Formas tradicionales y emergentes de gestión y propiedad en Cuba (I)

El país se encuentra en una de las situaciones más complicadas de su historia reciente. De la centralización económica casi total, pasó a la convivencia creciente con formas de gestión no estatales (privadas y cooperativas). Algunos han llamado a este período como “sociedad multi-actoral”, en lo económico; lo cual plantea múltiples reflexiones acerca del balance de oportunidades y desafíos presentes para las relaciones de trabajo y el progreso económico perspectivo, así como para el desarrollo de una ética solidaria y de relaciones sociales socialistas. / Autor: Steven Rushing

Foto: Steve Rushing (CC BY 2.0)

Un fantasma recorre el mundo…”: (el fantasma del capitalismo salvaje y del estatismo burocrático).

(Parodiando a Marx)

Introducción

El país se encuentra en una de las situaciones más complicadas de su historia reciente. De la centralización económica casi total, pasó a la convivencia creciente con formas de gestión no estatales (privadas y cooperativas). Algunos han llamado a este período como “sociedad multi-actoral”, en lo económico; lo cual plantea múltiples reflexiones acerca del balance de oportunidades y desafíos presentes para las relaciones de trabajo y el progreso económico perspectivo, así como para el desarrollo de una ética solidaria y de relaciones sociales socialistas.

Por otro lado, la centralización en las decisiones al más alto nivel del aparato partidista (y, consecuentemente de manera específica, en las organizaciones a todos los niveles), ha llevado a problemáticas no resueltas en la gestión del poder popular referidas, entre otras, al grado de autonomía local-territorial y a la real participación ciudadana en las decisiones sobre las políticas y problemas del país y de la localidad.

Ambas cuestiones forman parte del entramado social complejo de la realidad actual, vista de manera sistémica. En estas condiciones nos planteamos la interrogante: ¿las formas tradicionales y emergentes de gestión en Cuba, se dirigen a la superación del trabajo enajenado y del sujeto “sujetado”? O sea, ambas relaciones sociales -de trabajo y de poder sociopolítico-, ¿se orientan hacia la emancipación social real de los trabajadores y de la población? ¿Cuáles son algunas de sus interacciones y problemáticas no resueltas?

En esta primera parte del artículo se enfatiza, sobre todo, en el carácter de ciertas relaciones de trabajo actuales, aunque tomando en cuenta otras relaciones sociales concatenadas. Abordamos aquí cuestiones generales que están en la base de las concepciones al uso acerca de las relaciones de trabajo en las formas de propiedad o gestión capitalista y estadocrática. En las partes subsiguientes analizamos las problemáticas y desafíos de las nuevas formas de gestión no estatal con vistas al tema de las relaciones de trabajo enajenado o sometido, en tanto pueden ser tributarias de las anteriores o pueden estar generando nuevas alternativas y desafíos.

Problemáticas sistémicas de las relaciones sociales actuales

Nuestra sociedad adoptó, a lo largo del período de la Revolución, formas económicas y políticas, en su mayor parte, provenientes del entonces conocido “socialismo real -soviético”. Ello conllevó, en el plano económico, a la aplicación de la idea de que el Estado (idealmente representante de la clase obrera y campesina, encabezada por la vanguardia política del Partido) debería ser el órgano –casi único- de apropiación de los resultados sociales del trabajo y, por ende, propietario de los bienes empresariales. Su actividad benefactora estaría dada por la realización de una distribución social equitativa de los ingresos y recursos de vida a la población, en general, en el entendido de que la motivación social de propietario colectivo de los trabajadores, no resultara un eufemismo y la identidad con las políticas del Estado-Partido resultara efectiva.

La compleja realidad de las dinámicas sociales emergentes determinó que, en términos de relaciones de trabajo, el esperado “sentimiento de propietario social” –de los trabajadores y la población- si alguna vez estuvo presente al calor de las primeras medidas revolucionarias, decayera a través de la instrumentalización de la gestión y la consecuente distancia social del estamento de los “directivos” (empresariales y de órganos del Estado-Partido), que forjaron una burocracia centralizadora de las decisiones económicas y sociales, dejando con muy limitado margen de participación a los propios trabajadores –en letra: dueños sociales de los medios de producción- y al resto de la población.

Lo mismo ocurrió en el sistema sociopolítico. Del Estado de obreros y campesinos, con soberanía popular, proclamado en el artículo 3 de la Constitución, y una “vanguardia” orientadora de las metas y actividades de toda la sociedad, reconocida y legitimada socialmente, la piramidación del poder político llevó a que las decisiones fundamentales se tomaran sólo en el más alto nivel del Partido (y, consecuentemente, de cada organización económica y social, bajo las líneas generales trazadas). Aunque se intentara una socialización a través de consultas periódicas con sectores de su militancia y de la población en general esto, de manera creciente, ha transcurrido sin consecuencias reales para incorporar la gestión y autogestión ciudadana.

De esta manera, esta visión socioeconómica y política general se entrelaza con el estado contradictorio y distorsionante actual de las relaciones de trabajo y de empoderamiento ciudadano, ante una situación de perspectivas inciertas acerca del régimen de relaciones sociales que resultaría en el curso del proceso de Actualización del Modelo Económico y Social vigente. Aunque se proclama oficialmente la meta de constitución de una “sociedad socialista próspera y sustentable”, ni la dinámica de relaciones socio-clasistas resultante del proceso –con derivas claramente capitalistas del peor tipo-, ni las relaciones de dominación de la burocracia, parecen llevar por ese camino.

Sociedad “multi-actoral”, oportunidades y trabajo enajenado

Como planteamos el término “multi-actoral” (usado por varios autores para describir la situación actual de diversidad de propiedad y gestión en la economía del país), se circunscribe a ese ámbito económico, al que nos referiremos (ya que no es aplicable actualmente al ámbito de actoría en el plano sociopolítico, esencialmente controlado desde la dirección partidista única).

Como se ha dicho, la estructura de propiedad y gestión en las últimas décadas, se ha centrado –con variaciones menores en cada período histórico- en el Estado, y ha sido compartida, en menores proporciones, con formas limitadas de cooperativismo agropecuario, de pequeña propiedad campesina y trabajo por cuenta propia personal y familiar.

El carácter de la propiedad estatal en los sectores de la economía, se distinguió –y actualmente no ha cambiado su esencia- por el predominio de la centralización de la planificación y las decisiones, de un sistema de relaciones de trabajo de subordinación, asalariado y no participativo, ya que la acción democrática de los llamados “factores” en las empresas es más formal que real; y la función de los sindicatos está reducida, prácticamente, a la información, todo lo cual hace pensar en la permanencia del trabajo parcial, enajenado, propio del capitalismo.

Si analizamos el concepto de “trabajo enajenado” en la obra de Marx[1], podemos llegar a las siguientes precisiones:

– El proceso y el producto del trabajo –las funciones y el objeto- son, ante el obrero, algo extraño sobre lo que no tiene poder de decisión.

– El trabajo asalariado impone un precio al valor trabajo, constituyéndolo en un recurso, una mercancía más (o, más recientemente, denominado “capital humano”).

– El trabajador carece de poder de decisión sobre la utilización de los recursos, medios de producción, destino del resultado, o sobre las ganancias que genera.

– El trabajo se transforma en medio de vida, y no la forma de realización de la vida misma.

– El trabajo enajenado le pertenece, entonces, a otro hombre o poder ajeno (ya sea capitalista o institución social).

La preeminencia de esas relaciones alienantes en un sistema social distinto al que le dio origen, resulta contradictoria a los fines socialistas del logro de la emancipación humana. Si bien, aquí la plusvalía del trabajo es redistribuida por el Estado, con beneficios en áreas de necesidad social, ello opera bajo las decisiones del funcionariado y sin garantías de consenso social, así como con muy pocos márgenes de aportación a las estrategias de desarrollo del país.

De manera que no toda propiedad estatal se constituye “per se” en socialista, si no es bajo la condición de restituir al trabajo las condiciones de liberación de su enajenación.

Si bien, en la concepción liberal, la relación patrono-asalariado opera como parte de un contrato social –que puede, incluso, ser mutuamente satisfactorio para ambas clases-, lo cierto es que la teoría de la plusvalía replantea la cuestión de una justicia redistributiva más equitativa. Esto vale para el capitalismo y para la sociedad estadocrática.

En este sentido, una real descentralización de la empresa estatal, con fines de configuración socialista plantea, en mi opinión, al menos tres requisitos indispensables:

– Participación de los trabajadores en las decisiones fundamentales de la empresa, como forma de autogestión o co-gestión.

– Participación justa en las ganancias empresariales y atención a las necesidades sociales de los trabajadores –contando con elementos de justicia redistributiva social y territorial, de acuerdo al grado de tecnificación de la producción en relación con sectores atrasados de la economía, etc.-.

– Participación solidaria con la comunidad del entorno, en forma de responsabilidad social que contribuya a la mejoría de las condiciones de vida poblacionales, de sectores vulnerables y a decisiones ciudadanas compartidas con la población.

Tanto en el caso del trabajo asalariado en las relaciones sociales capitalistas, como estadocéntricas, se podría partir de la idea iluminista del “contrato social”, mediante el cual ambas partes (clases) en cada caso, llegarían a un acuerdo o consenso, en el mejor de los casos, mediante el cual se aceptan los términos negociados. En la realidad, resulta que esas condiciones son impuestas más que concertadas, dadas las diversas situaciones de necesidad existente, los mecanismos de poder-sujeción empleados y otras.

En otro sentido, un análisis menos superficial, nos llevaría a las esencias del fenómeno del trabajo en ambas condiciones polares de relaciones capitalistas y estadocéntricas, que determina su carácter mercantil, enajenado o emancipatorio.

En la próxima parte de este trabajo analizaremos esta cuestión a la luz de las nuevas formas de gestión no estatal, las oportunidades del cuentapropismo y las cooperativas,  sus limitaciones y desafíos, a la luz de la realidad actual desde las situaciones cotidianas que se producen y reproducen los modelos de relaciones capitalistas, estadocéntricas o generan nuevas perspectivas desde un ideal autogestionario-emancipatorio.

(continuará)

Nota

[1]  Manuscritos económico-filosóficos de  1844, México, Grijalbo, 1968, pp.71-89.

 

VER TAMBIÉN

Formas tradicionales y emergentes de gestión y propiedad en Cuba (II)

Formas tradicionales y emergentes de gestión en Cuba: ¿superación del trabajo enajenado y del sujeto “sujetado”?

Sobre los autores
Ovidio D'Angelo 16 Artículos escritos
(La Habana, 1946). Licenciado en Psicología y en Sociología. Posee estudios dl Licenciatura de Economía. Ha realizado estudios de post-grados en Economía del Trabajo y en Filosofía. Investigador titular y profesor. Posee Premios Nacionales de la...
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