reseñar, explicar, valorar, acerca de una amplia gama de consecuencias ignotas que están relacionadas con los márgenes y posibilidades de creación de políticas, con un enfoque de salida de la crisis y desarrollo paulatino.

Mucho de lo que no sabemos del bloqueo es cómo este interactúa con otras variables que también entran en juego en el proceso de toma de decisiones, de proyección de “futuribles”; qué peso específico, bajo determinadas circunstancias dadas o construidas, llega a tener cada una: tanto en el diseño, en la realización, como en la evaluación de las estrategias más disímiles: desde la política agropecuaria hasta el control epidemiológico de una enfermedad; desde la enseñanza artística hasta las políticas informativas periodísticas.

Si, por ejemplo ―valga la imaginación en un ejercicio de construcción de escenarios― en Cuba se identificara la existencia de grandes reservas de petróleo y gas, suficientes para exportar, y existiera, adicionalmente, la voluntad de explotarlas atrayendo para ello de forma inmediata el capital, la tecnología y el mercado externo necesarios, las consecuencias del bloqueo sobre esa estrategia serían de una determinada naturaleza. Y de otro modo bien distinto si las autoridades decidieran desestimular la inversión extranjera y mantener niveles moderados de extracción, con el fin de preservar el control absoluto sobre este recurso estratégico.

Si, al contrario, se demostrara que no existen grandes yacimientos de hidrocarburos y la política energética debiera basarse entonces en diversificar las fuentes energéticas, en particular las renovables, esto podría implicar dos enfoques muy distintos relacionados con la inversión. Bien podría promoverse la inversión privada o pública extranjera en condiciones muy estimulantes para el capital, o bien, bajo las mismas condiciones, las autoridades podrían decidir enfocarse más en la captación de capital privado proveniente de los propios cubanos en la Isla o en la diáspora.

Cada una de las combinaciones estaría sujeta por variables que no dependen exclusivamente de la existencia del bloqueo y que permiten tomar decisiones teniendo la iniciativa del lado cubano: disponibilidad del recurso; voluntad energética, mecanismos de atracción del capital; disponibilidad del capital público / privado, extranjero / nacional o de origen cubano.

¿Qué hace que estas decisiones se tomen o no? ¿Qué estímulos definen o no ciertas políticas en Cuba? ¿De dónde proviene la elección de los criterios de éxito para medir sus resultados? ¿Cuánto todavía puede Cuba actuar en favor de sí misma, a pesar del bloqueo, para remontar su crisis actual y provocar un futuro deseable? ¿Pueden las decisiones en Cuba encaminarse en función de “derrocar” el bloqueo sin esperar que esto pase?

Sugiero que este sea un principio para pensar la Cuba post-embargo. En la medida en que la nación cubana sea capaz de movilizarse para superar el bloqueo, y no solo resistirlo, conseguirá adueñarse de la iniciativa y probablemente acortará los plazos para llegar a un status que ahora ya está proyectado como posible en la relación bilateral.

Derrocar el bloqueo no puede provenir, como los hechos recientes demuestran, de la voluntad de un gobernante, de una Administración o de un lobby, más o menos veleidoso, en el Congreso. No es suficiente.

Convertir el horizonte post-embargo en un deseo compartido entre ambos países dependerá mucho de que Cuba persiga conscientemente hacer la voluntad de los otros concurrente con su propio objetivo, concentrada para ello en sumar cada vez más sectores y fuerzas residentes en Estados Unidos: en primerísimo lugar su emigración allí, sin pretender sintonías ideológicas e intentando ubicar en un lugar no paralizante las heridas pasadas.

El gobierno de Cuba y la sociedad civil cubana ―transnacional― deberán actuar de manera directa e indirecta por los canales recién abiertos ―con los que no se contaba hace apenas unos años―, y otros por explorar, con los distintos factores que ayuden a relativizar la capacidad asfixiante que aspira a tener el bloqueo. Se trata de hacer madurar las condiciones para conformar la necesidad ineludible de un cambio de política, y que ese cambio resulte de un costo soportable para el status quo en Estados Unidos.

La libertad para tomar decisiones ―algunas arriesgadas―, para adueñarse de la iniciativa y demostrar ahora que quiere y puede vivir como un país sin tutelas y sin presiones, definirá la Cuba post-embargo, que es en definitiva la única Cuba posible: una nación soberana entregada a sus hijos, todos.

Sin falsos orgullos y dignidades marmóreas, mirando hacia adelante, interesada en retener y hacer crecer sus frutos, Cuba podrá aspirar así a consagrarse cada vez más, mediante actos, a los principios de justicia social y democracia que definen la vocación socialista en la que todavía coinciden representantes de varias generaciones de cubanos.

Sobre los autores
Milena Recio 1 Artículo escrito
(La Habana, 1974) MSc en Comunicación Social por la Universidad de La Habana, 2003. Periodista y profesora de Comunicación y Periodismo. Ha publicado en varios medios de comunicación y desde hace varios años trabaja como editora web en publicacio...
Cuba Posible 188 Artículos escritos
Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
1 COMENTARIO
  1. Muy largo el ejercicio retórico sobre la Cuba post embargo donde no se hace referencia a la continuidad de la dictadura castrista que hoy se prepara por el general-satrapa-pdte. que nadie eligio,más de lo mismo preparado por uno de los tontos útiles que aún pululan

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