En defensa del acento


                            Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo;
todo hombre es un fragmento del continente,
una parte de un conjunto.


John Donne


I


En el sur de la Florida, bastión de la hispanidad en Norteamérica, ciertos colegas se están quejando de que algunos empleadores y clientes no los contratan porque “tienen acento” –too much accent. Lo curioso del asunto es que quienes niegan sus servicios son también de ascendencia latina, y nacieron aquí o vinieron muy pequeños, lo que no explica su supuesta excelsa dicción sajona. Es curioso, también, porque cuando esos exigentes viajan a otro estado de la Unión, o a unas millas encima del Lago Okeechobee, enseguida los norteamericanos de pelaje legítimo los identifican como “gente de Miami”.   

De ese modo, hoy el problema del acento tal vez radica más en una nueva forma de discriminación del latino hacia el latino, que en un asunto de comunicación lingüística real. Es fácil discriminar por el acento. El discriminador no tiene más que decir que no entiende y que, por lo tanto, el discriminado no sirve para el empleo porque afectaría el negocio o el servicio. Y podría ser cierto. Pero hasta cierto punto. Tal vez si esos discriminados tuviesen acceso a un juicio imparcial podrían hablar el inglés con mejor sintaxis e ideas que el mismo discriminador.
 
No tan lejanos han quedado por acá los días de discriminación por el color de la piel, el género, la edad o ciertas características físicas. Una cosa es que realmente usted no pueda desempeñar bien su trabajo, y otra que por alguna de estas condiciones “espante” a potenciales consumidores. El dueño tiene el derecho de escoger sus trabajadores en un país de libre empresa como Estados Unidos. También los futuros empleados que viven en ese mismo país de libertades tienen derecho a ser probados por los dueños en cada empleo que solicite personal. Negarse a ello puede dirimirse hasta en los tribunales.

De modo que inteligentes empresarios de ascendencia latina han descubierto el recurso del acento para no emplear, emplear menos tiempo o pagar menos. Pueden ser los mismos que apoyan el discurso discriminatorio y populista de Donald Trump, quien esta vez pone su acento electorero en grandes muros, deportaciones masivas y en una Segunda Grandeza de América (SIC) en un mundo que tiende a la multipolaridad y a las alianzas transcontinentales.  

II


Ciertamente, esta campaña electoral norteamericana tiene un acento distinto a todas las carreras por la presidencia norteamericana en más de dos siglos de historia. En el bando demócrata parece haber un solo candidato, mujer por demás; tan fuertemente posesionada como un roble, y por tanto, tan proclive a ser arrancada de raíz por una fuerte tempestad. A Hilary Clinton le están tirando con todos los hierros. Investigación tras investigación la ex senadora, ex primera dama y ex secretaria de Estado tiene bastante pasado donde hurgar y, tal vez, hallar las pifias que a esta altura no se pueden perdonar. Hasta ahora ella ha puesto el acento en las mujeres –equidad de salarios y empleo con los hombres- en los jóvenes –acceso a la educación a todos los niveles, bajas o nulas cuotas en los préstamos estudiantiles-, y en una agenda internacional variopinta.

El campo republicano muestra una diversidad pocas veces vista con anterioridad. No es solo la cantidad de candidatos sino la enorme diferencia entre ellos, a tal punto que los líderes en las encuestas, Carson y Trump, se consideran ellos mismos outsiders o anti-sistema –anti-establishment. Eso solo había sucedido en un caso, Ross Perot, quien en 1992 favoreció el candidato del partido opositor. Carson y Trump están poniendo sus acentos en lo que llaman las políticas corruptas y burocráticas de Washington. Y en la frustración de una clase media norteamericana que esperaba mucho más de Obama. Ellos sobresalen en las encuestas por sus mensajes directos, ocasionalmente populistas los de Donald; el doctor Carson, predicando cual una misión celestialmente predestinada.   

Pero lo que más nos interesa para estas páginas es que por primera vez dos hijos de cubanos están entre los aspirantes republicanos. Mientras escribo estas líneas, Marco Rubio y Ted Cruz se mueven entre los primeros cinco lugares en casi todas las encuestas. No recuerdo un aspirante republicano de semejante ascendencia, al menos no que haya llegado tan lejos. Ambos candidatos, Marco Rubio y Ted Cruz, han empezado a usar la narrativa de emigrantes latinos triunfadores para, dicen, ilustrar la grandeza del país “donde los sueños se hacen realidad”. Sin embargo, hasta ahora ellos, en la campaña real, no han puesto acento al “problema cubano”. Razón: en el contexto mundial actual de terrorismo, guerras económicas y migraciones masivas lo que suceda o no suceda en la Isla, es intrascendente.    

De llegar alguno de los candidatos republicanos cubano-americanos a la nominación presidencial y vencer a la asediada Clinton, ¿cómo será su relación con Cuba? Y el tema Cuba, ¿será lo suficientemente importante a la vuelta de año y medio, cuando asuma el próximo presidente norteamericano? De aquí en adelante solo caben especulaciones, acertijos.

III


Las respuestas no podemos buscarlas en Estados Unidos sino en Cuba. Sería temerario, pero no carente de sentido, decir que no importa quien habite en la Casa Blanca sino quien esté al mando en el Palacio de la Revolución para el 2018. Quienes esperaban cambios dramáticos después del 17-D deben tomar asiento. Quienes aguardaban porque el régimen cubano fuera recíproco en cuanto a aperturas inmediatas han pecado de inocentes. Lo único que está sucediendo, y es bastante, es que el Señor Imperialista ya no mete ningún miedo –ahora no es un cartel frente a la Oficina de Intereses, es una verdad de Perogrullo.

Hubo gran entusiasmo en Cuba cuando se anunciaron las aperturas de embajadas. En la lógica de la infantería cubana –“isleños de a pie”- las relaciones diplomáticas derribarían de inmediato el embargo/bloqueo. Para la mayoría de los cubanos mal informados, son los norteamericanos los que están “locos” por hacer negocios con Cuba. Y como en la Isla hay gran cantidad de profesionales y técnicos, los norteños preferirán los empleados que les recomienden las autoridades cubanas y no los que ellos mismos escojan. Cubanos como somos, creemos que tenemos las mejores playas con los mejores hoteles y los mejores servicios para el turismo. Así, tan pronto permitan viajar a los “americanos”, los hoteles de Cuba se llenaran de vacacionistas del norte quienes despreciarán otros sitios en su propio territorio como Las Vegas, Orlando o Miami Beach.

Desgraciadamente, una parte importante del pueblo cubano desconoce cómo funcionan las leyes y la economía en Estados Unidos. Desconocen cómo piensa el norteamericano medio, ese para quien un cubano y un mexicano es lo mismo, pues tienen el mismo acento.

El presidente Obama, ya ha hecho bastante: quitar de la ecuación la mayor parte de los factores externos que pudieran alterar el resultado final de la operación llamada Cuba. Ni para bien ni para mal. El malo se fue de la película. ¿Habrá que buscar otro culpable? Puede ser. Pero ya no será el mismo filme pues otros serán los actores y otro el público. Quedan pedazos, algunos grandes, del embargo/bloqueo. Queda ocupada la Base de Guantánamo. Y quedan los reclamos de indemnizaciones por el bloqueo/embargo y la llamada guerra económica contra Cuba.  

En la lógica del norteamericano medio –siempre sobre ruedas- quien vota y decide, es tonto impedir el comercio con otros –bussines is bussines-, retener una base militar cuyo valor estratégico es casi nulo y no intercambiar compensaciones. En el juicio norteño el negocio tiene que dar dinero. Una base militar puede cerrarse si se garantiza su seguridad y la de su familia. Una compensación significa que se paga lo que se debe, ni más ni menos. Todo muy simple. Todo muy “americano”.

De esa manera, el gobierno cubano debería tener en cuenta que en la orilla continental ni el bloqueo/embargo va a terminarse por acción presidencial –está  codificado como ley y solo el Congreso puede quitarlo- ni se devolverá la Base de Guantánamo, ni se compensará a nadie si, a la vez, no dan desagravios por las propiedades americanas embargadas medio siglo antes.

IV


Del mismo modo que es absurdo en Estados Unidos caracterizar a alguien por su acento –pues cada Estado e incluso ciudades tienen distintos acentos- en Cuba ya no existe un solo acento, metafóricamente hablando.

Los “bisabuelos de la Revolución” hablan un lenguaje que ya no se entiende en la mayor parte del mundo. El idioma de la confrontación ideológica ha dado paso al de la confrontación ecológica y de mega pactos transcontinentales. Los “abuelos de la Revolución”, aquellos nacidos en la primera y segunda décadas, andan desperdigados por el mundo –buena cantidad en el sur de la Florida- y también por los rincones de la Isla; aún tildados de traidores por sus padres, no quieren para sus hijos aquellos años duros en que hablar de Cuba era ser castrista o usar un jean Levy en Cuba era tener problemas ideológicos. Los “padres de la Revolución” nacieron sin el Muro de Berlín. Ellos no hablan ningún idioma o tienen todos los acentos de la Tierra. Y por eso, porque no pueden ni identificarse con un acento, su meta es huir. No importa a donde. Y después regresar para volver a partir; sus “dejes” son lamentos, ecos, repeticiones de otros acentos.

La titánica tarea de los líderes de opinión, vivan estos en Cuba o fuera de ella, será que volvamos, los cubanos, a tener un acento común. Tonillo, valga la aclaración, desde la diversidad; que se note que somos de Oriente o de Occidente, pero que somos todos cubanos y nos sentimos orgullosos de esa entonación. Eso no va depender de que Marco Rubio hable el español sin acento, o que Jeb Bush hable el castellano casi perfecto. Tampoco de que Ted Cruz apenas hable su lengua-padre o que Hilary y Bill digan que su escritor favorito fue un colombiano de Aracataca.   

Solo cuando aprendamos a escucharnos unos a otros, y Cuba se vaya convirtiendo desde abajo, y no desde arriba, en una diversidad de lenguas, habremos llegado a nuestro destino como nación. Trabajemos todos porque un día cualquier cubano, venga de donde venga y como venga, al llegar a su Isla no lo cuestionen por el acento que trae sino que, solo por curiosidad, le pregunten por qué demoró tanto tiempo en llegar a Ítaca.      

Sobre los autores
Francisco Almagro Domínguez 7 Artículos escritos
(La Habana, 1961). Médico psiquiatra. Psicoterapeuta y Supervisor clínico. Licenciado por el Estado de la Florida. Escribe narrativa, ensayo, periodismo. Ex-miembro del Consejo de Redacción de la revista Palabra Nueva, y ex-editor de Espacio Laic...
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