Cuba: un único partido, muchas ideas.


No hay ninguna duda que Cuba tiene un sistema monopartidista, en el que el único partido político reconocido constitucional y legalmente es el Partido Comunista de Cuba (PCC). El PCC tiene 670,000 militantes, lo que representa el 7,8 por ciento del total de ciudadanos (8,536,670) con derecho al voto, es decir, a participar mediante el sufragio activo en la vida política del país.  

El PCC tiene una altísima responsabilidad con la nación cubana ya que es “… la vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

La fundamentación sobre la existencia y necesidad de contar con un solo partido ha sido expresada en múltiples ocasiones tanto por intelectuales o dirigentes del proceso revolucionario, y ha quedado muy claro este aspecto en el Informe al VII Congreso del PCC. Por otra parte, el principal cuestionamiento al sistema político cubano, desde la óptica capitalista, es que Cuba no es “democrática” porque no tiene un sistema multipartidista, como si el multipartidismo fuera la vía para alcanzar la democracia.

El famoso “democracímetro” impuesto desde las perspectivas del norte (Estados Unidos, Canadá, Europa Occidental y otros) funciona en base a que si una sociedad cumple determinados estándares (multipartidismo, división de poderes, reconocimiento de derechos civiles y políticos, etc.) entonces es democrática. Por supuesto, la aplicación del “democracímetro” no es para nada universal, de pura casualidad este se aplica a aquellos países o gobiernos considerados enemigos o no aliados; y aquellos aliados, muchos de los cuales están en la rica región del Golfo Pérsico, que no cumplen casi ninguno de los parámetros del “democracímetro”, tienen “la suerte” de no ser medidos con él.

La idea de la democracia ha sido tan maltratada desde “las derechas”, “las izquierdas” y “los centros”, que ya casi ha perdido su utilidad. Del mismo modo, resulta que ahora todos queremos ser democráticos, como si esto fuera la palabra santa que todo lo resuelve.

Hace unos añitos atrás (dos siglos), este no era un gran problema, no existía la moda de llamarse democrático. Imagínense que en el nacimiento del supuesto paradigma de la democracia de hoy que son Estados Unidos, uno de los Padres Fundadores dijo, sin ningún tipo de rubor: “Por eso estas democracias han dado siempre el espectáculo de su turbulencia y sus pugnas; por eso han sido siempre incompatibles con la seguridad personal y los derechos de propiedad; y por eso, sobre todo, han sido tan breves sus vidas como violentas sus muertes…. ”. Optando más adelante expresamente por el modelo representativo, al que él le llamó “República”, remata diciendo: “Con este sistema, es muy posible que la voz pública, expresada por los representantes del pueblo, esté más en consonancia con el bien público que si la expresara el pueblo mismo, convocado con ese fin”. Ese Padre Fundador fue James Madison, el mismo que llegó a ser el cuarto presidente de Estados Unidos, considerado el padre de la Constitución de ese país. Además, de casualidad, es la misma Constitución que tienen desde hace más de 200 años y en el que la forma de ejercicio de los poderes públicos ha variado muy poco desde su creación.

Resulta que en 1835 un francés, Alexis de Tocqueville, maravillado con la forma de funcionar del Estado americano escribió un libro que tituló “La democracia en América” y desde ese momento, hasta hoy, la confusión terminológica ha ido en aumento.

El tema de la democracia en Estados Unidos es tan complejo y las formas de hacer política y relacionarse con la política son tantas (de hecho no son objeto de este escrito), que hacen imposible siquiera su mera enunciación. Solo a manera de presentar esta complejidad piénsese en la campaña presidencial del 2016, en la que por un lado hay un candidato, que es un magnate multimillonario, racista, xenófobo y orgulloso de serlo, prometiendo volver a hacer grande a “América”, que no le hace ninguna gracia a la dirigencia de su propio partido; y por el otro, un senador autocalificado como “socialista democrático”, que hasta hace muy poco fue independiente y que tiene un programa político que en el escenario estadounidense se puede decir, sin dudas, que es revolucionario. Por desgracia sin ninguna posibilidad de ser el candidato de los demócratas.

Para complejizar esto un poco más todavía, es cierto que a nivel nacional son dos los partidos dominantes, pero en Estados Unidos hay muchos otros partidos, varios de ellos con puestos a nivel estatal y tienen hasta un partido comunista. Si queremos seguir poniéndolo más interesante podemos decir que Estados Unidos es uno de los países del mundo donde más elecciones se realizan, se vota por cualquier cosa: elegir jefes de policía, horarios de las escuelas, jueces, aprobar o no proyectos de leyes estatales, etc. Por desgracia, la “democracia” americana ha sido secuestrada por los grandes centros del poder económico en ese país, lo que hace que en líneas generales, siempre con sus excepciones, esta responda  a los mecanismos de dominación y reproducción del capital.

La idea más pura de la democracia está en las obras de Jean Jacques Rousseau, el que opta por el modelo republicano romano, sin representación política, con un poder negativo y en base a la idea de que la soberanía popular es indelegable e intransferible. Famosa es su frase criticando el sistema inglés: “Los ingleses se creen libres, pero se equivocan porque sólo lo son durante las elecciones de los miembros del Parlamento, desde que estas terminan vuelven a ser esclavos, no son nadie. Y en el corto tiempo de su libertad el uso que de ella hacen bien merece que la pierdan.”  En la práctica constitucional las ideas de Rousseau fueron rescatadas por la Constitución jacobina de 1793, que nunca entró en vigor; y por el constitucionalismo bolivariano, principalmente la Constitución de Bolivia de 1826, y más recientemente por el constitucionalismo revolucionario de Latinoamérica (Venezuela, Bolivia y Ecuador).

El tema de que un sistema sea democrático o no, no está ligado directamente a que existan uno, dos o muchos partidos. Evitando el pecado de caer en el “democracímetro”, desde mi perspectiva hay un elemento central que define la democracia: la participación directa, definitoria, del pueblo todo en la toma de decisiones políticas. Por eso o la democracia está en la base o no está en ningún lugar: la democracia hay que buscarla en el municipio, en el barrio. ¿Qué quiere decir esto? Que los municipios tienen que tener las facultades suficientes y necesarias para tomar, a nivel local y con participación directa de todos, las decisiones que definen la vida de las personas; no obstante, esto sería algo así como que a nivel nacional, tendrían muy poco que decidir, pues todo el poder estaría en los municipios.

Pero, ¿cómo se articularía políticamente ese proceso de toma de decisiones? Hasta hoy casi todos estamos de acuerdo en que son necesarios los partidos políticos; uno o varios, pero necesarios, o mejor un mal necesario.

En el escenario cubano de un solo partido, mandatado por la Constitución como guía de toda la nación, este tiene que ser un partido muy democrático. Desde mi punto de vista, desde el marxismo, existen ideas y conceptos muy útiles en la construcción de un partido comunista democrático. Por ejemplo, estas son algunas de las ideas, en este sentido, de la comunista Rosa Luxemburgo:

1. “Todo esto demuestra que “el farragoso mecanismo de las instituciones democráticas” cuenta con un poderoso correctivo, es decir con el movimiento vivo de las masas, con su inacabable presión. Y cuanto más democráticas son las instituciones, cuánto más vivo y fuerte es el pulso de la vida política de las masas, más directa y completa es su influencia…”

2. “Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar…”

3. “Por otra parte, es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión.”

4. “La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente.”

5. “El control público es absolutamente necesario. De otra manera el intercambio de experiencias no sale del círculo cerrado de los burócratas del nuevo régimen. La corrupción se torna inevitable…”

6. “¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación…”

7. “Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular.”

La historia del socialismo soviético y de todos aquellos inspirados en él, le dio la razón a Rosa, pues enormes aparatos burocráticos, con una visión estatocéntrica del socialismo, a través de partidos comunistas organizados verticalmente y sin ninguna influencia efectiva de la base en las decisiones, en medio de la corrupción, etc., trajeron consigo la destrucción de esos intentos socialistas. Nuestro PCC debe abandonar lo que le queda en su estructura y funcionamiento de aquellos partidos comunistas este-europeos. Debe intentar, parafraseando a Mariátegui, no ser ni calco, ni copia, sino creación heroica.

Las bases del PCC deben elegir directamente a sus dirigentes a todos los niveles, y estos deberán rendirle cuenta directamente. Si se busca el debate y que se expresen ideas diferentes, debe existir la posibilidad de que haya perspectivas diferentes dentro del Partido, como real expresión del pluralismo político y fin de la falsa unanimidad. La relación entre el Partido, el Estado y el Gobierno debe estar definida legalmente, para que no haya entrometimientos de uno en las funciones del otro. Debe separarse lo que es administrativo y ejecutivo de lo que es político y de lo que le corresponde al Partido, para que de esa forma una crítica al gobierno o a la administración no se vea como una crítica a la esencia socialista del sistema. En tanto, también podría ser viable que haya varias opciones de gobierno, entendido este como aparato ejecutivo administrativo, dentro del socialismo.

Hay otro aspecto no exactamente partidista, pero central en la definición del socialismo. El  PCC debe buscar las fórmulas para implementar el principio de que la propiedad estatal socialista sobre los medios fundamentales de producción sea de todo el pueblo.

En tal sentido, esta forma de propiedad debe ser hegemónica, principal. Sin embargo, para que sea realmente de todo el pueblo, este debe participar en su administración, se deben democratizar las decisiones sobre los medios que son propiedad estatal socialista de todo el pueblo. Las formas para lograrlo podrían ser muchísimas, pero resulta esencial para que sea de todo el pueblo y el modelo sea socialista.

Ojalá estas ideas sirvan para fomentar el debate sobre el Partido que necesitamos los cubanos, con el objetivo de garantizar nuestro socialismo próspero, sustentable y democrático.

Sobre los autores
Michel Fernández Pérez 20 Artículos escritos
(La Habana, 1977). Licenciado en Derecho, master en Relaciones Internacionales, asesor Jurídico y profesor asistente (adjunto). Autor de numerosos artículos sobre temas de derecho.
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