Latinoamerica desde una perspectiva noruega

Introducción

Como se sostiene en la introducción del libro, hay muchos tipos diferentes de “investigadores sobre América Latina” en Noruega. Unos tienen motivos políticos explícitos, otros tienen un punto de partida más “científico”, mientras que otros están motivados por mejorar la base de conocimiento para la política noruega de cooperación para el desarrollo. Cuando hablamos de investigación sobre los movimientos de izquierda y los gobiernos, es difícil zanjar los vínculos políticos.

Sin embargo, en este capítulo voy a argumentar que la política noruega hacia los gobiernos izquierdistas en América Latina ha estado más influenciada por la investigación y los investigadores, que a la inversa.

En varias ocasiones, mis colegas en América Latina me han preguntado: ¿cómo es que Noruega, un aliado tan leal de Estados Unidos y de la OTAN, se compromete con tanta frecuencia en la política izquierdista y las actividades académicas en América Latina? Este artículo es un intento de responder a esta pregunta. Demuestra que la realidad no es tan simple y llana como podría imaginarse cuando se hace referencia al apoyo de Noruega a la Revolución sandinista en los 80, a la cooperación con el Brasil de Lula o a la Bolivia de Evo Morales en los años 2000, o incluso, en la actualidad, a una relación aparentemente amena con Cuba. Durante los 55 años transcurridos desde el triunfo de la Revolución cubana, hubo muchas idas y vueltas en los eventos que contribuyen a explicar esta situación.

El tema que se me solicitó que debatiera en este artículo, por momentos dificulta la distinción entre política y academia en las relaciones noruego-latinoamericanas. En realidad, las dos están estrechamente relacionadas.

Antes de proseguir, quisiera tratar de determinar qué se entiende por “la izquierda latinoamericana”. Ya que observamos un fenómeno iniciado por la Revolución cubana, nos enfocaremos en los fenómenos políticos que pueden ser ampliamente definidos como “socialistas” (a la izquierda de la socialdemocracia) y que se consideran a sí mismos “anti-imperialistas” (que en América Latina, casi invariablemente, significa trabajar contra la hegemonía estadounidense). Estas dos tendencias muy a menudo se superponen con conceptos como “nacionalismo” y “populismo” que, en sí mismos, no son suficientes como para ser considerados “izquierdistas” en este artículo. Nos concentraremos en gobiernos izquierdistas: Cuba revolucionaria, el Gobierno de Allende en Chile, Nicaragua sandinista y la nueva tendencia de la izquierda en los años 2000 (Brasil y Uruguay; los países del ALBA: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Cuba; y también calificaría el Gobierno del FMLN en El Salvador desde 2009). El énfasis estará en los gobiernos, en lugar de en los movimientos o las alianzas intergubernamentales (como el ALBA).

El artículo comenzará con la primera de las tantas paradojas en estas relaciones: las exportaciones militares noruegas a Batista, aprobadas por el Gobierno laborista justo antes de que este fuera derrocado, y que terminan en las manos de Fidel Castro. Se deben establecer algunos criterios básicos para comprender la situación política en Noruega —y en el movimiento socialdemócrata, en particular— durante la Guerra Fría. Luego, se pasará a examinar el golpe militar de Chile en 1973, cómo la Revolución sandinista reubicó al movimiento de solidaridad noruego de una posición marginal a una posición política predominante, preparando el escenario para el compromiso de Noruega con la ola izquierdista en Sudamérica durante los 2000, (incluyendo una asociación bastante cercana con Cuba, que perdura, incluso después de que Noruega votara a un gobierno de centroderecha, en el poder en 2013).

Más que nada, el artículo muestra cómo una serie de paradojas políticas han dominado esta historia, tal vez induciendo a una percepción de Noruega posicionada más a favor de la izquierda en América Latina que lo que indicaría la realidad política noruega.

A pesar de que, como se muestra en la introducción del libro, el movimiento revolucionario de Fidel Castro en la Sierra Maestra, tuvo un impacto de largo plazo en la academia Noruega, nunca fue una cuestión importante en los medios de comunicación noruegos, ni en la academia y, mucho menos, en el debate político noruego. La principal cuestión política internacional en Noruega, en ese entonces, era la posición noruega en la Guerra Fría —con su frontera norte con la URSS— y el tema de la bomba nuclear. El Partido laborista, con sus raíces comunistas de la década del 20, se había consolidado en el poder con un programa reformista estatal (aunque marcadamente capitalista) desde 1935, solo interrumpido por los cinco años de ocupación alemana. En 1949, la decisión de unirse a la OTAN encuadró al Partido laborista directamente en el campo estadounidense de la Guerra Fría aunque con serias fisuras en el mismo, que finalmente condujo a una división y a la creación del Partido Socialista Popular en 1963. Pero Cuba y América Latina estaban muy lejos de la política dominante y el mundo académico de Noruega en aquellos días.

Sin embargo, por una extraña coincidencia, esto cambió con la última batalla entre Batista y Castro hacia fines de 1958, que derivó en la llamada “cuestión cubana”, un escándalo muy grave para el Gobierno laborista de la época, convirtiéndose en un caso muy debatido, no solo entre académicos, sino, sobre todo, en un asunto de política nacional. Batista buscaba desesperadamente armas nuevas, pero al final, incluso sus antiguos aliados (Estados Unidos y la mayoría de las otras naciones occidentales), se embarcaron en un embargo de armamentos, con el fin de mantenerse fuera de la última batalla; tal vez viendo el resultado inevitable y con el deseo de mantener al movimiento castrista lejos de los comunistas a nivel nacional, y enfriar las ambiciones soviéticas y chinas de inmiscuirse en el patio trasero de los Estados Unidos. Finalmente, Batista logró llegar a un acuerdo con Bélgica para la adquisición de armas automáticas FAL, pero además necesitaba municiones. Noruega produjo las municiones apropiadas para esas armas.

Jens Chr. Hauge era el padrino de la “no tan impresionante” industria de armamentos noruega; un ex-líder de la resistencia durante la Segunda Guerra que luego ocupó varios puestos claves como ministro, y que posteriormente pasó a operar detrás de bambalinas como uno de los consejeros más cercanos al primer ministro Gerhardsen, con estrechas conexiones con los servicios de inteligencia de Estados Unidos y de la comunidad militar-industrial.

Nadie sabía mejor que el señor Hauge que Noruega tenía una prohibición absoluta para la exportación de armas a países en conflicto. Pero no le importó. Si su ansia de exportar municiones para fusiles automáticos y ametralladoras, junto con granadas de mano, fue motivada —como afirmó— por un deseo no muy convincente de salvar empleos en la fábrica de municiones Raufoss o si, simplemente, se trataba de un servicio a sus amigos íntimos en la administración de Eisenhower, que estaban muy fastidiados con lo que consideraban la decisión errónea de cortar la entrega de armas a un hombre a quien apreciaban como un baluarte contra el comunismo, todavía es confuso. Pero el señor Hauge logró maniobrar contra la resistencia del Ministerio de Relaciones Exteriores, y aprovechó una visita estatal de él y el primer ministro a la India para obtener una decisión del Gabinete a favor de la exportación de armas y enviar el cargamento hacia el Caribe, el día antes de la Nochebuena de 1958.

La ironía del asunto es que el barco llegó a La Habana justo después de que Batista había huido y Castro estaba seguro en el poder. Lo que pretendía ser una mano amiga para Batista, terminó en manos del nuevo Gobierno Revolucionario, que en realidad ideológicamente debe haber estado mucho más cerca del partido noruego gobernante, que el hombre para quien esas armas estaban destinadas. Cuando el caso salió al aire en los medios de comunicación noruegos, creó una tormenta política en el Parlamento, con —otra vez, irónicamente— la oposición de la centroderecha que atacó al Gobierno laborista por violar las regulaciones noruegas de exportación de armas. El primer ministro dijo que lo sentía, pero, en virtud de la mayoría absoluta laborista en el Parlamento, la cuestión no tuvo consecuencias políticas inmediatas. Aunque es posible que haya contribuido para darle a la oposición la seguridad necesaria para relegar al Partido laborista de su completa hegemonía en el país.

Tal era la distancia paradójica entre la realidad política noruega y la latinoamericana, alrededor de 1960; ya sea de la izquierda y de la derecha en Noruega. El Partido laborista noruego perteneció a la Internacional Comunista hasta 1923, cuando se dividió en una facción revolucionaria comunista —que pasó a ser el Partido Comunista— y una facción mayoritaria de la socialdemocracia reformista. Pero los dirigentes de esta última, que tuvieron una posición hegemónica en la política noruega durante treinta años desde que fueron elegidos en el poder en 1935, tenían sus raíces políticas en los movimientos a favor del comunismo, como simpatizantes y admiradores de la gran revolución soviética.

Su posición de solidaridad internacional más importante antes de la Segunda Guerra Mundial, fue su apoyo incondicional al bando republicano durante la Guerra Civil española, cuando un número importante de noruegos se enlistó en las filas contra Franco. En Noruega hay una profusa literatura, tanto de ficción como de ensayo y periodística, sobre la Guerra Civil española (Moen y Sæther, 2011). Este tema, en muchos sentidos, puede ser visto como el preludio del interés noruego ulterior por América Latina, simplemente porque algunos intelectuales de la generación de la “Guerra Civil española” todavía estaban rondando cuando surgió el nuevo interés en América Latina, trayendo un mensaje con similitudes político-culturales. Para dar un ejemplo, la Ayuda Popular Noruega (APN), una de las ONG noruegas más activas en América Latina, se estableció en solidaridad con la lucha antifascista en España.

El antifascismo fue un emblema del movimiento obrero, que lógicamente lo condujo a adoptar una posición de liderazgo en el movimiento de resistencia contra los ocupantes alemanes entre 1940 y 1945. Pero durante la guerra, los conservadores y los socialistas se unieron bajo el mando simbólico del rey, en el Gobierno en el exilio establecido en Londres, así como en el movimiento de resistencia en casa, compartiendo su desprecio por las ideas fascistas. Uno de los aspectos de esta situación es que, un número significativo de nazis noruegos, huyendo del castigo de la post-guerra, terminó en la Argentina de Perón y en otros países sudamericanos. En ese momento, los sentimientos anti-estadounidenses en Noruega eran, sin duda, más comunes en la ultraderecha que entre los socialistas, como de hecho lo fue en España y, tal vez, incluso en Cuba y en otros lugares de América Latina.

El factor que desencadenó los sentimientos anti-estadounidenses entre la izquierda noruega, más allá del Partido laborista, fue la polémica decisión de unirse a la OTAN. Lo que se llamó “la tercera posición”, quiso mantenerse a distancia de ambas superpotencias, y se convirtió en un grito de batalla en el momento de la ardua disputa en torno de la exportación de armas a Batista. Este movimiento, gradualmente, absorbió otros movimientos de protestas de distintas tonalidades: contra la guerra en Argelia, en apoyo a las luchas anti-coloniales en el África y, poco a poco, también abarcó el apoyo a Cuba en el conflicto con el imperialismo estadounidense y a los movimientos izquierdistas —incluyendo a las guerrillas— en otras partes de América Latina. El Che Guevara se convirtió en una figura de unificación reconocida, antes y después del movimiento de 1968.

En esta situación, el Partido laborista noruego y el Gobierno tomaron una posición muy interesante. Mientras que la pragmática agenda política nacional dejaba poco espacio para el romanticismo y la alianza de la OTAN vinculaba la política exterior firmemente a Estados Unidos, el partido necesitaba algo para disuadir a la sección izquierdista. Acaso lo que encontraron fue iniciar la ayuda para el desarrollo internacional, primero a la India y luego a una serie de países africanos. Este fue un tema marginal en la agenda política noruega dominante, pero le dio al ala izquierda del partido algo en qué ocuparse y, así, podría aceptar con más facilidad tragarse un montón de sapos políticos (Pharo, 1986). De esta manera, el ala de izquierda —a menudo dominada por la Liga de la Juventud Laborista, en alianza con el Partido Socialista Popular (SF, fundado en 1963) y otros grupos izquierdistas— consiguió relativa vía libre para hacer del anti-imperialismo su agenda política favorita. La decisión táctica de impulsar la ayuda internacional a comienzos de los años 50, y el razonamiento detrás de ello, pueden explicar mucho de lo que les sucedió posteriormente a las relaciones de Noruega con América Latina.

Chile entre Allende y Pinochet: el aldabonazo para una nueva generación

La elección de Salvador Allende, en Chile, en 1970, el primer marxista explícito elegido como presidente en América Latina, generó simpatía general, tanto en Noruega como en el resto de Europa. A partir de la confrontación acaecida entre Chile y Estados Unidos (estos cada vez más críticos a las nacionalizaciones del Gobierno de Allende, de los estrechos vínculos con Cuba y con los países socialistas de Europa del Este) volvieron a poner a la política exterior noruega en una posición incómoda.

Los gobiernos noruegos de ese entonces —que rotaron varias veces entre la centroderecha y el laborismo— no tomaron ninguna posición explícita de apoyo al Gobierno de Allende, cada vez más amenazado. Algo muy diferente hizo, por ejemplo, el Gobierno de Olof Palme en Suecia. Una vez más, como en el caso de la guerra de Vietnam, surgió una diferencia significativa entre los partidos socialdemócratas de los vecinos escandinavos, por lo general estrechamente vinculados.

Suecia no era parte de la OTAN y podía —en virtud de su vocero, el primer ministro Olof Palme— tomar una posición clara contra Estados Unidos; mientras que Noruega estaba frenada por su lealtad estadounidense. Olof Palme ya había visitado Chile como ministro de Educación en el período previo a la elección de Allende (en 1969) y había establecido buenos contactos en el campo de Allende. La elección de Allende fue recibida con rápidas reacciones de solidaridad del Gobierno de Palme (primer ministro desde octubre de 1969), que convirtió a Chile en país beneficiario oficial de cooperación para el desarrollo (junto con Cuba, el único beneficiario en América Latina), e incluso promovió las exportaciones de armas suecas al país. Un gran contingente de personal de asistencia y voluntarios suecos trabajaron en Chile durante el Gobierno de Allende, dejando como resultado una fuerte impronta en las relaciones suecas con América Latina —y no menos importante en las ciencias sociales (ver: Camacho Padilla, 2007).

Noruega, un país con una tradición de amplio consenso político acerca de su política exterior pro-OTAN y pro-Estados Unidos, como caso de excepción, estuvo dividida políticamente respecto a la elección del presidente Allende y las políticas que él estableció. Mientras que el principal periódico noruego Aftenposten, por entonces estrechamente vinculado al Partido conservador, expresó fuertes temores ante el gobierno “de inclinación comunista”; el principal periódico perteneciente al Partido laborista, Arbeiderbladet, tomó una posición totalmente opuesta, de apoyo entusiasta. El embajador noruego en Santiago de Chile, en sus informes políticos, dio una imagen muy negativa del Gobierno de Allende, reflejando claramente la visión de la oposición del ala derechista. La opinión del embajador coloreó la política exterior de Noruega vis-à-vis este país lejano con el que hubo muy escasos vínculos durante el Gobierno de Allende. En fuerte contraste con Suecia, Noruega solo tuvo un par de iniciativas de cooperación menores con el Chile de Allende, que no habían prosperado antes del golpe de Estado de Pinochet en 1973.

Los gobiernos noruegos tuvieron varias idas y vueltas entre la centroderecha y el laborismo a principios de los 70, debido al polémico referéndum sobre el ingreso a la CEE (lo que actualmente sería la Unión Europea). Cuando Allende fue electo, en septiembre de 1970, Noruega tenía un ministro de Relaciones Exteriores de tendencia derechista conservadora (Svenn Stray). Después de dos cambios gubernamentales, el partido laborista volvió al Gobierno en octubre de 1973. En uno de sus primeros discursos ante el Parlamento, ya dominado por del Gobierno laborista, el nuevo ministro de Relaciones Exteriores Knut Frydenlund, admitió el error político de no haber simpatizado con el Gobierno de Allende: “Una lección a extraer de los acontecimientos en Chile es que nuestra solidaridad con las fuerzas democráticas y progresistas no debe llegar demasiado tarde”.

El lento movimiento del Partido laborista hacia una posición de defensa de Allende también puede haber estado influenciado por un grupo relativamente pequeño, pero pregnante, de intelectuales noruegos que visitaron Chile durante el período de Allende y, además, uno de ellos era corresponsal de Arbeiderbladet en Chile. Su antología empática con las estrategias socialistas de Allende, publicadas poco antes del golpe de Estado, fueron una fuente de inspiración importante para los trabajadores de la solidaridad y los académicos (ed. Hareide, 1973).

En 1973, con el golpe de Pinochet respaldado por los Estados Unidos, las cosas comenzaron a cambiar. El comportamiento de la Embajada de Noruega en Chile contribuyó a esto de un modo paradójico. Mientras que Edelstamm, el embajador sueco, actuando según las instrucciones personales directas de su amigo el primer ministro Palme, abrió las puertas de la Embajada, y así permitió que miles de simpatizantes de Allende pidieran asilo; Fleischer, el flamantemente embajador noruego, parece haber compartido las opiniones derechistas de su precursor e hizo exactamente lo contrario que su colega sueco: cerró las puertas. Pero esto provocó una decisión interesante cuando el señor Frydenlund asumió como ministro de Relaciones Exteriores un mes después del golpe de Estado: sustituyó a Fleischer por Frode Nilsen, con un claro mandato de admitir a los perseguidos por la Junta Militar en la Embajada, relegando completamente a Fleischer. Nilsen hizo grandes esfuerzos para sacar de las cárceles de Pinochet a los detenidos con más riesgo para su vida, les abrió la Embajada y envió a muchos de ellos como refugiados políticos a Noruega. Desde entonces, es considerado como un héroe entre los chilenos en Noruega (Nilsen, 1993).

La llegada de varios cientos refugiados chilenos a Noruega, aunque en un número mucho menor que a Suecia, fue el primer gran impulso del movimiento de solidaridad noruego con América Latina. Estos eran refugiados altamente politizados que, por lo general, encontraron sus aliados naturales en la sección de izquierda del espectro político noruego, fomentando mayor solidaridad, aunque también encontraron aliados en los círculos académicos. Para muchos jóvenes noruegos, nacidos políticamente como parte del 68 y el movimiento estudiantil, Chile junto con los movimientos anti-dictadura en otros países latinoamericanos, se convirtió en un aldabonazo.

El movimiento de solidaridad se organizó, centrándose específicamente en Chile, y luego en torno al Comité noruego de Solidaridad con América Latina (Latin America Groups, LAG), en las secciones locales de todo el país. Este movimiento contó con el apoyo de la dirección del Partido laborista, que ahora ya no está en la misma posición hegemónica, pero que sigue siendo, con mucho, el mayor partido político que alterna en el rol de gobierno y oposición. En este aspecto, un papel importante fue el desempeñado por Reiulf Steen, líder del Partido laborista durante varios años, quien se casó con una ex-viceministra del gabinete de Allende, Inés Vargas, y se enamoró tanto de ella como de su país (Steen, 1988).

Legitimó el movimiento de solidaridad con Chile y América Latina dentro de su propio partido, en la política noruega dominante y en la academia, e hizo aceptable el poder manifestar fuertes sentimientos anti-estadounidenses en lo tocante a América Latina, como una especie de caso regional excepcional. Se pudo estar a favor de la OTAN y, a la vez, ser crítico con Estados Unidos en cuestiones latinoamericanas.

Reiulf Steen, que nunca llegó a ser primer ministro como normalmente se espera de un presidente nacional del Partido laborista, luego fue designado como Embajador de Noruega en Chile, gozando de una relación cercana con dirigentes políticos izquierdistas y personalidades de la cultura de todo el continente —entre ellos, el ganador del Premio Nobel Gabriel García Márquez.

El gran interés por Chile entre la izquierda política, y entre los jóvenes intelectuales, fue probablemente la razón principal por la que América Latina llegó a ocupar una posición destacada en estos círculos desde principios de los 70 en adelante, enfocándose en los movimientos políticos izquierdistas en general. Como resultado, por ejemplo, a América Latina le fue concedido un espacio amplio en uno de los principales proyectos intelectuales de izquierda publicados entre 1978 y 1983: los 7 volúmenes de PaxLeksikon.

Al mismo tiempo, un número importante de libros sobre América Latina se publicaron en noruego (Blakemore, 1966; Gerassi, 1968; Lindquist, 1969); aunque curiosamente, un clásico como el libro Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, publicado originalmente en 1971, tardó más de veinte años en ser publicado en noruego.

Un interludio cubano

Comparado con el acalorado debate intelectual acerca de Cuba en otros países europeos, hubo relativamente poco debate en Noruega durante los primeros años de la Revolución, aparte del libro ya citado de Finn Gustavsen (1966). El principal experto intelectual en relaciones Norte-Sur del Partido de Izquierda Socialista (SV), el profesor Tore Linné Eriksen, era sobre todo especialista en África. Sin embargo, fue seleccionado para escribir un epílogo a la edición noruega del clásico libro internacional sobre la Revolución cubana, de Huberman y Sweezy (1972); que en su mayor parte era un tributo a la Revolución, pero también reflejó el creciente debate intelectual sobre Cuba en el ala izquierda europea, en particular después de que Cuba saliera en defensa de la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968.

El apoyo a la Revolución cubana no cosechó muchas simpatías entre los principales socialdemócratas en Noruega (otra vez, diferente de Suecia). Sin embargo, a través de un proyecto de ayuda a Cuba en los 70, surgió un primer caso interesante de cooperación noruega para el desarrollo y política exterior en la línea de fractura entre la lealtad a Estados Unidos y los motivos más idealistas.

Entre septiembre de 1970 y marzo de 1972, hubo un debate político muy intenso en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Noruega, en NORAD (la Agencia Noruega para la Cooperación Internacional) y, de hecho, en el Parlamento, sobre una petición cubana para apoyar el desarrollo de infraestructura portuaria. El pedido era la respuesta a una invitación general hecha por Noruega en la UNCTAD (Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo), donde sostuvo que tenía buena disposición para considerar este tipo de proyectos, en parte como una forma de evitar las críticas a su actitud bastante negativa a las demandas de los países en vías de desarrollo para introducir un sistema preferencial para el transporte marítimo (que podría amenazar a la gran industria marítima noruega). Por consiguiente, ¿cómo responder cuando la solicitud venía de un aliado soviético cercano? Un fascinante relato de cómo este asunto, hoy casi olvidado, llegó hasta el núcleo de los principios y las contradicciones de la política exterior noruega, puede leerse en la tesis de maestría en Historia de Haakon Schaug (Schaug, 2000).

En este caso, las lealtades se trazaban entre el compromiso con una invitación difundida en la ONU, junto con la simpatía general de la izquierda con los logros de desarrollo impresionantes de Cuba y la confianza en las capacidades técnicas de la Isla, sumados a una diplomacia de Estados Unidos muy activa para desalentar la iniciativa. En realidad, fue el lado noruego (y no Estados Unidos), quien inició el diálogo político sobre este tema, por temor de provocar a la superpotencia si hacían algo en su patio trasero. Un argumento interesante es el esbozado por el Secretario de Estado noruego Arne Arnesen, del Partido laborista: “incluso Estados Unidos difícilmente contarían con un buen servicio si Noruega fuera percibida como un Estado satélite. Por esta razón, Noruega, en ciertos casos, debe permitirse tomar posiciones enfrentadas a Estados Unidos”.

Un importante diplomático estadounidense en Oslo, presuntamente, estuvo de acuerdo con esto. Sobre esta base, aunque con serias dudas, el proyecto -considerado por los cubanos como estratégica y políticamente importante-, fue aprobado. Pero el asunto no terminó ahí. El 13 de noviembre de 1975, dos días después de que Angola obtuviera su independencia histórica de Portugal, surgió una acalorada discusión en el Parlamento noruego sobre el apoyo continuado —y, de hecho, ampliado— al proyecto de las obras portuarias cubanas. Esto ocurrió en medio de los informes de la prensa, y las acusaciones del Partido conservador, diciendo que Cuba había intervenido militarmente en Angola. Incluso, el ministro de Relaciones Exteriores, el laborista Frydenlund —como todos los otros partidos, a excepción del partido de izquierda socialista— condenó el respaldo militar de Cuba al MPLA. El argumento era que Cuba había actuado bajo instrucciones soviéticas para intervenir en la guerra civil de Angola, y que en esas circunstancias Noruega no podía justificar un proyecto de ayuda a Cuba.

Este alegato fue rechazado enérgicamente por el gobierno cubano y por el ala izquierda de Noruega; pero fue en vano. Lo que sabemos ahora es que Cuba, “a pesar” de que los soviéticos no querían, unilateralmente decidió apoyar al movimiento de liberación angolano (MPLA) contra el Apartheid sudafricano y la intervención de Estados Unidos, pues Fidel Castro reaccionó ante un pedido desesperado de ayuda del líder del MPLA, Agostinho Neto. Luego, esta intervención fue aclamada por Nelson Mandela y muchos otros, no solo como decisiva para la lucha por la descolonización de Angola, sino también para la lucha contra el Apartheid en Sudáfrica y la liberación de Namibia. Estas luchas, más tarde, serían enérgicamente apoyadas por Noruega; pero el gobierno en ese momento falló, al no darse cuenta del papel históricamente importante desempeñado por los cubanos.

La mayoría de centroizquierda decidió continuar con el proyecto a pesar de esto, pero rechazó una propuesta para llevarlo a una segunda fase, que implicaría el apoyo a la construcción de nuevas instalaciones portuarias en la región este de la Isla, que ya se habían diseñado en la primera fase. El fantasma de Angola se había hecho imposible de contener. La decisión de iniciar la cooperación con Cuba también puede verse en el contexto de cierto grado de politización del debate noruego sobre la cooperación para el desarrollo, en el que el laborismo y la izquierda reclaman la importancia de trabajar con regímenes que impulsasen “políticas de desarrollo socialmente justas”. Cuba fue considerada, claramente, como un ejemplo de esto, mientras que los partidos de centroderecha —instigados por Estados Unidos— se pronunciaron en contra de la colaboración con un régimen comunista y pro-soviético (Engelsen Ruud y Alsaker Kielland, 2003).

En definitiva, una coalición de centroizquierda en Noruega apoyaría un régimen izquierdista en América Latina a pesar de la desaprobación de Estados Unidos, pero esto dejaba de ser así cuando se percibía que los principales intereses geoestratégicos estadounidenses estaban en jaque. Lo que sabemos a partir de Piero Gleijeses (op. cit.) -quien posee la documentación más completa del contexto internacional del conflicto de Angola-, es que fue una decisión personal del Secretario de Estado Henry Kissinger involucrar militarmente a Estados Unidos en Angola contra el nuevo gobierno del MPLA, desoyendo los consejos de los expertos en Angola y África de su propio Departamento de Estado. También sabemos que Frydenlund, el Ministro de Relaciones Exteriores de Noruega, era un estrecho colaborador y un gran admirador de Kissinger. Esto fue confirmado por un asesor político que, en ese momento, lo acompañaba a las reuniones con Kissinger, en Washington. Conociendo el fervor de Kissinger por combatir a las fuerzas cubanas en Angola, debe haber dejado una fuerte impresión en su par noruego, que dadas las circunstancias no vio ninguna otra alternativa que suspender el proyecto cubano cuando la primera fase se hubiera terminado.

Los sandinistas y el movimiento de solidaridad noruego: de una posición política marginal a una predominante

El próximo resurgimiento del debate sobre América Latina en la política noruega llegó con la Revolución sandinista en Nicaragua, en 1979, y las luchas de liberación que siguieron su ejemplo en otras partes de Centroamérica en los años 80. América Central era bastante desconocida en Noruega hasta el terremoto en Guatemala en 1976, que provocó un amplio apoyo de la sociedad civil para la reconstrucción. Un terremoto aún más devastador, en 1972, destruyó Managua, la capital nicaragüense, pero no provocó una reacción similar. El autor de este capítulo fue el único periodista noruego que cubrió la Revolución en Nicaragua, y subsiguientemente, analizó las particularidades del movimiento sandinista y el éxito de la insurrección (Bye, 1982).

Al igual que en Chile bajo Allende a principios de los 70, Noruega bajo un gobierno laborista —a diferencia de Suecia, bajo un régimen de centroderecha— no pudo reaccionar rápidamente a la Revolución sandinista. Paradójicamente, solo después de que el Partido laborista perdiera las elecciones ante los conservadores, en 1981, comenzaron a suceder algunas cosas, como está muy bien documentado en mi libro La Paz Prohibida (Bye, 1991).

En primer lugar, el Partido laborista, al pasar a la oposición, vio la necesidad de radicalizar algunos aspectos de su política exterior, en particular las luchas de liberación en África del Sur, Palestina y Centroamérica, en una tentativa por atraer el apoyo de los jóvenes que participaban activamente en los movimientos de solidaridad. El estado de ánimo arrebatador de la juventud políticamente activa en aquel tiempo estaba a favor de estas causas de liberación. El líder del Comité Internacional del Partido, Thorvald Stoltenberg, que hasta la derrota electoral había sido ministro de Defensa (y, desde 1987, ministro de Relaciones Exteriores), vio claramente la necesidad de rejuvenecer el partido, y fue muy explícito en ese aspecto. Invitó al autor de este capítulo, por entonces líder del Consejo de Solidaridad para Centroamérica, a presentar al Comité algunas propuestas de políticas concretas con respecto a América Latina.

La mayor parte de las secciones juveniles de los partidos políticos (incluso del Partido laborista —donde Jens, el hijo del señor Stoltenberg, era prominente), estaban asociadas al Consejo de Solidaridad. Se hicieron dos propuestas concretas, que pronto pasaron al Comité Central del Partido laborista: iniciar la cooperación para el desarrollo con el Gobierno sandinista, en Nicaragua, y apoyar la lucha de liberación en El Salvador.

La cooperación con Nicaragua se convertiría en un tema candente en el debate político nacional, mientras que el apoyo al movimiento popular que integraba la lucha por la liberación en El Salvador fue impulsado, principalmente, por el movimiento sindical y la rama femenina, junto a otros sectores del Partido laborista. La participación sindical representó una ruptura radical histórica de la tradición de la Confederación Sindical noruega de trabajar en estrecha alianza con el movimiento internacional de trabajadores dominado por Estados Unidos (la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres), obviamente bajo la orientación de los servicios de inteligencia estadounidenses, que en América Latina (y en otros lugares) habían estado en conflicto constante con la Federación Sindical Mundial, de orientación comunista (ver Wedin, 1985).

Sin embargo, el Partido laborista estuvo en la oposición, sin poder establecer la agenda política nacional, durante cinco años, entre 1981 y 1986. Por lo tanto, la segunda dimensión del debate sobre Centroamérica en ese período fue el compromiso creciente entre los partidos políticos centristas (el Partido Popular Cristiano, el Partido de Centro y el Partido Liberal), a favor del apoyo a las fuerzas de izquierda centroamericanas, y su “apropiación” de esta cuestión a través del Comité de Relaciones Exteriores en el Parlamento. Durante los dos primeros años, después de 1981, el Partido conservador formó un gobierno minoritario, dependiente del apoyo parlamentario de los tres partidos centristas. A través de los estrechos vínculos con dos poderosos movimientos de la sociedad civil comprometidos a trabajar con las fuerzas de liberación en Centroamérica, el movimiento eclesiástico y el movimiento campesino, y también impulsados por sus secciones juveniles, estos partidos —con una política generalizada de proporcionar apoyo parlamentario al Gobierno conservador respecto a Centroamérica- se aliaron con el laborismo y la izquierda para forzar las decisiones a través del Parlamento, que eran muy resistidas por el gobierno. Cuando los tres partidos centristas se integraron al Gabinete en 1983, por lo general mantuvieron la misma posición; incluso siguieron permitiendo que el Comité de Relaciones Exteriores formulara políticas en contra de la voluntad del primer ministro Willoch y de su ministro de Relaciones Exteriores -el implacable pro-estadounidense Svenn Stray.

Dos elementos contribuyeron a esta situación: primero, que la política estadounidense hacia Centroamérica durante el régimen de Reagan (que apoyó a los Contras en Nicaragua y a las fuerzas de ultraderecha vinculadas a los escuadrones de la muerte, en El Salvador), era demasiado provocativa para los pacíficos políticos noruegos que habitualmente impulsaban la justicia social. No obstante, su simpatía en los conflictos centroamericanos, en general, estaba del lado de los enemigos de Estados Unidos. La postura más pragmática adoptada por los diplomáticos estadounidenses en el caso del proyecto de ayuda a Cuba a principios de los años 70, bajo el aún más pragmático Secretario de Estado William Rogers, ahora había pasado a la historia, —un proceso que comenzó cuando Henry Kissinger se convirtió en Secretario de Estado en 1973. Fue sustituido por los intentos agresivos de diplomáticos de Estados Unidos que procuraron “torcerles el brazo” a estos políticos, presentando su caso en Centroamérica como una lucha por la libertad contra el comunismo. Pero estos intentos, sencillamente, fueron repudiados con hondo dramatismo en Noruega.

El otro elemento fue que el Comité de Relaciones Exteriores realizó una visita a Centroamérica, haciendo escala en Washington de camino a casa. Después de haber visto las cosas por sí mismos, la mayoría de los miembros —incluso los conservadores—, terminaron simpatizando con los partidarios sandinistas y de la guerrilla en El Salvador y Guatemala, y con la correspondiente antipatía por las políticas de Estados Unidos. Algunos giros curiosos de los acontecimientos se sumaron a esta situación. El ministro de Relaciones Exteriores, Stray, hizo una declaración increíblemente torpe en el Parlamento, más o menos justificando que Estados Unidos haya minado un puerto nicaragüense, dándole, así, municiones extras a la oposición. El clímax se alcanzó en 1984, cuando el Gobierno noruego —contra la fuerte resistencia del primer ministro— envió un “Barco de Paz” a Nicaragua cargado con ayuda humanitaria, pero sobre todo con solidaridad simbólica a favor del Gobierno sandinista en la guerra no declarada con Estados Unidos; un evento que llamó la atención de los medios de prensa internacionales y que enfureció aún más a los seguidores de Reagan.

De hecho, algunos de los principales miembros laboristas del Comité fueron más reticentes acerca de apoyar a estas fuerzas de izquierda que los parlamentarios centristas. Pero cuando el Partido laborista volvió a las oficinas del gobierno en 1986, el escenario estaba listo para aprobar las políticas definidas por el partido durante la oposición en 1982, posteriormente adoptadas por los partidos centristas. Nicaragua pasó a ser uno de los principales países beneficiarios de la cooperación para el desarrollo y se ofreció ayuda humanitaria significativa a las organizaciones que trabajaban estrechamente con las fuerzas de liberación en otras partes de Centroamérica.

La evolución de las cifras de ayuda a Nicaragua es muy interesante. De una situación de cooperación cero hasta la Revolución sandinista, la ayuda aumentó gradualmente a lo largo de la década. A mediados de los años 80, la ayuda nórdica representaba alrededor del 30 por ciento de la ayuda de la OCDE a Nicaragua y, en 1989, el último año de Gobierno sandinista antes de la derrota electoral, había aumentado a un 81 por ciento, algo impresionante. El aumento de la cooperación noruega fue enorme. En 1985, la cuota de Noruega en la cooperación nórdica era del 19 por ciento, cuadruplicándose en total y, en 1988, aumentó al 22 por ciento. También es interesante observar que hasta un tercio del total de la ayuda noruega a toda la región centroamericana durante los 80 se canalizó a través de ONGs, imprimiéndoles un sello decisivo en la dirección de esta ayuda a favor de una sociedad civil más radicalizada. Unas 15 ONGs noruegas distintas estaban vinculadas con la ayuda a Centroamérica, a comienzos de los años 90.

La ayuda nórdica total a Centroamérica, de 1979 a 1990, ascendió a 756 millones de dólares. Más de la mitad proporcionada por Suecia; mientras que Noruega dio un total de 175 millones. La mayor parte de esta suma se aportó durante la segunda mitad del período cuando los enfrentamientos políticos y militares estaban en su punto culminante. Esto fue, sin duda, un apoyo sólido a las fuerzas progresistas en la región; consideradas por los Estados Unidos, casi en su totalidad, como contrarias a sus intereses estratégicos.

Así, Noruega, como parte de la comunidad nórdica, se había convertido en un socio de cooperación para el desarrollo (cada vez más vital) para el Gobierno sandinista y otros proyectos políticos estrechamente asociados. Tomando nota de esto, los funcionarios de la administración Reagan (responsables de su política centroamericana), estaban furiosos; se exasperaron porque consideraron que uno de sus aliados de la OTAN más leales y confiables actuaba diametralmente en contra en uno de sus casos de política exterior más cruciales. Esto sucedió justo cuando la administración Reagan estaba lanzando “una gran campaña diplomática y psicológica a fin de ganar apoyos (en Europa y América Latina) para nuestra política” en Nicaragua, según un documento secreto citado en mi libro de 1990. Elliott Abrams, Secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental y uno de los promotores más entusiastas de la política de Reagan en Centroamérica, dijo que se trataba, directamente, de una acción desleal de un país aliado que incluso actuaba contra la tendencia general de Europa Occidental de reducir la ayuda a Nicaragua. “Estábamos sorprendidos”, dijo Abrams, “que cuanto más represiva se volvía Nicaragua, más dinero obtenía de Noruega. Y todavía no podemos entender por qué un país democrático le da su escasa ayuda externa a un gobierno comunista”.

Nicaragua se convirtió en el gran punto de encuentro para el movimiento de solidaridad de Noruega en los años 80, con cientos de jóvenes idealistas comprometidos con ese país. Cuando se anunció otra decisión muy polémica, también contrarrestada intensamente por los Estados Unidos, (la de enviar un Cuerpo de Paz noruego a Nicaragua), nada menos que 1,100 jóvenes noruegos se registraron como candidatos, en una semana. El Cuerpo de Paz nunca había experimentado, en su larga historia, algo parecido a esta respuesta. Este entusiasmo se reflejó también en varias tesis de maestría y en una antología editada por Sandved y Skårderud, una colección de artículos que cuentan la historia de la estrategia original y exitosa para derrocar la odiada dictadura (de Somoza) y los sueños sobre la construcción de una sociedad completamente diferente, “un socialismo nicaragüense” (eds. Sandved y Skårderud, 1981).

Por supuesto que hubo voces alternativas, incluso en el movimiento de solidaridad noruego. Un destacado disidente que se inició en el movimiento de solidaridad y continuó en el ámbito académico, fue Stener Ekern (autor del capítulo 9), quien se convirtió en uno de los principales críticos de los sandinistas y, de lo que él consideraba, sus políticas cada vez más totalitarias y de rechazo a los derechos humanos, en particular entre las minorías de la costa atlántica (Ekern, 1986). Se hicieron varios estudios de la situación de los derechos humanos en el país; uno de ellos fue realizado por Jan Egeland (un político laborista, que luego fue muy renombrado) y un académico prominente, el profesor Bernt Hagtvet (Egeland y Hagtvet, 1986).

La situación de los Miskitos y otros grupos indígenas en la costa atlántica de Nicaragua llamó mucho la atención en Noruega, también académicamente. Uno de los investigadores internacionales más reconocidos en este tema y, en particular, acerca del régimen autónomo que finalmente ganó en la costa atlántica, es el antropólogo social noruego Hans Petter Buvollen. El libro del que es co-autor sigue siendo una contribución modelo sobre este tema (Frühling; Gonzales y Buvollen, 2007).

El espacio logrado por Noruega en Centroamérica, a través de su activa cooperación para el desarrollo y los Premios Nobel de la Paz, concedidos a dos actores centroamericanos destacados (al presidente de Costa Rica, Oscar Arias, en 1987 -por su mediación en el acuerdo de paz centroamericano-, y a la dirigente maya de Guatemala Rigoberta Menchú, en 1992 -en reconocimiento a la lucha histórica de las poblaciones indígenas de América Latina), impulsó a Noruega a una posición prominente cuando se negociaron los acuerdos de paz en El Salvador y, particularmente, en Guatemala. Pero de a poco, a medida que los medios de comunicación internacionales perdieron interés por Centroamérica, cuando supuestamente se había alcanzado la paz, la región también comenzó a desaparecer de la agenda política noruega, de las prioridades noruegas de ayuda externa y, de hecho, del interés académico noruego. La derrota electoral de los sandinistas, en 1990, y los acuerdos de paz que pacificaron el resto de la región, debilitaron aquella atracción magnética y se fue evaporando la solidaridad internacional.

Yo realicé el siguiente pronóstico acerca de esto a mediados de los años 90, luego de concluir que el compromiso del Partido laborista con Centroamérica en los años 80, en fuerte oposición a los intereses de Estados Unidos, parecía ser un interludio idealista a su real politik en relaciones exteriores, generalmente, pro-estadounidense: “Hemos visto cuán decisiva ha sido la cooperación para el desarrollo para las relaciones generales de Noruega en la región (latinoamericana) en los últimos 15 años. Si continúan las tendencias actuales, de una fuerte reducción en la cooperación para el desarrollo, puede implicar que, en última instancia, haya muy poco que escribir sobre las relaciones noruego-latinoamericanas en el próximo siglo” (Bye, 1995).

Pero estaba equivocado. Cuando varios países sudamericanos giraron a la izquierda (a principios del nuevo siglo, a partir de la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998), y se enarboló la idea del socialismo del siglo XXI, surgió otra oportunidad para que la juventud europea se solidarizara con América Latina. Y una vez más, la combinación del movimiento de solidaridad y los intelectuales comprometidos políticamente en Noruega, lograron influenciar —hasta cierto punto— a los operadores de la política exterior para que impulsaran sus propuestas.

En 2005, hubo un cambio histórico en las alianzas políticas noruegas, cuando el Partido laborista, por primera vez en su historia, aceptó un gabinete de co-participación con otros partidos; y también, por primera vez en la historia, otorgó plazas en el gabinete al Partido Socialista de izquierda (SV), la continuación del previamente mencionado SF. Entonces, Erik Solheim, ex-presidente del SV, se convirtió en el ministro de Cooperación Internacional (y, posteriormente, también de Medio Ambiente).

Una de las opciones que vio para reinterpretar la política exterior de Noruega hacia el sur, fue América Latina. Sin embargo, en su libro sobre este periodo, reconoce que le tomó algún tiempo descubrirlo: “Cuando asumí como ministro de Cooperación para el Desarrollo en 2005, ingresé con la clara percepción de que América Latina era un continente por el que no necesitaba preocuparme mucho […] Vegard Bye, un especialista en América Latina, me hizo pensar de manera diferente. Me pidió que abriera los ojos” (Solheim, 2013: 295).

Formó una comisión amplia, principalmente de miembros de la comunidad académica, en la que se elaboraron propuestas de políticas para las iniciativas noruegas en América Latina, muchas de las cuales se llevaron a la práctica. En realidad, este hecho puede haber sido uno de los escasos ejemplos de impacto académico fuerte en la formulación de políticas exteriores noruegas. El ministro Solheim estaba particularmente interesado en la nueva ola izquierdista en el continente, que promocionaban políticas de regulación pública de la economía, la redistribución del poder político y los recursos económicos.

El señor Solheim impulsó programas de cooperación importantes con varios de los nuevos gobiernos de izquierda, en parte bajo las críticas de la oposición en el Parlamento, que quería atenerse al enfoque tradicional de la cooperación para el desarrollo en África y Asia. Durante el régimen rojo-verde, la asignación regional fue ampliada de Centroamérica hasta cubrir América Latina entera; y la asignación total para América Latina aumentó casi un 50 por ciento. Las políticas sociales, los derechos humanos, el desarrollo, la democracia y el buen gobierno, se encontraban entre las actividades apoyadas. De hecho, al poner en marcha el gran Fondo Amazónico para combatir el cambio climático, mediante el apoyo a la protección de los bosques tropicales en la Amazonia, junto a las co-inversiones públicas en el sector energético, Brasil se convirtió en el país número uno de la cooperación para el desarrollo de Noruega.

Como se mencionó en el capítulo 1, la estrategia para una cooperación económica, política e, incluso, internacional más amplia con Brasil se elaboró de forma coordinada entre no menos de cinco ministerios noruegos, con la siguiente perspectiva: “Brasil y Noruega deben desarrollar una asociación estratégica en áreas donde creemos que tenemos fuerzas y capacidades específicas para ofrecer el uno al otro, y donde la cooperación será mutuamente enriquecedora y contribuirá a un crecimiento y desarrollo positivos para ambos países. La cooperación tendrá un carácter de largo plazo, basado en el conocimiento y la responsabilidad por la sustentabilidad social, medioambiental y económica. A través de una estrecha colaboración en cuestiones internacionales, Brasil y Noruega contribuirán conjuntamente para encontrar soluciones a los desafíos globales” (Norwegian Ministry of Foreign Affairs, 2011).

Asimismo, la floreciente economía brasileña, durante la primera década del nuevo siglo, se convirtió en un imán para el sector empresarial noruego. Noruega se convirtió en el sexto país inversionista más importante en Brasil. Detrás de todo este interés político y empresarial en Brasil, evidentemente, estaba el eslogan de Lula, con una referencia particular al modo que Noruega había administrado sus ingresos provenientes del petróleo: “O modelo noruegues”. El interés tan peculiar de Lula por Noruega puede haber sido provocado por la traducción al portugués de un manual clásico sobre historia noruega que abarca los años formativos que decidieron el modelo de bienestar noruego, basado en el compromiso histórico y el sistema de negociación tripartito entre trabajo, capital y Estado en los años 30, escrito por Berge Furre (2006). Furre había sido historiador pero, posteriormente, fue profesor de Teología en la Universidad de Oslo y, durante muchos años, líder del Partido Socialista de izquierda. Después de dejar la política, el profesor Furre se interesó en el estudio de dos fenómenos en Brasil: las religiones carismáticas y el Movimiento de los Sin Tierra (MST).

Un profesor universitario brasileño en relaciones internacionales, Jorge Barbosa de Oliveira, decidió traducir este libro al portugués para inspirar a la flamante administración de Lula en su búsqueda de un modelo de desarrollo brasileño. Y parece que el impacto del libro fue considerable. Uno de los colaboradores más cercanos de Lula, Tarso Genro, tuvo como primera responsabilidad, después de que Lula asumiera la presidencia en 2003, establecer un Consejo para el Desarrollo Económico y Social basado, precisamente, en el modelo tripartito. Leyó el libro de historia del profesor Furre, y tuvo un conocimiento preciso y detallado de cómo había surgido “el modelo noruego”.

Como me dijo cuando lo entrevisté en el Palacio presidencial (Planalto), en Brasilia, en noviembre de 2003: “He tenido la oportunidad de estudiar mucho [la experiencia noruega], y la mayor parte de esto nos inspira. El modelo noruego se basa en un Partido socialdemócrata fuerte y en movimientos de trabajadores y campesinos poderosos. En un período de intensa agitación social, esto frenó el crecimiento del Partido comunista. El resultado fue un compromiso social casi mágico, que sentó los cimientos del modelo de bienestar social sobre el cual el país aún se basa” (Bye, 2010: 146).

A partir del análisis de las similitudes y diferencias entre Noruega en los años 30 y Brasil en los 2000, él diseñó una estrategia política para la administración de Lula, que en gran medida fue implementada con éxito durante estos dos términos de 4 años. Una evaluación de la agenda política de Lula desde el comienzo de su mandato, se presenta en Bye (2004).

Además, Brasil se convirtió en un imán para los estudiantes y académicos noruegos, en parte debido a la preferencia especial por Brasil en el programa para América Latina del Consejo Noruego de Investigación (ver capítulo 1). En particular, las tesis de maestría (de las que hay 13) se centraron en las inversiones noruegas en Brasil, y en el tema de cambio climático. El trabajo académico, en gran medida, estaba enfocado en las estrategias de las diferentes fuerzas sociales e instituciones que median su interacción con el Estado.

El politólogo noruego Einar Braathen ha investigado la estrategia política del PT, a partir del interés por los “presupuestos participativos”, para luego vincular este tema de gestión típicamente urbano con problemas de pobreza, justicia social y políticas públicas (Braathen, 2003). Al trabajar mancomunadamente con científicos sociales brasileños, también estuvo tratando de introducir la experiencia brasileña con los presupuestos participativos a la coyuntura política noruega (Braathen, 2005). Otro politólogo, Simon Pahle, ha trabajado con sindicatos brasileños y se centró en cómo se han relacionado con los regímenes de comercio internacional y las cláusulas laborales, intentando explicar por qué han estado resistiendo a regulaciones que la mayoría considera beneficiosas para los movimientos de trabajadores (Pahle, 2014a y 2014b).

Fuerzas sociales/interacción estatal fue también el foco de la investigación en otras partes de América Latina (como, por ejemplo, el trabajo de Bull sobre movimientos sociales y los regímenes izquierdistas: Bull, 2013). También fue el enfoque en los proyectos gubernamentales. En Brasil, el Gobierno noruego financió un proyecto de cooperación entre las organizaciones de empleadores noruegas y brasileñas para fortalecer el diálogo social. También financió al Consejo Social y Económico en El Salvador, un cuerpo que se creó para fortalecer el diálogo entre los empleadores, el gobierno y otros actores sociales, luego del arribo al poder de Mauricio Funes, el gobierno respaldado por el FMLN, en 2009.

En su relación con El Salvador, el gobierno pudo construir relaciones a largo plazo entre el partido socialista de izquierda y el FMLN. No existieron esos lazos históricos con otros gobiernos de izquierda como el de Venezuela. Las relaciones oficiales entre Noruega y Venezuela permanecieron muy distanciadas, aparte del sector petrolero (con Statoil, la empresa noruega administrada por el Estado, entre las pocas multinacionales que se quedaron en el país cuando otras se fueron). Igualmente, el trabajo académico de los investigadores noruegos sobre la controvertida Revolución bolivariana fue bastante limitado. Una excepción es el trabajo de la antropóloga social Iselin Åsedotter Strønen sobre la Revolución bolivariana, vista desde las comunidades locales en los barrios pobres de Caracas. Ella sostiene que la Revolución bolivariana debe ser considerada como un intento de crear un nuevo orden sociopolítico y moral, tras el fracaso del modelo neoliberal elitista. Ella se centra especialmente en los complejos desafíos que enfrentan los consejos comunales en la aplicación de sus políticas (Strønen, 2014).

No obstante, si bien hubo poco trabajo académico, el “socialismo bolivariano” de Chávez llamó considerablemente la atención en el movimiento de solidaridad. Se publicaron dos monografías no-académicas sobre el proyecto de Chávez, que causaron un debate importante. En primer lugar, una documentación muy sólida y, en general, positiva del proyecto de Chávez —mientras todavía era relativamente exitoso— fue presentada por Eirik Vold (2013). Así como Vold se pasó diez años estudiando el proyecto en profundidad, una voz conservadora bastante rara en la literatura noruega sobre América Latina ofreció el análisis crítico correspondiente sobre Venezuela bajo Chávez. Fue escrito por quien luego fuera dirigente de los jóvenes conservadores, vinculado al think-tank conservador CIVITA, Kristian Tonning Riise (2013). Se basó en un veloz trabajo de campo y el uso de fuentes en inglés, fundamentalmente. Pero a pesar de esto, generó interés puesto que eran pocos los que publicaban críticamente sobre las debilidades, cada vez más evidentes, del proyecto bolivariano.

Otra área importante de las relaciones noruegas con América Latina, iniciada por el gobierno de centroizquierda en el poder, entre 2005 y 2013, también fue mantenida por el gobierno no socialista: se trata de la actuación, junto a Cuba, como facilitadora para las negociaciones de paz en Colombia, entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC. El hecho de que estas negociaciones se llevaran a cabo en La Habana, ha contribuido a la alianza muy cercana entre Cuba y Noruega sobre este asunto. La relación de amistad con Cuba ha tenido, además, otros aspectos importantes: Noruega pagó la factura de la brigada médica cubana que hizo un trabajo muy apreciado en Haití, tras el terremoto, y también ha empleado a Cuba como país de referencia regional y centro de cooperación técnica en el trabajo de prevención de desastres naturales. La Embajada de Noruega en La Habana es, en la actualidad (2015), el patrocinador extranjero más importante de eventos culturales en el país. La cooperación académica e institucional entre la Universidad de Oslo y las instituciones académicas y laboratorios de ideas cubanos tiene por objeto estimular pensamiento alternativo sobre el problemático futuro de Cuba. Un proyecto de investigación todavía en curso, dirigido por el autor de este capítulo, ha dado lugar a una serie de publicaciones sobre el proceso de reforma bajo Raúl Castro (Bye, 2012, 2014a, 2014b, 2015).

El no estar restringida por la “Posición Común” de la Unión Europea, que ha privado a muchos países europeos de las relaciones de confianza con un gobierno bastante susceptible, también ayudó a darle a Noruega una posición diplomática privilegiada en La Habana, sin ocultar sus diferencias en cuanto a derechos humanos y democracia. Es interesante observar que el Canciller actual, el conservador Børge Brende, fue el primer representante gubernamental noruego de ese rango en la historia en visitar Cuba, en febrero de 2015, viajando a raíz del nuevo diálogo entre La Habana y Washington. La razón principal por la cual el gobierno de centroderecha continuó la misma política hacia Cuba consiste, probablemente, en que los dos países tienen la responsabilidad común de facilitar las negociaciones de paz de Colombia. Con el cambio drástico efectuado por el Presidente de Estados Unidos acerca de las relaciones entre Cuba y su país, la posición noruega en Cuba también perdió todo el carácter controversial que pudiera haber tenido antes, en Noruega.

Un campo particular de la investigación académica noruega en Cuba se encuentra en el ámbito de la antropología social. En los 90, un número considerable de tesis de maestría sobre diferentes aspectos de la sociedad cubana fueron producidas por estudiantes de Noruega. Estos estudios han proporcionado información valiosa sobre una sociedad caracterizada por la informalidad y, a menudo, el acceso limitado a la investigación social crítica y a las estadísticas confiables. Cuba es un país donde la antropología social ofrece un enfoque metodológico especialmente valioso. Probablemente, se podría haber hecho más para sistematizar la producción de conocimiento acumulado en estos estudios.

Una tentativa de conclusión

Cuando América Latina ingresó en la política noruega a principios de los 70, el escenario político y académico noruego estaba poco preparado para comprender, interpretar y responder a los eventos políticos de aquella lejana parte del mundo. Esto fue antes de que los mochileros comenzaran a recorrer ese continente, antes de que el realismo mágico latinoamericano de la literatura se volviera un tema común entre los amantes del libro, antes de que la música latinoamericana comenzara a acalorar los sentimientos rítmicos nórdicos. Incluso, fue antes de que los veraneantes noruegos comenzaran a viajar masivamente a España, y cuando muy pocas personas hablaban español (y, mucho menos, portugués). Los socialdemócratas noruegos seguían siendo incondicionalmente pro-OTAN y pro-Estados Unidos y, aunque había cierta desazón sobre el intervencionismo estadounidense en América Latina, les era muy difícil comprender cómo Estados Unidos, “llama de la libertad y la democracia”, podría ser considerado como un enemigo de los proyectos políticos progresistas.

La lealtad a Estados Unidos —en particular, cuando sus propios intereses geoestratégicos estaban en juego— era la espina dorsal de la política exterior noruega basada en el consenso. La falta de exposición a la realidad latinoamericana se reflejó, por lo menos, en cuatro sub-culturas profesionales noruegas, relevantes para la formulación de políticas: periodistas, diplomáticos y burócratas de cooperación internacional, académicos y políticos. Probablemente, hubo cierta simpatía con la Revolución cubana desde el principio, pero hubo pocas protestas cuando Estados Unidos rompió con Fidel Castro. El Che Guevara puede haber sido un símbolo de la generación de 1968, pero aparte del movimiento estudiantil, tuvo un impacto muy limitado en la academia y la política noruega dominante. Cuando el drama chileno se desplegó durante el régimen de Allende, es posible que hubiera cierta simpatía generalizada con ese proyecto entre un grupo de políticos y científicos sociales, pero ningún compromiso verdadero y muy poca investigación académica.

Incluso después del golpe de Estado de Pinochet, que tuvo un hondo impacto en la cultura política y académica en Noruega, había muy pocos intérpretes a la hora de “internalizar” esto dentro de alguna de las sub-culturas decisivas mencionadas para la formulación de políticas. En la vecina Suecia fue diferente, porque tuvo como primer ministro a un crítico acérrimo de los Estados Unidos (Olof Palme), y porque impulsó un programa de cooperación que llevó a cientos de jóvenes suecos a Chile como simpatizantes de Allende (frente a solo un puñado de noruegos). Cuando volvieron a Suecia tras el golpe de Estado, penetraron efectivamente las cuatro sub-culturas mencionadas y, así, cambiaron el discurso político, la cobertura de los medios, la diplomacia sueca y la cooperación para el desarrollo y, además, el compromiso académico con América Latina, colocándolo en una dirección claramente izquierdista y crítica de Estados Unidos.

Hasta los años 80, focalizarse en la izquierda latinoamericana era un fenómeno político y académico marginal. Sin embargo, América Latina se convirtió repetidamente en un caso de prueba de los límites de la lealtad hacia Estados Unidos; una línea divisoria entre pragmatismo e idealismo en política exterior. Probablemente esta es la razón principal de por qué el interés en América Latina, incluso entre científicos sociales, en definitiva, ha sido mayor en la izquierda política que en la derecha.

El “impacto Allende” en los jóvenes científicos sociales suecos en los 70 tuvo un paralelo en el “impacto sandinista” en Noruega en los 80. En poco más de 10 años, los cuatro grupos profesionales mencionados de importancia para la formulación de la política exterior habían experimentado un cambio generacional y habían pasado de una amplia lealtad a Estados Unidos hacia actitudes bastante críticas para con la política exterior de ese país: los periodistas que cubren asuntos internacionales, los diplomáticos que están ascendiendo a cargos superiores, y los políticos involucrados en política exterior. Estos grupos fueron influenciados, como estudiantes de política y relaciones internacionales y como lectores de artículos académicos, por una nueva generación de universitarios. La “generación de la solidaridad”, los que fueron formados por la guerra de Vietnam y el golpe de Estado en Chile, ahora, han establecido una clara hegemonía en la formación de las premisas de las políticas noruegas para América Latina (tal como sucedió en el caso de las cuestiones sobre el Sur de África, Medio Oriente y Norte-Sur, en general).

El paulatino alejamiento noruego de Estados Unidos, una década antes de que terminara la Guerra Fría, también fue causado por una serie de paradojas. La venta de municiones a la Cuba de Batista en sus últimos días de batalla, se convirtió en un escándalo político que debilitó al Gobierno laborista y, tal vez, abrió algunos ojos acerca de los aspectos problemáticos de apoyar la postura de Estados Unidos en América Latina. El hecho de que la percepción diplomática noruega del Chile de Allende fuera tan de extrema derecha, produjo otro escándalo político que, eventualmente, convirtió a Noruega en uno de los principales aliados de las víctimas políticas de Pinochet. Y los esfuerzos enormes de la administración Reagan para convencer a los políticos noruegos sobre la justificación de su guerra contra los sandinistas y, en general, contra las fuerzas de izquierda en Centroamérica, también tuvieron el efecto contrario de lo que pretendían.

El hecho de que el laborismo estaba en la oposición y de que quería rejuvenecerse atrayendo a jóvenes idealistas, y que los conservadores dependían del apoyo parlamentario de las fuerzas centristas que desarrollaron una gran simpatía hacia la lucha por la justicia social en Centroamérica, contribuyó a una confrontación política portentosa entre Noruega y Estados Unidos, sobre el tema. La diferencia entre las percepciones estadounidenses y noruegas acerca del conflicto centroamericano —además de los intereses geoestratégicos diferentes— probablemente, también sea un reflejo de la historia social noruega reciente y la identificación general de todo el espectro político en Noruega con la lucha organizada y colectiva de los pueblos pobres a favor de mejoras socioeconómicas, en lugar de la perspectiva individualista que ha sido el enfoque común estadounidense.

Tres cuestiones políticas de particular relevancia en el debate político noruego (derechos humanos, derechos indígenas y cambio climático), claramente, han dejado una huella en el interés político y académico noruego por América Latina y han determinado la dirección de este interés, con frecuencia entendido como referente a cuestiones más cercanas a la izquierda que a la derecha. Del mismo modo, las críticas a los derechos humanos de los regímenes izquierdistas fueron, paralelamente, promovidas desde la derecha.

Como intenté demostrar en mi libro de 1990, el anti-comunismo había llegado a ser definido tan estrechamente por la drástica administración Reagan que, de repente, perdió su fuerza significante —como base de las actitudes pro-estadounidenses— en la política exterior noruega hacia América Latina. Desde ese momento, en general, Noruega ha definido sus políticas en América Latina independientemente de, y en muchos casos en oposición a, las políticas de Estados Unidos.

Después del cambio de siglo, a partir de otro régimen estadounidense resueltamente anti-comunista, pero sin el efecto de la Guerra Fría, fue relativamente fácil para la alianza política de izquierda en Noruega salirse con la suya frente a la oposición de derecha y cooperar con la izquierda en Latinoamérica. Eso fue en parte así, porque también abrió la puerta a una ola de oportunidades de inversión noruegas en un momento en que las grandes corporaciones noruegas, dominadas por el Estado, comenzaron a globalizarse fuertemente.

En realidad, hoy las relaciones noruego-latinoamericanas están mucho más bajo la égida de los negocios que del movimiento de solidaridad. Los académicos desempeñaron un papel importante en la definición de esta nueva agenda política y, además, lo hicieron al participar en la investigación en ciencias sociales. Pero aquí hay otra paradoja: al tiempo que el apoyo público a las ciencias sociales en América Latina había logrado construir un sólido capital académico, la financiación necesaria para mantenerlo y desarrollarlo aún más se está agotando.

En 2015, pudo haber una situación similar a la que teníamos en 1990: que el interés académico noruego por América Latina ha alcanzado un pico, desde donde es posible que haya una rápida carrera cuesta abajo, y que esto coincida con nuevos tiempos difíciles para los proyectos políticos izquierdistas en la región. El tiempo demostrará si, esta vez, el pronóstico es más acertado.

Nota:

*El presente texto fue tomado del libro Pensamiento social noruego sobre América Latina.

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