Heredia

José Martí

A cargo de Walter Espronceda Govantes

Hay una noción de lo herédico que Martí gustosamente construye en una semblanza que destila belleza; concebida precisamente en el canon de lo herédico, esto es, una condición del espíritu que apuesta por conferirle gracia especial a todo cuanto se aproxima con la palabra a un mismo tiempo tierna y vigorosa, radiante de amor y por consiguiente pletórica de esperanza. Para Martí, el verbo de Heredia es comparable a las creaciones más encantadoras de la Naturaleza.

Lo anterior es únicamente en primera instancia. Porque de inmediato aparece, a modo de dimensión, la esencia hispanoamericana de Heredia, sublimada –señala Martí– a partir de que Heredia toma conciencia de la imposibilidad de habitar en la Isla de Cuba que tanto ama. Y la tierra de sublimación es la mexicana, para la cual trabajó con todo fervor y total dedicación.

 

Heredia

Por José Martí

No por ser compatriota nuestro un poeta lo hemos de poner por sobre todos los demás; ni lo hemos de deprimir, desgraciados o envidiosos, por el pecado de nacer en nuestra patria. Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto que el que exagera el mérito de sus hombres famosos. Ni se ha de adorar ídolos, ni de descabezar estatuas. Pero nuestro Heredia no tiene que temer del tiempo: su poesía perdura, grandiosa y eminente, entre los defectos que les puso su época y las imitaciones con que se adiestraba la mano, como aquellas pirámides antiguas que imperan en la divina soledad, irguiendo sobre el polvo del amasijo desmoronado sus piedras colosales. Y aún cuando se negase al poeta, puesto que el negar parece ser el placer más grato al hombre, las dotes maravillosas porque, después de una crítica austera, asegura su puesto en las cumbres humanas, ¿quién resiste al encanto de aquella vida atormentada y épica, donde supieron conciliarse la pasión y la virtud, anheloso de niño, héroe de adolescente, pronto a hacer del mar caballo, para ir “armado de hierro y venganza”  a morir por la libertad en un féretro glorioso, llorado por las bellas, y muerto al fin de frío de alma, en brazos de amigos extranjeros, sedientos los labios, despedazado el corazón, bañado de lágrimas el rostro, tendiendo en vano los brazos a la patria? ¡Mucho han de perdonar los que en ella pueden vivir a los que saben morir sin ella!

Ya desde la niñez precocísima lo turbaba la ambición de igualarse con los poetas y los héroes: por cartilla tuvo a Homero; por gramática a Montesquieu, por maestro a su padre, por dama a la hermosura, y por sobre todo, el juicio; mas no aquel que consiste en ordenar las pasiones cautamente, practicar la virtud en cuanto no estorbe a los goces de la vida, sino aquel otro que no lo parece, por serlo sumo, y es el de dar libre empleo a las fuerzas del alma –que con ser como son ya traen impuesto el deber de ejercitarse–y saber a la vez echarlas al viento como halcones, y enfrentarlas luego. No le pareció, al leer a Plutarco en latín, que cuando había en una tierra hecha para la felicidad esclavos azotados y amos impíos, estuviese aún completo el libro de las Vidas, ni cumplido el plan del mundo, que comprende la belleza moral en la física, y no ve en ésta sino el anuncio imperativo de aquella: así que, antes de llevarse la mano al bozo, se la llevó al cinto. Salvó su vida y calmó su ansiedad en el asilo que por pocos días le ofreció la inolvidable Emilia. Llora el furor al ver el país de nieves donde ha de vivir, por no saber amar con mesura su país de luz. Lo llama México que siempre tuvo corazones de oro, y brazos sin espinas, donde se ampara sin miedo al extranjero. Pero ni la amistad de Tornel, ni la compañía de Quintana Roo, ni el teatro de Garay, ni la belleza fugaz de María Pautret, ni el hogar agitado del desierto, ni la ambición literaria, que en el país ajeno se entibia y vuelve recelosa, ni el pasmo mismo de la naturaleza, pudieron dar más que consuelo momentáneo a aquella alma “abrazada de amor” que pedía en vano amante, y paseaba sombrío por el mundo, sin su esposa ideal y sin los héroes.

Aquel maestro de historia, aquel periodista sesudo, aquel político ardiente, aquel juez atildado, con una mano opinaba en los pleitos, y con la otra se echaba atrás las lágrimas. En el sol, en la noche, en la tormenta, en la lluvia nocturna, en el océano, en el aire libre, buscaba frenético, mas siempre dueño de sí, a sus hermanos naturales. Disciplinaba el alma fogosa con los quehaceres nimios de la abogacía. Su poesía, marcial primero y reprimida después, acabó en desesperada. Más de una vez quiso saber cómo se salía pronto de la vida. Pide paz a los árboles, sueño a la fatiga, gloria al hombre, amor a la luna. Aborrece la tiranía, y adora la libertad. Arreglando tragedias, nutre en vez de apagar su fuego trágico. Borra con sus lágrimas la sangre que en la carrera loca sacó con la espuela al ijar de su caballo. ¿Quién le apaciguará el corazón? ¿Dónde se asilará la virtud? El exceso de vida le agobia; vive condenado a efectos estériles; jamás ¡infeliz! ser correspondido por la que ama. De noche, sobre un monte, descubierta la cabeza, alza la frente en la tempestad. ¡No se irá de la vida sin haber sembrado el laurel que quiere para su tumba! Aquietará su espíritu desolado con el frescor de la lluvia nocturna, pero donde se oiga, a los pies de una mujer, bramar el mar y rugir el trueno. Y murió, grande como era, de no poder ser grande.

Porque uno de los elementos principales de su genio fue el amor a la gloria, en que los hombres suelen hallar consuelos comparables al dolor de quien nada espera de ella: su poesía resplandece, desmaya o angustia según vea las coronas sobre su cabeza o fuera de su mano: busca sin éxito, ya desalentado, poesía nueva por causes más tranquilos: su lira es de las batallas, del amor “tremendo”, del horror “grato”, “bello” y “augusto”. Del país profanado en que le tocó nacer, y exaltó desde la infancia de su alma siempre dispuesta a la pasión, buscó amparo en la grandeza de su tiempo, reciente aún de la última renovación de la humanidad, donde, como bordas de fuego de un mar torvo, cantaba Byron y peleaban Napoleón y Bolívar. Grecia y Roma, que le eran familiares por su cultura clásica, reflorecerían en los pueblos europeos, desde el trágico que acababa de imitarlas en Italia al inglés que había de ir a morir en Misolonghi; en los mismos Estados Unidos, donde Washington acababa de vencer, Bryant canta a Tesalia, y Halleck celebra a Bozzaris. Pero ya tenía para entonces su poesía, a más del astro ígneo, la majestad que debió poner en ella la contemplación, entre helénica por lo armoniosa y asiática por el lujo, de la hermosura de los países americanos donde vivió en su niñez; de aquel monte del Ávila y valles caraqueños, con el cielo que viene a dormir de noche bajo los techos de las casas; de aquellas cumbres y altiplanicies mexicanas, modelo de sublimidad, que hinchen el pecho de melancolía e imperio; de Santo Domingo, donde corre el fuego por las venas de los árboles, y son más las flores que las hojas; de Cuba, velada ¡ay! por tantas almas segadas en flor donde tiene la naturaleza la gracia de la doncellez y la frescura del beso.

Pero nada pudo tanto en su genio como aquella ansia inextinguible de amor, que con los de la tierra crecía, por ir demostrando cada uno lo amargo de nacer con una sed que no se puede apagar en este mundo. No cesan las hermosuras en cuanto habla de amores. Hay todavía “Lesbias” y “Filenos”; pero ya dice “pañuelo” en verso, antes que de Vigny. Cuando se prepara a la guerra, cuando describe el sol, cuando contempla el Niágara, piensa en los tiranos, para decir otra vez que los odia, y en la mujer a quien ha de amar. Es lava viva, y agonía que da piedad. Del amor padece hasta retorcerse. El amor es “furioso”.  Llora llanto de fuego. Aquella mujer es “divina y funesta”. Una bailarina le arranca acentos pindáricos, una bailarina “que tiende los brazos delicados, mostrando los tesoros de su seno”. No teme caer en alguna puerilidad amatoria, de que se alza en un vuelo a la belleza pura, ni mostrarse como ésta, mísero de amor, postrado, desdeñado: ¡como viviría él en un rincón “con ella y la virtud”! Y era siempre un amor caballeresco, aún en los mayores arrebatos. Para su verso era su corazón despedazado; pero salía a la vida sereno, domador de sí mismo. Acaso hoy, o por desmerecimiento de la mujer, o por mayor realidad y tristeza de nuestra vida, no nos sea posible amar así: la pasión es ahora poca, o sale hueca al verso, o gusta de satisfacerse por los rincones. Tal fue su genio, contristado por la zozobra inevitable en quien tiene que vivir de los frutos de su espíritu en tierras extrañas.

Así amó él a la mujer, no como tentación que quita bríos para las obligaciones de la vida, sino como sazón y pináculo de la gloria, que es toda vanidad y dolor cuando no le da sangre y luz el beso. Así quiso a la libertad, patricia más que francesa. Así a los pueblos que combaten y a los caudillos que postran déspotas. Así a los indios infelices,  por quienes se le ve siempre traspasado de ternura, y de horror por los “hombres feroces” que contuvieron y desviaron la civilización del mundo, alzaron a su paso montones de cadáveres, para que se vieran bien sus cruces. Pero eso, otros lo pudieron amar como él. Lo que es suyo, lo herédico, es esa tonante condición de su espíritu que da como beldad a cuantos momentos felices toca con su mano, y difunde por sus magníficas estrofas un poder y esplendor semejantes a los de las obras más bellas de la Naturaleza. Esa alma que se consume, ese movimiento a la vez arrebatado y armonioso, ese lenguaje que centellea como la bóveda celeste, ese periodo que se desata como una capa de batalla y se pliega como un manto real, eso es lo herédico, y el lícito desorden, grato en la obra del hombre como en la del universo, que no consiste en echar peñas abajo o nubes arriba a la fantasía, ni en simular con artificio visible el trastorno lírico, ni en poner globos de imágenes sobre hormigas de pensamiento, sino en alzarse de súbito sobre la tierra sin sacar de ella las raíces, como el monte que la encumbra o el bosque que la interrumpe de improviso, a que el aire la oree, la argente la lluvia, y la consagre y despedace el rayo. Eso es lo herédico, y la imagen a la vez esmaltada y de relieve, y aquella frase imperiosa y fulgurante, y modo de disponer como una batalla la oda, por donde Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar. Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. Él es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas.Ni todos sus asuntos fueron felices y propios de su genio; ni se igualó con Píndaro cuantas veces se lo propuso; ni es el mismo cuando imita, que no es tanto como parece, o cuando vacila, que es poco, o cuando trata temas llanos, que cuando en alas de la pasión deja ir el verso sin moldes ni recamos, ni más guía que el águila; ni cabe comparar con sus odas al Niágara, al Teocalli de Cholula, al sol, al mar, o sus epístolas a Emilia y Elpino y la estancia sexta de los Placeres de la Melancolía, los poemas que escribió más tarde pensando en Young y en Delille, y como émulo de Voltaire y Lucrecio más apasionado que dichoso; ni campea en las composiciones rimadas, sobre todo en las menores, con la soberanía de aquellos cantos en que celebra en verso suelto al influjo de las hermosas, el amor de la patria y las maravillas naturales. Suele ser verboso. Tiene versos rellenos de adjetivos. Cae en los defectos propios de aquellos tiempos en que al sentimiento se decía sensibilidad: hay en casi todas sus páginas versos débiles, desinencias cercanas, asonantes seguidos, expresiones descuidadas, acentos mal dispuestos, diptongos ásperos, aliteraciones duras: esa es la diferencia que hay entre un bosque y un jardín: en el jardín todo está pulido, podado, enarenado, como para morada de la flor y deleite del jardinero: ¿quién osa entrar en un bosque con el mandil y las podaderas?El lenguaje de Heredia es otra de sus grandezas, a pesar de los defectos que no han de excusársele a no ser porque estaban consentidos en su tiempo, y aun se tenían por gala: porque a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana y bien pudo Heredia evitar en su obra entera lo que evitó en aquellos pasajes donde despliega con todo su lujo su estrofa amplia, en que no cuelgan las imágenes como dijes, sino que van con el pensamiento, como en el diamante va la luz, y producen por su nobleza, variedad y rapidez la emoción homérica. Los cuadros se suceden. El verso triunfa. No van los versos encasacados, adonde los quiere llevar el poeta de gabinete, ni forjados a martillo, aunque sea de cíclope, sino que le nacen del alma con manto y corona. Es directo y limpio como la prosa aquel verso llameante, ágil y oratorio, que ya pinte, ya describa, ya fulmine, ya narre, ya evoque, se desata o enfrenta al poder de una censura sabia y viva, que con más ímpetu y verdad que la de Quintana, remonta la poesía, como quien la echa al cielo de un bote, o la sujeta súbito, como auriga que dé un reclamo para la cuadriga. La estrofa se va tendiendo como la llanura, encrespando como el mar, combando como el cielo. Si desciende, es como una exhalación. Suele rielar como la luna; pero más a menudo se extingue como el sol poniente, entre carmines vívidos y negrura pavorosa.

Nunca falta, por supuesto, quien sin mirar en las raíces de cada persona poética, ni pensar que los que vienen de igual raíz han de enseñarlo en la hoja, tenga por imitación o idolatría el parecimiento de un poeta con otro que le sea análogo por el carácter, las fuentes de la educación o la naturaleza del genio: como si el roble que nace en Pekín hubiera de venir del de Aranjuez, porque hay un robledal en Aranjuez. Así, por apariencias, llegan los observadores malignos o noveles a ver copia servil donde no hay más que fatal semejanza. Ni Heredia ni nadie se libró de su tiempo, que por mil modos sutiles influye en la mente, y dicta, sentado donde no se le puede ver ni resistir, los primeros sentimientos, la primera prosa. Tan ganosa de altos amigos está siempre el alma poética, y tan necesitada de la beldad, que apenas la ve asomar, se va tras ella, y revela por la dirección de los primeros pasos la hermosura a quien sigue, que suele ser menor que aquella que despierta. De esos impulsos viene vibrando el genio, como mar de ondas sonoras, de Homero a Whitman y por eso, y por algunas imitaciones confesas, muy por debajo de lo suyo original, ha podido decirse de ligero que Heredia fuese imitador de éste o aquel, y en especial de Byron, cuando lo cierto es que la pasión soberbia de éste no se avenía con la más noble de Heredia; ni en los asuntos que trataron en común hay la menor semejanza esencial; ni cabe en juicio sano tener en menos las maravillas de la Tempestad que las estrofas que Byron compuso “durante una tormenta”; ni en el No me recuerdes, que es muy bello, hay arranques que puedan compararse con el ansia amorosa del Desamor, y aún de El Rizo de Pelo; ni por los países en que vivió. y lo infeliz de su raza en aquel tiempo, podía Heredia, grande por lo sincero, tratar Los asuntos complejos y de universal interés, vedados por el azar del nacimiento a quien viene al mundo donde sólo llega de lejos, perdido y confuso, el fragor de sus olas.

Porque es el dolor de los cubanos, y de todos los hispanoamericanos que aunque hereden por el estudio y aquilaten con su talento natural las esperanzas e ideas del universo, como es muy otro el que se mueve bajo sus pies que el que llevan en la cabeza, no tienen ambiente ni raíces ni derecho propio para opinar en las cosas que más les conmueven e interesan, y parecen ridículos e intrusos si, de un país rudimentario, pretenden entrarse con gran voz por los asuntos de la humanidad, que son los del día en aquellos pueblos donde no están en las primeras letras como nosotros, sino en toda su animación y fuerza. Es como ir coronado de rayos y calzado con borceguíes. Este es de veras un dolor mortal, y un motivo de tristeza infinita. A Heredia le sobraron alientos y le faltó mundo.

Esto no es juicio, sino unas cuantas líneas para acompañar un retrato. Pero si no hay espacio para analizar, por su poder y el de los accidentes que se lo estimularon o torcieron el vigor primitivo, elementos nuevos y curiosos, y formas varias de aquel genio poético que puso en sus cantos, sin más superior que la creación, el movimiento y la luz de sus mayores maravillas, y descubrió en un pecho cubano el secreto perdido que en las primicias del mundo dio sublimidad a la epopeya, antes le faltaría calor al corazón que orgullo y agradecimiento para recordar que fue hijo de Cuba aquel de cuyos labios salieron algunos de los acentos más bellos que haya modulado la voz del hombre, aquel que murió joven, fuera de la patria que quiso redimir, del dolor de buscar en vano en el mundo el amor y la virtud.

(Publicado originalmente en El Economista Americano, Nueva York, julio de 1888. Tomado de la multimedia Heredia, editada por Cubarte, La Habana, 2010.)

Sobre los autores
Walter Espronceda Govantes 28 Artículos escritos
José Martí 11 Artículos escritos
(La Habana, 28 de enero de 1853 - Dos Ríos, 19 de mayo de 1895) fue un político republicano democrático, pensador, escritor, periodista, filósofo y poeta cubano, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra...
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