Discurso del senador Juan Cabrera en una de las sesiones de la Asamblea Constituyente de 1940


Compañeros ilustres,
Señoras y Señores:

Día grande este para mí. Grande por su significación, grande por pisar, una vez más, esta tierra santificada por los héroes, grande por estar en el mismo sitio en que fue ofrecido a la patria, por sus primeros legisladores el primer código de civilidad, aquél que dijo a América que el cubano se ponía de pie, para redimir con el brazo todas las esclavitudes y para proyectar con el pensamiento todas las libertades.

En efecto: en este que era, modesto pueblecito de la región camagüeyana, perdido dentro de las pocas actividades del 1869, se reunieron en apretado abrazo, los gigantes representativos de las tres regiones de la Isla. Y, aquí, junto a la austeridad de Céspedes, la palabra orientadora de Honorato del Castillo; junto a la majestad de Salvador Cisneros Betancourt, la cultura formidable de Lorda, junto a la honradez inimaginable de Eduardo Machado, el alma pura de Miguel Gerónimo Gutiérrez, y hoy, después de más de un cuarto de siglo de creada la República, venimos los constituyentes de 1940 a decir y a ratificar que mientras haya un ciudadano en esta tierra que sienta la libertad y ame el derecho, ni la libertad pude perecer ni el derecho dejará de iluminar sobre los pueblos.

El día es tanto más grande para mí cuanto que yo tuve la fortuna de ser el autor de la iniciativa por la cual la nueva Constitución de Cuba fuese firmada en Guáimaro. La prensa hubo de prestarle el caudal de sus entusiasmos, los compañeros, todos, hubieron de firmarla unos y de votarlas todos; de esta suerte buscamos y queríamos rendir un tributo a nuestros primeros campeones de la civilidad, decir a la nueva América que nos sentíamos orgullosos de la gloria de aquellos varones esclarecidos, afirmar al mundo, una vez más, que en el momento en que nos lanzábamos a la guerra para obtener nuestra independencia, por el filo del machete, también pensábamos en la fundación de un nuevo Estado donde el hombre fuese feliz, donde la familia fuese respetada y venerable y donde la justicia amparara, por igual, a todos los hombres dentro de las actividades del trabajo que fecunda y del progreso que orienta.

Yo tengo una enorme veneración por los forjadores de mi patria. Niño, cuando apenas podía valerme, marché al lado de los héroes y supe de las tristezas y de los peligros de la manigua libertadora. La vida ha querido conmigo ser buena. He ocupado diversas posiciones públicas.

Esta provincia me ha otorgado haciéndome legislador y otorgándome, más de una vez, la investidura de Representante. Ahora, por aclamación, diversos partidos han hecho figurar mi nombre para Senador. También aquí hice una fortuna, he conservado y tengo miles de amigos y la popularidad y el prestigio de mi persona no han sido jamás disminuidos. Pero de todos estos títulos, capaces cualquiera de ellos para enorgullecer y para constituir la felicidad de un ciudadano, quiero declarar, en esta hora solemne, que ninguno me enorgullece tanto ni me hace más venturoso que el de Mambí –Mambí, quiere decir hombre que brazo a brazo luchó por la Independencia de su tierra; hombre que supo, frente a todos y sobre todos los peligros ofrecer el pecho a las balas enemigas y levantar en alto la hermosa bandera de su patria.

Por eso, cuando dos días después de tomar posesión de mi cargo de Constituyente, el doctor Gonzalo Aróstegui, ese camagüeyano ilustre que preside la Asociación de Escritores y Artistas Americanos, hubo de ofrecerme una copia de una Moción de Pastor del Río, por la cual el nombre de los constituyentistas de Guáimaro sería esculpido en el salón de actos de la Cámara de Representantes, yo pensé que como convencional de Camagüey, también tenía yo la obligación especial de rendir mi cálido tributo a aquellas personalidades insignes, y por eso, hubimos de glorificarlos, primero, en las sesiones que celebramos en La Habana, y ahora, todos estamos aquí, puestos de pie los corazones para evocar la obra y el nombre de aquellos forjadores de pueblos, dignos hermanos de los abanderados de Bolívar y de los campeones irreductibles del Sucre y de San Martín.

Esos hombres, esas cumbres en que culminaron las idealidades del sentimiento y del patriotismo nacional, no han sido todavía glorificados como merecen. La gratitud pública no les ha ofrecido el mármol señalador de sus grandezas. El bronce no ha sentido todavía la honda de luz de sus prestigios. Más, aunque ni en la blancura del mármol resplandezcan ni en las sonoridades del bronce saluden a la posteridad, la historia, entre sus mil voces poliformes dice al caminante y advierte a la conciencia continental, que Guáimaro y ellos son un símbolo de amor y de magnitud; y si esto no fuera bastante les bastaría a su recuerdo y a su gloria el laurel imperecedero de que el más grande de todos los americanos, José Martí, los exaltara y ofreciera a la consideración humana y al respeto de los hombres, como símbolos vivos del heroísmo desbordado del pensamiento en marcha hacia lo eterno y como la fe y el ideal que no pueden perecer mientras haya hombres de aquella estirpe que los glorifiquen y los exalten.

Una vez más, compañeros, mi palabra modesta, viene a glorificar a aquellos paladines de las patrias redenciones. Nunca como hoy en que tanta representación ilustre del patriotismo y de la mentalidad cubanos se congregara para señalar lo que ellos hicieron y dejaron. Ante el recuerdo, de hombres que no supieron de la traición ni de la miseria, ni del engaño, ni de los pequeños intereses, y ante ustedes, Representantes legítimos de los blasones que ellos ostentaron y de los méritos acendrados de que ellos hicieron gala, proclamamos, una vez más, estas dos verdades inmutables: cuando un pueblo tiene hombres y representativos como los constituyentes de Guáimaro, es eterno en la conciencia universal. Cuando una sociedad posee ciudadanos capaces de la glorificación y del sacrificio, esta sociedad es inmortal. Yo proclamo, desde la tierra gloriosa del Camagüey y desde el mismo sitio en que ofrecimos al mundo la primera Constitución, que la República es eterna y que la libertad habrá de alumbrar permanentemente sobre la tierra maravillosa de Maceo y Martí.
 

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