La libertad de expresión no es trofeo

La experiencia de la libertad de expresión es transformadora, es movilizar el presente, porque sin libertad no hay presente ni futuro.
(freepress.net)

6Reflexionar sobre la libertad de expresión es adentrarse en un terreno complejo, pues, de entrada, existen diversos puntos de vista. En este trabajo, proponemos un ejercicio en el que buscamos escapar de los acontecimientos históricos, documentos internacionales y formulaciones en el campo de las ciencias jurídicas.

Al convocar a la libertad de expresión, nuestro pensamiento va más allá de las leyes, reglamentos, decretos y códigos porque entendemos que se trata de un concepto basado en la experiencia relacional, una condición que impone contradicciones con el entramado jurídico. Independientemente de las intenciones, las leyes tienen límites; son una forma de decir, un deber-ser; una forma de control y de castigo. Incluso las reglas que dicen garantizar la libertad estarían atrevesadas por aspectos que parecen asegurar lo totalmente opuesto. De hecho, las leyes que tienen la libertad de expresión como un objeto estarían allí para que olvidemos los mecanismos de vida de la censura. Algunas leyes, incluidas las de regímenes democráticos, son como trofeos para reconocer los impedimentos a la libertad. En la práctica, ni la libertad de expresión ni la censura se relacionan con el sesgo legal.

El largo y autoritario proceso colonial de formación de la nación brasileña dio lugar a una especie de cultura del impedimento y a la domesticación de los silencios, en lugar de la palabra libre. Lima (2011), por ejemplo, en la reproducción de parte de uno de los sermones del padre AntônioVieira, 1640, en Bahía, recuerda las raíces de estos impedimentos.

“El peor accidente que tuvo Brasil en su enfermedad fue que le dificultaran el habla: muchas veces se quiso quejar justamente, muchas veces quiso pedir  el remedio de sus males, pero siempre se le ahogaron las palabras en la garganta, o el respeto, o la violencia; y si alguna vez llegó algún gemido a los oídos de quien debía remediar, llegaron también las voces del poder, y vencieron los clamores de la razón” (Vieira, 1640, citado en Lima, 2011, p. 66).

Entre los efectos de esa trayectoria existe la no percepción de una intrincada red de censuras cotidianas que atraviesa todo el tejido social, enmarañándose en él. Otro efecto es que estos impedimentos, en particular, los de los medios de comunicación –desde siempre vinculados a los intereses políticos, económicos, religiosos– forman una especie de espiral del silencio que naturaliza la prohibición, imposibilitando cuestionar la supuesta libertad y la propia censura.

Los poderes, el Estado, el sistema liberal, usan el poder de los medios de comunicación, que es el de las grandes mediaciones para transformar libertad en censura y viceversa. Esta idea puede ser la clave que ayuda en la batalla por la libertad de expresión y la democratización de la comunicación: entender ese proceso de inversión para revertirlo, es decir, retirando los velos que hacen confundir la censura con la libertad, la expresión con la libertad y la libertad con la censura. Por eso, recurrimos a la afirmación de que quien prohíbe, impide, silencia, actúa como censor, o sea, no hay ahí acción de libertad. La libertad exige diálogo, pluralismo, contradicciones, transformación y el reconocimiento del “otro” como “yo mismo”.

No obstante, ¿de qué libertad estamos hablando? En el mundo occidental, debido a la profunda influencia del cristianismo, la libertad habría nacido asociada con el mal, al pecado original de los primeros hombres. Revela el mito bíblico que Adán y Eva desobedecieron a Dios cuando, en uso de la libertad, comieron del fruto prohibido.  Así, surge la imagen de la libertad humana como un poder para elegir el mal, puerta abierta a nuestra perdición. A un Dios autoritario corresponde un hombre decadente y desobediente, por culpa de la libertad (Chauí, 1995, p. 45). El filósofo Spinoza no entendía cómo la libertad, ese precioso bien humano, se transformó en culpa, en perversidad y en peligro. Debido al ejercicio de la libertad de Adán y Eva son severamente castigados y expulsados ​​del paraíso.

El anarquista ruso Bakunin también recordó la historia del pecado original cuando se refirió al Concepto de libertad (1975). Para él, si los primeros hombres hubiesen obedecido, es decir, no comido el fruto del árbol del conocimiento, hoy todos nosotros estaríamos inmsersos en la esclavitud más humillante. “Su desobediencia, al contrario, nos emancipó y nos salvó. Este fue, hablando místicamente, el primer acto de la libertad humana” (Bakunin, 1975, p. 27). Este es un mito muy poderoso en nuestras sociedades. Tal vez ahí esté, en las raíces más profundas de la construcción social de la idea de lo  humano, de la humanidad, una primera acción de inversión, que transforma la libertad en adhesión al mal. Quizás sea por eso que el “derecho a la libertad de expresión” casi no existe, y cuando aparece, está cargado de un cierto vacío, de algo abstracto, no solo porque se da una falsa idea de un derecho conquistado, sino porque, simbólicamente, se retoma la idea del mal y del castigo.

Hay una discusión estructurada de cómo la idea de libertad se constituyó en la sociedad.  Son innumerables los estudiosos que se dedican a la filosofía política y a discutirlas en las concepciones liberal, republicana, comunitaria. Lima (2010a) y Amorim (2013), por ejemplo, recuerdan que, en buena parte del mundo, la “gramática liberal” conduce a las formulaciones de libertad con falsas ideas de libre albedrío, la libertad como valor. También existe la falsa polaridad entre libertad negativa y positiva, además de la neutralidad.

Este artículo no se adentra en esa discusión. Sin embargo, parece imposible imaginar el ejercicio de la libertad en términos de vida plena, de liberación, de transformación y humanidad, mientras que el centro de la vida esté sometido y oprimido por el capital y por las relaciones y prohibiciones que este organiza y dirige.

Una experiencia en la travesía

No buscamos conceptualizar la libertad de expresión moldeada por regímenes políticos que la presentan como hecho dado y consumado, como condición prestablecida, como una esencia, algo natural, divino. Más allá de esa concepción, la libertad tampoco es un producto, un objeto, un trofeo que se conquista y de inmediato es colocado en un estante para ser cubierto por el polvo del tiempo. Al no ser un hecho definido ni un producto, la libertad es la experiencia viva que emerge en y con las relaciones entre las personas, es decir, es travesía, camino que hace y se experimenta en la acción, en el contacto, en el moverse. Recuerda Spinoza que la libertad no es una elección voluntaria ni la ausencia de una causa, o un acto sin causa (Chauí, 1995). Paulo Freire también ayuda a ampliar los horizontes de ella:

“La libertad no se recibe de regalo, es un bien que se enriquece en la lucha por él, en la búsqueda permanente, en la medida en que no hay vida sin la presencia, por mínima que sea, de la libertad. Pero a pesar de la vida en sí, implicar la libertad, esto no significa, de modo alguno, que la tengamos gratuitamente. Los enemigos de la vida amenazan constantemente. Por eso, precisamos luchar, sea para mantenerla, sea para reconquistarla, sea para ampliarla” (2000, p. 60-61).

Al ser una experiencia de acción entre las personas, con todas sus complejidades y que emerge en el hacerse, la libertad de expresión no tiene forma definida y mucho menos está concluida, inerte, inmóvil, estable. Es un fenómeno vivo y sutil que, en la sociedad, es sometida a feroces disputas disimuladas, en las que, por lo general, predomina el control, el límite, el castigo. Sin embargo, la libertad resiste, se experimenta como conquista y como pérdida. Ella se mueve de forma inacabada, atendiendo al mismo tiempo cuestiones individuales y colectivas, sin materializarse y sin estabilizarse.

Para Freire (2000),  la inclusión hace parte de la experiencia vital de todos los seres humanos. Lo importante es que nos volvamos capaces de reconocernos así, inacabados. La consciencia de ese proceso nos inserta en un movimiento permanente de búsqueda que irá a juntarse a nuestra capacidad de intervención en el mundo. “Solo el ser inacabado, pero que llega, a saberse inacabado, hace la historia en la que socialmente se hace y rehace” (Freire, 2000, p. 119).

Metáforicamente, la libertad es como un horizonte. Lo ves allí adelante, caminas en su dirección y en la medida en que se aproxima, se aleja, se escapa. Se retoma el camino y nuevamente se aleja. Con todo, la experiencia del caminar ya es libertaria en sí misma. Bakunin (1975) recuerda que la liberta no es “radiación mística, inmortal y divina, caída milagrosamente del cielo para la tierra”. La libertad es producto de la “carne organizada y viva”, ya que “el hombre solo conquista su humanidad al afirmar y al realizar su libertad en el mundo” (1975, p. 7). Este pensador llama la atención sobre un aspecto importante: la indivisiblidad de la libertad, o sea, no hay forma de suprimir parte de ella sin destruirla completamente. “Esa parte que suprimen es la propia esencia de mi libertad, es el todo” (IBID: 26). No existiría libertad a medias.

Experiencia colectiva en disputa

¿La libertad no sería acción individual? Para Lima (2010b, en línea), es un “derecho individual, básico y fundamental, ligado a la persona, al modo de hablar, de la expresión del  pensamiento”. Esta posición no inviabiliza otras aparentemente contrarias. Sugerimos ver lo individual y colectivo como complementos y no como oposiciones. Sin embargo, es necesario reconocer que libertad de expresión tiene un mayor carácter de hecho social, lo que la aproxima de la experiencia más colectiva, algo que, insistimos, no elimina la condición personal.

Libertad “es un hecho, un producto colectivo. Ningún hombre conseguiría ser libre aislado y sin la contribución de toda sociedad humana” (Bakunin, 1975, p. 23). Para este autor, los hombres solo se liberam de la opresión por las condiciones de las luchas externas y colectivas, debido a que la acción individual se vuelve impotente y estéril y no sabría vencer las tiranías. De esa forma, hay una necesidad del “otro” para la experiencia del reconocimiento y de la libertad. “Mi libertad personal, confirmada por la libertad de todos, se extiende hasta el infinito” (IBID: 22). Y añade:

“Me importa mucho lo que los otros hombres son, porque por muy independiente que yo me juzque o que lo parezca por mi posición social, aunque yo fuera Papa, Zar, Emperador o incluso primer ministro, no dejaría de ser producto de los últimos entre ellos; si ellos son ignorantes, miserables, esclavos, mi existencia está determinada por su ignorancia, por su miseria y esclavitud” (ibid:. 21).

La presencia viva del ser en el mundo lo convoca a exponerse por cuenta de su propia existencia, o sea, quiera o no, el hombre está implicado en el mundo, con su cuerpo, sus opiniones y silencios. Esa experienciación del mundo solo tiene sentido com y para el otro. Así, la libertad exige realizarse en el otro. No es autorrealización, sino el ir al encuentro, el movilizarse. Ocurre que recorrido no es tranquilo, sino marcado por intensas disputas. Con independencia de las acciones y efectos individuales y/o los colectivos es necesario comprender que la libertad está sometida a esas relaciones. Y ahí estaría uno de los errores más comunes: creer que la libertad está dada, garantizada, conquistada, resuelta. Eso puede ser uno de los equívocos presentes en la lucha general por la democratización de la comunicación en Brasil.

También se necesita tener claro que la censura está rigurosamente adherida a la libertad de expresión. En las sociedades, esos impedimentos, legales o no, muchas veces son sutiles, naturalizados, mayoritarios y clasistas. Es una disputa generalmente silenciosa, asimétrica e invertida. Nuestra formación histórica, con más de 300 años de esclavitud negra y de amplia explotación de los recursos naturales, produjo una sociedad, en general, autoritaria, violenta, censuradora, especialmente con los pobres.

De hecho, nuestra pirámide es profundamente vertical, jerárquica y oligárquica. En marcos así, la libertad no pasa de retórica que confirma los privilegios, impunidades, protege a los de arriba, los muy ricos; pero también controla a los del medio, a los de abajo, a los pobres, reprime, impide. Por eso, el ejercicio de la libertad se asocia con la liberación de todas las formas de opresión y división. “Cuanto más numerosos sean los hombres libres que me rodean y cuanto más profunda y mayor sea su libertad, más vasta, más profunda y mayor será mi libertad” (IBID: 22).

Las jaulas y la lógica invertida de libertad

Ya sea como individuos o como miembros de las colectividades, muchas generaciones parecen haber nacido en jaulas y no se dan cuenta de que allí están. El espacio mínimo para moverlas garantiza la falsa sensación de libertad como un todo. El cineasta Alejandro Jodorowsky (1989) decía que los pájaros criados en jaulas creen que volar es una enfermedad. Esta metáfora ayuda a la reflexión sobre algunos ángulos de la acción humana en el mundo. Uno de esos ángulos es que la censura se mide más por sus efectos que por la acción en sí misma. En otras palabras, cuando el Estado y/o empresas mediáticas impiden el acceso a la información, interditando los debates, la censura no se configuraría solo por los actos de impedimento, sino por un poderoso efecto pedagógico naturalizante que implica los impedimentos subsiguientes, siempre sutiles, encaminados a producir la colonización del pensamiento, la domesticación de las prohibiciones.

Lo que se tiene a partir de ahí es la reproducción, la asimilación de la censura como cultura. Es como si el hombre estuviese enjaulado, sin percibir los barrotes ni el significado de estar allí. Aunque se reconozca aprisionado, habrá una formación educativa que busca justificar que el mundo y la vida son así, resignificando la idea de censura y de libertad. Ese modelo de educación no permite que los hombres pronuncien su mundo, reforzando la cultura del silencio, robándoles “la oportunidad de pensarse como seres con el mundo, con los otros, de actuar conscientemente sobre el mundo, reescribiéndolo con sus propias historias (Schwendler, 2001, p. 106).

Otro ángulo de reflexión de la metáfora es acerca de la experiencia de la libertad y la lógica invertida cuando se cree que volar es enfermedad, retomando el mito de la libertad como mal, desobediencia o pecado que debe ser castigado. Aquí es donde las fuerzas mayoritarias, donde están grandes empresas mediáticas, desarrollarán la lógica de inversión, creando la falsa disputa entre ellas que retóricamente defenderían la libertad, contra todos los que claman por el derecho a la comunicación, a materializar la experiencia de la libre expresión; rotulados como los que quieren la censura o “volar”. Es obvio que la razón de ser de los pájaros es el vuelo. Sus alas no tendrían otro motivo sino volar. Impedir ese vuelo es el impedimento final, un proceso inverso que, en el caso de la libertad de expresión, comienza por la interdicción del debate, una acción de censura, ampliando la interdicción de la necesidad humana del deber de libertad.

“Al usar como estrategia el bordón de la amenaza constante de rotorno a la censura y de que la libertad de expresión está en riesgo, los adversarios de la isegoria transforman la libertad de expresión en un fin en sí mismo y escamotean la realidad de que, en Brasil, el debate público –la mayoría de las veces– solo ocurre cuando es pautado por los grupos privados de medios y que, de cualquier forma, una inmensa mayoría de la población continúa históricamente excluida” (Lima, 2013, p. 12).

Es decir, la domesticación para la censura permite comprender como naturalizantes que las acciones de prohibición son de libertad de expresión, y que los intentos de romper con ese cuadro perverso –que son experiencias de libertad–  son acciones de censura. Para el sentido común, la lucha por la libertad comienza a ser entendida como una aberración, porque esta ya es una realidad, está garantizada, inclusive en la ley, por lo que no habría razón para reinvindicarla; y como un intento de censura, considerando que los medios de comunicación son una especie de depositarios autorizados en los que la libertad de expresión se concreta. Recuerda Lima (2013, en línea) que “el mero recuerdo de este tema siempre produce etiquetas inmediatas de autoritarismo y de retorno a la censura”.

Expresión y la libertad de expresión: diferencias

Nuestra discusión se dirige a considerar la diferencia entre la expresión y la libertad de expresión. En primer lugar, reforzamos la idea de la libertad, inclusive de expresión, como una experiencia relacional, incompleta, inestable y, especialmente, en disputa. La expresión por sí sola es algo que no es necesariamente la libertad de expresión.

La libertad de expresión siempre será la experiencia de liberación, humanidad, utopía, solidaridad. Ya la expresión, apenas como una forma de decir, no estaría obligada a estos compromisos. Puede tener otros, incluso, contrarios a los de la libertad. No se puede, por ejemplo, reinvidicar el uso de la “libertad de expresión” para defender cualquier forma de opresión y de violencia. Es inconcebible imaginar la asociación de la libertad de expresión con la defensa de la pena de muerte, del racismo, de la xenofobia, de la intolerancia, de la censura. Quien opta por defender lo anterior, recurre tan solo a la expresión, acentuando, en esos casos, la esclavitud y la opresión del hombre. Es en el día a día, en las relaciones, en el envolvimiento, que ocurre esa disputa desigual entre la expresión como control e impedimentos y la libertad de expresión. Sugerimos entender ese juego ocurriendo de forma sutil: quien hace uso de la expresión para combatir la libertad, usa la retórica de una libertad vacía de significación, usa apenas el “derecho de expresión” pero invirtiendo la lógica y rotulando su propio campo como el de la legítima defensa de la libertad y, al campo opuesto como autoritario y censurador.

Esta inversión se basa en una retórica muy bien articulada pero frágil, ya que, como hemos visto, la libertad no es un producto, un cuadro, un hecho estable. Las temáticas que envuelven la libertad de expresión no están resueltas, como hace creer el modelo liberal. “La libertad de expresión es un derecho fundamental de la democracia. Pero el hecho de que haya consenso sobre esa declaración no significa que el derecho ya esté dado” (Amorim, 2013, p. 45). La libre expresión del pensamiento, de actuar, solo se realiza en el otro como hombres libres. Regímenes políticos, económicos, sociales, religiosos que moldean los hombres serán más o menos eficaces en dependencia de sus líneas de control. Por eso, reconocer y permanecer entre los muros, los trillos, puede transformarse en acto de expresión apenas. Ya la osadía de romper, quebrar las cercas, saltar los muros, salir de los trillos y retomar el camino del bello horizonte, puede transformar la expresión en libertad de expresión.

Esa ruptura puede comenzar por la experiencia de la palabra-acción. Opinar es un deber, es un ejercicio del poder, es incluirse en la disputa por la libertad, por la necesidad del descubrimiento del camino y del andar. Esa acción es tan política que no en vano la experiencia de la libertad por las palabras causa horror al poder dominante, instituido o no. El poder, sea el que sea o donde esté, tendrá siempre pavor de la opinión libre, de las palabras que ganan la vida, porque las palabras desnudan, retiran velos, son como luces en las cavernas, una luz incide en los ojos que hacen aparecer los barrotes de la jaula.

Las palabras-acciones de libertad están en el centro de las disputas. En la medida en que ellas se revelan y estimulan a romper los barrotes, las reacciones de los círculos de poder no tardarán en aparecer. Ellas van a actuar en el sentido de buscar el control y castigar como ejemplo pedagógico. Sin embargo, esas acciones de la censura, que asumen la retórica de la falsa libertad, tampoco son estables ni cristalizadas. Por eso, por más sistemas de control que implanten, el camino inexorable de la experiencia de la libertad de expresión es tensionado para siempre romper, escapar, libertarse. Pájaros y hombres nacen para volar y vivir. Así, la libertad no es un fin en sí mismo, sino una larga, compleja y difícil travesía.

Los medios de comunicación y la lucha por la democratización

Los grandes grupos que controlan los medios de comunicación en Brasil, junto con sus asociados regionales y locales, desarrollan la lógica de la inversión de la libertad como censura y viceversa. El primer paso fue producir el discurso de que con la democracia las libertades estaban garantizadas, o sea, con el fin de la dictadura militar ya no era necesario reivindicar el derecho a la libertad de expresión. Las libertades y las puniciones estarían garantizadas por la Constitución y por los propios medios de comunicación. A partir de ahí se instala un profundo silencio en la superficie sobre esos temas, lo que, en la práctica, se configura como prohibición y censura.

No es un exceso reafirmar que cuando los principales medios de comunicación se aferran a la retórica de la libertad de expresión para silenciar, manipular, omitir, fabricar y reforzar estereotipos, prejuicios, defender y fomentar una cultura de intolerancia y de muerte, están siendo apenas medios de expresión. “La libertad solo puede ser experimentada por nosotros, si es sentida como felicidad y alegría, procedentes del conocimiento verdadero y de afectos que aumentan nuestra capacidad para actuar” (Chauí, 1995, p. 45). La libertad de expresión exige compromisos fundamentales con la vida plena, con la dignidad, solidaridad, justicia y con la denuncia y ruptura con todas las formas de opresión. Pensar la libertad de expresión solo como el acceso a los medios de comunicación, como condición para hacer comentarios, escribir, hablar mínimamente en ellos, es reducir su condición de un todo libertador. El acceso es un comienzo importante en la lucha por el espacio, pero es solamente un paso que solo tiene sentido si se trata de señalar las salidas para la experiencia de la libertad.

Los grandes grupos mediáticos en Brasil siguen haciendo una injustificada ecuación entre la libertad de expresión y la libertad de prensa. “Solo tendría sentido en la medida en que la libertad de prensa contemplase el derecho a la comunicación” (Lima, 2010b, en línea). Este autor sostiene que se debe introducir el derecho a la comunicación como una gran bandera por la democratización, lo que incluye “el derecho a la expresión, es decir, nosotros como individuos, ciudadanos, usted y yo, tenemos derecho a una información libre y correcta, pero también tenemos el derecho fundamental, básico y humano de expresarnos” (Lima, 2010b, en línea). Este derecho a la comunicación presupone la idea de libertad en los términos que hemos tratado aquí.

El mercado de la comunicación en Brasil es históricamente concentrado, no hay control sobre la propiedad cruzada de los medios, son pocas las empresas y la mayoría son familiares y vinculadas a las oligarquías tradicionales. Por eso, numerosos movimientos sociales reclaman la llamada democratización de la comunicación, la movilización que intenta romper, de alguna manera, la ausencia, el silencio sobre este debate. Cuando surge, es algo tangencial y que se pierde en lo abstracto, debido a la creencia de que la libertad de expresión está dada y garantizada.

La movilización por la democratización de la comunicación se encamina hacia la superación del sistema liberal, del libre capital. No se trata solamente de definir reglas y límites al poder, repartiendo en pequeños pedazos algunas de las grandes empresas. Si se mantiene el espíritu del mercado, la libertad continuará siendo un valor, un negocio de pequeñas y medianas empresas, o sea, se rompe con la gran concentración y el monopolio y se crean concentraciones medianas. Sucede que, en dependencia de las alianzas políticas y económicas, las empresas van a fundirse, alinearse, manteniendo los fundamentos de las grandes concentraciones. Es la lógica del capital –alineamientos y fusiones para protegerse. Para las personas y movimientos que se movilizan en torno de la democratización de los medios, Paulo Freire hace un convite fundamental:

“La rebeldía es un punto de partida indispensable, es deflagración de la ira justa, pero no es suficiente. La rebeldía, en cuanto a denuncia, necesita crecer hasta una posición más radical y crítica, la revolucionaria, fundamentalmente, anunciadora. El cambio del mundo implica la dialectización entre la denuncia de la situación deshumanizante y el anuncio de su superación; en el fondo, nuestro sueño” (2000, p. 81).

En el contexto contemporáneo de la política brasileña, hay que reconocer que incluso el más mínimo cambio en el sistema de comunicación representaría un logro enorme para agregar a las disputas por el derecho a la comunicación y la libertad de expresión.

De la libertad de expresión como deber revolucionario

Pocas veces tratamos aquí la libertad de expresión como derecho. Parece claro que es derecho, sin embargo, se sugiere ir más allá y pensar en él como un deber. Imaginar un derecho puede dar a entender que es una opción. Es como si algo estuviese ahí definido, listo para ser acogido y puede decidirse si se acepta o no –es un derecho. Con todo, el ser humano nace para ser libre y jamás esclavo. No hay ninguna opción aquí. Y la vivencia es la experiencia de la libertad de expresión, que pasa a imponerse a todos. Es un deber, no como una obligación, peso, carga, condenación, sino como la necesidad para la convivencia relacional.

Reconocer que la libertad de expresión no está dada y es una búsqueda, una ruta, un tránsito, impone moverse constante en su dirección, es decir, es un deber. La libertad, según Spinoza, es “libertar los seres humanos del peso de sus supersticiones y prejuicios, hacerlos comprender y aceptar las causas de sus pasiones, invitarles al ejercicio de su propia capacidad para pensar y actuar” (Chauí, 1995, p. 90). Por lo tanto, cuanto más lejos de la libertad de opinión, más lejos está el hombre de su condición humana.

En la medida en que se entiende que la libertad es deber individual y colectivo, las relaciones podrán ser ampliadas, posibilitando a los seres humanos reconocerse inmersos en las feroces disputas por su consecusión, lo que podrá abrir sus ojos para ver los barrotes de las jaulas, las paredes de las cavernas. “Sería horrible si apenas sintiésemos la opresión sin poder imaginar un mundo diferente, soñar con él como proyecto y entregarnos a la lucha por su construcción” (Freire, 2000, p. 60). Este “sueño”, “proyecto” y “lucha” es una llamada como un deber revolucionario y que puede comenzar con la pronunciación de la palabra, que es el pronunciar el mundo. “Decir la palabra en el sentido verdadero es el derecho a expresar el mundo, de crear y recrear, de decidir, de optar” (Freire, 1982, p. 49).

Aquí se refuerza una invitación fundamental del educador Paulo Freire. Decía Feire que los otros animales están adheridos al mundo, a su contexto por el simple hecho de estar en el mundo, de vivir por vivir. No obstante, solo las mujeres y los hombres tienen plena capacidad de romper con esa adherencia recreando su propia existencia.

“Mientras el ser que simplemente vive no es capaz de reflexionar sobre sí mismo y saberse viviendo en el mundo, el sujeto existente reflexiona sobre su vida, en el propio dominio de su existencia y se pregunta acerca de sus relaciones con el mundo. El dominio de la existencia es el dominio del trabajo, de la cultura, de la historia, de los valores –dominio en que los seres humanos experimentan la dialéctica entre la determinación y la liberación. Si no hubiesen sido capaces de romper con la adherencia del mundo, emergido de él, como consciencia que se constituye en la “admiración” del mundo, con su objeto, serían seres meramente determinados y no sería posible pensar en términos de su liberación. Solamente los seres que pueden reflexionar sobre su propia liberación son capaces de liberarse; desde y siempre que su reflexión no se pierda en una vaguedad no comprometida, sino que se dé en el ejercicio de la acción transformadora de la realidad condicionante” (IBID: 85).

La experiencia de la libertad de expresión es transformadora, ya que rompe con las violencias, entre ellas la censura, y es una acción revolucionaria que contradice y retira del centro de la vida los principios del capital. Entrar en el juego por la libertad de expresión es movilizar el presente, porque sin libertad no hay presente ni futuro. “Pensar el mañana, el futuro problematizado, requiere que estemos ‘empapados’ del tiempo en que vivimos, sensibilizados por sus desafíos, instigados por sus problemas, indignados ante la maldad de la injusticia social” (Schwendler, 2001, p. 131).

Paulo Freire sugiere romper con estas áreas de seguridad y confort, denunciarlas y anunciar un nuevo tiempo transformador, donde la libertad se realiza desde la propia inserción en disputas por ella, una movilización que es contra el olvido, el silencio, la invisibilidad de la libertad misma. Está en la base de una sociedad educada para la censura, el olvido, la desmemoria, el no recuerdo de la libertad. Por eso, antes de ser un derecho, es un deber recordar que estamos en plena y larga disputa por las libertades.

Referencias

AMORIM, A.P.. Liberdade de expressão como bandeira em disputa. Revista Margem Esquerda, v. 1, n. 20, p. 45-47, mar. 2013.

BAKUNIN, M. Conceito de Liberdade. Lisboa: Edições Rés, 1975.

CHAUÍ, M. Espinosa: uma filosofia da liberdade. São Paulo: Editora Moderna, 1995.

FREIRE, P. Pedagogia da indignação: cartas pedagógicas e outros escritos. São Paulo: Unesp, 2000.

_________. Ação Cultural para a liberdade e outros escritos. 6ª ed. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1982.

LIMA, V. O debate interditado. Observatório da Imprensa. Edição 759, de 13 out 2013, Disponível em http://www.observatoriodaimprensa.com.br/news/vie­w/o_debate_interditado, acessado em 21 de setembro de 2013.

________. O silêncio como forma de censura. Observatório da Imprensa. Edição 634, de 22 mar 2011. Disponível em http://www.observatoriodaimpren­sa.com.br/news/view/o-silencio-como-forma-de-censura, acessado em 28 de março de 2011.

_________. Liberdade de expressão x liberdade de imprensa: direito à comu­nicação e democracia. São Paulo: Publisher Brasil, 2010a.

_________. Liberdade de expressão x liberdade de imprensa. Entrevista. Ins­tituto HumanitasUnisinos, de 16 jun 2010b. Disponível em http://www.ihu.uni­sinos.br/entrevistas/33323-liberdade-de-expressao-x-liberdade-de-imprensa-en­trevista-especial-com-venicio-lima, acessado em 22 de novembro de 2010.

SCHWENDLER, S. F. Ação cultural para liberdade: um encontro com a pe­dagogia da indignação. In: SOUSA. A. I. (Org). Paulo Freire: vida e obra. São Paulo: Expressão Popular, 2001, p. 101-132.

Sobre los autores
José Cristian Góes 1 Artículo escrito
José Cristian Góes (Brasil) es periodista y doctorando en Comunicación en la Universidad Federal de Minas Gerais (Brasil). Es especialista en Gestión Pública y en Comunicación para Gestión de Crisis. Profesor invitado en la Facultad Pío X (Ar...
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