El lenguaje de los Tomahawks: Siria, Corea y una moraleja

Tomahawks

Foto tomada en Internet

“La madre de todas las bombas (no nucleares)…,

o ¡pa’su madre, la bomba!”

Como “la madre de todas las bombas” fue caracterizada por los medios norteamericanos este monumental artefacto explosivo que se identifica como “MOAB” y que tiene una fuerza de 11 toneladas de explosivos (nueve menos que la primera bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, que era equivalente a 20 toneladas). Fue lanzada  en los primeros días de abril contra un sistema de cavernas, en las montañas de la provincia de Nangahar, en Afganistán, en la vecindad de la frontera con Pakistán; allí, supuestamente, se albergan hombres y depósitos de armas y municiones de ISIS. El costo de la bomba es de 314 millones de dólares (Business Insider y otras fuentes coinciden en esto). Primero, se informó de 37 muertos, luego se añadieron unos cuantos más, hasta redondear el centenar de muertos. Sin dudas, estos terroristas muertos pudieran pasar al libro Guinness de records como “los terroristas muertos más caros de cualquier conflicto”.

Semanas atrás, el incidente del hospital sirio supuestamente bombardeado por la aviación gubernamental con armas químicas de gas sarín, sirvió de punto de partida inmediato para que Washington decidiera lanzar casi 60 “Tomahawks” contra la base aérea de donde partieron dichos aviones. No obstante los anuncios iniciales informando de la destrucción de las pistas de aterrizaje, aviones, almacenes de combustible y otros objetivos, las imágenes y datos posteriores hacían visible un nivel de destrucción bastante menor: se veían las pistas y los hangares intactos, y apenas ocurrieron siete muertes. El costo de cada “Tomahawk” es de un cuarto de millón de dólares; el costo de reponer los 59 lanzados andaría por alrededor de 60 millones de dólares, lo que pudiera constituir un buen punto también para incluir en el Guinness.

Al mismo tiempo, sobre Corea del Norte, la Administración Trump ha volcado desde mediados de abril un carnaval de amenazas y acciones preventivas que pudieran dejar chiquita a “la madre de todas las bombas”, incluyendo acciones de castigo encaminadas a suprimir los proyectos balísticos y nucleares de dicho país. Los niveles de tensión se han disparado con el despliegue de fuerzas navales de Estados Unidos y con los nuevos sistemas coheteriles desplegados por este país en Corea del Sur; todo ello sazonado con un duelo de declaraciones entre Washington y Pyonyang, que no hacen sino inyectar más adrenalina al conflicto.

El 17 de abril -fecha memorable para los cubanos de ambas orillas, aunque con connotaciones bien distintas- el prestigioso The New York Times, en su edición matutina, analizaba la situación con una sobrecarga de predicciones lúgubres. Con cierto sabor cubano, titulaba “Cuban Missile Crisis in Slow Motion Starts to Speed Up”, destacando el tono de los anuncios bélicos por parte de Washington que insisten en que Estados Unidos “will no longer tolerate North Korea’s incremental advantages” y subrayando, además, que estamos ante una “mix of national ambition, personal ego and deadly weapons is creating opportunities for miscalculation”. La sugerencia de un posible error de cálculo convoca, con toda fuerza, la frase inicial de este artículo: “!pa’su madre!” Cualquiera podría preguntarse si la afirmación de The New York Times nace de un estimado serio y probable o si acaso procura, mediante el temor que se deriva de semejante afirmación, convocar a la cordura. Permítanme algunas acotaciones al margen, en ayuda de los que adolecen de memoria corta o la de aquellos otros acostumbrados a comprar la primera versión.

“La madre de todas las bombas” se lanzó contra una supuesta posición de ISIS en Afganistán (no de los talibanes -que siguen campeando por sus respetos-, ni contra Al Qaeda, que por ahí sigue, con el resto de su dirigencia intacta encabezada por Al Zawahiri). ¿ISIS en Afganistán, dónde, cuánto y cómo? Búsquense los informes de prensa, reportajes u otra evidencia que nos diga que “la madre de todas las bombas” era más necesaria en Afganistán y todo lo que se encuentre será, en escala menor, comparado con ISIS en Iraq o en Siria, en Mosul o Raqqa… ¿O es que acaso los pilotos norteamericanos se equivocaron de “objetivos priorizados”? Cuántos meses o años llevamos manoseando las hipótesis de recapturar Mosul y Raqqa. Ya duran más que la batalla de Stalingrado…Y, de repente, sobreviene la brillante idea de bombardear las cuevas de Nangahr, donde no ha sonado un cohetazo desde hace ya no sé qué tiempo…

Siria. En el año 2013, hubo un incidente mayor con ataque químico en un poblado cercano a Damasco, Ghouta, del que se buscó de inmediato culpar al gobierno sirio. Debates serios, sustanciados por investigaciones rigurosas, exoneraron entonces al gobierno sirio de cualquier responsabilidad y, consiguientemente, el sabor de auto-provocación de parte de los terroristas quedó como la hipótesis de mayor credibilidad. Bajo supervisión internacional, los arsenales de armas químicas sirias, 10 en total, fueron destruidos. En ningún momento el gobierno sirio había hecho uso de las mismas. A lo que no se le ponía mucha atención era a los dos arsenales capturados por los terroristas donde sí había algunas armas químicas. También se silenciaba el escándalo dentro de Arabia Saudita, involucrando al Príncipe Bandar -jefe de los servicios de Seguridad e Inteligencia- por haberle suministrado armamentos químicos a las agrupaciones terroristas. Nada de esto se saca a colación, ni se vincula a lo ocurrido en Siria días atrás.

A cualquier mal pensado pudiera ocurrírsele que se trata de otra auto-provocación o, mejor todavía, de una “cortina de humo” para silenciar y enfriar el bombardeo norteamericano en marzo pasado contra un sector de Mosul occidental, en el que perecieron más de 300 civiles (uno de los peores desde el comienzo de las operaciones de Estados Unidos en Afganistán y Mali, pasando por Iraq, Siria y Libia). Las autoridades  iraquíes culpaban a sus aliados norteamericanos por semejante bombardeo. La versión del gobierno sirio y de las autoridades rusas negando el uso de armas químicas y que éstas se encontraban en los objetivos bombardeados en manos de los terroristas, fue rechazada de inmediato por Estados Unidos y sus aliados; la idea de una investigación exhaustiva y un debate serio, se rechazaban de plano y se optaba por “el lenguaje de los Tomahawks”; en tanto que los poderes mediáticos no le refrescaban la memoria a la gente, concentrándose en sobredimensionar las acciones militares de Estados Unidos.

Sin embargo, ¡fiat lux!, el 18 de abril, se anunciaba por las autoridades iraquíes y diversos medios, que ISIS acababa de producir dos ataques químicos contra el sector occidental de Mosul, causando una veintena de lesionados, entre militares y civiles. Los agarraron esta vez, como dice el viejo refrán, “con las manos en la masa”. Como había pasado en Ghouta, en el 2013. ¿Qué se dirá ahora del incidente en Siria?

Corea. Pero, con Corea del Norte, la jugada es diferente. Es diferente por muchas razones. Primero, los coreanos “del Norte” representan una opción política y militar cuya naturaleza es archi-compleja y no admite simplificaciones. Y no se trata de que Pyongyang posea una determinada capacidad balística y nuclear; se trata de un país al cual -hasta ahora- nadie, como decimos en buen cubano, le ha podido “meter el pie”. Cuando los soviéticos y los chinos trataron de controlarlos e imponerles determinadas acciones, Kim Il Sung los sacó de su país a cajas destempladas, manteniéndolos a raya hasta el día de hoy. Segundo, que a nadie se le ocurra pensar que Trump va a convencer a los chinos para que presionen a Pyongyang a seguir determinadas pautas; y menos a los rusos. Y nadie debe olvidar que ambos países, China y Rusia, comparten fronteras y determinados niveles de alianza con el gobierno de Kim Jong Un. Y tercero, mejor todavía: si la “guapería” (hoy entronizada firmemente como política exterior de la Casa Blanca) quisiera pasar de la retórica a los hechos, ello no será posible sin el concurso y aprobación de los coreanos “del Sur” y de Japón, los cuales jamás van a extenderle semejante placet, dadas las implicaciones inmediatas y directas que ello tendría para sus respectivos territorios y poblaciones. Tan es así que hace apenas unos días, el vice-presidente Pence, luego de visitar Corea del Sur y reiterar las advertencias más convencionales contra Pyongyang, agregó que Estados Unidos “doesn’t Rule Out Talks…” (The New York Times, 17 de abril). Sin duda, un tono más atemperado tras conversar con sus aliados locales.

Nuestra memoria nunca debe ser corta: cuando Saddam Hussein (en su larga guerra contra Irán) hizo uso del arma química en repetidas ocasiones (causando cientos de víctimas), su principal aliado era Estados Unidos (más interesado en sofocar la revolución iraní) y no hizo nada por detener o castigar semejante barbarie. ¿Hemos olvidado ya a Vietnam, el “agente naranja” y otras armas químicas empleadas por Estados Unidos? Cuando se desató el “relajo” de la proliferación de las armas nucleares, ¿qué hizo Estados Unidos para detener y suprimir dicha proliferación en países en conflicto, con elevado riesgo de emplear este tipo de armamento (como India, Pakistán e Israel, que en Dimona acumula una capacidad nuclear devastadora para todos sus vecinos, cercanos y lejanos)? Se cuestiona entonces a Corea del Norte, se cuestiona entonces hasta la posibilidad de que Irán desarrolle su energía nuclear o sus medios coheteriles, pero no a los anteriores; es el diktat sólo para sus enemigos, no sus amigos incontrolables. ¿A cuál de estos le tocará próximamente “la madre de todas las bombas”? ¿O debe imponerse mediante consenso y negociación pactada un arreglo válido para todos?

Y mientras esperamos porque la racionalidad y el equilibrio se impongan como normas, le recordamos a nuestros lectores cuatro datos finales: A) que la península coreana -por los Acuerdos de Potsdam de 1945- debía ser ocupada temporalmente por la Unión Soviética (por el norte) y por Estados Unidos (por el Sur) y retirarse después. B) Las fuerzas soviéticas se retiraron en 1948; Estados Unidos en ningún momento lo ha hecho; entre las partes que tomaron parte en la guerra de 1950-1953 hay un armisticio firmado, pero no un acuerdo de paz; en “el norte” están los coreanos con sus fuerzas, en “el sur” están los coreanos con sus fuerzas y respaldados por más de 28,500 efectivos estadunidenses, más el tema de las bases militares en Japón (70,000 efectivos estadunidenses aproximadamente), que no tienen la mínima preocupación por retirarse y dejar que, en plena libertad y sin injerencias, puedan negociar y pactar su diferendo. C) Las fuerzas de Estados Unidos, desde 1945, impusieron gobiernos dictatoriales como Sygnman Rhee y la dictadura militar  de Pak Chung Ji, y no vacilaron en apoyar a las fuerzas de Corea del Sur cuando estas sofocaron sangrientamente los levantamientos populares de 1980, el de Pusan en particular. Son las pequeñas cosas de las que no nos hablan nuestros políticos, ni los poderes mediáticos.

Una preocupación final. Antes de estas acciones, los niveles de aprobación en las encuestas en torno a la gestión del presidente Trump andaban por el piso, entre los 30 y tantos y 40 puntos. Nada le salía bien: ni la política migratoria, ni revocar el Sistema de salud conocido como “Obamacare”, los rollos derivados de contactos comprometedores con los rusos (renuncia del General Flynn), el muro con México se “enfriaba”, la demora o bloqueo en la aprobación de diversos candidatos para importantes cargos, los rollos con las agencias de Inteligencia, etc. Desatadas las acciones bélicas y de amenaza descritas, los niveles de aprobación popular se dispararon por encima del 50 por ciento.

Moraleja. Alardear de tipo duro, amenazar con el uso de acciones bélicas y proyectar el poderío norteamericano en todas las latitudes, generan ganancias políticas. Bienvenida sea entonces la política del “gatillo alegre”. Con ello se reafirma lo que ha sido un patrón de conducta recurrente en las diferentes administraciones, en especial después de terminada la II Guerra Mundial: la primera preocupación de un Presidente está en ser reelegido para el cargo cuatro años más. ¿Cómo lo logra? Pudiera uno pensar que con una política de fomento económico y social; pero ello, la mayor parte de las veces, resulta muy complicado y a más largo plazo. Lo más fácil, expeditivo y de rápida ejecución para la superpotencia es fomentar el miedo entre el electorado; esto es, cómo inyectar miedo de forma tal que la población tienda a nuclearse en apoyo a la presidencia  encargada de garantizar “la seguridad nacional”. Los aliados de la OTAN validarán casi cualquier cosa, y otro tanto harán los poderes mediáticos. Y nada más útil que alguna “guerrita” de bajo costo y baja intensidad, alguna lluvia de cohetazos o despliegues aéreo-navales contra escenarios locales y similares. Ya lo decía el Secretario de Estado de Teddy Roosevelt tras los óptimos resultados producto de la “guerrita” con España en 1898: “A splendid little war”. Esto es siempre tentador y en extremo peligroso para todo el mundo.

Sobre los autores
Domingo Amuchástegui 26 Artículos escritos
(La Habana, 1940). Licenciado en Historia por la Universidad Pedagógica. Máster en Educación por la Florida International University. Doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami. Fue Jefe de Departamento en el Ministerio de Re...
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