“Cuba” tiene que seguir siendo algo más que cuatro letras

Introducción.

El país se enrumba por arduos senderos de transformación. La sociedad (con sus necesidades, preocupaciones, anhelos y nuevos imaginarios) desafía este momento de la historia; lo cual se complejiza aún más por el carácter transnacional que va desarrollando la misma. Mientras tanto, ya están jubilándose quienes fundaron la última República, dinámica reconocida y denominada como “Revolución”.

Esto exigirá la evolución de otros actores y nuevos líderes, que aún no han conseguido la legitimad debida, según la manera en que la concibe la cultura política cubana. Del mismo modo, se hará necesario diseñar metodologías y mecanismos diferentes para dirigir el país y, en tal sentido, alcanzar conceptualizaciones superiores acerca de la ciudadanía, las asociaciones civiles y la institucionalidad.

Pero además, todo esto ya está ocurriendo y continuará ocurriendo, de seguro cada vez con mayor intensidad, en medio de un inevitable e intenso proceso de multilateralización de las relaciones internacionales y latinoamericanas, y de aceptación progresiva de la forzosa necesidad de participar en el universo de mecanismos globales.  Por otra parte, todo el proceso de desarrollo interno y de creciente integración global, estará atravesado por los rigores de una imprescindible, pero difícil, normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, que beneficiará sustancialmente al pueblo cubano, pero también demandará mucha madurez y creatividad para no fenecer ante tamaño poder.

Esto último no debe ser percibido como un peligro, sino como una oportunidad para desarrollar y probar nuestra capacidad ciudadana, y nuestro compromiso con Cuba, así como nuestra potencialidad para vincularnos y colaborar con todos los pueblos, con todos los Estados, con todos los gobiernos, con todas las instituciones y asociaciones foráneas posibles, y demostrar de esta manera que sostenemos realmente aquella tesis martiana de que “patria es humanidad”. Sin embargo, este contexto nos demanda discernir y debatir acerca de cuáles esencias deberían y podrían fundamentar nuestra capacidad ciudadana y nuestro compromiso con Cuba, para en este camino asegurar igualmente aquella exigencia de José Martí, cuando advirtió: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser de nuestras repúblicas.”

Esencias identitarias, estabilidad y bienestar.

Toda comunidad posee un conjunto de elementos propios que suelen prefigurar sus dinámicas y su desarrollo. Sin embargo, se hace imprescindible señalar que, indistintamente, pueden resultar universos más anchos o débiles, más abiertos y flexibles o más cerrados y rígidos. No obstante, siempre distinguen los fundamentos que pueden conducir hacia una interacción, que debe ser “armónica”, entre todas las personas, todos los grupos, todos los segmentos y la sociedad en general, para conseguir mancomunadamente el bienestar general. En otras palabras, en dichos elementos debemos buscar las premisas capaces de sostener un entramado de relaciones sociales que asegure el desarrollo y el disfrute de los “derechos” de “cada uno” y de “todos juntos”.

Lo anterior resulta categórico, aún en aquellas cosmovisiones que aseguran no poseer tales esencias identitarias. Estas últimas consideran tener una naturaleza, tan libre y mutable, que descompone continuamente la generalidad de los condicionamientos sociales, ya sean históricos, culturales, etcétera. Sin embargo, aún si le reconociera un carácter absoluto a este criterio, continuaría asegurando que quienes lo sostienen, al conceptualizar y defender dicha opinión, indican una peculiaridad identitaria que representa un modo de convivencia. No obstante, preciso que dicha teoría posee una cuota de certeza, porque las personas y los pueblos poseen conciencia y, a través de la misma, pueden transcender continuamente los condicionamientos de todo tipo. Pero jamás será desechando la historia y la cultura, de-construyendo al ser para construir otro ser, sino siempre integrando conocimientos, actitudes y experiencias, que pueden llegar a generar saltos humanos cualitativos.

Por otro lado, en cada etapa, en cada circunstancia, en cada particularidad, en todo momento, se hará imprescindible re-definir y re-dimensionar tales elementos. Esto resulta un desafío que emana de la propia lógica de la evolución personal y social que acabo de esbozar en el párrafo anterior. Del mismo modo, afirmo que dichas esencias identitarias, o como prefieran llamarlas, siempre contribuyen a la estabilidad, al desarrollo y al bienestar de toda comunidad humana. Ellas siempre consolidan las convicciones, los principios y los fines, individuales y colectivos, y por ello tienden a garantizar el referente necesario para el desarrollo compartido y para el esfuerzo conjunto.

En cuanto a las posibles esencias identitarias de lo cubano (o a las aspiraciones compartidas como diría Jorge Mañach, o a las evidencias u obviedades como le llamó a este realidad la Declaración de Independencia de Estados Unidos), opino que históricamente han sido estables. Entre las mismas se encuentran las que hoy formulamos de la siguiente manera: i. Un desarrollo antropológico y sociológico, tanto educativo como cultural y espiritual, capaz de promover la igualdad en una libertad comprometida con la justica, a través de un desempeño a favor de la esperanza y de la solidaridad, de la familia y de los más débiles. ii. Una visión económica orientada al desarrollo y al bien común. iii. La búsqueda permanece de una República que tenga como finalidad la justicia “toda”, por medio de una democracia robusta, que asegure la centralidad de una ciudanía en condiciones suficientes de libertad e igualdad. iv. Unas relaciones internacionales basadas en la cooperación y la paz que se sostengan, a su vez, en una integración creciente en América Latina y en la debida concertación hemisférica.

Transnacionalización de “lo cubano”.

Cuba es una Isla y los cubanos invariablemente hemos tenido algo, o bastante, de Isla, con las “predilecciones” y “fobias” que ello implica. Sin embargo, siempre hemos tenido también mucho de cosmopolita. Hemos sido, al decir de Fernando Ortiz, un ajiaco. Nos hemos enrumbado hacia una síntesis de muchas influencias (por ejemplo: españolas y de otras partes de Europa, africanas, estadounidenses, y latinoamericanas, incluso asiáticas), aunque siempre atravesadas por una manera propia de incorporar los influjos que nos llegan. Esto marcó el surgimiento y desarrollo de un país con una valoración extrema hacia lo autóctono, pero igualmente con una vocación inmensa de universalidad. En tanto, el decurso social durante tres siglos ha sido una expresión de vínculos decisivos con los procesos mundiales, si bien en muchos casos con una intensa singularidad.

Este antecedente, que de alguna manera tiene de “transnacional”, se ha ido agudizando en las últimas décadas. El planeta se globaliza, o se mundializa, y la vida de cualquier país, de cualquier sector social, de cualquier familia, de cualquier persona, puede influir en las dinámicas de todo el orbe. Por otro lado, Cuba ha padecido, pero también ha disfrutado, de una extensa emigración, y por ello muchísimos compatriotas residen en diversas partes del mundo y “nuevas generaciones de cubanos” han nacido en otros países. Todo esto ha posibilitado una presencia más universal de la cultura cubana y un influjo mayor, y más directo, de otras culturas en el desarrollo intrínseco de la nuestra.

En tal sentido, resulta posible asegurar que los procesos de mundialización y emigración, han contribuido a la transnacionalización de Cuba. Esto ha ocurrido porque, gracias a ambas dinámicas, hemos aportado modestamente a la cultura mundial y comenzamos a incorporar a la “identidad cubana” otros atributos, como por ejemplo: la disposición para “soportar el peso” que demanda el ejercicio de la libertad individual y el reconocimiento del trabajo como una “virtud”, ambos valores muy característicos, por ejemplo, de la sociedad estadounidense.

No obstante, dicha transnacionalización se consolidará progresivamente en la medida que la Isla desarrolle su integración institucional con otros países, con la región, con otros bloques continentales, y con mecanismos e instancias “inter y/o trans-nacionales”. Sin una cultura, de alguna manera, sostenida por la globalización y encaminada al desarrollo del mundo, considerado como un todo, no tendrían sentido las entidades, las instancias y los procedimientos supranacionales; pero sin estas no se reforzarían los ligámenes culturales llamados a contribuir a la evolución de “una cultura mundial”, consistente y cada vez más civilizada.

Dicho proceso, caracterizado por las inter-influencias y por la flexibilidad en todo tipo de fronteras, siempre podrá aportar a la estabilidad interna de la Isla y a la convivencia, cada vez más constituida, de Cuba, y de cada uno y de todos los cubanos, con todas las realidades globales. Sin embargo, debo precisar que ofrecerá estabilidad sólo si la sociedad cubana consigue una dinámica y una influencia, activa y efectiva, capaz de dotarla de la capacidad necesaria para controlar el rumbo y el destino del país y participar, con el mismo protagonismo, en el diseño del mundo.

Para ello, el proceso de transnacionalización del país, así como de integración a sociedades y estructuras supranacionales, deberá asegurar, con suma sabiduría e intensidad, el empoderamiento cultural, económico, social, jurídico y político de cada cubano, tanto dentro de la Isla como más allá de sus costas. Esto, por su parte, garantizaría instrumentos que permitirían a todos los cubanos aportar al bienestar general, sobre todo de Cuba. Por eso, igualmente tenemos la responsabilidad de promover la capacidad para consensuar los fines “nacionales” y concertar los modos para asegurar que todas las dinámicas de cada cubano, de alguna forma, contribuyan al desarrollo de esos objetivos dentro de la Isla.

Siempre nos ha caracterizado un afán, ya histórico y casi teológico, que no resulta exclusivo de los cubanos, pero que nos ha movido a favor del desarrollo humano por medio de la búsqueda de un vínculo intrínseco entre libertad-solidaridad-igualdad. El compromiso con la igualdad, sin detrimento de la libertad, ha constituido una propiedad de “lo cubano” -aunque por momentos parezca que se nos escapa. Debemos preservar este ideal, enriquecerlo cada vez más y continuamente conseguir mejores maneras para lograrlo. Ojala, en el futuro, los académicos puedan confirmar que fuimos leales a ese empeño y que la histórica del mundo lo agradece.

Transnacionalización, soberanía y justicia social.

He señalado que poseemos ciertas aspiraciones compartidas y determinadas esencias identitarias, que las mismas además se encuentran en condiciones para integrarse cada vez más en el mundo y transnacionalizarse, sin perder su peculiaridad; todo lo contrario, consiguiendo así mejores circunstancias para crecer. Todo ser humano, personal o social, tiene una dimensión individual y otra comunitaria, tiene una dimensión histórica y otra cultural, tiene una dimensión que de alguna forma íntegra el pasado, el presente y futuro. En tanto, podemos afirmar que Cuba, al decir de monseñor Carlos Manuel de Céspedes, ha sido y es algo más que cuatro letras.

Al respecto, afirmaba este importante intelectual y sacerdote que: “la edificación de Cuba ha supuesto la asimilación contextuada de los padres, la continuidad genética, y, en su caso, la poda (no la tala) y el enriquecimiento del retoño, de acuerdo con el espíritu epocal, con las coordenadas sucesivas, siempre disímiles e irrepetibles. Pero esto no es parricidio; ni siquiera ignorancia (teórica y/o práctica) del árbol genealógico, sino conveniente contextualización y canalización ajustada de las aguas de la fuente primigenia por las nuevas tierras. Esfuerzo imprescindible para que éstas no sean baldías, para que la vida no se agote por desertificación.”

En tal sentido, ratifico que no tienen razón suficiente aquellos que ahora cuestionan la existencia de “lo cubano” y alegan que sólo ha sido una, varias, o una mezcla de construcciones “ideológicas” superficiales y oportunistas. Puede que en nuestra historia haya habido mucho de esto, pero hemos sido, y somos, algo más. El respeto por uno mismo, por los suyos, por los antepasados y por las generaciones futuras, constituye una condición efectiva de la dignidad de toda persona y de todo pueblo, y un pilar decisivo para cualquier desarrollo humano. Por ello, puedo certificar que las convicciones en torno a la soberanía y la justicia social, resultan sustratos de ese devenir de “lo cubano”. Esta aseveración no puede ser cuestionada con fundamentos sólidos, pues históricamente muchos nos han distinguido por ello, aunque en algunos casos con aprobación y en otros con reproche.

No pretenderé realizar una hermenéutica acerca de las nociones de soberanía y justicia social. Sin embargo, indicaré algunos elementos contendidos en dichas categorías, capaces de mostrar cuán expresivas pudieran ser de cualquier universo evolutivo de principios, convicciones, ideales, propósitos, instrumentos, modelos, bienestar…

La justicia, como he señalado en innumerables ocasiones, consiste en dar a cada uno lo suyo. Para la mayoría de las personas y los pueblos, dar a cada uno lo suyo resulta equivalente a garantizar el bienestar de todos y de cada uno. Asimismo, para la generalidad del planeta este bienestar general no es otra cosa que el conjunto de condiciones que asegura el desarrollo suficiente de las personas, de las familias y de las sociedades en su totalidad. En tanto, quienes abogan por la justicia promueven la necesidad de re-diseñar y re-dimensionar, de manera progresiva y evolutiva, los catálogos de derechos, así como los instrumentos, los procedimientos, las instituciones y los modelos sociales imprescindibles para canalizar y asegurar las exigencias de la justicia. También abogan, cada vez con mayor insistencia y mejores argumentos, a favor de una cultura humanística, de la requerida sensibilidad sobre el tema, y de los modos más adecuados para gestionar la defensa y el desarrollo de todo esto.

En cuanto al apellido, o adjetivo, de “social”, existen diferencias. Por ejemplo, para algunos teóricos, la justicia social (a diferencia de la justicia general, de la justicia conmutativa, de la justicia distributiva y de cualquier otra de las calificaciones posibles para las diversas proyecciones de la justicia), es la capacidad de la sociedad civil, asegurada de manera formal y material, para rehacer las leyes, rehacer las instituciones, rehacer los modelos económicos, rehacer los sistemas socio-políticos; o sea, cambiarlo todo, a partir de canales y formas establecidas.

No obstante, otras cosmovisiones, sin renunciar a la cualidad anterior, le dan una orientación más amplia, signada por la socialización y la solidaridad. En tanto, proponen un compromiso de todos a favor del desarrollo del universo de derechos de cada persona. Para lograrlo, defienden el desarrollo cultural, educativo y espiritual de cada uno y de todos los ciudadanos, y (ante el potencial peligro que pueden desatar los intereses y egoísmos, en unos casos naturales y, en otros casos, perversos) también proponen cincelar y consolidar sistemáticamente un universo pluriforme de garantías para que todos puedan ejercer su cuota de soberanía individual y social, para que todos tengan que ser considerados por los otros, para que todos puedan reclamar ante el atropello o la indiferencia de otros, y para que todos puedan defenderse de manera expedita y efectiva de los maltratos y las indolencias que padezcan, etcétera. Esta manera de considerar la justicia social, puedo asegurarlo con suficiente certeza, hunde sus raíces en el alma de la cultura cubana y late en las entrañas del cubano actual.

Por otro lado, la soberanía, para la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, aunque muchos piensan políticamente de forma diferente, continúa siendo una voluntad y una virtud compartida. Realmente, algunas personas desestiman la cuestión de la soberanía. Argumentan que no es importante ocuparse del control del país, pues los cubanos debemos desintegrarnos en una vida planetaria pues ya las naciones no tienen sentido. Haciendo un esfuerzo podría encontrar alguna noción válida en estos postulados, pero no puedo dejar de afirmar que están muy lejos de la manera como los cubanos (o los humanos, al menos en su mayoría) estiman el asunto y de los reclamos reales de Cuba y del mundo.

 

La generalidad de los cubanos anhela la integración de Cuba al mundo, a los mecanismos internacionales, pero desea conservar la posibilidad de orientar y gobernar tanto sus vidas personales como las familiares y “la nacional”. Para esto, como es lógico, el proceso de integración debe tributar al empoderamiento cultural, económico y político de cada cubano; pues sólo entonces podremos alcanzar la mayor armonía posible entre la soberanía nacional y la ciudadana. Este constituye el más inmediato e intenso reto que nos impone hoy cualquier compromiso con la justicia social, la soberanía y la creciente internacionalización de cada vida.

Sin embargo, debemos cuidar que todo esto no se convierta en entelequias y en ideas vacías de sentido y, por tanto, dejen de identificarnos, de convocarnos, de entusiasmarnos, de implicarnos y de comprometernos, y finalmente no sea posible hacer evolucionar a cada uno y a todos los cubanos en y con justicia. Únicamente así, la soberanía y la justicia social, y cualquiera de las otras nociones concomitantes, asegurarían la lealtad a Cuba y la lealtad entre cubanos.

Un nuevo pacto social: el reto mayor.

Estoy convencido de que para lograr lo anterior la realidad impone la búsqueda de un “nuevo pacto social”, que la mayoría de los cubanos anhela y por el que varios compatriotas trabajan intensamente desde hace algún tiempo. Por otro lado, el momento presente y el éxito del futuro inmediato dependen, en gran medida, de esa re-creación de las aspiraciones compartidas. Sin embargo, cualquier proceso de esta índole será auténtico y suficiente, sólo si se deja atravesar por una realidad globalizante, con todos sus aciertos y todas sus miserias, por la creciente transnacionalización de lo cubano, y por la inclusión de todo nuestro universo ideo-político.

Han existido criterios liberales que defienden dimensiones individuales y ámbitos privados, y en muchos casos lo han hecho en detrimento de dimensiones sociales y ámbitos públicos. Asimismo, han militado razonamientos socialistas que defienden dimensiones sociales y ámbitos públicos, pero en muchos casos igualmente en detrimento de otras dimensiones y ámbitos, como por ejemplo: individuales y privados. Estos, al posicionarse en las antípodas, por lo general sólo consiguen enfrentamiento, exclusión, crispación y hasta odio.

No obstante, también conocemos posiciones liberales que aceptan y promueven la dimensión social y el ámbito público, que reclaman la antropología, la sociología, la culturología y la politología, etcétera. Del mismo modo, históricamente se han intentado posicionar y lograr influjo, lógicas socialistas que reconocen la importancia de lo individual y lo privado. Estas corrientes, si bien no han conseguido formular de manera suficiente sus perspectivas y abundan en errores, han podido o pueden o podrían dar muestras de convivencia civilizada y actuar, por medio de las discrepancias y tensiones naturales, como complemento recíproco en el desarrollo de personas y de pueblos, que evolucionan cada vez más por medio de la integración y el equilibrio entre lo individual y lo social, lo privado y lo público.

En tal sentido, considero normal y conveniente que personas y grupos articulen y encaucen su trabajo a favor de las dimensiones y los ámbitos que estimen más vulnerables. Unos lo harán privilegiando lo individual y lo privado, y otros defendiendo lo social y lo público. Sin embargo, resulta deseable que, en todo momento, cada una de estas posiciones se imponga valorar también la concreción de los reclamos de las otras. Del mismo modo, tampoco faltarán quienes, desde disímiles enfoques, defiendan la integración de todas las presuntas antípodas, en igualdad de condiciones.

Lo anterior se logra únicamente cuando crecen, progresivamente, los mecanismos estatales con capacidad para que la comunidad, los sectores sociales, los grupos y las personas (todas) disfruten, con garantías, del universo de exigencia que le demanda la “entraña individual y privada de lo humano”. Por otro lado, sería difícil tal desarrollo si, a su vez, no evolucionan también, de modo progresivo, los mecanismos estatales que deben asegurar a todos y a cada uno el disfrute de cuanto reclame la “condición social y pública del ser humano”. Ambas garantías, y la articulación armónica entre lo individual y lo social, lo privado y lo público, constituyen el núcleo del desafío de toda República que posea como finalidad la justicia, por medio de una democracia robusta, que asegure la centralidad de una ciudadanía en condiciones suficientes de libertad, igualdad y solidaridad. En tanto, el reto mayor siempre será que el Estado integre lo individual y lo social, lo privado y lo público, como “propiedades intrínsecas” del sistema republicano.

Final

No obstante, para conseguir ese “nuevo pacto social” resulta imprescindible una deliberación amplia, intensa, profunda, seria y serena; así como la demanda de incorporar al proceso diversos mecanismos y múltiples formas de ejercicio ciudadano, incluso privilegiando la participación directa, a través de metodologías que aseguren su efectividad en el escaso tiempo disponible.

Sin embargo, en cuanto al tiempo para lograrlo debidamente, me atrevo a opinar que se ha ido agotando. Con este criterio no deseo contribuir al pesimismo, sino señalar la necesidad y el peligro que compartimos, y de algún modo hacer nuevamente un llamado a la responsabilidad que reclama este tiempo. Por otra parte, en cuanto a la actitud indispensable para procurarlo, considero que le hemos escatimando demasiado a la experiencia histórica nacional e internacional, a la experiencia y cooperación de cada uno y de todos los países del orbe, a la heterogeneidad de experiencias e ideas entre cubanos, y a ese compromiso obligado de buscar siempre el horizonte mayor y la altura mejor para hacer crecer los anhelos profundos atesorados en el alma de cada compatriota.

Para finalizar, deseo insistir acerca de que en este empeño no dejemos de ser fieles a lo que siempre nos ha distinguido, y a lo que siempre nos ha dado y nos dará la posibilidad de ser grandes (en el sentido más humanista del término); y que se esboza de manera extraordinaria en la siguiente frase de monseñor Carlos Manuel de Céspedes: “No debemos privarnos de soñar esa Cuba posible, esa Cuba pequeña y pobre, pero digna, generosa (como no ha dejado de serlo ni en nuestras peores situaciones) y éticamente ejemplar en tantas realidades.”

Sobre los autores
Roberto Veiga González 83 Artículos escritos
(Matanzas, 1964). Director de Cuba Posible. Licenciado en Derecho por la Universidad de Matanzas. Diplomado en Medios de Comunicación, por la Universidad Complutense de Madrid. Estudios curriculares correspondientes para un doctorado en Ciencias Pol...
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