Con estos ojos que tengo aquí: reflexiones acerca de las temáticas de la Mujer y el Feminismo

La otra noche, tumbado en mi cama y a la espera del sueño, imitando a un poeta cuando trata de colocar de manera ordenada ciertas palabras al interior de una octava real, una lira o un soneto, me puse a acompañar con diferentes epítetos la palabra mujer, y así obtuve una serie de nuevas dimensiones del término; tales como mujer occidental, mujer oriental, mujer blanca, mujer negra, mujer cubana, y también esas otras combinaciones posibles, tales como mujer negra cubana, mujer blanca cubana, mujer negra cubana emigrada, mujer blanca cubana emigrada, y así sucesivamente. Cada una de estas definiciones las acompañaba en mi mente con su correspondiente imagen (auxiliándome de la información almacenada en mi conciencia), y tirando del recuerdo de mujeres conocidas o desconocidas. De este juego mental con que sustituí la manida técnica de contar ovejas, surgió la idea de escribir el siguiente texto.

Breve genealogía “conceptual” sobre la Mujer.

Todas y cada una de las subdivisiones antes mencionadas, caben, como es lógico, dentro del concepto “Mujer”, y al jugar mentalmente con ellas, se me antojaba una suerte de matrioshka, es decir, de estas muñecas típicas de la cultura artesanal rusa que se caracterizan por ser huecas y por albergar en su interior una serie de muñecas idénticas o no, cada vez de menor tamaño. Eso garantiza que se puedan ir colocando unas al interior de las otras, hasta quedar todas contenidas en la mayor de todas.

Lentamente desmonté mi matrioshka particular y me puse a contemplar a cada una de estas muñecas por separado. Una vez abierta la muñeca de mayores dimensiones, correspondiente al concepto “Mujer”, seguí abriendo una tras otra, para encontrarme frente a esas otras clasificaciones menores, pero no menos interesantes. Todas mujeres bellas e inquietantes, mirándome con sus ojos enormes y sus pieles de colores y texturas diversas, fabricadas con las hebras de mi sueño, y conservando todas el misterio y asumiendo (aun sin saberlo), la responsabilidad de apresar a la mujer en un concepto. Sin embargo, aunque acompañemos al sustantivo mujer del adjetivo o de los adjetivos que queramos, siempre nos quedará la sensación de que una mujer es algo más que aquello que se nombra. Y mientras pensaba en esto, me reía para mis adentros, preso de la impotencia y, al mismo tiempo, espoleado por la dificultad del reto.

Los hombres, meditaba yo, jamás hemos podido saber a ciencia cierta qué es una mujer. Conceptos hay, pero ellas escapan a todos ellos. Cuando pienso en la mujer, mi mente racional se bloquea y acude mi conciencia irracional en su ayuda, y pienso en el amor, y las palabras se me ponen melosas y los labios dulces como predispuestos a besar. La mente vuela, se escapa como los peces sorprendidos de Lorca, o como el ciervo herido de José Martí que busca en el monte amparo, ese mismo ciervo que antes ya había sido vislumbrado por San Juan de la Cruz.

Mujer, dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es una persona de sexo femenino. Sin embargo, hoy en día existen voces dentro del pensamiento científico que se han encargado de transmitirnos la idea de que los genitales que muestra un cuerpo humano, no tienen por qué corresponder necesariamente con el género de esa persona, pues existen seres humanos con vagina que no se sienten mujeres y, del mismo modo, existen seres humanos con pene y testículos que no se sienten varones. Con esto se proponen reivindicar a todas esas personas que a lo largo de los años se han visto afectadas por los patrones impuestos por la heteronormatividad (léase lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgéneros, travestis e intersexuales).

Hecha esta salvedad en aras de una mejor comprensión, mi mente perezosa, intenta regresar a la comodidad de la mirada más tradicional, para, aun siendo consciente de que soy un ente social esclavo de una cultura machista y, por tanto, poseedor de una  visión contaminada seguramente por toda clase de prejuicios y estereotipos, acercarme a “lo femenino” también pasa por entenderlo como mi contraparte sexual, como la portadora por excelencia de la belleza física, como la portadora de la capacidad de dar vida y de amamantar a sus hijos con el elixir de sus entrañas.

La ciencia ha determinado que el cerebro femenino está mejor organizado e interconectado, y esto hace que ellas se encuentren mejor dotadas que los hombres para organizar, sintetizar, integrar los objetos y fenómenos del mundo material, y también del mundo del sentimiento y del pensamiento. Ellas son capaces de detectar un mayor número de colores y de hacer varias labores a la vez con mayor eficacia que los representantes del sexo masculino. También son más sensibles en todos los sentidos, más empáticas y probablemente con una capacidad mayor para el amor y para todo lo relacionado con esas áreas de la vida donde la sensibilidad es primordial.

Algunos piensan que el sexo masculino no es otra cosa que el fruto de un error genético, puesto que un cromosoma Y, encargado de aportar el sexo masculino, no es otra cosa que un cromosoma X que ha perdido una de sus patas. Visto así, podríamos decir que el varón no es otra cosa que una especie de mujer imperfecta. Ahora bien, lo que queda claro es que, al menos en este escalón de la evolución biológica que llamamos humanidad, se ha impuesto la reproducción sexual y probablemente por esto, se ha hecho predominante la heterosexualidad como construcción mental, y también social y política.

Una perspectiva histórica sobre la vida social de la Mujer.

Hemos escuchado voces del pasado transmitiéndonos una tradición, que hoy nos parece, además de injusta y equivocada también retrógrada. Esta define a la mujer como “el sexo débil”, o como “esas criaturas de cabellos largos e ideas cortas”. Frutos amargos son, paridos por un tiempo en que el poder se imponía por medio de la fuerza bruta. Desde entonces, la mujer quedó sojuzgada al varón y, a lo largo de la historia, ha ido capeando el temporal lo mejor que ha sabido y ha podido. Hoy, sin embargo, sabemos que la mujer, a pesar de mostrar menor capacidad en algunas modalidades físicas, en otras, puede llegar a ser mejor que cualquier hombre. Y lo mismo pasa con su inteligencia y capacidad intelectual, la cual se ha demostrado  con creces que puede estar a la par de la de cualquier hombre o incluso superarla.

Aparte de la fuerza bruta, encarnada en el poder militar y cristalizada en el Estado, la cual ya vimos que fue utilizada por el varón como herramienta de sometimiento en contra de la mujer, la otra gran fuente de poder (a religión), también se encargaría de sojuzgarla. Bien conocida es la historia bíblica del Génesis, donde Eva, la primera mujer, se convirtió en la perdición del primer hombre Adán, al convertirse en la ejecutora del plan de “la serpiente”, la encarnación del mal. Eva fue seducida por el malvado reptil, quien le dio a comer la manzana del árbol del conocimiento del bien y del mal, ese fruto que Jehová Dios les había prohibido comer.

Desde entonces, ha cargado la mujer judía, musulmana y cristiana con una pesada loza: la loza de la culpa, la loza del pecado original. Han tenido los hombres judíos, musulmanes y cristianos una poderosa arma psicológica y un eficaz instrumento para mantener sojuzgadas a las mujeres, sin necesidad de un enfrentamiento violento y frontal. Al venir de Dios el castigo, las féminas, temerosas, no ya del poder de los varones, sino del poder celestial, aceptaron durante siglos su condición de “costilla”, su condición de acompañante del varón siempre en un segundo plano, siempre sumisa y siempre obediente.

En tiempos de la Antigua Grecia, la mujer era considerada un ser inferior al hombre y, por tanto, indigna de ser amada por éste. Su función era la de ser una buena esposa que atendiera las tareas del hogar y se ocupara de la prole, o la de ser entre otras tareas, sacerdotisa, prostituta o esclava. Sin embargo, era una sociedad bastante más liberal en materia sexual, las relaciones entre personas del mismo sexo eran vistas como algo natural, y dentro de sus cultos religiosos (como el culto a Dioniso, la deidad del vino y la vendimia y también de la locura ritual y el éxtasis), tenían lugar orgías a través de las cuales dichas sociedades canalizaban sus pulsiones sexuales aportando sanidad mental y equilibrio emocional a todos.

En la Antigua Roma, por su parte, la necesidad de implantar de manera correcta su sistema de leyes, y negados a que las herencias se transmitieran por la línea materna, cosa que daría mucho poder a las mujeres, decidieron imponer al pueblo la monogamia. Para que de este modo, los hijos supieran quiénes eran sus padres y así garantizar que funcionase el derecho sucesorio, aunque los césares mantenían sus harenes y no se reprimían a la hora de garantizarse toda clase de placeres sexuales.

Llegamos a la Edad Media, la mala interpretación de la palabra de Jesús, convirtió al sexo en el gran pecado, al punto de que incluso hoy en día, cuando hablamos de “pecado” a secas, ya damos por sentado que hablamos del “pecado de la carne”. Fueron tiempos oscuros para todo lo terrenal, y especialmente para la sexualidad. Y esas personas que intentaban practicar en secreto los cultos paganos tradicionales, eran acusados de brujería y quemados en la hoguera.

Todavía en pleno siglo XIX, las mujeres evitaban mirar su propia desnudez. El que una mujer se mirara desnuda ante un espejo, podría atraer toda clase de desgracias. Y algunas no permitían que las vieran desnudas ni sus propios maridos. Las mujeres identificaban sus pulsiones sexuales con la presencia del demonio encarcelado al interior de sus cuerpos y, por tanto, era algo que era necesario reprimir y de poder ser, erradicar.

Es sabido que algunas mujeres decidieron tomar los hábitos pensando que esa sería la única manera de estar a salvo de aquello que sentían al interior de ellas mismas. La tradición popular habla de hombres que por las madrugadas saltaban los muros de los conventos para mantener relaciones sexuales con aquellas jóvenes que habían decidido entregarse a Dios en cuerpo y alma. Y algunas, quienes en el momento de la violación pedían a Jesús que viniera y las poseyera, para disfrutar así del único acto sexual inmaculado, creyeron firmemente que era el Cristo quien se colaba en sus entrañas haciéndolas estallar de placer. De ahí lo habitual de encontrarse huesos de bebés recién nacidos en esos recintos. También se especula que algunos de los llamados éxtasis espirituales, como los de Santa Teresa de Jesús u otros, bien podría estar relacionados con éxtasis de naturaleza meramente sexual que provocaran en estas religiosas estados alterados de conciencia.

Hay quien dice que del mismo modo en que a nuestros ojos el frío y el calor corresponden a la carencia o exceso de temperatura, a los ojos de Dios la puta y la monja vienen siendo prácticamente lo mismo: mujeres que han canalizado negativamente, una por exceso y otra por defecto, sus energías sexuales.

Resulta curioso cómo en el siglo XIX, el cual fue un siglo muy romántico, los hombres y las mujeres cuando establecían relaciones amorosas, se planteaban mantener las mismas alejadas de la sexualidad, y era una verdadera manifestación de pureza y de elevación espiritual, cuando las relaciones amorosas se mantenían todo el tiempo a salvo de los pensamientos y los impulsos pecaminosos.

Durante muchos siglos, los seres humanos pensaban que bañarse mucho era cosa de gente poco educada. En el caso de las mujeres, sólo las prostitutas se bañaban a diario, por exigencias de su profesión. Pero se entendía que una mujer honrada, no necesitaba bañarse con tanta frecuencia. Fue el desarrollo de la medicina lo que trajo, ya en pleno siglo XX, una actitud distinta hacia el baño y el cuidado de nuestra higiene personal.

Interioridades de los Feminismos: visiones heterosexuales y no heterosexuales.

A lo largo de la historia, han sido las mujeres las que han debido ocuparse de la casi totalidad de las tareas domésticas. Se entendía que ellas habían venido al mundo para ser esposas y madres, y también amas de casa. Ha sido el capitalismo el que ha ido desvirtuando todo esto, con la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa. Y en la medida en que el nivel de explotación capitalista ha ido aumentando, la mujer se empezó a ver sometida a una doble explotación: la explotación en el trabajo fuera del hogar, y la explotación en casa, pues trabajar en la calle, no las libró, en lo fundamental, de seguir siendo la encargada del trabajo hogareño, y de llevar el mayor peso en la crianza de los hijos.

Ante esta situación, fundamentalmente después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el pensamiento feminista empezó a tener visibilidad, y las mujeres empezaron una larga batalla por la igualdad de géneros que dura hasta nuestros días. En 1949, Simone de Beauvoir, la afamada escritora y filósofa francesa, publicó su libro El Segundo Sexo, el cual se considera una obra de vital importancia en la historia del feminismo. El mismo tuvo un gran éxito de ventas, y expresaba en términos generales que el ser humano desconocía lo que era la mujer realmente, pues lo que entendemos por mujer no es otra cosa que una construcción social. Nos hizo ver que a las mujeres siempre las habíamos definido a partir de sus relaciones con otras personas (amiga, esposa, hermana, madre, hija) y, que por tanto, la mujer tenía por delante la tarea de reconquistar su propia identidad específica, desde sus propios criterios. De aquí salió su famosa frase: “No se nace mujer: llega una a serlo”

A día de hoy, amén de las diferencias propias de cada país, la mujer continúa luchando por mejorar sus condiciones de vida y por hacer valer sus derechos. Mucho se ha avanzado, pero mucho queda aún por hacer, y la tarea debe comprometernos a todos, tanto a hombres como a mujeres. Debemos ser conscientes de que sólo poniendo cada cual su granito de arena, conseguiremos los resultados anhelados en el camino de la igualdad de derechos y de oportunidades para todas las mujeres del mundo.

Así que en medio de mi ensoñación, apareció ante mis ojos un nuevo juego de matrioskas y me dediqué a sacarlas una tras otra del interior de la muñeca mayor que, como siempre, es el concepto “Mujer”. Luego tuve ante mí dos muñecas que son los conceptos: “Mujeres Heterosexuales” y “Mujeres No Heterosexuales” (ya sean lesbianas, bisexuales, transexuales, queers, etc). Dentro de las mujeres heterosexuales encontré a las mujeres heterosexuales machistas y a las mujeres heterosexuales feministas. Las primeras, son aquellas que han asimilado y aceptan, en mayor o menor medida, la violencia y dominación que ejerce el varón sobre la mujer.

Por su parte, las mujeres heterosexuales feministas son aquellas que luchan por la liberación de las mujeres y la reivindicación de sus derechos. Cuestionan toda la tradición machista heredada. No aceptan la violencia y dominación de los varones sobre las mujeres ni la asignación de roles sociales según el género.

Ahora bien, cuando abrimos la muñeca correspondiente a las “Mujeres No Heterosexuales”, nos encontramos que aquí también hay mujeres machistas, y mujeres feministas. Incluso nos encontramos con que hay mujeres que se mueven con libertad entre la homosexualidad y la heterosexualidad, y lo mismo pasa en las diversas gradaciones ideológicas que podríamos mostrar, porque no olvidemos que somos seres vivos y que nuestro pensamiento se encuentran en movimiento constante, y en constante cambio y transformación.

Las mujeres no heterosexuales machistas, por regla general, se ven obligadas a confrontar el orden de cosas establecidas socialmente porque ellas mismas (por su condición sexual) se sienten muchas veces discriminadas. Lo que sucede es que ceden ante el peso de la tradición y terminan aceptando determinados comportamientos machistas. Incluso, en algunos casos, terminan imitándolos, insertando al interior de sus relaciones lesbianas, por ejemplo, un componente importante de violencia, adoptando actitudes y roles tradicionalmente masculinos.

Pero donde encontramos la mayor diferencia de comportamientos es entre las mujeres heterosexuales feministas y las mujeres no heterosexuales feministas, sin olvidar que siempre en todos los casos, y a pesar de meterlas en un mismo compartimento, pueden existir grandes diferencias de pensamiento y de comportamientos entre unas y otras.

El feminismo, ya sea heterosexual o no heterosexual, coincide en la lucha por los derechos de las mujeres y en contra de la violencia machista, pero las primeras, seguramente por compartir con ellos la sexualidad, tienden a mantener un discurso que no ataca a todos los hombres por igual, y que se esfuerza por mantener un tono más conciliador. Incluso, las hay que consideran que en algunos casos se juzga con demasiada rudeza al varón en sus acercamientos a las mujeres. Plantean que si bien la violación es un delito, la seducción insistente o torpe no lo es; ni la galantería, una agresión machista. Incluso, algunas mujeres feministas admiten sentirse bien cuando viajan a países como Cuba y reciben piropos constantes y son galanteadas sin cesar.

Algunas hay que reconocen abiertamente que los hombres también son víctimas del sistema en que vivimos, y que habría que buscar las causas de la violencia de género en la estructura social dispuesta para la producción; y no para el amor, la amistad y las relaciones humanas. Plantean que el distanciamiento entre los seres humanos ha traído aparejado la pérdida de valores, y las peculiaridades de un sistema capitalista (que todo lo convierte en mercancía, hasta a los propios seres humanos), ha creado un caldo de cultivo propicio para que nos vayamos deshumanizando paulatinamente y que establezcamos relaciones con el prójimo donde no seamos capaces de verlo como un sujeto, sino como un objeto al que podemos usar y tirar del mismo modo que hacemos con todo lo que consumimos.

Los pilares de su discurso reivindicatorio tiene mucho más que ver con defender la libertad sexual de las mujeres, y hablan de acabar con la represión que en materia de sexualidad las féminas han soportado durante siglos. Manifiestan la necesidad de que ellas puedan reencontrarse con su verdadera naturaleza sexual, libre de tabúes y de trabas impuestas por la sociedad y el pensamiento machista. Es por ello que encuentran peligroso el discurso feminista radical, pues les parece que pone en riesgo todo lo alcanzado por la mujer en materia de libertad sexual.

Incluso, algunas de ellas plantean su derecho a disfrutar de una sexualidad plena guiada por sus instintos; incluso salvando la contradicción de que puedan sentir que necesitan (para gozar del sexo), que sus parejas sexuales masculinas adopten ciertos comportamientos violentos (como el juego sexual en que se simula una violación), o sientan ellas la necesidad de adoptar posturas en las que se dejen dominar, pegar, vejar  (siempre y cuando estos comportamientos respondan a sus gustos, preferencias y necesidades).

Por su parte, dentro del feminismo no heterosexual encontramos, además de las posturas anti-capitalistas, otras que parecen mucho más enfrentadas con el género masculino. Dentro de este feminismo encontramos a mujeres que, por ejemplo, culpan del fenómeno de la prostitución, no a la prostituta que se ofrece libremente para realizar esta actividad, sino al hombre demandante de sexo, sin tener en cuenta que por ejemplo, a la hora de erradicar la drogadicción, la policía se centra más en los traficantes de drogas, es decir, en quien oferta el producto más que en quien lo consume. De este modo liberan de toda responsabilidad a estas mujeres que, de forma libre y por su propia voluntad, deciden dedicarse a vender su cuerpo.

Hay cierto feminismo fundamentalmente no heterosexual, que ve al hombre como el culpable de todas las desgracias, y que no hace distinciones entre unos y otros. Algunas entienden que, en todos los casos, el varón busca en el sexo con las mujeres un modo de demostrarle su superioridad, y que siempre termina de alguna manera, humillando a la mujer. Entienden que la preponderancia del sexo heterosexual es una construcción social, económica y política y que, por tanto, deberíamos inclinar la sociedad hacia otras formas de sexualidad, desplazando la cultura falocéntrica a una cultura anal, pues entienden que si la sexualidad humana giraría al rededor del ano, nos permitiría establecer una sexualidad más democrática.

Han llegado a plantear en algunos casos, que no es el dildo o consolador, una copia del pene, sino que es el pene, una copia del dildo o consolador. De este modo, desacralizan el pene como fuente suprema de placer dejando claro que el pene dista del objeto ideal dador de placer. En la misma línea plantean que del mismo modo en que durante décadas se le ha administrado hormonas femeninas a las mujeres en sus píldoras anticonceptivas, las mujeres deberían tener el derecho de acceder libremente a la testosterona, la cual acrecentaría en ellas las características masculinas, alterando de ese modo su cuerpo y su sexualidad, aparte de que esta hormona constituye un potente estimulante sexual.

Racialidad y abuso sexual: dos ideas a debate.

Antes de finalizar, quiero apuntar dos ideas más: la primera es que la racialidad es un fenómeno que toca de manera transversal a todos los grupos antes mencionados. En varios países las mujeres racializadas se han encontrado con que las luchas feministas no las estaban incluyendo del todo, porque no terminaban de entender sus problemáticas; o por entender que esas mujeres feministas blancas, luchaban por ellas en cuanto mujeres, pero no habiendo sido capaces de salvar la distancia racial. De aquí surgió un importante movimiento conocido como el feminismo negro, el cual, a través de sus activistas en muchos países del mundo se están dando a la tarea de enfrentar el doble flagelo de la discriminación racial y de género.

La segunda idea tiene que ver con el abuso sexual.  Éste ha sido padecido por toda clase de mujeres, heterosexuales o no, feministas o no. Y es otro elemento que toca, de manera transversal, a todos los grupos antes mencionados y a cada mujer en particular en dependencia de la suerte mejor o peor que haya corrido. Esto influye de manera considerable en las reacciones de ellas ante el fenómeno y ante el sexo masculino. Nos toca a los varones estar junto a las féminas en la misma trinchera, y nos toca reeducarnos para juntos, hombres y mujeres, arrancar de la faz de la tierra todo aquello que nos hace infelices; y de ese modo, encontrar el camino de la paz, del amor, de la solidaridad y de la sana convivencia.

Sobre los autores
José Tadeo Tápanes Zerquera 2 Artículos escritos
(Trinidad, 1971). Licenciado en Historia (1996) por la Universidad de La Habana. En Trinidad trabajó como profesor de Historia y Filosofía en el Instituto Politécnico de Agronomía “Enrique Villegas” (1996 – 1997) y de Filosofía en el Inst...
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