Monseñor Carlos Manuel en la revista Temas





 

Carlos Manuel de Céspedes fue, desde muy temprano, un colaborador de Temas. En el número 4 de la revista, apareció su ensayo “¿Es el pueblo cubano católico o no?”, en medio de la crítica primavera de 1996. Desde fines de los 60, cuando desapareciera el periódico El Mundo, donde él mantenía una columna, ninguna otra publicación no religiosa le había pedido una colaboración. Es bueno recordarlo, no por el mérito de haber sido sus editores, naturalmente, sino por el suyo, al dar una lección de integridad, lucidez y autonomía intelectual, consistente en publicar en una “revista comunista” una visión ajena a la línea jerárquica de la Iglesia, y a la obediencia que caracteriza a la mayoría del laicado religioso en Cuba. Su manera de serle leal a esa Iglesia era, por el contrario, reconocer críticamente que la mayoría de los cubanos no eran católicos, lo que se apartaba considerablemente de la línea. Recuerdo la tarde en su parroquia de San Agustín, en Almendares, cuando, al terminar de revisar página por página la edición de aquel ensayo memorable, me dijo: “Esto me va a traer problemas con mi gente”. No se me ocurrió otra cosa que estrecharle la mano, y responderle con una sonrisa: “A mí también con la mía, Monseñor”. Desde entonces, supe que teníamos una especie de confianza.

Tiempo después, al aproximarse la visita de Juan Pablo II, la revista publicó una larga entrevista suya. Lo invité luego varias veces a participar en nuestros debates de Último Jueves. Pero siempre se excusaba. Supe finalmente que estaba muy enfermo; y que le era difícil incluso subir los escalones de la galería de arte en Fresa y Chocolate, donde hacemos los debates. Posteriormente, por suerte, se recuperó; y volví a la carga, aunque tampoco fue fácil. “¿Por qué tengo yo que ser el cura que siempre invitan a todo?” “¿Y quién te dijo que yo quiero a un cura? Para mí tú eres un intelectual, y por eso te invito”—le respondí. “Pero hay otros que pueden hacerlo mejor que yo, por ejemplo…” Después de algunos escarceos como este, al fin logré vencer su orgullosa modestia. Y convencerlo de que se sentara en un panel de Último Jueves, celebrado hace menos de tres años, sobre el tan traído y llevado tema de los valores.

Le propongo a Cuba Posible que publique íntegramente sus intervenciones en aquel debate, el 27 de septiembre de 2012. Vale la pena hacerlo, entre otras cosas, también para contrarrestar la tendencia que, a propósito de su réquiem, recarga la mano sobre su obra y conducta cívica, cosa nada extraña en el mundo de las ideas. Como se decía antes en relación con ciertos epígonos de Marx, esos intérpretes “lo hacen hablar”, con una especie de ventriloquismo intelectual, que le atribuye ideas y posiciones ajenas a las expresadas de viva voz, en su última colaboración para los lectores de Temas.  

Panel ¿Valores en crisis? Ultimo Jueves, 27 de septiembre de 2012.

Raúl Garcés: Como indica el título de este panel de Último Jueves, vamos a estar conversando de valores. ¿Eso de la crisis de valores es nuevo?, ¿es un tema cubano o se manifiesta globalmente?, ¿es común que hablemos de crisis de valores cuando se producen momentos de cambio y de transición en las sociedades?, ¿cómo podemos encuadrar conceptualmente este tema?

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes: Lo primero que me gusta decir cuando hablo de estos temas es que no me parece objetivo ni justo que se hable de crisis de valores en Cuba, y mucho menos en la juventud, como si fuera un fenómeno extraño, exótico, que está ocurriendo aquí y ahora.

Aunque la palabra valor, en el sentido que le damos hoy día, es relativamente nueva, tuve la curiosidad de buscarla en los diccionarios más viejos que tengo, de los siglos XIX y XX, y no aparece nunca con esa acepción; casi siempre está relacionada con el precio, o con el de coraje en la guerra, y cosas por el estilo. Y creo que es en ese sentido positivo, constructivo, como dijo la profesora, de lo que podríamos hablar; y evidentemente cuando hay una crisis de este tipo hay cosas que se derrumban y otras que se levantan, y no es tarea de dos días. Podríamos hablar de un mundo que se acaba, pero no de que se está acabando el mundo, porque hay una serie de valores nuevos y otros que ya no se cultivan tanto.

Los valores, en el sentido que les damos en este panel, no se pueden considerar aislados de la realidad personal y global en la que vivimos. Todo está conectado e interpenetrado. Yo tuve una formación católica y casi beata, porque así era mi familia, así fue el colegio en el que estudié, la Universidad en Roma, etc.; pero en varias cosas coincido con la profesora. Por ejemplo, esa frase de Marx: no se vive como se piensa, se piensa como se vive, me recordaba una del Papa León XIII, en el siglo xix, que decía: “No se le puede hablar a la gente del Evangelio y de Jesucristo cuando tienen el estómago vacío, llénale el estómago y después háblale de Jesucristo y de todo lo demás”. Es más o menos la misma idea.

Por otra parte, creo que los ancianos, o sea, los que venimos del Pleistoceno, como yo, nos podemos sorprender, quizás, con actitudes nuevas de las generaciones nuevas. Gracias a Dios que nos podemos sorprender y que los jóvenes de hoy, en Cuba y en cualquier otra parte del mundo, no son puros repetidores de lo que hicieron sus padres y mucho menos sus abuelos. Eso no solo es natural que suceda —lo constatamos sociológicamente si se quiere—, sino que es bueno que sea así. Y por supuesto, en esas situaciones de cambios, cuando se acaba un mundo para que surja otro, tiene que haber despistes, exageraciones, carencias. Es imposible que no haya todas estas cosas que acompañan un fenómeno de un mundo en cambio, no de destrucción del mundo.

Creo que eso es lo que vivimos en Cuba y lo que se percibe en los jóvenes sobre todo, lo cual es normal. Aunque, como dije, soy del Pleistoceno, yo fui joven también, y me acuerdo de cuando estábamos en la Universidad, precisamente en la época en que se estaba gestando la Revolución, y muchos ancianos, padres y abuelos decían: “Pero ustedes están locos, mira en lo que están pensando, ¿qué cosa es eso?”; y ya sabemos todo lo que eso ha significado de positivo, de ambiguo y hasta de negativo también para nuestro mundo. Era un mundo en construcción, y era normal que los jóvenes nos entusiasmáramos. Quizás nos entusiasmamos y esperamos demasiado; pero es mejor apuntar lejos para poder llegar por lo menos hasta un punto.

Entre los jóvenes, evidentemente, hay de todo, como es natural, por ejemplo en los gustos y en las estimaciones. Yo iba a citar algo del dúo Buena Fe, sin saber que iba a estar aquí Israel Rojas. En medio de este mundo en que hay tantas “músicas” —por no decir ruidos— que producen algunas bandas en conciertos, está Buena Fe, que es un grupo de jóvenes muy gustado por los jóvenes, y es muy contemporáneo, pero en la mejor tradición cubana, tanto en el orden de las letras de sus canciones como en el de la música que interpreta.

Por supuesto, es inevitable que introduzca la visión cristiana del asunto, el juicio de la fe sobre todo esto. Hay un hecho, que fue el Encuentro Nacional Eclesial, hace ya veintiséis años. La Iglesia se planteó en los años 80: “El mundo está cambiando y ya ha cambiado mucho en Cuba”. ¿Cómo tiene que ser y actuar la Iglesia en ese mundo que ha cambiado, donde ha habido una Revolución socialista, cuando no estamos en el siglo de Félix Varela, ni en el momento de la independencia, sino en otro momento? ¿Una Iglesia que no se confunde con el mundo, pero que vive en él? ¿Los católicos cubanos quiénes son?: gente que vive en Cuba, que ha recibido su educación en Cuba, que tiene las mismas presiones y estímulos que los demás, y por lo tanto había que plantear una visión de la tarea de la Iglesia, una planificación de las actividades pastorales, etc., a la luz del Evangelio y de todos los valores cristianos permanentes; pero también de la situación cubana actual.

Fue lo que hizo la Iglesia, en general, en el Concilio Vaticano II, que convocó Juan XXIII en el año 59, y se celebró del 62 al 65. En una ocasión, cuando se preparaba el Concilio, que se reunían las comisiones en Roma —yo vivía en Roma en aquella época y estudiaba allí—, hubo un obispo, no de Italia ni de Europa, sino de América, que conversó con el Papa y le preguntó: “Santidad, ¿usted qué pretende con el Concilio, para qué ha convocado a un Concilio a estas alturas?”, y el Papa, a quien le gustaban mucho los gestos gráficos, se levantó del escritorio de su biblioteca, que es donde habitualmente recibía, abrió la ventana y dijo: “Para que entre aire fresco en la Iglesia, y con el aire fresco, que entre todo lo demás”. Yo creo que ese aire fresco es a lo que llamamos algunas veces crisis, pero constructiva, y en ese sentido acepto el nombre, pero no en otro, no una crisis destructiva; es aire fresco, y con el aire a veces pueden entrar basuritas, pero no por eso debemos renunciar a él.

Raúl Garcés: Cuando pensamos que toda crisis implica una transformación, ¿eso no nos lleva implícitamente, aunque no lo queramos, a cierta tolerancia social frente a valores negativos, desde el punto de vista ético?, ¿hay más tolerancia respecto a ciertas cosas que no son socialmente compartidas, y que para la mayoría son los que deben ser?

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes: Esas preguntas tienen que ver con lo primero que pensaba decir, en referencia a observaciones que han hecho dos personas en la ronda del público. Una, la de Desiderio Navarro, que me parece que tuvo muchísima puntería. Quizás fuimos demasiado optimistas a la hora de presentar la palabra crisis; pero creo todos sabemos que existe esa crisis constructiva, y también la destructiva, antes y ahora, en Cuba y fuera de ella, entre los jóvenes y entre los mayores.

Soy muy amante de la historia y sé que en Cuba, desde finales del siglo XVIII, ha habido una gran variedad de puntos de vista. Había respeto y tolerancia con cosas que se podían tolerar, y había también intolerancias inadmisibles. Creo que el maestro de la tolerancia, en el siglo xix, fue José Martí, y él, que tenía muy claras sus ideas, y no cedió en ellas, era incapaz no ya de distanciarse de la persona que tenía una idea distinta, sino ni siquiera de expresarse acerca de él con términos vituperables; podía hablar mal de una opinión, pero no de una persona. Conservó amigos que no fueron independentistas.

Por ejemplo, don Nicolás Azcárate era autonomista y siguió siéndolo hasta el día que murió, después de instaurada la República; y Martí, por supuesto, fue independentista y murió en eso. Cuentan que Azcárate, cuando alguien de su camada, autonomistas muy desencantados con la República, hablaban mal de los independentistas, ripostaba: «Hay por lo menos una excepción, yo no los conocí a todos, pero conocí a Martí, y es el mejor hombre que he conocido en mi vida; él trató de convencerme al independentismo, pero nunca lo logró; seguí siendo autonomista, pero seguimos siendo amigos». Lo mismo pasaba con Martí, según me contaban mis abuelos. Cuando alguien hablaba de los horrores del autonomismo, decía: “No generalicen, no generalicen, ahí está don Nicolás Azcárate, que es un hombre excelente y es autonomista, y yo no lo he podido convencer”.

Hay otro hombre que fue maestro de Martí en el Colegio San Pablo, el de Rafael María de Mendive: José Ignacio Rodríguez, el que escribió la primera biografía del padre Félix Varela. Entonces era un autonomista, y cuando Martí ya estaba preparando la revolución, le mandó uno de los primeros ejemplares de sus Versos sencillos, con una dedicatoria preciosa.

Creo que hay que distinguir entre respeto y tolerancia por la pluralidad, y el permisivismo. A veces la frontera es difícil, es una línea tenue que con facilidad se salta, pero creo que tenía mucha razón Desiderio cuando insistió en lo de tu verdad y mi verdad. Se puede jugar con eso, pero tenemos que buscar juntos la verdad que nos sobrepasa, que no es ni la tuya sola ni la mía sola; hay que contar con otras opiniones, encarar la diferencia a partir de un diálogo respetuoso, de una coparticipación en las búsquedas y en las realizaciones.

Por otra parte, es cierto que no todos los jóvenes de una generación son iguales; no pensemos que en esa generación positiva de la sociedad norteamericana, de los 60 y los 70 todos pensaban así. Yo fui varias veces a los Estados Unidos en esa época y había de todo, los que participaban de esas ideas con las que comulgamos, que tuvieron que ver con las batallas por los derechos civiles y tantas cosas buenas, y los que seguían siendo tan racistas como sus tatarabuelos esclavistas. Todos convivían en el país con ideas muy distintas. En esa época todavía funcionaba el Ku Klux Klan como le daba su real gana. Incluso en los años 80, una fecha tan avanzada en el siglo xx, una vez que estuve en el norte de la Florida supe que había habido un linchamiento por el Ku Klux Klan, creo que fue el último acto de esa organización racista.

Hay un libro reciente, pequeño pero muy valioso, de Carmita Barcia, que es tan buena historiadora y tan matizada en sus cosas. No recuerdo el título. Sobre él escribí un artículo en Palabra Nueva, y lo titulé “A veces el perfume bueno viene en frascos muy pequeños”, porque es un librito sobre una sociedad en crisis, refiriéndose a la vida en La Habana en el siglo XIX, en la etapa de la guerra de independencia. Mientras se estaba peleando prácticamente a las puertas de la capital, y Antonio Maceo ya estaba enfocando a Marianao, y muchos hasta tenían parientes en la manigua, en La Habana seguía funcionando la ópera, se había fundado el teatro Alhambra y la gente iba allí a divertirse con los chistes picantes. La vida seguía igual o casi igual.

Eso pasa siempre en todas las generaciones; ¿podemos decir que la generación del 95, en Cuba, fue a pelear por la independencia? No toda, pero fue la que dejó el tono para lo que vino después, hasta cierto punto. Quizás algunas se definen con el tiempo, se define qué es lo que pesó realmente en esa etapa, en la sociedad del país de que se trate; pero otras se pierden en la historia. Muchas de las cosas negativas que uno lee, por ejemplo, en escritos de Varela, sobre los jóvenes cubanos de principios del siglo xix, se podrían aplicar a jóvenes cubanos del siglo xxi, tanto los defectos como las virtudes que les señala. Son cosas que se repiten; algunas se corrigen de manera bastante generalizada, pero otras no.

En relación con la barrida generalizada de los primeros años de la Revolución, que mencionaba Mayito Coyula, efectivamente se barrió con lo que había que barrer de la etapa anterior, y eso fue bueno; pero también con muchas otras cosas como algunos valores reales de aquella sociedad, llamémosle burguesa, capitalista, o como sea. Lamentablemente, eso pasa en todas las revoluciones. ¿Debemos conformarnos con que suceda? No; pero es bueno que ocurran revoluciones que obliguen a cambiar cosas y a procurar una sociedad más justa, y lo que hay que hacer es esforzarnos porque eso se supere, y pensar con racionalidad los cambios que deseamos.

Raúl Garcés: Estamos pasando de un análisis de los valores a nivel individual, a los de la nación, un concepto un poco más amplio. Quisiera que retomáramos la pregunta que quedó pendiente: ¿qué hacer en función de rescatar determinados valores que son esenciales para preservar el destino que queremos para la nación cubana?

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes: Creo que todo tiene que ver con el tipo de sociedad a que aspiramos, y enderezar las cosas hacia ella. Yo les confieso que aspiro a que Cuba siga siendo socialista, sin los apellidos que tuvo hasta ahora, al estilo de lo que se impuso en la Unión Soviética en su momento. Incluso, eso fue una frustración para la Revolución; pero ese no es el único socialismo concebible, y pienso que no ha estado vigente social y políticamente, como sí lo estuvo aquel; pero ahí está la gente que ha pensado en eso, y nosotros, que hemos vivido dentro de un régimen que de algún modo fue calco de aquel, sin llegar a sus extremos, pero que tuvimos muchos de sus defectos, sabemos dónde están las virtudes del socialismo; entonces, hay que mantenerlo. Pero —ahora voy a poner yo otro apellido— que sea participativo, vamos a decir democrático, aunque esa palabra se ha usado para cosas muy distintas, pero ustedes saben lo que quiero decir.

Entonces en eso, en la evolución hacia un socialismo participativo, debe trabajar toda la sociedad. Cada uno tiene algo que aportar, y precisamente del diálogo con el que se deben presentar esas opciones e intercambiar podrá surgir esa sociedad participativa en la que haya no solamente valores, sino realidades, en la que todos estemos de acuerdo aunque pensemos distinto en otra cosa; pero eso tiene que ser a partir de una actitud de diálogo, de respeto, de comprensión, de derecho de ciudadanía.

O sea, yo creo en un socialismo participativo, pero no debe ser fruto de un decreto, sino de una participación dialogante entre todas esas tendencias, grupos sociales de distinta índole y pelaje; así creo que se podrá llegar a algo


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