¿Qué será lo que tiene el negro? Notas sobre masculinidad y estereotipos raciales en Cuba.

Foto: Escael Marrero (CC BY-NC 2.0)
Foto: Escael Marrero (CC BY-NC 2.0)

En la esquina de mi barrio (Buenavista), en estos tiempos que corren, es normal sentirse avasallado por la “esquizofrenia sonora” de las bocinas –nueva tendencia de la cotidianidad cubana–, sincronizadas a un móvil vía bluetooth. Entre tantas ruidosas melodías, un día como otro cualquiera percibo a mi vecino (un negro fuerte, con su melena a lo “yonki” y ropas ajustadas que hacen que resalte su musculatura), escuchando música. Allí estaba, casi enajenado en plena esquina, con gafas oscuras, disfrutando y, a la vez, “deleitándonos” con la banda sonora del momento, la canción el “Palón Divino”, cuya letra no deja a nadie indiferente:

“Soy negro, soy feo

Pero soy tu asesino

No es la cara, ni el cuerpo ma

Es mi “Palón Divino”.

Mi vecino, a quien apenas conozco de vista, se sentía pletórico cada vez que coreaba con intensidad aquel “melodioso” estribillo. Su pose denotaba poder. Y de un modo enérgico, no dejaba de remarcar la frase maldita: “Palón Divino”.

Experiencias de este tipo nos incitan a reflexionar sobre masculinidades en Cuba y su relación con los estereotipos raciales, un tema que se hace pertinente en la agenda social cubana. Hablar de masculinidad en Cuba evoca varias suspicacias, porque aunque es un tema que ha ido posicionándose en los últimos años (bien en el ámbito social y cultural, y desde la perspectiva académica), la transformación de sus diferentes modelos no se ha concretado a partir de una ruptura total y absoluta con la ideología patriarcal que aun nos consume.

Varias pautas de este complejo entramado fueron puestas al descubierto en Macho, varón, masculino. Estudios de masculinidades en Cuba, de Julio César González Pagés; una contribución que sistematiza algunas de las problemáticas más complejas que afronta nuestra sociedad a la hora de poner en práctica nuevas formas de ser hombre.

En esta tesitura, las contrariedades cotidianas se refuerzan puesto que a la sazón del posicionamiento social que proyectan los diferentes modelos de masculinidad dentro de la sociedad cubana, destaca un punto en completa contradicción argumentado en la acuciosa investigación antes mencionada: “en Cuba, la masculinidad hegemónica sigue siendo representada por los hombres blancos, citadinos y heterosexuales”.

A partir de este planteamiento, abordar a profundidad los elementos que conforman la dinámica de las representaciones de la masculinidad en Cuba, resulta un asunto que acarrea muchas contrariedades. Los hombres cubanos, en formas y tamaños, obviamente son diferentes. Luego, a la hora de proyectar actitudes y comportamientos, pues no difieren mucho. El machismo como práctica cotidiana es ejercido unilateralmente por casi todos los hombres cubanos. Sin embargo, hay ciertos tópicos que generan puntos de inflexión y condicionan las representaciones de esa hombría, denotando características “especiales” en un sector de hombres determinados.

Más allá de la percepción y la elaboración de significados en torno a los hombres, hay que considerar que la sociedad cubana (en un largo y retrógrado proceso histórico), ha padecido, y aun padece en formas particulares, procesos de diferenciación a partir de “clasificaciones raciales” que, a fin de cuentas, han jugado un rol fundamental en la ordenación de nuestras relaciones sociales y culturales. Consecuentemente, el género, como configurador de prácticas sociales desiguales, estructuradas por medio de las diferencias entre los modelos de ser hombres y mujeres, y sus relaciones entre sí, queda también condicionado por los aspectos negativos que han generado las “identificaciones raciales”.

En ese sentido, estudiar las implicaciones raciales en la construcción de los modelos de masculinidad en el ámbito de la sociedad cubana, nos permite visibilizar los efectos y las problemáticas contenidas en cuanto a significados y estructuras en una sociedad como la nuestra, con una historia en cuanto a relaciones raciales y representaciones raciales cargada de matices. De cierto modo, es una manera peculiar de enfocar un proceso social que claramente advierte cómo a través de los estereotipos raciales se han configurado prácticas y realidades alrededor de la vida de hombres y mujeres en modos distintos (y alarmantes) para cada caso en concreto.

Desde una visión social y cultural, está latente una memoria histórica que en determinados momentos y contextos ha puesto en entredicho la actitud y el comportamiento de hombres negros. Esta dinámica ofreció, de diversos modos, una idea distorsionada de procesos sociales en los que las “identificaciones raciales” también condicionaron los contenidos de género que elaboraban la masculinidad de manera distinta y jerárquica. Fue así como, en nuestra historia, se han manifestado con total impudicia configuraciones de identidades masculinas, que como ejemplificaremos más adelante, tuvieron bastante presente los significados y efectos construidos a través de los estereotipos raciales.

Ser un hombre negro cubano constituyó un hecho social sin paliativo a partir del cual se construyeron definiciones estereotipadas que asignaron roles representativos en torno a cualidades relacionadas con la masculinidad, que identificaban a un sujeto por el “color de su piel”. Esta paradoja acaparó significativas fisuras que, a lo largo y ancho de nuestra historia nacional, han ido marcando definiciones asignadas socioculturalmente a partir de los estereotipos raciales. Este hecho también tuvo una incidencia inmediata a la hora de comprender la capacidad con la cual nuestra sociedad produjo modelos de masculinidad, convirtiendo a un sector de hombres, identificados racialmente, en portadores de actitudes y comportamientos asociados a estereotipos raciales.

Sistemáticamente, este ha sido un fenómeno que establece una relación bastante sostenida entre la masculinidad y los estereotipos raciales. Y en esa dinámica, se han construido determinadas nociones que generan representaciones opuestas entre hombres negros y blancos, capaces de cimentar un culto a la masculinidad a partir de imágenes de dominio y superioridad.

Pongamos algunos ejemplos. No resulta un secreto para nadie que cada cultura tiene y pone en práctica constantemente determinadas expresiones que presuponen lo que los hombres deben de hacer para comportarse como tales. Sin embargo, es bueno tener presente que cada una de estas expresiones son interpeladas por procesos históricos de “identificaciones raciales” que, de un modo simbólico, resquebrajan los arquetipos de la hegemonía masculina, incluyendo nociones de dominio que implican su equiparación con representaciones controvertidas.

A los hombres negros se les impone, en ese sentido, modos distintos de representar su hombría, estableciendo una relación peliaguda entre lo que se espera de ellos a la hora de representar su masculinidad.

Hay cierta recurrencia a determinados mitos alrededor de la sexualidad. Dentro de ese universo, las capacidades y potencialidades corporales para la música y el baile constituyen dos puntos de referencia. Su demostrada destreza y desempeño para estas actividades, han condicionado la asunción universal de un elemento característico entre los hombres negros, que aunque puede jugar como un elemento constitutivo que reconoce cierta hegemonía, paradójicamente pone a prueba la estructura patriarcal que relega un tipo de proyección de la hombría a aspectos muy concretos.

Otro de los elementos que mayor impacto ha generado en el imaginario de los estereotipos raciales ha sido la creencia en la “bemba” grande y, particularmente, en el pene grande. Este elemento los sitúa alrededor de una mitología racial recurrente que provoca un imaginario suspicaz a la hora de construir la masculinidad, entendiendo que en ese proceso, como destaca González Pagés, “poseer un pene grande le abre al futuro hombre los caminos de la sexualidad, pues mientras mayor sea el diámetro y la longitud más resaltará la virilidad”.

A partir de esa lógica, a los hombres negros se les impone modos muy peculiares de representar su hombría, estableciendo una relación peliaguda entre lo que se espera de ellos a la hora de representar la masculinidad: un pene grande, un buen bailador. De modo que los hombres negros llevan sobre sus hombros la responsabilidad de cumplir con algunos patrones masculinos que los obligan a responder en consecuencia con la marca infalible de los estereotipos raciales.

Este argumento provoca que la marcación de determinados patrones en el reconocimiento y la proyección de comportamientos masculinos, los estereotipos raciales pongan de relieve una sensación de angustia en el sentido de que, paradójicamente, se convierten en motores impulsores de la representación de un modelo de masculinidad en hombres negros que, a su vez, presuponen la comprensión de un proceso que continua perpetuándose a partir de la dinámica racista manifiesta en la sociedad cubana contemporánea.

De manera que, para analizar cómo han influido los estereotipos raciales y la masculinidad en el proceso de construcción de sus diferentes modelos, resulta importante destacar cómo algunas de las representaciones subliminales comentadas, continúan reconociéndose con determinados imaginarios. A partir de entonces, se enfatiza en una lógica racista que identifica lo masculino y algunos de los significados de ser hombre, con prácticas sociales de “racialización” en torno a la sexualidad y el baile, por solo citar dos ejemplos.

Asimismo, la visualización de estereotipos raciales en torno a la masculinidad, influye negativamente en la evaluación de procesos complejos en un entorno sociocultural donde prime la violencia y la marginación. De un modo singular, este tipo de dinámica presupone la toma de consideraciones prejuiciadas en la representación de ser hombres en consecuencia con las relaciones sociales cubanas que continuamente reproducen estereotipos raciales discriminatorios.

A partir de entonces, de ahí que la canción comentada al inicio haga hincapié en tres aspectos controversiales: negro, feo, pero con un “Palón Divino”. Estas expresiones matizan, de un modo desafortunado, los modos de ser y existir de los hombres negros en Cuba, tipificando su comportamiento masculino.

 

Sobre los autores
Maikel Colón Pichardo 5 Artículos escritos
(Guantánamo, 1981). Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana (2008) y Master en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Barcelona (2013). Ha profundizado en estudios contemporáneos sobre género y masculinidad y su intersección con...
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