La danza del ciego: preguntas públicas a propósito de un dossier sobre Feminismo Negro

Hace unas semanas, el historiador Pedro Cubas puso en mis manos cinco entrevistas realizadas a igual número de mujeres jóvenes cubanas, intelectuales y de raza negra, todas graduadas en la Universidad de La Habana: Maydi Estrada Bayona, Licenciada en Filosofía en 2001; Logbona Olukonee, Licenciada en Historia en 2008; Anttoinete Torres Soler, Licenciada en Filosofía en 2002; Yanelys Abreu Babi, graduada en Filología Hispánica y doctora en Estudios Lingüísticos en 2017 por la Universidad Estadual Paulista (UNESP) de Brasil; y Sandra Adb’Allah-Álvarez Ramírez, Licenciada en Psicología en 1996.

Mirando sus currículums pude advertir que todas ellas, aparte de ser activistas sociales en defensa de los grupos más desfavorecidos de las sociedades en las que nacieron y de las sociedades donde actualmente viven, han realizado abundantes y acuciosos estudios sobre las temáticas de género, el feminismo negro, afrodescendientes, afrocubanas y afrocubanos, racialidad, igualdad e inclusión, micro-machismos, luchas antirracistas, etcétera. Luego de leer sus respectivas entrevistas me encontré, para mi sorpresa, con un universo casi totalmente desconocido e inexplorado. Y si este nivel de asombro y de descubrimiento es posible en mí, que no he vivido tan lejos del intelecto y de la cultura, seguramente será lo mismo o peor para las grandes masas.

Ya ellas mismas se encargan de dejar claro que, muchas veces, el fruto de sus esfuerzos investigativos (y de tantas y tantas activistas del feminismo en general, como del feminismo negro en particular), tienen muy poca visibilidad social. Es mucho el trabajo por hacer en aras de la integración de las personas racializadas y de la igualdad de género, de la igualdad sexual, y también de la igualdad social y cultural de las personas. Pude advertir también cómo los distintos enfoques de dichas investigadoras se encuentran permeados por sus formaciones específicas, y por sus peculiaridades personales, más allá del elemento de identidad racial que las une. Estoy pensando en la condición social, sexual y también el país donde actualmente residen.

Sus agudas reflexiones despertaron en mí un sinnúmero de ideas, algunas que van en la dirección de sus discursos, y otras que se mueven en direcciones divergentes, pero prefiero quedarme con lo enriquecedor que ha sido para mí abrir una ventana a un mundo verdaderamente apasionante y donde el trabajo que queda por hacer resulta de una importancia extraordinaria.

Dicho esto, y como tabla de salvación, he decidido titular mi comentario, con el nombre “La danza del ciego” porque así me siento ante el paisaje intelectual que se abre ante mis ojos cuando medito sobre estos temas. Mis ojos duelen, como duelen los ojos del que abre por primera vez los ojos a la luz, y escribo mis balbuceantes palabras desde esta conciencia bien definida, después de advertir de ello a mi amigo y colega Pedro Cubas, quien me instó a recoger por escrito algunas de las ideas que en su día lancé al ruedo en medio de nuestra conversación informal. Trataré a  continuación de atrapar al vuelo algunas de ellas.

Nos decía el historiador y filósofo Eduardo Torres Cuevas, por aquellos años de estudiantes en la Universidad de La Habana, que hay dos tipos de investigadores: los investigadores águilas, y los investigadores avestruces. Los primeros, miraban la realidad desde lo alto y eso les permitía realizar muy buenas generalizaciones, sin embargo se quedaban sin conocer los objetos y fenómenos a profundidad. Los segundos, por su parte, llevaban siempre la cabeza metida en la tierra, y conocían en detalle lo minúsculo, pero su punto flaco era entender el lugar que cada uno de los objetos y fenómenos tenía en el gran todo.

He aquí la causa de la frustración de todos los investigadores. Como no se pueden tomar las dos direcciones a la misma vez, siempre que intentamos aprender mucho sobre una cosa, nos quedamos sin conocer mucho sobre el resto de las cosas, y solo pueden intentar con éxito unificar todas las cosas en una única visión o teoría, aquellos que han renunciado a ser especialistas en todo. En tal caso, ¿cuál es el camino correcto que debemos emprender los que deseamos desentrañar “la Verdad”, así escrita con mayúsculas? Todo parece indicar que para esta gran interrogante no existe solución exitosa. Si algo bueno tiene este gran conflicto es que nos hace a todos más humildes, porque llegamos a comprender que, sepamos lo que sepamos, siempre habrá alguien que sobre algo sabrá mucho más que tú.

La Verdad, así escrita con mayúsculas, todo parece indicar que es la suma de un número infinito de verdades relativas, y la causa de todo fenómeno es, a su vez, fenómeno que causa tiene. Así que para conocer todas las causas de todos los fenómenos, necesitaríamos un tiempo infinito del cual no disponemos. Ciertas escuelas filosóficas, llegadas a este punto, han empezado a dudar de la conciencia racional humana para conocer La Verdad. A iguales conclusiones llegué yo un día, y por eso me he dedicado más a despertar dentro de mí las conciencias irracionales de las cuales hablan algunas escuelas filosóficas occidentales dentro de la rama del idealismo, ya sea objetivo o subjetivo, y también, de las religiones y filosofías orientales.

Desde mis estudios universitarios anclados en la Licenciatura en Historia, he transitado más por la senda del filósofo que por la senda del sociólogo, aunque me considero un buen observador de la realidad social y la política mundial. Por eso le decía a Pedro Cubas que conceptos como “feminismo negro”, o ideas como la de “descolonización del pensamiento” quedaban un poco apartadas de mis áreas habituales de reflexión, y más, teniendo en cuenta que yo al marcharme de Cuba dejé de vivir la vida del intelectual para empezar a vivir la vida del trabajador pobre en un país primermundista que resulta más eficiente mientras menos piense. Aquí no te contratan para pensar, sino para ser empático con el pensamiento de tus superiores. Allí donde intenté pensar, me echaron a la calle a los dos días.

Después de leer las cinco entrevistas me asaltaron muchas preguntas, como por ejemplo: ¿cuál es la postura política que estas chicas adoptan en el contexto de las sociedades en las que viven? ¿Puede haber feminismo negro “de derechas” y feminismo negro “de izquierdas”? ¿Creen que está la sociedad cubana, en cuanto sociedad socialista, en mejores o peores condiciones que las sociedades capitalistas alemana, española, norteamericana u otras, para enfrentar el problema racial y de género?

Cuando se habla de “afrodescendientes” se habla de África  como un todo armónico; pero la realidad es que África es un continente inmenso, y muy asimétrico en todos los aspectos. ¿No resulta el término “afrodescendientes” simplificador de este fenómeno? Luego, por otro lado, hay que tener en cuenta que los afrodescendientes nacidos en un país u otro se vieron enfrentados a diversas realidades, las cuales seguramente ahondaron las diferencias entre todos ellos. ¿Se han realizado estudios pormenorizados sobre estas diferencias? Por ejemplo, entre los afrodescendientes brasileños o los afrodescendientes colombianos, cubanos, norteamericanos, etcétera.

Teniendo en cuenta que personalidades cubanas de raza negra como Juan Gualberto Gómez, Evaristo Estenoz, Gabriel de la Concepción Valdés “Plácido”, Antonio Maceo, Jesús Menéndez, Nicolás Guillén, entre otros, no se llamaron a sí mismos “afrocubanos”, y no resulta común usar en la Isla tal denominación fuera de los espacios de los activistas raciales, ¿cómo debemos entender este término? Y, ¿qué opinión les suscita esas personas cubanas de raza negra que no se sienten afrodescendientes?

Teniendo en cuenta que siempre se ha hablado en Cuba de la integración de razas como un pilar fundamental de la formación de la nacionalidad cubana, y el fin de las bases institucionales del racismo como una de las obras fundamentales de la Revolución de 1959 en el terreno social, ¿cómo se inserta la lucha actual contra la discriminación racial y de género en la Isla, en el marco de las políticas estatales encaminadas a iguales fines?

Teniendo en cuenta las diferencias de sistema económico, político y social en países como Cuba, Estados Unidos, España, por solo citar algunos ejemplos, ¿cómo articulan las activistas del feminismo negro una estrategia de lucha común? ¿Existen teorías y estrategias que reflejen de manera individualizada la situación de cada país? ¿Existe en cada uno de estos países una sensibilidad social (más o menos acentuada) con relación a la necesidad de combatir la discriminación racial y de género?

La sociedad cubana se considera una sociedad más machista que la sociedad alemana, española o norteamericana. Todo parece indicar que, por lo general, las mujeres cubanas y latinas aceptan mejor el machismo o los micro-machismos que las mujeres europeas o norteamericanas. ¿Es esto cierto? Y de ser cierto, ¿cómo se ven las feministas cubanas negras o blancas en el contexto de las feministas en general?

¿Cómo es el modo en que el feminismo tradicional asume la lucha del feminismo negro? ¿Existe un criterio unánime en cuanto a su necesidad, o por el contrario, piensan que el feminismo tradicional engloba o ha englobado siempre al feminismo negro?

¿Qué piensan de esos que opinan que hablar de feminismo negro es un modo de afianzar la discriminación y que los caminos más efectivos para combatir la discriminación racial es dejar de clasificar y, por tanto, diferenciar a las personas por su raza?

Observando algunas sociedades capitalistas desarrolladas (como la sociedad japonesa), encontramos que existe un alto nivel de deshumanización relacionado con los altos volúmenes de explotación laboral de su sociedad. La gente vive para trabajar y no tiene tiempo para las relaciones sociales, para “empatizar” con sus semejantes y, por tanto, apenas queda tiempo para el amor y la amistad. Esto trae como consecuencia la disminución de las relaciones de pareja, la disminución de la natalidad y la proliferación de formas sexuales que redundan alrededor del sexo como consumo, y no como resultado de una relación sentimental. Y también aumenta la violencia de género. Mi pregunta es: ¿ven las activistas del feminismo que la propia evolución del capitalismo está relacionada con el aumento de la violencia de género?

Existe cierto feminismo que enarbola un discurso que tal parece que pone a las personas de sexo masculino como los culpables de todos los problemas de las mujeres y que entienden el feminismo como una “guerra de sexos”. ¿Qué piensa el feminismo negro al respecto?

Como pueden ver, con respecto a estos temas tengo más interrogantes que certezas. Tengo claro que la Revolución cubana no erradicó de raíz la discriminación racial y, mucho menos, la de género. Tengo, como toda persona racializada, experiencias discriminatorias que afectaron mi vida en sentido negativo; aunque esto me gusta relativizarlo porque dicen que aquello que no te mata, te hace más fuerte, aunque también reconozco que, en tal sentido, es mejor no generalizar, porque no todo el mundo ha sabido lidiar con estos “toros” con la misma fortuna.

Vivimos en un mundo donde la discriminación racial y de género está metida en las mismas entrañas de nuestra psiquis, y por tanto, la lucha en aras de eliminar tales flagelos será larga y difícil. El ser humano, desde su conciencia racional, tiende a polarizarlo todo, y una de nuestras “polaridades preferidas” es la de dividirlo todo en bueno y malo. En ese sentido, ha sido muy fácil enlazar al color negro con el mal y al color blanco con el bien, creando un sentido común y cargando positiva y negativamente ambas polaridades cromáticas. Desde entonces, la raza negra se vio condenada, y el proceso de esclavitud de los africanos condenando a las personas de esta raza al escalón más bajo de las sociedades donde fueron insertadas hizo el resto.

Sí quería aclarar -porque de esto no se habla mucho en las entrevistas- que no todos los negros y mulatos corrieron la misma suerte. Es bien conocido que los hacendados españoles establecieron con sus esclavos un tipo de relación más cercana que la que establecieron los hacendados anglosajones quienes, en muchos casos, eran absentistas; es decir, que tenían sus plantaciones en América, pero ellos vivían en Europa. De hecho, en países como Cuba, era habitual ver a hacendados blancos dejando embarazadas a sus negras y reconociendo como suyos a sus hijos mulatos.

También debemos tener en cuenta que cuando La Habana fue invadida por los ingleses (en 1762), una vez liberada la ciudad (en 1763), el rey Carlos III decidió conceder la libertad a todos aquellos esclavos que hubieran participado valerosamente y a riesgo de sus vidas, en la defensa del honor de la Corona española frente a la invasión extranjera. De este modo, 156 negros esclavos recibieron las correspondientes órdenes reales que les concedían la libertad, y sus amos, privados ya de sus servicios, recibieron de manos del rey el pago de unos 94 pesos por cada uno de ellos. Por situaciones excepcionales como estas, empezó a crecer en Cuba la población negra y mulata en condición de libertos.

También debemos recordar que en La Habana, desde 1705, el obispo de la villa, Fray Jerónimo Valdés, al frente de la Real Casa de Beneficencia, decidió dar su apellido a todos los niños huérfanos de la Casa Cuna; y esto trajo como consecuencia que la ciudad se llenara de niños mulatos de apellido Valdés, que eran hijos de relaciones sexuales ocultas entre personas de diferentes razas y, por tanto, eran bebés que se hacía necesario ocultar. Las crónicas de la época recogen el hecho curioso de que ante discusiones callejeras, en ciertos casos en que una persona de raza blanca usó la palabra “mulato” como insulto, el interlocutor respondía: “Yo no soy mulato, yo soy Valdés”, lo que demuestra que el apellido Valdés le daba a esos mulatos una condición social de privilegio, y dicha condición social que adquirieron esos mulatos procedentes de la Casa Cuna, funcionó en la práctica como un puente entre blancos y negros, favoreciendo el acercamiento entre ambas razas.

Tampoco podemos olvidar que Cuba, a lo largo del siglo XIX, se encontraba muy influenciada por Estados Unidos y, por tanto, cuando en aquel país se decreta el fin de la esclavitud (en 1863), de cierto modo los esclavos cubanos se sintieron un poco más libres, y ya vieron cercano el fin de su propia condición esclava. Luego la Guerra de Independencia de 1868 a 1878, aunque no se erradicó la esclavitud, sí que le dio el “tiro de gracia” y, de este modo, ocho años más tarde, en 1886, terminó de ser abolida de una buena vez.

Las luchas independentistas unieron a todos los cubanos en una causa común, y de ella surgieron lo mismo grandes héroes de raza negra, como de raza blanca. Los cubanos supieron admirar tanto a Ignacio Agramonte como a Antonio Maceo, y el pueblo de Cuba tuvo en José Martí y en su prédica antirracista un importante acicate. En Cuba todos dicen ser martianos, pero no se puede ser un buen martiano siendo racista.

Luego, durante los años de la llamada pseudo-república, entre 1901 y 1958, se dio la peculiaridad de que a pesar de que Cuba había librado tres guerras contra el colonialismo español, los españoles mantuvieron ciertos privilegios en el país, favorecidos por el hecho de ser blancos. Es por eso que durante las primeras décadas del siglo XX se recibió un número importante de emigrantes españoles, y unos cuantos de ellos terminaron haciendo fortuna.

En la ciudad de Trinidad, de donde soy oriundo, me contaba mi abuela que no existían los bailes populares en la calle, sino que la gente iba a bailar a “las Sociedades”. Había en la ciudad siete sociedades: dos sociedades de blancos (el “Casino español” y el “Liceo cubano”) y luego, cuatro sociedades de mulatos a donde iban unos u otros según su condición social. Sus nombres eran: “El Fénix”, “El Bella Unión”, “El Caridad” y “La Luz”. Y por último, una sociedad de negros que era el “Cabildo de los Congos Reales de San Antonio”.

Los mulatos no podían entrar en las sociedades de blancos, pero los blancos sí podían entrar en las sociedades de mulatos, pues se consideraba que prestigiaban el lugar con su presencia. Los negros no podían entrar en las sociedades de mulatos, y blancos y mulatos sí podían entrar en la sociedad de los negros pues también se consideraba que prestigiaban el lugar con su presencia.

En el parque central de la ciudad, los blancos se sentaban en los bancos que daban a la calle principal y en los bancos de la glorieta; mientras que los negros y mulatos ocupaban los bancos de las otras tres terceras partes del parque, con lo cual, negros y mulatos no se podían reunir con personas blancas.

En 1933, cuando se cayó la dictadura de Gerardo Machado, mucha gente de todas las razas se concentró en la glorieta del parque para festejar aquel acontecimiento. Pero muy pronto ciertas personas de raza blanca le dijeron a los negros y mulatos que allí estaban que abandonaran, por favor, la glorieta del parque, porque el hecho de que se hubiera acabado la dictadura no significaba que se acababan los privilegios de los blancos. Fue con la Revolución de 1959 que, por fin, blancos y negros pudieron sentarse libremente en cualquier lugar del parque de Trinidad y de todos los parques de Cuba. Las sociedades fueron convertidas en “Círculos Sociales Obreros” y en Bibliotecas, y los bailes empezaron a darse en las plazas públicas.

Cierto es que cuando yo tenía 11 años, el primer día en que me subí a la guagua para irme para la Vocacional “Ernesto Guevara”, de Santa Clara, la madre de una muchacha de raza blanca que se había sentado a mi lado, golpeó en la ventanilla, y al abrirla yo, le dijo a su hija en mi cara que tratara de sentarse en otro asiento. Y es cierto que allí, en un ambiente donde los negros y mulatos éramos la inmensa minoría, algunos compañeros al referirse al tema racial me dijeron por lo claro que ellos me aceptaban como amigo, pero que no me querían como cuñado. Y también es cierto que tuve problemas con los padres de mis novias de raza blanca, que en algunos casos no me aceptaron por el color de mi piel, y no me olvido de que a la hora de buscar empleo, se me cerraron algunas puertas inexplicablemente, como por ejemplo, las puertas de la Casa del Conservador de la Ciudad, y no faltó quien pensara que la razón de dicha negativa era de índole racial.

Para concluir, quisiera señalar que la lectura de estas cinco magníficas entrevistas me ha hecho comprender que, desde el punto de vista teórico, han sido muy importantes en la evolución del feminismo negro como concepto y a la hora de organizar un movimiento con visibilidad social y establecer una práctica de resistencia, los trabajos de intelectuales negras norteamericanas, brasileñas, etcétera, cuya visión está lógicamente marcada por las experiencias raciales y sociales vividas en sus respectivos países.

Por tal razón, y teniendo en cuenta que Cuba tiene una historia singularísima que hace también singular la historia y la vida del negro en nuestra Isla, quiero pensar que las intelectuales negras cubanas, y las intelectuales cubanas en general interesadas en estos temas, podrían, en caso de que no lo hayan hecho o lo estén haciendo ya, pensar y repensar el feminismo negro, como feminismo negro cubano, porque doy por sentado que la situación racial y de género en nuestro país, a lo largo de su historia y también hoy en día, haya diferido y difiera de la situación racial y de género del resto de países de nuestro entorno y lo mismo, con respecto a los países de Europa o los Estados Unidos.

Sobre los autores
José Tadeo Tápanes Zerquera 1 Artículo escrito
(Trinidad, 1971). Licenciado en Historia (1996) por la Universidad de La Habana. En Trinidad trabajó como profesor de Historia y Filosofía en el Instituto Politécnico de Agronomía “Enrique Villegas” (1996-1997) y de Filosofía en el Instituto...
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