Cautivos del tiempo: la Revolución cubana contada por sus años

Ello ocurre desde el poder y sus mecanismos de legitimación. Aquellos que tienen potestad para nombrar lo harán priorizando aspectos que consideren raigales

“Pertenecemos al espíritu del tiempo.

A fuerza de observar el movimiento de la historia,

llegamos a olvidar que somos parte de ella”.

André Burguiere

 

El mito griego del Dios Cronos devorando a sus hijos nos enfrenta a una imagen que muestra la brevedad de la vida y el recorrido inevitable del tiempo que la supera. La leyenda también da cuenta de la venganza de los hijos contra la crueldad paterna. Del mismo modo, los hombres han mutilado y fragmentado al tiempo, lo han medido y dividido en segundos, minutos, horas, días, meses, años, siglos, milenios, eras…

Los grandes movimientos religiosos detuvieron simbólicamente el tiempo para reiniciarlo. El cristianismo fraccionó las “eras de los hombres” en antes o después de Cristo; mientras, el mundo islámico inició su cuenta a partir de la Hégira de Mahoma.

Las ideologías revolucionarias imitaron ese proceder. La Revolución Francesa, en su afán de destruir al Antiguo Régimen, trató de deshacer el tiempo que medía al pasado y creó un nuevo calendario.

Nombrar es siempre un acto de profundo significado. A pesar de que en nuestra cultura no lo apreciemos así, en ciertas etnias el nombre es conferido solo mediante elaborados rituales. Algunos pueblos otorgan a los recién nacidos un nombre temporal; el definitivo solo lo ganarán en la pubertad, cuando se muestren dignos de reclamar para sí una palabra que refleje su verdadero espíritu, su esencia.

Pero si es complicado nombrar a una persona, imaginemos el significado que reviste nombrar a un año. Ello siempre ocurre desde el poder y sus mecanismos de legitimación, por lo cual estaremos en presencia de la apropiación simbólica del tiempo de todos por parte de una persona o grupo. Aquellos que tienen potestad para nombrar lo harán priorizando aspectos que consideren raigales, serán fieles a su proyecto… o a la carencia de este. No hay que olvidar que una ideología política es un juego ético de ideales, principios, doctrinas, mitos o símbolos de un movimiento social, institución, clase o grupo grande, que explica cómo la sociedad debería funcionar.

Al bañarnos en un río percibimos todos los detalles: las pequeñas piedras del fondo, la hierba fina de los márgenes, los peces…; sin embargo, el alcance de la mirada abarcará apenas unos metros. Si observamos el mismo río desde la cima de una montaña no seremos capaces de divisar nada de lo anterior; en cambio, el curso de la corriente se revelará con nitidez ante nosotros: las curvas, los afluentes, los desvíos que toma para evadir obstáculos. El alejamiento resta minuciosidad, pero aporta perspectiva. Así es conveniente acercarse a veces a la historia, pues atrapados por los años que son nuestros, rehenes de la cotidianidad, cercados por las coyunturas, descuidamos las duraciones más largas y olvidamos que el tiempo, en su infinitud, nos puede aportar interesantes lecciones.

Los últimos 57 años en Cuba –y ya desde el 2016 la república socialista cuenta con más edad que la burguesa- son demasiado ricos en hechos para reducirlos a su simple denominación, pero si de este modo desatendemos el día a día, nos quedan las esencias. Ello intenta justificar el pretencioso título que encabeza al ensayo, aunque en verdad los ensayos no necesitan reivindicaciones, son siempre personalísimos acercamientos.

La Revolución cubana triunfó por azar el día en que comenzaba un nuevo año, coincidencia feliz, pues es siempre momento de concebir proyectos nuevos, y bien que los necesitaba el pueblo cubano. En 1959, con “Año de la Liberación”, se inició esa costumbre que ha llegado hasta nuestros días, y que realmente tuvo sus antecedentes en 1957 y 1958, nombrados por Fidel como “Año de las malangas”, y “Año de las reses” respectivamente, para hacer referencia a los alimentos esenciales en la dieta de los rebeldes. De hacer caso a la profesora Bella Nieves Ledea, autora de la monografía Los años de mi Cuba tienen un nombre: “sólo en Cuba se le ponen nombres a los años” y “nuestro Comandante en Jefe es el que ha puesto esos nombres”.[1]

Después del bautismo inicial, aparecen ante nosotros seis años vertiginosos (1960: “Año de la Reforma Agraria”; 1961: “Año de la Educación”; 1962: “Año de la Planificación”; 1963: “Año de la Organización”; 1964: “Año de la Economía”; 1965: “Año de  la Agricultura”) cuyos nombres encauzan hacia la economía y las transformaciones sociales. Fue una etapa de cambios profundos, algunos que a la larga nos llevaron a errores, como la Segunda Ley de Reforma Agraria. Serían transgredidos límites peligrosos, eso lo sabríamos en poco tiempo, pero… era una revolución joven y llena de entusiasmo, como sus líderes. Avanzar apresurados con los tiempos era la razón de ser de quienes se veían encabezando al proceso solo por un período, esos que rechazaban la vejez como referencia de lo caduco, y decían con orgullo:

“Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos”.[2]

Precisamente en el último de los años “rápidos”, 1965, se unirían todas las fuerzas que habían influido en la lucha contra la tiranía  y surgiría el Partido Comunista de Cuba, único a partir de entonces pero con un peso decisivo en los destinos del país.

Desde 1966 ocurre un cambio de perspectiva, nos abrimos hacia otros contextos con “Año de la Solidaridad” y en 1967 con “Año del Viet-Nam Heroico”; dejamos de observarnos por un breve tiempo, como si ya todo lo nuestro estuviera terminado, o peor, determinado.

1968, “Año del Guerrillero Heroico”, fue de luctuosa recordación, el primero que comenzaba sin el Che entre los vivos. Otros motivos habría para no olvidarlo: mientras la revolución cultural en Francia echaba por tierra añejas jerarquías, los hippies en Estados Unidos convocaban al amor y no a la guerra, y en México Tlatelolco se cubría de sangre; en nuestra Isla la “Ofensiva Revolucionaria” liquidaba a la pequeña propiedad y sacaba a la economía cubana de la normalidad durante décadas, o al menos eso parece, ya que ahora luchamos por la “actualización” del modelo. También aprenderíamos una lección: los principios y la política no siempre eran una pareja bien avenida, la “Primavera de Praga” llena de tanques soviéticos y Cuba que no condenó la intervención así lo demostraban.

Como para paliar el efecto del 68, la década del 60 cierra con dos años de voluntariosos calificativos, 1969: “Año del Esfuerzo Decisivo” y 1970: “Año de los 10 Millones”. Necesitábamos autonomía para no depender en todo de “los hermanos”, que ya el viejo Partido Comunista de Cuba había sido una sección de la Comintern y no había porqué repetir estrategias fallidas. Por eso volvíamos a la matriz económica: en el 69 alistaríamos al país y en el 70 se haría el milagro; o eso debía ser, ya que se planificaba una cifra de producción de azúcar que los especialistas, consultados previamente por Fidel, consideraban como imposible. Solo ocho se debían lograr y solo ocho se lograron.[3]

Pero lo peor del fracaso de la zafra del 70 no fue, en realidad, el incumplimiento del plan, sino que con ella concluían los intentos de los dirigentes de la Revolución por construir un socialismo nacional. A partir de aquí ocurriría el alineamiento con el campo socialista y con el modelo estalinista de desarrollo, definitivo ya en 1972 con la entrada de Cuba al CAME.

Como “Año de la Productividad”, fue bautizado 1971, de él queda el triste recuerdo de la “Ley contra la vagancia” que tantas críticas suscitara entre juristas de otros países. Se buscaba lograr por todos los medios, incluyendo la coacción directa, el aumento de la productividad del trabajo, especie de “Santo Grial” del modelo económico socialista. Todavía el llamado a la productividad está presente en las interpelaciones de los dirigentes al pueblo, aunque por suerte sin la controvertida Ley que sería derogada mucho después.

1972 fue el “Año de la Emulación socialista”, pero a partir de él y hasta 1986 se manifiesta una interesante tendencia en la selección de los nombres: el ostensible crecimiento de la esfera ideológica en detrimento de la económica y la social. Ahora se denotarán los años con hechos, eventos y fechas, casi todos relacionados con la joven Revolución, que con el paso del tiempo iba dejando de ser joven, igual que sus dirigentes: 1973,  “Año del XX Aniversario” (del asalto al cuartel Moncada); 1974, “Año del XV Aniversario” (del triunfo revolucionario);  1975, “Año del Primer Congreso”; 1976,  “Año del XX Aniversario del Granma”; 1978, “Año del XI Festival”; 1979, “Año XX de la Victoria”; 1980, “Año del Segundo Congreso”; 1981, “Año del XX Aniversario de Girón”; 1982, “Año 24 de la Revolución”; 1983, “Año del XXX Aniversario del Moncada”; 1984, “Año del XXV Aniversario del Triunfo de la Revolución”; 1985, “Año del Tercer Congreso”; 1986, “Año del XXX Aniversario del Desembarco del Granma”. Excepción a esta tendencia fue 1977, “Año de la Institucionalización”.

Curiosamente, ningún año fue denominado con el apelativo del “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, que comenzara en 1985, casi a la par de la perestroika en la URSS, y en el que el gobierno confió para conducir la economía y la sociedad cubanas por saneadas vías. Confianza inmerecida, pues hasta hoy continuamos con la misma reclamación.

La etapa de ocho años entre 1987 y 1994 (1987: “Año 29 de la Revolución”, 1988: “Año 30 de la Revolución”, 1989: “Año 31 de la Revolución”, 1990: “Año 32 de la Revolución”, 1991: “Año 33 de la Revolución”, 1992: “Año 34 de la Revolución”, 1993: “Año 35 de la Revolución”, 1994: “Año 36 de la Revolución”) puede ser definida como un período acrónico, un tiempo sin tiempo, un avance sin rumbo fijo ni fines establecidos.

En ese lapso se produjo la caída del campo socialista y la Isla quedó inmersa en una profunda crisis, que inició en la economía pero que pronto abarcó a toda la sociedad, con el consiguiente cambio en los valores y la filosofía de vida de los cubanos, que se ha dado en llamar “pérdida de valores”, aunque más bien se trató de un “ajuste de los valores” a las nuevas condiciones. Fueron años que solo marcan el compás de espera, cual pasos en una senda. Nombres que recuerdan, ya no metas económicas o sociales, héroes, ni siquiera el pasado inmediato; sino los años que cumplía la Revolución. Como si los encargados de nombrar no supieran qué hacer con aquella etapa la denominaron “Período Especial”; que las revoluciones también pueden ser eufemísticas.

En la segunda mitad de los 90 se produce una mejoría, derivada de medidas positivas como la descentralización económica, la entrada de capital extranjero al país, y la aprobación de la pequeña empresa privada. Se retoma, entonces, la costumbre de nombrar los años a propósito de conmemoraciones. Este período coincidió con el centenario de la guerra de independencia y así se aprecia: 1995 fue el “Año del Centenario de la Caída en Combate de José Martí” y 1996, “Año del Centenario de la Caída en Combate de Antonio Maceo”. El hallazgo de los restos del Che y sus compañeros de guerrilla motivó que 1997 se bautizara como “Año del 30 Aniversario de la Caída en Combate del Guerrillero Heroico y sus compañeros”.

Pero la Revolución volvería muy pronto a su propio anecdotario legitimador, y 1998 se llamó “Año del Aniversario 40 de las Batallas Decisivas de la Guerra de Liberación”, 1999 fue el del “40 Aniversario del Triunfo de la Revolución”, 2000 el del “40 Aniversario de la Decisión de Patria o Muerte”, y 2001 el “Año de la Revolución Victoriosa en el Nuevo Milenio”.

El 2002 fue el “Año de los Héroes Prisioneros del Imperio”, y empezaba una larga batalla. Pudiera haber sido llamado también el del carácter irrevocable de la Revolución, pues en él se produjo la modificación de la Constitución de la República con la adición de un párrafo al artículo 3 del Capítulo 1: “se propone que el carácter socialista y el sistema político y social contenido en ella sean declarados irrevocables”.[4] Un párrafo intentaba socavar la visión dialéctica del mundo consustancial al marxismo del que nos decíamos seguidores (Heráclito -el primero de los dialécticos-, Hegel y Carlos Marx sonreían socarronamente desde el reino inmortal de los filósofos).

2003 celebró los “Gloriosos Aniversarios de Martí y del Moncada”, y 2004 el “45 Aniversario del Triunfo de la Revolución”. El 2005 fue el “Año de la Alternativa Bolivariana para las Américas”. La Revolución chavista estaba en pleno auge y la izquierda parecía saludable y casi irreversible también. Otro posible apelativo del 2005 pudo ser “rescatando a la dialéctica”, pues en un lúcido discurso pronunciado en la Universidad de La Habana el comandante Fidel Castro reconocía la posibilidad de que el proceso pudiera ser derrotado desde dentro, a partir de los errores cometidos,[5] no obstante, el mencionado párrafo sigue allí, en medio de la Constitución.

2006 se llamó “Año de la Revolución Energética en Cuba”. Por primera vez, desde 1972, se tomaba un proyecto económico y social para nombrar un año. Desgraciadamente fue un canto de cisne, pues a partir de 2007 los diputados al Parlamento consideraron que, en lo sucesivo, los años se identificarían  solamente con el orden cronológico del proyecto social vigente desde 1959. Cuba rompía definitivamente con la tradición de nombrar los años por algún acontecimiento histórico o meta concreta. La rueda de la historia seguiría a través de un camino ahora infinito, pues no tendría retorno, pero del que tampoco se avizora una clara imagen final. Sería bueno, llegados acá, recordar a Jean Paul Sartre: “todo discurso tiene una repercusión, una resonancia; todo silencio, también la tiene”.

 

[1] Bella Nieves Ledea Brizuela: “Los años de mi Cuba tienen un nombre”, www.monografías.com [consultada 13 de octubre de 2016].

[2] Discurso de Fidel en la Universidad de la Habana el 13 de marzo de 1966, en ocasión del IX Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada.

[3] Véase panel sobre el asunto aparecido en la revista Temas, sept.-dic. de 2013.

[4] Ley de Reforma Constitucional Dada en la Sala de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Palacio de las Convenciones, Ciudad de La Habana, a los 26 días del mes de junio del 2002, “Año de los Héroes Prisioneros del imperio”. (Publicada en la Gaceta de Cuba: 27-06-2002)

[5] Discurso pronunciado por Fidel en la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005, con motivo del aniversario de su matrícula al alto centro de estudios.

Sobre los autores
Alina Bárbara López Hernández 3 Artículos escritos
(Matanzas, 1965). Doctora en Ciencias. Profesora, ensayista y editora. Trabaja actualmente en Ediciones Matanzas. Es autora de textos sobre el pensamiento político y cultural republicano. Sus artículos y ensayos han sido publicados en revistas esp...
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