¿Un extraño menage á trois?: Rusia, Trump, China

Durante una visita a Moscú, hace un año, escuché a un analista político ruso decir en televisión que Rusia —pese a no tener barreras naturales— había salvado a Occidente en tres ocasiones históricas (frenó a los mongoles en el siglo XIV; a Napoleón en el siglo XIX, y a Hitler en el siglo XX), y seguramente salvaría otra vez a Occidente al frenar al terrorismo (jihadismo) islámico en el siglo XXI. Más allá de la veracidad histórica de estas afirmaciones, lo cierto es que Rusia no ha abandonado su visión mesiánica y, en particular con Putin, ha revitalizado su visión nacionalista  y su aspiración de no ser postergada como un actor crucial en el sistema internacional.

Las sanciones económicas impuestas a Moscú luego de la crisis de Ucrania y de la incorporación de Crimea, no han hecho mella en estas percepciones, pero sí han reforzado un cambio en la concepción rusa de Eurasia, volcada ahora más hacia Asia y el Pacífico que hacia Europa y el mundo atlántico. Como consecuencia, Rusia ha estrechado sus lazos no sólo con sus aliados post-soviéticos de Asia Central, sino también con China, al consolidar la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) y una eventual alianza sino-rusa para contra-balancear y contener geopolíticamente tanto a Estados Unidos como a la alianza atlántica; ha apoyado a los BRICS, que bajo la nueva presidencia china parecerían adquirir un nuevo empuje; ha avanzado en recuperar su presencia estratégica en el Mediterráneo y el Medio Oriente con su apoyo a Al Assad en Siria, y ha progresado en limar asperezas y en forjar un nuevo vínculo con Turquía.

Los altibajos de la economía rusa —altamente dependiente de la explotación de gas e hidrocarburos— no han afectado sus aspiraciones de volver al ruedo internacional como un actor pleno, y el acercamiento a China ha sido instrumental en este proceso. Para la percepción rusa, las prioridades geoestratégicas priman sobre las demás. Como lo afirmó un analista occidental, “los rusos están dispuestos a comer nieve”, a lo que Putin respondió que las sanciones occidentales habían ayudado a que no tuvieran que hacerlo y que pudieran comer más productos gourmet de origen local.

En este contexto, para Rusia importan más los alcances de su proyección y poder en el escenario internacional, que los avatares del libre comercio en el proceso de globalización. Rusia no es miembro de la Organización Mundial del Comercio (OMC), ni aspira a desplegar una estrategia de acuerdos de libre comercio para reforzar su proyección internacional, aunque la OCS vaya por ese camino. La esencia de la visión rusa se circunscribe al uso de los instrumentos militares y, más recientemente, de la informática y la cibernética de uso militar, para lograr sus objetivos geoestratégicos.

La actual sintonía personal de Putin con Trump, y el acercamiento entre Moscú y Washington (mal que les pese a los “neocons” estadounidenses que preservan los valores de la Guerra Fría), más allá de los avatares de los hackeos a los demócratas y del apoyo que pudieran prestar a este último candidato durante las recientes elecciones presidenciales estadounidenses, se potencian con la posibilidad de un debilitamiento de la OTAN y, luego del Brexit, de la Unión Europea (UE), en tanto Europa pasa a ser una ficha menor en el tablero internacional y se debilita como una amenaza a Rusia y a su  estrategia global.

Sin embargo, la gran pregunta subyacente apunta a si las tensiones que Trump está engendrando con China —hasta el punto de llegar a una guerra comercial entre este país y Estados Unidos— favorecen o perjudican la estrategia global rusa y ponen en cuestión su alianza (en lo económico y financiero, pero también en los temas geoestratégicos) con China.

Por ahora, el saldo es visiblemente positivo para Rusia. De acuerdo a los anuncios de Trump, la OTAN y la UE saldrán debilitadas; la globalización adquiriría nuevas modalidades “a la china” y con eje en Asia Pacífico, y el mundo sería decisivamente multipolar si Estados Unidos se vuelve más aislacionista y proteccionista, con lo cual Rusia restablecería su papel global. Estos cambios no necesariamente afectarían la alianza sino-rusa, así se diera una nueva interlocución (y un eventual acercamiento) con Estados Unidos en el marco de una nueva política exterior de la Administración Trump. Rusia no va a descuidar sus avances en la relación con China a favor de un acercamiento con Estados Unidos, pero intentará beneficiarse de ambos.

Como dice un viejo dicho popular ruso: “la ternera astuta mama de dos vacas”. Pese a que Rusia no tiene nada de ternera, lo importante para ella es que las dos vacas no se confabulen en su contra.

Sobre los autores
Andrés Serbin 1 Artículo escrito
Antropólogo y Doctor en Ciencias Políticas, Profesor Titular de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela e Investigador Emérito del Sistema de Promoción del Investigador del CONICYT de Venezuela. Actua...
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