La Historia de Cuba en nuestros medios: los rostros y el maquillaje

Foto: Cartas desde Cuba

Tres pequeñas historias (con minúscula) para lanzar después algunas ideas (o provocaciones) —siempre a título de reflexión personal, sin ánimos de evaluaciones generales—, sobre la Historia y sus desventuras en los medios de prensa estatales cubanos, de los que soy parte desde 2006. (O sea, cuyos errores, también, son mis errores).

I

Corría el año 2005. Para un reportaje histórico sobre Julio Antonio Mella, debíamos filmar el edificio, en la Calle Reina, desde donde se dirigió al pueblo, por última vez, Rubén Martínez Villena, durante el velorio de las cenizas del intrépido líder juvenil, traídas desde México. Era un balcón lo que había en aquel momento en ese sitio del inmueble, pero con el paso del tiempo, se transformó y ya era una fachada cerrada. Cerrada y despintada. Descascarada. Derruida.

El camarógrafo, experimentado artista de la imagen con quien daba gusto trabajar, me dijo con una tranquilidad pasmosa: aquí no podemos filmar, vamos a ver si alguna otra fachada cercana, algún edificio similar que esté en el entorno de la misma calle, alguna solución…. ¿Pero cómo que no?, insistí con la ingenuidad propia de un estudiante de 4to año de Periodismo (de entonces).

-Tranquilo, chama, ¿no ves cómo está esa pared? Así es imposible.

-Pero la Historia es la que fue: ese es el sitio desde el que habló Villena.

-La Historia es la Historia, y to’ lo que tú quieras, pero yo llevo muchos años “maquillando” las construcciones de La Habana para trabajos históricos. Además, aunque te lo filme, así, tan feo, no te lo van a poner…

Y no, no filmamos. El reportaje se hizo, lo más decentemente posible, pero sin incluir al sitio de marras.

 II

Aquella noche, como muchas en mis primeros años de periodista y profesor, me había quedado en el periódico hasta tarde, para seguirle la pista a mi trabajo, desde que se revisaba en formato digital, pasando por el primer emplane en Diseño, hasta que las varias pruebas de página impresas transitaban todo el circuito de revisiones sucesivas, y llegaban al mágico y final “OK”, acompañado de la firma del Director. A veces, incluso, esperaba a que salieran de los talleres los primeros ejemplares, para irme a dormir con el privilegio único envuelto en olor a tinta fresca, de ser el primero en leer, ya convertidas en documento público, las palabras que había redactado.

Esa vez había entregado un artículo sobre la excesiva sumisión y falta de iniciativa de nuestras organizaciones juveniles, sobre la necesidad de que se trazaran metas auténticas, respetaran lo que les antecedió, pero, igualmente, lo desafiaran y reconstruyeran (reconstruyéramos),para armar por sí mismos, el país que necesitábamos.

Y para mi texto me venía como anillo al dedo una frase del Che, de su discurso en el segundo aniversario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), nada menos que en 1964. Dice el párrafo guevariano que incluí en el trabajo:

 “La Juventud tiene que crear, una juventud que no crea, es una anomalía realmente; y a la Unión de Jóvenes Comunistas le ha faltado un poco de espíritu creador. Ha sido, a través de su dirigencia, demasiado dócil, demasiado respetuosa y poco decidida a plantearse problemas propios”.

Cuando más contento estaba, pues ya el texto había pasado la primera vuelta de revisión, vino hasta la redacción, con cara de circunstancia, uno de los subdirectores del medio. Me explicó que habían decidido eliminar de mi artículo la cita del Guerrillero heroico. Protesté, dije que cómo era posible, que si ahora el Che era políticamente incorrecto, subversivo, que si también a él le íbamos a corregir la plana. El Subdirector, con mucha diplomacia y tratando de no herir mi apasionamiento, simplemente arguyó que eran otras las circunstancias, y quizá, tal vez, quién sabe, no se veía bien, de cara a las actuales dirigencias de la UJC, sacar ahora ese párrafo.

A la postre, como el que escribe, escribe, y el que decide, decide, mi texto salió sin el párrafo de San Ernesto. Tenía la opción de retirarlo completamente; pero me parecía útil al menos decir lo que pensaba, aunque no incluyera el respaldo genial de aquel genuino marxista. Por otra parte, a nadie le gusta trabajar por gusto.

 III

Caminábamos juntos por la avenida Salvador Allende, empeñada en llamarse, tantos años después de ser renombrada, Carlos III. El agudísimo profesor e historiador, hacia su casa en Centro Habana; yo, hacia mi medio de prensa. Entonces, entre las mil anécdotas, chistes e intertextualidades literarias que él era capaz de disparar e hilvanar en pocos minutos; me contó lo que les reproduzco:

Resulta que un par de recién graduados de Historia, ex-alumnos suyos, insertados en su servicio social en cierta oficina estatal relacionada con temas históricos del país, habían detectado algunas incongruencias entre dos textos sobre la última etapa de lucha insurreccional cubana escritos por un mismo líder revolucionario. Algo así, como en un libro haber dicho: “aquel combate contra 300 soldados” y en otro haber afirmado: “aquella batalla contra 600”, refiriéndose al mismo suceso. Desconcertados, los muchachos acudieron a los directivos de la entidad y les plantearon el asunto.

-¿Y cuál crees que fue la respuesta, Jesusito?, me retó el formidable Maestro.

-Ni idea, Profe.

-Pues les dijeron que esos no eran errores, ni incongruencias, sino la demostración de que el Líder tenía un pensamiento dialéctico.

-¿Y usted que les dijo, Profe?

-Pues, nada, que trataran de terminar lo mejor posible su servicio social, y no cuestionaran demasiado la “Dialéctica”.

Trascendida la parte anecdótica de este texto, paso entonces a mis opiniones, que, como dije, son solo provocaciones, para, con ellas y las que de los anteriores pasajes pudieran derivarse, contribuir un poquito al debate en torno a las implicaciones y complicaciones de la Historia de Cuba en nuestros espacios mediáticos. He enumerado las ideas para, de la forma más breve posible, organizar convicciones y sospechas (sobre todo, sospechas) en torno al asunto…

-Partamos de una verdad maciza: el periodismo sobre temas históricos lleva tiempo, investigación, dedicación. Si se va a hacer en serio, con profesionalidad, uno debe estar dispuesto, por ejemplo, a leerse varios libros, consultar varios medios de prensa de época y entrevistar a varios especialistas, tal vez para concentrar todo lo investigado en media página de un diario o un par de minutos de radio o televisión. Y no todos los periodistas, máxime en Cuba, donde “la lucha cotidiana de la yuca” (para decirlo al estilo de esa célebre pieza musical), nos absorbe por completo. Es preferible contar fugaz y superficialmente sobre el hoy, que ahondar en las complejidades del ayer.

-El periodismo cubano parece padecer de una erupción crónica de efemérides. Le brotan a toda hora, en todas las páginas y espacios, y, casi siempre, con el enfermizo color de lo repetitivo, de lo tecoso. Frecuentemente, cuando un periodista intenta salirse de la norma: pasar por alto o referirse de manera distinta a lo sucedido, encumbrado y “enmarmolado”, le dicen que NO, que sobre ese hecho de la Historia Patria, no hay que ponerse a inventar otras versiones.

-En muchos de los medios impresos, los relatos que predominan se encasillan en un solo molde, el de cierto tipo de artículo de divulgación histórica, caracterizado por la exposición aséptica, cronológica y laudatoria de hechos, héroes y mártires. Falta experimentación con la forma, falta belleza literaria. Que tratándose de acontecimientos y personalidades tan sublimes, tan emocionantes, la forma escritural que se escoja para evocarlos sea chata y sin matices, deja cuando menos, un sabor a contrasentido.

-Se desconoce, en reiteradas ocasiones, lo que significa “saturación” de un tema. Al contrario, “pasarse con fichas” en uno de los cuadritos señalados con tinta roja en el almanaque, es como una violación que pocos directivos están dispuestos a cometer. Si a usted, que año tras año ve referirse, digamos, al 8 de Enero, con los mismos términos, ocupando el mismo o mayor espacio, se le ocurre decir que ya, que lo pasemos por alto esta vez, que se ha abordado hasta el cansancio, puede ser que lo mínimo que reciba sea la rotunda calificación de “irrespetuoso” y “hereje”.

-Casi es una perogrullada, pero resulta oportuno apuntar, también, que sobre los hechos de los cuales quedan participantes vivos (y empoderados), hablar, investigar nuevas aristas, se torna aún más difícil: si usted vence la barrera de desconfianza de su directivo mediático, entonces tendrá que enfrentarse con las de las instituciones que celosamente guardan el pasado. ¿Vas a investigar de qué hecho? ¿Seguro? Y no es paranoico pensar que desde esa institución se contacte de inmediato a aquel osado directivo para preguntarle por qué autorizó a uno de sus reporteros a semejante empresa.

-Como en muchos otros temas de nuestra realidad periodística, funciona la autocensura, que no es más, ya lo sabemos, que un reflejo patológico de la censura. Cuando a usted le dicen que NO tres o cuatro o cinco veces, o peor, le engavetan un trabajo en el cajón de “nunca jamás”, o lo mandan a consultar a las Alturas del Olimpo y, de igual forma, “nunca jamás” regresa; a la siguiente tarea periodística encomendada usted no se complica: cuenta la misma insípida y archiconocida versión que quieren escuchar y leer de los hechos: su director sonríe feliz y el trabajo se publica.

-Los historiadores no son firmas frecuentes ni rostros de permanente diálogo en nuestros medios. Y los más asiduos no suelen ser, quizá, los más polémicos ¿Qué pasa con estos últimos? ¿No los convocan? ¿Los convocan y no asisten? ¿No les resulta atractiva la síntesis a que están obligados, para los formatos de la prensa? Quizá la respuesta acertada mezcle un poco de todas estas variables.

-Por otro lado, algunos de los valiosos, de los imprescindibles investigadores de la Historia Nacional, cuando son convocados y acceden, terminan sufriendo la misma cuchilla atroz que los periodistas. Recuerdo —y lo he dicho en otro espacio frente a funcionarios del PCC—, haber visto una doble página contentiva de una entrevista suculenta a Fernando Martínez Heredia, partir hacia las instancias partidistas de revisión y regresar, como una víctima de guerra, llena de tachaduras. De tal suerte que hubo que rellenar espacio con diversas imágenes más o menos vinculadas al contenido de la charla, para que no se notaran los cortes. (Y conste que ya el venerable Fernando era en ese instante Premio Nacional de Ciencias Sociales).

-El nivel de deterioro de nuestras fuentes históricas documentales es aterrador: hay periódicos que se han hecho literalmente polvo (y no enamorado, como el de Quevedo) sin que llegue la tecnología salvadora para restaurarlos y digitalizarlos. Por otra parte, también se han cometido crímenes de lesa Historia y leso Periodismo, como el de aquel Director que al llegar a su medio y ser informado del enorme archivo de publicaciones de la etapa 1900-1959 con que contaban, mandó entregarlo todo a pulpa de materia prima. Indicó que solo dejaran lo posterior a 1959, como si la vida del país comenzara ahí.

-Y si los relatos de prensa sobre los grandes personajes y sucesos padecen de todos los males descritos, tampoco se aprovecha, como debería, la historia otra, de la gente de a pie o la mal llamada “gente sin historia”. Esos seres anónimos y heroicos que construyeron nuestras murallas chinas, para evocar el poema de Bertold Bretch. Siento que a veces nos hemos encandilado tanto con el cuento ampuloso y sobrehumano, que nos pasan frente a las narices las otras proezas de novela, y no somos capaces de verlas.

-Por último (o penúltimo), y en este caso más importante. Lo dicho sobre este filón específico del trabajo de la prensa, es una expresión más del panorama general del periodismo cubano, sumido en una profunda crisis estructural y cuyos mejores exponentes, desde hace décadas, intentan cambiarlo encontrando, al decir del maestro Julio García Luis: “una alternativa revolucionaria y so­cialista al modelo de prensa liberal, que no encaje a su vez en un patrón ideológico decimonónico o en uno de tipo soviético o de prensa de Estado”. De tal suerte que la expresión periodística de la Historia de Cuba no se parecerá más a la auténtica Historia de Cuba, hasta que el periodismo que hacemos no sea, auténticamente, más y mejor periodismo. (Y como tal se pague, dicho sea con propiedad. Desde la indigencia y la miseria poco se puede investigar, recrear, poetizar).

-Y ahora sí para terminar, alguien pudiera preguntarse y preguntarme: ¿Qué hacer, entonces? ¿O qué has hecho? Y le respondería honestamente:

  1. Intentar aplicar la oncena tesis de Carlitos Marx sobre Feuerbach a las dinámicas de la prensa, luchar por transformarlas y correr los límites de lo permitido.
  2. Cuando decido emprender un trabajo de periodismo histórico o retrospectivo, pertrecharme de una razonable cantidad de referencias y argumentos para la batalla de que me lo aprueben y, con suerte, me lo publiquen.
  3. Si esto último no es posible, en un entorno en el que la prensa se dirige verticalmente desde el poder político, buscar los espacios mediáticos alternativos, también satanizados por ese mismo poder político, pero ya indetenibles en la realidad comunicativa cubana, y publicar allí, con las ganancias y los costos que esto acarree.
  4. ¿Para qué negarlo? Sobrevivir, conservarme al corazón y las neuronas lo mejor posible, lo cual, a veces, implica hacer concesiones. O como diría mi admirado profesor Oscar Loyola: no cuestionar demasiado la “Dialéctica”.

 

Nota: Este texto parte de la intervención del autor en el Panel Periodismo, Medios de Comunicación e Historia de Cuba. Implicaciones y Complicaciones, que tuvo lugar durante el IV Coloquio Construyendo la Nación Oscar Loyola Vega in memoriam (La Habana, 28 al 30 de noviembre de 2018).

Sobre los autores
Jesús Arencibia Lorenzo 8 Artículos escritos
(Pinar del Río, 1982). Licenciado en Periodismo (2006) y Máster en Ciencias de la Comunicación (2012) por la Universidad de La Habana (UH). Diplomado en Humanismo y Sociedad (Universidad Alberto Hurtado, 2014). Profesor Auxiliar en la Facultad de ...
8 COMENTARIOS
  1. Saludos Jesus, un muy buen trabajo, alguna vez compartimos un aula habanera, no si de poesia o cuentistica, yo medico y tu estudiante de periodismo, me alegra ver que no se ha doblegado tu espiritu

  2. Tiene que haber mucha deformación burocratica y contrarevolución de los propios funcionarios y dirigentes, cuando causa molestia una frase muy acertada del Ché, pero lo que no saben los que le tienen miedo a la palabra, que más temprano que tarde, la realidad que pretenden esconder será la misma que los enterrará de por vida. La propia crisis que vivimos y se agudiza , es la crisis de esa burocracia en el poder

  3. Daima Cardoso Valdés dice:

    Jesús, como siempre, y como todo lo que escribes: genial. Sabes que sueño con ver en nuestros medios ese trabajo sobre nuestra Historia de Cuba que desmixtifique a los protagonistas, que nos los presente al cual fueron: de carne y hueso, que erraron, que se cayeron y se levantaron. En un momento ese era mi trabajo de Tesis de Maestría, pensé echarla a un lado y ahora me mueves de nuevo el pensamiento. Un abrazo. Tu alumna de siempre. Daima

    • Jesús Arencibia dice:

      Mi Profe y amiga, en cualquiera de las variantes de esa tesis de Maestría, si puedo contribuirte aunque sea con un poco de ánimo, siempre cuenta conmigo. Gracias siempre

  4. Certero, minucioso y valiente, amigo. De paso sea dicho, esa frase que te eliminaron, la del Che, la usé días atrás en un comentario sobre males de nuestra juventud, vinculados, en el ejemplo que narré, con el muy deficiente conocimiento de la Hitoria. Corrió mejor suerte y salió a la calle. El problema ahora es que lo lean, lo interioricen y hagan algo al respecto, de lo cual no estoy muy segura.
    Un abrazo

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