Gustavo Urrutia y sus “Ideales de una Raza”: las relaciones raciales en Cuba

El 11 de noviembre de 1928 comenzó a salir en el magazine dominical del Diario de la Marina la versión ampliada de la sección “Ideales de una Raza”.
Foto: cortesía de Julio César Guanche

“¡Con cuánta razón ha confiado siempre Juan Gualberto [Gómez] en la sinceridad de nuestros paisanos blancos! … Cuando él proponía en un instante solemne e inolvidable que la raza de color diese el ejemplo de verdadera democracia abriendo las puertas de sus sociedades a los hombres blancos y a sus familias, y cuando los nutridos aplausos de aquellos cientos de hombres y mujeres de color aprobaban la iniciativa sabia y patriótica, creyendo ser los primeros que extendían sus brazos para acoger al compatriota, era yo el más feliz de todos los concurrentes…”

 Gustavo Urrutia (1929b)

 

El 11 de noviembre de 1928 comenzó a salir en el magazine dominical del Diario de la Marina la versión ampliada de la sección “Ideales de una Raza”. La fuerza de la propaganda sociocultural y económica de Gustavo Urrutia convenció a la directiva del “Decano de la prensa cubana” a dar ese paso y crear una plana exclusiva para tratar las relaciones raciales en Cuba. Fue la primera página de su tipo en nuestro país. Anteriormente, hubo periódicos alternativos fundados y dirigidos por políticos e intelectuales negros, como Juan Gualberto Gómez, Rafael Serra o Evaristo Estenoz. Pero en la denominada “gran prensa nacional”, el principal antecedente fue la columna de Ramón Vasconcelos en La Prensa.

A partir de ahí, sin dejar de ser columnista en los días de la semana, Urrutia formó su staff de trabajo para gestionar mejor el nuevo proyecto dominical a su cargo. Eso exigía de él la responsabilidad de trazar la política editorial de la plana y así lo hizo hasta 1931. Esta oportunidad le permitió ampliar las posibilidades del debate invitando a todas las personas que estuviesen dispuestas a contribuir con sus reflexiones sobre las relaciones raciales en Cuba, sin importar los marcadores de clase social, filiación partidista, nacionalidad, sexo o color de la piel.

En las secciones o espacios de esa página dominical observamos una riqueza de discusiones sobre la situación de las relaciones raciales en la Cuba republicana en la coyuntura de fines de los ’20 e inicio de los ’30. El debate tuvo un cáliz fundamentalmente social y cultural, con un respaldo de los temas económicos. Lo político ya no tenía el mismo peso que en las décadas pasadas, cuando los veteranos de la Revolución de 1895 lo enfocaron de esa manera y todo terminó con aquella Masacre de 1912 perpetrada sobre los independientes de color en la Provincia de Oriente.

En el espacio “Armonías”, que funcionaba como Editorial de la plana dominical, Urrutia publicó el día 9 de junio de 1929 un extenso texto titulado “Igualdad y fraternidad nobles ideales de la raza negra”. A través de ese titular se percibe la influencia de Juan Gualberto Gómez principalmente en las generaciones de cubanos negros, como Urrutia, nacidos a fines del siglo XIX. Urrutia (1928b) sentía un grande respeto y admiración por Don Juan Gualberto; pero consiguió ir más allá que su Maestro a la hora de meditar y expresarse públicamente sobre la cuestión racial en Cuba.

En dicho Editorial, Urrutia (1928a; 1929a) volvió a enfatizar una idea expresada en el año anterior cuando afirmó que era innegable la existencia del “prejuicio racial” en Cuba y amplió alegando que los participantes en la Revolución de 1895 estaban conscientes de eso. Justo los blancos independentistas actuaron según sus intereses políticos para excluir a los negros del uso (y abuso) del poder en la futura república democrática. Aquí el editorialista toma esa información como base de su crítica a varios hombres blancos cultos que evitaban reconocer tal problema, que también él solía denominar “preocupación racial”.

Urrutia (1929a) encaró enérgicamente los puntos de vista expresados por los doctores M. Martínez (1929a; b) – un autor no identificado/seudónimo – y Gastón Mora y Varona (1929 a; b); y parece valorizar las contribuciones de los también doctores Jorge Mañach (1928; 1929a; b; c) y Fernando Ortiz (1929). En la sección “Como nos ven” fueron inseridas las colaboraciones de dichos intelectuales. De esta forma, Urrutia y su staff podían divulgar lo que pensaban los blancos sobre los negros, y también los diferentes enfoques sobre las relaciones raciales desde el lente de la supremacía blanca defendido por algunos de ellos.

Para Urrutia (1929a), los criterios del Dr. M. Martínez y de Mora no tenían en cuenta que los cubanos estaban inmersos en una vida real que incluía los recursos de la legislación jurídica; y todo aquello que estaba fuera de ella y los perjudicaba porque no estaban a la altura del espíritu de las leyes, además de ser contrarios a los principios legales. Benjamín Muñoz Ginarte (1929), miembro del Staff de la plana, se expresó desde su espacio “Comentos sin comentarios” sobre el peligro que generaba para los negros las transgresiones de los preceptos legales y su insuficiencia para resolver el asunto racial. Por ejemplo, los “prejuicios raciales” son ilegales; pero la sociedad los normalizaba según sus intereses. En tal contexto, cuando los negros denunciaban esos atropellos la respuesta era que estaban pidiendo privilegios.

Ante las ideas de igualdad y fraternidad promovidas por Juan Gualberto desde el siglo XIX, dando crédito a las buenas intenciones de los blancos, Urrutia (1929a) indicó que era un deber patriótico consolidar la unión entre todos los cubanos para superar el “prejuicio racial”. En este sentido, el camino debía ser que los blancos ayudasen a los negros a tener las mismas oportunidades que ellos para crecer y para contrarrestar el empuje extranjero. Al mismo tiempo, dejó claro que la mentalidad de los blancos debía cambiar, por ejemplo, a la hora de tratar a los negros cultos a quienes no deseaban ver a su nivel. No obstante, noté contradictoria y contemporizadora su actitud ante el ideal de blanqueamiento en el país, porque Urrutia no sostuvo una postura más crítica y reprodujo una mentalidad colonialista. Hoy continuamos polemizando acerca de las relaciones raciales en nuestro país ya que es una lucha interminable y, por esta razón, se necesita un mayor compromiso para encararla.

 

Plana Dominical “IDEALES DE UNA RAZA”

Sección «ARMONIAS»

Igualdad y fraternidad nobles ideales de la raza negra

Para replicar a los doctores M. Martínez y Gastón Mora, lo mismo que para precisar las circunstancias que motivan nuestros reparos, como amablemente nos piden los doctores [Jorge] Mañach y Fernando Ortiz, estimamos que procede empezar señalando bien la diferencia entre la posición adoptada por los dos primeros señores, caracterizada por los términos en que ellos plantean el problema; y la situación en que nos situamos nosotros al incluir en el mismo, elemento tan esencial y decisivo como es la preocupación racial, que ellos omiten, exclusión que nos hace aparecer a los negros, como pidiendo gollerías, privilegios, que nuestra república democrática niega a todos sus ciudadanos. Silenciado el prejuicio racial es ocioso hablar del tema negro.

Si nos ceñimos al texto de nuestras leyes, no tiene la raza de color nada que reclamar a la República oficial, y en efecto nada le reclama. Todo cuanto dicen los doctores M. Martínez y Gastón Mora es cierto pero no conduce a la verdad, porque se atienen al texto de nuestras leyes y a lo que realiza la República en consonancia con ese texto, más (sic) prescinden del espíritu de esas leyes y de las transgresiones que suelen hacerse de sus preceptos, en cuanto a su intención se refiere.

Blancos y negros estamos viviendo en Cuba la vida real, que comprende la vida legal como uno de sus múltiples factores, pero que trasciende mucho más allá de los textos legales: y lo que queda fuera del alcance y protección de esas leyes es tan importante y exige tal identificación con el espíritu que las inspiró, que la disconformidad puede traer, como viene resultando entre nosotros, un estado de cosas que pugna con sus principios.

La propaganda separatista llevó la convicción a la raza negra de que se luchaba para crear una república sin prejuicios, constituída (sic) por un pueblo sin prejuicios, y defiriendo a esos ideales se promulgaron las leyes que dan pie para los argumentos de nuestros impugnadores. Pero… ¿es realmente Cuba un país sin prejuicios? Efectivamente, tenemos prejuicios raciales que es imposible negar. Los revolucionarios lo sabían y al dotar a la República de una legislación igualitaria – no para provocar su fracaso, sino para hacerla feliz – contaron con el aporte de sacrificios, la aptitud para progresar y el patriotismo de los negros – que, como dijo Martí: Sobre sus hombros nunca peligró la República – para que, combinada esas cualidades con la sensatez, la generosidad y el patriotismo del blanco, se produjera el pueblo unificado en cuyas manos  aquellas leyes serían instrumentos de felicidad y bienestar político y social.

Aquellos patriotas concibieron un pueblo unido para nuestra república y prepararon una legislación capaz de crearlo y mantenerlo, y lo que no podían hacer ellos, porque pertenecía al porvenir, lo confiaron a la actual generación de cubanos: el desechar la funesta preocupación de razas, a fin de que las leyes pudieran ser eficaces y la República fuera algo más que una fría realidad política. Ellos sabían que la forma republicana por sí sola no podía reproducir la felicidad y el vigor del pueblo de Cuba, pueblo de escasa población, cuya vitalidad depende en gran parte de su cohesión.

Otra parte del pueblo cubano no ha comprendido el alcance de tan sabias previsiones: no percibe la urgentísima necesidad de realizar la cordial compenetración de todos sus elementos, para el bien de Cuba, y todavía hay señores inteligentes y cultos que dan por terminada la completa obra de la Revolución y que al oponer reparos a nuestras quejas, descartan tácitamente el elemento disolvente y perturbador que es la preocupación racial, para tratar de encerrarnos en el limitado círculo de nuestra vida legal, incurriendo con ello en un error lamentable por el desaliento que traería a nuestra raza si se generalizara. Su alegato de que la situación es la misma para todos los cubanos, no es cierto. Lo sería si no existiera el prejuicio racial. Para que el negro cubano tuviese realmente las mismas oportunidades que el blanco cubano, que es quien posee lo poco que nos queda a los nativos, precisaba que los blancos depusieran ese prejuicio y todo egoísmo de clase, y empezaran a practicar la igualdad social y o la igualdad de oportunidades para el negro, y oponerse a que los extranjeros, después de erigirse en casta dominante por su potencia económica sobre los nativos, a estos nos subdivida, dejándonos a los negros en el grado más bajo de la escala social y económica.

Si el blanco cubano, desechando prejuicios, hiciera causa común con nosotros y sintiera en su propia dignidad y en su propia hacienda las ofensas y los prejuicios que recibimos los negros, entonces tendrían razón los doctores M. Martínez, Gastón Mora y los demás que comparten su opinión. Pero la realidad es bien distinta.

En la vida de relación, los negros más cultos, los HOMBRES “A”, alcanzan, cuando más, un trato “tangencial” con los hombres blancos de su categoría, al reunirse accidentalmente por simpatías culturales o políticas, y cuando se habla del placer de tratarlos, se dice con admirable candor, que se les prefiere, no a un blanco normal, sino a un cretino ignorante. La política con sus cosas buenas y sus cosas malas ha hecho su obra. No negaremos que algunos hombres de color se hayan encumbrados a título de negros, pero ello más bien parece una no muy espléndida  compensación a toda una raza explotada por la esclavitud durante varios siglos e inmolada en aras de la libertad de la patria. En esas condiciones el ser negro era justo título, y no se nos podía exigir cultura que se nos había negada (sic) con la más refinada y sostenida crueldad.

Hemos querido ir al fondo de estas cuestiones, prescindiendo de citar nombres y casos concretos, pues sería injusto hacer omisiones y todos ellos no cabrían en esta plana.

La situación, a nuestro juicio, es tal como la dejamos expuesta, y nos sentiríamos muy felices si alguien nos demostrase lo contrario. La raza negra lo sabe por triste experiencia y está dando la más estimable prueba de acendrado patriotismo en su llamamiento cordial y fraternal a la raza blanca, para que sacrifique en pro de la patria, el prejuicio que tanto nos perjudica a todos los cubanos.

Se suele decir que Cuba es un país de blancos; nosotros creemos que es un país de cubanos. Opinamos que Cuba debía resolver este problema doméstico, para robustecer su personalidad y su soberanía antes de inundar el país con una inmigración blanca, que jamás podrá superarnos en patriotismo y en amor por nuestros paisanos blancos. El balnqueamiento (sic) del país se realizaría entonces de un modo natural, por el cruce de las dos razas. Nosotros no sentimos ninguna impaciencia por dejar de ser negros, pero como vemos que nuestra desaparición es un hecho que resultará fatalmente, deseamos consignar nuestra onda repugnancia al cruzamiento de razas a base de uniones ilegales del hombre blanco con la mujer de color. Este hecho doloroso que viene repitiéndose desde los días terribles de la esclavitud, parece indicar que no es la aversión al color oscuro la clave de la preocupación en Cuba. Mejor podría serlo, tal vez, la incomprensión de los grandes intereses espirituales de la patria de todos, que está por encima de todos.

Gustavo E. Urrutia.

 

Fuente: Diario de la Marina, La Habana, 9 de Junio de 1929, p. XI (4ta Sección).

Bibliografía:

Dr. M. Martínez, SEUD (1929a). Sin título, p. XI (4ta sección).

______ (1929b). Sin título, p. XI (5ta sección).

Mañach, Jorge (1928). Sin título, p. VI (3ra sección).

______ (1929a). Acercando posiciones, p. VI (3ra sección).

______ (1929b). Gustos y colores, p. XI (4ta sección).

______ (1929c). El problema negro y la palabra oscura, p. XI (4ta sección).

Mora y Varona, Gastón (1929a). Nuestros compatriotas de color, p. VI (3ra sección).

______ (1929b). Posibilidades para todos, p. VI (3ra sección).

Muñoz Ginarte, Benjamín (1929). Los temores del Doctor Martínez, p. XI (4ta sección).

Ortiz, Fernando (1929). El arte africanoide en Europa, p. VI (3ra sección).

Urrutia, Gustavo (1928a). El diagnóstico. Diario de la Marina, p. 7 (1ra Sección).

______ (1928b). ¿Juan Gualberto es negro? Diario de la Marina, p. 7 (1ra Sección).

______ (1929a). Igualdad y fraternidad nobles ideales de la raza negra. Diario de la Marina, p. XI (4ta Sección).

______ (1929b). La visión profética de Juan Gualberto. Diario de la Marina, p. 7 (1ra Sección).

 

Sobre los autores
Pedro Alexander Cubas Hernández 18 Artículos escritos
(La Habana, 1969). Licenciado en Historia (1996). Máster en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina, El Caribe y Cuba por la Universidad de La Habana (2002). Diplomado en Cultura Cubana por el Centro Nacional de Superación para la Cultur...
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