Discurso pronunciado por el Dr. Elías Entralgo en el evento nacional “Por la Escuela cubana en Cuba libre”

El presente discurso del Dr. Entralgo es parte de las alocuciones ofrecidas por profesores y maestros en el evento “Por la Escuela Cubana en Cuba libre".

Imagen: Instituto de Segunda Enseñanza de Camaguey. Foto tomada de Internet

A cargo de Walter Espronceda Govantes

La obra, tan pausada como tenaz, de los docentes criollos en los colegios privados de la segunda enseñanza de la Cuba del último tercio del siglo XIX, fue fundamental para que colectivos sociales formados por jóvenes educados e inquietos culturalmente llegaran a profesar una profunda estimación hacia valores tales como “país”, “patria”, “nación”, “soberanía”, “constitucionalidad”…

La máxima anterior resalta con claridad en el entendimiento de Elías Entralgo, cuya vastedad patriótica y humanista en el campo de la docencia universitaria es de suma elocuencia. El presente discurso del Dr. Entralgo es parte de las alocuciones ofrecidas por un elenco de profesores y maestros en el evento nacional “Por la Escuela Cubana en Cuba libre”, convocado por el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, en 1941. Esta reunión sesionó en la Gran Logia Masónica de La Habana.

Discurso pronunciado por el Dr. Elías Entralgo en el evento nacional “Por la Escuela cubana en Cuba libre”

La aparición y desarrollo de la nacionalidad cubana y su constitución en Estado soberano no han sido productos del azar ni del capricho, sino la obra lenta, sostenida y heroica de varias generaciones enderezadas hacia ese empeño creador. Sería vano alarde de innecesaria erudición e inútil retórica memorar ahora datos encaminados a probar cómo tan valiosa herencia histórica estuvo amasada con trabajo, dolor y sacrificio ingentes. No creo que ninguno de los aquí reunidos ignore eso. Pero el aislado conocimiento, en este caso, sin la asociación de otros factores, puede decaer en indiferencia o degenerar en destrucción. No debemos contemplar con la sola óptica del mero pasatiempo o de la simple curiosidad tan altos valores morales, como si no fueran más que páginas arqueológicas, papeles archivados o piezas de museo. Tenemos que nutrirnos de la convicción sólida y firme de que todo ese rico patrimonio forma parte esencial de nuestra vida con el imperativo de una necesidad, y no podemos, por lo tanto, derrocharlo desdeñosa o abandonadamente; sino que estamos obligados a acrecentarlo con nuestra atención vigilante y nuestra actividad denodada. Una actitud opuesta implicaría la negación de un pasado que condiciona la existencia de nuestra personalidad social y política en el presente y su subsistencia en el porvenir.

No nos hemos congregado, pues, para ocioso recreamiento ni para reducido interés. Hemos venido a plantear, con ánimo de resolución, problemas que afectan a la médula, al corazón y –¿por qué no decirlo?– al estómago de nuestro pueblo, a su más íntima razón de ser en el concierto internacional. El mantenimiento de su autarquía dependerá, en gran medida, de la orientación que adopte la docencia, simiente de otras instituciones. En este sentido, los convencionales de 1940, captando limpias corrientes de opinión popular, estatuyeron preceptos tendientes a robustecer en la enseñanza el alma de la cubanidad, atacada desde varios flancos extranjerizantes y disgregadores.

Un publicista cubano de talento tan verdadero como de tan poco afán en exhibirlo falsamente, el señor Fidel G. Pierra, consideraba que uno de los defectos principales en el carácter cubano era el de acletofobia, o sea, el horror a la verdad cuando no nos halaga. Una manifestación evidente de ese fenómeno es la carencia de estadísticas. Si le concediéramos a tal investigación la trascendencia que tiene y la importancia que merece, llegaríamos a consecuencias muy desoladoras sobre los resultados permanentes de nuestra economía. Sabríamos entonces la enormes cantidades de dinero que de Cuba emigran para el extranjero, veríamos cómo el cubano trabaja no sólo para el inglés, sino para el norteamericano, el español, el francés, el canadiense, el hebreo, el chino, el polaco, el jamaiquino, el haitiano y hasta el vaticanense.

Así se ha ido disociando nuestro cuerpo, mientras en la escuela se pretende continuar destruyendo nuestro espíritu. Para tratar de impedirlo hemos comparecido en esta mañana luminosa a este acto constructivo, uno de los pocos integralmente edificadores que se han verificado en nuestra etapa republicana. Lo que deseamos y demandamos es algo tan elemental como el respeto a la ley, y no a una cualquiera de estas reglas y normas, sino a la que es matriz suprema de todas en el régimen que nos hemos dado: la Constitución.

Pero, además, esa defensa de sus bases nacionales no es un movimiento singular del pueblo cubano; sino que, con sus propias peculiaridades, lo han venido practicando todos los Estados soberanos del mundo. Acaso sea nuestro nacionalismo el más generoso y, por ende, el menos agresivo de cuantos existen. ¿Por qué las corporaciones extranjeras que a la instrucción se dedican entre nosotros no han de comprender también, con sólo mirar para sus respectivos países, la razón incontrastable que nos acompaña? A poco que piensen sobre ese extremo habrán de mostrarse comprensivas.

Conciudadanos: de la justicia de esta causa yo no tengo dudas. El amor que la conmueve aquí se proclama. Nos falta todavía un tercer sumando: la perseverancia en la empresa. He ahí la clave del posible y justificado éxito futuro. Y, por ello, mis palabras finales han de ser de exhortación a la constancia en el empeño.

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