La política exterior de Donald Trump

Foto: NYT

Elementos cardinales para poder entender la política exterior de Donald Trump son: su egocentrismo, la expansión de sus negocios y el cultivo de su base política para satisfacer a los otros dos elementos y mantenerse en el poder. Él es un constante abusador (“bully”) que apabulla a quien lo critica, o es débil, o es un competidor. Por el contrario, es sumiso con líderes autoritarios fuertes, especialmente si tienen información comprometedora en su contra, o pueden darle cobertura mediática universal. Agreguemos su vasta ignorancia sobre temas científicos y globales, incapacidad de concentrarse mucho tiempo en un asunto importante, desdeño por lo intelectual, mentira consuetudinaria, perfil autoritario, racismo, corrupción financiera y sexual, arrogancia y narcicismo. Bajo este prisma, su lema “América primero” se convierte en “Trump primero”.

Desde el inicio de su mandato, Trump ha dicho 8,459 mentiras o exageraciones. Más aún, ha forjado una cultura de transgredir la verdad, cuyo ejemplo principal es él mismo, rodeándose de funcionarios alabarderos que mienten para taparlo o por temor a ser despedidos, varios de los cuales están siendo encausados por el Consejero Especial Robert Muller III. Irónicamente, Trump trata como “noticias falsas” a los medios de comunicación que reportan la verdad, tildándolos de “enemigos del pueblo”, tal como hizo Stalin.

Por tanto, es iluso buscar principios, valores, guías morales, normas éticas, conocimiento o experiencia probada que guíen la conducta del Presidente. No le interesa un diseño de política exterior bien pensada, abarcadora, coherente, sistemática y que defienda los intereses de Estados Unidos y de sus aliados, porque ella sería una camisa de fuerza que le impediría su toma de acciones improvisadas, con frecuencia provocadas por una “perreta”, la envidia a otro dirigente o la necesidad de apaciguar a su base minoritaria. Sus acciones, tipificadas como “mucho garrote y ninguna zanahoria”, las cambia a menudo de forma radical dando razones absurdas. Este enfoque explica el descalabro colosal ocurrido en la política exterior en Estados Unidos durante los últimos dos años.

Un ejemplo de cómo Trump toma decisiones clave. El pasado noviembre, criticó la política del Banco de la Reserva Federal estadounidense de continuar subiendo la tasa de interés —“un problema mucho mayor que China”— porque ello podría provocar una desaceleración económica y la caída en la bolsa de valores, perjudicando a sus negocios: “No estoy contento con el Fed. Ellos están cometiendo un error porque yo tengo tripas (“gut”) las cuales me dicen mucho más de lo que cualquier cerebro pudiera contarme”. Históricamente el Fed ha empleado a los mejores economistas del país, pero “las tripas” de Trump son más “sabias”.

Es asombroso que el Partido Republicano, supuestamente basado en principios como la libertad de comercio, el balance fiscal y la reducción de la deuda externa —todos vulnerados por Trump— guarde un embarazoso silencio y no actúe contra sus acciones. Esto sugiere que bajo esa fachada, se esconde una conducta tan reprobable como la del Presidente: aceptar todo a fin de mantenerse en el poder. No obstante, a fines de 2018 e inicios de 2019, varios congresistas republicanos, hartos de las locuras trumpistas, y temiendo por su reelección en 2020, comenzaron a oponérsele.

En este artículo aportamos evidencia sobre lo anterior, analizando las acciones de Trump y sus efectos en el mundo, especialmente, en América Latina. La información factual procede de la prensa de Estados Unidos, Europa y América Latina, así como del Internet.

Ataques a democracias y contubernio con autócratas

Trump ha sido un constante “abusador” de dirigentes demócratas occidentales. En la cumbre del G-7, en Singapur, se negó a firmar el comunicado final; además dijo que Alemania “estaba totalmente controlada por Rusia” por recibir petróleo ruso, y acusó al Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau de “declaraciones falsas… muy deshonesto y débil”. En la reunión de la OTAN, el Presidente calificó a esta de “obsoleta”, denominó enemiga en comercio a la Unión Europea (UE) y amenazó a los países miembros de la OTAN que si no aumentaban su cuota financiera, él no los defendería automáticamente contra un ataque ruso. Trump criticó a la primer ministra británica Theresa May por no haber seguido su “sesudo” consejo de cómo hacer el Brexit (plantear una demanda legal a la UE), y agregó que Boris Johnson —que acababa de renunciar en protesta por la política de aquella— sería un excelente Primer Ministro. También envió una serie de mensajes en Twitter fustigando al presidente de Francia Emmanuel Macron, quien en su discurso conmemorando el centenario del final de la Primera Guerra mundial, defendió el globalismo y criticó a los nacionalismos, una alusión directa a Trump que le enfureció.

Frente al trato ignominioso de las democracias, Trump ha manifestado su simpatía por dictadores y autócratas, como Kim Jung-on, Viktor Orbán, Rodrigo Duterte, Recept Tayying Erdogan, y Andrzej Duda. Su empatía con Vladimir Putin es la más inaudita, por ser este el anexionista de Crimea, desestabilizador de Ucrania, responsable del derribo de un avión de pasajeros que volaba sobre dicho país en 2004, así como de usar un gas mortal para asesinar a oponentes residentes en el Reino Unido, e interventor militar en Siria apoyando a Bashar al-Assad (que ha destruido a su país, asesinado a cientos de miles de sus ciudadanos y desplazado a millones). En el encuentro del G-7, Trump pidió el regreso de Rusia a dicho grupo, del cual había sido excluida tras su anexión de Crimea en 2014.

Sumisión con regímenes fuertes

Antes de la cumbre de Helsinki el pasado julio, era obvio que Trump afrontaba un riesgo por su usual falta de conocimiento y preparación, así como su altanera aseveración de ser “un genio estable”, frente a un ex-miembro de la KGV, astuto, bien preparado y con la experiencia de lidiar con tres previos presidentes estadounidenses. En el fin de semana antes de la cumbre, el “cordero” americano se dedicó a jugar al golf -lo cual ha hecho en un tercio de su tiempo presidencial— mientras que el “lobo” ruso se afilaba los colmillos. Antes de la partida de Trump, Mueller acusó a 12 oficiales militares de la inteligencia rusa de inmiscuirse en las elecciones presidenciales de 2016.

Después de la reunión de los dos dirigentes, un periodista preguntó a Trump: “El presidente Putin ha negado tener algo que ver con la intervención en la elección de 2016 [pero] las agencias de inteligencia americanas han concluido que Rusia lo hizo, ¿a quién usted cree?” Trump respondió: “Dan Coats [jefe del Consejo Nacional de Seguridad] y otros me dijeron que ellos creen que es Rusia y el presidente Putin ahora me ha dicho que no es Rusia… no veo una razón por qué lo sería… Yo tengo gran confianza en mis agentes de inteligencia, pero el presidente Putin fue extremadamente fuerte y poderoso en su negativa hoy”.

En su última declaración pública, John MacCain fustigó: “Trump probó no solo ser incapaz de enfrentarse a Putin, sino que parecía que ambos leían el mismo guión… Es difícil de calcular el daño infringido por su ingenuidad, egoísmo, falsa equivalencia y simpatía por los autócratas… no hay un presidente en la historia que se haya rebajado de forma tan abyecta ante un tirano”. Otros dirigentes norteamericanos acusaron a Trump de traición. En noviembre, el abogado de Trump, Michael Cohen, confesó que su jefe ofreció regalarle a Putin un penthouse valorado en US$50 millones en una nueva Torre en Moscú, a cambio de que aquel animase a oligarcas rusos a comprar el resto de los apartamentos del edificio.

Durante la campaña electoral, Trump afirmó que no eran necesarias las sanciones estadounidenses contra Rusia por la anexión de Crimea, un gesto conciliatorio para facilitar sus negocios con Putin. En noviembre de 2018, navíos de guerra rusos atacaron a tres barcos ucranianos en aguas territoriales de este país, y capturaron los barcos y sus 23 tripulantes, una prueba de Putin tentando el terreno para saber hasta dónde puede avanzar. Ucrania no puede ganar esa guerra sin ayuda externa, pero los barcos de guerra estadounidenses que navegan por el Mar Negro han evitado pasar por el Mar de Azov, y la OTAN no ha tomado acción. Se ha visto que Trump no necesariamente defendería a un aliado por una agresión rusa y primero culpó del ataque a ambas partes, para después pedir a Rusia que devuelva los barcos y tripulantes detenidos. Como protesta a lo acaecido, el abusador Trump convertido en manso cordero, canceló su reunión con Putin en la cumbre del G20. Según un oficial ruso, la razón real de la cancelación fue la revelación ya mencionada de la oferta de un apartamento a Putin. En enero, Trump suspendió las sanciones impuestas por Estados Unidos al oligarca ruso Oleg Deripaska, haciéndole un favor a Putin; el Senado lacayunamente respaldó la medida.

Retiro de acuerdos internacionales

Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (ATCE), lo cual aprovechó China para expandir el comercio y la inversión en países de la región; además, fanfarroneó abandonar al TLCAN (ver abajo).

 Asimismo, rehusó firmar el tratado mundial para controlar el calentamiento global y ha derogado las medidas promulgadas por Barack Obama para proteger el ambiente, frente al contundente informe ordenado por el Congreso, preparado por 300 científicos y suscrito por 13 agencias federales que demuestra dicho calentamiento y sus nefastos efectos que ya causa en Estados Unidos. En una entrevista con el Washington Post, Trump afirmó “hay un montón de gente como yo, que tenemos muy altos niveles de inteligencia”, a lo cual el entrevistador espetó “¿cómo es posible entonces que no crea en el calentamiento global?” Trump respondió con dos frases incoherentes: “Si mira a nuestro aire y nuestra agua ahora tienen un récord de ser limpias”, y sobre la atmósfera, afirmó que “los océanos son muy pequeños”, a pesar de que 70 por ciento de la Tierra está cubierta por los mismos. Concluyó: “En cuanto a si [el calentamiento global] es causado por el hombre, no lo veo”.

Trump canceló el tratado nuclear con Irán (“un desastre… uno de los peores en la historia”) lo cual adujo perjudicó a Irán: “su economía está destruida… su moneda ha colapsado, hay revueltas callejeras todas las semanas…” Aunque la economía iraní ha sufrido, Trump exagera y la mayoría de los países signatarios, incluyendo la UE y China, permanecen en el tratado.

Además, dio a Rusia 60 días para cumplir con el Tratado de Armas Nucleares Intermedias y al cumplirse el pazo, abandonó el mismo; de inmediato Putin declaró que también se retiraba del tratado y que impulsaría nuevas armas nucleares, o sea, otra peligrosa y costosa cerrera nuclear.

En diciembre retiró a 2.000 tropas norteamericanas estacionadas en Siria y la mitad de las estacionadas en Afganistán, sin consultar con la coalición de países, ni con el Secretario de Defensa Jim Mattis, provocando su renuncia; en su carta acusó al Presidente de debilitar las alianzas esenciales para la seguridad nacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, a la par de mantener relaciones con gobiernos autoritarios. Putin prontamente lo felicitó. Por primera vez, el Senado —dominado por los Republicanos— votó en contra del inquilino de la Casa Blanca y de la retirada.

En el mismo mes, el Secretario de Estado, Mike Pompeo, arremetió contra la ONU, la UE, el Banco Mundial, el FMI, la OMC, la OEA y la Unión Africana, reafirmando el nacionalismo estadounidense.

Mentiras y exageraciones

Trump atacó repetidamente a Kim Jong-un, el dictador de Corea del Norte, apodándolo “el hombre cohete”, pero tras la cumbre de 2018 dijo que se “amaban”, que Kim era “muy talentoso” y proclamó: “Íbamos a tener una gran guerra y millones de muertos…[Ahora] tenemos una buena relación con Jong-Un… No más misiles… no más pruebas [nucleares]… ellos están cerrando los sitios…”. Supuestamente, Kim “trabajaría por una completa desnuclearización”, pero los servicios de inteligencia norteamericanos han probado que continúa fabricando material nuclear y misiles intercontinentales y expandiendo una base clave de lanzamiento. Trump tuvo que cancelar una segunda reunión con Kim debido a la reacción adversa del pueblo norteamericano, pero ya anunció una en 2019.

La relación amistosa inicial con el Presidente chino advino en guerra comercial. El equipo trumpista está dividido en dos facciones antagónicas: una favorece un compromiso y la otra la “mano dura”. Trump vio la meta china de sobrepasar a Estados Unidos en 2049, como un peligro a la seguridad interna y decidió enfrentarla. Denunció que China devaluaba su moneda, robaba tecnología americana, ejercía espionaje industrial y ganaba un excedente comercial, así que impuso tarifas a la importación de productos chinos: 10 por ciento primero (por valor de US$ 250.000 millones) más un alza a 25 por ciento a partir de 2019, y una expansión a todas las importaciones, si no hubiese un acuerdo. China impuso US$110.000 millones en tarifas, dejó de comprar gas natural líquido y redujo en 40 por ciento las adquisiciones de soja. El conflicto perjudicó a ambos países: a pesar de las bravuconadas de Trump —“la guerra comercial será fácil de ganar” y “China necesita el acuerdo de mala manera” —la bolsa de valores estadounidense sufrió severas pérdidas en 2018, los granjeros de ciertos productos padecen por las tarifas y se teme que estas provoquen una recesión en 2019, mientras que la economía china se enfrió aún antes del impacto de las tarifas.

Al final del G20, los dos dirigentes anunciaron una tregua de 90 días, Trump suspendió las nuevas tarifas, pero mantuvo las actuales. Faltó un comunicado y cada parte interpretó lo discutido a su manera. Trump jubiloso aseveró: “Es un acuerdo increíble… si cuaja será uno de los acuerdos mejores jamás hechos… Los granjeros serán grandes beneficiarios … [China] comenzará a comprar productos agrícolas de inmediato”, removerá la tarifa de 40 por ciento a las importaciones de autos y comprará US$1,2 billones en productos estadounidenses, diez veces lo vendido en 2017. Los chinos dijeron que la reunión había sido “muy exitosa” pero no mencionaron nada de lo alegado por Trump (salvo la tregua) y declararon que ambas partes trabajarían para gradualmente reducir el desequilibro comercial. El director del Consejo Nacional Económico comentó que no estaba seguro a lo que se refería el Presidente. Tras 48 horas, Trump trocó la retórica y amenazó a China que si no cumplía, alzaría las tarifas.

El caos desatado provocó un desplome de más de 3 por ciento en la bolsa de valores estadounidense el cual se expandió globalmente; cambiando de tono otra vez, Trump afirmó que Pekín estaba enviando “señales muy fuertes” positivas. Se asegura que los 90 días son un período muy corto para lograr los cambios estructurales en China que Estados Unidos ha demandado por decenios, y se teme que —como ha sido usual en el pasado— Pekín use la tregua para ganar tiempo. Trump ha nombrado negociador a Robert Lighthizer, que representa la “línea dura” contra China, y el embrollo ha empeorado con el arresto y probable extradición a EEUU del jefe financiero del gigante de comunicaciones chino Huawei. El investigador de la Academia China de Comercio Internacional, Mei Xinju, opinó: “Pienso que debemos prepararnos para una prolongada guerra comercial”.

Predominan los negocios y la amistad

Desde que era candidato presidencial, Trump ha criticado a las agencias de inteligencia norteamericanas. Justo después que el director del FBI, James Comey, declarase ante el Congreso sobre la intromisión rusa en las elecciones, Trump lo despidió para restaurar “la confianza del pueblo”.

Se ha visto que Trump aceptó la palabra de Putin frente a la evidencia de sus servicios de inteligencia. Un informe de la CIA demuestra que el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, ordenó el asesinato del periodista iraní Jamal Khashoggi. La mayoría de los gobiernos democráticos han presionado al príncipe para que investigue el suceso, y un grupo de senadores bipartidistas norteamericanos ha aceptado el informe de la CIA. Tras un largo titubeo, Trump decidió que no importa lo que digan los servicios de inteligencia, el asesinato no es razón para cortar los lazos lucrativos con los saudís (US$450.000 millones) y sus propios negocios, un total desprecio por los derechos humanos. Su razón: “[Salman] totalmente niega haberlo hecho [ordenado el crimen] y me lo ha negado a mí en tres ocasiones”. Sus “tripas” son más certeras que las agencias de inteligencia, su propio partido y los dirigentes mundiales.

La relación de Trump con Benjamín Netanyahu ha sido excelente, por ello decidió cambiar la sede de la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, confirmando esta como la capital de Israel. Esto deshizo décadas de la política exterior norteamericana, así como el consenso internacional sobre el estatus de Jerusalén; además, provocó la furia de los palestinos y la terminación del intento, encargado a su yerno y asesor Jared Kushner, de lograr la paz entre las dos naciones. Una condena de Netanyahu por varios cargos policiacos de fraude y corrupción, o su derrota en las próximas elecciones, podría terminar con su gobierno y afectar las relaciones con Trump.

América Latina: insultos y abandono

Al anunciar su candidatura presidencial en 2015, Trump vituperó a los mexicanos inmigrantes como “asesinos, violadores de mujeres y traficantes de drogas”, prometió deportar a 11 millones de ellos y construir un muro a lo largo de la frontera con México. Esto fue la impronta de su racismo y desdeñosa actitud sobre la región. Durante sus primeros dos años de gobierno, ignoró a América Latina (salvo su campaña contra la migración y la confrontación con los regímenes socialistas en Cuba, Venezuela y Nicaragua), donde no ha conseguido cambio alguno (pero ver más adelante). Su primera acción fue retirarse de ATCE, afectando a los países latinoamericanos del Pacífico, la segunda fue amenazar la salida del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Imputó a México y Canadá de aprovecharse de Estados Unidos por sus superávits en el comercio exterior; persistió en su incauta demanda que México pagase por el costo del muro, a pesar de negativas sucesivas del presidente mexicano Enrique Peña Nieto.

Trump solicitó al Congreso US$5.700 millones para fabricar el muro, pero no tuvo éxito porque varios congresistas republicanos se opusieron, así como todos los demócratas que ahora controlan la Cámara. En una de sus mayores “perretas”, el Presidente cerró el gobierno por 35 días, el periodo más largo en la historia y dejó sin paga a 800,000 empleados federales, este dislate ha causado una pérdida de US$11.000 millones de dólares, y reducido el crecimiento en el primer trimestre de 2019 en 0.4 puntos porcentuales. Debido a una caída en su aprobación por la población y a la oposición de algunos republicanos, Trump “tiró la toalla” y restableció el financiamiento, pero sólo hasta mediados de febrero. Persistiendo en su intento, ha amenazado con declarar una “emergencia nacional” a fin de conseguir fondos para el muro, sacando dinero de donde se le ocurra, incluyendo los programas sociales clave.

La primera visita de Trump a la región fue su asistencia a la cumbre del G20 en Buenos Aires. Al comenzar el evento, se quitó el audífono que trasmitía lo que decía el presidente Mauricio Macri —confirmando su incapacidad de prestar atención por mucho tiempo— y alegó que podía entenderle mejor en español, que por supuesto desconoce. Añadiendo a múltiples ocasiones en que el Presidente se confunde y se dirige a donde no debe, en otro evento con Macri, después de estrecharle la mano, Trump se marchó dejando impávido al anfitrión y obligando a un agente a correr para buscarlo. No obstante, se anotó un triunfo preliminar al lograr la firma de Peña Nieto y Trudeau en la revisión del TLCAN (ahora llamado T-MEC). No hay gran diferencia entre los dos tratados, si bien una mejoría es que los granjeros lecheros norteamericanos podrán vender más productos en al mercado canadiense. A pesar del optimismo de Trump, el T-MEC confronta una difícil aprobación por la Cámara de Representantes, controlada por los demócratas. Hay autoridades que creen que el tratado debería haber ido más lejos, por ejemplo, obligando a México a imponer incrementos obligatorios de los salarios para evitar su competencia desleal con Estados Unidos. Por el contrario, la extrema derecha critica que el tratado pone demasiados límites en el libre flujo de bienes y servicios entre los tres países. Las reclamaciones de revisar T-MEC serían rechazadas por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quién en su inauguración, prometió hacer una profunda y radical transformación del país, y por Trudeau, molesto por la imposición de tarifas a la importación de acero y aluminio canadienses.

La racista política anti-inmigratoria de Trump se probó cuando dijo que los inmigrantes noruegos serían mejor bienvenidos en Estados Unidos que los de “países de mierda” como Haití y africanos. En 2017, cerró el programa de “Soñadores” (800.000 jóvenes indocumentados a los que Obama permitió quedarse en el país) e intentó deportarlos, pero 15 estados demandaron al gobierno federal, y un juez paró la orden. Inexorable, Trump lanzó “Cero Tolerancia” que separó a 3.000 niños de sus padres detenidos, dispersó a los primeros sin trazar sus destinos y, después de una enorme oposición nacional e internacional, paró el programa, pero dejando en un limbo a centenares de niños. En octubre unos 7.000 centroamericanos, amenazados por la violencia y pobreza en sus países marcharon hacia Estados Unidos. Trump tildó esta caravana de “invasión de maleantes”, prometió enviar 5.000 guardias a la frontera y, al arribar los primeros migrantes, fueron atacados con gases lacrimógenos. El colmo del doblez: el Presidente ha empleado a latinoamericanos indocumentados en su campo de golf en Nueva Jersey y en varios de sus edificios.

Trump ha clonado acólitos de extrema derecha en varios países, o ha apoyado a dirigentes en el poder o jefes de movimientos con quienes comparte ideas, aupando un populismo de derecha que está erosionando el liberalismo democrático que por mucho tiempo ha predominado en el mundo. El más reciente, es el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Un exmilitar y gran admirador de Trump, pregona “Hagamos a Brasil grande de nuevo”, adora a las armas, descarta el calentamiento global como una conspiración marxista, y tacha de “noticias falsas” a la prensa crítica; su principal prioridad es establecer una relación estrecha con Estados Unidos.

En enero, Trump lanzó una acción para apoyar al nuevo presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, que se proclamó como Presidente legítimo del país frente a Nicolás Maduro —reelegido para un segundo término de seis años en unas elecciones que no han sido reconocidas por buena parte de la comunidad internacional—, y solicitó elecciones libres y transparentes. La OEA, que infructuosamente había estado por meses tratando de conseguir apoyo de los países miembros contra Maduro, se adhirió a esta acción. A comienzos de febrero, 27 naciones del hemisferio occidental se habían sumado, entre ellas las más grandes, como Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia y Perú. Por el contrario, Cuba, Bolivia y Nicaragua en la región, así como Rusia, Siria, Turquía e Irán han respaldado a Venezuela. El Parlamento de la Unión Europea, así como Alemania, Austria, Dinamarca, España, Francia, Suecia y Reino Unido —después de un plazo en que pidieron elecciones— han reconocido a Guaidó. China y México se han pronunciado por la “no intervención” y han propuesto un diálogo para salir del impasse. Además, hay un grupo indeterminado de pequeñas naciones en el Caribe no hispano, las cuales se beneficiaron del suministro de petróleo venezolano a precios subsidiados, que apoyan a Maduro o son contrarias a una intervención. Trump decretó la incautación de los pagos por importaciones de petróleo venezolano, lo cual priva a dicha nación de su mayor ingreso en divisas. Además, él ha dicho varias veces que “todas las opciones están abiertas”, incluyendo una intervención militar. El primero de febrero, John Bolton (Consejero de Seguridad Nacional) reiteró la amenaza. Ha habido manifestaciones públicas en Caracas en favor de Guaidó, un intento frustrado de subversión militar, a más de la renuncia de un par de diplomáticos venezolanos en el exterior y un General de División de la Aviación ha abandonado a Maduro. Pero la cúpula de las Fuerzas Armadas lo ha respaldado; para ganarse a estas, Guaidó ha ofrecido un indulto a todos los que renieguen del régimen.

La política trumpista en Venezuela se contradice con su contubernio con autócratas en el mundo; además, una acción militar sería una vuelta a la antigua política intervencionista de Estados Unidos en América Latina y contraproducente, a más de que Trump ha mostrado un desprecio absoluto por los derechos humanos y este argumento usado para intervenir en Venezuela es hipócrita. Si hubiese sido presidente Barack Obama, con enorme prestigio internacional, un defensor de los derechos humanos y partidario de soluciones diplomáticas a los conflictos mundiales (Premio Nobel de la Paz), Estados Unidos estarían mejor representados. Esperemos que se evite dicha intervención, y que el pueblo venezolano pueda salir en forma pacífica de la grave crisis económica y política en la que se encuentra.

Conclusión

Trump pregona repetidamente que, debido a su política exterior, “América es respetada de nuevo en el mundo”, otra mentira desenmascarada por las encuestas de Gallup y Pew: la visión de Estados Unidos en el exterior se desplomó desde que él asumió la presidencia. Según Pew, en 25 países, una mediana de 70 por ciento no tiene confianza en Trump (90 por ciento en Alemania, 91 por ciento en Francia y 94 por ciento en México). Ninguna de las acciones internacionales de Trump cuenta con apoyo en Estados Unidos; el 54 por ciento desaprueba su actuación y en las elecciones parciales de 2018 —un referendo de sus políticas— los demócratas ganaron la Cámara por un margen apabullante, y aunque los republicanos mantuvieron la mayoría en el Senado, lo hicieron con solo 42 por ciento del voto popular.

Los dirigentes mundiales están desconcertados, enojados y angustiados por las acciones trumpistas y sus efectos aciagos. En su discurso ante la Asamblea de la ONU en 2018, el Presidente afirmó orondo: “En menos de dos años, mi gobierno ha conseguido más que casi ningún otro en la historia de nuestra nación”: una carcajada general resonó en el recinto. Él ha provocado un creciente aislamiento de Estados Unidos con sus aliados tradicionales, y ha generado vacíos en política exterior que están siendo llenados por China, especialmente en América Latina. Por ejemplo, el principal socio comercial de Argentina es China, y este país ha invertido en importantes obras de infraestructura. Se necesitará una estrategia de política exterior coherente y efectiva, por muchos años, para reparar el enorme daño que Trump ha causado a Estados Unidos y al mundo.

 

Nota: la versión inicial de este ensayo se publicó en Estudios de Política Exterior (Madrid, edición digital, febrero de 2019); para Cuba Posible, el autor ha puesto al día el ensayo, y ha agregado secciones nuevas.

Sobre los autores
Carmelo Mesa-Lago 12 Artículos escritos
(La Habana, 1934). Licenciado en Derecho Universidad de La Habana. Máster en Economía por la Universidad de Miami. Doctor en Derecho por la Universidad Madrid. doctor en Relaciones Laborales y Seguridad Social por la Universidad de Cornell. Catedr...
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