Los de adentro y los de afuera: la Cuba transnacional, el “17D” y el dilema cubanoamericano


I


Lo que comenzó como una llamada al combate en la mesa de la cena, se convirtió en un sueño aplazado. Para finales de los años 60, la promesa del “año que viene estamos en Cuba” había retrocedido para la mayoría de los exiliados cubanos hasta el reino de lo inverosímil. La idea, sin embargo, conservaba una peculiar aceptación. Según el crítico Ricardo Ortiz, líneas dominantes de una emergente cultura “cubano-americana” se convirtieron en prisioneras de “un paradigma histórico que prometía el retorno y lo aplazaba en virtud de una dependencia estructural en el aplazamiento indefinido de ese retorno”. En otras palabras, la vida para muchos en la Pequeña Habana, Union City o Nueva York, giraba en torno a un cautiverio emocional, una “adicción idealizada a una promesa redentora”, que la mayoría de los exiliados cada vez más sabía, en lo profundo de su corazón, que nunca se materializaría
-o al menos no en un futuro cercano (Ortiz, 2007, 134-135).

Hoy, a la luz de la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, la parálisis existencial que una vez definió a la comunidad cubano-americana parece decididamente passé. Hace mucho tiempo que se quebraron sus costuras. Porque aunque las profecías más grandes de Miami de una salvación anticomunista quedaron cortas, desde finales de la década del 70 decenas de miles de cubanos emigrados y sus descendientes han vuelto a la Isla para visitar a sus familiares, aunque al principio fuera en costosos y controvertidos paquetes turísticos. Ya en la década del 90 lo que el erudito Antonio López llama “la narrativa cubano-americana del regreso” había adquirido la predecible familiaridad de un tropo literario. Uno tras otro, los libros de memorias codificaron las características que definirían el arquetipo del “emigrado que regresa”: blanco, descendiente de las clases medias y altas pre-revolucionarias, susceptible de encontrar la casa familiar ocupada por una familia afrocubana (López, 2012, 185-212). Ahora, en medio de una avalancha de noticias relacionadas con Cuba, historias frescas o repetidas sobre “puentes desde-hacia” la Isla sirven como complemento humano a los anales en ciernes del acercamiento con Estados Unidos (Pedro Ruiz: Coming Home, 2011; Puentes a / desde Cuba, 2015; Vicente, 2015; Oye Cuba! A Journey Home (2016, en producción)). Un año después de la conmoción de lo que los cubanos han llamado “17D” -17 de diciembre de 2014, la fecha en que Barack Obama y Raúl Castro hicieron el primer anuncio de su acuerdo negociado- historias simpáticas de reuniones familiares y colaboraciones “diaspóricas” parecen estar preparando el escenario afectivo para el más grande abrazo de los capitales estadounidenses y miamenses que están por venir.

Como cubanoamericano de segunda generación, nacido de abuelos que dejaron la Isla en 1962 y un padre criado en Queens, habito cautelosamente la condición de “emigrado que regresa” cada vez que piso La Habana. O más bien la uso como traje, un bien intencionado disfraz. Aunque nunca había estado en la Isla, ni crecí dentro del campo gravitacional de la órbita cubana de Miami, en 2005 sentí la inexplicable picazón de “regresar” en busca de mis raíces. Toqué a la puerta de la casa donde creció mi abuela y creé amistades y vínculos familiares que han resultado estar entre los más significativos de mis días. Sin embargo, después de largas estancias en Cuba por motivos de investigación desde 2010, la emoción de la conexión ha dado paso a una profunda conciencia de inconmensurabilidad. Como he visto a la prensa de Estados Unidos tratar a Cuba como poco más que un telón de fondo para fantasías previsibles (Cuba como “mercado virgen”, Cuba como “cápsula del tiempo”), soy consciente de las formas en que mi propia relación con ella puede asignar una función puramente auto-referencial a sus paisajes urbanos y a sus habitantes. Así, también provocan mis sospechas esas esperanzas por un cierre bilateral más amplio que van montadas en las espaldas del vehículo simbólico de los regresos del exilio. Las visiones de una posible “liberación anticastrista” se pueden haber desvanecido. Sin embargo, rápidamente se están transformando en retablos de una marca sentimental y sospechosamente nítida de la reparación de la cerca, bien sea a través de enlaces familiares o comerciales (Culver, 2015; Gámez Torres, 2015). Incluso el papa Francisco habló elogiosamente sobre la “reconciliación” en marcha cuando visitó la Isla este septiembre, pero nunca definió lo que esta significa realmente.

Es cierto que los viajes pueden permitir reparar los puentes rotos y hacer las paces con el pasado. Sin embargo, igualmente a menudo los viajes a la semilla, parafraseando a Carpentier, revelan que el ideal de “volver a casa” es más una abstracción retórica que una solución precisa. (Carpentier, 1944). “Es imposible ‘igualar’ las vivencias”, escribió Lourdes Casal, académica y pionera del exilio cubano, socialista profesa en ese momento, reflexionando sobre su segunda visita de regreso a la Isla, en 1975. “Hay una hermandad dada por esta historia común que a mí, a los de mi grupo, nos faltará siempre” (Casal, 1975). Entonces, el problema con los relatos mediáticos de la narrativa del regreso, particularmente en estos tiempos post-“17D”, es que generalmente pasan por alto el desorden del intercambio. En los puntos de contacto entre las diversas generaciones de los que se fueron y los que se quedaron, las brechas en experiencias, el conocimiento, los referentes culturales, el vocabulario y el poder económico y político siguen abriéndose tan rápidamente como se cierran.

II

Es tentador reducir la multiplicidad de voces en la larga saga de Cuba a una metáfora fratricida más digerible: dos caras de una nación “cortada”, que, por fin, se unen, cosiendo con cautela en un todo, sus partes constituyentes. Pero más allá de esta imagen simplista de una “Cuba dividida en dos”, líneas de fractura más perdurables continúan separando a los emigrados cubanos entre ellos mismos y de sus contrapartes en la Isla (Ortiz, 2007, 6). Un número récord de cubanos que todavía abandonan sus casas -menos convencidos, aparentemente, del “boom” doméstico, o importado de Miami, que viene- está añadiendo nuevos ingredientes cada día al ya enorme ajiaco expatriado (EFE, 2015; Cancio Isla, 2015b).

En muchos aspectos los cubanoamericanos que hoy en día están forjando asociaciones más activas con la Isla están probando una habilidad que los llegados más recientes dominan desde hace años. Particularmente entre los más de 500 mil cubanos que han emigrado a Estados Unidos desde la década del 90, las “raíces y rutas” de la diáspora muestran grandes diferencias respecto a las viejas trayectorias de huidas unidireccionales (Clifford, 1997, 4). Incluso antes del histórico anuncio de Barack Obama y Raúl Castro, los vínculos transnacionales eran abundantes. De Miami salían entre ocho y diez vuelos charter diarios hacia diferentes puntos de la Isla, y la repatriación permanente, más que una quimera o una excepción muy irregular, se había convertido en una posibilidad reconocida por la ley. La aprobación, por las autoridades cubanas a finales del 2012, del permiso de residencia legal en el extranjero por dos años, junto con ciertas políticas de liberalización de visados de Estados Unidos y el funcionamiento de la Ley de Ajuste Cubano (que garantiza la residencia permanente en Estados Unidos al cabo de un año de estancia), han facilitado, como nunca antes, los viajes de ida y vuelta para los isleños. (Peters, 2012; Redacción OnCuba, 2014). Para muchos de los nuevos auto-identificados “emigrantes” o “emigrados” (no “exiliados”, no “cubano-americanos”), y para los simples visitantes también, los relatos de los que ahora han iniciado búsquedas de familiares perdidos rozan la frontera de lo obsoleto y fuera de moda. En cambio, lo que Iraida López llama una “estética del boomerang” une a la cultura popular y a los miembros de la familia entre Hialeah y La Habana, facilitada no solo por la circulación de personas, sino por el intercambio, bajo cuerda, de programas piratas de televisión, música y otros productos audiovisuales (Kahn, 2014; López, 2015, 194 a 224).

Sin duda, las comunicaciones internacionales siguen siendo un desafío. Para una Isla con una de las tasas de penetración de Internet más bajas del hemisferio occidental, los 55 nuevos puntos públicos de Wi-Fi abiertos el año pasado solo logran dejar una modesta huella en la necesidad acumulada. Aun así, mientras que en el pasado el poder del imaginario del exilio dependía del aislamiento con respecto a Cuba, los nuevos planes de telefonía, redes sociales e improvisadas aplicaciones para teléfonos inteligentes hacen que el diálogo sea potencialmente instantáneo. Dos dólares por hora para consultar el correo electrónico sigue siendo caro. Pero especialmente para aquellos isleños con familiares en el extranjero, conectarse y marcar larga distancia ya no está tan fuera de su alcance (Adams y Alvarado, 2015; Miroff, 2015).

Sin embargo, por más que tales tendencias evidencian robustos circuitos conectivos, las fronteras de “El Exilio” -tanto como construcción cultural, como realidad política- no han desaparecido por completo. Incluso para los migrantes recientes, en la onda de los ritmos transnacionales, anécdotas de otros cubanos a quienes bruscamente un funcionario de aduana les negó la entrada en el aeropuerto internacional José Martí, o la negación del visado de entrada a veces requerido para el viaje, demuestran las volubles exclusiones que aún estructuran el cuerpo político de la nación (Cancio Isla, 2015A).

Mientras tanto, para las decenas de miles sin problemas para salir y entrar, existen las exorbitantes tasas de aduana para los regalos importados para la familia (un gasto considerable), por no hablar de los bizantinos procedimientos consulares y las molestias en el viaje (Leyva Martínez, 2014). El pasaporte cubano no solo es uno de los más caros en el hemisferio occidental; además, tiene que ser prorrogado cada 2 años. Y aunque la Constitución cubana prohíbe expresamente la doble nacionalidad, los cubanos naturalizados en otros lugares, incluso desde décadas atrás, solo pueden visitar la Isla con un pasaporte “habilitado” (o permiso de entrada) otorgado por las autoridades de Cuba.  (“Trámites Migratorios”, 2012; “¿Permitir o no la doble Ciudadanía?”, 2015). Por otro lado, el desafío y el costo de obtener un visado para que un familiar visite Miami provocará un importante estrés en el presupuesto familiar de cualquier recién llegado (Ulloa García, 2015). Aquellos de nosotros que nacimos fuera de la Isla no enfrentamos estas indignidades. Pero vemos con impotencia cómo las heridas históricas de las que somos testigos indirectos continúan irritando en este contexto de opacas regulaciones disciplinarias. En nuestro caso, experimentar con las redes de parentesco transnacional que los emigrados más recientes de clase trabajadora sostienen como obligación, no representa una carga financiera, sino un gasto electivo, un privilegio de segunda generación.

Al mismo tiempo, no todos los emigrantes de edad avanzada y su progenie son optimistas sobre las coordenadas de orientación práctica ahora vigentes en una diáspora transformada. Para algunos grupos auto-identificados como de “exilio” o “los cubanoamericanos”, los lazos transnacionales pueden parecer una afrenta moral más que un modelo a imitar. A menudo se dice que los recién llegados están abusando de las ventajas que ofrece el acceso a la democracia y a las Green Cards -manteniendo, gracias a notables sinergias con la Ley de Migración de Cuba de 2012- el estatus de residente, una casa, e incluso un pequeño negocio en la Isla. Según reportes del periódico Sun Sentinel, bajo la cobertura de esta relativa facilidad de movimiento florecen esquemas de fraudes relacionados con las tarjetas de crédito, los seguros y el Medicare, lo que sin duda ha dañado la imagen de estos recién llegados (Kestin et al, 2015A, b).

No obstante, los críticos de La Pequeña Habana (o barrios acaudalados como Coral Gables) parecen no darse cuenta de que su desaprobación se ajusta a un patrón bien establecido de recriminación retrospectiva. “Cada día estoy más convencido”, bromeó el personaje ficticio “Juan” en una de sus recurrentes cartas al primo “Cheo”, de La Habana, publicadas en la revista satírica de Miami Zig-Zag Libre, en 1968, “que eso por ahí tiene que estar muy malo. Porque está llegando cada ‘elemento’ que le zumba”.(“Mail: Miami-La Habana”, 1968, 14). Ya en 1960, antiguos partidarios del régimen de Fulgencio Batista denunciaban la llegada a Miami de los llamados “fidelistas sin Fidel”: aquellos que habían apoyado inicialmente a la Revolución antes de romper con el gobierno (Montaner, 1961, 1). En la política cultural de la diáspora cubana, por lo tanto, tal vez no hay nada realmente nuevo bajo el sol de la Florida. “La cronología de la salida”, como observó en 1969 el prominente exiliado y figura política José Ignacio Rasco, sigue siendo “cantera de divisiones” (Rasco, 1970, 23).

Pero incluso si hay razones para admirar, en lugar de condenar, la gimnasia legal en la que están involucradas las vidas transnacionales de muchos contemporáneos cubanos, los flujos de bienes y personas están igualmente proporcionando oportunidades como exacerbando desigualdades en Cuba. En suma cercana a los 5 mil millones de dólares anuales en efectivo y en remesas de bienes, los emigrados cubanos de hoy están enviando cantidades sin precedentes de recursos económicos a la Isla. Por un lado, estos flujos sirven como socios silenciosos en la expansión del estrictamente regulado sector de la pequeña empresa, ahora considerado estratégico por el Estado cubano. Por otro, amortiguan las deficiencias del lento y costoso plan de reducir las plantillas públicas. (Morales, 2013; Bustamante, 2015). Sin embargo, las historias irónicas que evidencian claras dependencias en Miami -en Hialeah, el mecánico especializado en piezas para motos de Europa del Este; o la tienda capitalista de descuento ¡Ño Qué Barato!, vendiendo uniformes escolares para los “pioneros por el comunismo”- ya no cuentan la historia completa (Ferreira, 2012; Redacción Diario de Cuba, 2014). Si bien los dólares y los productos siguen entrando a Cuba, los pesos cubanos convertibles (CUC), equivalentes al dólar, también fluyen fuera. Los préstamos familiares se pagan con intereses. Los cubanos con pasaporte español (gracias a la “Ley de la Memoria Histórica” de España) viajan a Miami sin visa para comprar, reabastecerse y recargarse las pilas. Pronto las empresas privadas con sede en la Isla podrían, incluso, intentar establecer franquicias en el sur de la Florida. La Fontana, un restaurante de larga trayectoria de La Habana, ya lo intentó (Álvarez, 2011; Gámez Torres, 2014). Sin embargo, estos vínculos transfronterizos flexibles no están al alcance de todos. Por lo tanto, hoy uno encuentra en La Habana diferencias sociales y raciales más marcadas en comparación con hace 5 o 10 años. La norma, para aquellos que han aprovechado el carril del circuito en divisas de la dualidad monetaria, es expresarse de forma audaz en la ropa, el poder adquisitivo, la cultura juvenil y el gusto como consumidores. Por su parte, los restaurantes privados, los bares y otros espacios de ocio atienden, cada vez más, a cubanos con dinero para quemar (Dweck, 2011; Siegelbaum, 2014; Lambe, 2015).

III

Y es así, en un contexto de esperanzas crecientes para algunos, en medio de indicadores de asimetría ascendentes para muchos, que una vez más se les pregunta a los cubanoamericanos, particularmente a los descendientes del grupo más antiguo con dominio del idioma inglés, cuál será “nuestro” papel en el futuro de Cuba -como si hubiera siquiera una idea clara de quiénes somos “nosotros” (“Jóvenes cubanoamericanos están divididos acerca de la conexión con sus raíces”, 2015). Dependiendo de quién haga la pregunta esta puede revelar una ignorancia generalizada respecto a las formas en que muchos cubanos en el exterior ya participan activamente en la vida económica de la Isla. En cualquier caso, la consulta sigue siendo incontestable en forma general. En la medida en que sigue siendo necesario canalizar la inversión transnacional a través del campo informal de las remesas -incluso cuando la ayuda es para apoyar a pequeñas empresas legalmente permitidas por el Estado- es lógico pensar que los cubanos que salieron de la Isla desde la década de los 90 tienen las relaciones, el capital cultural y el conocimiento del sistema para hacer que las cosas sucedan. En aspectos importantes aquellos de nosotros que somos producto de olas anteriores de la migración cubana, podemos estar ya fuera del juego.

En todo caso, la posibilidad a largo plazo de que los cubanoamericanos de las generaciones de más edad, nacidos en Estados Unidos, o de mayor capacidad económica se involucren económicamente con la Isla -para no hablar de los intereses empresariales estadounidenses en general- plantea mayores promesas y peligros. La necesidad de la transferencia del know how, las habilidades y el capital es real. Pero también lo es el riesgo del re-endurecimiento de la todavía arraigada, aunque en la actualidad porosa, frontera entre los de adentro y los de afuera. Si los rumores de posibles colaboraciones post-embargo entre inversores cubanoamericanos adinerados y empresas del Estado cubano se convierten en realidad, la brecha, como se le percibe a nivel de calle en La Habana, puede transformarse en un fraccionamiento más general entre los de arriba y los de abajo. El cubano promedio ya se siente a leguas de distancia de las fuerzas decisoras de su gobierno, al igual que las comidas con familiares de visita, pagadas en CUC, son invariablemente complicadas por la previsibilidad de quién paga la cuenta (los de Miami). Mientras tanto, aparentemente algunos miembros de la familia Fanjul, propietarios hoy de un conglomerado multinacional azucarero, y cuyas tierras en Cuba fueron confiscadas en la década de 1960, se han reunido con funcionarios cubanos para sondear las posibilidades de futuras inversiones (Wallstein et al, 2014). Seguro que en una sociedad cuyos ciudadanos seguirán anhelando no solo la igualdad social, sino también la oportunidad de crecer económicamente desde la base, un resultado tan patas arriba podría ser una píldora difícil de tragar.

IV

Es marzo de 2015. Lejos de los turistas y sus omnipresentes sombreros de paja, o de los mojitos gratuitos que regularmente se les ofrece a la entrada del hotel, estoy sentado en el muro del malecón (cliché de clichés), relajándome después de unos días de trabajo como cómplice-intermediario de un grupo de abogados y consultores de Washington. Una amiga local, estudiante de posgrado, se une después de servir como apañadora a un visitante -periodista de una prestigiosa revista europea-, en la tarea de escribir un retrato del trópico post-socialista antes de que lleguen más gringos (o yumas, en el argot cubano). No podríamos ser más diferentes: ella, una habanera ocurrente, ingeniosa, criada en las provincias; yo, un pálido intruso “cubanoide” de los suburbios yanquis. Sin embargo, en esta ocasión, compartimos risas nerviosas. Y juntos miramos a nuestro alrededor. Todo lo que está ocurriendo -las conversaciones diplomáticas, el histórico reconocimiento por parte del presidente Obama de la fallida política de Estados Unidos, incluso las delegaciones comerciales estadounidenses levantando esperanzas para un flujo necesario de bienes de consumo- representa, en parte, lo que siempre quisimos ver. Aun así, los resultados corolarios, las preguntas que casi todos los visitantes nos hacen (“¿Fueron los cubanos mejores antes o después de 1959?”, “¿Hay siquiera libros publicados aquí?”), nos dejan profundamente inquietos, pensando en los residuos perennes de una condición insular (neo)colonial.

Ojalá los cubanoamericanos no caigan también en trampas analíticas y estereotipos similares. No hay “una realidad cubana”, como mis amigos de Miami con mentalidad política suelen decir; hay tantas verdades como individuos. Así que antes de imaginarnos en los papeles de protagonistas y salvadores, o convertirnos en lo que Lourdes Casal una vez ridiculizó como “los expertos de dos semanas”, en especial aquellos que nunca hemos vivido en la Isla haríamos bien en pasar el mayor tiempo posible escuchando a los que lo hacen (Casal, 1974, 25). Los cubanoamericanos, a veces, también han sido culpables de presentar a su país de origen como “congelado en el tiempo”, inconscientes de su compleja historia y su presente surrealista, tal como muchas empresas estadounidenses miran al sur y solo ven una pizarra en blanco a la espera de ser llenada. Es mejor abrir un libro (o dos, o diez), y quedar “confundidos e intoxicados en nuestros propios laberintos” por un tiempo. Como escribió el trotamundos y crítico de arte cubano Gerardo Mosquera hace algunos años, nos debemos a nosotros mismos el aceptar “nuestra propia diversidad e incluso nuestras propias contradicciones” (Mosquera, 1997, 7).


*El presente texto fue publicado originalmente en inglés en la revista Latino Studies. Cuba Posible, con la autorización del autor, se prestigia con la publicación de su versión en castellano.



Agradecimientos:


El autor agradece los comentarios de Jennifer Lambe, Albert Laguna, Lillian Guerra, Iraida López, y Romy Sánchez Villar sobre versiones tempranas de este texto. Manuel Rodríguez amablemente se encargó del grueso de la traducción. Antonio Córdoba ayudó a poner los puntos sobre las íes. El equipo editorial de Latino Studies amablemente autorizó la publicación de este texto en versión traducida.

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Sobre los autores
Michael Bustamante 2 Artículos escritos
Michael J. Bustamante es Profesor Asistente de Historia Latinoamericana en la Universidad Internacional de Florida (FIU). El Dr. Bustamante se especializa en estudios cubanos, cubanoamericanos y caribeños. Completó su Ph.D. en Yale University en Hi...
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