Cuba y Estados Unidos: los dilemas del cambio






Lo acontecido el pasado 17 de diciembre de 2014 ha conmocionado a amplios sectores de la comunidad nacional e internacional. Este evento abrió abruptamente ante nosotros un nuevo tiempo que desborda la imaginación de las mentes más creativas. Es por ello que Cuba Posible convocó a un grupo de especialistas para analizar la nueva coyuntura y los potenciales escenarios de desenvolvimiento.


Participan en este dossier: Aurelio Alonso, sociólogo y Premio Nacional de Ciencias Sociales; Carlos Saladrigas, empresario y político cubano radicado en Estados Unidos; Esteban Morales, especialista en las relaciones entre los dos países; Michael Bustamante, historiador cubanoamericano de la Universidad de Yale; Roberto Veiga, jurista y coordinador de Cuba Posible; Rafael Acosta de Arriba, historiador y crítico de arte; Jorge Ignacio Domínguez, politólogo y vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad de Harvard; Lenier González, comunicador social y vice-coordinador de Cuba Posible; y Juan Valdés Paz, sociólogo y Premio Nacional de Ciencias Sociales.
 

1. En su opinión ¿cuál es el significado para Cuba del restablecimiento de relaciones con los Estados Unidos?


Aurelio Alonso: Responder con rigor a esta primera pregunta obliga, por una parte, a remontar los significados coyunturales -sin subestimar por ello el peso de la coyuntura- y, por otra, a no perder de vista los límites que se imponen al alcance de nuestra mirada de hoy. Difícil empresa; de todos modos lo intentaré, aun si no es seguro que lo logre. La importancia singular de la decisión del restablecimiento de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba no puede entenderse si se pasa por alto que el centro de poder las interrumpió unilateralmente como repudio al proyecto revolucionario, a su sentido de independencia, y que, al cabo de más de cincuenta años de agresividad sostenida, para restablecerlas, se ha visto obligado a hacerlo sin imponer condiciones desde su posición de poder. Un hecho sin precedentes en las relaciones bilaterales de los Estados Unidos con sus vecinos. Este dato define por sí mismo lo que Cuba estará dispuesta a aceptar como normalidad en las relaciones: negociar de igual a igual. ¿Podrán lidiar con eso? Un primer paréntesis, si lo permitiera el estrecho margen de esta entrevista, tendría que aclarar la diferencia de significados que puede tener el concepto de normalidad para Cuba y para los Estados Unidos. La agenda cubana no va a admitir pérdida de soberanía efectiva, ni renuncia a principios de justicia social, por decir sólo lo básico. En la medida en que la agenda de Washington se diseñe en las coordenadas del respeto de la otra parte, podremos ver cómo se arman los eslabones de una normalidad verdaderamente aceptable para Cuba, y para el resto de la América implicada indirectamente en esta ecuación. Me atrevo a decir que aquí están en juego retos y esperanzas de Cuba y del conjunto de la región. Pienso que algo pesa en este giro de Obama: la búsqueda de un reacomodo de su colocación en el mapa continental, tan deteriorada por la incompatibilidad con el cambio latinoamericano actual. En definitiva, el restablecimiento diplomático no hace más que homologar a la Isla con otros países cuyas nuevas proyecciones políticas y sociales tampoco le son del todo aceptables.

Carlos Saladrigas: Las medidas anunciadas por el presidente Obama van mucho más allá del restablecimiento de relaciones entre ambos países. La aceptación por parte de Cuba para restablecer relaciones, que asumo no fue fácil, selló el acuerdo que venía fraguándose ya hace algún tiempo. El resultado es de categoría sísmica en ambas naciones. El esquema inmovilista, encofrado en la enemistad y la confrontación, en el cual se ha enmarcado la relación bilateral por más de 54 años, ha quedado desmantelado,resultando muy incómodo y aterrorizante para aquellos en ambas orillas que no han sabido adecuar sus posturas y narrativas a los cambios ahora plasmados, y a los muchos aún por venir.

Para Cuba, el momento no ha podido ser mejor y le ofrece una gran ventana de oportunidades. La economía cubana, a pesar de las reformas implementadas hasta ahora, no levanta, debido principalmente a la insuficiencia del alcance y la envergadura de las reformas. Un sistema económico que no funciona se cambia, no se repara. La caída del precio del petróleo está llevando a Venezuela a la quiebra, por lo que la imposibilita de mantener su intercambio económico con Cuba. Es obvio para todos que Cuba tiene que acelerar y profundizar los cambios en su modelo económico -especialmente en la macroeconomía-, que se hacen muy difíciles y dolorosos ante las sanciones norteamericanas. Es imprescindible acceder a las instituciones monetarias internacionales y al mercado norteamericano. Para lograrlo, hay que acabar con el embargo que está en manos del Congreso, no del Presidente.

Aunque el embargo ha quedado muy debilitado con las medidas de apertura anunciadas por Obama, es más, yo diría que hasta herido de muerte, ambas Cámaras Legislativas pasaron a manos republicanas, donde aquellos que favorecen una continuidad del inmovilismo encontrarán mayor influencia y resonancia. Por ello es preciso darle al embargo su empujón final, que solo es posible con una ampliación rápida de la relación bilateral, una mayor apertura interna a la sociedad cubana, y con una apertura económica substancial y profunda por parte de Cuba. Por ejemplo, creo que entre los asuntos a discutir en la próxima ronda de negociación debe incluirse el tema de las propiedades norteamericanas nacionalizadas por la Revolución. Esa confiscación fue la razón original de las sanciones económicas, y encontrarle una resolución contribuiría significativamente a la derogación del embargo. Este es un paso necesario, que ya Cuba ha logrado con otros países, y que no resulta económicamente difícil.


Por otra parte, al presidente Obama solo le quedan dos años de gobierno. La política partidista en los Estados Unidos está en un grado de polarización no visto desde hace más de un siglo. La elección presidencial de 2016, conlleva riesgos para la mejoría de los vínculos con Cuba. Es imprescindible avanzar significativamente en normalizar la relación con premura y tesón. Dilatar los procesos de cambio que Cuba necesita solo traerá más complejidad y dificultades.

 
Esteban Morales: El largo camino de enfrentamientos y contradicciones recorrido con la política norteamericana no nos permite hablar aún del significado que para Cuba tiene el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos. Confiamos en que la promesa de restablecer las relaciones siga siendo parte de la voluntad política estadounidense. De ser así, su significado para Cuba sería extraordinario, dado lo difícil que ha resultado para el país tratar de llevar adelante su proyecto, no solo sin relaciones con Estados Unidos, sino con una política norteamericana sistemáticamente enfocada en derrocar a la Revolución cubana. Si ese obstáculo desapareciera no le sería ni más ni menos difícil que a cualquier otro país llevar adelante su proyectocomo nación, aun cuando las intenciones de la nueva política norteamericana fuesen continuar aspirando a dominar la Isla.

Es imposible pensar que no permanezca un propósito como ese, pero si se intenta desplegar en los marcos de unas relaciones normales entre ambos países, Cuba tendría mucha más oportunidad de llevar adelante su proyecto, tratándose de un reto formidable que la Isla debe encarar, pues lo contrario sería puro idealismo. En realidad, la nueva política de Obama hacia Cuba variará en los métodos, pero no en sus objetivos esenciales. Simplemente ha cambiado la plataforma sobre la que se va a desplegar. El bloque dividido en dos vertientes, hacia la sociedad civil y hacia el gobierno, continúa siendo la estrategia. Fíjense como el bloqueo es dejado para último en una negociación con el Congreso; es decir, el embargo es manejado a la espera de cómo Cuba responda a los intereses de Estados Unidos en otros temas.

No solo el objetivo estratégico esencial de la política no ha variado, sino que, en esencia, el método para lograrlo continúa siendo el mismo: presionar al Gobierno con el bloqueo como una zanahoria, mientras amplía su influencia sobre la sociedad civil cubana. Todo de un modo suave y pacífico. La zanahoria para el gobierno cubano funcionará sobre la base de medidas económicas tomadas por prerrogativa presidencial, que supuestamente irán aflojando el nudo del bloqueo hasta que el Congreso apruebe su eliminación. Las relaciones internacionales son un continuo campo de batalla, sobre todo, si se dan entre naciones pequeñas, y potencias imperiales como Estados Unidos. Sin embargo, y aun en ese marco, si Cuba lograse mantener relaciones normales con Estados Unidos tendría mayores oportunidades.

Michael Bustamante: Para empezar, vale recordar que tal restablecimiento no se ha producido aún. Las intenciones de hacerlo, sin embargo, son claras, y si bien el presidente Obama instruyó en su discurso al Secretario de Estado John Kerry a “comenzar conversaciones con Cuba para restablecer relaciones diplomáticas”, su pronóstico de que se abrirán embajadas en cuestión de meses parece indicar que tal “conversación” ya está bastante avanzada. Como ha declarado Roberta Jacobson, Subsecretaria de Estado para el hemisferio occidental, elevar las respectivas secciones de intereses a embajadas plenas es una tarea relativamente sencilla, especialmente tomando en cuenta el hecho de que Estados Unidos ya ostenta una de las más grandes presencias diplomáticas en Cuba (en términos del número de personal). En tal sentido, y considerando el irónico hecho de que la Sección de Intereses de Estados Unidos siempre ha ocupado la sede de la embajada norteamericana antes de 1959, para algunos se trata de una medida puramente simbólica. Se cambiará el letrero en frente del edificio, y punto.


No comparto esta visión cínica, aunque sí pienso que es imprescindible analizar con mesura lo que ha cambiado (o cambiará rápidamente) y lo que no. Lo interesante del momento, visto con perspectiva histórica, es la decisión de formalizar relaciones diplomáticas sin que se haya resuelto la mayoría de los temas que han dividido a los dos gobiernos durante décadas: por un lado, el grueso del embargo/bloqueo y la “subversión externa” (en su última variante: los programas de la USAID), y por el otro, las propiedades norteamericanas nacionalizadas durante los primeros años de la Revolución, los derechos humanos, y la democracia (aunque el gobierno cubano también ha criticado, no sin razón, a sucesivos gobiernos estadounidenses como hipócritas en estos terrenos, sobre todo en la conducción de sus relaciones internacionales). En el pasado, separar la posibilidad de abrir embajadas de la eliminación del bloqueo fue imposible, como constatan las minuciosas investigaciones de William LeoGrande y Peter Kornbluh, en su más reciente libro Back Channel to Cuba.


Una y otra vez, ambos países concebían el restablecimiento de relaciones diplomáticas como el último paso a dar después de que se hubieran desenredado otros problemas. Y, de paso, es interesante analizar que en el caso de la normalización de relaciones entre Estados Unidos y Vietnam, a principios de los 90, la apertura de embajadas no ocurrió hasta que el embargo impuesto a ese país fue levantado por orden ejecutiva de la Casa Blanca. En el caso cubano, con el embargo codificado por el Congreso desde 1996, es significativo que las autoridades hayan optado por lo políticamente posible en vez de lo que considerarían lo políticamente perfecto. A fin de cuentas, en la medida en que se concreten contactos más frecuentes y de más alto nivel, las relaciones diplomáticas formales pueden propiciar un de un embajador), es claro que no se conquistará Roma en un solo día.

Mucho depende también de la manera concreta en que se reescribirán las normas de los Departamentos de Estado y Comercio. Sólo sabremos el alcance de las medidas unilaterales de Obama (más remesas, más viajes, mayores facilidades para ciertos tipos de comercio destinados a apoyar el naciente sector privado/cuentapropista) cuando se hagan públicas las nuevas regulaciones y, por supuesto, la respuesta del Estado cubano a estas disposiciones. Por su parte, el gobierno cubano se mantendrá reacio a cualquier intento de parte del gobierno norteamericano de usar su nueva postura como palanca para lograr un cambio de sistema por otros medios. “La condicionalidad” -es decir, una estrategia que explícitamente ofrece perforar más “huecos” en el telón del embargo sólo a cambio de medidas concretas de reforma interna- puede empeorar la dinámica, amén de alentar las posturas nacionalistas defensivas. La diplomacia efectiva, en fin, requerirá un talento extraordinario para el funambulismo.

Por otro lado, proceder sin avances en los terrenos que siempre han preocupado al gobierno norteamericano y a cubanos en desacuerdo con el gobierno de la Isla, probablemente llevará a relucir viejas líneas de protesta,
olvidadas salvo para unos pocos. Como historiador, pienso en el reclamo de un conocido grupo del exilio cubano no normalmente tildado de “progresista” por sus contrincantes ideológicos, más bien todo lo contrario, por su presunta participación en actos violentos. No obstante, en la etapa en que las administraciones de Ford y Carter también tramitaban el posible restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba (sin éxito), miembros de la férreamente anticomunista Agrupación Estudiantil Abdala (especialmente activa en Nueva York, Miami, y San Juan) hablaban de “la necesidad de despojarnos del Plattismo, autor intelectual de nuestro matrimonio con la política exterior norteamericana”. Se referían no sólo a la alegada y previsible “traición” que sufrió la generación de sus padres en Girón, sino también a las mismas políticas de “detenimiento” que entonces se fraguaban. De esta manera, hicieron suyo un recurso discursivo (la acusación de “Plattismo”) típicamente de izquierda, apoyándose incluso en lecturas de textos canónicos del nacionalismo cubano, como Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos, de Leuchsenring. Es interesante especular cómo esta suerte de “anti-comunismo anti-imperialista” o al menos antiamericano -y bastante popular en Miami en los 70, por cierto-, podría experimentar un renacimiento en círculos de la diáspora tras los anuncios del 17 de diciembre; pues, si bien se muere “el exilio duro” en su configuración “cubanoamericana” desde los años 80 (cuando actores en Miami propusieron por primera vez ser creadores de la política norteamericana hacia Cuba y no solamente sujetos de ella), el discurso crítico puede asumir otras caras en la nueva coyuntura, más difíciles de descartar como serviles a las prerrogativas de 1600 Pennsylvania Ave, o como autores intelectuales de las mismas.
 

A pesar de los obstáculos, sigo creyendo que lo que puede aportar un nuevo contexto de relaciones diplomáticas formales (aun sin formalización de relaciones económicas completas) es precisamente un avance hacia una mayor “desamericanización” del debate cubano (o “desyumificación”, si preferimos no abusar del término continental). Existe una fuerte tendencia -en los medios nacionales cubanos, internacionales, y sobre todo norteamericanos, así como en distintos campos de la academia- de analizar el pasado, presente, y futuro de Cuba en función casi exclusiva de sus relaciones con Estados Unidos. Sabemos que esto es una falacia de primer orden. Sacar a los norteamericanos de en medio -aun en parte-, permitirá a todos los cubanos, afines a su gobierno o no, avanzar en el debate tan necesario sobre el futuro insular sin tener que preocuparse por la tan larga sombra del Tío Sam.
 

Será complicado lograrlo, dada la alta transnacionalización de la sociedad cubana, la importancia de las remesas para la economía nacional, y las posibilidades que pueden abrirse a mediano plazo para las inversiones norteamericanas (para bien y para mal); cosas todas que dependen en alguna manera de la anuencia del gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, hagamos votos para que el intento valga la pena.
 

Nuestros habituales periplos existenciales por el misterioso “Triángulo Cubano” (la Habana, Miami, Washington) continuarán bajo otra fórmula; pero “despojarnos del Plattismo” -si entendemos este no solo como la tendencia de depender de la política norteamericana para impulsar reformas internas sino también la de echarle la culpa por todos los males- es exactamente lo que hace falta.

Roberto Veiga: La posibilidad de normalizar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos resulta un desafío positivo que hemos de asumir con mucha responsabilidad. El pasado 17 de diciembre, a las 12 del día, se abrió una puerta clausurada hace más de medio siglo, que introdujo a los dos gobiernos, y a las dos sociedades, en un nuevo escenario que deberá estar signado por la distención, el entendimiento y la cooperación, tanto entre los dos países como entre los cubanos.
 

El discurso de ambos presidentes, a una misma hora, presentando un conjunto amplio de temas -aunque cada uno desde sus realidades, principios y lógicas, lo cual pudiera hacerlos parecer muy diferentes-, significa el desamarre del mayor nudo que ha estrangulado las posibilidades de sostener una dinámica amplia, intensa y serena de desarrollo en Cuba.

Con esta afirmación no quiero restar peso a los errores internos, cometidos por los cubanos y, sobre todo, por el gobierno. Sin embargo, hay que padecer de miopía política o de mala fe para no comprender que la hostilidad de Estados Unidos contra Cuba, en unas ocasiones de manera fría y en otras un tanto caliente, cerró a las autoridades de la Isla la posibilidad de corregir errores importantes e impidió que pudieran emprender la evolución del modelo socio-político cubano.

Los presidentes de Estados Unidos y de Cuba han dado el primer paso, y lo han hecho con valentía y altura política, aunque algunos mezquinamente quieran regatearle estos méritos. Ahora debemos procurar que las autoridades, los políticos, los empresarios y las sociedades de ambos países se enrumben por ese sendero. Si conseguimos que esto ocurra cabalmente, ambos países resultarán beneficiados, sobre todo Cuba, quien podrá robustecer con equilibrio la economía y las dinámicas sociales, lo que a su vez crearía condiciones para reformar, incluso, el modelo político.
 

Reitero que el establecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos podría contribuir enormemente a la estabilidad y al desarrollo del país y a la integración del mismo en el sistema mundo. Sin embargo, debo destacar que este signo de esperanza podría convertirse en una nueva frustración, si el vínculo a construir no se aleja de los estigmas que marcaron las relaciones bilaterales antes del 1 de enero de 1959, y si no conseguimos que los encogimientos que inevitablemente pudiera sufrir nuestra soberanía producto de esta imprescindible relación, tributen al fortalecimiento económico, social y político del país, y no dañen sensiblemente la capacidad de los cubanos para definir y controlar nuestros destinos. Confío en que tantos cubanos, residentes en la Isla y en Estados Unidos, como norteamericanos, comprometidos en la búsqueda de posibilidades y esperanzas para Cuba, edifiquen un camino capaz de acercarnos, cada vez más, la utopía.

Rafael Acosta de Arriba: Es un significado múltiple: la reparación de una injusticia histórica, el primer paso en firme hacia una nueva etapa de las relaciones bilaterales y la superación de un aislamiento en el continente. Ya al final, era más la soledad de los propios Estados Unidos que la que sufrió Cuba a partir de los 60, al inicio del conflicto. No por gusto el presidente Obama consideró esta medida como un nuevo capítulo en las relaciones de su país con el continente, en su discurso del 17 de diciembre.
 

Hoy es otra la configuración política de los países del hemisferio, Cuba forma parte de los organismos internacionales de integración y goza de excelentes relaciones con todas las naciones. Para el gobierno norteamericano, dar este paso es, a todas luces, una movida inteligente y necesaria ante la próxima Cumbre de las Américas de Panamá, a la cual hubiese ido -de no haber dado el paso- en una posición muy incómoda. Obama sabe muy bien que se conformó un bloque sólido, plural y articulado entre los países del continente, con una preeminencia de liderazgos de la izquierda democrática; por tanto, para restaurar o reacomodar su política exterior hacia su traspatio, era menester dar este paso.

Para la diplomacia cubana resulta un éxito indiscutible, en un año en el que se consolidó positivamente su proyección internacional (las conversaciones con la Unión Europea sobre la denominada Posición Común, la mediación para el arreglo del conflicto colombiano, el sempiterno voto contra el bloqueo en la ONU, el auspicio en las reuniones de la CELAC y el CARICOM, el reconocimiento universal por la ayuda a los pueblos africanos aquejados por el ébola y el acuerdo con Estados Unidos, entre otros hechos destacados).


Es indudable que las distintas administraciones norteamericanas fracasaron en su intención de doblegar a Cuba, sobre todo a su pueblo, el verdadero héroe de este prolongado episodio. Una vez cortado el nudo gordiano, una nueva etapa se abre para el país y ese es, a mi juicio, el significado mayor. En mi opinión, se debe apreciar este asunto siempre desde lo que reporta simultáneamente para ambos países; verlo por separado tiende a reducir la visión de conjunto del fenómeno. Cuando se habla de una victoria de Cuba, al hacerse justicia, y de una derrota para el gobierno de Estados Unidos, al comprobar que sus políticas hacia la Isla fracasaron, creo que se despliega una visión estrecha de la cuestión. Se trata de una ganancia para los dos países, para sus respectivas políticas exteriores, para la mejor inserción de ambos gobiernos en el concierto de las relaciones hemisféricas.

Jorge Ignacio Domínguez: El principal significado es un cambio de tono. Lo único concreto fue el intercambio de presos, considerados todos como espías por un gobierno o el otro. Pero las promesas con vistas al futuro, y el tono respetuoso por ambas partes, es algo francamente novedoso.
 

Recordemos que casi todo lo mencionado falta por realizarse, y además, debe ser negociado todavía. Por ejemplo, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, más allá de cambiarles el letrero a las puertas de las dos Secciones de Intereses, debería llegar a un acuerdo sobre nuevas reglas para la conducta diplomática de cada uno en el suelo del otro, en particular, permitirle a los diplomáticos que se muevan con facilidad a lo largo y ancho del territorio nacional. Las nuevas posibles ventas que anuncia Obama en un nuevo tipo de relación con Cuba, solamente podrán proceder si el gobierno cubano adopta cambios, como por ejemplo, la venta de materiales para la construcción de residencias particulares. Esto presupone un mercado en Cuba que logre importar y revender en un contexto mercantil no-estatal, es decir, con “empresarios” cubanos que, supongo, sean cuentapropistas o cooperativas. No se trata de una empresa del Estado cumpliendo una función de intermediario.

Por la parte de Cuba, en la alocución del presidente Raúl Castro, hay una promesa concreta, que falta por ser cumplida a cabalidad: “la excarcelación de personas sobre las que el Gobierno de los Estados Unidos había mostrado interés”, más allá de las dos personas en el intercambio de presos ya ocurrido. ¿Quiénes son y cuándo saldrán de la cárcel?

Hay, además, múltiples oportunidades de otros cambios no mencionados pero fácilmente predecibles. Por ejemplo, será difícil hacer mucho sin un acuerdo en aviación civil que permita un aumento del número de vuelos entre los dos países. Y hay una larga lista acumulada durante más de medio siglo que requeriría negociaciones puntuales de asuntos de todo tipo.

Lenier González: El paso dado por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro podría abrir un nuevo tiempo en las relaciones entre ambos Estados. El anuncio hecho no es un evento mágico que solucionará, de facto, todos nuestros problemas, tal como lo expone la estructura de pensamiento mesiánico-mitológica para construir la esperanza: la espera paciente por la llegada de un evento cósmico que revolucione el orden secular, al estilo del “regreso de Quetzalcóatl” o la “llegada del Mesías”, en el contexto judaico.
 

Estamos ante un evento político de primer nivel donde, por un lado, importantes sectores de poder en Estados Unidos han reconocido públicamente el fracaso de su política hacia Cuba, y por otro, la máxima dirección cubana parece convencida de que resulta imperioso transformar el modelo de “socialismo de resistencia” que hemos vivido hasta el presente.

Obama y Raúl han hecho una elección racional que abre un escenario totalmente nuevo para ambos países, donde queda abierto el desafío de construir gradualmente un conjunto de relaciones, en disímiles ámbitos, para dar consistencia a ese propósito. Además, quedan abiertas las puertas para que los actores nacionales comprometidos con la independencia nacional, puedan liquidar, de una vez por todas, el inmoral e ilegítimo bloqueo norteamericano contra Cuba, que ha traído pobreza material a millones de compatriotas durante medio siglo.

La decisión tomada traerá mucha polarización en las filas del gobierno de la Isla, en la emigración cubana en Estados Unidos, en nuestra sociedad civil y en las estructuras de poder norteamericanas. Hay sectores, en ambas orillas, que codifican el presente y el futuro sobre la base de la derrota del gobierno cubano, del ajuste de cuentas, de la imposición de sanciones, de la flagelación por la historia vivida en este medio siglo, de la implosión nacional. Ambos mandatarios han abierto una ventana a la gradualidad, la moderación y el consenso entre posiciones diversas, donde parece primar el diálogo en “igualdad de condiciones”.

La nueva etapa que se abre ante nosotros no será un lecho de rosas, pues comienza un camino de reacomodos no exento de riesgos. Para Raúl y para Obama se trata de comenzar a construir una relación bilateral bajo el fuego cruzado de quienes conciben el paso dado como una traición. Cuba y Estados Unidos probarán su capacidad política de concertar y asumir el presente con pragmatismo y, a su vez, con creatividad. Se impone un diálogo sereno, en primer lugar, para saber de qué hablamos cuando hacemos mención a la “normalización de relaciones”. Siempre recuerdo un cable desclasificado por Wikileaks en 2011, donde Hugo Llorens, embajador norteamericano en Tegucigalpa, Honduras, se quejaba porque las relaciones de Zelaya con Estados Unidos no eran “normales”; por primera vez en 100 años un presidente hondureño se había negado a involucrar al plácet norteamericano en el nombramiento de su gabinete ministerial. Es este el tipo de “normalización” que debería evitar Estados Unidos a la hora de plantearse este nuevo momento con Cuba.

Ambos gobiernos deberían repasar sus respectivas agendas e intentar traspasar la mayor cantidad de áreas de conflicto hacia espacios de colaboración, sin dejar de trabajar, en paralelo, con aquellos temas más peliagudos, sin renunciar a sus principios. Se pudiera avanzar, con cierta rapidez, en aquellos sectores donde los dos gobiernos han operado desde hace más de una década: lucha contra el narcotráfico, seguridad nacional, combate a enfermedades, capacitación contra el derrame de petróleo, catástrofes naturales, emigración, etc. Es legítimo que Estados Unidos quiera defender sus intereses y valores en Cuba, pero debería evitar cometer los mismos errores del pasado. Países como Canadá -con inversiones multimillonarias en la Isla y con una amplísima red de colaboración en el sector estatal y la sociedad civil- pudieran ser un buen ejemplo de cómo se puede estar en Cuba y trabajar activamente en la sociedad sin que eso sea un problema para nadie. Canadá, con su gobierno de derecha, debe representar para Estados Unidos un modelo factible y constructivo de relación con Cuba. Para el archipiélago, se abre un escenario de potencialidades interesantes. En primer lugar, el diálogo al más alto nivel crea condiciones para seguir desarmando el andamiaje de la política de bloqueo. Además, la distensión con Estados Unidos crea estabilidad para acometer las imperiosas transformaciones económicas, políticas y sociales que necesita la Isla en el siglo XXI, sobre todo las vinculadas con el desmontaje de la institucionalidad derivada del modelo soviético adoptado en 1976, y parcialmente reformado en 1992.

Juan Valdés Paz: Si bien el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos es un acontecimiento que impacta a Cuba y la beneficia, no podemos interpretar todo su significado separado de una agenda que llevó meses de negociación y del contenido de 45 minutos de conversación telefónica entre los presidentes Obama y Raúl Castro, de la cual conocimos por los respectivos discursos de los mandatarios.

Una primera aproximación sería interpretar este restablecimiento de relaciones como el comienzo de un proceso de normalización entre ambos países, reteniendo que esta normalización es entendida de manera diferente por Cuba y por Estados Unidos. Para el Gobierno y la población de la Isla, la normalización incluye al conjunto de todas las relaciones entre ambas naciones y deben estar basadas, como mínimo, en los principios del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas. Para Estados Unidos, esta normalización aparece limitada de momento a algunas relaciones y enmarcadas en “un nuevo enfoque” de su política exterior.

En todo caso, asumir la multiplicidad de estas relaciones y su normalización, supone el inicio de un diálogo, sostenido en el tiempo, que tendrá acuerdos y desacuerdos, reconocerá las mutuas diferencias y asegurará la mutua convivencia.

Si centramos nuestro comentario en las relaciones diplomáticas o interestatales, lo más relevante parece ser el establecimiento de una mesa de negociación entre ambos gobiernos y la eventual continuidad de la misma. En este sentido, uno de los gestos más notables de la Administración Obama ha sido superar el “costo simbólico” de negociar con “los Castro”.

2. ¿Qué consideración le merece el hecho de que en un mismo día y a la misma hora los presidentes de ambos países hayan anunciado públicamente la concreción de un conjunto amplio de cuestiones que deben deshacer nudos espinosos que han separado y hasta enfrentado a ambos Estados?

Aurelio Alonso: El anuncio coordinado de los respectivos Jefes de Estado en día y hora; la correspondencia precisa entre los enunciados de sendos discursos; la asociación a este cambio de política de la liberación negociada de los tres cubanos, que ya habían padecido dieciséis años en las prisiones estadunidenses; los reconocimientos a la mediación del Vaticano y Canadá; el carácter constructivo, respetuoso, abarcador y simétrico entre ambos discursos; y la discreción de los contactos preliminares, reflejan la voluntad que marcó las conversaciones preparatorias.

Manera firme y madura de dar el paso inicial para poner fin a una política que se ha hecho ya contraproducente, hasta para sostener a ese caduco patrón de poder que cada vez menos Estados latinoamericanos están en disposición de aceptar. Algunas personas me han comentado que los Estados Unidos hubieran podido comenzar -y lo hubieran preferido así- por dar pasos concretos en el alivio del bloqueo, antes de restablecer el reconocimiento diplomático.

No dejaba de ser una opción y hubiera mostrado otra forma de comenzar, pero tampoco hay que subestimar que entrar de este modo a una nueva época responde a su lógica, y tiene sentido: no cabe mantener bajo el bloqueo a un país con el cual se siguen relaciones normales. Debe ser algo así como un silogismo político. La normalidad es, ante todo, la disposición a discutir y negociar políticas y acciones, y la relación diplomática es el escenario a propósito. De manera que nos encontramos en el mero punto de partida, y nada indica hasta ahora que no haya sido un buen comienzo. Estas consideraciones primarias podrían ampliarse, pero no me parece necesario hacerlo.

Carlos Saladrigas: Las declaraciones simultáneas por ambos presidentes me parecieron algo impensable antes de que sucedieran, pero a su vez resaltaron un conjunto de diferencias de estilo y de sustancia de cada uno, de las que voy a comentar, en respuesta a la próxima pregunta. Sin embargo, creo que sería un error interpretar de las declaraciones simultáneas el establecimiento de una relación simétrica entre ambos países. Sosteniendo la importancia que tiene la soberanía y el respeto en una relación bilateral, la realidad geopolítica es que Cuba tiene más que ganar que los Estados Unidos con el restablecimiento de las relaciones y con las oportunidades de diálogo que esto conlleva. El mundo ha cambiado muchísimo en los 56 años de Revolución. Durante ese proceso, Cuba se ha aislado, ha sido aislada, y se ha aferrado a un sistema económico y político que ha fracasado en todas las partes donde se ha intentado implementar. Como resultado, su economía no se ha desarrollado a los niveles que requiere la reinserción en los mercados internacionales. En otras palabras, Cuba se ha quedado muy atrás en su capacidad de sostener una economía productiva, interconectada, pujante y competitiva. La apertura política y económica hacia Cuba no asegura la recuperación de su economía. Tal apertura es comparable a suplirle electricidad a un tomacorriente. Este puede estar electrificado, pero para aprovecharlo hay que conectarse. Para que Cuba pueda conectarse de lleno a la economía global, mucho tiene que cambiar internamente, y este proceso aún tiene un considerable camino que recorrer.
 

Esteban Morales: Si nuestro país no estaba preparado para que el proceso ocurriera de esa forma, de todos modos pienso que era algo tan deseado, e incluso, tan esperado por muchos, que desde la perspectiva cubana lo que ha sucedido sorprendió fuertemente de una manera agradable; porque no se filtró información alguna de los contactos y negociaciones que tuvieron lugar entre ambos países. Se decía que Cuba estaba negociando, pero pensábamos que se trataba solo de aspectos puntuales, tal y como ya había acontecido en otros momentos.

En una entrevista que me realizó Fernando Ravsberg, me acerqué bastante a lo que podría ocurrir, y a las condiciones favorables que existían para ello, pero confieso que no pensé que fuera a ser tan rápido; además de que lo anunciado por el presidente Obama superó mis expectativas. Eso tiene una explicación que ofreceré más adelante. Para Estados Unidos, lo que ha pasado sí es el resultado de una acumulación de acontecimientos, que fueron llevando a la Administración y al presidente Obama en particular, a la conclusión de lo que se debía hacer, con la rapidez pertinente. Entonces, las negociaciones y acercamientos fueron aproximando las voluntades políticas, que coincidieron el 17 de diciembre, aunque ello ya venía aconteciendo paulatinamente. Ambos se convencieron, sobre todo Estados Unidos, de los pasos que debían darse y llegado el momento, no fue difícil adoptar las decisiones. Desde que Obama asumió la presidencia, es más, desde que era senador, ya pensaba dar pasos de esa naturaleza con respecto a Cuba. Ello estaba sobre su mesa y la situación fue madurando gradualmente, como parte del propio ejercicio de la política hacia Cuba dentro de su Administración. Solo trató de esperar el momento propicio; todo en medio de un conjunto de cuestiones políticas que presionaban mucho sobre su presidencia. La prioridad que Cuba tenía para Obama es evidente, cuando observamos sus dificultades y tropiezos en la política exterior, sobre todo en el Oriente Medio. Las decisiones adoptadas también indican el nivel de preeminencia que tomaron América Latina y el Caribe en su política.

Michael Bustamante: Creo que la pregunta ya contiene la respuesta. El alto nivel de coordinación para lograr los anuncios simultáneos fue reflejo de la intensidad y complejidad de las negociaciones llevadas a cabo. Llama la atención también que hicieron los anuncios un miércoles. En el pasado, cada vez que la administración de Obama decretó un cambio en la política hacia Cuba, lo hizo un viernes por la tarde, mediante un escueto comunicado, como para pasar desapercibido durante el fin de semana. En esta ocasión, obviamente, no esquivaron la atención de los medios.

Roberto Veiga: Algunos sabíamos que podríamos vivir esta experiencia. Apreciábamos, desde hace casi dos años, un movimiento intenso, como nunca, en Estados Unidos, a favor del entendimiento bilateral. Ciertos actores sociales conocíamos acerca de algunas gestiones, amplias y concretas, por parte de personalidades e instituciones importantes que podrían impulsar decididamente ese proceso. Sin embargo, casi nadie esperaba que en un instante escucháramos el acuerdo acerca de la solución de un conjunto de cuestiones agudamente sensibles que, para la generalidad, podían parecer asuntos irresolubles hasta ese momento. El misterio que acompaña a la existencia humana, el esfuerzo de muchos, el trabajo de los negociadores (ya hoy vamos escuchado quiénes parecen haber sido los artífices de ambas partes) y la grandeza con que ambos mandatarios asumieron el asunto, hicieron posible una especie de big bang. Ahora, siguiendo la metáfora anterior, nos queda el reto de construir y ordenar el mundo, y la vida humana. ¡Descomunal tarea! De pronto fue posible el anhelado intercambio de prisioneros. También se efectuó el anuncio de que se restablecían las relaciones entre ambos países y por ende, se institucionalizarían las embajadas correspondientes. Se comunicó, además, que había consenso para continuar dialogando sobre temas importantes y sensibles. Igualmente, se destacó que el gobierno de Estados Unidos comenzaría, de inmediato, a implementar todas las gestiones que le permiten sus facultades para beneficiar la relación con Cuba, y que el presidente Obama batallaría asimismo para que el Congreso derogara las leyes draconianas que unos llaman embargo y otros bloqueo. Todo esto se hizo público, de manera inusitada, por los dos mandatarios, en un mismo día y a una misma hora, con discursos cargados de simbolismo que indicaban, además, la resolución de continuar adelante. Esto no hubiera ocurrido sin que los implicados de ambas partes alcanzaran un entendimiento mínimo y, al menos, intuyeran la suficiente confianza mutua para aceptar las sinergias futuras que tal decisión les impondría. Sin estas certidumbres no se hubieran arriesgado a dar este salto, con las implicaciones que eso tendrá en la política interna de ambos países. De lo contrario, sería suponer que los actores de la negociación son ingenuos, incapaces o irresponsables, y esto no parece probable. En cuanto a la parte cubana, estoy seguro de que, por muchas razones, midió con mucho rigor cada paso y cada decisión.

Rafael Acosta de Arriba: Es la muestra más evidente de que el acuerdo fue ultimado hasta en sus más mínimos detalles, que no se dejó nada a la casualidad. Es una concertación en la que sobresale a simple vista la voluntad política recíproca que condujo a los acuerdos. La conversación telefónica en la víspera entre ambos Jefes de Estado, las coordinaciones de apoyo con el Papa Francisco y el gobierno canadiense, el intercambio de prisioneros y los gestos de buena voluntad que se dieron por ambas partes, es decir, todo lo que configuró esta negociación, habla de una meticulosidad encomiable. Llama igualmente la atención el secretismo que la cubrió, para bien, desde luego. No menos evidente es el coraje demostrado por ambos mandatarios.

Al saltar el tan vasto abismo político existente entre los dos gobiernos se plantea, y a la vez se propicia, una etapa subsiguiente que consolide los acuerdos. Mantener este terreno ganado será una empresa harto difícil. Se trata de crear una era de paz y distensión donde antes hubo enfrentamiento y violencia por más de cinco décadas, un tiempo en el que cada cual pueda trabajar de conjunto sin inmiscuirse en las políticas domésticas del otro (en particular Estados Unidos en lo interno de Cuba). La pregunta aquí sería saber si las administraciones norteamericanas podrían permanecer inactivas ante el reacomodo de fuerzas que inevitablemente se producirá en la Isla a partir del relevo generacional inexorable, a establecerse en la dirección cubana.

Jorge Ignacio Domínguez: Fue una excelente demostración de coordinación entre dos gobiernos con previa alergia a la coordinación y entre seres humanos que les corresponde ser presidentes, quienes conversaron largamente para lograr enviar un mensaje: que sí toman el cambio en serio, más allá de un intercambio de presos.

Lenier González: Las alocuciones del 17 de diciembre de 2014 son el mejor signo indicativo de cómo fueron los procesos de negociación que ambos gobiernos sostuvieron en Canadá. Mostraron, de manera inédita, como dos presidentes de naciones enfrentadas pueden llegar a construir momentos de mucha coordinación. Hasta los discursos de ambos fueron escrupulosamente pactados: la hora en que iban a hablar, los agradecimientos al Papa y al gobierno de Canadá, la mención a los presos liberados de ambos lados, los puntos candentes que deja abierto el futuro (democracia, derechos humanos, etc.). El gesto denota valentía y altura política en ambos, pues desafían el status quo, y abren las cortinas para ensayar otros caminos sin renunciar, ninguno de los dos, a sus principios. Tras el evento del 17 de diciembre y el período de negociaciones que lo precedió, se encuentran un conjunto de factores que llevaron a ambos presidentes a actuar: más de una década de profundas transformaciones políticas en América Latina; el proceso de reformas dentro de Cuba impulsado por Raúl Castro; los cambios demográficos en el exilio cubano; el surgimiento de nuevos actores políticos en Miami, y Estados Unidos en general, proclives a solventar sus diferencias con La Habana mediante el diálogo; el fortalecimiento de un consenso generalizado, dentro y fuera de Estados Unidos, del fracaso del embargo/bloqueo como mecanismo para lograr cambios en Cuba; la articulación de una fuerte corriente anti-embargo en Estados Unidos que tuvo como aliados a sectores empresariales norteamericanos y cubanoamericanos, grupos de emigrados, políticos estadounidenses de ambos partidos, etc.; la sintonía política sobre el “tema Cuba” entre el presidente Obama y la familia Clinton -estos últimos ejercen un fuerte control, junto a sus aliados, sobre la maquinaria del Partido Demócrata-; entre otros aspectos. Sin embargo, ahora queda pendiente lo más importante y complicado: demostrar que se puede construir una relación bilateral con normalidad entre ambos países. Para esa tarea serán necesarias las mismas dosis de diálogo, concertación y valentía que hicieron falta para planificar la arrancada de las negociaciones.

Juan Valdés Paz: Obviamente, las declaraciones públicas fueron concertadas en forma y en contenido. Acerca de las cuestiones enunciadas se plantean decisiones, acuerdos posibles, discusiones pendientes y eventuales desacuerdos.
 

En su discurso el presidente Obama anunció, además de las respectivas liberaciones de presos, un cambio de la política de Estados Unidos hacia Cuba, basado en una serie de medidas como:

  • Revisar la calificación de Cuba como un Estado que patrocina el terrorismo. Esta revisión será guiada por los hechos y las leyes.
  • Apoyo a los procesos de reformas en Cuba en una cierta dirección.
  • Delimitación de Zonas Económicas en el Golfo.
  • Promover intereses compartidos, como salud, inmigración, antiterrorismo, lucha contra el tráfico de drogas y respuesta a catástrofes.
  • Aumento del transporte, el comercio y el flujo de información desde y hacia Cuba.
  • Facilitar a las personas que viven en Estados Unidos viajar a Cuba. Ellos podrán usar tarjetas norteamericanas de crédito y débito en la Isla.
  • Aumentar la cantidad de dinero que se puede enviar a Cuba y eliminar los límites en giros que apoyan proyectos humanitarios, al pueblo de Cuba y a su emergente sector privado.
  • Facilitar transacciones autorizadas entre Estados Unidos y Cuba.
  • Permitir a instituciones financieras de Estados Unidos abrir cuentas en instituciones financieras cubanas.
  • Autorizar el aumento de las telecomunicaciones entre Estados Unidos y Cuba. Las empresas podrán vender los productos que den a los cubanos la habilidad para comunicarse con Estados Unidos y otros países.
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Como dice la pregunta, algunas de estas medidas desatarían “nudos espinosos” pero el discurso de Obama incluyó también referencias a: perseguir los mismos objetivos por otros medios; explicitó tener predilección por cierta orientación de las reformas cubanas; definió los actores de su preferencia; y dejó claro a Raúl Castro que creía firmemente en que la sociedad cubana estaba oprimida por las restricciones impuestas sobre sus ciudadanos. A su vez, el discurso del mandatario cubano también hizo mención al intercambio de prisioneros y dijo que “el presidente Obama merece el respeto y reconocimiento de nuestro pueblo”. Sin enunciar medidas, se refirió a la disposición cubana en el marco del restablecimiento de relaciones diplomáticas y del proceso de normalización de las relaciones entre ambas naciones a:

  • Sostener con el gobierno de los Estados Unidos un diálogo respetuoso, basado en la igualdad soberana, para tratar los más diversos temas de forma recíproca, sin menoscabo a la independencia nacional y su autodeterminación.
  • Discutir y resolver las diferencias mediante negociaciones, sin renunciar a un solo principio.
  • Apoyar la supresión del bloqueo económico, comercial y financiero que provoca enormes daños humanos y económicos al país.
  • Proponer al gobierno de Estados Unidos adoptar medidas mutuas para mejorar el clima bilateral y avanzarhacia la normalización de los vínculos entre ambos países, basados en los principios del Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas.
  • Reiterar su disposición a cooperar en los organismos multilaterales, como la ONU.
  • Reafirmar la voluntad de dialogar en materia de soberanía nacional, democracia, derechos humanos y política exterior, a pesar de las profundas diferencias sobre todos esos temas.
  • Exhortar al gobierno de Estados Unidos a remover los obstáculos que impiden o restringen los vínculos entre pueblos, las familias y los ciudadanos de ambos países, en particular los relativos a viajes, correo postal directo y telecomunicaciones.
  • Al contrastar los dos discursos, se manifiesta en ellos tanto un espíritu de concertación como el interés mutuo en la normalización de las relaciones entre ambos países. Pero además de las diferencias de contenido, se muestran en ambas alocuciones algunas contradicciones: Obama se refiere a cuestiones externas de Estados Unidos e internas de Cuba; Raúl Castro solo se refiere a cuestiones externas de Cuba y de Estados Unidos. Esta diferencia en el alcance de ambos discursos ya plantea uno de los “asuntos espinosos”.


3. ¿Cuáles fueron las características del discurso de Barack Obama y de Raúl Castro? ¿Cuál parece ser la perspectiva que despertó cada alocución?


Aurelio Alonso: Conjuntamente con las coincidencias visibles en ambos discursos, a las que ya me referí, los dos hacen explícitas las áreas de divergencia entre sus posiciones, y esto es otra virtud. La virtud de una saludable inclusión que nos previene desde el comienzo para mantenernos en propuestas realistas, y como precaución ante el alejamiento o el abandono de los principios y sobre los costos de las concesiones y los deslices. Cuando he opinado sobre el tema de la eventual eliminación del bloqueo he dado siempre dos apreciaciones: la primera es que el modelo de flexibilización de la política norteamericana se construirá signado por la iniciativa de los Estados Unidos (el bloqueo ha sido su «política cubana», no el simple resultado de un desentendimiento, por lo cual les toca también ponerle fin), y ellos tratarán de hacer prevalecer sus perspectivas y sus intereses en lo que se acuerde en cada paso. Cambiar su política no es sinónimo de renunciar a sus aspiraciones. Mi segunda apreciación -corolario de la anterior- es que este cambio, por paradójico que parezca, también será para nosotros un desafío, posiblemente de la misma magnitud que muchos de los vividos hasta hoy: el desafío de retener los logros sociales, y con ellos los presupuestos que nos llevaron a alcanzarlos, y muy especialmente los valores éticos que han aportado a un modelo propio del socialismo. Las diferencias de una y otra postura son claras en ambos discursos. Aunque solo sea de conjunto como podemos distinguirlas ahora.

Carlos Saladrigas: Ambas alocuciones fueron respetuosas y elegantes. Recalco la palabra “elegante” porque cada mandatario necesita mucho de la elegancia en la resolución del conflicto. Ellos llevan sobre sus espaldas el peso de muchos años de antagonismo, confrontación y desconfianza.

También tienen el bagaje de sectores políticos con duras críticas y cuestionamientos por las resoluciones tomadas. No me cabe duda de que se les está reprochando por haber cedido mucho y recibido poco.No obstante, ambos mandatarios demostraron una valentía extraordinaria y un sentido de sobreponer la paz y la buena voluntad por encima de la política. Es aquí donde la elegancia juega un papel trascendental, y donde ambas alocuciones cobran matices diferentes. El presidente Obama claramente le ofreció al presidente Castro la elegancia de haber reconocido el fracaso de la política exterior de su país. Después de todo, él dio el primer paso, que siempre es el más difícil. En este sentido, el presidente Castro, en su alocución, pudo haber aprovechado la oportunidad para, en forma recíproca, también reconocer los fracasos de la gestión revolucionaria en el terreno económico, que más allá de la agresión, confrontación y hostilidad norteamericana, debe la esencia de sus problemas a sus propios errores, ineptitudes y a la inflexibilidad de un modelo que no supo transformarse a tiempo ni adaptarse a un mundo de cambios acelerados. Aún más importante, pudo haber aprovechado la coyuntura para darle al pueblo cubano aunque sea un vistazo de un futuro distinto y del camino hacia donde se dirige la Isla tras un cambio de tanta trascendencia e importe histórico. Después de todo, no hay claridad de cómo se transita de medio siglo de disputa y confrontación a un nuevo período de relaciones bilaterales. El pueblo cubano tiene el derecho a saber qué significa todo esto para el futuro de ellos, y su gobernante tiene la obligación de señalarlo.
 

Esteban Morales: Ambos discursos no pueden ser analizados si no tomamos en consideración que los dos mandatarios cambiaron impresiones por teléfono durante una hora. Entonces, más allá de las intenciones individuales con que asumieron la conversación, en medio de ella hubo acuerdos, asentimientos y sobreentendidos, que hicieron de ambas alocuciones una pieza propia, pero de las cuales no brotarían contradicciones sobre lo que acordaron hacer. Cada uno en su lugar y con su estilo sabía lo que el otro haría, y por eso ambos discursos quedaron emplantillados hacia los grandes objetivos políticos: negociar a los presos y más allá de eso, restablecer las relaciones diplomáticas. Adicionalmente, en el discurso de Obama hay otros propósitos que lo convierten en una estrategia y en una agenda política al mismo tiempo, sobre cómo llevar hacia el futuro las relaciones con Cuba. Eso no lo hace Raúl, le correspondía a Obama, que ha sido quien ha tomado la iniciativa y ha dado los primeros pasos. No era Cuba quien bloqueaba a Estados Unidos, ni quien perseguía continuar ejecutando una política agresiva. La Isla, hasta el 17 de diciembre, lo único que hizo fue defenderse y declarar la voluntad de negociar sus diferencias con Estados Unidos, siempre que ello se hiciese en igualdad de condiciones. A todo eso dio respuesta el discurso del presidente Obama. Creo que en cada alocución presidencial están los asentimientos básicos, los beneficios de la duda otorgados, la confianza mutua brindada y la conciencia de que no será fácil; también la voluntad política y la valentía de llevarlo todo adelante. Por lo cual, es positiva la perspectiva proyectada para las negociaciones concretas que se lleven a vías de hecho. Si hubiera dudas al respecto, las declaraciones de Josefina Vidal las aclara, pues sus palabras resultan muy precisas en cuanto a los asentimientos de Cuba. Por supuesto, en las negociaciones surgirán contradicciones, desacuerdos, forcejeos, pero creo que primará la voluntad política de construir una plataforma nueva para las relaciones entre ambos países, antes que Obama abandone la presidencia. Es evidente que se quiere avanzar para garantizar que no haya posibilidades de dar marcha atrás, lo cual se observa claramente en las órdenes ya dadas por Obama, y en las respuestas de Raúl Castro. Para lo anterior, se cuenta con el apoyo que está teniendo la agenda del presidente estadounidense, tanto a nivel interno, como internacional, y con el proceso de recuperación de la popularidad del mandatario, que ya se puede observar y en mi opinión, continuará creciendo. La Isla tiene que ir dando pasos que complementen ese proceso, poniendo de manifiesto en todo momento una voluntad política que no dé lugar a dudas.

Michael Bustamante: Lo impresionante del discurso de Obama fue su franqueza. Nunca un Presidente norteamericano había admitido públicamente, y en forma tan directa, que la política estadounidense hacia Cuba había sido un fracaso. Y que lo hiciera citando incluso a Martí causó, por lo menos en mí, un gran impacto. A pesar de su mala pronunciación de la frase “no es fácil”, su esfuerzo por dirigirse directamente a los cubanos, dentro y fuera de la Isla, así como sus referencias a una identidad “americana” compartida, fueron muestras de sus ya conocidos talentos como orador. Me llamó la atención, además, que sus palabras fueron publicadas íntegramente en la prensa nacional de la Isla. (¿Posiblemente parte del acuerdo?) El discurso de Raúl Castro fue más escueto. Sin embargo, tengo la impresión de que ese no fue el principal discurso del mandatario cubano. Más importante fueron sus palabras unos días después, en el acto de clausura de la Asamblea Nacional. Allí, tras varios días de revuelo mediático, quiso dejar claras dos cosas: 1) que “lo fundamental” -el bloqueo- todavía no se había resuelto y que el camino hacia su eliminación sería largo, y 2) que para lograr esa meta su gobierno no estaría dispuesto a doblegarse ante las demandas externas para modificar su sistema político. Para algunos, estas palabras (previsibles, por cierto) sirvieron para confirmar que Estados Unidos había concedido demasiado sin ganar mucho sustancialmente. Pero sólo se puede asentir dicha conclusión si se acepta la táctica del palo y la zanahoria.
 

Ese, repito, no es el punto, especialmente en el caso cubano dónde esa táctica nunca ha funcionado. Se trata de cambiar la coyuntura y sacar a los americanos de en medio, como ya señalé, para que el temor a Washington deje de servir como pretexto para impedir las reformas (económicas, pero también políticas) que puedan demandar los cubanos de cara al futuro. Al lograr conducir las relaciones bilaterales con un tono más constructivo, a pesar de las diferencias persistentes, pueden abrirse caminos a nuevas dinámicas sanas dentro del entorno nacional, en la medida en que desaparezca el discurso de “plaza  sitiada”.
 

Roberto Veiga: Percibo coincidencias en los discursos de ambos presidentes. Esto no significa que ellos posean las mismas motivaciones, piensen igual y persigan con identidad absoluta los mismos fines.

El presidente Barack Obama colocó la decisión y la propuesta que anunciaba en medio de las circunstancias de su país. En tal sentido, evocó que las relaciones normales con Cuba pudieran contribuir a que Estados Unidos promoviera en la Isla sus valores e intereses, lo cual resulta legítimo y tal vez favorable para los cubanos, pero pudiera ser visto como un empeño de hegemonía y un intento de dominación, aunque no por medio de la ruptura y la confrontación. En esa misma tesitura, exaltó la contribución significativa, en varios ámbitos, de la comunidad de cubanos que ha emigrado hacia su país -lo que no deja de constituir un reconocimiento muy bien merecido. Asimismo, en tono de amonestación, mencionó restricciones que, como han sostenido muchos amigos y enemigos del gobierno cubano, dificultan las  dinámicas económicas, sociales y políticas de los ciudadanos en el Archipiélago, e hizo alusión a acosos, arrestos y golpizas a determinadas personas.

Siguiendo la lógica del entramado de relaciones históricas entre ambas naciones, que datan sobre todo del siglo XIX, y han generado vínculos estrechos, incluso de cierta admiración pero también radicalmente contradictorios, hizo una afirmación significativa que demanda mucho discernimiento. Con ella, de manera sencilla y a su vez inteligente, definió una realidad que siempre desafiará el entendimiento mutuo. Dijo el presidente: “Todo esto une a los Estados Unidos y a Cuba en una relación única, como miembros de una sola familia y como enemigos a la vez”.

Esta realidad -histórica, cultural y política-, debemos aceptarla y asumirla con sabiduría y creatividad. Sin embargo, también tuvo el valor de sostener que no se debe empujar a Cuba hacia un colapso y que, por tanto, colocaría los intereses de ambos pueblos en el centro de su política. Señaló que para hacerlo procuraría, por diversos medios, beneficiar con recursos al pueblo cubano, que facilitaría las condiciones para que toda la sociedad de la Isla pudiera disfrutar de Internet y que trabajaría para derogar el embargo. Y continuó definiendo la ruta hacia el mejoramiento de las relaciones, anunciando que continuarían dialogando acerca de temas sensibles, como son: los derechos humanos y la democracia. Igualmente advirtió su preocupación ya que Cuba, en muchas ocasiones, difiere de Estados Unidos en cuanto a la política internacional.
 

En el contexto del discurso indica que esta decisión forma parte de una novedosa apertura de su país a las dinámicas de América Latina, que tendrá un momento significativo durante la Cumbre de las Américas, a realizarse en el próximo mes de abril. Para corroborarlo, afirmó que: “todos somos americanos”. Habría que ver si esto logra concretarse y desarrollarse. Sin embargo, este juicio, o al menos la necesidad de esbozar esta idea con palabras, expresa que el desarrollo socio-económico-político conseguido en Latinoamérica, la madurez política de las autoridades cubanas y la agudeza de los gobernantes norteamericanos, obligan a reconocer la necesidad de movernos todos hacia el entendimiento y la colaboración. Siguiendo esta lógica, el presidente Obama destacó que dichas relaciones interamericanas deberían procurar la unidad necesaria con la intención de conseguir un futuro de paz, seguridad y desarrollo democrático, para así promover los sueños de los ciudadanos de América.
 

Por su parte, el presidente Raúl Castro fue más sintético, pero también muy claro y firme. Reconoció que esta decisión del presidente Obama merece el respeto y el reconocimiento de todos. Asimismo, indicó que Cuba restablecerá las relaciones con Estados Unidos, que trabajará para mejorar el clima bilateral, y que estará dispuesta a todo tipo de intercambio, para lo cual haría falta llegar a suprimir el bloqueo. De esta misma manera, hizo público que el gobierno de la Isla está listo para dialogar con la administración norteamericana sobre política internacional (acerca de lo cual, según el presidente Obama, muchas veces había serias diferencias), derechos humanos, democracia (temas también tratados en su discurso por el presidente de Estados Unidos), e incluyó la cuestión de la soberanía nacional (un aspecto importantísimo para la generalidad de los cubanos).
 

En su alocución el presidente cubano exaltó que “debemos aprender el arte de convivir , de forma civilizada, con nuestras diferencias”. Esta cita fue escogida como título del discurso cuando se publicó en el periódico Juventud Rebelde, y ha sido utilizada como una señal por determinadas personalidades en el país. Indudablemente, el general Raúl Castro podría estarse refiriendo a la convivencia de la diversidad, tanto en el plano internacional como nacional. Esta frase puede resultar la piedra angular de la evolución del modelo político cubano. Sin embargo, y esto no tiene por qué constituir una contradicción, señaló igualmente que seremos leales a los que cayeron defendiendo la independencia y la justicia social.

Evidentemente, para el presidente de Cuba, ambos principios resultan pilares que deben ser salvaguardados, con solidez e ingeniosidad, en medio de cualquier ajuste en las  relaciones internacionales y del modelo socio-político cubano. Por otro lado, ratificó que el camino para lograrlo será la búsqueda de un socialismo próspero y sostenible.

Si estos principios y fines resaltados por el presidente Raúl Castro cuentan con el apoyo social suficiente -lo cual podría ser verosímil-, y prefiguran el presente y el futuro próximo del país, entonces estamos llamados a conseguir un análisis compartido y una práctica generalizada, capaz de darle a los mismos un sentido claro, fresco, dinámico, universal y creativo.
 

Rafael Acosta de Arriba: Ambos discursos expresaron con sobriedad y respeto los puntos de vista de cada cual, una sobriedad que no estuvo reñida por la sinceridad de cada orador. El presidente Barak Obama se refirió al futuro empoderamiento del pueblo de Cuba, pensando en la era en que ya no esté gobernando la dirección histórica del país, y el presidente Raúl Castro insistió en la irrevocable posición de un socialismo “próspero y sostenible”, de cara al futuro. Es decir, los objetivos respectivos han quedado bien claros.

Empalmar estas direcciones disímiles es la tarea que se avecina. Sin embargo, se superaron viejos enconos con tal de arribar al acuerdo, un verdadero aporte de distensión al caldeado panorama político internacional, pero sobre todo al expediente bilateral de más de medio siglo de hostilidades del vecino norteño. Se demostró sobradamente la capacidad de diálogo y entendimiento mutuos en este proceso, algo que parecía imposible, y al mismo tiempo, fue una experiencia que deberá ser muy importante y necesaria en el futuro.

Se sabe que los problemas que deben enfrentar ambos gobiernos, en aras de dar continuidad a los acuerdos, son de una complejidad extraordinaria, en particular dentro del sistema político de los Estados Unidos, en el que para muchos actores la decisión del presidente es considerada como una traición, y más ahora, cuando las dos Cámaras son mayoritarias para los republicanos. En el caso local, el verticalismo y centralismo del sistema hace más fluido implementar cualquier rumbo que decida la dirección del Partido y el Gobierno, aunque puede specularse sobre alguna resistencia latente en los sectores más  reacios a algún entendimiento con el enemigo. Como quiera que se mire, se trata de un acontecimiento histórico (y lo digo a conciencia, sabiendo que el adjetivo ha sido constantemente degradado por la propaganda política cubana); el gran paso, tan distante para muchos -o para casi todos- ha sido dado y ya eso es una realidad. La práctica histórica indica que este tipo de medida suele ser irreversible. Quedan en pie dos leyes norteamericanas (cuya esencia es la hostilidad hacia Cuba), y la resultante mayor de una de ellas, el bloqueo o embargo, de manera que aún restableciéndose las embajadas respectivas, todavía queda mucho por avanzar.


Jorge  Ignacio  Domínguez:  El  discurso  de  Barack  Obama trató  un  variado  número  de  asuntos  concretos,  indicando claramente  su  interés  en ampliar notablemente el marco de la  nueva relación bilateral. La alocución de Raúl Castro se concentró en el intercambio de presos, la excarcelación por realizarse de otros, y el restablecimiento  de  las  relaciones diplomáticas;  pero fue notablemente más breve  y  escueta que la de Obama sin abordar otros aspectos concretos. Sin
embargo, ambos discursos  enfatizaron  la  importancia del cambio,  y prometieron apertura  hacia otras posibles negociaciones; en el caso de Raúl Castro mencionando “los viajes,  el  correo  postal,  y las telecomunicaciones”.

Lenier  González: Pudiera  hablar del contenido político de los mensajes de ambos mandatarios, pero prefiero centrarme en las  narrativas sobre las  cuales Barack Obama y Raúl Castro aspiran a concretar el cambio. Ambos presidentes utilizaron las narrativas hegemónicas o canónicas de ambas orillas, para anunciar el principal giro en  las  relaciones bilaterales en este medio siglo.

Raúl Castro  colocó  la  decisión  soberana  de  restablecer  las relaciones con Estados Unidos en diálogo con la narrativa cubana de los 100 años de lucha , esbozada por el expresidente Fidel Castro en 1968 y reelaborada, con gran refinamiento  intelectual,  en  el  nacionalismo  católico  de Cintio Vitier . La sangre derramada por los mártires, sea en nombre de Cristo o en nombre de la Revolución, es el corazón  donde  se  asienta  el  poderío  y  la  consistencia  de la tradición  católica  y de  los  nacionalismos a  ella  vinculados, pues  hace  referencia  a  la  entrega  consciente,  valerosa  y radical  de  la  vida  por  una causa  justa:  dar  la  vida  por “los otros”. El  paso  dado  por  la  Isla  al  abrirse  al  diálogo  y  la negociación  con  Estados Unidos, anuncia Raúl  Castro, no constituye “una traición” a los que cayeron defendiendo la independencia  de  Cuba  durante 100 años. Luego de reverenciar y de rendir tributo de lealtad a la sangre derramada por muchos de los jóvenes del Movimiento 26 de Julio, el Directorio 13 de Marzo y el joven Ejército Rebelde -muchos de  ellos  sus amigos personales y compañeros de causa-, Raúl  anuncia el giro político más drástico del último medio siglo cubano. Pero más que sus palabras, todos los símbolos  presentes  en el despacho desde el cual Raúl se dirigió a la nación cubana, encarnaban y sintetizaban esa historia de lucha del pueblo cubano.

El discurso del presidente Obama, por su parte, se asienta  en el derecho y mandato “dado por Dios” a Estados Unidos de América -“la ciudad  luminosa  sobre la  colina-“,  de guiar  a las  naciones  del  orbe  hacia  “la  libertad y la democracia”. Ese mandato  los  capacita  para “empoderar  al  pueblo  cubano” en nombre de esa libertad  y esos derechos. En nombre de ese precepto  se  quiere  abrir  “una  nueva  era  para  las  Américas”.
 

A ese relato, que  pretende ser universalista y civilizatorio, va unida  la retórica  tradicional sobre Cuba.  Aunque el presidente Obama  reconoce  en  su discurso que Estados Unidos y Cuba tienen una historia complicada, asume erradamente la retórica  del exilio cubano que plantea  que los  “problemas” entre ambas  naciones  comenzaron con el triunfo  revolucionario  de  1959  y  Bahía de Cochinos, sin percatarse que, en realidad, el “evento 1959” es el fruto de un tipo de relación injusta,  hipertrofiada  e  inaceptable  entre ambos países. Sin embargo, hay que decirlo con  claridad:  su discurso fue una pieza oratoria hermosa, con la elegancia y la  elocuencia  que  lo  caracterizan,  a  la  vez  que  franco  y valiente.  Llega, incluso, a ser demoledoramente franco: quita del medio la retórica mesiánica de salvación, y afirma claramente que la política norteamericana hacia Cuba ha fracasado y que Estados Unidos no puede permitirse “el caos” en la Isla, ni darse el lujo de tener un Estado fallido en su frontera sur, espacio geográfico donde opera el crimen organizado.

Además del conjunto de vínculos, en disímiles ámbitos, que habrá que construir entre ambos países para encauzar por nuevos senderos las relaciones bilaterales, se impone, en la Isla  y  en  la  nación  norteña,  la  construcción  de  relatos, discursos  y  referentes  simbólicos  que,  sin  renunciar a los principios de cada cual, contribuyan a  allanar  los  caminos del  entendimiento.

Juan Valdés Paz: Además de sus  respectivos contenidos, antes  señalados,  ambos  discursos  se  diferenciaron  por  la perspectiva  desde  las  cuales  se  definen sus  políticas nacionales  e  internacionales.  De un  lado  un  Estado  imperial que desenvuelve sus políticas en función de sus intereses y eficacia; del otro, un pequeño  Estado que trata de compensar  la  asimetría  de  poderes  entre  ambos  mediante políticas de resistencia y la defensa de  un orden internacional  equitativo.

Lo  importante  de  ambos  discursos  está  en  la  voluntad expresa  de  iniciar  una  nueva  etapa  en  sus  relaciones, caracterizada  por  el  diálogo,  la  negociación y  la  cooperación. Ambos  presidentes  y  Gobiernos  parecen  coincidir  en  la identificación  de  un  amplio  espectro  de  cooperación  bilateral de  mutuo  interés,  entre  las  que  se mencionan:

  • Asuntos  migratorios.
  • Intercambios  culturales  y  académicos.
  • Medio  ambiente  y  afectaciones  ecológicas.
  • Desastres  naturales.
  • Correos,  comunicaciones  e  Internet.
  • Colaboración  en  la  interdicción  del  narcotráfico.
  • Rescates.Seguridad  aérea.
  • Remesas,  paquetes  y  otros  beneficios.
  • Intercambio  ?pueblo  a  pueblo?.
  • Ayuda  humanitaria,  solidaridad  y  remesas  para proyectos  sociales.
  • Asuntos  consulares.

Adicionalmente, el discurso del presidente Obama propone -en  el  marco  de  las  limitaciones  de  la  Ley  Helms Burton- un mayor intercambio económico basado en:

  • Aspectos  financieros  ya  acordados  para  facilitar  las relaciones  migratorias.
  • Ayuda  humanitaria,  solidaridad  y  remesas  para proyectos  sociales.
  • Viajes  turísticos  de  norteamericanos  a  Cuba.
  • Cierto intercambio tecnológico, amparado por proyectos  culturales,  académicos  y  artísticos,  previamente acordados.
  • Relaciones  comerciales  dentro  de la potestad ejecutiva, tarjetas de crédito, relaciones bancarias en general.

Sobre el bloqueo económico de Estados Unidos a Cuba:  el discurso de Raúl Castro advierte que “aún se mantiene y debe cesar”;  en  el  discurso  de  Obama aparece como una condición duradera, aunque declare  su  disposición  de “involucrar  al Congreso  en  una  discusión  seria  y  honesta sobre  la  eliminación  del  embargo”.  El Gobierno cubano habría  retirado la  supresión del  bloqueo  como  una  condición previa  a  cualquier  negociación  y  habría  aceptado  la  buena  fe de la Administración Obama  en  su  prosecución.

Pero el discurso de Obama, así como las directivas posteriores de la  Secretaría de Estado y las declaraciones de su subsecretaria Roberta Jacobson, hacen expresos objetivos  de  su  política  hacia Cuba,  relacionados con  la sociedad  y  el  gobierno  cubanos:

  • En lo económico, favorecer: un mayor alcance de las medidas de privatización en curso;  libertades  para  importar y exportar; participación foránea en las inversiones; desregulación  de  las  contrataciones y el régimen  salarial; indemnización por expropiaciones  en  los sesenta;  etc.
  • En lo político, propiciar , desde sus supuestos: ciertas organizaciones  laborales  y libre  sindicalización; los derechos humanos; la democracia; la oposición interna y su financiación; un mayor desarrollo de la “sociedad  civil”.

Así  vemos  que  mientras  las propuestas  de  cooperación revelan un universo compartido, estos objetivos declarados de  la  política  norteamericana  y  los  cambios  esperados en Cuba,  formulados por Obama,  muestran  un  universo  no compartido, una proyección intervencionista del discurso y eventualmente,  diferencias  irreductibles. Estas discrepancias se corresponden, tanto con las respectivas historias nacionales, asimetrías estructurales e identidades  culturales, como con el proyecto de país que cada  Gobierno piensa  para  Cuba.

4. El presidente Raúl Castro sintetizó los temas que continuarán dialogando entre ambos gobiernos: la soberanía nacional, los derechos humanos, la democracia y la política internacional. Según su criterio ¿qué actitudes y proyecciones deben asumir las autoridades cubanas en dicho diálogo?

Aurelio Alonso:  No creo necesario insistir aquí en que la noción de independencia ha sido tácitamente anulada en el sistema-mundo  por  la  diferencia  de  poderes que  prevalece  ya entre las  potencias económicas y la  periferia; los acuerdos y hasta las decisiones se suelen someter en estas relaciones a los intereses definidos por el centro de dominación ?que no por  gusto  seguimos  llamando  imperialista?  y  la  buena noticia del restablecimiento de relaciones con Cuba no va a alterarlo  de manera mecánica. La democracia,  aunque  sea proclamada en ambos discursos, es un concepto con más de un  significado.  Significa  para  Obama la adopción del esquema multipartidista liberal que  la  confina  a  un acontecimiento  electoral  periódico,  alrededor  del  cual elabora  el  mundo  del  capital  su  ritual  político. En tanto, Raúl Castro habla  en  nombre  de  los que buscan la participación  creciente    de  la  población  en  la  toma  de decisiones  dentro  de  un  modelo que combine  la  resistencia  a los agentes de desestabilizción del sistema,  con la perspectiva  de  progreso  y  justicia  social.   Igualmente recordaría  aquí  que  para Cuba  los  derechos  humanos radican  en  que  el  derecho  a  la  vida  se  halle  en  el  centro,  tanto en  la  protección  de  la  integridad  de  la  persona  como  en la garantía  de  no  vivir  marginado(a),  en  la  miseria  y  el desamparo, ni morir a causa de carencias o de enfermedades  curables.  Y  con  ello  aludimos a la violación más generalizada en el mundo de los  derechos humanos, a causa  de  la  cual  se  hace  necesario  confrontar  a  todo el universo  de  la  explotación.  En  oposición  a esta  visión,  el modelo  occidental  deriva  los  derechos  de  las  libertades civiles, sin percibir necesidad  de reconocer cuan incompatible  puede  ser  esta  mirada con la  polarización extrema  en  una  sociedad  desigual.  Partiendo  de  estos criterios,  llevados  al  plano  internacional,  la  estrategia  de dominación  sobre  el Oriente Medio -por  acudir  a  un  ejemplo gráfico-  ni siquiera  la  podríamos  reconocer  en  un tablero  de relaciones  normales. En realidad  me  resulta imposible caracterizar  en  un  concepto  lo  que  sucede  en  esa  región  en  lo que  va  de  siglo.  No son pocos  los  diferendos  que  justifican que  Raúl  Castro concluya  su  intervención  del  17  de diciembre  admitiendo,  con  evidente  tacto,  que «ahora tendremos que aprender el arte de  convivir, de forma civilizada, con nuestras diferencias» cubanos y estadunidenses.

Carlos  Saladrigas:  Vuelvo  a  aludir  a  la  necesidad  de mantener elegancia  sobre la continuidad del  diálogo y de los temas  a  tratar. Las  actitudes arrogantes  o  triunfalistas pudieran  fácilmente  descarrilar el proceso que tantos  años  y trabajo  han costado. Deben tomar en cuenta el imperio de la elegancia  y el respeto, aunque  se  perciba  el  escabroso entorno de la realidad  que se les  impone  a  ambos  actores. Además,  sugiero tener premura.  Hay  que  aprovechar  el momento y la oportunidad  presentada. El  futuro es incierto, y  reitero que Cuba,  más  que  Estados Unidos, tiene la necesidad de resolver el diferendo de forma sustancial. Sin embargo, mi sorpresa no radicó en las cuestiones que el presidente  Castro  sintetizó en su discurso, sino en las que no mencionó. Ausentes de la alocución quedaron los temas económicos, la reinserción de Cuba en el orden hemisférico, y las  implicaciones  y oportunidades que todo esto conlleva en relación al futuro de Cuba.

Esteban Morales: Cuba ha planteado, hasta el cansancio, estar dispuesta a negociar con Estados Unidos todo lo que, de  previo  acuerdo,  se  concluya  que  deba ser  negociado. Hasta ahora no hay tema excluido de una posible negociación.  Aquí,  las  experiencias en los  acercamientos durante  la  administración de J. Carter  son vitales. Los  asuntos  mencionados  fueron  causas  esenciales  del fracaso, al no lograrse nunca que Estados Unidos aceptara negociar con Cuba en igualdad de condiciones,  ni  con agendas de  mutuo acuerdo  e  intereses,  que  fuesen  siempre respetadas.
 

Estados Unidos se sintió en el derecho de exigirle a Cuba en asuntos que no se exigía así mismo, bilateralizando lo multilateral y multilateralizando lo bilateral.  Trató  siempre de  imponer  límites  a  la soberanía  política  de Cuba,  sobre todo en el orden de sus relaciones internacionales. Si las negociaciones no se realizan sobre las bases anteriormente explicadas, no se avanzará, porque la  Isla  no aceptará  nunca  posturas  lesivas  contra  su soberanía.

Si logramos el  modelo  de  negociación adecuado,  tengo  la esperanza  entonces  de  que  Estados  Unidos  no  ponga  en práctica las actitudes que le llevaron a formular la “política de la fruta  madura”,  las  ideas  de  la  anexión;  ni  las  de mantener a Cuba  como  una  neocolonia. Aunque  lo  considero  algo  muy  difícil,  tengo  la  esperanza también de que Estados Unidos permita, por primera vez, que  Cuba  asuma  el  proyecto  social  que sus  fuerzas  le permitan  llevar  adelante,  sin  injerencias  externas;  tarea  que comprendemos no será fácil, pero lo  será  aún  menos si  no contamos con la soberanía y la  independencia  para  hacerlo.

Michael Bustamante: En mi respuesta,  me referiré  a  los  dos lados  de  ese  diálogo,  pues  no  se  entiende  uno  sin  el  otro. Para  los  asuntos  particulares  señalados  en  la  pregunta, todavía  resulta  difícil  vislumbrar  cuáles  serán  las  líneas exactas o el resultado esperado de dicho diálogo, al tratarse de algunos de los temas más espinosos que dividen a ambos gobiernos.

Preguntan muchos: ¿será el diálogo sobre temas como  derechos humanos y democracia  sólo  conversación, detrás de la cual se mueve un cálculo más sencillo (y tal vez comprensible) de real politik? ¿O se espera negociar acuerdos concretos en materias que, para  el  gobierno cubano, tradicionalmente  no  han  sido  negociables?  Según las palabras de Raúl Castro  ante  la  Asamblea Nacional, parece que no.  Estados  Unidos,  entonces,  ¿se  limitará  a  alzar su voz sobre ciertos temas, y en ciertos casos, sin obstaculizar  un mayor involucramiento  económico del capital  norteamericano en la  sociedad  insular?  ¿O se intentará, como  señalé arriba, imponer una explícita condicionalidad a mayores aperturas en la política norteamericana,  aun bajo el  riesgo  de  estancar  el  proceso?

Bajo su fórmula más bruta, la  condicionalidad, lo digo de nuevo, está condenada al fracaso. No sólo porque el Estado cubano siempre ha resistido esa variante de negociación; también carece de legitimidad, siendo  muy  distinta  a  la estrategia  empleada  por Estados Unidos en  los  casos  de China y Vietnam. En aras de ser tratado como igual  (lo  cual siempre  ha  sido  su  deseo  primordial), el gobierno cubano bien podría expresar sus propias reservas sobre la democracia  norteamericana;  por  ejemplo,  la  influencia  del capital  privado  y  la  habilidad  que  tienen  unos  pocos  de dominar  la  agenda  de  la  política doméstica  mediante  sus donaciones  (ya,  en  la  práctica, casi  sin  límites) a  las campañas  electorales.  Pero  dada  la  naturaleza del sistema norteamericano, donde esas cosas se deciden en la legislatura y en  las  cortes, el ejecutivo no estaría  en condiciones  de  responder  directamente a algunas de esas “demandas” tampoco, aun si estuviera dispuesto a hacerlo (lo  cual,  en  todo  caso,  es  más  que  improbable).
 

Un  diálogo  de  sordos  no  servirá  a  nadie.  Pero  tal  vez  se puedan  lograr  más  avances  si  se  define  el  juego  de  otra manera.  Negociaciones  concretas  para mejorar, por  ejemplo, el  acceso  masivo  a  los  medios  de  comunicación (banda ancha, etc.) -mediante  la  colaboración  de  empresas  cubanas y norteamericanas- podrían ser vistas en Washington como un avance concreto de sus  principios sin imponer un requerimiento  inmediato  de  elecciones multipartidistas que el gobierno cubano no estará dispuesto a aceptar . Y aunque el  factor “seguridad nacional” puede problematizar el proceso,  el  intento valdría  la  pena.  Me  consta,  al  fin  y  al  cabo, que  el  contenido  de  los  derechos  humanos  y  la  democracia  en Cuba  deben  ser  decididos  por  los  mismos cubanos, en diálogo con los principios de la comunidad regional e internacional -eso sí-, pero no negociados con  un  solo  país  foráneo.  (Y -ojo presidente Obama-: reclutar a Enrique Peña Nieto como aliado para “internacionalizar” el reclamo democrático a Cuba, con México  pasando  por  su  propia  crisis de valores en ese terreno tras los sucesos de Ayotzinapa, no me  parece  la  estrategia  más  acertada.)

En  todo  caso,  el  gobierno  cubano  debe  responder  con cordura  ante  las  inevitables  reacciones  mixtas  al  diálogo dentro de la comunidad cubana en el exterior y en la esfera política  norteamericana,  donde  fuerzas  dentro  y  fuera  del Congreso ya han expresado su oposición al proceso. Obama ya tiene previsto adoptar una medida importante  que será vista  como  un  reconocimiento positivo  de  la  soberanía nacional insular.  Me refiero a la  eliminación de Cuba de la lista  de  los estados  patrocinadores  del  terrorismo.  Sin embargo, con  apenas  dos  años  restantes  en su mandato, y sin  poder obstaculizar  completamente  los  programas de la USAID aprobados por el Congreso, otras opciones de acción unilateral pueden verse limitadas. En tales circunstancias, existirá  la  tentación de reactivar el discurso latente de “plaza  sitiada”; pero el gobierno cubano también deberá reconocer  que  no  todo  reclamo  ciudadano  en  la  nueva coyuntura  es  mera aguafiestas.

Por  lo  menos,  la  urgencia  de  lograr  cosas  significativas, dentro  de  lo  políticamente  posible,  antes  de  las  elecciones norteamericanas  en el 2016,  debe incentivar  a  ambos gobiernos a dejar  a un lado su  tradicional preferencia por proceder “sin  prisa  pero sin pausa”.  En  ese sentido, me llama  la  atención un tema clave que no figura  arriba en la lista, y que de hecho será uno los primeros en estar sobre el tapete:  la  política  migratoria.  Antes  de  discutir  temas  de fondo  como  la  democracia,  es  más  probable  que  intenten lograr  avances  sobre  cosas  prácticas.  Y a  sabemos  que  la primera ?negociación? de alto nivel entre ambos gobiernos, tras  los  anuncios  del 17 de  diciembre,  ocurrirá  en  el  contexto de  las  habituales  conversaciones  migratorias,  reanudadas por  ambos gobiernos  con  anterioridad. Y es allí  realmente donde  hay  un  asunto  que  necesita  ser  abordado  con transparencia,  y  con  rapidez. Cubanos  desde  adentro y afuera  ya se preguntan, ¿si  Cuba se vuelve un país “normal” para  Estados  Unidos, al menos en términos de relaciones diplomáticas, no cabe esperar que su política migratoria hacia Cuba (basada en la supuesta  excepcionalidad  del  país) cambiará  también?
 

He dicho  anteriormente  que,  pese  a  su  tradicional  oposición a  la  Ley  de  Ajuste  Cubano,  el  gobierno  de  la  Isla  saca provecho  económico  de  los  circuitos transnacionales  que dicha  ley  facilita  últimamente,  especialmente  en  conjunción con  las  nuevas e  ingeniosamente  diseñadas disposiciones de la  reformulada Ley Migratoria Cubana.  De  hecho,  las remesas  han  demostrado  ser  un  esencial  “socio  sin  voz  ni voto”  en  la  estrategia  de  expandir  el  todavía  incipiente (y para algunos, estancado) sector cuentapropista. Pero como decimos en inglés,  you can’t have your  cake  and  eat  it  too,  lo cual  equivale  en  español  a  la expresión:  “no  se  puede  estar  en misa  y  en  procesión”.  De  normalizarse  las  relaciones,  la política  migratoria norteamericana  puede  y ,  para  mí, debe ser reformulada  también  eventualmente,  de  manera que  los cubanos  tendrán  que  competir  para  las  mismas  cuotas  de visas  que  los  demás  (que  incluyen  visas para  refugiados políticos, estudiantes, profesionales, reunificación familiar , amén  de  otras  categorías). Ya algunas  fuentes  están reportando  un  aumento preocupante  en  el  número  de balseros recogidos en altamar en los últimos días , supuestamente ante la  preocupación de que será más difícil emigrar a Estados Unidos por  terceros  países  si  se  acaba  con la  Ley de  Ajuste o  los  programas  de  reunificación  familiar bajo  palabra.  Antes  de  que  se  imponga  la  bola,  o la incertidumbre  desemboque  en  más  tragedia  marítima,  el futuro  de las  relaciones migratorias debe ser tratado al más alto  nivel,  y  con  una  amplia transparencia  pública.

Roberto Veiga: La soberanía nacional, los derechos humanos, la democracia  y la política internacional, constituyen los pilares básicos donde decansa el desarrollo de los principios  de  independencia  y de justicia social destacados  por  el  primer  mandatario cubano. En  la  medida en  que  consigamos  un consenso  mayor  sobre  estos  aspectos  y logremos   esculpir  sistemáticamente  mejores  formas  de realizarlos,  nos iremos  acercando  a  una mejor convivencia en cada  país y en  la  comunidad  internacional.  En  tal  sentido, todos  estamos  llamados  a  procurarlo. Para  hacerlo, hemos de  asumir  la  mayor  apertura posible  con  el  propósito  de dejarnos  interpelar  y, a  su  vez,  compartir  criterios  y soluciones. Estas deberían ser  las actitudes y las proyecciones de las autoridades cubanas  en  el  diálogo con  el gobierno de Estados  Unidos.

Sin  embargo,  debo  destacar  que  la  capacidad  del  gobierno cubano para dejarse interpelar , y para compartir criterios y soluciones,   tendría  que  expresar  una síntesis  de  las valoraciones  más  esenciales  y  generales  que  consigan compartir  las  autoridades  y  los  diferentes  segmentos nacionales. Para eso sería imprescindible que se desarrollara al unísono el diálogo entre los dos gobiernos, y el  diálogo  dentro  de  la  sociedad  cubana.  Este  desafío  nos exige ampliar los mecanismos de participación, de debate y de  consenso,  así  como  desarrollar  actitudes  que  forjen  la confianza política necesaria para hacer posible  la convivencia civilizada  de la  diversidad. Resulta obligatorio reconocer que en esto hemos avanzado algo en los  últimos tiempos.

En  este  sentido,  reitero  el  potencial  relieve  de  la  frase  del discurso  de  Raúl  Castro,  donde  afirma  la  necesidad  de aprender  el  arte  de  convivir ,  de  forma civilizada,  con nuestras  diferencias.  Este  principio  pudiera  comenzar  a prefigurar  el  desempeño  socio-político  del  Estado,  lo  cual contribuiría sustancialmente a  que  vaya  siendo  asumido cada vez más por la multiplicidad de actores nacionales. No obstante, advertí en  el  discurso de clausura  del presidente en el recién culminado período de sesiones de la  Asamblea Nacional,  una  sólida  reticencia  para  reconocer  a  quienes  son considerados  como  protagonistas  o  cómplices internos  de políticas  agresivas  con  la  Revolución,  y  subversivas  del actual modelo  social cubano.  Esto pudiera resultar comprensible.  Sin  embargo, demandaría  igualmente  un análisis  profundo  y  sosegado,  así  como  gestiones  para reducir  al  máximo  las  rigideces  entre  estos  sectores.

Rafael  Acosta  de  Arriba:  Me  parece  que  el  momento precisa  de  una  madurez  suprema  para  enfrentar  este proceso por ambas partes. Se sabe lo frágiles que pudieran resultar  los  puntos  acordados  desde  una  perspectiva  hacia  el futuro,  si  cualquiera  de  las  partes  cede  a  la  tentación  de acudir  a  los  viejos lenguajes  del  odio  y  del  enfrentamiento visceral,  no  se  saben  sortear  los  temas  en  los  que  no coincidirán en política exterior, que serán muchos seguramente; y  si  se  cede  a  cualquier  tipo  de  provocación.  Es el momento de la  prueba irrecusable  (como    gustaba decir a Lezama  Lima  cuando  se  refería  a  ese  instante de  no  retorno, del  punto  crítico  de  una  relación)  y  en  ese  punto  solo  la inteligencia, la firmeza y la voluntad política de avanzar en los  acuerdos  puede conducir  satisfactoriamente  hacia nuevas  estaciones.

Pero  me preguntan sobre  las  actitudes  y  proyecciones de las autoridades cubanas y desde luego, se trata de un cuarteto de  temas  que  requieren,  casi  todos,  de nuevas  miradas; es decir ,  negociar ,  superar  el  conflicto  y  establecer  relaciones sin renunciar a los principales postulados de justicia social que  ha abrazado  el país  en  los  últimos cincuenta  y  seis  años.

Con relación  a  la  soberanía  nacional,  la  conducta  de  Cuba deberá ser  la  misma de siempre,  firme,  no negociable: hay todo  un  legado  histórico  de  los  padres fundadores  de  la independencia  (aún  desde la  época  en  que  la  República  en ciernes  era  solo  una  entidad  itinerante  en  bosques  y serranías)  que marcó el camino  a  seguir  y  que la  Revolución de  los  sesenta  en  adelante  hizo  suyo  y  lo  potenció.  Un legado que  se  ha nutrido del  enfrentamiento  a  la  arrogancia, a  la hostilidad y a la beligerancia de los gobiernos norteamericanos  por  más  de  siglo  y  medio. En  lo  adelante,  cada  vez  más, la  política  del  gobierno  cubano hacia  el  interior  del  país  debiera  ser  lo  más inclusiva  posible.

Considero  que  se  debe  avanzar  hacia  el  tipo  de  patria  que quería  Martí:  “con  todos  y  para  el  bien  de  todos”.  Sé  que puede parecer  ilusorio o  ingenuo decir  esto  ahora,  pero pienso  que  debe  ser  así:  una  perspectiva  del  país  futuro expresado  en  clave  republicana  ayudaría  mucho  en  esa compleja  empresa. No  se  trata  de  aflojar  las  defensas,  sino  de practicar  una  nueva  política  que  incluya  a  los  que  están  a favor  y  a  los  que  no  lo  están.  Hay  que convivir con  la diferencia,  acostumbrarnos  a  ella.  Esto  no  es  solo  una aspiración  para  la  convivencia  con  los  Estados  Unidos,  como expresó  el  presidente  Raúl Castro  el  17  de  diciembre, debería ser también para la convivencia hacia el interior de la nación. La fortaleza ya no estaría sitiada, al menos en la manera en que se consideró durante estos cincuenta años, por  lo  que  las  reacciones  propias  de  esa  situación  de emergencia permanente, deberían ser reemplazadas gradualmente por las de una era de distensión y trabajo de conjunto.  La  conversión  del  enemigo  en  vecino  poderoso,  con el  cual  sostener  negocios  comerciales,  relaciones turísticas  y lazos culturales normales, implicará considerables cambios y adaptaciones de estrategias por ambas partes, pero tratar de  trabajar  coordinadamente debería  ser  una  prioridad  de  la diplomacia  cubana.  Entonces,  hay  que  dotar  de  sentido  a esta  nueva  situación.
 

Jorge Ignacio Domínguez:  La expresión de estos puntos en la  alocución de Raúl Castro fue particularmente interesante: ?Al reconocer que tenemos profundas diferencias,  fundamentalmente  en  materia  de  soberanía nacional, democracia, derechos humanos y política exterior , reafirmo  nuestra  voluntad  de dialogar  sobre  todos  esos temas.? Quizás fue esa la  oración de mayor interés  para el Presidente  Obama,  al  proponer  la  apertura  de  un  diálogo sobre  los temas  clave  del  diferendo  contemporáneo  entre  los dos  gobiernos;  a  ello  se  suma  el  deseo  del  mandatario norteamericano  de  que  la  sociedad  civil  logre participar también  del  proceso,  como entidad  aparte  y  autónoma  de  los Estados  respectivos.

Lenier  González: Cuba necesita  readecuar su  institucionalidad  sociopolítica.  Debe hacerlo  no  porque  se  lo  exija nadie: resulta  un imperativo estratégico,pues no se  podrá gobernar  Cuba  en  el   si gl o  XXI ,   ni   sal vaguardar  su independencia,  con  instituciones  que  son  incapaces  de  estar en sintonía con  la  monumental  transformación  que  ha tenido  lugar  en  la  sociedad  cubana,  incluido  el  fuerte  proceso de  transnacionalización  de  la  misma. Es  decir, deben ocurrir en  paralelo  dos  procesos  políticos  de  naturaleza  distinta, pero  interconectados  por  circunstancias  de  beligerancia histórica: por un lado, el diálogo con Estados Unidos sobre soberanía  nacional,   derechos  humanos,  democracia  y política internacional  en el contexto de la  reconstrucción de las relaciones  bilaterales; y por otro, el  imperativo  soberano del  pueblo  de  Cuba  de  dotarse  de  instituciones  renovadas para  conducir  al  país  hacia  el  siglo XXI.
 

Raúl  Castro  debería  intentar  articular  ambos  procesos, siempre  tratando  de  que  la  independencia  nacional  y  la capaci dad  de  redistribuir  riqueza  para  l as mayorías nacionales  se  vean  lo  menos  afectadas  posible.  Habrá  que sentarse a la  mesa con la  principal potencia hegemónica del orbe  a  dialogar  estos  temas sensibles,  dando  por  sentado  que Estados  Unidos  tratará  de  defender ,  a  toda  costa,  una  noción netamente  liberal  del  ordenamiento  político  y  económico.
 

Por  otro  lado,  Cuba  necesita  repensar  el  tema  de  los derechos  humanos y  la  participación  política  a  la  luz  de  la distención  con  Estados  Unidos. Para ello requiere  desatar un  proceso  nacional,  soberano,  con  el  propósito  de  concretar un modelo político que re-articule  el consenso  nacional y ,  de esta manera, impedir  la  injerencia  de potencias foráneas  en nuestros  asuntos  internos.  No  hay  otro  modo más eficaz  que este  para  lograrlo.
 

Se  impone  en  este  momento  de  negociación  con  Estados Unidos, de la  parte cubana, la  creatividad política. Para ello hace falta  prudencia y moderación, pero a la  vez firmeza y claridad  en  los  objetivos  a  lograr .  Un  asunto  que  debe  quedar claro  es  que  Cuba no  es  solo  su  gobierno,  sino  también  su sociedad.  Es por  ello  que  la  sociedad  civil  cubana,  y  los actores  cubanoamericanos  moderados del  exilio  del  sur  de  la Florida  que  han  participado  en  la  lucha  anti-embargo,  deben seguir  contribuyendo  en  este  momento. El  Gobierno  cubano debería  repensar  su  manera de  hacer  política.  Se  impone transitar  de  un modelo  que  buscaba  la  hegemonía  en  un contexto  de  resistencia  y  confrontación  frente  a  Estados Unidos, hacia un modelo que  privilegie la  negociación y la construcción de alianzas y pactos nacionales, en el contexto de  una  diversidad  política  comprometida  con  las  metas históricas de la soberanía, la  justicia social y l a democratización  política.

Juan Valdés Paz:  Hay  que  advertir  que  la  disposición expresada  por el  Gobierno cubano  para discutir estos  temas es inseparable  de su definición de que estos serían objeto de un diálogo y no de una negociación, y que dicho diálogo se atendría  a  los  principios  de  incondicionalidad,  igualdad  de los  Estados, soberanía,  no  injerencia  en  los  asuntos  internos del  otro    y  libre    autodeterminación;  es  decir ,  al  derecho internacional.

Es  evidente  que  la  interpretación  del  alcance  e  instrumentación de estos temas, por parte del Partido Comunista de  Cuba  y  del  Gobierno  cubano,  difiere radicalmente  de aquella que predomina en la cultura política dominante en Estados  Unidos  y  que  ha  sido  promovida  por  sus  gobiernos.

Esto no quiere  decir  que  en  la  sociedad  cubana  no existan interpretaciones  diferentes  ni  que  numerosos  actores, personas  o  instituciones  afines  al  proyecto revolucionario, que  comparten  igual  interpretación  de  estos  temas,  no tengan  posiciones  críticas  sobre  su  implementación. En  todo  caso,  cualquier  diálogo  del  Gobierno  cubano, representado  por  su  actual  equipo  o  por  alguno  futuro, deberá  preservar  los  intereses  nacionales codificados  en: soberanía,  independencia,  república  socialista,  desarrollo económico  y  social,  democracia  plena,  y  seguridad.

Considero que la actitud cubana debe ser en todo momento favorable  a:  preservar  el  diálogo  y  la  normalización  de  las relaciones;  distinguir  entre  los  objetivos de  corto,  mediano y largo  plazo;  conciliar  intereses  legítimos;  así  como  reconocer y  sustentar  las  diferencias.

5. Teniendo en cuenta la importancia de las temáticas anteriores y la implicación que lógicamente podría tener en la evolución del modelo sociopolítico de cada país, ¿qué participación debería asumir la sociedad cubana -o sea, sus actores más preparados, activos y responsables- en relación con este diálogo, con los temas que se discutirán en el mismo?


Aurelio  Alonso:  Comencemos  por  reconocer  que solo  en la última  década  eso  que  llamamos  apertura ha  tenido  en  Cuba una activación esperanzadora: me refiero  al  espacio  de diálogo  que  supone  el reconocimiento  de  la  diversidad; espacio precario, por decir lo  menos, en los socialismos del siglo XX. La posibilidad  de  confrontar  el  criterio  oficial tendrá que aparecer  codificada algún día con toda legitimidad en las  coordenadas  del  diseño  de  una  democracia socialista  y  de  sus  instituciones,  y  su  aparición,  en el contexto  de  una  democracia  con  signo inequívoco, pienso que  la  hará  irreversible.  Se  trata  de algo que me parece  poco susceptible aún de expresar en patrones definidos, aunque no  son  pocos  los  signos indicativos  que  apuntan  a  una cultura  política  más genuinamente  democrática  que  la normada. No dejo de  advertir  que  esta  normalización  de relaciones  también  llevará a la  mesa, de  muy diversas maneras, los intereses  norteamericanos, que informan  su visión de la normalidad. Tendremos que prevenirlo porque no podría  ser  de  otro  modo,  sin  descuidar  tampoco lo  que pueda  haber  en  ello  de  compatible.  A  estas alturas  el diferendo que se ha levantado es tan anormal que seguramente en muchos sentidos su superación beneficiará a ambas partes. No obstante, no ha de ser el reclamo de los Estados Unidos el que sirva de guía para   el curso a seguir por  el  cambio  cubano,  sino  el modo y  la  medida en  que  la normalidad exprese el mutuo beneficio y nunca una forma de sometimiento. El protagonismo de la sociedad cubana se inscribe desde ahora en un escenario que se define así, que creo  válido  para  todos  los  actores  y  para  todos  los temas puntuales.  La  confianza,  la  motivación,  el  sentido  de identidad, las dudas, el espíritu crítico, la perspicacia,  el nivel profesional, y demás presupuestos con los que actúen los miembros de la sociedad serán como siempre diversos e imposibles  de  programar  ni  de encasillar.

Carlos Saladrigas: Cuba enfrenta grandes y complicados retos,  pero  a  la  vez  se  vislumbran  las posibilidades  de  un futuro  muy distinto y mejor, de paz y armonía, después de muchas décadas de dificultades, aislamiento y confrontación.  La  esperanza  se  abre  camino.

Hay cuatro  temas  que  considero  son  de  suma  importancia,  y que por lo  tanto,  ameritan un debate serio y profundo entre todos  los  sectores  de  la  sociedad cubana.  Estos  son:

  1. ¿Cómo reinventar un modelo económico para Cuba? Para entrar de lleno en este debate tan importante hay que despojarse  de  ideologías  estériles  y  adoptar posturas pragmáticas. Cuba tiene que abrirse de  lleno  a los  mercados, pero  esto  no  tiene  que  significar  el  abandono  de  sus prioridades y aspiraciones sociales. Lo esencial radica en el reconocimiento  de  la  propiedad  privada  y  en  liberar  la capacidad  creadora  del individuo, facilitando  la  actividad económica que produce riqueza y promueve el bienestar de las  familias  y de  la  sociedad.
  2. ¿Cuál   ha  de  ser  el   papel   del   Estado  y  de  sus instituciones  en  el  futuro?  El  Estado  tiene  que pasar  de controlador  a facilitador de la actividad económica. Contrario a la  prédica neoliberal, un Estado trasparente  y eficaz  también  contribuye  de  forma  significativa a la creación  de  riqueza.  V a  a  ser  necesario para el  Estado transitar  de  burocracia  obtusa  a  Estado responsable  y eficiente,  y  en  este  proceso,  transformar  las  instituciones estatales  que  le  darán  al futuro de  Cuba  seguridad, confianza  y  justicia.
  3. ¿Dado que se vislumbra el cese de hostilidades, cómo se  pasa  de  posturas  excluyentes  y  defensivas  a actitudes  y posturas incluyentes  y cooperativas?    No hay duda que esto requiere una cultura de diálogo y respeto al que no estamos muy acostumbrados. Sin embargo, al Estado cubano, como rector  de  la  sociedad, le corresponde  abrirse  al  diálogo interno  y  crear  y  facilitar  los  espacios  requeridos  para  el mismo. Si se dialoga con el que fue nuestro enemigo, ¿cómo no  vamos a  dialogar  entre  hermanos?
  4. ¿Cómo se transforman los  procesos políticos para ser más  incluyentes,  participativos,  y  diversos?  No pueden concebirse  los  cambios  económicos  necesarios, y  los  cambios en  posturas  y  actitudes,  sin  un proceso  político  que  los facilite  y  los  canalice  de  forma  seria,  amable,  serena  y democrática  para  el bienestar  del  país.



Estas  cuatro  temáticas  necesitan  debate  y  diálogo,  pero también hace falta una hoja de ruta y una voluntad política ara  llevarlas  a  cabo.  Es de entender  que estos  procesos requieran  cierta  gradualidad  -la  alternativa  pudiera  ser caótica-. P ero sí es necesario que se comiencen los procesos, se  creen  los  espacios de diálogo y  debate, y  se  respeten  las personas  en  toda  la  dignidad  en  que  fueron  creadas.
 

Esteban Morales: Lo anterior no debe ser solo un asunto de Cuba.  Ello debiera  verse  en  una  perspectiva más  amplia, como un programa de ambas sociedades; que se produzcan las  alianzas  que puedan  brotar  de los  debates.  Existen fuerzas políticas que se diferencian en lo que quieren de las rel aci ones  entre  ambos países. Los dos mandatarios debieran contribuir a que  se  despliegue  ese  debate.  Los  entes gubernamentales por  sí  mismos  participan,  pero  otros sujetos  o entidades  de la  sociedad  civil,  tanto  en  Cuba, como en  los Estados  Unidos,  debieran  incluirse  también. Las revistas Espacio Laical y Temas,  el  Centro Cultural Padre Félix Varela, y espacios como Criterios y Dialogar, dialogar, han  sido  puntos  importantes  donde esas fuerzas  se  han encontrado.  Tales escenarios  deben  continuar  facilitándose.

En particular, a la intelectualidad más preparada, tanto en Cuba como en los Estados Unidos, le corresponde impulsar la  agenda  de  ambos  presidentes  para  echar hacia  adelante  el proyecto  de  restablecer  las relaciones  entre  los  dos  países, tratando  de que ese  proceso se  haga firme,  sostenible,  y  esté asentado  en fuerzas sociales y políticas mutuas. Ninguna circunstancia de cambio administrativo en ambas naciones debiera  darle  marcha  atrás  a  lo  que  se  logre.

Roberto  Veiga:  Como  ya  apunté,  la  sociedad  cubana,  la nación  toda,  debería  participar  activamente en dicho  diálogo de  manera  serena  y  edificante.  En mi opinión, este discernimiento compartido ha de procurar , en esencia, tres metas  importantes:

  1. El desarrollo de un renovado modelo económico y social que  asegure  el  mayor bienestar  posible  de  todos  y  facilite  así la disponibilidad  de los ciudadanos para servir a la comunidad.
  2. Promover  un  espacio  mucho más universal  y  profundo para  el  desarrollo  de  la  espiritualidad,  la cultura  y  la educación  de  toda  la  sociedad,  con  el propósito  de  garantizar que  el  compromiso  social  de la  ciudadanía  se  enrumbe  hacia la  consecución  de  un  pueblo  que,  cada  vez  más,  ame  la libertad responsable y se comprometa en la  construcción de la  justicia.
  3. Cincelar  una  estructura  política,  si  se  quiere  socialista, que  asegure  a  todos,  específicamente  a  los más  jóvenes, construir  el  país  que  desean.

Lo  anterior ,  como  es  tradicional  y  contemporáneo  en  la cultura  socio-política  cubana,  debe  resultar cincelado  dentro de  un  entramado  estructural dispuesto  a  consagrar  una República  que  procure la justicia,  por  medio  de  una democracia sólida que asegure la centralidad de la ciudadanía.  Para  renovar positivamente  los  modos  de lograrlo,  estamos  obligados  a  discernir  sobre  algunos aspectos.  Algunos  de ellos  pudieran  ser:

  1. El  desarrollo  de  una  economía  mixta,  integrada  en  la economía  global,  y  el  diseño  de  un  sistema  adecuado  para redistribuir  equitativamente  la  riqueza.
  2. Profundizar  y  ampliar  cada  vez  más  la  educación,  la cultura,  la  espiritualidad  y  la  información.
  3. El  ensanchamiento  de  las  posibilidades  para  que  la ciudadanía y las  instituciones  puedan controlar el respeto y la  promoción  de  los  preceptos constitucionales.   Esto contribuiría a la  realización de la  justicia  y al cumplimiento de  la  legalidad,  y  aportaría  al  desarrollo  de  la  cultura jurídica.
  4. El reforzamiento de la profesionalidad y la autoridad del sistema  judicial.
  5. La  reforma  de  la  Ley  de  asociaciones.
  6. La  renovación  de  la  Ley  electoral.
  7. Mejorar el  funcionamiento  de  la  Asamblea Nacional del Poder  Popular ,  lo  cual  demanda  que  sea  más activa  y sistemática,  y  se  modifique  la  manera  de elegir  a  los diputados, para que pueda existir cierta competencia sobre la  base  de  las  proyecciones  de  los  candidatos.  Igualmente debe  alcanzar  una interrelación  sistemática  y  positiva  entre los  representantes  y  los  ciudadanos.
  8. El rediseño de la  manera de elegir al Jefe del Estado y del Gobierno.  El  capital  político  que  otorgó  el poder  a  Fidel Castro  y  a  Raúl  Castro,  no  estuvo dado por  la  ratificación que les  concedió  la  Asamblea   Nacional. A un nuevo político podría  resultarle  difícil  gobernar  si  no  arriba  a  dicha responsabilidad  a través  de  otros  mecanismos  que  le otorguen  base,  legitimidad  y  autoridad.
  9. Comprender que esta dinámica social  demanda un gran desempeño  político.  Esto  nos  hace  repensar  con fuerza  la factibilidad  de  salvar  la  capacidad  del PCC  para  hacer política  en  medio  de  toda  la  sociedad. En  tal  sentido,  en ocasiones  he  planteado  la  posibilidad  de  privar  al  PCC  de  los elementos  que  lo colocan  como  un  mecanismo  de  control,  por encima  de  la  sociedad  y  del  Estado,  lo  cual  privaría  de cargas innecesarias  a  la  sociedad  y  a  las instituciones  públicas,  y ubicaría  al  PCC  en  una  dinámica  más apropiada  a  su naturaleza  institucional.  Ello forzaría  a  la  agrupación  a conseguir  su hegemonía,  no  por medio  de  prebendas jurídicas,  sino  a  través  de  un  ejercicio  agudamente  político;  y dicha  circunstancia aportaría  bien  al  PCC  y  a  la cultura política  de  la  población.
  10. También  podría  resultar  beneficioso  crear  garantías para asegurar que  si la realidad estableciera el pluripartidismo,  este  deba  ser  leal  a  las  entrañas  de la cubanidad;  y  que,  ya  sea  en  medio  de  una pluralidad  de fuerzas  políticas  o  ante  la  existencia  de  un  partido  único, estos  no  puedan  secuestrar  la soberanía  popular .
  11. Deberíamos poder llegar ,  con  suficiente  claridad,  a  un momento  como  el  delineado,  para  entonces finalizar  el anunciado  proceso  de  reforma constitucional.  No  se  debe procurar  culminar  dicho  quehacer , sin  un  camino  previo  que oriente  sobre  el  futuro  de  estos  aspectos  fundamentales.



Cada  uno  de  estos  temas  exige  un  análisis  intenso  y compartido.   Aprovecharé  la  mención  de  la necesaria reforma  de  la  Ley  de  asociaciones,  para referirme  a  la cuestión  de la  sociedad  civil,  un asunto muy llevado  y traído en relación con Cuba. Resulta difícil definir quiénes serían ahora  los representantes de la  misma.  Las  asociaciones establecidas, que han participado en el diseño del sistema, conservan vigencia, pero su naturaleza institucional padece de agotamiento, porque dadas las  circunstancias  históricas  y políticas,  no  siempre  han  conseguido  el  justo  equilibrio  entre la representación de los intereses sociales definidos por las instancias  oficiales  y  los  intereses  de  los  sectores  que aglutinan. Opino que estas instituciones  han de iniciar  un sendero de reposicionamiento que les permita recuperar su universo  de sentidos. 

Por  otro lado,  desde  hace  años  tenemos una  realidad  nueva,  marcada  por  el  quehacer de una multiplicidad de actores y de proyectos autónomos, que en unos casos funcionan en la periferia de la institucionalidad legal,  en  otros  fuera  de  ella  y algunas  veces  en  confrontación directa y vertical con la misma. En tal sentido, los actores y proyectos que hemos alcanzado visibilidad pública durante los  últimos años  no  podemos  reclamar  el  derecho  de representar  a  segmentos  sociales,  pues  ha  faltado la posibilidad de legalizarnos, de institucionalizarnos, de trabajar  con facilidades para consolidar nuestro desempeño dentro de  la  sociedad,  de  apreciar  quiénes  consiguen  o  no consolidarse  y  de  conocer finalmente a  quiénes  la ciudadanía les  concede  cuotas  de  representación.  La  factibilidad  de trabajar para conseguir esto, sí la debemos reclamar ahora.

Por eso,  confiamos  que  la  nueva  Ley de asociaciones,  sobre  la cual se trabaja actualmente, asegure la institucionalización de  la  nueva  subjetividad  social  y , como  es  justo,  le  exija, además,  responder  a  los intereses  compartidos  de  la  nación. Esto, a su vez, conduce al asunto de los Derechos Humanos en Cuba, tema  que muchos incorporan  como condición  para desarrollar  las  relaciones  bilaterales.  Consi dero  que constituye un asunto a dialogar, por su importancia para el desarrollo del sistema  político cubano y para la consolidación de nuestra sociedad civil. Sin embargo,  al hacerlo hemos de considerar esta problemática atravesada por las circunstancias  que han  influido  sobre  la  misma.  De  lo contrario, los juicios podrían resultar errados y se dificultarían las posibles  soluciones.

Si apreciamos la actual práctica social en Cuba, podríamos sostener la prevalencia de una concepción que privilegia la igualdad  y  los  derechos  sociales.  Ambos ideales  resultaron ser  aspiraciones  que  no  se estimaban  suficientemente satisfechas  en  nuestra  época  histórica  conocida  como republicana.  Atentaban contra dicho  propósito  ciertas visiones  que,  desde  sectores  influyentes en  la Isla y en Estados  Unidos, privilegiaban  los  denominados  derechos individuales  en  detrimento  innecesario  de  los  derechos sociales y de la igualdad. El forcejeo entre estas tendencias provocó que con el triunfo  de la  Revolución, el 1 de enero de 1959 -que contó  con  el  apoyo  de  amplios  sectores  populares, ávidos  de  igualdad  y  derechos  sociales-, comenzara  un proceso  de  exclusión  de  las  visiones liberales y de los mecani smos  que  le  ofrecían poder. Esto  favoreció el establecimiento  de  derechos  sociales  y  de  marcos  de igualdad.  Sin  embargo,  limitó ciertas  libertades,  así  como  las relaciones de la Isla con países importantes. Esto condujo a un  modelo de resistencia,  pero  no  a  un  modelo de  desarrollo.
 

Por  ello,  estamos  obligados  a  completar  la  obra.  Se  hace imperioso ensanchar las libertades restringidas y asegurar que  a  través  de  ellas  no  se  restablecerá aquel  pasado  signado por  una  concepción  que legitimaba  la  desigualdad.  Este resulta ser  el momento exacto para  avanzar cualitativamente  en  esa dirección, en  la  búsqueda  del  mayor equilibrio  posible  entre  la  libertad  y  la  igualdad. Tenemos  el reto de  mostrar  caminos  que  conduzcan a la  más  justa nivelación de  ambas  categorías  antropológicas.

Rafael Acosta de Arriba: La reacción de alegría y tácito apoyo de la población, espontánea y auténtica, al momento de  conocerse  el  acuerdo  bilateral,  habla  de la  importancia cardinal que le conceden, de la fe y la esperanza que ven en los  acuerdos.  No solo  fue  por el  regreso  de Gerardo, Antonio y  Ramón,  esperado  y deseado  por  muchos, sino  por  lo  que significa, a ojos del ciudadano común, el comienzo del fin  de un conflicto en el que están involucradas  miles de familias divididas, demasiadas fracturas  y esperanzas rotas. A nadie se le escapa, ni a los más desinformados y apáticos, que un gran  provecho social,  humano y económico recíproco,  puede resultar  de  estos  acuerdos.

Se trata de una esperanza, vale decirlo, que se conecta con un cansancio acumulado en  grandes sectores de la población, una fatiga  a la  que la  literatura  y las artes se  han referido  desde  sus  lenguajes  propios;  un hastío  espeso  que  se nutre  de  los  errores  de  bulto  cometidos  por  años  en  la economía,  de  los pésimos servicios  a  la  población  (que  no mejoran), de la civilidad deteriorada en grado sumo y de la agónica sobrevivencia diaria que tiene en la consecución de un  plato  de  comida  para  cada  día  su  expresión mayor. La desganada  y  decreciente participación de las personas en los mecanismos de representación -el Poder Popular-, es  otra muestra de lo que intento expresar. Dentro de este contexto el  tema  de  la  juventud cubana  me  parece  cardinal.  Sigue siendo un terreno  donde las  políticas internas  no llegan  con suficiente efectividad y en el que una considerable cantidad de jóvenes,  cada vez mayor ,  descree el discurso oficial y no piensa  en  su  patria  como  la  tierra  donde  realizar  sus proyectos  de  vida.  Un  cuadro  así,  del  que solo he  descrito algunos  de  los  rasgos  negativos  más  notorios,  sugiere  y aspira  a  que  no  se  le  despoje  de  la esperanza.

A  los  que  se  identifican  en  la  pregunta  como  “los  sectores más  preparados,  activos  y  responsables”,  les corresponde  un papel  muy  importante  en  este contexto;  en  primer  lugar , contribuir a que se piense equilibradamente la política y el rumbo futuros, casi una quimera. Si se habla de socialismo, el  enfoque  no puede  ser  solo  economicista,  sino  también político, participativo, democrático, y para que esto suceda hay que introducir nuevos cambios en la estructura institucional del sistema. Esto supone también la dinamización y potenciación de la  sociedad  civil  y  la aceptación  de  la  pluralidad  de  los  actores.  Por tanto, es menester que se  piense  críticamente  nuestro  presente, opinar, lanzar propuestas, ayudar a conformar un pensamiento colectivo  plural  por  parte  de  dichos actores,  en los  que  la  intelectualidad  y otras  voces  jueguen  un rol relevante.
 

Se debería comprender también por las instituciones  que estos  acuerdos,  si  no  tienen  una  correspondencia en  las políticas internas y en  la reformulacióndel  aparato institucional  y  de  sentido  del  sistema,  tendrán en dichas carencias su debilidad  mayor. No  es  que  se  supedite  un asunto al otro, que el  país deba democratizarse más a partir del acuerdo bilateral y la nueva situación surgida, no es esa la  idea,  pero  sí  es preciso  reconocer  que  son fenómenos concomitantes.  Se  debe  contribuir  además,  a  concientizar  en la necesidad  de  avanzar  hacia  la  asunción  de  las  nuevas tecnologías  de  la información,  sin  miedo a  ellas, a que  el  país se modernice en este orden, ponernos a tono con el mundo.

La información  abierta debe ser un derecho de todos.  Es a todas luces una nueva era y ella debe analizarse con todo lo que  significa.

Jorge Ignacio Domínguez:  Tanto  el  gobierno  de  Cuba, como  la sociedad  cubana  en  un amplio contexto, se encuentran  frente a la posibilidad de hacer historia.  La puerta  que  se  abre  puede  cerrarse de  nuevo.  Las  nuevas brisas que prometerían los vínculos por Internet , mencionadas  por  el  presidente Obama, requieren  una  buena disposición receptora  en  Cuba. La voluntad de diálogo exige personas dispuestas  a  dialogar ,  y  autorizadas  para  ello.

Algunos intercambios son más fáciles que otros.  Recuerdo hace  veinte  años  haber  coordinado  unos diálogos  entre científicos  de  Cuba y  Estados Unidos sobre  temas  de  interés común: 1. ¿Cómo  cooperar para  la  protección  de  especies migratorias entre ambos países? 2. ¿Cómo prepararse para un  derrame  de petróleo  en  los  mares compartidos?  3.  ¿Cómo profundizar  en  la  cooperación  sobre  ciclones  y  el cambio climático?  No son  temas  menos importantes  hoy que hace dos  décadas.

Algunos diálogos son difíciles y lleva  mucho tiempo  que den frutos.  Sacerdotes de origen cubano,  en  Cuba y la  Florida, tuvieron  encuentros  muy duros  después de  muchos años  sin contacto, pero lograron con tesón y esfuerzo construir una relación mejor. Los guardafronteras y guardacostas mantienen  desde  hace  años una relación  profesional, respetuosa  y  eficaz, que puede  ser  emulada  por  otras entidades  de  ambos  gobiernos.

El diálogo serio presupone que quienes lo sostienen poseen profundas diferencias, sino, entonces no hay verdaderamente un diferendo. La clave es reconocer que sí hay  un  conflicto,  pero  la  discusión  civilizada será el instrumento  para  resolverlo,  no  la  violencia.
 

Lenier González: Tal como dije en mi respuesta anterior, Cuba no es solo su Gobierno, sino también su sociedad, que se  ha  trasformado aceleradamente en los últimos años, desdibujándose la férrea dicotomía entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, que expresaba que -la  calle  era  de los  revolucionarios-  y , por  transitividad,  se  privaba  a  todo aquel  disconforme  a  salir  y  manifestarse públicamente  en contra  del Gobierno.
 

Sin  embargo,  hoy  no  puede  decirse  que  en  Cuba  “la  calle”  -es decir ,  el  espacio  público-  siga  siendo exclusivamente  “de  los revolucionarios”.  Desde hace algunos  años  “la  calle”  ha  sido también de las comunidades religiosas -que han celebrado actos  públicos  multitudinarios  a  todo  lo  largo  y  ancho  del país-,  del  movimiento  LGTB  -que  cada  año  celebra marchas y “besadas”-, del movimiento por los derechos de los  negros  cubanos  -que cada  año  celebra sus  fechas  más importantes  con  actos  públicos-.  Este corrimiento  del activismo  social  “no opositor” al  espacio público no ha caído del cielo ni ha sido un regalo de nadie, sino el fruto de una ardua lucha de amplios sectores nacionales. Esos grupos de la  sociedad civil han tenido  que  vencer el recelo de los sectores oficiales para ir ganando legitimidad  y acceso a la esfera pública; han concretado su victoria,  progresivamente, bajo el mandato presidencial de Raúl Castro.

Estos sectores “no disidentes” quieren transformar el país, pero no derrocar  al Gobierno. Desde que Raúl está  en  el poder, coincidiendo  en  el  tiempo  con  la expansión de los dispositivos digitales y las redes alternativas de comunicación, el país ha vivido un incremento significativo del debate público. Queda pendiente la institucionalización de  toda  esta  sociedad  civil  -“consentida  o  tolerada”-,  para  que pueda acompañar al país en este proceso de transformaciones. Esos sectores, dentro de la  Isla, tienen el desafío de sumarse a la discusión y de participar con sus criterios en el debate en torno a estos temas. Instituciones académicas  y culturales norteamericanas  y cubanas deberían abrir sus  espacios para ello. Sin embargo, creo  que deben  hacerlo  tratando  de  asumir  una  actitud  facilitadora de acercamiento, sin poner “contra la pared” a los principales actores de poder implicados en las negociaciones.
 

En  Cuba  se  hace  imperiosa  una  Ley de Asociaciones heterodoxa  y  flexible,  que  dé  cabida  en  su  seno  a toda  la pluralidad de actores que pujan en la sociedad  cubana. En un escenario de distención con Estados Unidos, el gobierno de la Isla tiene el imperativo moral y político de convertirse en  garante  de  toda  la pluralidad  política  e  ideológica  del  país.
 

De esta nueva legislación podría emanar una regeneración de la sociedad  civil  cercana  al  Gobierno cubano, y la necesaria institucionalización de la  sociedad civil “consentida  o  tolerada”. A los  sectores  de  la  sociedad civil opositora que en el pasado han trabajado acoplados con los andamiajes internacionales de confrontación contra el gobierno cubano, enfocados en el “cambio de régimen” o en las “primaveras cubanas”, les costará mucho trabajo poder insertarse  en este nuevo momento que vive el país.

Juan  Valdés  Paz: Lo primero  es  entender  que  los  intereses nacionales antes enumerados son de todos los cubanos y no solo del Partido  dirigente o del Gobierno,  actual  o  futuro. Consecuentemente,  en  el  diálogo  y  la  negociación,  deberá garantizarse la participación  más  amplia posible  de  la sociedad,  mediante  sus  representantes, instituciones  e intelectuales.  Para  ello,  serán necesarios  los  espacios  y mecanismos de participación adecuados a las circunstancias,  así  como el acceso  a la más completa información posible. De hecho, prácticas ya criticadas por el Presidente Raúl Castro de secretismo, desinformación, centralismo,  autoritarismo, formalismo, unanimismo, ausencia del debate, doble moral, etc., son aún barreras por superar .
 

Puesto  que  la  sociedad  cubana  es  tan  diversa  en  actores  e intereses como cualquier otra, deberán crearse condiciones favorables  al  debate  interno de estos temas  y  de  las  políticas concernidas. Una opinión pública  silenciada  tiende  a  ser adversa o enajenada. El apoyo de la opinión pública será en cada  momento el principal  activo  de  los  interlocutores  o negociadores  nacionales. Lo anterior será  aún  más  válido  y necesario frente  al impacto que la normalización de las relaciones -diplomáticas,  económicas, comunicacionales,  científicoculturales, etc.- producirá  en  el  país;  y  aunque  ello necesitaría un examen por separado, vale decir desde ahora que el proyecto revolucionario y socialista sustentado hasta hoy  por  las grandes mayorías,  enfrentará  grandes  desafíos.

Uno  de  ellos  será  la  incidencia  de  las  nuevas  relaciones  entre Cuba y  Estados Unidos sobre  el  debate interno  en  general,  y en  particular ,  sobre  las propuestas y debates ya convocados, de:  un  nuevo  modelo económico;  un  nuevo  modelo  de transición  socialista  en  el  país,  su  “conceptualización teórica del socialismo posible  en las condiciones  de Cuba”;  y  la prevista reforma constitucional.  El injerencismo tradicional de Estados Unidos, ahora en condiciones de “normalidad”, será  puesto  a  prueba. Esta sí será una “batalla de ideas” a la que concurrirán una  diversidad  de  actores,  de  intereses  y corrientes  de pensamiento.
 

6. Este proceso, resulta obvio, estará marcado por complejidades sensibles. Por ende, ¿qué errores deben tratar de evitar los gobiernos norteamericano y cubano, y los actores sociales de ambos países, para impedir el fracaso de esta nueva e importante oportunidad?


Aurelio Alonso: Intentar ahora un listado de los errores que se deben evitar de una y otra parte sería una soberana pedantería,  y  creo  que  al  propio  tiempo una  perogrullada, por  paradójico  que  se  nos antoje.  Sería  imposible  eludir enunciados  generales -todos  sabemos de qué se trata- e imposible adivinar el dónde, el cómo y el cuándo. Solo para ejemplificar  con  algunas  verdades  trilladas  yo  diría que tendremos  que  evitar  los  deslumbramientos  de  todo  tipo, que el impacto  del  comercio  nos  haga perder  el  control nacional  de  la  economía,  que  los  espejismos  crediticios empeñen  las  finanzas  del  país, y de nuevo la adopción mecánica de otros modelos y experiencias. Precavernos de las reacciones superficiales es importante, sean por precipitación  o  por  prejuicio,  y  si sigo podría  cargar  de prevenciones  la  página. Pero  sería  inútil  hacerlo  ahora  y  así, de esta manera tan  metafísica. Claro  que  no  subestimo la importancia del problema y estoy seguro que los economistas  de  acá  y de allá  han  comenzado  a armar modelos de  escenarios  de  acciones  y  reacciones  en  la  línea  de la normalización; espero que con el rigor , la experiencia, la flexibilidad y la  responsabilidad deseable. Estoy casi seguro -y  quizá  ellos  también- de que ninguno  se cumplirá,  sino otros  que  surjan  del  choque  de  las  propuestas  con  las contrapropuestas y de unas y otras con los vericuetos de su concreción.  Que habrá opiniones diversas,  no me queda duda. Entramos en una  nueva  etapa  del  debate  y  el planeamiento,  en  la  cual  no  estaremos  exentos  de nuevos errores,  y aseguro  que  será  histórica,  ojalá  para  bien  del pueblo cubano. Creo que desde el omienzo se debe buscar un esquema que facilite el máximo de  información de  los pasos  dados  y  la  posibilidad  de que la  población  tenga  acceso a  las  decisiones  y  no  solo  al  conocimiento  a  posteriori  y  al debate  de barrio.

Carlos Saladrigas: Empleando  posturas  y  actitudes humildes, sencillas  y pragmáticas. Hay que navegar aguas turbulentas  en  las  que  enormes  riegos nos acechan. Solamente con un sentido común extraordinario que ha de prevalecer  por  encima  de  la  política,  la  ideología,  el  dolor  y  el orgullo,  será  posible  que los actores  sociales  de  cada  país logren  mantener  el  rumbo  y  el  ritmo  del  diálogo  y  la negociación.
 

Esteban Morales: La  oportunidad,  sin  dudas,  es  única, aunque primero es  necesario lograr  su concreción  para que el  restablecimiento  de  las  relaciones  se haga  una  realidad  en igualdad  de condiciones,  con  respeto  por  los  intereses mutuos en  juego,  con  el  firme  propósito de llegar  a acuerdos en todo  lo  que sea  posible y posponiendo inteligentemente todo  lo  que  sea  necesario  madurar  más.  Se  trata de  un escenario  muy  difícil  de  lograr ,  pues  se  han acumulado muchos  años  de  temores,  desconfianza  y agresividad.  Es indispensable  entrar  al  proceso  negociador  despojados  de prejuicios.

La   presencia  de  la  solidaridad  y  de  los  deseos  de  paz,  con  una clara  visión  de  lo  que  ambos  países perderíamos  si  no logramos  lo  que  nos  hemos propuesto,  sería  algo  de  gran ayuda.  Deben  ser  evitadas la  imposición  y  el  mesianismo. El   fenómeno  antes  descrito  tiene  una  inmensa  importancia, no solo para Cuba, sino también para Estados  Unidos, quien  deberá  dar  ejemplo  de  voluntad  negociadora  con la Isla para  su  política  exterior  en  el Hemisferio,  pues  los líderes  latinoamericanos  y  caribeños    han tomado  a Cuba como  el  “test case” de la  nación norteamericana hacia el área. No es casual que ya  Estados  Unidos haya propuesto  celebrar reuniones con Bolivia,  para  reconstruir las  relaciones, seriamente  afectadas  desde  el  2008.  Por  otra  parte, Venezuela  no  ha  acumulado  aún  una cantidad tal de contradicciones con Estados Unidos que no sean  posibles  de  solucionar  en  un  tiempo relativamente breve. La política norteamericana debe reaccionar estratégicamente viendo el hemisferio de conjunto y no solo a Cuba.  Cada  país  debe  tratar  de  sacar  provecho  de  esa  actitud negociadora  de  Estados  Unidos.
 

Michael  Bustamante:  Repetiré  algo  sencillo  que  está implícito  en  mis  otras  respuestas:  la  necesidad de  evitar reacciones precipitadas ante cualquier piedra en el camino.  Conducir  las  relaciones  diplomáticas  a  largo  plazo  requerirá paciencia  y  la  voluntad  de  buscar soluciones  en  instancias  de conflicto,  además  de  la sofisticación  para  no  tirar  más piedras  en  el  camino y no tomar  cualquier  crítica  del  otro lado  como un insulto  sin base. Si bien hay toda una historia de negociaciones  prácticas  y  secretas  -detrás  del  telón- durante el último medio siglo, lo novedoso de la coyuntura nueva será  la  necesidad de sortear  cualquier escollo bajo los reflectores constantes de los  medios, donde la  preocupación por guardar las  apariencias puede ser una espada de doble filo.

Roberto Veiga: Debemos conseguir una relación bilateral signada  por  políticas  que  destierren  la hostilidad vivida durante este medio siglo, sin incurrir además en los graves errores  cometidos  antes  de  1959.  A finales del siglo  XIX, Estados  Unidos  desplegó  un  quehacer  político  y  militar,  muy controversial pero importante, que contribuyó al derrocamiento de las tropas  españolas  en  la  Isla.  Una  vez ganada la guerra intervinieron positivamente en el desarrollo  de varios ámbitos de la sociedad cubana,  por ejemplo: la  economía, la educación,  la  construcción,  la  salud, etcétera. Como consecuencia, Estados Unidos logró mucha influencia y poder dentro de Cuba, que no siempre manejó con  honestidad y justicia. En  tal  sentido,  en ocasiones llegaron a violentar  de  manera  excesiva  e insensible  la soberanía cubana, y eso condujo a la hostilidad y , cuando se llegó  a  los  extremos,  a  la  ruptura.

Teniendo  en  cuenta  esa  experiencia,  debemos  desear  que Estados  Unidos  no  cometa  de  nuevo  estos errores.  Sin embargo,  podemos  intuir  que  muchos norteamericanos satisfarán  este  anhelo,  este  reclamo, y contribuirán  al desarrollo de una relación bilateral sana y a una presencia positiva  en  la  Isla;  pero también  sabemos  que  otros  no  serán tan  consecuentes  e  incluso  desarrollarán  bases  sociales  en  la Isla dispuestas  a  proteger  sus  intereses.  Esto,  no  cabe dudas, será  considerado  como  un  peligro  por  muchos cubanos.

No obstante,  la  sociedad  cubana  y  el  gobierno  del  país,  no deben  temer  en  demasía  ante  esta posibilidad.  Los riesgos reales  y  los  consecuentes  temores, deben  ser  considerados únicamente como la mera cizaña que siempre crece dentro de un buen campo de trigo. Siguiendo esta nueva metáfora, debemos arrancar con cuidado la mala yerba para procurar así  no  dañar  la  siembra  y  por  ende  lograr  una  buena cosecha.


Por tanto, ante los potenciales peligros, hemos de concentrarnos en intentar que las relaciones con Estados Unidos  tributen  al  robustecimiento,  de  manera aguda  y expedita,  de  los  sostenes  de  la soberanía nacional,  que  son:  la educación  y  la  cultura  del  pueblo,  una  economía  orientada  al desarrollo  y  al  bien común,  y  un  modelo  socio-político eficiente. Para conseguirlo, necesitamos de actores preparados  que conduzcan  estos  procesos,  pero  además, estamos obligados a empoderar al máximo a la  ciudadanía  y a facilitarle  el crecimiento de la  sabiduría y la  sensibilidad política.  Sólo  entonces  podremos  alcanzar  la mayor armonía posible  entre  la  soberanía  nacional y  la ciudadana,  y lograremos disfrutar de tranquilidad a pesar de las múltiples influencias poderosas que puedan provenir desde cualquier país. Debemos tener  la oportunidad  de  probar  que somos  capaces  de  lograrlo.


Por  otro  lado,  los  gobiernos  de  los  dos  países,  así  como  las personas e instituciones  de ambas sociedades que buscan el entendimiento,  deben  estar  alertas ante  los  múltiples obstáculos y las  innumerables provocaciones que diseñarán y ejecutarán quienes, ya sea en una u otra de las partes, se empeñarán  en  hacer fracasar  el  proceso  recién  iniciado.


Rafael Acosta de Arriba:  Ya me referí a esta cuestión. Se trata de acuerdos de mucha vulnerabilidad, fragilidad, que si no se tratan con la delicadeza y madurez pertinentes por ambas  partes,  pudieran  naufragar sin  remedio. Evitar y superar  con  estatura  política  las  provocaciones  de  cualquier índole, me parece una
estrategia medular de cara al futuro.

La firme voluntad política de hacer triunfar las negociaciones  venideras  debiera  ser  lo  más  importante y necesario  para  los  dos  gobiernos,  dejar  atrás posturas  y actitudes de una época de confrontaciones y agresiones, en este  caso  de los  gobiernos de Estados Unidos hacia Cuba; de Guerra  Fría, de  sistema  de bloques  ideológicos.  En  lo adelante,  salvar  lo  logrado  debiera  ser  una dirección central en la diplomacia cubana. Es necesario vivir en el presente.

Para  los  actores  sociales  queda  la  tarea  de  ayudar ,  de contribuir  con  sus  opiniones,  deseando,  en ambos  contextos, que  sean  escuchados.  Hoy  la  divisa declarada  por  el  gobierno cubano  es  la  integración y  la  paz  continental;  ahí  está  el ejemplo del papel mediador jugado  por la  Isla  en el conflicto colombiano, que ha  obtenido  un  reconocimiento  universal;  y esa paz se gana cada día, a cada momento, pues es deseada por  todos.


Jorge  Ignacio  Domínguez:  El  Senado  de  EEUU  puede negar  la  ratificación  de  un  primer  embajador. En Cuba, la Seguridad  del  Estado  puede  arrestar y recluir  a  personas que  considere  enemigos,  no simplemente  adversarios.  Y son quizás  esas  dos  circunstancias  los  ejemplos  iniciales  de  cómo
interrumpir  el  desarrollo  de  una  nueva  relación.
 

Lenier  González: El  proceso  se  inicia  con  dos  elementos  en contra:  la  polarización  y  resistencia  que generarán  los sectores  que  quieren  seguir  viviendo de  la  confrontación  (en Washington, La Habana y Miami) y la  desconfianza política que  puede  existir ,  incluso,  en  sectores  a  favor  de  la normalización  de relaciones  entre  ambos  países.
 

El  primer  escollo  habrá  que  saldarlo  con  astucia  política, sobre  todo  siendo  proactivos  y  sabios  en  las decisiones, actuando  con  prudencia  y ,  a  la  vez, con  firmeza.  Existen sectores nacionales que harán todo lo posible para poner a prueba  la  capacidad  política  de  las  partes  implicadas  en  la negociación.

El  segundo  elemento  queda  más  en  las  manos  de  los gobiernos  cubano  y  norteamericano,  y  tiene  un núcleo central  que  resulta  ineludible:  que  cada  paso que  se  tome  de manera  conjunta,  de ahora en adelante, redunde en  la consolidación  de  la  confianza  política;  y  que  los  gobernantes de ambas naciones puedan poner sobre  la  mesa de diálogo todos los temas, por delicados que estos puedan resultar. Al gobierno norteamericano  le  asiste  el  derecho  soberano  de proponer,  dialogar y  potenciar en  Cuba aquellos  valores que son  afines  a  su  sistema  político.  Sin  embargo, debería abstenerse  de  inmiscuirse  en  los asuntos soberanos  del pueblo  cubano.


Juan Valdés Paz:  Efectivamente,  será  un  proceso  de normalización y eventual convivencia, sumamente complejo.  Si  bien  este  cuestionario  de Cuba Posible se  coloca en una perspectiva de corto-mediano plazo, sería necesaria una  mirada  de  mediano-largo  plazo  para  captar  toda  la complejidad implicada. Obviamente, una  tarea  posterior.

Pero  visto  en  el  largo  plazo,  ha  de  tenerse  en  cuenta  que  aun alcanzada una plena normalización de las relaciones entre Estados Unidos  y Cuba, subsistirán entre a mbos contradicciones  y  tensiones  derivadas de la proyección geopolítica  de  Estados  Unidos,  de  su  vocación  imperial,  de  su defensa  irrestricta  del capitalismo, del  mesianismo  de  sus élites dirigentes, etc.; todo ello favorecido por una descomunal asimetría de  poderes. Cuba  deberá  sostener  sus intereses nacionales  en los más diversos escenarios  y circunstancias, así  como  propiciar  un  orden  internacional que  los  proteja.

Las virtudes de los actores pesarán menos que los posibles errores;  de  aquí  la  pertinencia  de  preguntar  por ellos.  Los más  importantes  errores  a  evitar  por ambas  partes  serían:  la subestimación  del  otro,  el maximalismo, la  mediatización de los  principios,  la  ideologización,  y  desconocer  las  diferencias e  intereses legítimos  del  otro.


Otros  posibles  errores  de  la  parte  cubana,  de  carácter metodológico, serían: confundir la discreción con la discrecionalidad  de  la  decisión,  limitar  la participación social  a  los  que  dialogan  y  excluir  a  los  que opinan,  restringir la información pública, subutilizar la consulta y la deliberación, y prescindir  de un consenso  mayoritario.


7. En este momento se han abierto las puertas a un escenario clausurado por más de medio siglo. Por tanto, a partir de ahora, la multiplicidad de actores de ambos países podrá encontrarse e interactuar adecuadamente en el diseño y en la práctica de un universo novedoso de relaciones que debe estar signado por el respeto, el diálogo, la creatividad, la colaboración y la paz. ¿Cómo estamos preparados los cubanos, la institucionalidad del país, los dirigentes de todos los segmentos nacionales y las autoridades de la Isla, para sostener este reto y hacerlo tributar a favor del desarrollo de Cuba en todos los ámbitos?


Aurelio  Alonso:  Tal vez lo  más importante  de  esta pregunta radica en la afirmación de ustedes que la precede. Se  intensificará  poco a  poco,  como  han  dicho,  el  reencuentro en «un universo novedoso de relaciones»; signado también por  las  conocidas cercanías culturales, emocionales y geográficas  entre  nuestros  dos países.  La geografía  no  se reduce  a  formas,  tamaños  y  distancias  físicas:  es  una colocación  cargada  de significados  históricos  que,  bien digeridos, bastarían para identificarnos. La pregunta sobre si estaríamos preparados para el reto de la  normalización, y cómo,  yo también  me la  he  hecho muchas veces  durante más de dos décadas. Ahora que, como dices, «se han abierto las puertas»  que  hacen  pasar  la pregunta  del plano teórico  al  de la práctica, intento resumir el resultado de mis reflexiones.
 

La  primera  es  que  no  se  trata  de  una  pregunta  superflua, sino  imprescindible  y  legítima,  central  en este instante  de despegue  para  guiar  la  conducta cubana  ante  el  reto  abierto.

La segunda es que toca a todas las instancias protagónicas que señalas: instituciones políticas y civiles, autoridades de todo  tipo  y ,  por  encima  de  todo,  al pueblo.  Para  ahorrar palabras ahora, yo concluyo, finalmente, con una respuesta afirmativa.  No  porque  crea  tener  o  atisbar    previsiones proféticas sino  por una simple  razón  histórica: los  pueblos siempre  demuestran  estar  preparados  para  los  grandes cambios cuando se producen en la dirección deseada. No lo están cuando  es  al  contrario.  Cuba  no  estaba  preparada para el derrumbe del socialismo soviético, aunque desde aquí no hayan faltado miradas críticas y hasta alguna previsión de fracaso.  Así  y  todo  se  sobrepuso  como  pudo.  Para  esta normalización  de  relaciones  con  los Estados  Unidos  se prepara  desde  hace  al  menos veinticinco  años  y  hoy  es evidente  que  está  más dispuesta que  nunca; en  la  medida de lo  posible,  en  el  plano  institucional  y  en  el  de  los actores políticos; como pueblo también,  y esto será al fin  lo  que va a aportar  la  prueba  decisiva.  No  será una  ruta lineal, probablemente  no  dejen  de  interceder  negativamente los excesos,  tanto  los  de entusiasmo  como  los de  reservas,  las ingenuidades  y  los  prejuicios.  Habrá que  afinar  la  capacidad de previsión pero también la de reaccionar  ante lo inesperado, y aprender incluso a construir sobre la incertidumbre.


Carlos Saladrigas:
Coincido plenamente con la enormidad del momento. Escenarios no previstos con anterioridad  ahora  se  hacen  posibles.  Queda ver  si sabremos aprovecharlos  o  si  el  inmovilismo  que ha caracterizado  el pasado  siga  afectándonos.
 

Yo veo dos temas  paralelos  pero  vinculados.  Uno  es  el  diálogo y  el  desenlace  del  diferendo  entre  Cuba  y los  Estados  Unidos, pero  el  otro  es  la  resolución del  diferendo  entre  los  cubanos  y la  reunificación  de la nación  en  pos  de  un  porvenir  distinto  y mejor.

Respecto  a  la  relación  bilateral  entre  Estados  Unidos  y Cuba, todavía  queda  vigente  la  ley  Helms-Burton,  que mantiene sanciones onerosas sobre la Isla y sigue posicionando el vínculo entre los  dos países en un escenario de  hostilidad.
 

Aunque  el  marco  político  que  sostiene  esa  legislación  ha quedado  debilitado,  los  resultados  electorales del pasado mes  de  noviembre  auguran  una situación política  en  el Congreso  norteamericano  que  pudiera favorecer  a  los sectores  inmovilistas  de  los  Estados  Unidos.  Por  eso  es preciso  y  urgente  avanzar  y profundizar  en  la  nueva  relación establecida y que Cuba demuestre el deseo de producir los cambios  que  el nuevo  escenario  facilita  y  posibilita.

La  continuidad  de  avances  en  la  relación  bilateral,  la profundización  de  las  transformaciones  en  Cuba, y la reinserción  plena  del  archipiélago  en  los organismos multilaterales,  crearían  una  situación  de disensión, y casi asegurarían  la  derogación  de  tan  dañina  legislación,  antes de  que  termine  el mandato del presidente Obama.


No  obstante,  pasos  concretos  para  reunificar  la  nación cubana,  suavizar  y eliminar años de exclusión y hostilidad fraternal  y  crear  espacios  de  diálogo,  en los  que  todos encontremos  oportunidades  de colaborar para  la  creación  de un  futuro  distinto  y  mejor ,  con  una  economía  creativa, equitativa  y  pujante, resultarían  en  el  mejor  espaldarazo que  se  le  pudiera  dar  al  avance  del  progreso  económico  y social  de Cuba,  con  consecuencias  colaterales  beneficiosas para  normalizar  en  su  totalidad  la  situación  entre  los dos países.


Si  bien  los  presidentes Obama y Castro han abierto las posibilidades  de  nuevos  escenarios  para  Cuba  y Estados Unidos,  es  nuestra responsabilidad  como cubanos la de crear nuevas posibilidades para Cuba como actores nacionales de un país soberano, libre, justo e incluyente. Es cierto que los actores  sociales  tenemos que  demostrar  la  voluntad  y  el deseo de un  acercamiento  a  través  del  diálogo,  la  interacción y  la buena  voluntad,  pero  también  es  verdad  que  sin la voluntad  de  la  dirigencia  del país, poco o nada se podrá lograr. El peso de la responsabilidad cae sobre todos los cubanos, pero  proporcionalmente  es mayor  sobre  los  más poderosos.


Esteban  Morales:  Muy pocos  en  Cuba  están  preparados para  asimilar  el  modo  de  relaciones  con Estados  Unidos, pero  yo  me  pregunto  ¿y  Estados Unidos  está  preparado?
 

Ambos  países  deberán  actuar  sobre  la  base  de  tratar  de olvidar  como  fueron  las  que  ahora  pudiéramos considerar como  viejas  relaciones  y  buscar espacios  nuevos  para  utilizar lo que tenemos en común y exaltarlo en el discurso político, el diálogo cultural, académico, científico, religioso, tecnológico  y económico.

No obstante, es evidente que durante estos más de 50 años, Cuba ha creado potencialidades que le  permiten mantener intercambios  con  la  sociedad  estadounidense. Los  viajes  han ayudado  mucho  a  entender  lo que tenemos  en  común.  El norteamericano  que  viene  a  Cuba,  por  lo  general,  queda asombrado por la hospitalidad;    también muchos regresan molestos con el bloqueo, no porque no puedan gastar más, sino  por observar    las  limitaciones  que  este  impone  a  los cubanos  de  a  pie.


No olvidemos  que  Estados Unidos desempeñó  un  papel  muy importante  en  que  la  Modernidad  llegara  a Cuba,  por  eso compartimos muchas cosas dentro de nuestras idiosincrasias.
Sin  embargo,  antes  de  que  esa  Modernidad  llegara  a  la  Isla  se creó  una conciencia  antiimperialista, fraguada  en  medio de tres  guerras  de  Independencia, que  permitieron  a  Cuba forjarse  políticamente  un carácter  y  una  idiosincrasia propia.
 

En  la  Isla  no  puede  ocurrir  lo  que  en  la  antigua  Unión Soviética, cuando vieron al pato Donald y se deslumbraron.  Nuestro país ha vivido permanentemente bajo la influencia de  la  sociedad  norteamericana;  ello ha tenido  su lado negativo,  pero  también  positivo,    al  hacer del  ciudadano cubano  un  individuo  preparado  para asimilar  la  batalla ideológica  y cultural, apreciar sus valores propios, y defender sus intereses,  algo  que se ve aun  en  los  cubanos  que han  decidido  emigrar.

No hay nada más difícil para un norteamericano que responder a la pregunta de ¿qué es típicamente norteamericano? Interrogante a la que el cubano responde con mucha  facilidad. Ha  sido  Estados  Unidos  el  que  ha  resultado  aislado  en  su política hacia Cuba, y Cuba  quien  más  ha influido en cambiar la visión sobre ella en los Estados Unidos. Las  administraciones norteamericanas no han logrado aislar a Cuba a nivel internacional, ni tampoco en la propia sociedad norteamericana. Desde una perspectiva económica, existen condiciones para que el acercamiento sea un proceso  relativamente  rápido.

No  obstante,  Cuba  debe  trabajar  para  mejorar  ciertos aspectos  de  su  sistema  político,  principalmente, algunas formas  de  conducción  de  su  democracia, creando  mejores condiciones para tomar en consideración las diferencias de opiniones,  lo  cual  no  quiere  decir  hacer  concesiones  a  la disidencia  política.

Como  ya  lo  dijo  el  compañero  Raúl  Castro,  si  en  Cuba  hay  un solo  partido  ese  debe  ser  el  partido más  democrático  del mundo. Cuba debe enfrentar  con valentía  e  inteligencia  el intercambio informativo y el fenómeno de Internet, aprovechando  todas  sus  capacidades  técnicas  para  que  el ciudadano de  la  Isla acceda  a  las  distintas  esferas  de información.  En el mundo de hoy no es posible librar el enfrentamiento ideológico con limitaciones o prohibiciones informativas.

Michael Bustamante: Como gringo medio aplatanado, o cubano-judío-americano,  cuyo  acercamiento  a  la parte caribeña de su identidad fue postergado por accidentes de la vida,  prefiero  responder  por  el  otro  lado de  la  moneda:  es decir ,  cómo  están  preparados  los  Estados  Unidos  y  los estadounidenses para enfrentar la nueva coyuntura referida. Francamente, desde mi posición en estas semanas en  una  ciudad  en  Estados Unidos, me es  más fácil  responder a esta otra cuestión, y creo que también es importante para el  debate.

Como  era  de  esperar ,  los  pronunciamientos  del 17 de diciembre inundaron los medios de comunicación por todo el mundo. Pero no más de 24 horas después, el artículo principal de CNN.com (uno de los  canales  más importantes a nivel  nacional)  llevaba  el  título:  “The wait for Cuban beaches and rum continues”  (“La espera para las playas y el ron cubanos continúa”);  como si el lugar donde los norteamericanos pueden ir de vacaciones, y la  bebida con la que  pueden emborracharse, fuesen los aspectos más trascendentales  de  los acuerdos  logrados.

Un día  después,  estuve  conversando  con  un  productor  de  un canal  de  televisión  norteamericano,  que había  mandado  a uno  de  sus  periodistas  más conocidos a la Habana para recoger  opiniones  sobre  los anuncios.  Quería verificar  con alguien, más o menos conocedor del tema, si algunas de las cosas  que pensaban  decir  en  su  reporte  eran  correctas  o  no.  Y tuve  que  responder  a  cuestiones  como:  si  Cuba se comparaba con Corea del Norte como sociedad cerrada. Imagínense lo difícil  que  fue  tratar  de  explicar  a  un productor  de  televisión en  Estados  Unidos  que,  pese  a  las  todavía  frustrantes  e inaceptables limitaciones para  el  acceso  a  Internet en la  Isla, se ponen episodios de “Friends” en la televisión nacional, o que mis amigos  en  La  Habana,  contra  viento  y  marea  (o sencillamente por “el paquete”), han visto más episodios de “Juego  de  Tronos”  que  yo.  La  sociedad  transnacional  cubana actual es demasiado compleja para la cultura del soundbite.
Y es más  fácil  reproducir  la  vieja  e  insultante  imagen de sociedad “congelada en el tiempo”, que adentrarse en  las zonas  grises  de  un  país  con  11 millones  de  personas.

Para clarificar:  pienso que los  norteamericanos deben tener el derecho de ir de vacaciones donde quieran. Y no todos los reportes  periodísticos  se  han caracterizado  por  el  mismo nivel  de  pobreza  intelectual.  Pero si bien  se  empieza  a  poner fin a una de las más vilipendiadas políticas asociadas con el “imperialismo norteamericano”, en la nueva coyuntura temo que ganen  fuerza  otras  formas  preocupantes  de dominación, al menos discursivas -las que asocian a Cuba nada  más  que  con  playa, ron, y mulatas, una “jungla” de antigüedades y cuerpos pintorescos; perfectas  para  aliviar nuestra condición posmoderna de desarraigo, de alienación de  “lo  real”  (aun  si  en  Cuba  sólo  encontremos  otro  parque  de atracciones)-.  Nada  de  esto es  nuevo,  por  supuesto. El turismo europeo ha vivido de esta estrategia de marketing por  años  (de  la  cual el  Estado cubano  ha  sido cómplice),  y desde  los  años  90,  libros  publicados incluso  en  Estados Unidos, han insistido  erróneamente  en  promover la  imagen de los cubanos como piezas en un museo de la Guerra Fría.
 

Pero este tipo de “ombliguismo”, quizás  previsible o inevitable  hasta cierto  punto, tiene  su  contraparte en otro plano: la  tendencia  de pintar la  Isla  como  un blank slate,  un territorio donde hay que empezar de cero; como si Cuba no tuviera historia, y como si la  cadena de hoteles Marriot, la corporación agrícola Cargill, o la PepsiCola, pudieran conquistar un territorio virgen donde no hubiera presencia de capitales europeos, canadienses, chinos, y latinoamericanos durante  años; para  no  hablar  de  los  deseos, intereses,  y esperanzas  de  los  cubanos  trabajadores  y emprendedores, que deben primar.  Hay un clamor por ir  a Cuba “antes de  que  cambie” o de “cambiarlo  todo” -lo cual equivale  en  el  imaginario  norteamericano  a  una supuesta inundación  de  McDonald’s  y  Starbucks-.  Ambas visiones, opuestas en teoría,  tratan  a la  Isla  nada más que como un laboratorio  para  fantasías  foráneas.

Rápidamente  creo  que  los  CEO se darán cuenta  de  que  su  día -el  que “viene  llegando”,  según pronostica la  canción  de Willy  Chirino-, todavía  está lejos.  El grueso del embargo, después de todo, se mantiene en pie; e incluso la nueva Ley de Inversión Extranjera en la Isla no ha dado  muchos frutos todavía.  Me  gustaría creer que nuestros oficiales en Washington,  D.C.,  son  capaces  de  pensar  en  términos  no  tan maniqueos.

En la medida de lo posible, creo que toca a los académicos, artistas  y  escritores  en  Estados Unidos con alguna  conexión con  Cuba,  ayudar  a  ofrecer  otra imagen  de  la  Isla,  de  sus riquezas  y  penurias,  y  sobre todo,  de  la  dignidad  de  su  gente. Tal vez equivale a una tarea de Sísifo, pero el primer paso hacia  el  respeto  mutuo debe  ser  el  conocimiento.

Roberto Veiga:  Estoy seguro  que  asumiremos  dinámicas complejas e intensas, tanto en las relaciones entre cubanos como  en  los  vínculos  internacionales,  en especial  con Estados  Unidos.  Tampoco  podemos afirmar  que  poseemos  la experiencia suficiente para tomar con certezas esos nuevos caminos. Sin embargo, esto no debe preocuparnos demasiado,  pues  la  experiencia  resulta  una  gran  riqueza, pero  no  constituye la única  garantía  del  éxito.  Incluso, en ocasiones pudiera ser mejor ocuparse de las nuevas realidades  sin  las costumbres  anquilosadas  que  pueden resultar  de  la  acumulación  de  prácticas  pasadas.

Por otro lado, tenemos la satisfacción y la confianza de que Cuba disfruta de una ciudadanía que, por lo general, posee educación,  actitudes solidarias,  inteligencia  y disposición para  el  emprendimiento;  y  se empeña  en  desear  una sociedad  próspera  que  garantice  espacios  para  todos  y asegure  el  bienestar  de cada cubano. Estas cualidades  son suficientes para procesar cualquier impacto que desamarre los  nudos  que han  comprimido  nuestras  posibilidades  de avance,  y aprovecharlo  para  conseguir  un  país  mejor. Espero que  el  presidente  Raúl  Castro  continúe  dando  pasos  para facilitar  este  sendero  de  esperanza.

Rafael  Acosta  de  Arriba:  La  preparación  que  tiene  el ciudadano  común  para  lo  que  se  avecina  es, sin  dudas, resultante  de  prácticas  políticas  ejercidas hasta  la  fecha, durante  casi  cinco  décadas.  O lo  que es  lo  mismo, la  gente  ha sido  acostumbrada  a  preguntar  por  la  participación  que  debe tener  y  hasta dónde  debe  ser  esa  participación  -es  decir , mirar hacia lo  alto e  interrogar  a los  niveles superiores para saber cómo proceder-. Así no se pueden enfrentar las nuevas etapas. Es necesaria una participación real, más vigorosa y genuina, y crear  espacios de diálogo y debate de ideas  donde quepan  todas  las  discrepancias y se  discuta  con  respeto absoluto  por  la  opinión  del  otro.
 

En  cuanto  a  la  institucionalidad  y  los  dirigentes,  creo  que necesitan  por  igual  incrementar  su participación  desde  la perspectiva de la  creatividad: menos mente burocratizada, más  preocupación  por  la calidad  de  vida  de  la  población, menos  suspicacia  ante  el  pensamiento  crítico,  mayor receptividad  ante las iniciativas  de la  sociedad  civil.  Es hora de  hablar,  criticar, proponer, y a la vez, de  sentir  que  las ideas propuestas  llegan  a  un  oído  receptivo. Igualmente  se debieran  estimular  los  emprendimientos  de todo tipo. La productividad  no  va  a  incrementarse  por  llamados  de  la dirección, ese recurso ha demostrado su fracaso. Todo esto que  he  mencionado  a  lo  largo  de  las  respuestas,  si  logra articularse,  es lo  que yo  llamaría  “el  comienzo de un cambio de  mentalidad  en  la  gente  y  en las  instituciones”.
 

En  fin,  pienso  que  la  preparación  base  existe  en  algunas personas,  mientras que  es  necesario  crearla  e incentivarla en  otras.  Realmente  se  precisa  de una transformación sustancial,  gradual,  de  lo  que  existe hoy  en  el  país.  Tales cambios  pudieran  ser  la  vía  más expedita  hacia el  desarrollo social  transformador y la  democratización  del  poder,  dos términos  empleados por  Dilma Rousseff  en  su discurso  de asunción de la presidencia de Brasil y que me parecen muy interesantes vincularlos a nuestro contexto. Son conceptos que  apuntan  al  movimiento  social,  a  la  celeridad  de  las transformaciones,  a definir  un  rumbo. Y esa puede  ser  la cuestión  central,  definir  un  rumbo,  una  dirección  y  un sentido  claros,  que  lo entiendan  todos  y  no  solo  los  que dirigen  el  país.

Formar  parte  de  organismos  internacionales  integrados  por países  con  signos  políticos  diversos  sugiere que  se  estimulen políticas  internas  de  aceptación de  la  pluralidad.  He  aquí otro  de  los  tópicos  que  me parecen  fundamentales  en  el nuevo  escenario  para  nuestro  país,  la  pluralidad. Es  algo sobre lo que debiera  meditarse, aún  cuando  no  hubiese existido  el  acuerdo  bisagra  que  acaba  de  materializarse.
 

Hay mucho por  avanzar  en  la  transformación  de  la  sociedad y  su  aceleración,  creo,  debe  ser considerablemente  mayor que hasta ahora. Me parece una clara prioridad el aprovechar el período de paz y distensión que se perfila con los Estados Unidos,  aunque  sea  una  etapa  preñada  de conflictos y peligros. Sería  una terrible noticia para  los cubanos -los de cualquier  orilla-, que se  dejara escapar  un logro tan ansiado  para  la  vida  presente  y  futura  del  país.

Jorge Ignacio Domínguez:  La preparación es débil. Recuerdo  una  conferencia  en  La  Habana con motivo  del aniversario  40 de la  invasión por Playa Girón, co-auspiciada por  personalidades de  Estados Unidos y  Cuba,  y  por  el entonces  presidente  Fidel Castro. En  el  transcurso de los dos días de intensa discusión, salió a colación el entrenamiento de los participantes cubanos para evitar el uso de palabras como “mercenarios” o “gusanos”, y  la  evidente dificultad de muchos de lograr algo tan  simple, pero psicológicamente  tan difícil, como modificar el lenguaje. Todo  aquel  acostumbrado  a  acusar  al  otro  de  ser  un criminal, un asesino, o cosas peores, encontrará obstáculos para adaptarse a un contexto distinto. Y aquel que calificó a un dialogante de “traidor a la  causa”, también  se  encuentra desubicado  en  este  nuevo  contexto.

Parafraseando el Manifiesto Comunista, “Un fantasma recorre el Estrecho de la Florida: el fantasma de la paz y la libertad.  Todas  las fuerzas  de  la  vieja Guerra  Fría se  han unido en santa cruzada  para  acosar a ese  fantasma”.  Espero que  esta  vez  la  paz  y  la  libertad  triunfen.


Lenier  González:  Solo  si  ambos  gobiernos  logran  una estabilidad en sus relaciones, y Estados Unidos se abstiene de  querer  decidir  la  vida  interna  de  Cuba, el  gobierno  cubano estará  en  condiciones  de  ir facilitando,  gradualmente,  el ajuste  de  la  vida  nacional.

Raúl  Castro  ha  utilizado  toda  la  autoridad  que  su  figura posee para convencer  a la  dirección política de la Isla  de que la  transformación  del modelo cubano es un asunto de vida o muerte. El actual  paso  dado respecto  a  Estados Unidos se inserta,  con  mucha fuerza,  en  ese  camino  de  transformación nacional promovido por él y que ya no tiene marcha atrás.

Las  actuales  instituciones  de  la  nación,  por  sus  rezagos soviéticos,  no  sirven  para  que  su  relevo político pueda gobernar  a  Cuba en  el  siglo  XXI. Esa “normalización”  por  la que  ha  apostado  el  presidente  Raúl Castro  sacará  a  Cuba, poco  a  poco,  de las  trincheras,  e  impondrá  la  necesidad  de reconstruir  la arquitectura  institucional  de  la  República.

En condiciones  de  paz,  el  relevo  político  cubano  tendrá mayor  capacidad  y  equilibrio  para  saldar  los dos grandes desafíos que tiene  el país de cara  al futuro:  la  reformulación del consenso  político interno  en torno a las  metas históricas de  la  nación  (independencia  nacional, justicia  social  y democratización política)  y  la adopción  de  un  conjunto  de mecanismos que  permita  legitimar  a  ese  relevo  político  para colocarlo en condiciones de conducir este proceso y ganarse un  lugar  en  el  futuro de Cuba.  La Cuba trasnacional necesita responder a la  pregunta pública realizada  por  Julio  César Guanche  en  2014: ¿Qué  implica  la frase «con  todos  y  para  el bien  de  todos» en el siglo XXI cubano?.


Una reformulación del consenso político en Cuba sobre las bases de las  metas históricas de la  nación, implicaría  el desmontaje de la  arquitectura institucional  de corte soviético, porque,  entre  otras  cosas, desconoce  la  pluralidad  política nacional.  El  relevo  político  cubano  tiene  el  desafío  de  desatar dinámicas despolarizadoras, que permitan buscar sinergias y  negociaciones  con  grupos  de  cubanos  de ideologías disímiles -dentro y fuera  de la  Isla-  pero comprometidos con esas metas históricas. Necesitamos construir instituciones  que  sean  capaces  de  procesar  el  pluralismo.


El  Partido  Comunista  de  Cuba  (PCC)  tiene  el  desafío  de reinventarse, pues el sistema de ideas marxistas-leninistas que rige su concepción institucional ha quedado desconectado  de  las  identidades  sociales  y políticas  de  las nuevas generaciones de cubanos, dentro y fuera  de la  Isla,  y ha  llevado  a  esa fuerza política a  una  profunda  crisis estructural.  Una  vez  desaparecidas  las  ?condiciones  de excepcionalidad? en las  que ha vivido el país, producto de la confrontación  con  Estados  Unidos,  ¿cómo  justificar  la existencia del partido único? O para ser más preciso: ¿cómo justificar  la  existencia  de  un  partido único  que  no  ha  sido capaz  de recoger  en  su  seno  a la  multiplicidad de tendencias políticas  e  ideológicas  presentes  en  la  nación?  Cuba necesita debatir, con seriedad  y responsabilidad,  cómo  estructurar  el pluralismo  en  el  siglo  XXI.

Nuestra  Constitución  de  1976,  y  la  posterior  institucionalización,  reprodujeron  las ideas  y  estructuras estatales de corte soviético que no han satisfecho suficientemente el ejercicio  de  la  participación  popular . En el  contexto  de  la Guerra Fría, el  país no tuvo  otra opción que aceptar aquella realidad.  El  acople al  Bloque del  Este  ocurrió  con  el  dolor  y  la resignación,  a  todos  los  niveles,  de  la  inmensa  mayoría  de los cuadros  políticos  revolucionarios provenientes de  las  filas del  Movimiento 26  de  Julio  y  el  Directorio 13 de  Marzo. Esos jóvenes  valerosos  que  hoy  peinan  canas,  sabían  el  riesgo  que corría  ?su Revolución? al tomar  aquel camino  inevitable.  El “marxismo-leninismo de corte soviético”  y  las  estructuras autoritarias derivadas de tal concepción, deben ser extirpados  del  futuro  cubano.

Juan Valdés Paz: En la medida en que  las  relaciones  en  las distintas esferas se desenvuelvan, aparecerá una multiplicidad  de  actores  que  harán  más dificultosa  la coherencia  del  diálogo  y  de  la  negociación. Como hemos mencionado, estos actores tendrán sus propias características sociopolíticas, intereses, representación e ideología. 
Pero  más  que  con  una  multiplicidad  de  actores,  nos  las tendremos  que  ver  con  una  diversidad  de roles en  el  proceso: decisores;  negociadores;  asesores; ejecutores;  contralores; evaluadores;  voceros  de  la opinión pública.

En cuanto a la preparación de los actores para los distintos roles,  me  permitiría  resumir  esta  respuesta como  sigue:

  • Los actores cubanos no estarían preparados institucionalmente;  tienen  una  insuficiente  calificación y experiencia, deben ser sujeto de un “cambio de mentalidades”;  pero  sí lo  están  ideológica  y culturalmente.
  • Los actores  norteamericanos sí  estarían  preparados institucionalmente;  tienen  una  suficiente  calificación y experiencia,  pero  también  deben  ser  sujeto de un “cambio de mentalidades”;  no lo están  ideológica  y culturalmente.


Por  tanto,  los  actores  de  cada  parte  tendrán  que  aprender  de los  otros  sus  ventajas. En  resumen, después  de  50  años entrenados  en  la  hostilidad  de unos  y  la  defensa  de  otros, ningún  actor  está suficientemente  capacitado  y  por  tanto  no será  tanto  la  capacidad  como  la  buena voluntad  política la
que  preserve  el  diálogo  y  fortalezca  las  relaciones.

El  Gobierno  y  los  demás  actores  cubanos  deberán  ver  las nuevas  relaciones  con  Estados  Unidos  como un  input  para  el desarrollo  de  la  sociedad  cubana, pero  apenas  uno  entre otros.  Son  los  valores  de nuestra  historia,  la  identidad cultural,  los  intereses  supremos  de  la  Patria,  la  República  de todos  al servicio  de las  grandes mayorías, la  instauración  de un  modelo  económico  social  tan  eficiente  como  justo, un mayor desarrollo democrático, así como nuestro esfuerzo y sacrificio,  los  demás  componentes  de  nuestra permanente construcción  nacional.


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Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
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