¿Derecho de admisión o de discriminación?

La discriminación no es cuestión de datos. Es, sobre todo, cuestión de actitud, de orden y prácticas sobre los derechos. Pareciera que algunos y algunas comprenden la prosperidad, el desenvolvimiento económico y la buena gestión, también desde la discriminación. Hay quienes, de manera conciliadora, la asumen como una lastimosa e inevitable necesidad. 

Una tarde, después de recoger a mi hijo en la escuela, fuimos a una cafetería “particular” de las que pululan en los barrios habaneros. Mientras esperábamos por el servicio, entró otra persona a hacer su pedido. Colocó un peso en el mostrador y dijo: “un café”. Era un hombre desarreglado y sucio, como su ropa. Llevaba un saco lleno de desusos. Una muchacha se prestaba a servirle una pequeña taza cuando, salido de no sé qué lugar, apareció un hombre increpando a aquel que quería “un café”. Le espetó un racimo de improperios y lo botó del lugar. “Esto es mío y aquí entra el que me da la gana”. Gritaba casi en convulsión.

La persona que quería “un café”, y que tenía el peso para comprarlo, se marchó sin alzar la voz. La empleada permanecía atónita, al tiempo que asintió con la cabeza ante el reclamo del dueño exaltado para que evitara que “gente así” entrara al lugar. De los presentes, unos miraban al lado como si nada pasara. Para otros era obvio que un “tipo sucio” no debe entrar en una cafetería. Además, el dueño decide lo que pasa en su negocio.

Mi hijo me preguntó por qué habían botado a ese hombre. La respuesta, salida de mi indignación, fue que hay personas que al acumular un poco de recursos y al ser “dueñas” de algo, creen estar por encima de otros seres humanos y se arrogan el derecho de admisión… perdón, de discriminación. ¡Cuánto hubiera deseado que ese fuera, además de extremo, un episodio aislado! Pero no es así.

En otros sitios anuncian que el lugar está lleno cuando algunas personas que desean entrar no cumplen los “requisitos” (no declarados) para tales sitios. La manera de vestir, “el porte”, si llega en carro o no, el color de la piel, “la clase”, el “tipo” y la posible solvencia frente a los precios del lugar, son algunos requisitos “inferibles”.

Ambos ejemplos se solapan en un sinnúmero de justificaciones. Pero hay lugares donde el asunto está al desnudo. Estos declaran en la entrada que “se reservan el derecho de admisión”. Claro, puesto a ver, es una manera más “decente” de decir “esto es mío y aquí entra el que me da la gana”. Por supuesto, tienen a su favor que las personas están avisadas de que pueden no ser admitidas… perdón, que pueden ser discriminadas.

La discriminación no es cuestión de datos. Es, sobre todo, cuestión de actitud, de orden y prácticas sobre los derechos. Pareciera que algunos y algunas comprenden la prosperidad, el desenvolvimiento económico y la buena gestión, también desde la discriminación. Hay quienes, de manera conciliadora, la asumen como una lastimosa e inevitable necesidad.

En cualquier tipo de sociedad es un sinsentido pretender el control del pensamiento.  Pero sí pueden ordenarse socialmente los límites en el que el pensamiento se realiza. Una persona puede pensar que otra, con característica equis, no debe entrar a determinado lugar. Pero, ¿es legal tener en un espacio de servicio, público o privado, un anuncio que consagre el derecho de admisión… perdón, de discriminación?

Esos carteles que pueden ser vistos en La Habana, ¿acaso serán el preludio de una realidad más perversa? ¿Acaso serán un tanteo para ir luego más lejos? Por ejemplo para decir: en esta playa no entran negros, esta escuela es para blancos, aquí no entran homosexuales, los “sin tierra” vayan a otro lugar; sino eres blanca, joven, delgada y sin hijo, ni vengas.

No es delirio altruista lo que genera esta preocupación. Todos esos planteos, maneras de pensar, laten de modo descarnado en zonas de nuestra vida cotidiana.

Claro, no hay vida social sin orden. El asunto está en cuál es el carácter de ese orden. Por ejemplo, es anti-constitucional discriminar a cualquier ciudadano por motivos lesivos a la dignidad humana. En la Carta Magna se especifica, al menos para los espacios públicos, que todo ciudadano tiene derecho a ser atendido en todos los restaurantes y demás establecimientos de servicios.

¿Acaso la propiedad privada y la eficiencia económica que le “atañe” implican otra relación con ese derecho? ¿Acaso la libertad de “lo privado” lo es también de discriminación lesiva a la dignidad humana? Sería deseable que la reforma constitucional venidera (ojalá constituyente) consagre el derecho de cada ciudadana y ciudadano de ser atendido en restaurantes y demás establecimientos de servicio, también para los espacios privados.

Miremos el asunto desde otra perspectiva. ¿Todas las personas pueden ser admitidas en espacios públicos y privados? ¿Algunas merecen ser discriminadas? La distinción de inicio es que la discriminación es lesiva cuando se enfoca en el origen o atributos simbólicos de las personas. Sin embargo, la discriminación es positiva cuando se enfoca en conductas lesivas a la dignidad de las personas.

Por ejemplo, no es lesivo ser negro/a, homosexual, pobre, mujer, oriental, gordo/a, discapacitado/a, religioso/a. Por tanto, esos atributos no son discriminables. Sin embargo, la conducta racista, homofóbica, explotadora de cualquier signo, machista; acosadora de otras personas, sobre todo de las mujeres, la violencia agresora, el fundamentalismo y las estructuras de la pobreza, son lesivas a la dignidad y, por tanto, son discriminables.

La reacción ante estos carteles que declaran el derecho de admisión… perdón, de discriminación, no debería ser quitarlos. En su lugar, una opción pudiera ser reescribirlos, ser más conscientes y consecuentes y decir: “en este lugar nos reservamos el derecho de discriminación”.

Claro, ya los dueños y las dueñas decidirán y declararán a quién o a qué discriminan. En cualquier caso, la ley tendrá su posición al respecto. La gente decidirá si mira para el lado, si se siente cómoda o si se indigna. Las personas empleadas acatarán el contenido del cartel o se resistirán. Un hombre en harapos podrá, o no, tomarse un café. Mi hijo me preguntará si discriminar es justo y yo le responderé, depende…

 

Sobre los autores
Ariel Dacal Díaz 30 Artículos escritos
(Camagüey, 1974). Educador Popular. Doctor en Ciencias Históricas, Universidad de la Habana (2007). Miembro del equipo de formación en Educación Popular del Centro Martín Luther King. Principales publicaciones: Rusia: del socialismo real al capi...
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