El juego de educar en el amor y la libertad

La función de la escuela es fabricar obediencia y reprimir rebeldías. Es un lugar en el que la riqueza de lo diferente se empobrece en la homogeneización.
Foto: Lauris Maria Henriquez/ Escambray

Una niña juega a ser maestra. Delante de algunas muñecas y de un par de amigos, gesticula con un puntero improvisado. Vocifera que algo está mal y exige repetir la lección. Cerca, mamá y papá sonríen con orgullo. Así lo muestra la televisión. La educación es un acto político permanente. La niña que juega a ser maestra ensaya, a través de su conducta, valores. Está siendo educada y también educa.

La sociedad es un complejo y amplio sistema educativo que produce, reitera y naturaliza un tipo de orden, de relaciones y de funciones sociales. La sociedad es la matriz de su propio sistema educativo, compuesto por muchas instituciones, entre las cuales la familia, la escuela, la comunidad y los medios de comunicación son las más robustas.

La escuela enseña a los niños y las niñas a“portarse bien”, a aprender las lecciones y a respetar a sus maestras y maestros. Para ello es respaldada por familiares que comparten ese sentido y lo refuerzan, y por la comunidad barrial, eclesial o de otra índole, que premia a quienes responden a ese patrón y castiga a quienes no. En este ciclo se naturaliza que las cosas son así porque no podrían funcionar de otro modo.

La escuela tradicional, de la que Cuba no se ha desprendido esencialmente, castra la creatividad innata, el ansia de descubrir como método natural de aprendizaje. Mutila el juego, la alegría y el goce como forma de apropiarse de la realidad. El constante proceso de error/acierto, espiral del conocimiento humano, no está entre las esencias pedagógicas más extendidas.

Esta escuela es un“parqueadero de niños y niñas”, quienes deberían llevar al colegio solo la cabeza porque el resto del cuerpo es un estorbo. “Bajen la cabeza”; “no miren para atrás”, “no se rían”, “hoy no tienen receso”, “van a ir para la escuela de conducta”, “no saben nada”, “todo lo hacen mal”. Frases que, multiplicables en contenido y forma, son una letanía indetenible.

La escuela tradicional es un tedio. Su función es fabricar obediencia y reprimir rebeldías. Es un lugar en el que la riqueza de lo diferente se empobrece en la homogeneización. Donde la diversidad es un dato y no un recurso para el aprendizaje. Donde todas y todos tienen que aprender lo mismo y al mismo tiempo. Allí las identidades se diluyen en un rango entre 60 y 100 puntos, y en el juicio dicotómico bruto/inteligente.

Una escuela que no forma en los valores que proclama. La solidaridad, el compañerismo, la cooperación, el respeto al diferente, la aceptación y la ética no germinan dentro de un orden escolar de obediencia, de autoridad parcelada, del temor como recurso y la desatención a la experiencia de vida como fuente de aprendizaje.

Una escuela que evalúa resultados y no procesos. En la que aprender es reproducir fórmulas matemáticas, reglas ortográficas y datos históricos que, por lo general, sirven bien poco por su desconexión de la vida cotidiana. Una escuela que adiestra en las preguntas y las respuestas y desactiva la propensión al porqué con la que las y los infantes reconocen el mundo.

Escuela que no se centra en educar las relaciones humanas desde el diálogo, el disenso, del pensamiento crítico, la mediación de conflictos y la búsqueda de consensos. Tampoco en el significado y concreción de la vida en comunidad, por lo que individualiza el saber y no condiciona la construcción colectiva de este.

Así se obvia que la democracia, el poder y la justicia se aprenden en la práctica cotidiana, y que la escuela debe contribuir a que se ensaye la toma de decisiones, la elección y la gestación de alternativas, individual y colectivamente.

Escuela tradicional en la que el orden y la disciplina no dan sitio a la ternura. No se prioriza enseñar a expresar las emociones ni a gestionarlas. Tampoco se constituye en sentido educativo el cuidado de la felicidad y la alegría que genera la autoestima. Escuela donde no se apuesta por la responsabilidad que implica aprender a manejar la conducta.

Lo anterior no niega que cada septiembre traiga felicidad al abrirse las puertas escolares en cada rincón cubano. Las niñas y los niños, con toda la ansiedad colocada en el pupitre, encuentran un stock de materiales que les espera y un colectivo de maestras que les acompañarán. Realidad posible por el principio político de que los apuros económicos no nieguen al sistema escolar su carácter universal y gratuito. Condición que tenemos que defender con las manos y con el alma.

Pero debemos ir más allá. Hemos de apostar por una revolución pedagógica que haga más pleno y sostenible el espíritu liberador de la Revolución. Que supere lo ya logrado, que lo enriquezca, que corra los límites una vez más.

Un sistema de educación que contribuya a producir ciudadanos y ciudadanas sostenedores de la república “con todos y para el bien de y todos”. Sistema cuya función sea educar en y para la libertad, la democracia y la felicidad. Para el cual la relación libertad, ternura y comunidad sea un principio constituyente.

Aspiremos a que la niña que juega a ser maestra sienta que “podemos vivir sin saber logaritmos, pero no sin saber relacionarnos con los otros y las otras”. “Que estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas”. Que es más libre la persona con capacidad de comprender que aquella que solo acumula información. Y que invite a la pedagogía del placer en el proceso de descubrir la verdad.

Comprendamos que la solidaridad, la aceptación, la cooperación, la humildad y el amor, como hábitos de vida, son aprendizajes que exigen su propia estructura social para reproducirse. Aspiremos, entonces, a un sistema de educación que asuma la escuela, la familia, la comunidad y los medios de comunicación como espacios de creación de la vida plena, digna y tierna que ha de sustentar la sociedad humana. Llamémosle socialismo, Reino de Dios o como nos parezca. Espacios educativos donde se explaye el precepto de que se educa en el amor amando y en la libertad liberando.

Sobre los autores
Ariel Dacal Díaz 13 Artículos escritos
(Camagüey, 1974). Educador Popular. Doctor en Ciencias Históricas, Universidad de la Habana (2007). Miembro del equipo de formación en Educación Popular del Centro Martín Luther King. Principales publicaciones: Rusia: del socialismo real al capi...
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