¿Existe en Cuba un “reformismo anti-democrático”? Introducción a un debate

Exposición de cartel cubano. Foto: blog Lagarto Rojo

Las corrientes reformistas, en tanto parten del reconocimiento de la legitimidad del orden que pretenden reformar, se ajustan a la materialidad institucional. En el caso cubano actual, el reformismo no tiene otra opción que intentar emplear los procesos institucionales verticales y centralistas que pautan el sistema político cubano. Una característica particular de algunos reformistas cubanos es su apelación al poder solicitando ser escuchado, evitando tonos de exigencia. De este modo, y sin explicitarlo, se alejan de los presupuestos democráticos que establecen que los funcionarios del gobierno central, las provincias y los municipios son servidores públicos que tienen que atender las demandas populares. Escuchar y atender a la gente no debe ser una “opción” para el gobierno, sino un deber. El reformismo más servil, entonces, suele invocar a la buena voluntad de aquellos (yo diría “de una minoría”) que tienen suficiente poder para transformar la realidad.

Históricamente, el reformismo suele ser funcional al poder porque transmite sensación de movilidad, de existencia de espacios para el debate y de cambio paulatino. En el caso cubano, el autoritarismo y el desprecio a los principios democráticos están tan arraigados en las instituciones y en la sociedad, que incluso casi todo el espectro de la corriente reformista suele ser tachada como “funcional a la agenda del enemigo” en tanto llega a tocar temas sensibles para el orden establecido.

No sería acertado categorizar las corrientes históricas de reformismo político cubano como inservibles o ilegítimas; tampoco todo el espectro reformista dentro de la Cuba actual puede ser etiquetado como “servil” al poder, o contrario a promover dinámicas democráticas dentro del modelo socialista. Es un sector de este entorno político el que mantiene un discurso excluyente y anti-democrático contra cualquier actor que disienta de sus presupuestos políticos. El sector del que hablamos es aquel que defiende algunos cambios legislativos en temas como la prensa, la producción cinematográfica o, incluso, la necesidad de una nueva Ley electoral. También suele enarbolar el discurso raulista de “el cambio de mentalidad” refiriéndose a sobreponerse a algunos prejuicios establecidos en parte de la sociedad cubana, sobre todo con respecto al trabajo por cuenta propia (una especie de idealismo que niega que esa “mentalidad” y prejuicios existen porque hay unas condiciones materiales que los propician, y que sin transformar esas condiciones materiales no se transformará sustancialmente esa “mentalidad”).

Sin embargo, esta corriente política es contraria a cambios políticos y legislativos de fondo, ignorando que para que muchas de sus demandas sean posibles y (sobre todo) sostenibles, deben estar precedidas por cambios estructurales en el propio sistema político. No tocan el núcleo de poder del actual orden: el partido único, la no separación de poderes y, con ello, la hegemonía del Consejo de Estado como brazo legislativo y judicial del PCC; y la impunidad, por tanto, del Ministerio del Interior para maniobrar cuando sea necesario como policía política de cualquier disidencia (organizada o no).

Esta corriente dice defender una “democracia genuina”; sin embargo, no sabemos de dónde provienen esos presupuestos democráticos. Tampoco son capaces de explicar qué sería la democracia desde el pensamiento marxista. En algunos casos, se observa una suerte de orfandad teórica mal disimulada con discursos repletos de clichés, eslóganes propagandísticos e imputaciones personales.

Partiendo de aquí, no es difícil imaginar que quienes comulgan con estas premisas suelen enmarcar los márgenes del debate con una estrechez pasmosa. Lo “revolucionario” o “socialista” es lo único legítimo para Cuba, declararían. Pero “revolucionario” no como una significación relativa que varía dependiendo al contexto (de modo que lo que hoy es “revolucionario” mañana podría no serlo; de modo que lo “revolucionario” en términos relativos vendría a ser aquello que es novedoso, justo y efectivo), sino como un dogma ideológico que solo sirve para reproducir una distribución de poder que empodera a unos y excluye a otros, sin dinámicas de redistribución que aborten la concentración y perpetuación del poder. Y “lo socialista”, no como vehículo de distribución, justicia, y derechos en toda su amplitud, sino como un modelo desigual, con algunos derechos sociales que cada vez se ven más erosionados por la insostenibilidad del modelo económico.

El uso de la soberanía como piedra arrojadiza contra cualquier disenso es una de las herramientas más empleadas por estos “reformistas”. También suelen señalar a cualquier grupo que se organice y emplee fondos de diferentes organizaciones internacionales para llevar a cabo sus proyectos. Para este “reformismo” los recursos legítimos son aquellos que provienen del Estado cubano, o los que se empleen únicamente en favor de su gobierno. Desconocen, así, burdamente, las dinámicas globales actuales de flujo de recursos desde diferentes fuentes y que no buscan condicionar a quienes los reciben.

Sobre estas cuestiones debatimos un grupo de académicos. Lo importante no es, sin embargo, la etiqueta que se use para enmarcar esta corriente dentro de la “izquierda” cubana (puesto que no nos pondríamos de acuerdo en cuál denominación es la más precisa), sino sus posiciones políticas, sus presupuestos teóricos, y su accionar (que muchas veces está condicionado por la agenda gubernamental). Son varias las razones por las que creo importante abrir un debate sobre este sector de la izquierda cubana, que es, a mi entender, anti-democrático en su esencia (más allá de que defienda más espacios de participación, por ejemplo).

En primer lugar, es usual encontrar en estos “reformistas”, “neo-leninistas”, o como se prefiera llamarles, una tendencia que cree poder representar toda la diversidad de la sociedad cubana. (muy común en las visiones leninistas de la sociedad, y propias del Partido Comunista de Cuba, y las organizaciones de masas subordinadas y condicionadas por las instituciones del Estado). La diversidad cubana es mucho más amplia que cualquier visión particular, que cualquier ideología, que cualquier grupo. Reconocer, respetar, y promover la diversidad es, de hecho, contrario a la idea misma de querer forzar representarla y abarcarla en toda su magnitud.

Esta corriente habla de diversidad, pero solo está dispuesta, en el fondo, a integrar en la sociedad esas identidades que no lleguen a desbordar el ideario sociopolítico que representan. Esas subjetividades colectivas que la desbordan terminan siendo vistas por ellos como “ajenas” a la cubanidad (identidades plattistas, en el peor de los casos). Por otro lado, creo importante este debate en tanto sería totalmente insuficiente transformar el país “a medias”, como quisieran estos reformistas; para quienes la democracia y el Estado de Derecho no son elementos centrales en la Cuba futura.

Así, invitamos a una reflexión que creemos es relevante en la coyuntura actual y que deberíamos tener en los medios de comunicación nacionales. Pero sabemos, de antemano, que no se dará (al menos por ahora).

Sobre los autores
Lennier López 23 Artículos escritos
(Santa Clara, 1991). En el año 2009 ingresé en la Universidad Central de Las Villas cursando la Licenciatura en Comunicación Social. En 2012, después de terminar el tercer año de la carrera, se traslada a vivir a la ciudad de Miami. En 2014 comi...
4 COMENTARIOS
  1. Pedro Monreal dice:

    He leído con interés el dossier completo. Lo volveré a leer con calma, pero de la primera lectura rápida que he podido hacer me he quedado con cuatro dudas:

    ¿Intenta el dossier abrir un debate “sobre” este sector de la izquierda cubana, o más bien abrir un debate –probablemente nada apacible- “con” este sector de la izquierda cubana? ¿O quizás “contra” este sector de la izquierda cubana?

    ¿Son los términos “anti-democrático” y “democrático” los atributos que mejor pudieran definir las diferencias cruciales entre los diferentes tipos de “reformismos” que existen en Cuba? (como se sabe, se trata de nociones cuyas definiciones no son universalmente compartidas, de manera que –de entrada- se corre el riesgo de que ello pudiera conducir a un diálogo de sordos)

    ¿Qué pudiera justificar la utilización de adjetivos descalificadores (“servil”, “orfandad teórica”, “servilismo penoso”, y “oportunismo”) y de un tono en ocasiones condescendiente (“podemos ayudar a que los jóvenes neo-leninistas cubanos se ahorren el redescubrir del “agua tibia”)?

    ¿Sera útil este dossier para propiciar un intercambio constructivo entre los autores de del dossier con este sector de la izquierda reformista, o será útil para poner “barreras de entrada” a un entendimiento entre los autores y estos reformistas? ¿Tendería a reforzar una percepción entre los reformistas que se critica en el dossier respecto a que –en puntos esenciales- tiene más sentido tratar de entenderse con los dogmáticos que con los reformistas “democráticos”?

    Una cuestión puntual: Cuando se aconseja a quienes se les denomina “jóvenes neo-leninistas cubanos” que se ocupen de “Hablar del país real y de agendas concretas para enderezarlo”, se hace una apelación que no se corresponde con la realidad, por lo menos de la que reflejan los textos que escriben muchos de ellos. Tómese el caso de La Joven Cuba. ¿Dónde está la evidencia de que quienes publican allí discuten otra cosa que no sea –fundamentalmente- la realidad del país? Podrá discreparse de lo que dicen o criticarse su línea editorial. Eso es parte del debate, pero no es apropiado tratar de distorsionar lo que dicen, ni proyectar la imagen de que no hacen criticas sustantivas respecto a la realidad nacional.

    Finalmente, la idea de que “la finalidad de todo proyecto socialista solo puede ser la democracia” también fue expresada por Lenin (Ver “El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación”), de manera que supongo que a quienes se les ha etiquetado como “neo-leninistas” eso les parezca muy bien, pero como dije antes, el término de democracia se presta a diversas interpretaciones.

    • Todas las preguntas me parecen muy buenas. Por mi parte, creo que lo democratico o no de una corriente es defender el poder popular, los procesos de deliberacion, y la sustentabilidad de estos. Creo que aqui todos coincidimos. La discusion podria girar en torno a que mecanismos y normas garantizan esto. El problema con este reformismo “antidemocratico” es que no suelen estar diapuestos a discutir sobre el camino que ellos defienden para garantizar la democracia.
      El debate, creo, no tiene or que evitar la acusacion directa y publica. Llamarle servil a quien lo es (cosa que es cierto que piede ser discutible, claro) no creo que sea dañino. El debate, creo, debe ser con quien desee debatir y confrontar ideas con adversarios (idelogicos), o colegas. Gracias, de nuevo, por los comentarios

  2. Alex Paesa dice:

    Estoy de acuerdo con muchas de las cosas del articulo. Sin embargo, no creo que estemos en presencia de un sector de la sociedad o una corriente politica. Cada vez son menos las personas que ejercen el poder en Cuba. De hecho, apartando a Raul Castro, apenas quedarían dos o tres generales y aquellos “empresarios” que se han repartido a Cuba y que ejercen el control de toda la economía del país. Concuerdo con Pedro Monreal, en que me queda la duda de para quien estaría dirigido el debate que se propone. Pero no estoy de acuerdo en decir que la democracia tiene muchas formas de interpretación. Eso es un discurso para quien quiere modelar la realidad en su beneficio haciendo analogías. (Los murciélagos tienen alas, igual que los gorriones y las mariposas… pero no son ni aves, ni insectos.) La democracia es una forma de organización social que atribuye el poder al conjunto de la ciudadanía. Cuando el individuo es prohibido de asociarse o organizarse de tal modo que resulta imposible su influencia directa en las decisiones publicas, cuando no hay mecanismos plebiscitarios consultivos, cuando el pueblo es incapaz en la practica de elegir a sus representantes o cuando es tan diverso que no es viable una participación directa, cuando el estado ejerce todo el poder sin divisiones ni restricciones, cuando un partido único se funde con las instituciones del Estado. En ese caso…. no podemos hablar de una interpretación de la democracia. En realidad, en ese caso, no existe la democracia, de hecho la niega en su concepto mismo. Entonces mejor llamar a las cosas por su nombre, y no hacer interpretaciones que lo único que hacen es confundir y desinformar.

    • Pedro Monreal dice:

      Hola Alex, de hecho, has aportado una interpretación –entre muchas posibles- de democracia. En materia de sociedad, la noción de que existen conceptos generales de validez universal no funciona. La sociedad, al conocerse ella misma, también cambia y con ello, se modifican los conceptos con los que se intenta describir y entender la realidad. La democracia es un tema complicado de discutir. Es una discusión que, en muy alto grado, es ideológica y ese es el terreno donde menos aceptación tienen las nociones que pretenden funcionar como normas universales.

      No estoy tratando de relativizar. Frente a la afirmación que haces acerca de que no existen muchas formas de interpretación, lo que digo es que existe una amplia literatura que indica exactamente lo contrario y eso es fácilmente comprobable.

      El plano de discusión que aprecio en el dossier es el plano ideológico y ese es un plano en el que si no se parte de aceptar que coexisten diversas nociones de democracia –que es un hecho fácilmente verificable- no va a tener lugar un debate racional. Dudo mucho que un “reformista democrático” pueda convencer a un leninista de la superioridad de un sistema político pluripartidista, y obviamente, también se produce lo contrario: los argumentos de un leninista van a ser entendidos como anti-democráticos por quienes asumen una definición de democracia como la que has dado.

      Cada campo se siente cómodo en sus definiciones y probablemente no se moverán ni un centímetro de ellas. Es el tipo de intercambio que dura muy poco tiempo. ¿Se hizo el dossier solamente para “marcar” una posición?

      En mi apreciación, la democracia (lo que se entienda por eso) no es la premisa desde la que se construye el sistema político, aunque ya sé que las cosas tienden a idealizarse de esa manera. Lo que creo que funciona –sin desconocer las interacciones en los dos sentidos- es principalmente la democracia como resultado de una organización política determinada, en la que operan correlaciones de poder muy concretas (no puede olvidarse el poder real)

      Tomemos el caso de las “cunas” constitucionales republicanas. Las primeras constituciones de Estados Unidos y de Francia no reconocieron el derecho de los esclavos –a pesar de que ambas utilizaban conceptos de democracia- porque las dos surgieron de sistemas de organización política dominados por esclavistas. En ese punto, que no es un asunto menor, esos sistemas políticos no podían “parir” otro tipo de texto constitucional. Por otra parte, ambas establecieron mecanismos de división de poderes y de elecciones. En cambio, la primera constitución haitiana, que tuvo elementos que no clasificarían hoy como democráticos (nombró a T. L’Ouverture gobernador general vitalicio) fue la única que no solamente abolió la esclavitud sino las distinciones raciales formales. ¿Cuál fue más “democrática”?

      No menciono esta cuestión histórica para entrar en ese plano, que no es en el que se ubica el dossier. Tampoco tengo conocimientos sobre temas constitucionales. Lo he utilizado porque considero que aclara que la existencia de nociones distintas sobre la democracia no es el resultado de una relativización con el intento de “modelar la realidad en su beneficio”. Esas nociones distintas sobre democracia son las que vienen “moldeadas” por las realidades en las que esas nociones de democracia funcionan.

      Me hubiera gustado haber visto en el dossier –ya que era sobre los reformistas cubanos- una exposición precisa acerca de la manera en que el tipo de reformismo (neo-leninista) que se critica concibe la trasformación social, en especial los componentes políticos y sus diferencias con otras visiones reformistas. Además, no solamente abordar lo que piensan sino también lo que hacen. ¿Existen puntos comunes con otras formas de reformismo? ¿Qué peso real tienen esas ideas en la práctica política del país? ¿Pudieran ganar mayor peso? ¿Qué implicaciones pudiera tener para la transformación social? ¿De qué dependería la relevancia práctica de las ideas reformistas? ¿Están en capacidad de impulsar una reforma? ¿Con qué base política cuentan para tratar de influir?

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