Hamburguesa con conciencia de clase

No todas las hamburguesas son para todos y todas. Los precios no corren sus cortinas para todos los bolsillos. El glamour no está al alcance de todas las bocas.

No son pocos los espacios en la Habana donde se pueden encontrar ofertas de hamburguesas. Variados sabores, texturas, grosores, añadidos y aderezos las caracterizan. Hamburguesas de pollo, cerdo, res y “ave-rigua” pueden ser encontradas al interior de diferentes calidades de pan; como diferentes son los barrios, las estructuras, el color, la música, los/as dependientes y el confort de los sitios donde se ofertan.

En algunos lugares se pueden consumir “parao”. En otros, sentados y hasta con servilletas. Si el bolsillo y el estómago aguantan, pueden llegar de a dos, con doble queso, jamón, bacón e inclusive con huevo frito y piña si usted se animara. Tan variadas como los tipos de hamburguesas, su presentación y los lugares donde pueden encontrarse, son las envolturas para llevar: la tradicional jabita de nylon, el termo pack a la medida, o un cartucho de nuevo tipo estampado con la identidad del lugar. En ocasiones puede llevarse, sin costo adicional, una tarjeta de presentación para que no pierda el camino y vuelva pronto.

Las condiciones para “chocar” con una hamburguesa son variopintas. Estas nos dan una imagen diversa, enriquecida y pintoresca de lo que va siendo, al menos, La Habana. No todas las hamburguesas son para todos y todas. Los precios no corren sus cortinas para todos los bolsillos. El glamour no está al alcance de todas las bocas.

El drama de las desigualdades sociales al alcance, es cada vez más claro. Algunas personas consumen las hamburguesas de setenta, ochenta y cien pesos, sumando el jugo de fruta natural o batido, y algún helado para retocar. Otras las consumen de veinte pesos, acompañadas de un jugo natural “de polvito”. A veces incluyen el aderezo amargo de contar cada gota de moneda nacional que tienen al alcance.

Para que esto no sea una imagen simple o una caricatura demasiado gruesa, lo condimento con algunos matices. Por ejemplo, hay quienes pueden consumir, en una ocasión especial, las hamburguesas más “buenas”. Por otra parte, están quienes no tienen reparos ni “puritos”, cuando la premura o la economía lo dictan, en consumir las hamburguesas más “malitas”. Esas que muestran sus niveles menos honorables en espacios de gastronomía estatal con precios que pueden oscilar entre los tres y los diez pesos. Tampoco la elección es estrictamente hija de las posibilidades; este producto cárnico apetecible, rápido de elaborar y degustar puede ser consumido como status: “dime qué hamburguesa comes, y dónde, y te diré quién eres”.

Si esto no es suficiente para comprender el aderezo clasista de las hamburguesas, comparto otra perspectiva del mismo asunto. Hasta aquí lo hemos visto del mostrador hacia fuera, más concretamente, desde quienes las compran. Ahora echemos una mirada del mostrador hacia dentro, es decir, desde quienes las ofertan.

Estimulado por una persona conocida, pregunté en algunos de esos establecimientos, ¿qué pasaría si llegara McDonald a Cuba? Las respuestas, interesantes en gestos, tonos y contenidos, surcan dos tendencias. De una parte: “entonces trabajo para McDonald, a lo mejor me pagan más”. De otra: “¡va!, se me jode el negocio porque esta gente se lo traga todo”.

Lo interesante es que la primera respuesta sale de las personas asalariadas, por lo general mujeres jóvenes que cumplen con los estándares de belleza al uso. La segunda sale de los dueños, por lo general hombres “maduros”. En esas respuestas desenfadadas se manifiestan dos clases sociales, acaso sin suficiente conciencia de su condición. Claro, puede ser que al final crean que son lo mismo: “trabajadores por cuenta propia”. Pero bueno, eso no es lo importante ahora. Lo cierto es que el contenido clasista de las hamburguesas, al menos en La Habana, viene incluido en su oferta y consumo.

Seamos conscientes o no, nos importe o no, ahí está ese sabor que solo puede ser reconocido si somos sensibles a él. Lo más simpático y llamativo, hasta motivador si se quiere, es que el aderezo de las clases sociales se repite una y otra vez. No importa el producto o servicio que se quiera considerar. Lo podemos sentir, si lo deseamos, en un helado o en unos camarones al ajillo; en una palangana para bebé o en un círculo infantil privado o público; en unas vacaciones en Playa Amarilla o en un paseo por el Mediterráneo.

El asunto en cuestión no es la hamburguesa. ¿Eso queda claro no? Ella es, al tiempo que una justificación deleitante, un botón de muestra de las desigualdades sociales que se repiten y crecen, que se manifiestan sin pudor, se asientan, se naturalizan. Desigualdades que reciben como antídoto de larga data ser ignoradas o justificadas política, teológica, ontológica y económicamente. Justificaciones que solo son recursos para la desensibilización.

Es obvio que en estas páginas no hay la más mínima intención de hacer una guerra sin cuartel contra el consumo de hamburguesas. Como es cierto que no hay que complicar las cosas y que comérselas puede ser eso y más “na”. Pero es igual de cierto que podemos degustar no solo la hamburguesa sino la realidad que la circunda. A eso invita la dimensión espiritual de comprender quién soy, más allá de un ser vivo, incluso social, que se alimenta. A eso invita la opción, junto a Martí, de no ser de esos hombres y mujeres que pasan por la vida, comen, beben e ignoran que pasaron. Y es esa la sugerencia de estas páginas: comer, en alguna que otra ocasión, una hamburguesa con conciencia de clase.

Sobre los autores
Ariel Dacal Díaz 30 Artículos escritos
(Camagüey, 1974). Educador Popular. Doctor en Ciencias Históricas, Universidad de la Habana (2007). Miembro del equipo de formación en Educación Popular del Centro Martín Luther King. Principales publicaciones: Rusia: del socialismo real al capi...
3 COMENTARIOS
  1. Contraaa, ahora por culpa de Ariel no me voy a poder comer una hamburguesa de 5ta y A (la más barata) sin cargo de conciencia. Es una bromaa. Lo de la hamburguesa se pude aplicar a todo, los autos, las ropas, el celular, todo es expresión de las diferencias de clases, realidad objetiva casi imposible de cambiar a no ser con otra Revolución.

  2. Deja un gusto vació este artículo, aún con las menciones a la hamburguesa y sus condimentos, pues no hay correspondencia entre las descripciones y la “conciencia de clase” que menciona en el título. Es verdad que la introducción progresiva de los mecanismos de mercado y de las diversas formas de propiedad han incrementado las diferencia sociales en Cuba, junto al incremento del peso de las ayudas externas en el nivel económico de los cubanos que las reciben y las oportunidades laborales en empresas mixtas o entidades extranjeras. La liberación de la compra y venta de viviendas y otros cambios también contribuyen. Un avance más acelerado en esa dirección dará por resultado mayores diferencias económicas y sociales, sobre todo si no se acompañan con el debido control y las necesarias regulaciones gubernamentales. Un estado socialista fuerte es la única garantía para la mayoría de la población. La referencia a la conciencia de clase será siempre superficial si se evalúa sólo a partir del nivel de consumo, en especial hamburguesas.

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