El futuro de la política: ¿incompatible con las plataformas políticas programáticas?

En la actualidad se debate, con mucha fuerza, acerca de la pertinencia y de la legitimidad de los partidos políticos. Se presentan argumentos opuestos, en muchas ocasiones sostenidos, a la vez, por los mismos opinantes. Entre estos criterios se encuentran, por ejemplo: -la pertinencia de las agrupaciones políticas como instrumentos a favor del protagonismo político de la sociedad y, a su vez, el enquistamiento de oligarquías que se apoderan de los partidos políticos; -la necesidad de que todos aquellos ciudadanos capaces de compartir una plataforma programática socio-política puedan organizarse y, su vez, el déficit creciente de representación ciudadana de los partidos políticos; -las organizaciones políticas programáticas como instrumentos esenciales de la democracia y, a su vez, el creciente rol “secuestrador” de la democracia por parte de estas organizaciones; -y la conveniencia del pluripartidismo, del unipartidismo o hasta de la inexistencia de los partidos políticos.

El presente trabajo sólo pretende esbozar, brevemente, un recorrido histórico-teórico del surgimiento e institucionalización de los partidos políticos, con el propósito de que, en otros artículos, podamos identificar (y luego comenzar el análisis sobre) aquellos posibles elementos que pueden resultar necesarios a la naturaleza ciudadana y sobre los que constituyen accidentes, cuestiones de otra época, oportunismos y distorsiones a la democracia y a la soberanía popular. De este modo, sería factible, además, iniciar la búsqueda de cuáles podrían ser los futuros organizativos de las plataformas socio-políticas programáticas.

Para ello, tomo consideraciones de diversos documentos. Sin embargo, asumo como referente principal la obra titulada Los partidos políticos, de Maurice Duverger.

Generalidades

Los partidos políticos son grupos organizados, siempre con una plataforma, ante todo ideológica, y con un programa definido. Esta noción sostiene, además, que cuando el sustento de dicha plataforma es religioso o de índole análoga, estos partidos proyectan una influencia totalitaria sobre sus miembros y, cuando pueden, sobre toda la sociedad. Asimismo, reconoce que la constitución de los partidos políticos en las diversas sociedades quizás no responda a dos clases sociales, en sentido riguroso, pero sí se ha caracterizado por dos mentalidades, dos actitudes sociales, dos géneros de vida, cuya distinción aclara a su vez ciertos problemas referentes a la diversidad y a las estructuras de los partidos.

Sin embargo, históricamente han llamado partidos a las facciones que dividían a las repúblicas antiguas, a los clubes donde se reunían los diputados, a los comités que preparaban las elecciones censatarias de las monarquías constitucionales, así como a las organizaciones populares que enmarcan a la opinión pública en las sociedades modernas. No obstante, en 1850, excepto en Estados Unidos, ningún país conocía partidos políticos en el sentido moderno; sino solo tendencias de opiniones, clubes populares, asociaciones de pensamiento y grupos parlamentarios, etcétera. El desarrollo de los partidos políticos estuvo ligado a la evolución de la democracia, a la extensión del sufragio popular y a las prerrogativas parlamentarias. Sin embargo, desde sus inicios sí ha respondido a la tendencia de agruparse por afinidades socio-políticas.

Origen de los partidos

De entre las dinámicas progresivas que condujeron a la constitución de partidos políticos, tal vez la creación de parlamentos y de grupos parlamentarios, sea la primigenia. Los parlamentarios necesitaron una relación con los electores, capaz de asegurar su elección y permanencia en dicha institución de poder. En tal sentido, la extensión del sufragio popular hizo necesaria la organización de nuevos electores y, para ello, se potenciaron los llamados comités electorales. Del mismo modo, se generó una práctica encaminada a garantizar relaciones de compromisos entre los ministros de los gabinetes y los diputados. Posteriormente, en varios lugares se concedió a los vencedores la facultad de designar los puestos de funcionarios y, para ello, colocaron poderosos medios materiales a disposición de los comités. Cuando todas estas relaciones fueron pasando del plano personal al institucional, resultaron constituidos los partidos políticos.

En este proceso, unas veces los comités electorales crearon centros para coordinador todo lo anterior y, en otras ocasiones, centros ya establecidos crearon comités locales. Sin embargo, señalo que hubo una inclinación a favor de procurar la máxima autonomía, tanto para los comités locales, como para los centros que se consolidaban. De la misma manera, aclaro que como el motor esencial de los grupos parlamentarios no fue la comunidad de doctrina política, sino la vecindad geográfica y la voluntad de defensa profesional, la doctrina se incorporó después. En tal sentido, al desarrollarse, en el quehacer parlamentario y partidista, la integración entre opiniones acerca de “lo local” y de “lo regional”, y en torno a los problemas fundamentales de la política del país, se fueron consolidando plataformas políticas e ideológicas, que debían sostener las particularidades de los afines agrupados en diferentes partidos políticos. Se evoluciona, de este modo, hacia la doctrina. En tal sentido, en muchos casos fueron las “sociedades de pensamiento” y los “periódicos” quienes consiguieron las primeras concreciones doctrinales.

No obstante, debemos tener claro que muchos partidos políticos, sobre todo en épocas posteriores, no emanaron de la actividad parlamentaria, ni de una relación entre los diputados y los electores, sino de la voluntad de instituciones ya existentes; por ejemplo: de sindicatos, de la Iglesia católica y de cenáculos intelectuales. Igualmente, muchos partidos políticos, importantes, fueron creados por iniciativa de la izquierda, necesitada de promover agendas políticas y/o ideológicas, así como por activistas, dirigentes y élites. Por otro lado, acoto que también han surgido otras organizaciones políticas, con el propósito de educar la opinión y la orientación de la sociedad, hacer propaganda, y agitar a sectores sociales, etcétera; pero no constituyen partidos políticos porque no poseen una agenda para gobernar, no participan con candidatos en las elecciones, y no poseen una relación “orgánica” con diputados y/o ministros.

Tipos sociológicos de partidos políticos

Con el mismo nombre se pueden designar tipos sociológicos diferentes por sus elementos de base, por su armazón general, por los lazos de dependencia que se anudan y por las instituciones dirigentes. Por ejemplo: partidos conservadores y liberales. Hay partidos políticos con pocos comités, descentralizados, de personalidades, que no buscan multiplicar sus miembros. Se orientan, sobre todo, en cuanto a las elecciones y a las combinaciones parlamentarias. En estos casos el poder suele residir en un grupo alrededor de un líder parlamentario. Suelen ocuparse de problemas políticos, y poco de cuestiones doctrinarias o ideológicas.

Por otro lado, los partidos políticos socialistas descansan en sectores populares y siempre buscan el mayor número de miembros posible. Poseen un sistema de filiación preciso, completado por un mecanismo de cotizaciones individuales riguroso. Los comités abren paso a las secciones, grupos de trabajo más extensos y abiertos, donde la educación política de los miembros ocupa un lugar importante, además de la actividad puramente electoral. Tienen una administración, pues se cotiza, que obliga a poseer funcionarios permanentes. El carácter personal de los dirigentes se atenúa con Congresos, Comités de naciones, Consejos, Secretarías. Establecen la elección en todos los eslabones, pero combinada con tendencias oligárquicas poderosas. Estos partidos se han inclinado a dar un lugar fundamental a la doctrina, y a integrar al desempeño puramente político una amplia agenda sobre cuestiones económicas, sociales, culturales y familiares. Los partidos laboristas, parte de esta familia política, son constituidos por sindicatos y cooperativas.

Por su parte, los partidos comunistas (con base en células de empresas), se han caracterizado por una centralización muy aguda y una disciplina estricta, y por un sistema de enlace muy vertical que establece una separación rigurosa entre los elementos de base, lo cual los protege contra toda tentativa de cisma y división. Estos partidos, además, exigen un compromiso absoluto de todo el ser, incorporando así la fe de una iglesia.

Los partidos políticos de Estados Unidos son, principalmente, una maquinaria electoral. No tienen un carácter ideológico rígido, ni son comunidades fundamentalmente de clases; aunque puedan tener mucho de ambas características. Cada partido puede reunir personas con opiniones diferentes y de posiciones sociales diversas, que suelen compartir imaginarios y preferencias.

Estructura de los partidos políticos

La comunidad global de cualquier partido político es un conjunto de pequeñas comunidades de base, ligadas unas a otras por mecanismos coordinadores. Pueden, a su vez, estar integradas por individuos, sindicatos, cooperativas, sociedades. En tal sentido, hay partidos directos y partidos indirectos.

Los miembros de un partido indirecto, más que miembros del partido, son miembros de un grupo social que se adhiere colectivamente al mismo. Los partidos directos constituyen la regla y los indirectos la excepción. Encontramos un ejemplo de partido indirecto en los sindicatos alemanes, cuando estos se subordinaron a un partido político. En Inglaterra, consideremos la precisión, no ocurrió así, sino a la inversa. Sin embargo, no se pueden confundir los elementos de base con los organismos anexos, que son instituciones que gravitan a su alrededor; como, por ejemplo: movimientos juveniles, organizaciones femeninas, ligas deportivas, instituciones culturales y, en algunos casos, los sindicatos.

Los “comités” son pequeños grupos que no tratan de crecer, no hacen propaganda sistemática, no tienen miembros y no pretenden ampliarse. Sus miembros tampoco son delegados, ni representan a nadie, y actúan sólo como personalidades. No obstante, pueden poseer poder, dada la influencia de sus miembros. Su actividad suele ser, sobre todo, en épocas electorales. Pueden existir comités de notables y comités técnicos. Estos últimos tienen los medios para ejecutar y concretar la influencia de los notables. También pueden estar los agentes electorales, que representan a los comités.

Por otro lado, las “secciones” (la base) son una parte de un todo, cuya existencia separada no es concebible. La palabra comité sí puede evocar autonomía, pero la palabra sección no. Esta última, además, sí trata de aumentar sus miembros, apela a la ciudadanía y educa políticamente. Fue una creación de los partidos socialistas. La “célula”, de distinta naturaleza, creación de los partidos comunistas, desea descansar en una base profesional, capaz de reunir a todos los miembros en un mismo lugar de trabajo. Resulta un grupo más pequeño que la sección. Sin embargo, algunos señalan que, por lo general, las células no facilitan el desempeño electoral, porque su organización no coincide con las circunscripciones.

Articulación interna de los partidos políticos

Del mismo modo, podemos asegurar que la disposición de los enlaces y las relaciones entre los grupos elementales de cualquier partido político, sean de una índole o de otra, siempre influye profundamente en sus militantes, en su unidad doctrinal y en su eficacia de acción e, incluso, en sus métodos y principios. Por ello, su diseño y cuidado, así como los procedimientos y garantías que estos reclaman, han de constituirse en asunto medular de todo partido.

En tanto, por lo general, siempre existe un órgano central y ejecutivo, muchas veces con miembros de derecho y miembros elegidos. Asimismo, suelen tener a su vez presidentes y vicepresidentes, presidentes y vicepresidentes de honor, secretario general, etcétera. De igual importancia resulta el diseño de múltiples órganos y de la articulación debida entre estos y entre ello y los diferentes elementos de bases, así como entre estos últimos. Para esto, en muchas ocasiones se cincela un entramado de relaciones verticales y horizontales. Establecen enlaces verticales, lo cual implica que los grupos no puedan relacionarse sino por medio del órgano central, para las cuestiones en que no deben darse el lujo de soportar cismas, fracciones y oposiciones.

En algunos casos dicha articulación puede ser fuerte o débil. Sin embargo, no se debe confundir articulación fuerte o débil, con articulación democrática; aunque históricamente haya habido una coincidencia entre comités y articulación débil, y entre células y articulación fuerte. De igual manera, la centralización y la descentralización definen modos de coordinación de los elementos de base que componen cualquier partido político.

En estas organizaciones partidistas han predominado cuatro tipos de descentralización: i. la local (poder en las bases, aunque puede tender al localismo), ii. la ideológica (otorga autonomía a diversas tendencias, mediante la influencia de cada una en los órganos de dirección, aunque bajo el peligro de la escisión), iii. la social (la propia de los partidos indirectos), y iv. la federal (reflejo en los partidos políticos de la estructura federal del Estado). Por otro lado, en la generalidad de los casos la centralización ha tenido dos formas: i. la autocrática (toda decisión se toma arriba y se controla la base), y ii) la democrática (se dirige a partir del contacto con la base).

También se ha presentado una noción que pretende integrar el centralismo y la descentralización, llamada “centralismo democrático”. Según esta, las bases, por medio de discusiones muy libres, dan a conocer sus puntos de vista, aunque le permiten al órgano central una decisión válida, asumida después por todos, que estarán forzados a cumplirla. En tanto, las discusiones deben cesar después de la decisión.

Muchos consideran legítimas todas estas maneras de procurar la descentralización y la centralización, así como el equilibrio entre ambas. Sin embargo, dejan claro que siempre debe salvaguardarse la necesaria democracia dentro de todo partido. Para ello, aconsejan medir, en todos los casos y en todo momento, la capacidad de cada partido político para que los dirigentes de todos sus escalones sean electos de manera debida, y las garantías para que se pueda ejerza el control preciso de los mandatos, así como el estado de la reglamentación que asegura a los militantes el derecho al voto dentro del partido.

Miembros de los partidos políticos

Existen diferentes formas de relacionarse con los partidos políticos. Sin embargo, tres son las maneras más convencionales de hacerlo. Una primera (y muy importante), es a través de una militancia activa y ordinaria. Una segunda, por medio de la simpatía, o sea, de los simpatizantes, lo cual se ejerce sobre todo en las campañas electorales. Y una tercera, más ocasional e indirecta, a través del voto a favor de los candidatos de este o aquel partido político.

Los militantes suelen integrarse al quehacer esencial y constante de una institución partidista, y, en algunos casos, lo hacen como si esta fuera una religión política. En no pocas ocasiones esto ha conducido al establecimiento de “cleros partidistas”, de “fieles”, de “dogmas de fe”, de “concepciones ortodoxas” y, por supuesto, de intolerancias. A su vez, los simpatizantes son aquellos que no comparten todo el universo de un partido político, pero lo prefiere y, por ende, en muchas ocasiones participa en los órganos anexos del mismo.

Naturaleza de la participación de los diferentes miembros

Por tanto, a cada categoría de miembro le corresponde un tipo de participación, caracterizado por su calidad más que por su intensidad. Algunos sólo consagran algunas horas de su tiempo, solo algunos pensamientos. Sus vidas intelectuales, profesionales, sus recreaciones, su familia, permanecen fuera. Sin embargo, en ocasiones, o determinados miembros o partidos, no sólo ofrecen un marco para las actividades socio-políticas, sino además un sistema total de ideas y de vida, que incluye la vida familiar, la vida cultural, etcétera. En estos casos existen dos tendencias, una que brinda ese sistema total de ideas y de vida, pero deja espacio a la libertad individual; y otra que convierte al partido en sagrado, en un mito, y lo eleva a la dignidad de fin, estableciendo así una suerte de religión secular, casi sin espacio para la libertad individual.

La dirección de los partidos

Cada civilización ha forjado su propia doctrina de la legitimidad. Muchos consideran al poder democrático como el único legítimo. Sin embargo, la eficacia práctica muchas veces ha relativizado este criterio, pues se ha considerado que un partido muy democrático no suele estar bien armado para la lucha política. En tanto, por lo general, se establece un poder autocrático detrás de fórmulas y decorados democráticos. De igual modo, se puede afirmar que los partidos políticos, como todos los grupos humanos, son conservadores y, por ello, no cambian fácilmente su estructura, incluso si la evolución los empuja en esa dirección. Ante esto, como ya apunté, muchas veces diseñan fórmulas y decorados democráticos. En tal sentido, en ocasiones puede haber jefes reales y jefes aparentes, oligarquías partidistas, y autocracias, por sólo citas tres ejemplos posibles.

En la tendencia autocrática se distinguen dos doctrinas: i. el hombre providencial, cuya naturaleza encarna la comunidad; y ii. el carácter providencial en las circunstancias. En estos casos, el líder del partido suele nombrar de forma directa a la alta dirección y a la secretaría. Y para ocupar los otros cargos se diseña una ingeniosa mezcla de elecciones y cooptación. Mediante la cooptación se suelen incorporar a personalidades diversas, que no participan en la vida del partido, pero aportan experiencia y prestigio. Desde esta lógica, la elección de los dirigentes locales puede ser dirigida desde el centro, aumentando la centralización; o a la inversa, la presentación de los dirigentes centrales puede ser sometida a la intervención de los organismos locales, aumentando la descentralización. Esto, por supuesto, no tiene que asfixiar la libertad dentro del partido y así se dan, incluso, oposiciones que suelen expresarse en los congresos; pero ello más bien suele constituir una lucha de influencia entre dirigentes, y no una deliberación de la militancia.

Sin embargo, en todos los casos, los dirigentes de los partidos políticos tienden a la oligarquía, a una clase de jefes, a una casta semi o totalmente cerrada. Las elecciones no deshacen esto, pues los votantes suelen aferrarse a sus viejos jefes, pues en muchos casos desconfían de los jóvenes, o hasta los recelan. En tanto, los equipos y clanes constituyen oligarquías personales, y la burocracia constituye una oligarquía institucional. No obstante, siempre se hace un esfuerzo para que la base escoja a los oligarcas. Por su parte, los jefes aparentes siempre son elegidos, y los reales pueden ser designados autocráticamente. En ambos casos, forman círculos alrededor de los jefes, que aumentan su autoridad.

En cualquiera de estos casos, aunque con diferentes grados, siempre ocurre un proceso que conduce al aumento de la autoridad de los dirigentes y la tendencia hacia formas personales de autoridad. Por lo general toda forma de autoridad evoluciona lentamente de una dirección personal a una dirección institucional, donde posteriormente y de manera lenta, la autoridad va quedando en el cuadro, y por ello vuelve a ser personal.

De esta forma, se puede desatar un camino en el cual la dirección del partido les habla a los militantes y así estos pueden ir siendo moldeados por su palabra. En tal sentido, sin que lo sienta, la militancia puede ser orientada, dirigida y transformada. Su actitud procede, cada vez menos, de ella misma; cree siempre determinar libremente, cuando obedece cada vez más. Sin embargo, esta personificación, de manera invariable, vuelve a conducir a la despersonificación del poder del líder. La personificación del poder, que a veces se acompaña de la divinización del mismo, de la vieja autoridad de un monarca-dios, convierte al jefe en una esfinge, que se marcha con él.

Dirigentes e instituciones de poder

Todo lo anterior nos conduce al análisis acerca de la relación entre la dirección de los partidos políticos y los parlamentarios nominados por cada uno de estos. En tanto, podemos comenzar asegurando que el parlamentario debe tener precedencia sobre el dirigente; pero ocurre lo contrario, pues estos ordenan a los diputados en nombre de los militantes. Ello suele generar una rivalidad peligrosa entre los dirigentes de los partidos y sus correspondientes parlamentarios.

A veces los dirigentes son los que preparan las listas para diputados y ello también condiciona a estos últimos. En general, si la organización es grande y sólida, se fortalecen los dirigentes y se debilitan los parlamentarios. Ante esto, los dirigentes de los partidos, para conservar su preponderancia, reducen al máximo la posibilidad de que los diputados participen en los organismos de dirección del partido. Del mismo modo, establecen y refuerzan la disciplina en la votación, en busca de que los diputados-militantes deban ejercer en bloque el voto parlamentario.

No obstante, en muchas ocasiones, los parlamentarios suelen ser más hábiles que los dirigentes internos de los partidos, pues estos tienden a ser mediocres y, además, los diputados pueden aprovechar muy bien la ventaja que ofrece su influencia en la localidad por donde resultaron electos. Por otro lado, cuando los parlamentarios han llegado a tener ambos poderes, entonces suele predominar la orientación de los diputados. En este tipo de relación entre los dirigentes de los partidos y sus militantes en cargos de poder, siempre la balanza suele inclinarse, con mucho peso, a favor de aquellos que ocupan cargos de ministros.

Pluripartidismo político

En cuanto al pluripartidismo, no presentaré preferencias. Actualmente existe mucha desconfianza hacia las maneras tradicionales que pretenden instrumentalizar este decisivo quehacer. Muchos estiman que los partidos políticos ya constituyen un mal y deben comenzar a formar parte del pasado. Otros consideran que podrían continuar existiendo, pero en un marco de condiciones que los obligue a servir al pueblo y no a servirse del pueblo. Asimismo, unos sostienen que el pluripartidismo ha quebrado históricamente, y otros que se hace necesario revitalizarlo, pero sin condiciones que lo restrinjan, sino con los privilegios de siempre. Igualmente, algunos ratifican que el unipartidismo también quebró y otros reafirman que pudiera, por medio de nuevas formas y perspectivas, constituirse en un instrumento válido. Por otro lado, no faltan quienes aceptan que cualquier variante podría resultar válida, siempre que sea podada de lo malo y tenga la voluntad de incorporar la honradez, el respeto y la responsabilidad. Del mismo modo, no pocos señalan la urgencia de buscar instrumentos distintos, muy distintos, aunque por supuesto sin descontar la experiencia del pasado (ya sea positiva o negativa). No obstante, debemos señalar algunos aspectos del entresijo del análisis de quienes optan favor de los partidos políticos.

En torno al tema, cabe distinguir que no siempre es fácil distinguir el dualismo del multipartidismo, porque en ocasiones hay muchos pequeños grupos al lado de los grandes partidos políticos. Sin embargo, la debilidad de esos pequeños grupos y su vida efímera, no desdice del dualismo. Por otra parte, está el tripartidismo, que comenzó con los partidos socialistas. Hasta entonces, por lo general los conservadores se apoyaron en la aristocracia y en los campesinos, y los liberales en la burguesía comerciante, industrial e intelectual.

En estos sistemas pluripartidistas, los partidos han generado una oposición recíproca. No obstante, habría que distinguir dos tipos de oposición, la técnica, donde la rivalidad descansa en fines secundarios y en medios; y la de fundamentos, que rivalizan las bases mismas del sistema. En cualquier modelo sólo el primero es posible.

Lo anterior equivale a decir que “el centro” no existe en política. Llamamos “centro” al lugar “geométrico” donde se reúnen los moderados de tendencias opuestas, de derecha y de izquierda, y suelen ocurrir sólo cuando los polos opuestos extreman sus rigideces y se enrumban hacia la petrificación política. Por ende, todo centro está dividido contra sí mismo, al permanecer separado por dos mitades: centro-izquierda y centro-derecha. El centro es una agrupación artificial y su destino es la aniquilación. El sueño del centro es realizar la síntesis de aspiraciones contradictorias; pero la síntesis no es más que un poder del espíritu. La acción es la selección, y la política es acción. La política es una lucha entre orden y movimiento. Cada vez que una opinión pública se enfrenta a grandes problemas de base, tiende a cristalizarse alrededor de dos polos opuestos.

Sistema de partidos, elecciones y proyección política

No obstante, es posible encontrar el unipartidismo, el bipartidismo, el tripartidismo, el cuatripartidismo y hasta polipartidismo. Sin embargo, el sistema electoral mayoritario de una vuelta tiende al bipartidismo, y el de dos vueltas (o representación proporcional) al multipartidismo. Asimismo, es posible medir la dimensión de un partido político: contando los miembros, contando los electores, contando los asientos en el parlamento. Los dos primeros modos miden al partido según la opinión pública, y el tercero según su capacidad de gobernar.

En tal sentido, un partido político con vocación mayoritaria tiene que ser realista y su programa debe estar sometido a la prueba de los hechos. Toda demagogia suya corre el riesgo de volverse en su contra. Tiene que estar totalmente orientado hacia la acción, con un sentido muy agudo de los límites que imponen las ideas. Para lograrlo, en ocasiones, debe construir alianzas. Se hace alianzas cuando un partido no puede por sí solo concretar su plataforma. Ahora, todo acuerdo supone concesiones mutuas, que modificará el programa de cada aliado.

Ante estos casos, las alianzas suelen ser con partidos pequeños. Por su parte, tienden a existir dos tipos de partidos pequeños: partidos de personalidades y partidos de minorías permanentes. Los primeros son grupos parlamentarios, sin organización real ni infraestructura social.

Hay pequeños partidos refractarios, que suelen agrupar, sobre bases doctrinales, a heterodoxos de grandes partidos, que desean preservar la pureza de la doctrina. Estos, a menudo, se construyen desde la cima, sin organización de bases, y son los de minoría permanente. Hay otros pequeños partidos, étnicos, religiosos, geográficos, etcétera. No obstante, los partidos políticos pequeños unas veces son residuales y, otras veces, son precursores y, en mejores circunstancias, pueden llegar a ser grandes partidos. Otras veces permiten establecer transiciones y lazos entre dos grandes partidos con ideas cercanas. Por otra parte, los partidos pequeños pueden alterar la primera vuelta de las elecciones. Esto es más eficaz en el parlamento, pues su voto se inclina a favor de uno de los grandes partidos políticos. En estos casos no se puede gobernar sin su apoyo. Tres elementos principales se toman en cuenta para definir el grado de desigualdad de los aliados: i. su dimensión representativa, ii. su posición en el tablero de ajedrez político, y iii. su estructura interna.

No obstante, valga la precisión de que un partido político es dominante cuando tiene mayoría, está a la cabeza y a bastante distancia de sus rivales, durante cierto tiempo. Sin embargo, en muchas ocasiones un partido político resulta realmente dominante cuando se identifica con la época. El dominio es más una cuestión de influencia, y sobre todo de creencia, que de dimensión.

Las alianzas entre partidos tienen formas y grados muy variables. Algunas son efímeras y desorganizadas: simples coaliciones provisionales, para beneficiarse de ventajas electorales, para derribar un gobierno o para sostenerlo ocasionalmente. Otras son duraderas y están provistas de una sólida armazón, que las hace parecerse, a veces, a un súper-partido. En tanto, las alianzas pueden ser electorales, parlamentarias, gubernamentales.

Si los aliados se han puesto de acuerdo en un programa común, su entendimiento es más fácil. Sin embargo, suelen ser programas débiles, con fines, más que con medios, y el gobierno es, sobre todo, cuestión de medios. Por otro lado, pueden distinguirse las alianzas de izquierda o de derecha, la unión de los centros, la conjunción de los extremos y otras diversas uniones posibles. No obstante, las primeras alianzas son las más frecuentes.

Las alianzas electorales tienden a estar dominadas por los aliados más extremistas, y en las alianzas gubernamentales tienden a estar dominadas por lo más moderados. El que logre posicionarse mejor en el gobierno, tiende a dirigir finalmente la alianza. Los extremismos se debilitan por las necesidades gubernamentales. Si la alianza está en la oposición, los moderados tendrán menos posibilidades. Aquí el realismo está en la intransigencia. En una coalición triangular, el partido político “de centro” se desempeña como árbitro natural de los extremos.

Por su parte, la alternancia de los partidos en el poder, suele ser una característica de los dualismos. Se define como un movimiento pendular entre poder y oposición. Se define, además, por la ausencia de variación de los partidos políticos en largos períodos. El izquierdismo es la traducción, en el plano político, de la evolución social que ha hecho llegar al poder a “nuevas clases” en el período en que se construyó y desarrolló el sistema moderno de partidos políticos; con excepción de Estados Unidos.

Sin embargo, es necesario destacar que el partido acostumbrado al poder, pierde vigor, se anquilosa y suele debilitarse o destruirse. En este sentido, también se puede afirmar que el multipartidismo debilita al gobierno en un régimen parlamentario y, también, puede debilitar al parlamento, pero refuerza al gobierno en uno presidencialista. Por ende, en el sistema multipartidista, con un parlamento integrado por más de dos partidos, quien mejor representa al país es el presidente.

Sin plataformas políticas programáticas

En cuanto al criterio de que no deberían existir plataformas políticas programáticas, no debemos dejar de tener en cuenta que jamás se ha visto a un pueblo gobernarse por sí mismo, y que siempre se ha hecho necesario el ejercicio del gobierno y que todo gobierno supone un programa y una disciplina. En este sentido, la cuestión sería valorar, en cada caso, si tal o más cual forma de gobierno es capaz de garantizar: i. nivel de vida, ii. instrucción general, iii. equidad social, y iv. equilibrio político.

Por otro lado, se hace imperioso evaluar si es posible la rotación de las élites, y la no eternización y petrificación de las mismas, sin la existencia de partidos políticos. Esto, a su vez, nos conduce a discernir la conveniencia del polipartidismo, o del tripartidismo, o del bipartidismo, o del unipartidismo. En cualquier caso, debo señalar que un modelo de partido único siempre podrá ser más democrático que un régimen sin partido político.

Final.

Tal vez la solución no esté en extinguir las plataformas políticas programáticas, sino en asegurar su naturaleza, así como en adecuarla a cada momento de la historia y a las demandas reales de los pueblos.

Sobre los autores
Roberto Veiga González 82 Artículos escritos
(Matanzas, 1964). Director de Cuba Posible. Licenciado en Derecho por la Universidad de Matanzas. Diplomado en Medios de Comunicación, por la Universidad Complutense de Madrid. Estudios curriculares correspondientes para un doctorado en Ciencias Pol...
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