El fundamento de la República


Señoras, señoritas y señores:


(…)

Desde que en Cuba se estableció la República y comenzaron a ejercitarse los principios que sirven de fundamento a las instituciones constitucionales, los hombres reflexivos de nuestro país no han cesado de señalar deficiencias en la aplicación de los procedimientos democráticos y, desde los primeros días de la República, se viene indicando, preferentemente, el peligro de que, por incapacidad nuestra para el ejercicio de la soberanía nacional, un pueblo más fuerte y mejor preparado que el nuestro intervenga de manera definitiva en nuestros asuntos internos y asuma la suprema dirección de los mismos. Voces muy aisladas en los comienzos, éstas a que aludimos, han ido multiplicándose, y lo que antes era sólo una sospecha de amenaza remota, casi imperceptible para los ojos de la multitud, se manifiesta ahora claramente visible aun para los ojos más miopes, y se grita hoy como gritaban los antiguos romanos ante el incontenible avance cartaginés: Anníbal ad portas!, es decir, Aníbal a las puertas; y con mayor razón se grita aquí, por ya Anníbal, esto es, el extranjero invasor no se halla a las puertas, sino que se ha metido dentro de casa y asume las actitudes de un mandarín despótico y fanfarrón.

En presencia de este hecho, el hombre, como en presencia de cualquier fenómeno que le perturba y daña, ha tratado de inquirir la causa y, a falta de otra, o siguiendo la ley del menor esfuerzo, ha surgido la expresión que resume, a juicio de muchos, los antecedentes generadores del mal que se señala: carencia de patriotismo; con lo cual se afirma que el cubano contempla indolente la pérdida de sus libertades o realiza actos conducentes a esa disminución política de Cuba, porque el cubano no es patriota. En más de una ocasión, el que ahora os habla, se dejó seducir por la argumentación superficial y también achacó a debilidad del sentimiento patriótico la desfavorable situación política en que se halla la Isla de Cuba. Hoy, con un poco más de serenidad y de reflexión, pensamos, es decir, piensa de distinto modo el que esto dice.

Flojera del sentimiento patriótico, la hay, efectivamente. No cabe negar lo que es, por todos conceptos innegable. La generalidad de nuestros hombres piensa en lo que a cada uno favorece o puede favorecer, que en lo que interesa, conviene o puede convenir, a la comunidad. Se mira, especialmente, casi únicamente, hacia lo que se considera como un bien personal, como un bien del individuo, pero nunca hacia el bien de los otros individuos, hacia el bien de la colectividad, y, desde luego, es posible inferir que el patriotismo falta o se encuentra profundamente debilitado, ya que el sentimiento de patria, aunque sea, en su origen, el más egoísta de todos los sentimientos humanos, es el que más obedece a las leyes de la solidaridad y, por lo mismo, es eminentemente social. De donde puede inferirse, a la vez, que, si no existe la solidaridad, no existe el patriotismo, y que no hay solidaridad entre los hombres que sólo piensan en sí mismos.

Convenimos, pues, con los que afirman que hay carencia de patriotismo en nuestro país; pero ya no lanzamos, como un insulto, esa exclamación a la frente de los cubanos, porque ello sería tan inmisericorde y tan impío como para anatematizar a un enfermo que nació así. Tenemos el deber de ser responsables de nuestras faltas; pero sería injusto que se nos aplicasen penas por culpas que no son nuestras.

Por dos diferentes procesos, opuestos entre sí, se llega, a mi juicio, a la formación del sentimiento patriótico. Se puede ser patriota por lo que llamamos instinto de conservación, ciega fuerza que impele a los seres vivos a defender cuanto les es necesario para la vida, y se puede serlo, asimismo, por mandato de nuestra conciencia, como resumen de concienzuda y serena deliberación. En el primer caso, el hombre defiende lo que estima como suyo, en primer término la tierra donde ha nacido, de donde come, y a donde ama y procrea, y la defiende sin razonar. En el segundo caso, el hombre defiende también lo que considera como suyo, la tierra principalmente, pero no por irresistible y ciego impulso que surge sin que se sepa de dónde, sino que por su inteligencia le dice, con toda claridad, que la esclavitud no es don del cielo, y que tanto más venturosos seremos cuanto más dueños seamos de nosotros mismos. En el primer caso, son agentes externos en su casi totalidad los que determinan la formación del patriotismo, tales como la unidad de raza y la libre y continuada sucesión de los hombres en un mismo y extenso lugar de la tierra separado de los restantes por fronteras naturales. Este es el origen del bravo patriotismo español y del de los montañeses suizos. Tanto Suiza como España son países en que la naturaleza del suelo no es propicia a la acción debilitante desarrollada por la sociabilidad internacional, y así se afianza cada día el amor a la tierra en que se nace, fuente primera del patriotismo. En el segundo caso, predominan los agentes internos, los de orden subjetivo, porque el sentimiento patriótico responde a una madura reflexión, a un encadenamiento de juicios en cuya virtud  nuestra conciencia nos dice que debemos cuidar, defender y engrandecer nuestra casa, nuestra tierra, no sólo porque allí nacimos, en ella vivimos y amamos, en ella descansan los huesos de nuestros padres y en ella descansarán los nuestros y los de nuestros hijos, sino porque de esa manera nos es posible vivir mejor.

Por ninguno de ambos procesos ha podido llegar a formarse y fortalecerse el patriotismo cubano: ni ha habido aquí unidad de raza, ni se ha efectuado la libre y continuada sucesión de las generaciones en la posesión de la tierra, ni hay gran extensión territorial, ni existen las barreras naturales que impidan o estorben la acción, sobre nosotros, de factores internacionales, que tienden, como se sabe, al cosmopolitismo y desfiguran la fisonomía peculiar de los pueblos. Desde el punto de vista de lo que llamaríamos patriotismo instintivo, la República nació contrahecha, porque cuatrocientos años de coloniaje, en cuyo decurso desapareció por completo la población aborigen, se introdujo la esclavitud africana, se fomentó la colonización china y no tuvo nunca personalidad política el cubano, pues nunca fue el dueño y administrador de su casa, no podían, en modo alguno, concrecionar el sentimiento patriótico instintivo, que cristaliza en el alma del hombre de igual modo que el granito en la entraña de la tierra y que surge al exterior, en las grandes conmociones, de igual manera que aquel, al producirse los grandes cataclismos geológicos, levantó la corteza terrestre y formó, compacto y duro, el férreo corazón de las montañas. Desde el punto de vista del patriotismo que denominaríamos intelectual, aunque posee no escasos elementos afectivos, la República nació igualmente contrahecha. De sobra se sabe que la revolución libertadora fue la obra de un grupo de cubanos, y que aun ese pequeño grupo actuó por la constante predicación o el heroico ejemplo de otro grupo más pequeño que ofrendó, en holocausto de las libertades cubanas, con la vida, sus más seductores atributos. No podía existir el patriotismo intelectual cubano, porque no existieron jamás, en Cuba, condiciones y circunstancias favorables a su creación. Para que de esta forma del patriotismo se desarrolle es preciso que se ensanchen con anterioridad los horizontes mentales del hombre, que su espíritu se eduque y afine, es decir, que adquiera la amplitud y el poder necesarios para fijar antecedentes, determinar consecuentes sobre cuestiones abstractas, encadenar juicios, llegar a conclusiones y subordinar a ellas la actuación, de manera reflexiva, perfectamente deliberada. Durante la administración colonial, sólo una pequeñísima porción de nuestro pueblo adquiría los más rudimentarios conocimientos inherentes a la vida civilizada, y sólo una porción más reducida aun los beneficios de una verdadera y sólida cultura. La dominación hispana en América entendió siempre que su perdurabilidad en estos territorios no podía tener más fundamento que la ignorancia popular y, en tal virtud, no ceso de poner trabas a la cultura general. De cuando en cuando aparecía un gobernante bien dispuesto a romper los moldes de tradicional embrutecimiento y trataba de aproximarse al sistema de colonización que a los ingleses los ha hecho dueños del mundo. Cobrada, entonces, inusitado impulso la instrucción pública, pero, a poco, se asfixiaba, invadida de nuevo por la reacción obscurantista. De una población escolar que se calculaba en la considerable cifra de 190 a 200 000 habitantes libres, solo concurrían a escuelas públicas y privadas, a mediados del siglo último, unos 9 082 escolares, cantidad irrisoria en comparación con la que dejaba de concurrir a algún centro de enseñanza.

(…)

Cuando Sanguily dice que se respira por dondequiera muerte, codicia y brutalidad, porque no existe más que un deseo, un anhelo universal y dominante: hacer dinero a toda costa, por el fraude, por el cohecho, por la astucia, por la violencia, por el crimen, ¿no parece que pinta con trágicos, pero reales colores la hora presente de nuestra historia? Diríase que la tendencia ancestral, libre de obstáculos que puedan contenerla, se desborda y amenaza hundir en el lodazal de todos los vicios  lo que fue ensueño sugestivo y deslumbrador de un grupo de cubanos, de un grupo de compatriotas privilegiados por la suprema elevación de su espíritu, y que solo se ha cambiado el nombre de los antiguos capitanes generales.

Los sillares básicos de una República, sus fundamentos, señoras, señoritas y señores, son los ciudadanos, yde esa abominable cantera que con tan sombrías y vigorosas pinceladas acabo de exhibir a vuestros ojos por la mano de Manuel Sanguily, han salido los sillares, es decir, los ciudadanos de la República nuestra. En esa matriz se engendraron, se educaron en esa escuela y en ese ambiente crecieron. Un estado de cosas tan vil y miserable, una conciencia pública así creada, no pudieron ser transformados en tres años de revolución, ni, posteriormente a esta, por un simple cambio de instituciones de gobierno. Las instituciones cambiaron; la colonia dejó de serlo para convertirse en República; los antiguos capitanes generales fueron substituidos por los presidentes cubanos; pero el pasado colonial quedaba en pie, firme, inconmovible, desafiando con el poderío de sus cuatro centurias la vida incipiente de la nueva nacionalidad. Lo que ahora contemplamos no es más que la reproducción, sin trabas que la contengan, de la vida social pre-revolucionaria, es el pasado que vuelve, esto es que continúa, que se mantiene inalterable, porque no hay solución de continuidad entre la Cuba colonial y la Cuba republicana. Los mismos vicios que macularon la administración colonial, ensucian la administración presente, y, libres ya de la tutela del padre, ponemos en ejercicio las enseñanzas que de él recibimos. Los gérmenes de corrupción que emponzoñaron el alma cubana en los días no lejanos del coloniaje, envenenan ahora la conciencia de nuestro pueblo.

Pero como los hombres que dirigen hoy el pueblo cubano son sillares procedentes de la misma cantera de donde aquel emana, integrados se encuentran por igual materia, por igual substancia y, en términos generales no habrán de diferenciarse gran cosa del conjunto de que proceden. De ahí la inferioridad y la torpeza de la mayor parte de nuestros hombres públicos, de aquellos a quienes el pueblo señala para que lo representen y guíen. Esto aparte de que, casi siempre, no es el pueblo el que de veras escoge a sus directores, porque aquí los gobernantes se eligen por el procedimiento tradicional del forro y la violencia, exactamente igual a como se elegían los diputados en tiempos de la colonia y como aún se eligen en muchos lugares de España. De ahí también que sea justa la benevolencia en el juicio cuando haya que acusar a los cubanos y a sus elementos directores. Ni unos ni otros son ciertamente responsables de ser como son, pues que no son adquiridos sus vicios, sino que lo son de origen, ya acusarlos acremente sería tan cruel como acusar a un niño sifilítico por la dolencia que le legó la torpeza, la maldad, o la ignorancia dealguno de sus antecesores.

No quieren decir mis palabras, en manera alguna, que debamos callar o permanecer inactivos ante las lacras que corroen la vida social y política de Cuba. No se calla ni se permanece en reposo ante un enfermo, sino que decididamente se acopian recursos y se fija plan encaminados a atajar el daño y extinguirlo de raíz; pero no se recrimina al paciente cuando él no es culpable de su enfermedad y, aun cuando lo es, se le advierte su insensata conducta, pero se le indican procedimientos de curación. En lo que a la vida social y política de Cuba respecta, necesario es combatir al que aparece culpable, no porque precisamente lo sea, sino como una enseñanza para el pueblo y, en tal virtud, no deben callarse los errores o las maldades de los hombres públicos; pero no debe concretarse a ese solo hecho, al de la censura, la acción que tienen que desarrollar los ciudadanos de más noble espíritu, de mayor cultura y de más recta moral que poseemos. No siempre se es honrado, no siempre se es moral, no siempre se es virtuoso por tendencia natural del espíritu. Muchos hombres lo son porque entienden que deben serlo, y no delinquen porque no deben delinquir, aunque sus naturales inclinaciones los empujen en opuesta dirección.

Pero a esto sólo se llega cuando, por la amplitud de la mente, se está en condiciones de adquirir un claro concepto del deber, de las obligaciones que éste impone, de las responsabilidades o perjuicios que acarrea su incumplimiento, y cuando se está en condiciones, por la misma razón, de subordinar las acciones a aquel concepto, en la seguridad de que cuanto se empieza a realizar, aunque sea negligentemente porque desagrada al constituirespecie de dura disciplina que embaraza los actos, a la postre será una acción habitual, que se efectuará sin esfuerzo alguno y sin saber cuándo.

Esto no es una afirmación dogmática sobre fenómenos que caen dentro de las especulaciones abstractas, sino perfectamente comprobable por la experiencia. Ningún acto se realiza sin que obedezca a un estado mental consciente o inconsciente, y sabido es que lo que empezamos a efectuar conscientemente, si persistimos en realizarlo pasará al orden de la subconsciencia, esto es, al orden de los fenómenos inconscientes y constituirá después norma permanente de actuación. Bien lo sabe el músico, que, cuando principiante, fue esclavo de sus dedos y de las teclas del instrumento, los que únicamente concordaban entre sí, y sólo para arrancar notas discordes e ingratas al oído, por un poderoso esfuerzo de la atención, y que después, ya maestro, arranca maravillas del sonido a la flauta o al piano sin que, en el instante en que obtiene este resultado, perciba conscientemente la tecla en que puso el dedo.

Parece, pues, lo natural que, ante los graves trastornos que experimenta la sociedad cubana y, consiguientemente, lo que de ella depende, la República en primer término, tratemos de crear estados mentales convenientes a la producción de acciones en consonancia con la vida de su pueblo libre y civilizado, dueño de sus destinos. A mi entender, cuando no sea esta línea de procedimiento que acabo de exponer, resultará labor estéril, porque implicará desligar del pasado el presente, desligar de los consecuentes los antecedentes que los originaron, desligar del efecto la causa que lo produjo, lo que sería absurdo, porque ningún fenómeno, ningún hecho se produce por sí mismo, sino a virtud de otros que le sirvieron de precedente. Por estas razones no me he cansado de afirmar, en el periódico y en la revista, que la nación cubana, el pueblo cubano necesita que se le eduque y, a este fin, requiere intensa labor de apostolado. No a otra cosa que a la creación de un estado mental favorable al movimiento separatista en Cuba, se dirigían los apóstoles de la idea revolucionaria. No tenían otro objeto la palabra conceptuosa y ardiente de José Martí, ni las vigorosas proclamas de Sanguily. No tienen otro objeto, hoy día, los discursos del orador callejero que infla hasta las nubes la supuesta virtud de un candidato fullero, o las andanadas patrióticas con que un periodista de ocasión exalta las muchedumbres y oficia de pescador en río revuelto. Se trata, sencillamente, en todos estos casos, de crear en el que escucha o en el que lee, un estado mental que lo impulse a la ejecución de un acto que se desea conseguir. Y si es posible por la palabra y por la pluma atar el pueblo a los faldones de un politicastro cualquiera, ¿por qué no ha de ser posible, si en ello ponemos nuestra intención honrada, llevar a nuestros conciudadanos por senda menos pedregosa que la seguida hasta aquí, y guiarlos hacia más altos y más nobles fines que el de encumbrar una vulgar medianía sin escrúpulos, con el solo propósito de que esa medianía, después de encumbrada, les haga la gran merced de mirarlos protectoramente desde la altura y desde allí les lance, alguna que otra vez, un mendrugo para que se entretengan un rato?

En todas las sociedades y siguiendo una ley de similaridad que facilita la atracción y la compenetración de elementos aparentemente diversos y de muy distintas procedencias, hay siempre un grupo más o menos numeroso, una fracción mayor o menor que supera un pensamiento y en acción al resto de la colectividad; grupo de selección, especie de élite encargada de ver, sentir y pensar lo que no ven, ni sienten, ni piensan los demás, y al cual grupo, naturalmente, se atribuye la función de encauzar y dirigir, por sus acuerdos tácitos o expresos, el agregado social hacia objetivos que, por su elevación o su lejanía, escapan comúnmente a la general observación. Tal ha ocurrido en Cuba cuando se creaba el sentimiento separatista; tal ocurrió para la creación del autonomismo; tal ocurre en nuestros días con el reducido grupo de cubanos que aun a riesgo de que se les moteje de agoreros y se les mire con cierto desdén por los que viven cómodamente sin más ideal que la explotación de sus granjerías y la satisfacción vulgar de sus vulgares apetitos, clama un día y otro en medio del común desconcierto, pide un alto en el camino a las desbocadas pasiones, señala los peligros que anuncia el porvenir incierto e indica normas de puro y honrado patriotismo. En otras muchas fases de la vida social comprobamos la existencia de esa fracción a que aludo, y, si se quisiera un testimonio inmediato y claramente visible, lo tendríamos muy cabal y muy hermoso en el Comité de Damas que aquí, en Manzanillo, ha echado sobre sí la pesada carga de remediar ajenas necesidades y limitar, hasta donde alcance, las penosas consecuencias de la incuria, la dejadez y el abandono colectivos. Pero cuando ese grupo de selección a que hago referencia no dispone de energías o poder bastantes para hacerse oír, entender y seguir de sus conciudadanos pierde su cohesión la totalidad, el agrupado social se disgrega y extravía de igual modo que se desparrama y extravía un rebaño por escasez del número o falta de diligencia de los pastores que lo guardan.

No creo, pese a lo vergonzoso del espectáculo que actualmente ofrece la República, roída por mil concupiscencias, no creo, repito, que hayamos llegado a ese fatal momento en que la cohesión social se deshace frente a un peligro serio, como se disuelve en el agua un terrón de azúcar. Cuando una seria amenaza que todos vemos pesa sobre la sociedad, ésta se agrupa y se defiende a los primeros estímulos de aquéllos encargados de prevenirla. Así la hemos visto proceder en los casos, por ejemplo, de mortíferas epidemias. La reacción colectiva, ante el avance del mal siniestro, ha sido rápida y enérgica. Hay, pues, razones para inferir que nuestra sociedad no está muerta, que no ha llegado siquiera a ese estado en que, aun sin comprobarse la muerte, la sensibilidad se relaja y el organismo pierde la noción del mundo, la noción de la vida. Hay razones para suponer que, si nuestra sociedad no reacciona en la hora actual contra el inminente peligro que muchos vemos echarse encima de nosotros, es porque ese peligro no ha tomado aún los caracteres de realidad y no se ha hecho perfectamente visible a los ojos del conjunto general. Somos, en verdad, un enfermo que no aprecia su situación y no cree a los pocos amigos que se la advierten, o confía en que, más adelante, tendrá tiempo y buenas oportunidades para ponerse en cura.

De cuanto llevo expuesto surge evidente la conclusión que reafirma mi aserto de que Cuba requiere intensa y ardiente labor de apostolado, y surge, asimismo, quienes deben y habrán de ser los factores de esa obra. Urge infiltrar en la conciencia pública el convencimiento de que no es posible seguir por donde vamos. Urge la creación, por la prédica tenaz y constante, de una verdadera conciencia social que hoy no existe sino totalmente relajada. Urge que cada uno de nuestros conciudadanos adquiera el conocimiento de las obligaciones que impone la ciudadanía y de los deberes que fija a cada individuo la vida social civilizada. La evidencia de que en sociedad no se puede vivir al impulso de pasiones egoístas sin ningún freno, como vive un salvaje en la soledad obscura de la selva; es necesario ponerla ante la vista de nuestro pueblo, a fin de que sus hechos respondan al mandato de esa evidencia. La verdad de que el sentimiento de patria no se satisface exclusivamente con que una banderita flote en lo alto a los cuatro vientos, en tanto que a su sombra la vida se produce ignominiosamente encanallada; es urgentísimo fijarla en la conciencia popular, de igual manera que es preciso que la gran masa cubana comprenda que un pueblo corrompido viene a ser, en el concierto internacional, como una rata muerta en el seno de una familia: foco de pestilencia y de infección que habrá de ser necesaria y rápidamente destruido si no se quiere que lance en derredor sus gérmenes mortíferos. Igualmente surge de lo expuesto otra afirmación: la de que los encargados de la indispensable e intensa obra de preparación social y política de que tan urgentemente necesitado se halla nuestro, han de ser aquéllos que, sin un acuerdo previo, por la significación social de que disfrutan ya se consideran como integrantes de esa especie de élite a que hube de referirme hace poco. Si la fracción moralmente directiva del pueblo cubano se apresta fácilmente a acopiar recursos con que combatir una epidemia, remediar dolorosas penurias de las clases pobres, aliviar tristezas de la población menesterosa, o satisfacer perentorias necesidades de los que sufren han de pan y de justicia, males que alteran la normalidad social, con mayor razón debe apretarse a poner remedio a la grave perturbación que mina la existencia de la República y que la conducirá prontamente, si no se acude a contenerla con energía, a la disolución y la muerte. La vida de los pueblos, como la de los hombres,  no es ni será fecunda para la civilización, si no la anima y calienta la luz de un ideal, estrella que entre las sombras guía a los humanos hacia una perfección que se desconoce, pero con la que ardientemente se sueña y a al cual ardientemente aspira desde lo más hondo y secreto de nuestro espíritu, y cuando esa luz maravillosa falta en el espíritu, inútiles son entonces los que podrían parecer más gratos dones de la vida, porque esa fuerza que estimula y centuplica la energía humana desde no se sabe dónde, fuerza desconocida, misteriosa, que engendra el milagro, que hace brotar soles de las tinieblas remotas de lo infinito, o ignorados mundos del seno azul de los mares, o sueños de libertad en la conciencia oprimida del esclavo, es la que hace grandes a los pequeños, fuertes a los débiles, y alcanza aún más, porque consigue, señoras, señoritas y señores, que emerjan perfumadas y brillantes flores de juventud en la infecundidad desolada de la vejez, tal como Fausto se renueva y transfigura ante la imponderable belleza de Margarita.

La adaptación, ya lo ha dicho la ciencia, es ley de vida, y nosotros tenemos forzosamente que acogernos a uno de los dos extremos que van implícitos en esa afirmación: o nos adaptamos a las prácticas normales de la vida civilizada, o desapareceremos del mapa como pueblo capaz de gobernarse a sí propio. No es posible mantener la soberanía de Cuba en las condiciones tan desfavorables en que se ha ejercitado desde los primeros tiempos de la República hasta hoy, y, en tal virtud, la renovación de las viciosas costumbres sociales y políticas de Cuba, ha de ser actualmente el ideal cubano y, en especial, ha de serlo del selecto grupo de compatriotas a quienes la Providencia otorgó ventajas de sensibilidad, de inteligencia y de saber. El egoísmo brutal que en Cuba impera no rindió nunca, en ningún momento de la historia, frutos de bendición para los pueblos, ni en ningún instante fue posible la existencia de ningún egoísmo en medio de la alteración profunda de las leyes más esenciales de la vida, y no fue nunca ley del vivir social el egoísmo desenfrenado, generador, en Cuba, de todos los crímenes y de todas las infamias que en la hora presente nos avergüenzan.

Por lo que a mí respecta, aseguro que el ideal de regeneración cubana anima y estimula poderosamente mi espíritu. Por eso hablo con la crudeza ruda que habréis notado en el curso de mi disertación. Personales conveniencias, de bajo vuelo si se las compara con las conveniencias nacionales, me indicaban que debía divagar un poco, manejar con alguna habilidad el eufemismo, disfrazar un tanto mi pensamiento, de tal modo que la verdad se transparentase como por entre la malla de un velo, aunque fuese un velo de cobardía, con el fin de no herir la suspicacia o la prevención ajenas ni dar fuente a torcidos o malévolos comentarios. Pero como el ideal implica siempre la disposición altruista y olvido o renuncia de lo que no constituya el ideal mismo que se persigue y cuya consecución se desea, no vacilo al exponer aquí mi pensamiento y cumplir esta noche lo que creo que es mi deber de ciudadano. Pienso que la verdad es ésta que os he dicho, y ahí está, a la consideración de todos vosotros, como se tiende un cadáver, absolutamente desnudo, sobre la plancha de disección. La verdad es, a mi juicio, que por el deficientísimo sistema de coloniaje implantado en Cuba, sistema que toda la España intelectual de nuestros días condena enérgicamente y que fue, asimismo, condenado por estadistas de clara visión de épocas ya pasadas, el cubano no quedó en posesión de su soberanía política sin haberse preparado anteriormente para el ejercicio de la misma, y que no sólo adolecía de falta de educación política, sino que ni aun contaba con educación social, base indispensable de la otra. La verdad es, igualmente, que, seamos o no culpables del presente estado social y político de Cuba, tenemos que atender a él y atenuar o borrar las consecuencias de los antecedentes pretéritos.

Desde el descubrimiento de América hasta hoy, no obstante la transferencia del gobierno, de manos españolas a manos cubanas, ha reinado en Cuba la injusticia. Ella dictó las resoluciones en el pasado y genera las decisiones en el presente. Dos inmortales preceptos que muy poco ahora recuerdan, preceptos que servirán, sin duda, para formar santos, pero que indudablemente sirven para crear hombres de bien y pueblos sanos, fuertes, vigorosos y prósperos, deben constituir la norma de la actuación: dad a cada uno lo que es suyo; no hagas a otro lo que no quieras para ti. He aquí el fundamento de toda buena educación social. Y cuando a estas máximas responden las acciones de los hombres y de los pueblos tened por seguro que no hacen falta tutores que vigilen, dirijan o coarten los actos humanos, ni son, entonces, las repúblicas, un infierno en que se vive a salto de mata, en eterna disposición para agredir o para esperar y repeler la agresión, tal como ahora, para desgracia y vergüenza de todos nosotros, se vive en Cuba, pese a las evangélicas enseñanzas de Luz y Caballero y José Martí, porque ni brilla el sol de la justicia en nuestra patria, ni la verdad nos ha puesto la toga viril, ni Cuba es con todos y para todos, como anhelaban los dos gloriosos apóstoles, que tal vez nos contemplen doloridos y tristes desde la eternidad de la muerte y de la Historia.


Nota:


El presente texto fue publicado por la Imprenta El Fígaro. La Habana, 1922.


Sobre los autores
Francisco Rodríguez Mojena 1 Artículo escrito
1 COMENTARIO
  1. Mario E. Rodriguez dice:

    Tal como dice mi abuelo Paco en este artículo, la República de Cuba nació coja, y creo q por ello se nos cayó. Han pasado ya 117 años que nació y no hemos podido casi disfrutar de sus virtudes

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