En busca del encuentro perdido


Preciso es haber perdido el juicio para creerse excusado de hacer el bien.

Padre Félix Varela.


I

Para ilustrar la incultura religiosa y sus consecuencias, un sacerdote contaba esta historia ocurrida en La Habana de los años 80’s: un grupo de estudiantes de San Alejandro, la famosa escuela de arte, estudiaba pintura del Renacimiento. Como casi toda la plástica de esa época, los motivos son el reencuentro con lo greco-romano y lo judeo-cristiano. Así, el profesor enseñaba en La Anunciación de Fra. Angélico, la intensidad del color, la expresión emotiva de los rostros y el uso de la perspectiva para crear planos. De pronto, uno de los estudiantes preguntó al maestro por qué la obra se llamaba La Anunciación; que qué “anunciaba”. Otro, aprovechando la oportunidad, curioseó si el nombre “Fra.” era por Francisco. Abrumado, el profesor dijo que él ensenaba arte y no religión; que esas preguntas debían hacérselas a un cura.

Esta anécdota, contada por el mismo sacerdote que debió explicar a los muchachos que el autor era un fraile de la Orden de los Predicadores –y ahí también hablar de quienes eran los Dominicos-, contó que la obra reflejaba uno de los episodios bíblicos más tiernos, el anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María de que sería la madre del Salvador. Los alumnos de San Alejandro deberían saber que ese hecho narrado en los Evangelios había quedado inmortalizado en decenas o tal vez cientos de obras plásticas del Renacimiento con diferentes matices.  

De tal historia se desprenden varias preguntas. La primera, y no es privativa de Cuba, ¿por qué la Modernidad y sobre todo la Post-modernidad han evadido el hecho religioso, algo intrínsecamente humano- Rechazo que, escondido en un laicismo mal asumido, llega incluso a separar cultura –como el caso que se narra- de la religiosidad humana. ¿Por qué el “hecho religioso”, algo factual, ha sido vendido por los media como algo puramente subjetivo e individual, cuando es un “hecho” que el judaísmo, el cristianismo, el islamismo y el budismo han marcado la vida de más de dos tercios de la Humanidad en los últimos tres milenios?. No es posible estudiar el desarrollo humano sin el componente religioso que acompaña las ciencias, la política o la economía. Los valores religiosos sin fanatismos u hogueras medievales, ¿son un peligro para las sociedades actuales? Y más: ¿podrían los estados laicos, modernos, dar opciones a la sociedad civil para conocer y estudiar las religiones y sus implicaciones éticas y cívicas?; ¿Cómo hacerlo sin chocar con el mundo no-creyente y sus valores, tan válidos como los del mundo creyente, pero a menudo contradictorios?

II

En el caso particular de Cuba, la relación histórica entre la Iglesia católica y el pueblo sencillo, entre lo institucional religioso y la evangelización de grandes masas, no ha sido siempre feliz en casi cinco siglos de existencia. Más bien se trata de relaciones llenas de paradojas, encuentros y desencuentros. Debido al Patronato Regio y otras causas geográficas, culturales y económicas, la evangelización y el enraizamiento del cristianismo en Cuba fueron diferentes al resto de América. Como en cierto sentido la Iglesia y la Monarquía españolas eran lo mismo, la primera estuvo opuesta a todo viso de independencia. Para colmo de males, la Iglesia católica institucional previa al siglo XIX era visiblemente corrupta y mediocre; su apoyo a la esclavitud y a la Trata, a la represión de cualquier disidencia nacionalista, le hizo perder el terreno en la conquista de la feligresía más sencilla y mestiza.  

Las cosas empezaron a cambiar con la llegada a Cuba del Obispo Espada, al nacer el XIX. El Obispo tenía la misión de adecentar la institución eclesial y evangelizar una Isla donde las religiones africanas –disimuladas en carnavales e imágenes católicas- ya eran parte de la cultura popular. Azares concurrentes, el Obispo Espada facilitó la cosecha de jóvenes intelectuales cubanos formados en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio y en la Universidad de San Gerónimo de La Habana. Ellos –el Padre Varela, Saco, Luz y Caballero, Domingo del Monte- con toda propiedad deben ser llamados padres fundadores de la nacionalidad cubana. Y su formación es, primariamente, cristiana. Podríamos afirmar que la idea de independencia y el “ser cubano” como concepto, nacen justamente dentro de las instituciones académicas de la Iglesia Católica –como sucedió en otros países hispánicos.

Pero desaparecido el Obispo Espada, comenzó una regresión a los tiempos de la mediocridad y la alianza con la Monarquía. Sería interesante que los historiadores pudieran profundizar en la siguiente paradoja: la Iglesia católica cubana ha formado hombres y mujeres heroicos, con altos valores éticos y patrióticos, y en ocasiones ella misma se ha convertido en freno y contrario frontal a las expresiones de libertad.

Tales contradicciones alcanzan su corolario durante las guerras de independencia. Fue como si hubieran dos iglesias: una española, que bendice y da cobijo en sus predios a los soldados que saldrán a combatir a los criollos independentistas; y otra cubana, con sacerdotes combatiendo al lado de los mambises y quienes usan a la Virgen de la Caridad del Cobre como inspiración y patrona. De esa manera la República de principios del siglo XX está pobremente ligada a una jerarquía eclesial mayormente española, y un pueblo cristiano multiétnico, “impuro y contaminado” con religiones africanas. El terreno creyente estaba listo para que con las tropas de ocupación norteamericanas desembarcaran las iglesias llamadas protestantes y conquistaran una buena cantidad de feligreses debido a su sencillez y mensaje reconciliador.

Debe notarse que la Iglesia católica, la que nos “toca” por ascendencia, cultura y tradición, supo transformarse en “cubana” en apenas medio siglo. Para 1959 había cientos de hospitales y escuelas católicas, periódicos, revistas y estaciones de radio. No había pueblo en la Isla que no tuviera su Iglesia y su parque. Los sacerdotes cubanos se contaban ya por cientos, y los obispos no venían de España, y su primer cardenal era cubano. Pero algo sucedió entonces, pues una vez más se repetiría la historia; sus instituciones académicas de élite, allí donde la mayoría de los estudiantes debían pagar altas cuotas por la colegiatura, formaron a quienes una vez se enfrentarían a la Iglesia.  

¿Realmente hubo antes de 1959 en Cuba una Iglesia “encarnada” en el pueblo? ¿Por qué tan pronto se afeitaron las barbas, la gente escondió el Corazón de Jesús en el último cuarto y puso la imagen del Líder en la sala? No todos lo hicieron por miedo. Hubo quien se sintió  muy a gusto con el trueque de imágenes; escondieron a Jesús en tanto otros pueblos se dejaron matar solo para no negarlo. Esos son los hechos: la Revolución cubana, confesadamente comunista, casi borró de la geografía religiosa el cristianismo. ¿Se había convertido la Iglesia cubana, como la anterior española, en una élite de blancos y ricos? ¿Cuáles eran sus “pecados terrenales”? ¿No ser lo suficientemente inteligente y tolerante para evitar la confrontación que casi la aniquila? ¿Por qué el pueblo cubano, en masa, no tomó la calle cuando cerraron las escuelas católicas, los periódicos y las emisoras de radio? ¿Había encontrado el cubano un “salvador” que impulsaba la masiva conversión comunista, una definitiva e irreversible liberación de su espíritu?

III

Fue el ENEC, Encuentro Nacional Eclesial Cubano de 1986, el evento que renovó la Iglesia zaherida y le dio a sus bases confianza y unidad para seguir adelante. Sin embargo, este importante suceso para la Iglesia fue intrascendente para el resto de los cubanos, pues los medios masivos de difusión, todos en poder de un Estado constitucionalmente comunista -aun no era “laico”-, no difundieron la noticia. Podría decirse que el primer impacto real sobre el cubano de a pie, que se regó como pólvora y puso al Gobierno cubano en guardia fue la Carta Pastoral “El amor todo lo espera” en septiembre de 1993.

La Isla estaba en medio del eufemístico “Período Especial” y las dudas de muchos para sobrevivir a la caída del campo socialista eran grandes. Era curioso, porque con la crisis económica comenzó también la crisis de conciencia, y el trance espiritual, pasaje a la conversión. De pronto los cubanos recordaron que los humanos, humanos eran, y que los líderes terrenales por muy líderes que fueran, tenían fecha de caducidad, como sus ideas. En el último cuarto y lleno de polvo todavía estaba el Corazón de Jesús. Así que lo volvieron a poner en la sala de la casa.

Y hay aquí otra importante lección histórica: probablemente los cubanos no hubieran regresado a las iglesias -de todas las confesiones- sin el trauma económico y social que produjo la hecatombe socialista. Una carta pastoral tampoco hubiera sido motivo para el cambio. Fue primero la orfandad de opciones económicas y sociales lo que produjo el acercamiento a las negadas iglesias de otros tiempos, no la opción espiritual, siempre secundaria aunque igual de complementaria. Es esencial comprender esta cadena de conductas en su justo eslabonamiento, pues siguen las preguntas: y si la economía mejorara, ¿los cubanos le darían de nuevo la espalda a la Iglesia?; la conversión del pueblo de la Isla, ¿es real o está influida solo por necesidades “terrenales”?   

Después de la visita de Juan Pablo II, hubo más de espíritu y conciencia en el acercamiento a las iglesias, en especial a la católica. Regresaron las revistas, los cursos en las parroquias, los centros para la formación cívica y religiosa del laicado. En especial el lanzamiento de ciertas revistas católicas se convirtió en un espacio para compartir ideas entre creyentes y no creyentes, siempre desde el respeto al otro. Pero todo quedó en los estrechos marcos de las parroquias o en los centros de formación cívica y religiosa.

Sin embargo, aquella vocación de diálogo generó hechos poco conocidos en general: los llamados “encuentros de frontera La Iglesia fue auspiciadora de los primeros encuentros entre académicos del mundo secular marxista e intelectuales católicos, sacerdotes y laicos. Aunque en décadas anteriores hubo espacios en el Seminario de San Carlos para encuentros similares, ahora se trataba de verdaderos simposios, eventos científicos de altísima calidad. Los nuevos laicos fueron protagonistas en buena medida del éxito.

Reconfortante fue encontrar en el mismo panel a Eduardo Torres Cuevas y a monseñor Carlos Manuel de Céspedes; emocionante fue tener conferenciantes venidos de Roma y de España; y filósofos marxistas cubanos aportando otra visión, enriquecedora, desde una perspectiva materialista, al mundo eclesial. Las memorias deberían ser publicadas para conocimiento público. Uno de los primeros simposios fue celebrado en el antiguo Seminario de San Carlos y San Ambrosio, rescatando el espíritu del Padre Varela, católico hasta el tuétano, pero abierto a la ciencia, a la razón y a la discusión política de alto vuelo. Alguien, sintiendo la brisa marinera de la Bahía de La Habana, oyendo hablar en “diversas lenguas” a tantos intelectuales eminentes, de la Iglesia y la academia secular, dijo que hacía mucho tiempo no se sentía tan orgulloso de ser cubano como hasta ese instante.

Un mal día lo que fue un muy buen comienzo se esfumó sin saber por quién y por qué. Acaso ni merece la pena saberlo. Podemos intuir que fue el recelo mutuo; la envidia, ese padecimiento que nos ha costado tan caro; la intolerancia de todos, sin exclusiones; las absurdas querellas generacionales y las fidelidades mal comprendidas al seguir a los hombres y no a Jesús, el verdadero, el de Machado, el que anduvo en la mar.

IV

Tal vez algunos pecamos de excesos de optimismo. Es difícil admitir que aquella época de reencuentros entre el mundo cristiano -y de otras denominaciones religiosas- y el mundo académico secular no fue otra cosa que un sueño demasiado efímero para ser real. La religión -incluidas todas-, la historia y la cultura cubanas son, más allá de cualquier voluntad o capricho, partes intrínsecas de un todo que, escindido, resulta inaprensible.      

De cierto modo, está llegando la hora de amplificar aquellas vivencias “de frontera”, enriquecedoras de la mente y del espíritu, al resto de la sociedad.  Los valores religiosos jamás serán un peligro para las sociedades modernas, libres, democráticas. Y como señalara Juan Pablo II, son más bien útiles para mejorar la vida de los seres humanos. Pero no deben haber confusiones de los papeles del Estado y la Iglesia; ni la Iglesia debe sustituir al Estado en su función de gobernanza, ni el Estado generalizar un sistema de pensamiento único, donde el individuo no pueda encontrar explicaciones diversas, incluso contradictorias, pues es eso lo que lo hace, justamente, humano.

Las iglesias -incluyo a todas, sin excepción- deberían tener acceso a los medios de comunicación para dar su mensaje a quienes lo quieran oír. Una hora de radio, una mañana dominical en televisión, una revista o un periódico en cada estanquillo. Las iglesias no deberían usar esos medios para atacar solapadamente el régimen, aunque en su mensaje liberador algunos encuentren trazas de disidencia. Las iglesias -todas- deberían tener acceso a la educación de manera ordenada y dentro del marco de la laicidad; podrían haber clases de religión en las escuelas a petición de los padres; bachilleratos y universidades católicas para la formación en humanidades, negocios y política; que esos títulos fueran homologables en el mundo secular. Las escuelas religiosas no deberían ser elitistas, racistas, intolerantes con la diversidad, y por otro lado, deberían admitir que la enseñanza sea gratuita y universal, no para niños ricos y adultos consentidos.

Las iglesias de cualquier denominación -cristiana, judaica, ortodoxa, budista, yoruba, islamista-, deberían tener acceso a apoyar la salud pública cubana, abriendo centros hospitalarios y asilos de ancianos. Las iglesias no deberían competir con los servicios de salud del Estado, que deben ser quienes regulen la actividad médica y eviten los abusos en cobros y las malas prácticas clínicas.

Los sacerdotes y las monjas, la mayoría con un altísimo nivel intelectual, deberían ser invitados a la universidad secular para dar cursos de historia de las religiones, literatura y filosofía del Cristianismo. Los profesores marxistas deberían ir a los seminarios católicos y tener la oportunidad de explicarles a los novicios su visión del Mundo.  Las iglesias no pueden pretender convertir en creyentes a quienes Dios no les ha tocado el corazón, y los comunistas no deben creer que todos los que niegan a Dios lo hacen de corazón, aunque no haya peor prisión que un corazón cerrado, al decir de Juan Pablo II.

Una vez más la catolicidad y otras denominaciones religiosas cubanas se enfrentan al dilema de unos conversos -la mayoría de quienes pisan las iglesias hoy en Cuba- que quieren cambios profundos en su manera de hacerse “carne y espíritu” en los más humildes. Unos conversos que rechazan el oropel y el lenguaje presuntuoso de quienes por creerse cerca de Dios creen estar cerca de la gente. Sería un pecado de lesa historicidad porque una vez más, cuando mejoren las condiciones económicas, el cubano de a pie podría dejar de asistir a misa, de bautizar a sus hijos, de solicitar matrimonio como sacramento. Una vez más los gobernantes cubanos tienen la oportunidad, tal vez la última, de unir voluntades y construir una sociedad verdaderamente plural, laica, donde un católico y un abakuá, un ortodoxo y un budista, puedan ser ministros, directores de un hospital, miembros del Ejército, cuyo deber único es defender la soberanía nacional de todos.

Construir una nueva Cuba, una Casa Cuba donde quepa todo el mundo, como gustaba decir a Monseñor, solo será posible cuando esos miedos y asunciones de verdades absolutas que devalúan a los demás, desaparezcan; cuando la división artificialmente creada entre “históricos” y “conversos”, entre “fieles” y “no confiables” en las filas cristianas y comunistas, sea cosa del pasado. Entonces, como en el Seminario de San Carlos de aquellos días, volverá a flotar sobre los cubanos el espíritu liberador del Padre Félix Varela.  

Sobre los autores
Francisco Almagro Domínguez 7 Artículos escritos
(La Habana, 1961). Médico psiquiatra. Psicoterapeuta y Supervisor clínico. Licenciado por el Estado de la Florida. Escribe narrativa, ensayo, periodismo. Ex-miembro del Consejo de Redacción de la revista Palabra Nueva, y ex-editor de Espacio Laic...
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