El laicismo en la historia de la República

Interior de la Catedral de la Virgen María de la Concepción Inmaculada de La Habana. La Habana. Foto: Emmanuel Huybrechts (CC BY 2.0)

Interior de la Catedral de la Virgen María de la Concepción Inmaculada de La Habana. La Habana. Foto: Emmanuel Huybrechts (CC BY 2.0)

A cargo de Walter Espronceda Govantes

Los pueblos y las naciones que para la emancipación social se han hallado en la imperiosa necesidad de apelar a la tradición revolucionaria no encuentran, ni  encontrarán jamás, apoyo –ni tan siquiera estratégico– en la acción social de la fe institucionalizada, esto es, de la Iglesia. Las revoluciones, por vocación legítima, tienden a secularizar toda tradición anquilosada. Esa es la clave del aliento moderno, o sea, del laicismo, el cual tendrá siempre que mantenerse alerta ante la siguiente verdad probada por la historia: no existe institución que otrora haya detentado el poder absoluto, lo haya perdido con justeza por el avance de la historia en su condición de testigo de la evolución social, y luego no se haya propuesto recuperarlo al menos sobre la base de un reposicionamiento más o menos flexible, sabedora de que el poder absoluto jamás regresará. Así se considera la Iglesia: de modo idéntico a las ex-potencias coloniales, acreedoras de un sendero escudriñado para tratar de litigar participación en aquellas cuestiones nacionales que únicamente le conciernen a las ex- colonias desde hace rato erigidas en países independientes y soberanos dentro de los marcos del republicanismo.

Por consiguiente, el laicismo es el camino de Cuba, como nación que decidió, a partir del 10 de octubre de 1868, considerarse moderna como resultado de la constitucionalidad como testimonio del reforzamiento de la sociedad civil. En el artículo que sigue, publicado en la Revista CTC, Emilio Roig de Leuchsenring sustenta, desde una perspectiva holística en el plano de lo social, al tiempo que pletórica de identidad cubana, la necesidad imperiosa de preservar en todo instante la impronta del laicismo en la historia de nuestra nación. Para ello, Roig de Leuchsenring pone el acento ético en el encargo social de la educación en tiempos de republicanismo.

El laicismo en la historia de la República

Por Emilio Roig de Leuchsenring

En reciente discurso por mí pronunciado con motivo de la inauguración del monumento a Benito Juárez, que la ciudad de México donó a la ciudad de La Habana, tuve oportunidad de hacer resaltar como Juárez, católico ferviente, seminarista, en sus primeros años, pero hombre de ideas profundas y sinceramente liberales, identificado con los dolores y las necesidades de su pueblo y enemigo de cuanto significara sometimiento y explotación de la mayoría en beneficio de una casta privilegiada, apenas dio los primeros pasos en la vida pública de su país, constató la urgencia que éste tenía de arrebatar a la iglesia, con el dominio de las conciencias, la preponderancia que ejercía en el gobierno y administración nacionales, separando de modo racial y definitivo el poder de la iglesia y el poder del Estado, a fin de libertar y robustecer este último y abrir el camino al progreso social, sin las trabas, cortapisas y obstáculos que en todo tiempo había puesto la iglesia al desarrollo de la educación y la cultura, a la transformación económica y social de México.

Al efecto, Juárez estuvo empeñado durante buena parte de la vida, hasta los días mismos de su muerte, en destruir, primero, la influencia perniciosa de la iglesia católica y en aniquilar, después, la resistencia con que la misma trató de anular, apelando inclusive al uso de la fuerza bruta, las leyes y disposiciones de la Reforma.

No pretendió Juárez atacar al catolicismo ni a otras sectas religiosas, sino tan sólo impedir que aquella, saliéndose de los normales límites señalados al ejercicio de los cultos, persistiera en sus propósitos de continuar sometiendo el Estado a su dominio en beneficio propio y en perjuicio de los intereses de la colectividad. En defensa de las leyes de la Reforma, tuvo que apelar a las armas, porque de las armas hizo la iglesia católica, y le fue necesario, como Martí expresó, “echar el cadáver de Maximiliano sobre la última conspiración clerical contra la libertad en el nuevo continente”.

De modo análogo, los demás pueblos de Hispanoamérica, en general, y Cuba, en particular, confrontaron en sus luchas independentistas y libertarias ese máximo obstáculo representado por la iglesia católica, enemiga, en todas nuestras tierras, y en Cuba de modo más agudo que en ninguna, de la libertad, del derecho y de la justicia, sin que pueda sostenerse, como se ha pretendido hacer ver no hace mucho en el mitin político-clerical-extranjerizante celebrado en el Teatro Nacional de La Habana, sólo con palabras altisonantes, que no con hechos, porque éstos demuestran todo lo contrario, que la iglesia católica se hubiera puesto al lado de la revolución cubana emancipadora, siendo lo cierto que siempre la combatió con saña y tesón dignos de mejor causa, y si es justo reconocer que existieron en nuestra patria sacerdotes cubanos simpatizadores y defensores de la revolución libertadora, todos fueron, sin excepción alguna, perseguidos por la iglesia católica, privados de las posiciones hasta entonces alcanzadas, denunciados a las autoridades políticas y militares, encarcelados o condenados al exilio.

Juárez, como Martí y todos los reformadores y libertadores de América, encontraron, sí, en las logias masónicas refugio, amparo, calor y ayuda para fraguar y desenvolver sus ideas y propósitos progresistas e independentistas, y lo mismo ocurrió en la propia España, donde hasta las sociedades económicas, que para mejoramiento del país fueron creadas en la segunda mitad del siglo XVIII, requirieron, según puso de relieve hace poco entre nosotros Fernando Ortiz, el impulso secreto de la masonería.

No dándose jamás por vencida, libra la iglesia católica actualmente en nuestra República, enarbolando ahora hipócritamente la bandera nacional y republicana que ayer pisoteó, y el nombre de la libertad que antaño repudiaba y maldecía, su última batalla por la reconquista de los privilegios perdidos, tratando de sojuzgar de nuevo las conciencias, y con ello dominar al propio Estado, a través de la enseñanza sectaria, no ya en las escuelas privadas, sino también en las públicas; torpe empeño que significaría triunfar, el retroceso a los tiempos coloniales, con inconcebible reniego de las prédicas y de la obra de los fundadores de la nacionalidad, cuyos claros pronunciamientos en tal sentido bastarían para poner coto y anular esa pretensa acción demoledora de los eternos enemigos de la libertad y del progreso, de los contumaces enemigos de Cuba. Baste citar aquellas sabias y admonitorias palabras de Martí: “Ni religión católica hay derecho a enseñar en las escuelas, ni religión anti-católica; o no es el honor virtud que cuenta entre las religiosas, o la educación será bastante religiosa con que sea honrada. Eso sí, implacablemente honrada”.

Tiene el laicismo tan vieja y fuerte tradición cubana, que bien puede afirmarse que entre nosotros laicismo es sinónimo de cubanismo.

Podrán haber existido durante nuestras guerras libertadoras actos aislados de accidental consorcio entre la iglesia católica y la revolución cubana, como por ejemplo el Te Deum celebrado en la iglesia mayor de Bayamo para festejar la toma de esa ciudad por Carlos Manuel de Céspedes, y al que éste asistió con la plana mayor de los demás jefes revolucionarios, pero éste y otros hechos similares sólo indican la simpatía e identificación personales de determinado sacerdote con la causa libertadora cubana y el acatamiento y homenaje de los mismos a ésta, no de ésta a la iglesia católica.

Nuestros dos grandes movimientos libertadores, de 1868 y 1895, descubren, tanto en los pronunciamientos de sus jefes, como en las constituciones, leyes y demás disposiciones votadas y proclamadas por sus organismos dirigentes, la firme determinación de los patriotas revolucionarios a defender y conseguir, con la independencia de Cuba, la instauración de una república absoluta y totalmente laica, libre de toda influencia, absorción y explotación eclesiástica o religiosa.

Estos principios que  los fundadores de nuestra nacionalidad juzgaron básicos para el establecimiento y prosperidad de la República, aparecen consagrados en las constituciones revolucionarias de Guáimaro y La Yaya, en las cuales se establece la absoluta separación entre la iglesia y el Estado, la libertad de creencias y cultos, sin distingos de ninguna clase, y el laicismo en la enseñanza. Tan laica es la revolución cubana emancipadora, lo mismo en el 68 que en el 95, que ni siquiera figura consignada en los preámbulos de aquellas tres constituciones, la invocación al favor de Dios por los asambleístas, como sí figuró en la Constitución republicana de 1901, pero es necesario tener en cuenta que ya en este momento y en esta Asamblea había logrado extender de nuevo sobre los cubanos, sus tentáculos malévolos el pulpo del reaccionarismo clerical, de la clericanallada.

Y no era posible que nuestros patriotas revolucionarios pensaran y actuaran de otra manera, porque de nada servía la separación material de la Metrópoli española, si en Cuba quedaban, como desgraciadamente quedaron, revestidas de la misma formidable pujanza que habían gozado en la época colonial, instituciones, como la iglesia católica, que fueron sostenes formidables del régimen español en esta Isla, con todo lo que el mismo significó de despotismo, de injusticia, de negación de derechos y libertades, de arbitrariedad y de explotación.

Es por eso que Martí, apóstol máximo de nuestras libertades, orientador y organizador de nuestra última guerra emancipadora, no admitió en la República la supervivencia colonial del influjo y dominio religiosos, ni católicos ni de otra secta alguna. Para él “las religiones todas son iguales: puestas una sobre otra, no se llevan un codo ni una punta: se necesita ser un ignorante cabal, como salen tantos de universidades y academias, para no reconocer la identidad del mundo”. Y agrega: “Las religiones todas han nacido de las mismas raíces, han adorado las mismas imágenes, han prosperado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos vicios”.

Y a los niños, a esos niños, “esperanza del mañana”, a los que ahora se pretende les sean inculcadas en las escuelas ideas religiosas sectaristas, les descubre Martí, en la revista La Edad de Oro, que para los dioses y sacerdotes realmente significan y representan. “Son los hombres –les dice– los que inventan los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea en algo poderoso, y de rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida”. Y la complicidad de sacerdotes y reyes en engañar a los pueblos para mejor sojuzgarlos y explotarlos, Martí la explica a los niños de esta manera, tan sencilla y clara: “Como los hombres son soberbios y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte e inteligente que se hacía rey por su poder decía que era hijo de los dioses. Y los reyes se alegraban que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecido y los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes”.

Refiriéndose Martí directamente al catolicismo, lo condena y rechaza en estas palabras de su artículo La Excomunión del P. Mc. Glynn: “Al fin se está librando la batalla. La libertad está frente a la iglesia. No combaten la iglesia sus enemigos sino sus mejores hijos. ¿Se puede ser hombre y católico o para ser católico se ha de tener alma de lacayo? Si él solo no peca con lucir, ¿cómo he de pecar yo con pensar? ¿De dónde tienes tú escrita, arzobispo: Papá, dónde tienes tú escrita la credencial que da derecho a un alma? Ya no vestimos sayo de cutí, ya leemos historia, ya sabemos que los obispos no vienen del cielo, ya sabemos por qué medios humanos, por qué conveniencias de mera administración, por qué ligas culpables con los príncipes, por qué contratos inmundos e indulgencias vergonzosas se ha ido levantando, todo de manos de hombres, todo como simple forma de gobierno, ese edificio impuro del Papado”.

Y proclama Martí en su trabajo sobre Walt Whitman que “la libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad el culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente, deduce e ilumina lo futuro, y explica el propósito inefable y seductora bondad del universo”.

Fieles a esta tradición cubana, patriótica y revolucionaria, de absoluto respeto y libertad para todas las creencia y cultos, de completa independencia del Estado en cuanto a las religiones se refiere y de total laicismo de la enseñanza, los que de buenos cubanos se precien tienen el derecho y están en el deber de demandar de la Asamblea Constituyente que en la nueva Constitución de la República sean incluidos los indispensables preceptos que garanticen de manera amplia, firme y permanente, dichos principios, fundamento y razón de existencia de nuestra nacionalidad.

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