Fidel Castro: legado y perspectivas en las vísperas de la era Trump

Fidel Castro murió un día histórico para la Revolución cubana: el 25 de noviembre. Ese día, pero de 1956, salió de Tuxpan (México) el yate Granma, con 82 expedicionarios a bordo. Llevaban destino a Cuba e iban bajo la divisa de que ese año serían “libres o mártires” en la lucha contra la dictadura militar derechista de Fulgencio Batista. El Che Guevara llamó al Granma, “la aventura del siglo”.

Tras un naufragio en el este de Cuba y ver seriamente diezmada su tropa, Fidel Castro reinició la lucha guerrillera en la Sierra Maestra y, con el apoyo de la lucha en las ciudades, derrotó a las fuerzas militares entrenadas por la misión estadounidense en Cuba y se alzó con el poder desde el 1 de enero de 1959. Desde entonces y hasta hoy, Fidel Castro y el Partido Comunista de Cuba (PCC) que él creó, han regido los destinos de Cuba.

Al momento de su muerte, después de haber acuñado una nueva Cuba por casi 47 años (hasta 2006) y haber estado luego más de una década retirado de las funciones de jefe de Estado y Gobierno, se imponen las preguntas: ¿Qué significa la muerte de Fidel Castro para el sistema político cubano? ¿Cuál es su legado? ¿Qué consecuencias implica la desaparición física del líder revolucionario para el programa de reforma económica lanzado por el PCC en su VI Congreso? ¿Qué implica su muerte para relaciones entre Cuba y Estados Unidos en la era de Donald Trump?

EL LEGADO

Al estudiar la Revolución Rusa, el historiador británico E. H. Carr advertía:

“El peligro no es que tendamos un velo sobre las enormes manchas en la historia de la Revolución, sobre su costo en términos de sufrimiento humano, sobre los crímenes cometidos en su nombre. El peligro mayor es la tentación a olvidar todo de una vez y pasar en silencio sobre sus inmensos logros”.

Esa advertencia es aplicable al legado que Fidel Castro dejará a los cubanos. Fidel encarna, en su vida y en su carisma, a la Revolución cubana con todos sus defectos, pero también con sus inmensos logros. Ningún líder cubano movilizó tanta energía en el pueblo cubano, sembrando tanto optimismo, entusiasmo y lealtad entre sus partidarios y, también, miedo, animadversión y rabia entre sus enemigos.

El análisis de la figura de Fidel Castro debe ser entonces —como propuso el escritor nicaragüense Sergio Ramírez al juzgar a las revoluciones—, “sin apasionamientos”. Ese análisis se hace difícil para un cubano porque la gran mayoría de la población ha construido una relación con Fidel Castro que pasa por los sentimientos. Entre tantas pasiones, la tarea más difícil para las nuevas generaciones de cubanos será apreciar su rol histórico como líder en su totalidad, como Fidel Castro, sin adoptar el “Fiii-deel” de sus partidarios, ni el “Caassstro” de sus oponentes. Tal análisis no ha sido ayudado desde el extranjero, donde muchos han preferido mirar la Cuba post-Fidel con referencias a la España de la transición después de Franco, o a la URSS o China después de la muerte de Stalin y Mao. Nada que ver.

Si nos signamos por los hechos, Fidel Castro ha sido el político que ha dejado mayor huella en la historia de Cuba, y el cubano que jugó el papel más influyente en los asuntos globales. Hijo de su tiempo, fue un líder nacionalista y comunista, gestor y consecuencia, él mismo, del ascenso del mundo post-colonial en el sistema internacional, y de la reacción de los pueblos latinoamericanos a las dictaduras de derecha impuestas en el hemisferio con el apoyo de Estados Unidos. Identificado con los ideales de José Martí sobre la independencia de Cuba, montó una resistencia fiera al intervencionismo estadounidense que había marcado la política y la economía cubana desde fines del siglo XIX. Planteó, desde la perspectiva de un líder de mediados del siglo XX, el desarrollo económico como resultado de una fuerte intervención del Estado, con una planificación hostil al mercado, redistributiva e inclusiva de los sectores raciales y de clase más pobres y olvidados. Para lograr tal objetivo, la Revolución de Fidel Castro propuso una inversión concentrada en capital humano, desde las áreas de la salud y la educación.

Esas ideas las implementó al crear un Estado revolucionario, de seguridad nacional, en el que el principal objetivo cubano era sobrevivir a los embates de una política imperial-coercitiva por parte de Washington y forzar a una reconsideración en Estados Unidos de esa estrategia hacia Cuba, tratando a su país con respeto. Eso lo logró. El acuerdo de restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, el 17 de diciembre de 2014, es resultado importante de la resistencia nacionalista del pueblo cubano, en cuyo desarrollo el liderazgo de Fidel Castro fue una pieza clave. Derrotó con hidalguía y flexibilidad cuanto plan fraguaron la CIA y los opositores cubanos en su contra, propinándoles en Bahía de Cochinos una derrota aplastante. Durante la “Crisis de los Misiles”, atrajo el apoyo estratégico soviético que le permitió estar en el vórtice de la “Guerra Fría”, y obtener para Cuba las garantías mínimas contra una intervención estadounidense directa en los asuntos internos cubanos.

William Leogrande y Peter Kornbluh han demostrado en su libro Diplomacia encubierta con Cuba como Fidel Castro procuró intensamente un acomodamiento en las relaciones con Estados Unidos, siempre sin admitir un tratamiento imperial sobre la Isla. Varios presidentes estadounidenses, en su arrogancia, perdieron la oportunidad estratégica de firmar “una paz de los bravos” con el más radical de los revolucionarios latinoamericanos. Tal compromiso hubiese sentado las bases para un entendimiento hemisférico, que nadie desde la izquierda se atrevería a cuestionar, dadas las credenciales de Fidel Castro. La euforia triunfalista, al ver desplomarse a la Unión Soviética, llevo a George Herbert Walker Bush y a William Clinton a desperdiciar la oportunidad para una normalización asimétrica como la que había explorado el presidente Carter y terminó acordando Barack Obama. Encandilados por la falsa esperanza de que Fidel Castro cayera sin el apoyo soviético, aprobaron las leyes Torricelli y Helms-Burton, que convirtieron la antipatía hacia un líder en una política contra un país. La estatura política de Fidel como baluarte de la resistencia ante esas políticas imperiales se multiplicó.

Sería ingrato que muchos pueblos del mundo, particularmente en África y América Latina, no le rindieran tributo al Fidel Castro en su ocaso. Cuba, bajo su liderazgo, envió a miles de soldados, médicos e instructores a todos los confines del mundo para enfrentar a las tropas racistas del Apartheid sudafricano, el analfabetismo y las enfermedades, como el Ébola. La misión “Milagro”, promovida por Cuba en varios países, ha devuelto la vista a miles de ciudadanos. En Haití y varios países africanos la contribución cubana a los sistemas de salud es esencial. Al hablar de Fidel Castro y de los derechos humanos, ese apoyo a la salud global y a la igualdad racial de millones de seres debe tenerse en cuenta.

Sería también injusto negar la importante contribución de Fidel Castro a librar a Cuba de la dictadura batistiana y, con ella, poner al sistema interamericano en alerta sobre las posibles respuestas revolucionarias a las dictaduras de derecha respaldadas por Estados Unidos. Con la Revolución cubana se propinaron golpes fulminantes a elementos negativos de la cultura política cubana, como el intervencionismo y el irrespeto norteamericano por la soberanía e independencia de la Isla, el racismo, la actitud indolente de la clase política ante los serios problemas de distribución de riqueza y pobreza que tenía el país. El giro cubano al socialismo no fue el resultado solo de la habilidad carismática de Fidel Castro, sino de un movimiento político gestado por casi un siglo (desde la primera guerra de independencia en 1968, frustrado en las primera y segunda república cubana de 1902 y 1933), en el que se fundían demandas nacionalistas con otras de justicia social como el antirracismo.

¿Fidel Castro cometió abusos y errores? Sin dudas. Cualquiera hayan sido los logros de la Revolución cubana en términos de independencia nacional, justicia social y estatus internacional, ni una economía desarrollada sustentable ni el establecimiento de una democracia con derechos civiles y políticos acordes a los estándares internacionales, están entre ellos. Ningún líder debe presidir los destinos de un país por cuatro décadas. Fidel Castro rompió con la tradición democrática-liberal que defendió en el juicio por el asalto al cuartel Moncada y abolió derechos consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos como inalienables. Montó un modelo económico de fuerte sesgo anti-mercado que ha probado ser una barrera a la prosperidad económica del país. En el contexto latinoamericano, la orientación comunista de Fidel Castro conectó a la izquierda latinoamericana con una visión totalitaria del socialismo, poco respetuosa de la libertad individual y hostil a las rutinas democrático-representativas.

En su defensa se podría decir que a un país del tamaño de Cuba, enfrentado por cinco décadas de agresiones por parte de Estados Unidos, no se le puede pedir una democracia de paz. Pero ese argumento, aunque válido, no resistiría un escrutinio objetivo. Hay abusos, como la creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde se maltrataron a homosexuales, religiosos, artistas y jóvenes en conflicto con los valores del sistema comunista, o por el delito de “peligrosidad social”, que no se justifican ni tienen relación con la amenaza externa; sino con la obsesión de los líderes revolucionarios con el aplastamiento avasallador de la autonomía de la sociedad civil por el Estado en condiciones totalitarias para generar un nuevo ordenamiento. Aun hoy varias de las desviaciones del sistema político cubano de los estándares internacionales de derechos civiles y políticos, como por ejemplo el unipartidismo, no son fundamentados desde el gobierno cubano en términos de “emergencias” derivadas de la necesidad de responder a la política de agresión externa, sino como paradigmas de una supuesta “democracia socialista”, alternativa a las democracias occidentales caracterizadas por Fidel Castro como “pluri-porquería”.

¿Y DESPUÉS DE FIDEL CASTRO QUÉ?

Las reacciones de profundo dolor y respeto de una parte del pueblo cubano, incluso de muchos que expresamos discrepancias con sus visiones para Cuba y el mundo, contrastan con la celebración carnavalesca de otra parte de ese mismo pueblo, que lo odia y lo aborrece. Como alertaba Nelson Mandela a sus partidarios, “en ningún conflicto que dure tanto tiempo toda la razón y la justicia están de un lado, y la desidia del otro”. La Revolución de Fidel deja un legado de progreso social en Cuba, pero también de profunda división política y una reconciliación nacional pospuesta.

En términos de orden político, el gobierno del Partido Comunista está hoy enfrascado en procesos paralelos de reforma económica y liberalización política. Esos procesos son parte esencial de la adaptación de las élites políticas post-revolucionarias a un mundo sin el carisma de Fidel Castro, que empezó desde su retiro en 2006. La muerte de Fidel Castro no altera, en lo fundamental, ese curso, pues sus funciones en el sistema político cubano eran más que todo simbólicas, como una especie de “patriarca revolucionario”, latinoamericano y mundial. El equipo de gobierno de Raúl Castro lleva instalado casi una década, con una transición generacional en curso que ya ha cubierto los principales puestos ministeriales, el Comité Central del PCC y, a partir del VII Congreso, también al Buró Político.

Los procesos de reforma económica y liberalización política han implicado la transición hacia una Cuba más orientada al mercado, con un mayor rol para la propiedad privada, la inversión extranjera y la pequeña y mediana empresa. El país hoy está más conectado a las tendencias globales que cuando Fidel Castro dejó la presidencia. Se trata de una comunidad política cada vez más plural que ha disfrutado, en la última década, de sustanciales aumentos de sus derechos de religión, viaje y propiedad, empezando a demandar mayor participación y representatividad ante la camisa de fuerza que representa la estructura unipartidista.

Además del nacionalismo y la búsqueda de un mejor desempeño económico como zonas de legitimidad, el Estado post-revolucionario cubano se apoya en la existencia de un mínimo de paz social y seguridad pública de la que Cuba disfruta en contraste con sus vecinos latinoamericanos, con gobiernos de orientación capitalista (como México) y de izquierda (como el de Venezuela). Hasta el inicio de la crisis post-soviética, el llamado “Periodo Especial”, Fidel Castro y su gobierno realizaron importantes esfuerzos para construir una sociedad cohesionada, en torno a una fuerte identidad nacional, en la que se reducían las diferencias de clase, género, raciales, regionales y entre lo rural y urbano. Esa inversión, no solo la capacidad de control social del Estado, explican la relativamente alta seguridad pública cubana. La población cubana que tiene patrones demográficos de país desarrollado, con un alto componente sobre los 35 años, no es dada a devaneos de grandes insurrecciones y es conservadora en la defensa de esos elementos de tranquilidad social.

Los retos a la continuidad del sistema unipartidista cubano son más a largo que a corto plazo. La situación económica cubana no es nada halagüeña de cara a la inestabilidad política en Venezuela, pero no se derrota algo con nada. La oposición cubana, o lo que así se le llama, pasa por las peores circunstancias. Desconectados en lo fundamental de los problemas centrales del cubano medio, sus principales líderes se identifican ahora con un pedido al presidente electo Donald Trump para que desmonte los avances logrados por la Administración Obama y renueve una ola de sanciones contra su propio pueblo. Al confiar sus destinos, una vez más, a las presiones estadounidenses, esos opositores engarzan con la tradición plattista (relativa a la enmienda Platt, parangón de la intervención estadounidense en asuntos de exclusiva soberanía cubana), repudiada por la Revolución y la cultura política nacionalista que esta reforzó.

Una incógnita en el horizonte es cómo la muerte del ex-presidente Castro afectará la visión sobre Cuba de la Administración presidencial de Donald Trump. Sería racional que el deceso del líder revolucionario ratifique en Washington el diagnóstico de Cuba como país en transición, requiriendo una política de tanto contacto, intercambio y diálogo como sea posible. En el margen podría tener un efecto positivo, pues ningún líder cubano, ni siquiera Raúl Castro, generó las antipatías y rabias que Fidel Castro provocaba en sectores de política exterior norteamericana que derrotó una y otra vez.

Sería fatal que la nueva Administración norteamericana vuelva a comprar el sueño, tantas veces desmentido, de que el sistema cubano es un mecanismo “de un solo rotor”, como lo llamó una vez el Sub-secretario para Asuntos Interamericanos Tom Shannon, y que “va a caer” sin Fidel o Raúl Castro como piezas claves. Son preocupantes algunas de las visiones ideologizadas expresadas desde la oposición a la política del presidente Obama por varios de los designados por el presidente electo Donald Trump para su equipo de transición y de gobierno. Ojalá que, por ejemplo, el General Michael Flynn (anunciado como Asesor de Seguridad Nacional), revise su diagnóstico que considera a Cuba parte de una coalición global anti-estadounidense que va desde Corea del Norte, en Asia, hasta Venezuela en las Américas, incluyendo a los fundamentalistas islámicos. Inventar coaliciones que no existen solo obnubila la capacidad para lidiar con las amenazas reales.

El presidente Obama no basó su cambio de política hacia Cuba en una simpatía por Fidel Castro y su legado, sino en los intereses y valores nacionales estadounidenses y en el reconocimiento de factores estructurales que explican el fracaso de las políticas de acoso y hostilidad por más de cinco décadas. Cuba está más integrada políticamente que nunca en su entorno regional, y posee vínculos de afinidad tanto con aliados estadounidenses (como Europa y Japón), como con rivales estratégicos estadounidenses en Moscú y Beijing. Las sanciones unilaterales y la retórica de hostilidad y aislamiento han probado ser un fardo pesado no solo ante las reformas que tienen lugar en Cuba, sino también para la gran estrategia norteamericana a nivel hemisférico y global.

Nada hizo más grande a Fidel Castro que el poder y la rabia de sus enemigos. No es casualidad que el principal adalid de la política de embargo contra Cuba fuera Jesse Helms, bastión de la segregación sureña, defensor del Apartheid sudafricano y discriminador con insultos variados de los mexicanos y los latinoamericanos. Fidel Castro se las ingenió para hacer de Cuba un baluarte capaz de resistir los embates de la primera potencia mundial que utilizó una política imperial de acoso y aislamiento que representó lo peor de Estados Unidos. La administración Trump tiene ante sí el dilema de probar una estrategia hegemónica persuasiva hacia el nacionalismo cubano o insistir, por otra vez, en las presiones imperiales coercitivas que la evidencia indica que están predestinadas a la derrota. Los que festejan la muerte de Fidel Castro reconocen, implícitamente, que en vida no le ganaron la partida.

Sobre los autores
Arturo López-Levy 8 Artículos escritos
(Santa Clara, 1968). Doctor en Estudios Internacionales por la Escuela Josef Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver. Máster en Asuntos Internacionales de la Universidad de Columbia (New York, 2003) y Economía de la Universid...
Cuba Posible 188 Artículos escritos
Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
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