Cuba: reformas económicas y bienestar social

Foto:  Jorge Luis Baños/IPS

Las sociedades y las economías son sistemas interactuantes y se influyen recíprocamente; sobre todo, cuando se trata de relaciones entre diferentes sectores en una economía que se proyecta como mixta. El grado de bienestar en la sociedad lo determina el crecimiento económico sostenido, pero se analiza o se mide a través del nivel, modo o calidad de vida de las gentes. No se puede dar lo que no se crea y para mejorar individual o socialmente, es imprescindible el trabajo, producir y crecer económicamente con eficiencia. Considero que la situación del cambio económico/social en Cuba, por razones lógicas, habría que valorarla a partir de dos momentos: uno actual y otro perspectivo.

Y esto es así porque, sencillamente, las transformaciones son relativamente recientes e incompletas, marchan con precauciones, limitaciones de recursos, ciertos enfoques reduccionistas y con carencias de integralidad sistémica en lo económico, lo político y lo social y donde, además, inciden perversos factores exógenos. Unido a ello, continúa siendo una economía abierta, con elevada dependencia del comercio internacional y las importaciones. Por una u otra razón (o todas de conjunto), el crecimiento económico ha sido aún irrelevante, impidiendo mejorar el deterioro del bienestar aparecido en los años 90, cuando se amplió la franja de la pobreza.

No sucede igual con la visión perspectiva que ofrecen las transformaciones, pues proyectan más optimismo, dada la posibilidad de prever crecimientos económicos con favorables efectos sociales. Aunque dependerá del enfoque de las reformas, su eficiencia, magnitud de las inversiones y desaparición de medidas externas que afectan la economía.

Con independencia de las acciones que se promueven a través de las vías gubernamentales, entre los aspectos fundamentales que definen el bienestar de la población se encuentran los ingresos monetarios (salarios, pensiones u otras vías); las familias, con sus recursos, se desenvuelven ante la sociedad y el mercado, garantizando con estos una buena parte del bienestar del grupo familiar.

El gobierno, de acuerdo con su orientación política, debe contribuir al desarrollo económico, a la buena organización social y una redistribución justa o racional de las riquezas; de manera que la sociedad se desenvuelva con los equilibrios posibles, estímulos laborales y en un ambiente de libertad y democracia necesarios.

Señalar cómo o quién decide el bienestar de las gentes y cómo se garantizan los “satisfactores” sociales y ritmos económicos; obliga a considerar el modelo de gestión, porque no es igual una economía de planificación centralizada, donde predominan relaciones de propiedad estatales, que otra donde lo privado y el mercado ejercen su influencia.

En cuanto a Cuba, si la consideramos una economía en transición y mixta, probablemente una combinación de procedimientos pueda desenvolverse con éxitos (plan y mercado), pero se comprenderá que aún falta la debida experiencia. Las relaciones monetario/mercantiles se desarrollan en tales circunstancias y donde el mercado acciona libremente, pues entonces ahí se manifestarán las leyes del valor y oferta/demanda como reguladores espontáneos.

En el anterior modelo económico cubano, la demanda de medios de producción, materias primas y trabajo, se solicitaban por las empresas estatales y se satisfacían cuando era posible de manera planificada y previendo resultados. Para el consumo de la población se elabora el plan de circulación mercantil, una definición anual del volumen y estructura de la oferta, que se pone a disposición de los consumidores a través del sistema normado o las vías liberadas del comercio minorista.

Se debe considerar que la demanda de los consumidores no se planifica, sino que se estudia, mide o pronostica; con el objetivo de poder orientar la producción o importación de los bienes de consumo necesarios y, entonces, dicha prognosis sirva de puente entre la producción, la distribución, los servicios y necesidades o demandas de la población.

A diferencia de los modelos de planificación centralizada, en las sociedades estrictamente mercantiles, el bienestar personal o del grupo familiar se concreta en los mercados, pero a partir de las diferencias de solvencia económica que cada quien posea. El consumidor, con su poder de compra, es quien decide qué, cómo, dónde, cuándo y cuánto compra, o los servicios que utiliza. Su poder adquisitivo es el freno o contención ante el consumo.

Ambos sistemas operan con leyes específicas, mostrando sus diferencias económicas estructurales y de propósitos; pero en una economía mixta deberán coexistir y es posible desarrollarlas con éxito, aunque será necesario desbrozar con prontitud ese camino. La planificación y el mercado son herramientas en las economías modernas y no son excluyentes, por lo que deben complementarse; pero sus logros dependerán de cómo y hasta dónde se utilicen una u otra, de acuerdo con la proyección o desarrollo de las reformas.

Los métodos de planificación en Cuba favorecieron a la educación y a la salud, áreas que desde los 60 fueron priorizadas y contaron con suficientes recursos, tuvieron resultados y beneficiaron al pueblo. Sin embargo, limitaron el crecimiento de otros sectores de la economía, como los relacionados con el consumo personal, aumentando la dependencia en las importaciones y estabilizando la escasez. Cuando la planificación es omnipresente, a veces, se impone el subjetivismo y se decide desequilibradamente el crecimiento económico; si la economía no tiende a la suficiencia o no se desarrolla con éxitos, entonces coloca en circunstancias vulnerables o de crisis al bienestar social.

Del lado del mercado, cuando este opera sin control o sin normas reglamentarias para su racional funcionamiento, con frecuencia lesiona a los consumidores o se aplican terapias de choque y se derrochan recursos naturales; cuando se cae en el consumismo, esto afecta al medio ambiente y genera apetencias no siempre sanas de estilos de vida y comportamientos sociales. Es por ello que una combinación adecuada de dichos procedimientos (como ha quedado demostrado en otros países), puede hacer crecer la economía e incrementar el bienestar social, conscientes además de que nada es perfecto.

El método establecido para racionar los bienes de consumo, probablemente no fue el más idóneo (ni para la población, ni para la economía). Porque el sistema tomó la vía de un racionamiento de la oferta, pero pudo regularse la demanda y no sólo a través del dinero. Regular la demanda hubiera reportado mayores beneficios y, sobre todo, flexibilidad para salirse del mismo cuando las circunstancias lo hicieran aconsejable. Experiencias internacionales existían. Hubo personas e instituciones que abogaron por aumentar el consumo (aunque en discreta medida); considerando que con ello se liberaría el mercado, estimulaba el crecimiento de ramas de la economía, aparecerían los estímulos laborales, mayor eficiencia y desarrollo de la economía en general.

Aunque lo evidente era aumentar los bienes de consumo y servicios a las personas, reducir el deterioro y la escasez de viviendas, los mantenimientos o mejorar el transporte… Poco servía trabajar, poseer dinero y no disponer de productos o servicios con los que alcanzar un mayor grado de satisfacción o bienestar. Por tales razones, se acumulaban necesidades y la demanda sobrepasaba la oferta, había poder adquisitivo pero los productos o servicios escaseaban o no podían obtenerse.

A mediados de los años 70 se incrementaron las ofertas de bienes de consumo a la población, satisfaciendo necesidades diversas y saneando las finanzas internas. La libreta de abastecimiento, originada en 1962, por X razones se prolongó más de lo debido y durante dos décadas fue la única vía de comercialización de los productos de consumo. Existió temor en eliminarla y hasta en crear un mercado libre, no faltaron los que confundían consumo con consumismo; aunque existían los que apostaban por un consumo racional, sostenible y la defensa del consumidor.

Luego ocurrió el colapso de la URSS… Se produjeron los dañinos impactos sobre la economía y la sociedad, y se deterioró más el consumo personal e incluso los servicios priorizados de salud y educación. El Período Especial se prolongó más de lo necesario y se perdió tiempo para el rediseño del modelo económico y atraer inversiones.

Hoy, cuando se desarrollan las transformaciones de la economía y el modelo, las limitaciones del consumo, el sistema de racionamiento y la doble moneda, se encuentran entre los complejos inconvenientes que los obstaculizan e impiden avanzar. Ambos modelos (planificación y mercado) deben contribuir al crecimiento económico y a mejorar el bienestar social. Los dos procedimientos deberán coexistir y apoyarse recíprocamente; ambos deben tender puentes entre la producción, el comercio, los servicios y las demandas de la población; por lo que será necesaria la liberación del mercado, realizar estudios y analizar la calidad de vida de las gentes.

Las actuales distorsiones del mercado doméstico (escasez de productos, falta de competencia, racionamiento y precios monopólicos centralizados), hacen imposible conocer la demanda; el racionamiento impide al consumidor decidir libremente sus compras y en las áreas liberadas existe un accionar bastante irregular con los precios. En tales circunstancias es difícil diagnosticarla, mucho menos pronosticarla, aunque sí conocer las insatisfacciones de los consumidores.

A la reforma le es imprescindible mantener una visión renovadora y realista, igual que poseer un mercado moderno y eficiente, que desarrolle el consumo y se transforme en acicate del crecimiento económico y la inversión extranjera.

El desarrollo de los emprendedores y las cooperativas (quiérase o no), presionará la necesidad de elevar la eficiencia laboral y también la solvencia económica de los trabajadores estatales, de manera que con sus recursos cubran y decidan satisfactoriamente sobre su consumo y bienestar. Imagino sea este un reto que las autoridades comprendan o sepan, que no se soluciona desestimulando a ninguno de los sectores con que funciona la economía, sino al contrario.

La situación económica, el envejecimiento poblacional y las reformas sugieren la adopción de un nuevo modelo de política social. Se requiere una que amplíe, combine y especifique diversas acciones (verticales y horizontales) de posibilidades y beneficios para los necesitados. Será inevitable revisar e incrementar las pensiones y continuar brindando ayudas monetarias, en especies o servicios, a los grupos vulnerables.

El modelo deberá mantener los programas sociales de salud y educación, aunque haciéndolos más racionales, eficientes y cualitativos; deberá estimular proyectos laborales comunitarios y utilizar la dinámica inversionista (nacional o foránea) para propiciar más empleos y mejor remunerados.

La situación actual y sus perspectivas deben orientarse a ser más racionales y eficaces hacia los necesitados; mantener las acciones de seguridad y asistencia social y, unido a ello, acelerar las condiciones para la liberación y modernización del mercado interno. Todo esto para hacer posible que la mayoría de las personas (trabajadores o jubilados), con sus recursos monetarios, sean las que velen en lo fundamental por su bienestar individual y familiar.

Sobre los autores
Eugenio Rodríguez Balari 24 Artículos escritos
(La Habana, 1938). Licenciado en Historia. Doctor en Economía. Periodista. Se desempeñó como director de las publicaciones nacionales Mella y Opina, de esta última fue su fundador. Fundador y Presidente del Instituto Cubano de Investigación de l...
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