Cuba y Suecia: cuarenta años después de una visita histórica

Foto: Arild Vågen / Wikimedia

Nota introductoria

Con el fin de explorar el presente y el futuro de las relaciones entre Cuba y Suecia, Cuba Posible se dirigió a Pierre Schori, quien entre 1982 y 1991 se desempeñó como canciller sueco y fue uno de los asistentes más cercanos del internacionalmente conocido primer ministro Olof Palme. Debido a sus intensos compromisos de trabajo, el señor Schori no pudo responder el cuestionario facilitado por CP, pero, en su lugar, nos facilitó el texto de la conferencia dictada por él en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), de La Habana, el pasado 19 de octubre de 2015. Hoy, ponemos en manos de nuestros lectores esta magnífica contribución de Pierre Schori.

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Cuba y Suecia: cuarenta años después de una visita histórica

Por Pierre Schori

Muchísimas gracias por la invitación a dirigirles algunas palabras aquí en este centro educativo superior. Fue durante la Cumbre CELAC-Unión Europea, en junio pasado en Bruselas, cuando el actual primer ministro sueco Stefan Löfven y el canciller Bruno Rodríguez acordaron que ibamos a celebrar un evento histórico común: la visita del Centro Olof Palme a Cuba.

En una reunión bilateral entre el presidente Raúl Castro y el primer ministro sueco Stefan Löfven en Naciones Unidas, el 27 de septiembre, ambos estuvieron de acuerdo acerca de la importancia de los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible y de continuar el diálogo en la próxima reunión del COP-21 en París. Permítanme presentar algunas reflexiones personales sobre América Latina, Cuba y Suecia. Después de mis palabras, espero tener un intercambio de ideas y opiniones con todos ustedes.

Hace 40 años el líder de la socialdemocracia sueca Olof Palme rompió un tabú. Fue el primer ministro occidental que visitó oficialmente Cuba. Como país, Suecia desde el principio había votado consistentemente en contra del bloqueo a Cuba en las Naciones Unidas. La intención, con la visita del primer ministro sueco, era manifestar el interés de Suecia por América Latina y, con la ayuda de la diplomacia y de la cooperación, contribuir al desarrollo económico y social en Cuba.

Cuatro décadas más tarde, el presidente Obama eligió tomar el mismo camino. Juzgó que la política americana con respecto a Cuba había sido “un fracaso, sin sentido e hipócrita”. Y continuó: “No debemos permitir que las sanciones norteamericanas aumenten la carga de los ciudadanos de Cuba a los que queremos ayudar”. La respuesta del presidente Raúl Castro fue: “Debemos aprender el arte de convivir de forma civilizada con nuestras diferencias”.

El acuerdo es, ciertamente, una victoria para el concepto de la diplomacia y de los esfuerzos compartidos en pro de un progreso también compartido. Ambos líderes agradecieron la mediación del papa Francisco. También hay que anotar que las FARC-EP, de Colombia, declararon algunas horas más tarde un cese al fuego unilateral. Como yo lo veo: un muro de Berlín en el Caribe, un resto de la Guerra Fría, se acababa de caer después de 53 años.

Y el gobierno sueco coincidió totalmente en lo que dijo el presidente Castro en Naciones Unidas: el acuerdo nuclear con la República Islámica de Irán, “demuestra que el diálogo y la negociación son la única herramienta efectiva para solventar las diferencias entre los Estados”.

En Santiago de Cuba, el 26 julio de 1975, en un discurso junto a Fidel Castro, Palme le rindió homenaje en castellano a los triunfos cubanos en la salud y en la educación. Tomó posición y se solidarizó con las luchas por la independencia en Vietnam y en Portugal, y condenó la continuación de la dictadura de Pinochet en Chile (“esa ignominiosa canalla castrense”), que como otros regímenes represivos “llevan en sí mismos la semilla de su propia destrucción” y agregó: “Cuando los represores sean derrocados hay que construir una sociedad civil y pacífica, con la colaboración activa de todos.”

En 2015 hizo 112 años desde que Guantánamo fue ocupada por Estados Unidos. Estoy convencido de que Olof Palme se nos habría unido exigiendo que el centro de detención y la base naval norteamericana se cerrara y que todo el territorio se devolviera a su propietario legítimo: Cuba.

Inmediatamente después de la visita a Cuba, Palme viajó a Finlandia para participar en la conferencia de Helsinki sobre el futuro de Europa. El 1 de agosto de 1975 se aprobó un acta final firmada por Estados Unidos, Canadá, la Unión Soviética y todos los países europeos, con excepción de Albania. Antes y después de la conferencia, Leonid Brezjnev había dicho que la voluntad de desarme militar no podía impedir la continuación de una lucha ideológica en contra del capitalismo. El líder soviético había sido rebatido por el presidente francés Giscard d’ Estaing, que sostenía que la lucha ideológica debería de atenuarse en este nuevo espíritu de cooperación.

Palme no compartía esta posición. Al contrario, pensaba que era importante un debate ideológico con los comunistas, pero también quería dejar claro que el futuro de Europa y del mundo no podía ser dictaminado por las súper-potencias.

También fue en Helsinki que Olof Palme y Henry Kissinger se encontraron por primera vez después de la indignada reacción de Washington a la fuerte crítica del primer ministro sueco por los bombardeos terroristas de Estados Unidos a Vietnam del Norte en la Navidad de 1972. El “castigo” había llegado en 24 horas; el Encargado de Negocios de Estados Unidos no había podido regresar a Estocolmo y el Embajador sueco había sido declarado persona “non grata” en Estados Unidos.

Diez años más tarde, en Afganistán, la Unión Soviética peleaba una guerra interminable y luchaba, al mismo tiempo, en su propia casa con una economía en crisis. Ronald Reagan había lanzado su línea de confrontación dura contra “el imperio del mal” y comenzó la militarización más violenta desde la guerra de Vietnam. Al mismo tiempo quería “impedir que los comunistas tomaran el poder en Centroamérica”.

En 1984 Palme se convirtió en el primer, y por mucho tiempo único, Jefe de Estado occidental que visitó Nicaragua después de la Revolución sandinista. Denunció los crímenes de “la contra” apoyada por Estados Unidos y las violaciones de Washington al derecho internacional, y también declaró la intención de Suecia de seguir apoyando al régimen en Managua.

El interés de Palme por Latinoamérica había comenzado en 1948 cuando recorrió México y trabajó en la ferretería que tenían en la capital dos de sus primos, Ramón y René Palme. Esta experiencia la comentó así: “Fue la de una realidad social que me impresionó profundamente… sobre todo me enseñó muchísimo sobre la consideración y convivencia humana y sobre la estructura social en las personas. Cómo viven todos aquellos que están marginados de la sociedad. Creo que nunca lo olvidaré”.

Palme trabajó durante toda su carrera política, hasta su muerte en 1986, en la contribución de una opinión global para fomentar los derechos de cada individuo, así como como la soberanía de las naciones. Lo hacía combinando un lenguaje claro y fuerte con la solidaridad concreta por parte de Suecia.

Su crítica era tan fuerte contra los regímenes comunistas en el Este como contra las dictaduras en Occidente, en este caso las de Portugal, España y Grecia. Su último discurso en vida, en Estocolmo, el 21 de febrero de 1986, iba dirigido contra el régimen del Apartheid de Sudáfrica y la poca ayuda que Occidente daba a la lucha por la liberación. “Este sistema no puede ni podría mantenerse si no fuera apoyado o tolerado o aceptado por el resto del mundo. Si el mundo se decide, si la gente en todo el mundo decide que el Apartheid va a desaparecer, lo hará.”

Mi propio interés por América Latina comenzó con la lectura del libro del Premio Nobel Miguel Ángel Asturias “Weekend in Guatemala”, de 1956.

Asturias cuenta cómo un guía de turistas decide intencionalmente desbarrancar a toda velocidad un autobús lleno de pasajeros norteamericanos para vengarse del rencor que guardó después de haber visto cómo aviones estadounidenses bombardearon poblados que quedaron devastados. Luego un ejército de mercenarios organizado por la CIA se encargó de ejecutar a sangre fría a cuanta persona civil desarmada se cruzara por su camino: —¡Ah canallas!… rechinó los dientes— ¿asesino yo? y a los bombarderos y a los pilotos que atacaron con explosivos poblaciones indefensas en esta tierra que ahora recorren como propia ametrallando niños y mujeres ¿cómo se les llama?… ¿asesinos?… ¡No!… ¡Los bombarderos siguen siendo bombarderos condecorados y los pilotos, pilotos” …

El texto explica un poco el impulso de destrucción de los atentados suicidas que se cometen hoy.

Mi despertar político empezó de esa manera con América Latina. Desde el 8 de noviembre hasta el 19 de diciembre de 1966 visité, como recién contratado en la sección internacional del Partido Socialdemócrata sueco, 15 países latinoamericanos.

En la mitad de los 60 el continente era un volcán político. De los países que visité, cinco eran dictaduras militares. En Colombia había desde hace años una guerra civil entre las guerrillas FARC-EP y ELN y el gobierno colombiano. Y otros cinco países habían tenido también dictaduras militares hasta fecha reciente o estaban por tener un golpe, o vivían en una democracia falsa.

Mi odisea empezó en Río de Janeiro, y luego en Asunción, Montevideo y Buenos Aires. En mi informe al Comité Ejecutivo de mi partido escribí lo siguiente sobre Argentina:

“El general Onganía había derrocado al presidente Arturo Illía en ese verano. Como de costumbre los militares querían “librar al país del caos económico y de la anarquía”. Pero era la fuerza creciente del peronismo lo que los impulsaba. El escritor Eduardo Galeano intentó una vez explicar por qué Perón era tan popular. Galeano había perseguido a Perón un largo tiempo para hacerle una entrevista y se lo encontró por casualidad en el toilette del aeropuerto de Buenos Aires. En lugar de contestar a las preguntas de Galeano, fue él quien le preguntó: “¿Sabe por qué Dios es tan popular?” Y sin esperar la respuesta él mismo contestó: “porque se muestra tan pocas veces”.”

Un año después escribí un texto sobre la lucha en América Latina que se publicó en la antología “Manual de antifascismo”, de la Editorial Cavefors, en 1970. Es decir, hoy día hace 45 años.

Yo veía cinco pasos decisivos para que América Latina pudiera seguir su propio camino hacia la democracia y el desarrollo:

1) Romper la dependencia de Estados Unidos, lo que quería decir terminar con el monocultivo, para buscar nuevos mercados en Europa y en la misma América Latina.

2) Hacer reformas internas, de las cuales la reforma agraria y los gobiernos apoyados por el pueblo eran las más importantes.

3) Lograr precios estables y justos para sus productos, garantizados además por acuerdos internacionales.

4) Había que apoyar también la independencia de Cuba y oponerse al bloqueo impuesto a la Isla por Estados Unidos.

5) Yo insistía en que no se podía descartar una lucha armada para terminar con el hambre, la explotación y las injusticias. Pero no había que sobredimensionar el rol de las guerrillas. Por mi parte pensaba: “el próximo gobierno socialista va a surgir por la vía parlamentaria, en Chile en los 70”.

Quizás estas experiencias contribuyeron un poco a que Suecia abriera sus fronteras para decenas de miles de combatientes latinoamericanos que fueron obligados a huir de la tortura y de la muerte. Hoy las segundas y las terceras generaciones de estos inmigrantes latinoamericanos aportan su grano de arena a la Suecia multicultural.

Considero que es hora de que Suecia tenga una nueva política para América Latina y para Cuba. Los primeros contactos entre nuestros gobiernos datan del año 1969. Yo fui parte de la delegación oficial. En este librito he conservado mis notas de la visita, que se concretó en una cooperación destinada a la salud pública, así como a la investigación médica para combatir el cáncer y la diabetes, entre otras cosas. Con la llegada de un gobierno conservador en Suecia, se cancelaron todos los programas. Pero después de la victoria, el año pasado, de un gobierno socialdemócrata/verde, con apoyo del Partido de Izquierda, hemos decidido reabrir la cooperación.

Es también hora de que Europa tenga un nuevo comienzo con las Américas. Hay que recordar que cuando hablamos en Europa de relaciones transatlánticas fuertes, no solo nos referimos al Atlántico Norte, sino también al Atlántico Sur. En conjunto, América Latina, el Caribe y la Unión Europea representan 61 Estados, alrededor de un tercio de los miembros de las Naciones Unidas, y más de 1,000 millones de ciudadanos.

En esta perspectiva, Cuba y Suecia tienen intereses comunes en la búsqueda de un mundo de paz y justicia, con equilibrio ecológico y social. Somos países pequeños en el planeta, unos del Sur y otros del Norte, pero tenemos la capacidad de dar una contribución cualitativa a esta pacífica lucha global. Estamos a favor del desarme nuclear, para liberar por completo a nuestro mundo de sus 16,000 armas nucleares, así como de la destrucción de otros armamentos inhumanos, tales como las armas biológicas y químicas.

Queremos reformar y fortalecer las Naciones Unidas. Un Consejo de Seguridad reformado debe reflejar las realidades de nuestros días, con una representación adecuada de África, Asia y América Latina. Respaldamos igualmente los esfuerzos por limitar el uso del veto.

En 2017 se cumplirán 20 años desde que Suecia ocupara, por última vez, un puesto en el Consejo de Seguridad. A lo largo de los años hemos apoyado a aquellos que luchaban por su independencia y dignidad y en contra de la represión, el colonialismo, el Apartheid y la desigualdad. Ahora buscamos su confianza para defender la perspectiva de los Estados de pequeño y mediano tamaño como miembros no permanentes del Consejo de Seguridad. Con una voz independiente y un compromiso global, Suecia, que no pertenece a una alianza militar, quiere continuar este trabajo.

Actualmente Europa está pasando por una crisis excepcional debido al conflicto en Siria, que está en camino a ser una de las mayores catástrofes humanitarias de la historia. La situación de los refugiados supone una crisis global y ahora, también, una crisis global de responsabilidad. Resulta extraordinariamente urgente que la totalidad de los países de la Unión Europea traten a las personas que buscan refugio en la Unión con un espíritu de humanidad, solidaridad y responsabilidad compartida. Suecia calcula recibir cerca de 160,000 pedidos de asilo en 2015, el segundo en números absolutos después de Alemania.

No hemos de olvidar, mientras tanto, otros conflictos. Un niño de siete años en Gaza ya ha padecido tres guerras. Suecia ha reconocido al Estado Palestino y esperamos que otros miembros de la Unión Europea hagan lo mismo. Vamos a seguir asignando el 1 por ciento de nuestro PIB a la asistencia oficial para el desarrollo.

En el mes de diciembre, en París, el mundo debe alcanzar un acuerdo justo, ambicioso y legalmente vinculante, que permita contener, en la medida de lo posible, el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados.

Suecia desempeñará el papel que le corresponde convirtiéndose en uno de los primeros países del mundo sin energías fósiles y sin emisiones netas de gases de efecto invernadero para el año 2050. Seremos el más grande contribuyente del Fondo Verde para el Clima y para la lucha contra el cambio climático, con el fin de favorecer la adaptación y la transferencia de tecnologías a escala global.

En su discurso en las Naciones Unidas, el 28 de septiembre, el presidente Raúl Castro dijo que: “Las consecuencias del cambio climático son especialmente devastadoras en los pequeños países insulares en desarrollo e imponen una tensión adicional a sus frágiles economías” y demandó que “se les dé un trato especial y diferenciado”. Suecia está totalmente de acuerdo con eso y aplicará ese trato especial.

Para terminar.

En “Cien Años de Soledad” Gabriel García Márquez terminó su libro con un espíritu pesimista, pues eran tiempos de guerras y dictaduras: “(…) las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Pero, 15 años después, en su discurso de recepción del Premio Nobel, en 1982, terminó con una visión distinta: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Así es. Muchas gracias.

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