El malestar del populismo

I.

Continuidades y rupturas caracterizaron la entrada política de América Latina en el siglo xxi. Los gobiernos de la región –casi sin excepción− fueron votados dentro de un sistema democrático competitivo y una parte significativa de ellos se proyectó en la recuperación de las funciones regulatorias del Estado. La impugnación de las fórmulas del “consenso de Washington” y el discurso sobre un “cambio de época” incitaron la reflexión sobre la emergencia de un “nuevo ciclo político” latinoamericano.

El llamado “giro a la izquierda” intentó comunicar la convergencia de fuerzas políticas que ascendieron al poder con agendas de reformas encaminadas a revertir las consecuencias sociales de la mercantilización neoliberal. En ese contexto, una de las polémicas más enardecidas fue provocada por la tesis de Jorge Castañeda (2006) sobre las “dos izquierdas”. En una izquierda “moderna y reformista” se ubicó a los gobiernos de Lagos y Bachelet en Chile, el uruguayo de Tabaré Vázquez y el de Lula da Silva en Brasil, pero en una izquierda “nacionalista y cerrada” fue colocada la “triada radical” de los gobiernos de Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Correa en Ecuador. Una tipología cuestionada en su premisa doctrinal y metodológica, subrayando que entre las izquierdas concurrían diferencias de peso que contradecían cualquier clasificación dicotómica.[1]

Igualmente disputado ha sido restituir el “fantasma del populismo” para una taxonomía aplicable a determinados regímenes políticos. En ese curso, el significante “populismo” se ha hecho popular, adquiriendo en el lenguaje corriente de la política sentidos como: cortejo apologético del pueblo con fines electorales; menosprecio a las instituciones democráticas; irresponsabilidad fiscal y ejercicio autoritario del poder sustentado en el carisma del líder. Los medios de comunicación han sido efectivos en la producción del “populismo” como una etiqueta útil para ser lanzada contra el adversario. Coincidentemente, los llamados “populistas radicales” son también los gobiernos que han fundado medios públicos/oficiales e intentado regular con nuevas normativas la estructura mediática (Waisbord, 2014).

El populismo latinoamericano –a diferencia del ruso o el norteamericano del siglo XIX− no es un término con el que algún político se autocalifique, sino una atribución analítica. En su forma “clásica”, fue la categoría apropiada para estudiar, entre otros, los gobiernos argentinos de Yrigoyen y Juan Domingo Perón, el mexicano de Lázaro Cárdenas y el de Getúlio Vargas en Brasil. En la década de los 90 el concepto “neo-populismo” fue relanzado para referirse a líderes fuertes que implementaron políticas neoliberales, pero ahora también serviría para calificar a los procesos y líderes políticos “radicales” que emprendieron acciones concretas para revertirlas (Paramio, 2008), (Roberts, 2008). El cuestionamiento es obvio: ¿dónde radicaría la especificidad de un concepto que vale para describir los regímenes liderados por Perón, Fujimori y Chávez?

En respuesta, determinado consenso académico asume una conceptualización mínima, a saber, el populismo sería una estrategia política demagógica y un estilo de liderazgo personalista (Weyland, 2004). Un enfoque parcial, al desentenderse de la consistencia histórica de la relación entre populismo y democratización en la región. Este texto propone un breve repaso de la literatura académica que discute la tradición populista, con el propósito de participar de la batalla interpretativa que nos presenta ese “sentido común” que identifica, con demasiada rapidez, al populismo con una detracción de la democracia. Lo inconcebible –como apunta el filósofo Antonio Domènech (2004)− sería trabajar con conceptos que son esencialmente históricos, ignorando el concreto modo en que ellos encarnaron trayectorias políticas reales.

 

II.

América Latina no es un todo homogéneo, pero experimentó cambios en su fisionomía entre las décadas del 30’ y 50’ como resultado de las dos “guerras mundiales” (1914-1945), la Gran Depresión (1929-1933) y la crisis del liberalismo doctrinario. El descalabro internacional habilitó condiciones para que se desplegaran procesos industrializadores, contrarios a los intereses de las oligarquías agroexportadoras. Sin embargo, ni la burguesía nacional ni el movimiento obrero y campesino acopiaban por sí solos recursos políticos para dar salida a la crisis de la dominación tradicional. Sería el Estado el llamado a conducir el esfuerzo estratégico de acumulación y el arbitraje de un nuevo pacto social. Los regímenes que recabaron el respaldo de las masas populares para enfrentar a las oligarquías fueron pensados como “nacional-populares”.

El primer teórico del “populismo” fue Gino Germani (1962). En su interpretación lo “nacional-popular” operaba en una dinámica modernizadora del campo social y económico, al tiempo que era regulado por tendencias autoritarias. Aquí, la persistencia de una mentalidad paternalista posibilitaba que un líder como Perón −utilizando dispositivos como la radio− desplegara su carisma personal y subordinara la movilización popular a su liderazgo. Para los teóricos de la dependencia, en cambio, el populismo anunciaba la sustitución de un Estado oligárquico por un Estado de masas y de compromisos. De esta manera, la configuración populista suponía una reestructuración de las oportunidades sociales, donde la “irrupción de las masas” en la vida política suturaba un proceso de democratización fundamental (Weffort, 1973).

La dimensión democratizadora −entendida como extensión de derechos, inclusión social y entrada de las masas populares en la vida política− alentó el debate entre marxistas sobre si un proyecto socialista no debía incluir un momento populista como forma de capitalizar una base social y organizar políticamente a las masas. En una época en que la concepción de la democracia como sinónimo de socialismo ostentaba cierta representación académica, Ernesto Laclau (1978) propuso la tesis de una relación necesaria entre populismo y socialismo. En sus palabras: “no hay socialismo sin populismo, pero las formas más altas de populismo solo pueden ser socialistas” (p. 231).

La tesis fue rechazada por sus compatriotas De Ípola y Portantiero (1989), pues la dupla consideraba que la promesa populista se limitaba a resolver la tensión de lo nacional-popular en una lógica transformista que lleva “en última instancia a depositar en el poder estatal, y particularmente en el de su jefe máximo, la palabra decisiva” (p. 45). Ergo, la reificación del Estado, la represión del pluralismo y la dicotomización “amigo-enemigo”, en tanto rasgos esenciales de la configuración populista, descartan una relación con el socialismo como proyecto democrático emancipatorio. No obstante −en un acto de sinceridad intelectual− los autores reconocían que el “socialismo” al que se referían solo existía como proyecto.

La consideración del populismo como especie de primera fase “democrática popular” del socialismo fue igualmente ripostada por Agustín Cueva [1981]. El marxista ecuatoriano acude a la terminología gramsciana de “revolución pasiva” para explicar el populismo como sucedáneo de la revolución democrático-burguesa y anti-imperialista no realizada en la mayor parte de América Latina.[2] En su interpretación, el populismo consumaba, de manera tortuosa e incompleta, la transición de una sociedad oligárquica a una sociedad burguesa moderna. Su tributo a la democracia consistía en ayudar a “transformar en ciudadanos a los miembros de los “estamentos” heredados de la etapa oligárquica” (Cueva, 2012, p. 231).

Hasta aquí importa retener que las experiencias nacional-populares fueron examinadas en su relación con la democracia como un fenómeno político en su sentido social más complejo. La literatura destaca, entre otras, la emergencia del Estado como ente rector de la actividad económica y las políticas redistributivas; el rol arbitral de un líder fuerte; la irrupción de las masas en las plazas públicas; el acceso del populacho a derechos de los que eran excluidos y su vaguedad ideológica como expresión de la contradictoria gestión entre promover el avance del capitalismo y su control político. Dentro de estas nociones, los distintos énfasis organizan las polémicas sobre los efectos más o menos positivos o negativos del populismo para la democracia. Es el momento crítico donde las tradiciones políticas intelectuales −liberal, republicana, socialista y sus combinaciones− hacen de lo suyo.

Con todo, vincular positivamente el populismo con la democratización se sustentaba en la experiencia de las masas que vivieron aquellos procesos. Las afirmaciones de los militantes peronistas: “Perón despertó a los trabajadores” que hoy incitan imputaciones de heteronomía, fueron vividas por sus más humildes testigos como procesos de dignificación de su identidad, materializadas en extensión del sufragio universal, acceso a la ciudadanía social y reparación de humillaciones históricas e injusticias sociales.

Hace unas décadas un trabajador argentino confesaba que con Perón “era considerado como gente” (Barros, 2009, p. 7) y hace unos años un ciudadano venezolano decía: “yo no quiero que Chávez se vaya porque no quiero volver a ser invisible” (Pérez Sáinz, 2014). Por el lado de la democracia con énfasis social deben explicarse los porqués en Latinoamérica la crisis del Estado oligárquico de ayer y de las políticas neoliberales de hoy asumieron formas de democratización populistas y no otras posibles en sus respectivas coyunturas. Lo que resulta una manera otra de responder el por qué el ideal democrático populista no se ha desvanecido, sino que continúa marcando con su impronta la vida política de varios países en la región.

Para el peruano Carlos Franco lo que desconcierta a los intelectuales es “la secreta intuición de que la “sociedad plebeya” parece ser hija del populismo” (Franco, 1991, p. 141). Probablemente, el uso extendido de metáforas para explicar la relación entre populismo y democracia es síntoma de la polisemia de ambos conceptos, pero también del malestar ante la emergencia de lo plebeyo por cauces no deseados.

 

III.

Dejando a un lado los envites que lo demonizan (Vargas Llosa, Castañeda), la crítica académica al populismo no es trivial. Margaret Canovan (1999), por ejemplo, argumenta que la democracia tiene dos caras: la pragmática y la redentora. El populismo emergería en la brecha entre ambas dimensiones, en un intento de contrarrestar el exceso de elitismo que asentaría la democracia liberal si se la dejara a su aire. En esta perspectiva, el populismo contiende el orden liberal domesticado y se revela como la sombra que acompaña a la democracia (p. 16).

Benjamin Arditi (2007) disputa a Canovan la pertinencia de la figura de la sombra, pues no es del todo contundente para advertir los riesgos que supone un alto grado de populismo. Con la metáfora de un espectro Arditi se hace cargo de la amenaza a la democracia que, por ejemplo, observa en la Venezuela bolivariana. Allí el régimen populista apeló a la gente común contra las élites, se movilizaron grupos subalternos en pos de una agenda redistributiva, se revirtieron las políticas neoliberales y establecieron programas de bienes y servicios en barrios pobres. El chavismo mostró su ethos igualitarista y democrático, pero el líder impuso su tutela a la participación popular y las instituciones de base (los círculos bolivarianos) no desafiaron su mesianismo. Lo que en Arditi toma el sentido de una invitación a distinguir entre el momento de politización callejera −en que la plebe se enfrenta a los conservadores y racistas en un legítimo reclamo de cambio social− y el momento populista en el que se instaura un régimen que irrespeta las instituciones, se desconoce la autonomía ciudadana y se clausura la dimensión emancipadora de la política. Arditi expresa su reserva −parafraseando a Walter Benjamin− exhortando a jalar los frenos de emergencia de la política-como-populismo (Arditi, 2010, p. 18).

A poner bridas al exceso de populismo también apunta Panizza (2008) cuando escribe que en una concepción liberal-republicana, un presidente puede ser el líder de los desposeídos pero en la práctica es el gobernante de la totalidad del demos. La sentencia de compatibilidad entre populismo y democracia se presenta en el momento en que el líder decide entre accionar como un espacio simbólico de reconocimiento mutuo entre adversarios o insiste en perpetuar un “antagonismo constitutivo” (p. 92). Panizza reconoce la fuerza democratizadora del populismo, pero advierte que si su lógica fundacional no encuentra el contrapeso institucional que suture la fisura entre la plebs y el demos deviene en un peligro político (pp. 94-95). La contradicción se nos presenta en la metáfora de un espejo donde: “la democracia se puede contemplar a sí misma, mostrando todas sus imperfecciones, en un descubrimiento de sí misma y de lo que le falta” (Panizza, 2009, p. 49).

En los análisis “liberales” no faltan autores que reconocen en la ocupación de los espacios públicos por los pobres y los no blancos los impulsos democratizadores del populismo. Sin embargo, se insiste en que se trata de un horizonte distópico en el que un pueblo-unitario aclama plebiscitariamente a un líder (De la Torre, 2008, p. 40). El  expediente que expone los peligros del populismo subraya: 1) la inversión de las normas procedimentales por modalidades de participación política que erosionan la institucionalidad del sistema político; 2) la negación del pluralismo como resultado de la división maniquea entre amigos y enemigos (pueblo vs anti-pueblo, pueblo vs oligarquía); 3) el reforzamiento de la presencia del Estado en la vida pública y en la esfera económica (interfiriendo en la libertad individual y la propiedad privada); 4) la aclamación de un líder como encarnación del pueblo y la nación. Hasta aquí, no hay dudas de que el populismo ostenta una relación incómoda con la política liberal. Lo polémico es la aceptación de la democracia liberal como relato político insuperable.

Lo intelectualmente responsable sería afirmar que el examen de la democracia del populismo corresponde a preguntas que deben ser pensadas para cada proceso político concreto. Ahora bien, las preguntas que se hacen como las que dejan de hacerse refieren a determinadas concepciones. En caso de aceptar la democracia liberal como la única alternativa se nos presenta una falacia en sensu stricto, pues una alternativa no puede pretender exclusividad. Si aceptáramos un discurso único, el “populismo” puede ser usado para dividir en dos el escenario político: los que respetan la democracia y un resto de charlatanes y masas ingenuas que han creado un fantasma.

El ensayo “La miopía del procedimentalismo y la presentación populista del daño”, de Julio Aibar (2007), sirve para exponer este último punto. En la lectura de Aibar, el populismo es la presentación de un estado de cosas que no pueden ser reparadas con los medios y mecanismos de la democracia tecnocrática o policía (Rancière). Lo que caracteriza el populismo es su forma política de señalar un daño: la exclusión. Su peculiaridad discursiva es operar con una “inversión valorativa” donde “los cabecitas negras”, “los descamisados”, “los cholos” y la “chusma” vienen a representar el verdadero país. Los populismos −a diferencia de la izquierda marxista− interpelan a sus destinatarios a razón de dimensiones morales y subjetivas, dejando implícita la condición económica (p. 32). Vale decir que si así fuera el populismo sería empíricamente republicano plebeyo, al percibir que la antítesis entre reconocimiento y redistribución es falsa. Aquella injusticia no es un efecto indirecto de la otra, sino que ambas son interdependientes (Fraser, 2006). Pero el populismo −diferente del republicanismo cívico− no politiza las virtudes ciudadanas, sino que politiza la humillación de los excluidos. Por este lugar, no solo abre una frontera antagónica entre un “ellos” y un “nosotros”, sino que expone que el propósito de la democracia liberal no es cumplimentar la promesa universal de la ciudadanía.

Luego, si la democracia refiere al reconocimiento del otro como sujeto de derechos, el “populismo realmente existente” ha logrado en América Latina las cuotas más altas de inclusión ciudadana y afirmación de derechos sociales. Pero, el populismo no irrumpe en una situación social previamente desagraviada, en la que es posible imaginar una inclusión pluralista en torno a valores intersubjetivamente construidos mediante un “paradigma deliberativo”, sino que refiere a un campo de conflictividad política que tensa lo político, desborda lo institucional y enfrenta las resistencias de poderes fácticos y sectores tradicionalmente dominantes.

Con todos sus límites, el populismo histórico desafió un sistema político cerrado por la oligarquía y, a su turno, el “populismo radical” encaró las “democracias pactadas”; las que desmontaron las instituciones públicas, profundizaron la desigualdad y socavaron los moldes constitucionales republicanos. Existe una relación entre la emergencia del populismo y las crisis de las instituciones mediadoras de la democracia representativa. Sin embargo, los movimientos y regímenes populistas no tienen nada de excepcional. No hay contradicción, si se examina que en la región lo normalizado son las crisis de unas instituciones capturadas por oligarquías y élites de poder. Los defensores de las instituciones liberales asaltadas por los populistas son, por lo general, quienes antes las poseían.

Ciertamente, los enfoques que presten especial deferencia hacia el paradigma dalhiano de la democracia tendrán sobradas razones para impugnar la falta de compromiso del populismo con ciertas reglas del juego poliárquico. Pero el populismo no es la deformación demagógica de la democracia liberal. El populismo se inscribe −con no pocas tensiones, carencias y depreciaciones− en el programa plebeyo de soberanía popular e interdependencia entre democratización social y régimen democrático.

Un análisis crítico no hace de la necesidad virtud. Se retiene que lo íntegramente republicano-democrático es la conformación de un Estado descentralizado, no atrapado en un “decisionismo” personalista y donde la legitimidad se fundamenta en leyes, derechos y espacios de deliberación y decisión colectiva. El populismo, en cambio, busca soluciones de urgencia en el fortalecimiento de un poder ejecutivo que exterioriza tensiones hacia la institucionalidad que servían a la (in)gobernabilidad precedente. Pero el contenido de los populismos trasciende las intenciones de su liderazgo. La visión de masas amorfas, desorganizadas y susceptibles ante la demagogia del líder suelen pecar de elitismo intelectual. Cuando se reduce el populismo a una estrategia o estilo de liderazgo, se suelen colocar a la sombra las relaciones de fuerza que lo catapultan, los contenidos de las decisiones que se toman y el reconocimiento de quiénes ganan y quiénes pierden con el momento populista (Vilas, 2011).

Entendiendo el “populismo neoliberal” como un oxímoron –pues no cualquier presidenciable o líder que en su retórica conjugue el término “pueblo” puede traer a colación los históricos procesos nacional-populares de la región− lo que justifica el uso del término tanto para los regímenes “nacionales-populares” de antaño como para los “radicales” actuales, es que bajo su manto se reconoce, se analiza y se opina sobre ese momento en que una sociedad oligárquica y/o elitista es sacudida por la política de masas. Un momento, no en el sentido de lapsus de tiempo, sino de escenario en que las instituciones acaparadas por los grupos tradicionales de poder son abordadas por una fuerza democratizadora que busca alternativas al orden vigente.

Salir de la trama del “líder carismático” no implica desconocer los límites inherentes a una disposición autoritaria del mando, sino “repensar el alcance que le damos a su intervención y, sobre todo, concebirlo como parte de un juego de relaciones de fuerzas” (Melo, 2016, p. 40). En suma, reconocer las múltiples dimensiones referidas al ejercicio del poder, tomarse en serio los imaginarios colectivos e identificar el mundo de valores que no puede ser reducido a las habilidades y características personales de un líder.

En efecto, el populismo puede asimilarse a regímenes donde los repertorios de discursos y de prácticas políticas se orientan hacia mecanismos de redistribución de la riqueza, recuperación de las capacidades reguladoras del Estado y una noción de ciudadanía más apegada a la igualación de derechos y reparación de daños y humillaciones históricas.  Lo que no inmuniza a sus líderes de personalismo autoritario, pretensión de perpetuarse en el poder, clientelismo y propensión a etiquetar a sus críticos como traidores a la patria.

El populismo es un riesgo para el liberalismo, pero no para toda forma de democracia. Reconocer su genealogía republicana plebeya sirve para comprender que la configuración populista pertenece a una compleja dinámica combinatoria de autoritarismo desde arriba y democratización desde abajo. La política real se juega en ese conflicto, donde impulsar el empoderamiento simbólico y material del elemento plebeyo es lo que constituye la democracia.

 

Referencias:

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  • Arditi, Benjamin (2007). La política en los bordes del liberalismo. Diferencia, populismo, revolución, emancipación. Barcelona.
  • Arditi, Benjamin (2010). “¿Populismo es hegemonía es política? La teoría del populismo de Ernesto Laclau”, en Constellations, Vol. 17, No. 2.
  • Barros, Sebastián (2009) “Literalidad y sobredeterminación en el análisis político de identidades. El peronismo en la Patagonia”, en Actas del IV Coloquio de Investigadores en Estudios del Discurso y Jornadas Internacionales sobre Discurso e interdisciplina, Córdoba, Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso.
  • Canovan, Margaret (1999). “Trust the People! Populism and the Two Faces of Democracy”, Political Studies, Vol. 47, No. 1, pp. 2-16.
  • Cueva, Agustín (2012). Ensayos Sociológicos y Políticos. Introducción y selección de Fernando Tinajero. Ministerio de Coordinación de la Política y Gobiernos Autónomos Descentralizados, Quito.
  • De Ipola, Emilio; Portantiero, Juan Carlos (1989). “Lo nacional-popular y los populismos realmente existentes” [1981], en Emilio de Ipola, Investigaciones Políticas. Nueva Visión, Buenos Aires.
  • De la Torre, Carlos (2008). “Populismo, ciudadanía y Estado de derecho”, en Carlos de la Torre y Enrique Peruzzotti (editores), El retorno del pueblo. Populismo y nuevas democracias en América Latina. FLACSO-Ecuador. Quito.
  • Doménech, Antoni (2004). El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista. Crítica, Barcelona.
  • Franco, Carlos (1991) Imágenes de la sociedad peruana: la “otra” modernidad. CEDEP, Lima.
  • Fraser, Nancy (2006). “La justicia social en la era de la política de identidad: redistribución, reconocimiento y participación”, en Nancy Fraser y Axel Honneth ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate políticofilosófico. Ediciones Morata, S. L, Madrid.
  • Germani, G. (1962). Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas. Paidós, Buenos Aires.
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  • Melo, Julián (2013). “El jardinero feliz: sobre populismo, democracia y espectros” Las Torres de Lucca, Nº 2 (Enero-Junio), pp. 21-45
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  • Weffort, Francisco (1973). “Clases populares y desarrollo social. Contribución al estudio del populismo”, en F. Weffort y Aníbal Quijano, Populismo, marginalización y dependencia. EDUCA, San José.
  • Weyland, Kurt (2004) “Clarificando un concepto cuestionado: el populismo en el estudio de la política latinoamericana”, en Kurt Weyland, Carlos de la Torre, Gerardo Aboy Carlés, Hernán Ibarra, Releer los populismos. Centro Andino de Acción Popular, Quito.

 

Notas

[1]Los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador serán presentados y debatidos −por políticos, académicos y periodistas− como actores de una «nueva izquierda» o «izquierda moderna», resaltando sus diferencias con la «vieja izquierda» comunista. El concepto «socialismo del siglo XXI» se inscribiría en esta comprensión.

[2] Para Cueva, el paradigma de un movimiento popular democrático y antiimperialista, no atravesado por la distorsión manipuladora y la vaguedad ideológica populista sería el M-26 de Julio cubano.

 

Sobre los autores
Hiram Hernandez Castro 2 Artículos escritos
(La Habana, 1973). Licenciado en Pedagogía (1996). Licenciado en Historia (1999). Máster en Ciencia Política por la Universidad de La Habana (2004). Candidato a Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLAC...
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