Monseñor de Céspedes: entre la cruz y la estrella





Nota introductoria

La entrevista contenida en las siguientes páginas tiene por virtud principal el hecho de ser la última que se le realizara a monseñor Carlos Manuel de Céspedes. La introducción que la acompaña fue redactada al poco tiempo de su muerte, cuando los sentimientos se habían enfriado y los razonamientos ocupaban el lugar pertinente.

Salvando una falta de dicha introducción, sin ánimo de alimentar egolatrías personales, tal vez sirva de algo contar cómo “la personalidad eclesiástica más interesante que ha atravesado los últimos cincuenta años de la historia cubana”, a decir del sociólogo Aurelio Alonso en el prólogo del libro Monseñor Carlos Manuel se confiesa, fue entrevistado por un estudiante de primer año de Periodismo, pues ese simple hecho ilustra de buen modo el carácter del personaje en cuestión.

En una tarde de noviembre, calurosa como agosto, lo encontramos sentado en la primera fila de la sala de conferencias de la Fundación Carpentier, con su traje negro, el bastón de madera tallada en una mano y el acostumbrado sombrero de pajilla sobre las piernas, escuchando a Eduardo Heras León departir acerca de la prosa de Onelio Jorge Cardoso. Nos extrañó verlo allí, no por lo impropio del tema, sino porque no es costumbre en Cuba que un sacerdote participe de actividades ajenas a su materia.

Terminada la disertación, una vez cruzados los criterios y repartidos los elogios, no pudimos evitar el impulso de acercarnos para saludarlo. En un momento, le hicimos mil preguntas sobre la Iglesia universal y la local, tan local como puede ser la parroquia de Nueva Paz, última de la provincia Mayabeque y, ante nuestra sorpresa por la calidad y exactitud de sus informaciones, dijo con una mezcla de picardía y orgullo que estaba viejo, pero no obsoleto.

Las caprichosas hebras de la rueca de Cloto llevaron a que, días después del encuentro, me fuera orientado como trabajo de clase la realización de una entrevista. Por obra y gracia de la sinapsis, la bola de la ruleta cerebral se detuvo en él. ¿Qué me costaba intentar solicitársela? Si aceptaba, tendría el honor de sentarme con uno de los sacerdotes más representativos y que, por si fuera poco, venía de uno de los linajes mejores aquilatados de la nación.
Entonces hice la llamada. Respondió su secretario, quien vaciló cuando dije que era un estudiante de periodismo, natural de Nueva Paz. “Vamos a ver si te puede atender”. Esperé, sin muchas esperanzas, oyendo el sonido de la ópera a través del teléfono.

– Esos son unos muchachos de lejísimo que me encontré el otro día en la Carpentier -comentó al secretario antes de contestar.

– Buenas tardes, Monseñor. Ya escuché que se acuerda de mí. Quisiera que me respondiera unas preguntas sobre las relaciones entre la Iglesia y la Revolución. Me conformo con cinco minutos de su tiempo.

– Tema espinoso para un muchacho y que no se despeja en cinco minutos.

En contra de todo pronóstico, aceptó. Pero esa es otra historia.

Cierto día de invierno…

La mañana del lunes 2 de diciembre de 2013 la ciudad pareció deshabitada. Un sonambulismo melancólico, propio del último mes del año, inundaba el aire con sus hálitos grisáceos. El interior de la iglesia de San Agustín, en el municipio Playa, ilustraba como el más fiel de los lienzos esa atmósfera. Poco más de una docena de ancianos, dispersos por los bancos del enorme templo, participaban de la misa que oficiaba otro anciano quien, sentado en silla de ruedas, casi se diluía entre los mármoles del altar.

El motivo de mi visita era precisamente ese sacerdote que repetía, con la seguridad del que lo ha hecho incontables veces, las frases rituales de la ceremonia. Viéndolo así, enfermo, con la voz como un silbido, anacrónico ante los arcos inmensos de un templo moderno, me fue difícil definir a quien, dentro de poco tiempo, sería mi entrevistado.

De él se sabía casi todo: que descendía de dos de las familias más encumbradas del país, con patriotas, presidentes, artistas e intelectuales en su nómina; que fue Vicerrector del desaparecido Seminario El Buen Pastor, Rector del Seminario San Carlos y San Ambrosio, Director del Secretariado General de la Conferencia Episcopal y Canciller del Arzobispado de La Habana; que fue honrado con la distinción honorífica de Capellán Papal, con el Premio de la Latinidad y con la Real Orden de Isabel la Católica. Pero, ¿quién era realmente monseñor Carlos Manuel de Céspedes?

Es difícil aventurar una respuesta, pues la esencia de las personas está en lo más profundo del alma, oscuro reino donde cohabitan en pugna constante entes seráficos y demoníacos. A mi juicio, la fórmula que lo convirtió en una personalidad tan interesante estaba cimentada en una mezcla proporcional de inteligencia, astucia y sinceridad, que lo hizo capaz de moverse en terrenos minados por la intolerancia de la ideología, que veía en la religión al opio de los pueblos, y conservar amistades, como la del político Carlos Rafael Rodríguez, más allá de los desacuerdos.

Con tal carácter, al igual que el buen incienso, monseñor De Céspedes hizo estornudar a más de un endemoniado. Este hombre, que nunca llegó a ser obispo y cuya muerte fue asumida con ártica frialdad por la prensa oficial cubana, en su caminata por la cuerda floja se ganó la ojeriza de algunos a ambos lados del tablero porque para quienes se colocan en los extremos, el ángulo hace imposible una visión adecuada de los que están en el centro.
Pero estas opiniones vinieron después. Aterrizando nuevamente en la iglesia de San Agustín, me recibió al terminar la misa en su despacho, cuya mística patriótica casi iguala la del Cementerio de Santa Ifigenia. Imágenes de los De Céspedes, de los García-Menocal, de Perucho Figueredo, de Cristo, de los Papas, de José Martí, ocupaban repisas, paredes y mesas en un concierto de patria, religión e intelectualidad pocas veces ejecutado con semejante armonía en esta Isla de ritmos extremos y disonantes.

Conversamos con la calidez de personas que se conocen de siempre. Desde su acostumbrado sillón, como si de una cátedra universitaria se tratara, hurgó en los entresijos de su memoria de casi ocho décadas para recrear las estaciones del Vía Crucis que ha sido la relación de la Iglesia Católica con el Gobierno Revolucionario. Y no porque la muerte le respirara en la nuca ?algo que declaraba sentir hacía tiempo?, las respuestas fueron menos vivas. Con la criolla cordialidad que le era propia, abrió la conversación.

– Llegaste muy temprano.
– Sí. Estuve en la misa, sentado al final.
– Ah, por eso no te vi. Después del tercer banco, no distingo si lo que hay es una vieja o un muchacho.

Terminados los preámbulos, entramos en la peliaguda materia que motivó mi visita.

– Monseñor, es sabido que a la Iglesia no le agradan las revoluciones. ¿Con respecto al movimiento que se desarrolló en la Sierra Maestra y en las ciudades de Cuba en los años cincuenta, qué postura adoptó?

No hubo una postura única. Había distintas opiniones. La mayoría de los católicos no simpatizaba con la dictadura, pero al menos los más conocidos, tanto sacerdotes como laicos, preferían una solución por la vía política.

Cosme de la Torriente, un señor que fue muy conocido porque se vinculó con gente importante desde el principio de la República, creó un grupo al que se le dio el nombre de Comité Cívico, conformado por asociaciones civiles, para establecer un diálogo con Batista y pedirle que renunciara, establecer un gobierno provisional y convocar a la reorganización de los Partidos. Por supuesto, Batista no aceptó. Al fracasar ese Diálogo Cívico -así fue como se le llamó al proceso-, muchas personas comenzaron a inclinarse a favor de la guerrilla, pero solo al ver que no quedaba otra opción.

Por otra parte, había algo que también tenía adeptos y detractores. Hoy podríamos llamarlos actos de terrorismo, pero en aquel tiempo se denominó sabotajes: poner una bomba en una tienda, un cine, o en cualquier sitio para evitar que la gente fuera a los lugares públicos y crear terror, malestar. Después del fracaso del Diálogo Cívico, dentro de la Iglesia algunos comenzaron a estar de acuerdo con la guerrilla, pero no con los sabotajes, porque ahí podía morir cualquiera.

-En la guerrilla hubo sacerdotes.

Sí, varios sacerdotes. Todo el mundo conoce al padre Guillermo Sardiñas, que fue Comandante, pero en un momento llegaron a cinco: el padre Jorge Chabebe, quien fue párroco de la Catedral de Santiago; el padre Rivas, un jesuita; el padre Chellada, de Holguín, y al otro no lo recuerdo.

Los sacerdotes, por lo que me contó Sardiñas, no combatían. Él fue a la Sierra porque supo que Fidel quería un sacerdote allá arriba, porque había mucha gente católica que lo necesitaba para confesarse, comulgar. Se lo dijeron y él aceptó, pero debía pedirle permiso al Arzobispo de La Habana, el cardenal Manuel Arteaga. Este se lo dio, como superior suyo, pero la Sierra está en Oriente y el Obispo de esa zona era monseñor Enrique Pérez Serantes, por lo tanto, debía pedir permiso a él también para poder ejercer el ministerio en su Diócesis. Igualmente lo obtuvo.

Por lo tanto, Sardiñas estuvo en la Sierra con permiso de los dos obispos. Allí oficiaba misa cuando podía y, sobre todo, bautizaba mucho porque aquellos campesinos se querían bautizar y que Fidel fuera el padrino y Celia la madrina, y así fue, la mayoría están bautizados con esos padrinos. En la guerrilla había de todo.

– ¿Y en las ciudades? ¿Aquí, en La Habana?

Aquí se hacían los sabotajes, las manifestaciones contra el gobierno, a cargo del Directorio Estudiantil Universitario, donde también había de todo, gente católica y gente que no lo era. El presidente de la FEU en ese momento era el gordo José Antonio Echeverría, Manzanita le decían, que era católico practicante. Un muchacho bueno, muy vinculado con los franciscanos y los dominicos.

El día del asalto a Radio Reloj, que fue lo que le tocó a él, sabía que podía morir en la corrida y se confesó, comulgó y le dijo al sacerdote, que era un franciscano, si mal no recuerdo el padre Serafín Ajuria: “Padre, hoy tengo un asunto grave, si me pasara algo, dígale a mi madre que vine a misa y que comulgué, porque sé que se va a alegrar.” O sea, él era un muchacho católico y no lo negó nunca. Inclusive, al principio de la Revolución, Fidel lo dijo más de una vez, que Echeverría era católico, que cómo se iba a negar que los católicos estaban presentes.

Otros no eran tan de la Iglesia. Hay un muchacho, José Garcerán se llamaba, no muy conocido. Era de mi edad, compañero mío de colegio y de Universidad. Murió en un acto de sabotaje de un cañaveral por allá por Ceiba Mocha.

O sea, estamos hablando de gente que murió combatiendo por la Revolución. Hubo un grupo de cinco muchachos de la Agrupación Católica Universitaria que iban a unirse a las tropas que se encontraban por Pinar del Río, en los últimos días de diciembre, y los mataron por la zona de Mariel, Bahía Honda, por ahí.

– ¿Pero declaración de la Iglesia no hubo?

No, declaración oficial no hubo. Después que triunfó la Revolución algunos obispos hicieron declaraciones: que no solo era sacar a Batista, que había muchas cosas que cambiar. Quien más habló fue monseñor Pérez Serantes, ¡Ese sí habló muy claro! Otros simplemente saludaron.

-En el libro Fidel y la religión, el comandante Fidel Castro afirma que “el cardenal Manuel Arteaga tenía excelentes relaciones con Batista”. ¿Qué tan cierto es esto?

Las relaciones eran normales. El Cardenal era un hombre muy demócrata y no le gustaban las dictaduras. Te cuento una anécdota. Cuando fueron a inaugurar la estatua del Cristo, en diciembre de 1958, el Cardenal no tenía intenciones de ir. Dijo que mandaría a monseñor Alfredo Llaguno, capellán de Palacio, en su nombre, pero él no iría. Claro que esto disgustó a Batista, quien se encontraba en una situación sumamente compleja, basta mirar la fecha.
Pero resulta que llega un sacerdote a la residencia del Cardenal, en el edificio donde hoy está el Centro Cultural Félix Varela, aterrado porque a su hermano lo habían prendido (encarcelado) y estaba en la Quinta Estación de Policía, en las manos de Esteban Ventura. Decir eso en aquel tiempo era casi lo mismo que decir muerto. Entonces fue a pedir ayuda al Arzobispo.

Delante de él, el Cardenal cogió el teléfono y llamó a Palacio. Consiguió hablar con Martha Fernández, la Primera Dama:

– Necesito hablar con su esposo.
– Espere a ver si puede atenderlo.

Demoró un momento y volvió.

– Oiga, él ahora no puede venir al teléfono porque está muy ocupado, pero dice que es una lástima que usted no quiera ir a la inauguración del Cristo, pues allí podrían hablar.

Entonces le respondió.

– Dígale a su esposo que voy a ir a inaugurar el monumento.

Cuando colgó el teléfono, su secretario, monseñor Raúl del Valle, le preguntó si realmente pensaba ir y él le contestó que la vida de un hombre vale más que todo, por eso iría. En la ceremonia se acercó a Batista y cuando este lo vio, antes de que empezara a hablar, le dijo: “No se preocupe, Eminencia, yo sé lo que usted quería y el hombre ya está en la calle”.

Esa era la relación. Algo muy formal porque el Cardenal era un hombre educado y caballeroso. Además, como figura pública importante tenía que cumplir ciertos compromisos, pero eso no implicaba una buena relación. Con Martha, la Primera Dama, eran mejores, o regulares, porque ella era una buena mujer. A mi parecer, los que menos simpatía tenían por el movimiento revolucionario, desde antes del triunfo, eran monseñor Eduardo Martínez Dalmau, Obispo de Cienfuegos, y monseñor Carlos Riu Anglés, Obispo de Camagüey.

– ¿Por qué lo dice, se fueron de Cuba?

Sí. Riu Anglés se fue en el 62. Fue a la primera sesión del Concilio Vaticano II y no regresó. Hizo bien en no volver, se lo aconsejaron en Roma. Estaba enfermo de los nervios por todo esto de la Revolución. Oye, cuando lo vi en Roma ?yo vivía allá todavía?, estaba deshecho psicológicamente.

Martínez Dalmau se fue antes, en enero del 59. Un caso realmente patético. Él era un hombre muy cubano, muy culto, probablemente el más culto de los obispos cubanos. Un conocedor de Félix Varela como nadie en aquel momento, a tal punto que cuando la Universidad hizo, en los años 40, la edición de las obras completas de Varela, le pidieron el prólogo a Martínez Dalmau. Puede parecer poco, pero eso era muy raro porque en aquel entonces la Universidad era tremendamente anticlerical. Pero él era quien mejor lo conocía.

Un hombre muy cubano, que se equivocó. Se equivocó porque tenía mucho temor que la Revolución terminara siendo comunista y eso no le gustaba ni un poco. Entonces, por otro lado, pensaba que la única manera de contenerla era con un gobierno fuerte, como el de Batista. Quizás en Cienfuegos no pasaban las cosas que pasaban aquí en La Habana, no sé, o él no se enteraba. Cuando aconteció el levantamiento de Cienfuegos, el 5 de septiembre de 1957 y el Ejército mató a muchísima gente, él escribió una carta pública, felicitando al Jefe Militar porque había acabado con la rebelión.

Unos días antes de triunfar la Revolución, quizás el 28 de diciembre o el 29,  ya el Che había tomado Santa Clara e iba para Cienfuegos y se suponía que así se cerraba el camino, por lo tanto, se caía el gobierno, como ocurrió aunque ni siquiera tuvo que ir a Cienfuegos; el jefe militar lo fue a ver y le dijo: “Excelencia, la jefatura militar se va en un avión especial hoy mismo para La Habana porque Che Guevara está al venir para Cienfuegos y vamos a pasarla muy mal. Si usted quiere puede venir en el avión con nosotros porque quizás también la vaya a pasar muy mal por lo del levantamiento de septiembre”. Él empaquetó y se fue para La Habana. Una de las cosas más patéticas que he visto en mi vida.

Yo no era sacerdote todavía, sino seminarista. Los primeros días del año nosotros íbamos a la casa del cardenal Arteaga a saludarlo, por año nuevo y por su santo. Cuando llegamos, Martínez Dalmau estaba allí, era muy amigo del Cardenal y se hospedaba en su casa siempre. Lo vimos caminando por el pasillo del tercer piso y le pregunté al Cardenal si ese era monseñor Martínez Dalmau, para ir a saludarlo. Allá fui. Tenía una cara, el pobre, imagínate, y de tonto le pregunto:

– ¿Cuándo regresa a Cienfuegos, Monseñor?

– Carlos Manuel, yo no puedo regresar a Cienfuegos.

– ¿Pero por qué?

– Tú sabes por qué –me dice. Porque soy el mercenario y no el buen pastor, que cuando ve el peligro huye y abandona a las ovejas. Eso fue lo que hice.
Y ahí me contó lo que le pasó. “Eso es actuar como dijo el Señor en el Evangelio, cuando llegó el lobo me fui y dejé a las ovejas. Me tengo que ir de Cuba y ya, se acabó.” Y se fue, a Estados Unidos.

Era un hombre muy culto. Fue Auxiliar del Cardenal Bibliotecario en el Vaticano y confesor de Pio XII. Tenía muchas relaciones en Roma y como tenía esa formación tan buena y estaba empezando entonces el Seminario en Miami, lo contrataron como profesor de Escritura. Era muy bueno en eso. Después nunca se metió en política, no quiso hacer declaraciones ni en contra ni a favor, no habló del tema, hizo una vida muy retirada.

Yo no lo había vuelto a ver y un día llego a Miami, camino a Nueva York, y me dice el sacerdote que fue a recogerme al aeropuerto: “Monseñor, al mediodía hay una misa y un almuerzo al lado de la Catedral en honor a monseñor Martínez Dalmau y sé que usted es amigo de él. Cumple 95 años, con 50 de obispo y 70 de sacerdote. Si quisiera ir, sería un gusto.” Le dije que sí, cómo no iba a querer. Cuando llegué supe que estaba ciego completamente. Lo sentaron en la silla presidencial, me levanté y lo fui a saludar.

– Hola Monseñor, es el padre Carlos Manuel.

– ¿Carlos Manuel y tú que haces aquí? No me digas que te fuiste de Cuba. No te vayas nunca de Cuba.

– No, yo no me he ido, estoy de paso. Vine a verlo y después voy para una conferencia en Nueva York sobre Félix Varela.

– Aquí estoy, ya me ves, en el final. No te vayas nunca de Cuba -eso me lo dijo como tres veces.

– Se arrepintió mucho parece.

Mucho, pero tenía que irse, después de aquello no le quedaba otra opción. El error fue salir de Cienfuegos, que no le hubiera pasado nada, en definitiva no tomaron Cienfuegos porque Batista no dio tiempo. Pero a él no le gustaba Batista tampoco, él lo que era…

– ¿Anticomunista?

Anticomunista y antirrevolucionario. Es cierto que a la Iglesia, en general, no le gustan mucho las revoluciones; cualquiera, no la cubana. Le gustan más las concertaciones, las mesas de negociación, las cosas más pacíficas. Creo que así hay que entender muchas actitudes. Monseñor Martínez Dalmau era un demócrata.
?Volviendo atrás: ¿no cree que el permiso del cardenal Arteaga y de monseñor Pérez Serantes al padre Sardiñas para que fuera a la guerrilla, puede haber sido visto como un acto de aceptación al movimiento?

La cosa no se planteaba así, sino que ellos tenían la conciencia de que allí había gente con derecho de tener un sacerdote. No era una cosa tan demoníaca, de lo contrario un sacerdote no iba a ir y no pedirían uno. Si piden un sacerdote es porque lo querían y tienen el derecho a tenerlo si hay cristianos allí. O sea, fue un gesto que no implicaba una actitud de no aceptación digamos…

– Tuvo una intención religiosa más que de otro tipo.

Exacto, religiosa. Monseñor Pérez Serantes intervino cuando el Moncada y fue a buscar a Fidel a donde estaba y se lo entregó al teniente Pedro Sarría. Fidel siempre ha dicho que él fue quien le salvó la vida y es verdad, porque fue quien se lo entregó al teniente Sarría y le dijo: “Te lo entrego vivo y voy a ir detrás del camión y hasta que tú no llegues al cuartel en Santiago no me voy a ir”. Lo hizo para que no lo mataran por el camino diciendo que había huido. Sarría no lo hizo, ni lo hubiera hecho parece, pero bueno, por si acaso.

Esa mediación, digámosle así, la pidió al cardenal Arteaga una hermana de Fidel, Enma Castro, y la esposa en ese momento, Mirta Díaz-Balart. Fueron a ver al Cardenal cuando fracasó lo del Moncada; habían matado a muchísima gente.

– Eminencia, pasa esto, esto y esto, pero Fidel está libre y escondido en la Sierra y nosotros tenemos miedo porque a todo el que cogen lo matan y dicen que intentaba huir. ¿Usted no podría hacer algo?

– Yo lo haría, pero acuérdense que eso es Santiago y estamos en La Habana. Voy a llamar ahora mismo, delante de ustedes, a monseñor Pérez Serantes para ver qué piensa él porque si hay que ir, voy yo, pero si quiere ir él es mejor porque es el Arzobispo.

Pérez Serantes le dijo: “Eminencia, no venga usted que no está para esas cosas. Voy a ir yo y un laico de aquí –Enrique Canto, que fue cónsul de Cuba en España, a quien conocí después- y le agradecería que me mandara usted a algún laico habanero”.

Le mandó a un señor que quizás tú oíste nombrar, Juan Emilio Friguls, un periodista católico muy conocido, que falleció hace unos años, retirado ya, pero muy lúcido.

– Trabajó en el Diario de la Marina y en la radio. Ganó el Premio Nacional de Periodismo José Martí.
Exactamente. Friguls fue. Llegó a Santiago en el primer avión que salió de La Habana después del asalto al Moncada, en el mismo en que iba Mirta Díaz-Balart y Enma Castro. Friguls se reunió con Pérez Serantes y con Enrique Canto y fueron en un jeep al lugar donde se suponía, por la Gran Piedra, que estaba Fidel. La historia posterior es conocida. Le salvaron la vida.

Recuerdo cuando se murió Pérez Serantes, fui al funeral y a todo lo demás. En la misa, un rato antes del entierro, llegó una corona enorme, nunca he visto otra igual en mi vida, inmensa y preciosa, de flores blancas alrededor y un corazón rojo en el medio. “A monseñor Pérez Serantes de Fidel Castro”.
También le quisieron hacer honores militares, pero el secretario les dijo: “Miren, a él no le gustaban esas cosas, lo que si les agradecería es que se pudiera hacer el entierro a pie, desde la Catedral, porque hay mucha gente que quiere ir”: Y así se hizo. Era un gentío increíble, medio Santiago fue al entierro y la gente se asomaba por las ventanas. Cuando terminó todo, fueron al Gobierno de Santiago de Cuba, para dar las gracias y allí les dijeron que no olvidaran cuanto significó monseñor Pérez Serantes para ellos en un momento y que eso Fidel Castro nunca lo iba a olvidar. Ni Raúl tampoco. Raúl se acuerda muy bien de todo.

– De esa historia no se sabe nada, solo los que estuvieron.

Es una situación complicada, una cosa es lo que se publica y otra lo que sucede. Lina Ruz, la mamá de los Castro, era católica practicante, a tal punto que en la finca de Ángel Castro, el padre, organizaba misiones para los guajiros de la zona. Cuando se murió Lina, aquí en La Habana en 1963, la iban a enterrar en Birán, en un lugar que tenían ellos en la finca, relativamente cerca de donde se apareció la Virgen, en Barajagua.
Raúl era quien iba a organizar todo el funeral y se apareció en la iglesia de San José, que entonces la atendían los Padres Pasionistas, a ver a un sacerdote que era el confesor de Lina. Se llamaba, si mal no recuerdo, Pablo, español, después se fue de Cuba y murió en Venezuela.
?Padre, falleció mamá, usted sabe, y yo quiero que usted presida el funeral.

– ¿Pero cómo? -en ese entonces ya no se hacían funerales, ni procesiones, ni actos públicos.

– Organice un funeral como usted supone que le gustaría a mi madre.

– ¡Ah, a tu madre le hubiera gustado un funeral con capa pluvial, acólito, cruz, velas y todas esas cosas!

– Pues así mismo se lo va a organizar.

Y fue el padre Pablo con su capa negra, los acólitos con mechones y con velas e incienso y todo eso, y atrás el cadáver. Así fue.

– Esas cosas no se conocen.

No, claro que no se conocen. Eso lo conocen los que estuvieron allí, los que se acuerdan. Muchos de los que estuvieron ya no se acuerdan porque la gente se olvida de esas cosas; pasó tanto después, que ya esos son detalles pequeños, pero para mí esos detalles pequeños son muy importantes, porque son los que revelan lo que está en el fondo del corazón de las personas. Sé que eso fue así. Y me lo contó el propio sacerdote, porque yo no estaba en la finca, ni mucho menos.

– Volviendo atrás, en la carta Vida Nueva, de enero de 1959, monseñor Pérez Serantes muestra, creo que con el título, cierta aceptación…

Cierta no, la aceptación de que empezaba una etapa nueva y que todo el mundo tenía que comprometerse, eso está claro. Por eso le puso Vida Nueva. Siempre su idea era, porque así me lo dijo más de una vez: “Esto no es solo tumbar a Batista, hay que organizar una vida nueva, en Cuba hay muchos problemas y ahora con la Revolución se podrán resolver”. Él se sintió después como…

– Defraudado.

Sí, defraudado, pero comprendiendo que el asunto no era tan simple, que no se podían poner todas las culpas de un solo lado.
?Regresando a la pregunta, ¿cuál fue el detonante de los problemas entre la Iglesia y el nuevo gobierno? ¿Quién tiró la primera piedra?
¡Ah, eso yo no lo sé! No lo sé porque había católicos a favor y en contra desde el primer día. La Iglesia no manda en eso, la Iglesia no da órdenes en materia política. Había gente que no estuvo de acuerdo con la Revolución desde el día primero de enero. No le tenían simpatía, a lo mejor tampoco la tenían hacia Batista, pero no querían a la Revolución, no querían a Fidel Castro.

– ¿Cómo fueron esos primeros tiempos?

Hasta mediados del año 1960, no había pasado nada demasiado grave. El 28 de enero de 1960, aniversario del nacimiento de Martí, Fidel organizó un evento que no se ha hecho después, como una manera de demostrar el carácter martiano de la Revolución. Le llamó Cena Martiana y fue en la Plaza de la Revolución.
Había una gran Mesa Presidencial, donde ahora se pone la tribuna. Había mucha gente invitada de todos los barrios, en mesitas puestas por toda la Plaza y la comida estaba presidida por Fidel Castro, pero a la derecha quien estaba era el Arzobispo de La Habana, monseñor Evelio Díaz. Evelio Díaz estaba a su lado. Me acuerdo que salió  -yo estaba en Roma entonces-, una foto en la que se veía a Fidel y a Evelio Díaz, los dos hablando con una cara muy contenta y al pie del retrato decía: “Vale más que una pastoral”. Así que imagínate.

Unos días antes de eso, hubo un incidente muy desagradable que no comprometió a la Iglesia en Cuba como tal, pero llevó a que decididamente Evelio tuviera que ir, porque a él no le gustaban mucho esas cosas, no porque fuera con la Revolución ni nada sino porque no le gustaba aparecer en ese tipo de actividades.
En un programa de la televisión que se llamaba Ante la Prensa, donde un grupo de periodistas entrevistaban a alguna personalidad, Fidel había hablado muy fuerte en contra de Franco. Entonces Cuba era muy antifranquista, los universitarios sobre todo. En la época mía de Universidad en los aniversarios de la instauración del gobierno de Franco se quemaban muñecos de él en la escalinata.  

Pero como te decía, mientras estaba hablando, se apareció allí el embajador de España, Juan Pablo de Lojendio, Marqués de Vellisca, un español muy recalcitrante, y llegó a parar a Fidel porque había hablado mal. Todo eso salió por radio y por televisión, protestando porque había hablado mal de Franco. Fidel lo mandó a salir de allí y le dijo que se fuera de Cuba inmediatamente, lo declaró persona no grata ¡Cómo iba a insultar al Presidente en público por la televisión!

¿Qué pasó? Casi todas las congregaciones religiosas tenían superiores provinciales españoles, y casi todos eran franquistas, menos los franciscanos, que eran vascos y republicanos; pero todos los demás eran franquistas: jesuitas, dominicos… Entonces, al día siguiente, antes de que el embajador se fuera para España, le hicieron una reunión de desagravio, por el insulto que le había hecho Fidel, a él y a Franco.

Esto molestó a Fidel enormemente. “¿Quién ha visto? Los religiosos cuando están en un país no tienen que estar en eso. Están en Cuba, ya no están en España, pueden ser franquistas en España, pero aquí no tienen que hacer eso y el Presidente de la República soy yo y me han faltado el respeto”. Se molestó mucho con eso, cosa que se supo porque lo dijo, se publicó y todo.

Como se estaba organizando esa cena y habían invitado a Evelio y él estaba dudando si ir porque no era hombre de gustarle la rumbantela, decidió aceptar la invitación, porque si los españoles le salieron con eso, él tenía que decirle que era cosa de ellos y de su franquismo, no de él. Ese fue el primer roce que hubo, pero no directamente con la Iglesia cubana y enseguida se pasó con la presencia de Evelio en la Plaza.

Ya en el año 59, a fines del 59, sucedió el Congreso Mariano en la Plaza, que trajeron a la Virgen del Cobre, a la Caridad del Santuario. Fueron todos los obispos y fue Fidel Castro, la madre, las hermanas y todos ellos a la misa. O sea, que en ese primer año no pasó nada.

Para el verano de 1960, a mucha gente la habían sacado de sus cargos en el Consejo de Ministros, gente católica. El presidente, Manuel Urrutia, había renunciado. Su señora, Esperanza, era muy católica. En fin, había dificultades con la gente que estaba rompiendo con el gobierno y dejaban los puestos, o se los quitaban.

Por estos motivos los obispos hicieron una Carta Pastoral, en el año 1960, que no era una condena así tal cual, pero sí era como una advertencia de que había muchas cosas que no les gustaban. Esto le molestó mucho al gobierno. Desde ahí la palabra Pastoral se volvió casi una mala palabra en Cuba, fíjate que cuando los obispos volvieron a sacar otra Carta Pastoral, así pública, sobre el tema social, en el año 1969, no le pusieron Carta Pastoral sino Comunicado, porque de lo contrario nada más que de leer el título les iba a dar sarampión.

A partir de ahí, a finales de 1960, había mucho roce. Todavía no se había decidido el estatuto de la educación en Cuba, cómo iba a ser. ¿Se respetarían las escuelas privadas o no? Hasta donde sé, esto no se ha publicado nunca y yo lo conocí por Armando Hart, que era Ministro de Educación en aquel momento. El proyecto inicialmente se pensó de manera tal que toda la educación fuera estatal, bajo la subvención del Estado, pero que los religiosos que tuvieran colegios se quedaran con ellos, prácticamente como empleados del Estado. O sea, el Estado asumiría los gastos de esa educación para que todo el mundo pudiera estudiar y entonces ahí podrían enseñar religión.

Eso no lo aceptaron las congregaciones religiosas. No lo aceptaron porque si el Estado asumía la dirección de la educación, los planes, los libros de texto, ellos se iban a ver muy limitados de criticar si había cosas que no les gustaban y por eso no lo aceptaron.

De manera tal que cuando llegó Playa Girón, ¡ahí sí las cosas se presentaron! Se presentaron porque Playa Girón no fue un movimiento católico como tal, pero había mucha gente católica que lo dirigía. Lo dirigía Estados Unidos, eso ya lo sabemos, eso está más que dicho y es verdad, pero quien  aparecía como cubano era Manuel Artime, que fue el presidente de la Acción Católica Universitaria hasta el triunfo de la Revolución. Estaba Artime al frente de eso, venían cuatro o cinco capellanes para los brigadistas…

– ¿Entonces Playa Girón puede ser el gran detonante?

Sí, creo que el gran detonante fue Playa Girón. Aquello fue realmente un triunfo que le dio la vuelta al mundo. Yo estaba en Roma y me acuerdo de la noticia. Nadie lo podía creer: que un “paisito” como este hubiera sido capaz de vencer un ataque que todo el mundo sabía de sobra que era Estados Unidos quien estaba detrás. Un compromiso que venía desde Eisenhower; Kennedy se lo encontró hecho ya porque Kennedy era el Presidente en ese momento, desde el 61 mismo…
?También era católico, el primer Presidente norteamericano en serlo.

Exacto, también era católico. Pues ya el asunto estaba planificado. El Partido Republicano y el Demócrata -eso lo he sabido después porque he conocido a alguna gente de la familia de Kennedy-, se comprometieron a que saliera quien saliera de Presidente, debía asumir el compromiso de Playa Girón.
El que salió fue Kennedy y lo asumió sin gustarle, pero bueno, él era el Presidente y aquello era un compromiso de su Partido. Vino la invasión, fue derrotada, había muchos católicos y se presentaba como una gran cruzada contra el comunismo, como había sido la Guerra Civil española ?que tampoco fue como tal?, pero así la presentaban.

Eso fue el detonante porque terminando todo, inmediatamente Fidel nacionalizó los colegios, en mayo del 61. Nacionalizó toda la enseñanza y los edificios de los colegios empezaron a formar parte del Estado, menos los que tenían capilla. Se suponía que los que tenían capilla o iglesia abierta al público, directamente a la calle sin pasar por el colegio, seguirían siendo capilla. Algunas se respetaron y otras no. Eso fue en mayo y en septiembre del 61 está lo de la famosa procesión de la Caridad, donde hubo un tiro y un muerto…

-Para eso hay una pregunta, pero antes preciso de otra.

A ver.

– ¿Qué fue la organización “Con la Cruz y con la Patria”?

Ah, fue una cosa muy pequeña. Esos señores eran Ruja y la mujer, que eran amigos de mi familia, amigos de mi padre. Pero eran señores católicos de verdad y muy revolucionarios; a pesar de todas las dificultades seguían siendo revolucionarios. Fundaron un movimiento, ridículo realmente, porque no creció. No tuvo apoyo de ninguna parte, ni de los revolucionarios, ni de los católicos. Esto era un movimiento, por eso se llamaba “Con la Cruz y con la Patria”, que agrupaba gente que mantuvieran su fe cristiana sin disimularla, pero también mantuvieran su compromiso con la Revolución. Eso trajo muchos problemas en algunos lugares. Lula Hoffman se llamaba la mujer, Lula Hoffman era la señora que dirigía esto con Ruja, que vivió muchísimo.
?Entonces no fue nada trascendental.

En algunos pueblecitos parece que sí tuvo vida. Dependía un poco del pueblo. Pero no fue un movimiento así…

– ¿El Padre Germán Lence…?

Lence, ese estaba en “Con la Cruz y con la Patria”. Un caso muy doloroso…

– ¿Lo sancionaron?

Sí, sí.

– ¿Por qué? ¿Por revolucionario?

Bueno, lo sancionaron no tanto por revolucionario; tenía muchas cosas encima. Él había dejado el Seminario una vez y había vuelto. Ellos eran dos hermanos, los dos eran sacerdotes, José y Germán. Los dos dejaron el sacerdocio cuando murió su madre, porque ella era la que los empujaba. Volvieron después…

– ¿Los dos?

Sí, los dos. José siguió siendo sacerdote normal. La última cosa que supe fue que vino de Holguín para acá, a una parroquia y que lo expulsaron cuando el Covadonga. Germán volvió también y estuvo en “Con la Cruz y con la Patria”.

Me acuerdo que una vez fue a Alquízar y organizó un mitin frente a la iglesia, hablando horrores de la Iglesia vistiendo su sotana. Sí, te ríes porque hoy puede parecer gracioso, en aquel tiempo no lo fue. Entonces monseñor Evelio Díaz lo llamó, pero él siguió en sus trece, no cambió. Y Evelio lo suspendió, nunca fue excomulgado, simplemente le suspendieron el ministerio. Se quedó viviendo en Paula, en la parroquia de Paula.

Es muy curioso porque cuando llegué a Cuba en el año 63, una de las primeras misas que oficié fue allí, a los cuatro o cinco días de venir. Yo había sido originalmente de esa parroquia. Él asistía a misa desde la sacristía, que daba al altar, y después que se terminaba y que todo el mundo se iba, él mismo iba al altar y se daba la comunión. Eso fue así por mucho tiempo. Hasta que dejó todo. Se enamoró de una mujer, tuvo un matrimonio en el que le fue muy mal. Le dieron un trabajo con el Estado, un trabajito sin importancia, por la zona de Mariel o Quiebra Hacha. Allí estuvo, se separó de esa mujer, se casó con otra y después le perdimos la pista.

Ellos tenían una hermana monja que estaba en Centroamérica y un día, estando monseñor Alfredo Petit en la parroquia del Cerro, viene esta monja y le dice: “Padre, soy fulanita de tal, la hermana del padre Lence. Él está agonizando en el Hospital Covadonga, aquí en la Calzada del Cerro. Yo quisiera que usted fuera. Está inconsciente, pero por lo menos para que le dé la absolución bajo condición y la unción.” Petit fue y le habló aunque estaba inconsciente porque le había dado un derrame cerebral. Le dio la unción, le dio la absolución y se murió. Un caso muy doloroso, te lo digo con mucha pena. Pero fíjate que su sanción no fue por ser revolucionario.

Sardiñas se mantuvo fiel a la Revolución hasta el final y no tuvo ningún problema con la Iglesia. Era párroco de Cristo Rey, ahí en la Plaza de la Revolución. De hecho, creo que una de las causas inmediatas de su muerte fue por ser buen párroco.

– ¿Por qué lo dice?

Él padecía de unas crisis de hipertensión terribles y le había dado una, algunos días antes del domingo cuando se casaba una muchacha de la parroquia. Quería salir a celebrar la boda, pero estaba ingresado en el Hospital Fajardo. Se lo dice al médico y le dijeron que saliera ese día y que, nada más terminara la boda, volviera por la tarde o el lunes tempranito porque todavía no estaba bien. Bueno, casó a la muchacha y estando por la tarde en la parroquia con su padre, que vivía con él, ya la madre se había muerto, tuvo un derrame cerebral y se murió el lunes o el martes.

Sardiñas era Comandante, se vestía con una sotana color verde olivo, con todas las insignias militares y todas esas cosas; pero nunca ofendió a nadie. Siempre que tú le preguntabas te decía que él seguía siendo revolucionario, no era marxista, pero sí revolucionario.

– Antes pospuse una pregunta: se habla de los sucesos de la procesión del 8 de septiembre de 1961 y de la salida de los sacerdotes en el vapor Covadonga, el 17 de ese mismo mes y año. ¿Qué pasó en aquel septiembre que pudiéramos llamar “fatal”?

Así mismo, podríamos catalogarlo así. Cuando se iba a realizar esa procesión yo no estaba en Cuba. Te hablo por lo que me dijeron monseñor Eduardo Boza Masvidal y compañía cuando llegaron a Europa. Ellos fueron para Roma y ahí nos vimos y me contaron.

Todo sucedió en la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, que está en la esquina de Salud y Manrique. La procesión no llegó a salir, no hubo procesión. Se organizó a pesar de que el clima estaba muy malo y de que el gobierno no había dado permiso porque la cosa estaba tensa por la nacionalización de los colegios, que fue en mayo. Había un tumulto muy grande y, por supuesto, esas cosas siempre se manipulan por los dos lados, en contra y a favor. Entonces en medio de aquello hubo un tiro, que no se sabe de dónde salió, pero a monseñor Boza le parecía, por lo que le dijeron algunas de las personas que estaban en la calle, que había salido de un edificio del frente, no del templo.

Acusaron al padre Agnelio Blanco, quien murió hace muy poquito en Venezuela, de haber disparado desde la iglesia a un muchacho que era miliciano o soldado y que murió. Pero resulta que Agnelio no estaba allí, estaba en Isla de Pinos. Después él decía: “Nunca nadie ha tenido tanta puntería en Cuba. Yo estaba en Isla de Pinos y maté a un muchacho en la calle Salud”.

– ¿Él no estaba allí?

No, no estaba, pero claro, como estaba siempre… Él había ido a su casa a celebrar la Caridad en Isla de Pinos, entonces ahí se equivocaron.
? ¿Quiénes se equivocaron, Monseñor?

No lo sé (Sonríe). Eso se quedó así, no se habló más de aquello, pero fue un patuleque tremendo. Fue de golpe, una cosa muy mala que determinó la expulsión posterior, la detención de monseñor Boza, en fin…

Finalmente fue uno de los expulsados, monseñor Boza, junto con muchos sacerdotes; con un criterio que no está claro. O sea, uno pensaría que eran los sacerdotes más destacados pastoralmente porque pudieran tener más influencia en la gente. Algunos eran sacerdotes jóvenes, otros más viejos, pero con una vida muy activa, y otros no. Recuerdo al padre Rivas, jesuita, que era un hombre muy mayor y tenía ambas piernas cortadas por problemas de diabetes. Lo bajaron de su cuarto de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, la de Reina, y se lo llevaron en el barco. Ese hombre no estaba, ni a favor, ni en contra de la Revolución, lo único que hacía era decir misa privada en su cuarto y nada más que eso.

– ¿Y no le pareció una situación rara?

Sí. La situación estaba en conflicto y creo que aquello fue impulsado, animado y estimulado por los elementos más antirreligiosos dentro del equipo revolucionario, para dar una especie de golpe de gracia contra la Iglesia y que no levantara más la cabeza. De hecho, sí fue un golpe muy grande. Entre los que se habían ido en junio después del cierre de los colegios, que se fueron casi todas las congregaciones que tenían colegios, y el cierre de los asilos, imagínate. O sea, no cerraban los asilos, los tomaba el Estado y se fueron echando a perder. El único que quedó fue Santovenia, en ese momento, que no los expulsaron.

De hecho, en honor a la verdad, a las monjas de los asilos no las expulsaron, casi siempre se fueron porque sus superioras de España tenían miedo. Aquí se manejó mucho, desde la Embajada de España ?pero me imagino que eso no venía directamente de Madrid sino de Washington?, la hipótesis de que esto iba a ser igual que la Guerra Civil y que, en su momento, iba a haber ese desbordamiento de gente sobre los conventos, con matazón de sacerdotes y de monjas como en España.

– ¿Por eso se fueron?

Por eso. Por lo menos a la gente de los asilos el gobierno le suplicaba que se quedaran. El de Santiago, por ejemplo, estaba frente al Arzobispado, y me contaba monseñor Pérez Serantes, quien se opuso mucho a que se fueran, que decían:

– ¡Es que nuestra Superiora nos manda a irnos!

– ¿Y qué van a hacer esos viejitos?

– Nosotras nos vamos a ir. Aquí dejamos todas las llaves y las cosas. Usted se las da al gobierno que nosotras nos vamos.

Las llevaban para La Habana y se montaban en el primer barco que salía. Pero el gobierno no quería que se fueran porque los asilos estaban bien atendidos. En Cuba casi todos los asilos eran religiosos, no civiles.

Santovenia no se cerró y sigue andando porque era el lugar de estancia de las monjas del interior, que venían y se quedaban ahí hasta que conseguían el pasaje en el barco. Cuando ya no quedara ninguna de las que se marcharían del interior, entonces se irían las de Santovenia también.
La Santa Sede se opuso mucho a que la gente se fuera ?los sacerdotes diocesanos o religiosos y las monjas?, pero seguían yéndose, y los laicos, por supuesto, a montones. Mandaron a monseñor Odi, que era Nuncio en Egipto, para evaluar exactamente cuál era la situación, porque monseñor Cesare Zacchi, el Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica en Cuba, les dijo que el éxodo de religiosos era un tremendo disparate y pidió la intervención de la Santa Sede con esas superioras españolas.

Entonces mandaron a este hombre y Zacchi lo fue a esperar al aeropuerto y cuando lo montaron en la máquina, le preguntó:

– ¿Y usted qué quiere exactamente?

– La primera cosa es impedir que se vayan más monjas de los asilos y después, no sé, reunirme con el gobierno. Es escandaloso que se vayan, esto no puede seguir. El Papa está muy disgustado con eso.

– Pues mire, si quiere impedir que se vayan más monjas, las últimas que quedan están en Santovenia y se van mañana.

Entonces fueron directo para allá, antes de ir a la Nunciatura. Hablaron con la Superiora y ella les dijo:

– Padre, yo no me quiero ir. Si usted se responsabiliza con que va a conseguir que mi Superiora cambie esa decisión, yo no me voy, ni ninguna de mis monjas. Nosotras no nos queremos ir, no queremos dejar a estos viejitos.

Bueno, se quedaron, pero la Superiora no se los perdonó nunca. Mientras esa monja fue Superiora en España, que es de donde eran ellas, las consideró rebeldes y desobedientes; hasta que llegó otra, porque ni les escribía. Ellas le escribían cartas y no les contestaba. ¡Como si fueran cismáticas, las pobres, porque se quedaron contra aquella orden, pero ellas obedecieron a la Santa Sede que está por encima de todo lo demás! Y así fue.

Era un acontecimiento detrás de otro. Yo no estaba aquí. Me enteraba por la gente que me escribía y los de la Embajada en Roma, que eran amigos nuestros y nos mandaban la prensa o nos visitaban. No estuve aquí hasta el 63. Esos golpes tremendos no los viví en Cuba. Los he conocido informándome bien, porque me interesa mucho. Después del 63 fue difícil, una etapa muy difícil.

– ¿Cómo influyó monseñor Cesare Zacchi en suavizar la relación de la Iglesia con el gobierno? A veces se habla de una amistad entre él y Fidel.

No, la palabra amistad es muy fuerte. Es decir, normalmente se decía que sí. La palabra que se usaba era esa. Yo no diría que había una amistad. Para mí el concepto de amistad es muy serio. Pero era una relación buena, sin dudas. Digamos que tenían química. Se entendían bien.

A él no le gustaban muchas cosas que pasaban en Cuba, por supuesto, pero justificaba otras. Decía que este era un país que necesitaba la Revolución, que era una lástima que hubiera tomado el camino del marxismo, pero quedándose, dialogando, se podía lograr otra evolución, como se está logrando ahora después de tantos años; pero bueno, él pensaba que esto se podía haber conseguido en los años 60 si se hubiera adoptado otra actitud.

En aquella época el gran problema para la Revolución cubana… ¡hay que decir las cosas como son!, era que en definitiva a la Revolución quien la sostenía política y económicamente era la Unión Soviética (URSS). La Unión Soviética de entonces, con el estalinismo a flor de piel, tenía una manera muy antirreligiosa de entender el marxismo.

Por otra parte, Estados Unidos, como gran enemigo, hubiera dado cualquier cosa por haber tumbado el gobierno de Fidel Castro. El único país poderoso que nos apoyaba era la URSS. Cuba en ese sentido, toda la situación de la Revolución, inclusive el problema de la Iglesia con la Revolución, fue una víctima de las malas relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Cuba fue el campo de batalla.

– Estábamos en el medio y no se podía andar con medias tintas.

No, no, porque Estados Unidos no hubiera tranzado con Cuba nunca, había que quitar a Fidel y punto, y poner un régimen capitalista como antes del 59; y la Unión Soviética tenía que obligar a vivir un marxismo, no un marxismo distinto como lo hubieran vivido Fidel, Raúl y el Che y todos los demás…

– Adaptado más a las condiciones de aquí.

Claro. Digamos que un marxismo menos antirreligioso, porque no tenía por qué serlo. Me acuerdo, hablando después, por los años 70 y pico, con un ruso de la embajada que llegó a ser amigo mío ?un muchacho joven muy simpático y buena gente?, que él me preguntaba cosas de esa época, cómo había sido, y yo le decía esto mismo, con todas sus letras, hablando de la influencia política tan negativa. Ayudaron mucho económicamente, es verdad; apoyaron políticamente, es verdad también. La Revolución sobrevivió gracias al apoyo dentro de Cuba, pero también gracias a ese apoyo internacional de la Unión Soviética, eso es cierto.

Pero impusieron unas líneas ideológicas y una burocracia tremendas. Y él me decía: “Carlos Manuel, tú eres aficionado a la historia. En la historia, el que paga pone la música. Y aquí los que pagamos somos nosotros. La música de esta Revolución, el ritmo con el que hay que bailar, lo ponemos nosotros. Sé que es muy descarnado decirte eso a ti, pero es así.” Y así ha sido siempre.

Aquí nos tocó la Unión Soviética. No es la que nosotros queríamos oír, pero fue la que nos pusieron. Después eso se desmoronó. Rusia se convirtió en un país laico en el año 1991, con una excelente relación con el Patriarcado Ortodoxo de Moscú.

– Posiblemente después de 1991 fue cuando empezamos a poner la música nosotros mismos.

Exacto, la poníamos nosotros. Como tú dices, por primera vez en la historia de Cuba, en toda la historia de Cuba desde que llegaron los españoles y se fueron los indios, o se murieron o lo que fuera. Porque en tiempos de la colonia éramos colonia española; la música venia de Madrid. Después, en la República, con la intervención americana, que más que intervención fue ocupación realmente, y la Enmienda Platt y todo, la música en Cuba la puso siempre Estados Unidos, eso es verdadero. La Revolución rompió con aquello, pero entonces la música la ponía la Unión Soviética y ahí sí que la Iglesia estaba, dicho muy groseramente, muy “fastidiá”, por no decir muy jodía, porque la Unión Soviética tenía una actitud muy fuerte contra los religiosos. Desapareció el “sovietismo”, no solo en Rusia sino en Polonia, Checoslovaquia, Alemania, como ya sabemos, y entonces aquí mantuvieron el socialismo.

Nosotros no teníamos nada contra el socialismo. Si tú me preguntas a mí, prefiero el socialismo como sistema de gobierno. Un socialismo democrático es un sistema muy aceptable. Dile a un sueco o a un noruego que ellos no son socialistas; es un socialismo de otro tipo, pero es un socialismo con propiedad privada, con democracia en las elecciones, todo con una gran preocupación social. Eso es una cosa y aquel marxismo estalinista era otra.

Esa es la causa de todo, lo demás son anécdotas; pero en el fondo lo que había era la presión soviética que quería, por supuesto, que la Revolución saliera adelante y le parecía, dentro de sus esquemas, que no podía hacerlo si la Iglesia era más o menos fuerte, presente, y al mismo tiempo, si se dejaba manejar ingenuamente, sin darse cuenta de eso, por el criterio de Estados Unidos, porque en definitiva hubo mucha gente que apoyó Girón; por ejemplo, católicos que se ponían endiablados si tú les decías que era cosa de la CIA y de Estados Unidos. Ahora se han publicado los archivos y todo. ¡Qué cosa de los cubanos exiliados! ¿Cómo los cubanos exiliados van a tener los barcos, los aviones y van a entrenarse en Centroamérica? Es Estados Unidos y punto. Había mucha ingenuidad con esas cosas.

En cuanto a tu pregunta, la influencia de Zacchi. Tuvo esa buena relación con Fidel y por eso quizás pudo parar algunos golpes. Pero influencia sobre Fidel creo que nadie ha tenido mucha.

– Es muy autónomo.

Sí, muy autónomo. Me parece que la única persona que tuvo en su momento una influencia sobre Fidel fue Celia Sánchez. Ella podía fajarse con Fidel, de palabras, por supuesto, y decirle las cosas con muchísima claridad y él no se ponía bravo con ella. Confiaba en su lealtad enormemente. La muerte de ella la lamentamos todos. Yo la quería mucho porque era amiga de mi familia, su padre era amigo de mi abuelo allá en esa zona de Manzanillo, Niquero. Era muy atenta, atentísima; más que atenta, cariñosa, como lo fue Vilma también.

– ¿Era católica?

Fue católica de jovencita, muy católica. Era una de las manos derecha del sacerdote que estaba en El Cobre. Lo llevaba a distintos lugares de la Sierra. Más tarde, se apartó de la práctica, era muy curioso porque no iba a la Iglesia, quizás por todos esos conflictos o lo que fuera, pero en cuanto un pariente se ponía grave, las Manduley, unas tías suyas que vivían a la entrada de Miramar, mandaban a buscar al cura para que no se muriera sin sacramento ningún pariente.

– ¿Y ella, falleció sin sacramento?

Ella falleció sin sacramento, por lo menos que se sepa, a mí no me llamaron. Una de las hermanas de ella sí me llamó y yo le di los sacramentos. Esa murió de cáncer, los otros hermanos también murieron de cáncer, parece que es una cosa genética, supongo.

Celia fue extraordinaria. Para contarte una anécdota, cuando empezó la Libreta de Abastecimiento, Fidel iba una vez a la semana a almorzar a su casa, en la calle 11, entre 10 y 12, en el Vedado, en un apartamento grande. Fidel iba a almorzar una vez a la semana allí. Entonces llega un día y se encuentra con que, en su puesto, hay como seis o siete cartuchitos cerraditos por todas partes. Le pregunta:

– ¿Qué es eso?

– En uno hay arroz, en otro hay frijoles… Esos cartuchitos son lo que tú pretendes que se coman cada uno de los cubanos durante un mes. Mira a ver si tú puedes vivir un mes con eso que hay ahí, que es menos de lo que tú comes en un día aquí. Esa era Celia.

Recuerdo, además, en época mía en Jesús del Monte, en los 70, que yo salía todos los sábados a llevar la comunión a los viejitos y a los enfermos, veintitantos o treinta visitaba cada sábado. Había una viejita que ya no salía, vivía detrás de la Iglesia; trabajaba haciendo costura para afuera. Cosía, vendía y arreglaba. Llego un día y me la encuentro desolada porque la máquina de coser, que era una antigua Singer, con los pedales, la ruedita y demás, se le había roto y llamó a un mecánico y el hombre le dijo que la pieza ya no existía porque las máquinas no se fabricaban.

– ¡Yo no sé qué hacer, figúrese Padre, de eso vivo! He pensado, usted me dirá si cree que es prudente hacerlo, escribirle a Celia Sánchez para que me resuelva lo de la máquina y que me mande una máquina de coser porque eso no lo venden en las tiendas, ni en ningún lado.
Yo le dije:

– Mire, escríbale. Que conste, no creo que le vaya a responder porque usted comprenderá que una máquina de coser es nada al lado de todos los problemas que tiene Celia Sánchez. Pero bueno, escríbale.

Cuando llego al sábado siguiente, me encuentro a la viejita con una máquina espléndida.

– Le escribí ese día. Mandé la carta con un vecino del barrio al Consejo de Estado y la dejaron en la puerta. A los dos días tenía aquí una persona para ver si era verdad, me preguntaron, vieron la maquina rota y se fueron. Al día siguiente ya tenía una máquina nueva que me mandó Celia.
?Es una historia bonita, muy humana.

Sí, verdad. Una máquina de coser de una viejita de Lawton.

– Otra persona no le hubiera dado ninguna importancia.

A mí eso me pareció increíble. Esa mujer se ocupaba de muchas cosas del Estado, confiadas a ella porque era muy eficaz e inteligente y dedicada a la Revolución, y se preocupaba también por una viejita que vivía de la costura.

Se preocupaba mucho por todo. Una cosa que tenía muy en la cabeza era atender a todas esas personas, ancianos, que tuvieran vínculos con patriotas o con gente de la historia de Cuba y que se encontraran en una mala situación, por la misma Revolución.

Cerca de la casa de mis abuelos vivían las hijas de don Tomás Estrada Palma, que era un hombre que no era bien visto por la Revolución porque fue un anexionista y todo lo que ya sabemos; pero bueno, era don Tomás y, en definitiva, había sido veterano de la guerra y Presidente de la República y sus hijas eran solteronas. Celia también se enteró que las viejitas estaban pasando apuros, tenían una pensioncita que no era nada y oye, hasta que se murieron a esas viejitas no les faltó ni una medicina, ni la comida. Y como ellas, otros más que conocí.

– En 1986, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano, ENEC, ¿en qué consistió y cómo influyó en el desarrollo posterior de la Iglesia?
Los antecedentes quizás tú los sepas ya, fue la Reunión de Puebla.

– Sí, pero recuerde que no todo el mundo sabe.

Ah, bueno, está bien.

– El Pueblita para Cuba, como le llamó monseñor Azcarate.

Monseñor Azcarate, Obispo Auxiliar de La Habana.

La reunión en Puebla fue en enero de 1979. En las convivencias de ese año, que se hacen en El Cobre durante el verano, los que fueron a México explicaron qué había sido el Puebla. Bueno, lo hicieron muy bien y cuando terminaron empezó el intercambio con los que estaban. Entonces, monseñor Azcarate, que era muy listo, dijo:

– Todo eso nos parece muy bien, pero nada se puede aplicar en Cuba con la Iglesia que nosotros tenemos. Lo que debemos hacer es un Pueblita cubano, inspirado en los principios de renovación de la Iglesia, de sus asociados, etcétera, pero en la realidad cubana que es muy distinta.

Y lo del Pueblita para Cuba pegó. Entonces, hubo una solicitud a los obispos de los sacerdotes que estábamos en las convivencias, diciéndoles que pensaran en eso. Azcarate era el vocero en la Conferencia Episcopal para decir lo que pensábamos los sacerdotes. Los obispos lo aceptaron, les pareció bien.
Se hizo primero un movimiento que se llamó REC, Reflexión Eclesial Cubana, que era para pasar esa iniciativa por todas las parroquias y comunidades parroquiales, desde la primera de Pinar del Rio hasta la última de Oriente, para que se reunieran y analizaran si convenía hacer una reunión así y qué temas incluirían para tocar y desarrollar. Ese proceso duró años, porque desde que los obispos lo aprobaron y asumieron hacerlo, por lo menos cinco años estuvimos en la REC, en las comunidades, discutiendo el asunto.

Eso terminó con unas reuniones provinciales, o sea, todo lo aportado por las parroquias y las comunidades parroquiales. Hubo una reunión con delegados de cada una de las diócesis. La de aquí de La Habana fue en San Juan de Letrán, dos días, para poner en común todo lo que había y hacer un documento provincial, diocesano. Después, cuando ya estaban todas las Asambleas Diocesanas hechas, los obispos nombraron una Comisión Central para hacer un Documento de Trabajo para el ENEC, que empezó a llamarse Encuentro Nacional Eclesial Cubano.

– Se pegó el gusto por las siglas y las comisiones.

Parece que sí, la influencia es muy fuerte. Entonces se nombró esa Comisión Central y para el ENEC se preparó el Documento de Trabajo, que era muy grueso, y se buscó fecha, se citó y todo lo demás es historia conocida.

Te cuento una anécdota simpática. Cuando se terminó el Documento de Trabajo y se repartió por las diócesis para que los delegados lo leyeran antes de venir para la reunión, por cortesía, la Conferencia de Obispos le mandó a Fidel Castro una copia:

-Esta es la reunión que vamos a tener, este es el Documento de Trabajo que se va a discutir y con las modificaciones será lo que se apruebe.
Él agradeció y punto. El día antes del ENEC ?yo vivía entonces en el Arzobispado con monseñor Jaime y estaba hospedado allí un obispo colombiano que después llegó a ser cardenal, vive todavía y había llegado ese día de Bogotá?; llama Carlos Rafael Rodríguez para que yo fuera a su casa esa noche a las ocho y media porque tenía que hablar conmigo. ¡Figúrate! Dijo Jaime:

– Eso es que seguramente el gobierno va a prohibir el ENEC.

Porque la verdad es que todo se hizo con una vigilancia tremenda. Cada vez que había una reunión preparatoria aparecían perseguidoras por todos lados y aparatos que eran, evidentemente, de grabación. Tenían mucho temor a que la Iglesia fuera a salir a decir algo ?después se convencieron de que no, pero bueno.

Recibieron el documento aquel y esta llamada de Carlos Rafael, que era citándome a mí. Yo era muy amigo de Carlos desde hacía muchísimos años, también era muy amigo de sus hijas, sobre todo de una que está en Madrid ahora; estaba casada con uno de mis mejores amigos, que murió ya.
Bueno, fui para allá. Él vivía en Miramar. Tenía el documento en la mano:

-Mira, este fue el documento que nos mandaron ustedes. Se lo enviaron a Fidel. Él dice que es una gran cortesía, pero no tiene tiempo de leerlo porque es muy largo. Me encargó a mí estudiarlo y que después le diera mi parecer.

Bueno, él lo revisó y le hizo un informe a Fidel ?que me lo dio a leer a mí allí?, en el que le hacía críticas al documento, esto no me gusta tanto, esto sí, pero en fin, está bien, es un documento muy serio. Fidel le dijo:

-Yo asumo todo lo que dice este informe. Tengo confianza en que ese análisis está bien hecho. Llama a Carlos Manuel y dile que venga y le explicas. Yo, encantado de que tengan su evento. Nosotros, por supuesto, no nos identificamos con todo lo que dice el documento porque contiene concepciones distintas de la persona, de la sociedad, etcétera, pero no hay problema ninguno.

Esos fueron veinte minutos de conversación al principio, pero después, empezamos a hablar de Cuba y de mil cosas, y nos cogieron ahí más de las doce de la noche, porque él era muy conversador, le gustaba hablar de muchas cosas de las que me gusta platicar a mí también; no solo de historia de Cuba. A él le encantaba hablar de poesía, de música, de ballet, de ópera, porque tenía muy buen gusto.

Llegué casi a la una de la mañana al Arzobispado y me encontré a Jaime dándose sillón en el pasillo, esperándome. Me comentó que a medida que pasaba el tiempo, él decía:

-¡Ay, la cosa está seria! Carlos Manuel debe estar batiéndose allí.

Entonces les cuento y él me dice:

– ¡Muchacho, nosotros angustiados aquí pensando que tú te estabas batiendo porque el gobierno quería prohibir el ENEC!

– No, nada de prohibición. Van a mandar una delegación oficial.

Enviaron a Ricardo Alarcón y a José Felipe Carneado, que era el que se ocupaba de los Asuntos Religiosos antes que Caridad Diego. Estuvieron uno en la apertura y otro en la clausura. Hubo una misa en la Catedral después, muy sonada. En fin, todo fue bien.

Yo fui el responsable de la edición de ese documento (un libro de carátula blanca con letras azules que hojea antes de entregarme). La hicimos en Roma, con los Salesianos. Cuando terminó todo y se aprobó, los obispos lo asumieron como un documento de puesta en práctica. Es excelente.

– ¿Todavía la Iglesia cubana se guía por él?

Se guía por ahí, pero te diría, y es parte de tu pregunta, que no tanto como yo quisiera. O sea, con el ENEC ?que fue excelente, el documento como tal es buenísimo, la reunión fue muy buena?, pasa como con tantas cosas que no resultan ser tan efectivas como pudieron haber sido. Por supuesto, el documento se mandó a todas las parroquias, más de uno, para que lo tuvieran y se lo estudiaran en los consejos parroquiales. En algunas parroquias sí se tuvo muy en cuenta y en otras no.

– Este documento habla de todo. (Mientras, hojeo el texto).

De todo. Es un documento muy completo porque tiene una parte teórica, teológica y bíblica de reflexión y después, orientaciones pastorales concretas para la realidad cubana. Una breve historia de la Iglesia en Cuba en el período revolucionario, etcétera. Es muy bueno.

Después que se terminó se mandó a Roma porque había mucha gente pendiente, sobre todo de Latinoamérica. Al encuentro vinieron cardenales de Estados Unidos, de Latinoamérica y de la Santa Sede mandó el Papa al cardenal Pironio. Fue una cosa muy sonada y todos estaban pendientes porque era una Iglesia que hasta ese momento estaba a la defensiva y de repente se lanzaba a un encuentro que nadie había hecho, con un documento que nadie había redactado. Inclusive había gente que lo miraba con sospecha:

– ¿No será que la Iglesia cubana al fin ha cedido su independencia frente al gobierno y el gobierno es quien está haciendo esto? ¿Ese será un documento medio procomunista?

Nada, de verdad que no hubo ninguna intervención. A los que vinieron de Estados Unidos, de Europa, de Latinoamérica, les encantó la reunión, les encantó el documento después…

– Se dieron cuenta de que no había nada de comunista en él.

No, además en Roma revisaron hasta la última coma. Cuando lo autorizaron, uno de los que lo revisó en Roma, monseñor Faustino Sainz Muñoz ?quien fue Nuncio Apostólico aquí a finales de los 80 y hasta principio de los 90, murió no hace mucho de un cáncer en la cabeza?, me decía: “Carlos Manuel, te aseguro que lo leímos con lupa porque no podía irse nada. Pensábamos que iba a tener mayor éxito en cuanto a difusión en Latinoamérica, nos hubiera gustado que se usara más. No hay ningún documento –y esto no se puede decir porque los demás se ponen celosos? ningún documento propio de un país de Latinoamérica, no los del CELAM sino de Iglesias nacionales, que sea de la calidad de este. Este es un documento impresionante”.

La Santa Sede estaba encantada. Lo autorizaron. Se editó con los Salesianos y después se hizo otra edición en Puerto Rico o Santo Domingo. Se repartió, al principio se habló más. Yo hablo mucho de eso con los alumnos del Seminario, en la parroquia, pero me doy cuenta de que se quedó atrás.
Independientemente del contenido, el hecho mismo del ENEC y que se hiciera primero la REC y después el ENEC, fue como un despertar de la Iglesia cubana.

-Salir del silencio.

Salir del silencio, que no fue nunca un total silencio, pero bueno, salir de una actitud defensiva a una actitud evangelizadora. “Esta es la situación, no vamos a ponernos a mirar para atrás, esta es la que tenemos y hay que evangelizar. Que es lo que tenemos, que es lo que no tenemos y pa´lante”. Y eso fue muy importante. Independientemente de que no se utilizara todo lo que se debió, cambió el curso de la Iglesia.

Los obispos lo asumieron con mucho calor, por supuesto; monseñor Jaime Ortega, que era uno de sus artífices, evidentemente; pero también el que era entonces presidente de la Conferencia, monseñor Adolfo Rodríguez, Obispo de Camagüey, que fue el que tuvo el discurso de apertura y final y el que firmó el documento de puesta en práctica en Cuba. El discurso de Adolfo fue una maravilla.

Fueron muchos periodistas y vinieron muchos de fuera. Había una reunión de la prensa cada día, al final de la tarde. Eran ciento y pico, casi doscientos. La conferencia de prensa era de lo que se había hecho en el día, eso lo hacía yo, me tocó a mí. ¡Me divertí de lo lindo! Era muy divertido.
Entonces me daba pena porque muchos de los delegados del ENEC se iban de las sesiones para ir a la conferencia de prensa porque ahí ya tenían el resumen completo, como cada uno estaba en una comisión no se enteraban de lo que pasaba en la otra, entonces decían: “Vamos a la conferencia de Carlos Manuel, ahí nos vamos a enterar de lo que pasó en todos lados”. Fue muy bueno, la verdad es que fue muy bueno. Eso fue el ENEC.

Lo que lamento es que después…, no es que no se tuviera en cuenta, hubo un cambio de actitud y ya por eso solo valía la pena, que la Iglesia saliera de la cueva y empezara a decir: “Aquí hay que trabajar y a evangelizar y punto”. Fue algo grande. Pero después hubo cosas que se quedaron olvidadas, como el enfoque con respecto a las relaciones sincréticas, el problema ecuménico.

– ¿El documento dice algo de las relaciones con el Estado?

Ni tocaron el tema. Las relaciones con el Estado ni se miraron. El documento es muy amplio en eso y dice que la Iglesia no está para definir contenido de gobierno, que con el socialismo como tal no hay problema. El problema para nosotros era el ateísmo con el que se había vinculado la Revolución, pero no con el socialismo como tal. Había gente que era socialista y otros que no lo eran. Y así fue.

– Bien, avanzando en el tiempo, llegamos a la década de los 90, los años duros. En el 93 afloran de nuevo las diferencias con…

“El amor todo lo espera”.

– Exacto, “El amor todo lo espera”. ¿Qué decía esta Carta Pastoral y cuál fue la reacción del gobierno?

Respuesta oficial no hubo, hubo respuestas oficiosas y se sabe que no gustó, por supuesto. Lo que más le dolió al Gobierno no fue tanto lo que decía ?que algunas cosas eran duras por la situación en Cuba?, sino que se dijeran en ese momento, el Período Especial. El Gobierno estaba con la soga al cuello y muy poco tiempo antes, existiendo esos mismos problemas políticos, pero con una situación económica mejor, no dijeron nada. Eso es cuando el burro se cae, caerle a palos porque se cayó. Estábamos pasando por una situación de sobrevivencia que no se sabía si podríamos salir de eso, porque en el Período Especial pensaron muy en serio, Fidel y todo el equipo de Gobierno, que a lo mejor no se podía salir a flote. Aquello fue muy malo, tú no puedes acordarte, pero aquello fue muy malo.

Esa carta fue muy crítica. No sé si la gente pensó que todo se iba a resolver porque los obispos escribieron eso. Cientos de miles de personas iban a las iglesias a pedir una copia de la carta. Aquí en La Habana se llegaron a tirar hasta 250 000 ejemplares. Al principio me acuerdo que llevé 30 o 40 a la parroquia y esas se acabaron el primer día y eran colas de gentes, colas y colas. En la puerta del Arzobispado había una cola de más de dos cuadras buscando un ejemplar. Entonces se asustaron con aquello. Era negativa también, cortés porque estaba hecha por los obispos que escriben con cortesía siempre, pero en contenido era dura y lo que les molestó fue eso que te dije.

Creo que si tienes que hacerle una crítica a un Estado, se debe hacer, pero atendiendo a la oportunidad y al modo. Quizás ese momento era para hablar de otras cosas, como por ejemplo, proponer un encuentro ?que los hubo algunas veces. Afortunadamente Fidel no se cerró del todo. Realizó una comida para tratar esos temas con un grupo de obispos; también me invitó a mí y a otras personas. Creo que en momentos malos, si tú has dicho otras cosas antes en momentos buenos o has guardado silencio, pues guarda silencio ahora o dirígete privadamente o no sé qué. No debemos dar lecciones cuando se está pasando por un mal momento, lo mismo en política o entre la Iglesia y el Estado, o con una persona cualquiera que esté en una etapa horrible de su vida. Hay que esperar a que salga del momento malo y entonces sentarnos a hablar de los problemas, pero no en ese momento; ahí se debe tender una mano.

Y en esta carta que se ha sacado recientemente, la de “La Esperanza no defrauda”, lo que más les ha molestado, a los que conozco al menos -porque no hay ninguna declaración oficial tampoco-, es que haga tanta referencia a “El amor todo lo espera”. Para qué hacer esa referencia si fue un momento malo que pasó; ya lo dejamos a un lado.

Es cierto que se cumplió casi todo lo que dijeron en la de 1993, pero no hay que restregarlo. Aunque, en honor a la verdad, en la última, mucha gente del gobierno, amigos míos, miembros del Partido, secretarios generales de núcleos, me dijeron: “Bueno, a mí no me gusta, pero tampoco es para armar rollos con ella porque no es una cosa así ofensiva, ni nada de eso”. Esa es la reacción.

Un amigo me dijo el otro día sentado ahí mismo: “No hay que hacer ruido con la carta esta. La leímos, no nos gustó y punto. La vida sigue”.

-Así es. Bien, nosotros seguimos en los 90. Llega 1998, la visita del papa Juan Pablo II. ¿Cómo influyó en la vida de la Iglesia?

¡Ah, mucho! Si el ENEC sacó a la Iglesia de la actitud defensiva a la actitud evangelizadora, simplificando mucho las cosas, la visita de Juan Pablo II, con esos actos públicos en plazas y en todas partes ?porque fue una visita larga, muy preparada, con actos de mucha gente, en La Habana sobre todo?, sacó la Iglesia a la calle por primera vez desde el año 1959. El último acto masivo, católico, en las calles de La Habana, fue el Congreso Católico del año 1959, y desde entonces, no había habido otra cosa así. Tanto tiempo después llega por primera vez a Cuba un Papa, con ese carisma de comunicación que tenía Juan Pablo II; fue impresionante.

Uno puede discrepar de algunas cosas, pero tenía una capacidad de comunicación, una simpatía desbordante y fue una visita muy bien preparada, con mucha resonancia mundial y nacional, con mucho efecto en el público católico y en el no católico, en cuanto a que vieron a la Iglesia en la calle, una Iglesia que a pesar de todos los pesares…

– Estaba viva.

Exacto, estaba viva y sabía organizar esas cosas. La visita hizo muy buen efecto aún entre los que discrepaban de las cosas que el Papa dijo, porque dijo cosas que no le pueden haber gustado mucho al gobierno, pero a él se las aceptaban, él sabía cómo decirlas y cómo eso iba acompañado del mismo gesto de venir.

– Y más en su condición, estaba muy frágil.

Exacto. Entonces fue una visita muy positiva y sacó la Iglesia a la calle. Eso se complementó con la misión de la Virgen de la Caridad, que sacó a la Iglesia a la calle otra vez y más masivamente todavía porque fue en todas partes, hasta el último pueblecito.

– Esa peregrinación fue impresionante.

Aquí también lo fue. En esta parroquia nunca, creo que en toda la historia, hubo algo semejante. Había una misa a las diez de la mañana ese día que estuvo aquí la imagen y cuando llega Jaime, me dice:

– Carlos, aquí no se puede dar misa.

La Iglesia estaba apretada, todo lleno de gente.

– Mira, Jaime, si tú no tienes demasiada prisa, deja que la gente siga desfilando frente a la imagen y rezando que a las doce del día, cuando sea la hora del almuerzo, esto baja porque siempre es así cuando hay una cosa masiva. La gente tiene que ir a almorzar, a preparar la comida.

Así fue. A las doce del día estaba la Iglesia llena, pero llena como cuando hay una fiesta patronal o en Navidad y entonces él dio su misa.
Fue algo muy bueno y que contribuyó a lo mismo que había contribuido Juan Pablo II. Para los obispos y para los católicos de siempre nos ratificó algo que uno más o menos sospechaba desde siempre, pero pensaba que a lo mejor después de tanto tiempo de Revolución no era tan así: el poder de convocatoria que tiene la Virgen de la Caridad del Cobre. Es impresionante.

A mi parecer, no hay ninguna realidad en Cuba que convoque tanto al pueblo como la Virgen de la Caridad y si hay algún dato, fue ese. Nos convencimos de que era así. La Iglesia ha pasado todo lo que ha pasado, los líos que ha tenido con el Gobierno; cincuenta años, y llega la Virgen de la Caridad y todo se echa a un lado. Aquí vinieron soldados, militantes del Partido del barrio que todos conocemos, policías. Algunos han seguido viniendo después y les han advertido que porque la Virgen viniera no significa que deban estar yendo a la Iglesia, pero lo han seguido haciendo y han bautizado a sus hijos y se han bautizado ellos y algunos se han casado por la Iglesia. La huella de la Virgen fue tremenda.

La otra visita, la de Benedicto XVI, fue muy improvisada, sin preparación; la de Juan Pablo II se preparó durante dos o tres años. Esta, se alistó en tres meses, por eso no tuvo una resonancia muy grande, pero también fue muy buena.

– A mí en lo particular me parece que no fue lo mismo. Benedicto XVI es muy inteligente, pero no carismático como Juan Pablo II.
No, no lo es. Pero había gente, para mí fue sorpresa que con la poca preparación y sabiendo eso, porque lo conozco bien, desde que era sacerdote, no cuando era Obispo ni Papa, en las reuniones estas internacionales a las que yo iba cuando era Perito de Ecumenismo y de Cultura que él iba siempre a estas cosas también; yo sabía que él era un hombre capaz de comunicarse, pero no pensé, la verdad, que sería así. La reacción que hubo aquí en La Habana y en Santiago fue mayor de lo que esperaba.

Él es un hombre muy bueno e inteligente. Un gran teólogo, un estudioso tremendo, por ejemplo de Martín Lutero. Los cristianos alemanes son más luteranos que católicos, aunque la zona de él, Baviera, y en gran parte del  sur de Alemania, son muy católicos. En Prusia, Sajonia, la mayoría son protestantes. Los mismos protestantes te lo dicen: “Nadie conoce a Lutero como Benedicto XVI”. Se ha leído todos los libros de él y los ha estudiado a fondo.
?Llegamos al nuevo milenio que se ha mostrado más calmo indiscutiblemente en las relaciones. A su juicio, cuáles son los cinco acontecimientos más importantes en la vida de la Iglesia cubana en estos años.

El recorrido de la Virgen de la Caridad cae ahí y la visita de Benedicto XVI también. La beatificación de Olallo, el primer cubano que beatifican en Cuba, porque está también el muchacho de Jatibonico, que probablemente tú no lo conozcas, José López Piteira, beato igual que Olallo.

– ¿Sí?

José López Piteira era religioso agustino, en España, cuando la Guerra Civil y fue de los que fusilaron.

– ¿Mártir?

Mártir. Olallo por su santidad de vida, su vida como enfermero, pero José López Piteira está beatificado por mártir. Hay un dato muy bonito de su muerte. Él era cubano de nacimiento, pero ciudadano español porque sus padres eran españoles, y lo fueron a ver de la Embajada, el Secretario porque el Embajador estaba en Cuba en ese momento, y le dijo:

– Tú como nacido en Cuba, aunque seas ciudadano español, no puedes ser fusilado, ni llevado preso, porque eres cubano; yo puedo hacer la reclamación.
Y él le dijo:

-No, yo tengo que correr la suerte que corran todos mis compañeros de noviciado. Usted no haga nada, si nos fusilan que nos fusilen; me fusilan a mí con ellos. Si no nos fusilan, bueno, pues no nos fusilaron, pero por nacer en Cuba, no. Eso fue en 1936, en Paracuellos de Jarama.

Los fusilamientos de la Guerra Civil fueron algo muy complejo. Comprendo que a esas personas los cogieron porque eran novicios; se puede hablar de odio de la fe y por eso se les considera mártires, pero hay un componente político muy pesado, porque entre los republicanos había mucha gente católica, curas inclusive y de eso no se habla. Los franciscanos de aquí de Cuba, que eran de la Provincia Vasca, eran republicanos.

– Siguiendo con mi pregunta, le quedan dos hechos todavía.
Verdad. La mediación del cardenal Jaime Ortega para la liberación de los presos políticos, algo totalmente nuevo y con muy buenos resultados. Y el quinto puede ser, no es un hecho en sí, la situación de mejor comunicación entre la Iglesia y el gobierno que se ha dado en los últimos años, sostenida, y en la que se destacan de manera especial el cardenal Ortega y Raúl Castro, aunque no son ellos dos solos evidentemente. Jaime cuando habla lo hace en nombre de los obispos y Raúl en nombre del gobierno.

– En los 90 surgieron publicaciones que se han multiplicado y que hoy tienen gran popularidad, Palabra Nueva, por ejemplo. ¿Cuán tolerante se ha mostrado el gobierno con respecto al tema?

Creo que el gobierno preferiría que no salieran, pero las deja salir. Las deja salir no solo dejándolas salir… Ellos saben que nosotros no tenemos cuota de papel para hacer eso, que no tenemos cuota de tinta de tóner para fotocopiadora para imprimir esas cosas y, sin embargo, se publican, por lo tanto, de algún lado salen.

Tanto Palabra Nueva como Espacio Laical, que son las dos que salen aquí. Hay otras en las diócesis. Está la de Pinar del Río, que creo que después de las de La Habana, es la que más éxito tiene. Las otras son más pequeñas, pero se están mejorando en los últimos tiempos, la de Villa Clara, la de Camagüey, la de Santiago; aunque todavía no tienen una gran proyección en cosas fuera de la Diócesis.

– A veces hay mensajes un poco crudos en las revistas. ¿No ha habido problema por eso?

No, lo más que ha habido es que en una visita o en un encuentro casual se acercan y te dicen:

– Oye, Orlandito se fue de rosca.

Orlando Márquez es el que mayormente escribe esas cosas, porque es el Director.  Y yo les digo:

– Bueno (Se ríe).

– ¿Usted cree que, por este camino que vamos, la Iglesia pueda volver a tener un papel importante en campos como la educación y la salud, donde tiene tanta experiencia?

Creo que es posible, pero no me parece que sea una cosa inmediata. Ya tiene un papel, aunque no sea oficialmente. En la salud por supuesto que lo tiene y los asilos son muy reconocidos. Ahora mismo acaban de entregarle otro para reconstruirlo, en Capdevila, un asilo grande que se encuentra ahí al lado de una iglesia que no se usa, nunca se llegó a usar, se hizo y se quedó sin inaugurar y el asilo lo usaron como residencia para estudiantes y después, para trabajadores que no tenían casa en La Habana. Eso se lo han dado a la Iglesia para asilo, que fue su función original, iglesia y asilo. Se va a consagrar la iglesia al Cristo de la Misericordia.

– ¿El gobierno lo dio sin que la Iglesia lo pidiera?

No, la Iglesia sí lo pidió, estaba en la lista de las cosas que pidió porque no le daban uso. Están devolviendo bastantes iglesias y se han ido abriendo poco a poco. Lo que pasa es que ahora nos dan las iglesias y no las podemos abrir porque no hay personal. Por ejemplo, la primera que nos devolvieron fue la de la Universidad Católica de Villanueva y todavía está cerrada porque hay que reconstruirla y arreglarla; cuesta muchísimo.
? ¿Entonces cree que en el futuro sí pueda participar en educación y salud?

Podemos pensar que sí, si sigue habiendo una actitud positiva y una comunicación de parte y parte. La participación en la educación ya se tiene, porque el Centro Cultural está ahí y muchos de los alumnos no son católicos.

– No solo participación, sino prestigio además.

Exacto, y eso es importante. Sí se puede llegar a una posición más oficial, pero con el tiempo. Eso supone, primeramente, que la Iglesia lo haga bien. Confiamos en que así sea, con los asilos lo ha hecho bien siempre y con la educación; dados los rasgos nuevos de la sociedad cubana lo puede hacer bien porque aquí hay personas capaces de ello. Entonces todo puede caminar hacia una mayor participación, pero no es algo de mañana, es cosa de mucho trabajo, de paciencia, de hacerlo bien y de mantener una comunicación fluida entre la Iglesia y el Estado.

– En este contexto, en el que ya una generación, la que está antes que yo, cortó sus vínculos con la fe…
No sé si con la fe. Con la Iglesia sí, pero con la fe…

– Cierto, tal vez con la fe no tanto, pero con la Iglesia, sí. Entonces, dado el caso y teniendo en cuenta que nuestra generación no es muy dada a la Iglesia, ni muy dada a la fe, ¿cuál cree que es el principal reto de la Iglesia cubana?

La evangelización de las nuevas generaciones, por supuesto. Pero si en eso hubiera una presencia un poco más activa en la educación sería perfecto porque, ¿cómo tú llegas a todo el mundo? Actualmente llegamos a la gente que viene a la Iglesia, llegamos por las publicaciones que las personas leen, pero son una minoría exigua en Cuba. ¿Cómo se llega a todo el mundo? Por las escuelas y ahí sí que no hay, hasta ahora, ningún tipo de presencia. Hay maestros católicos, pero no pueden enseñar religión; ya bastante que hay maestros católicos.

En los tiempos del ENEC, una de las cosas que se hizo el primer día fue chequear las profesiones y el estatus laboral de los delegados. La profesión más representada era el magisterio. Eso fue una tremenda sorpresa. La mayoría de los delegados al ENEC eran maestros. Una de las cosas que se decían era que los católicos no podían ser maestros y la mayoría de los que estaban allí lo eran.

¿Entonces, cómo llegar a todos? Las publicaciones son un medio, los Centros Culturales que se puedan ir abriendo en distintos sitios son medios también. Dentro de la situación del país hay que buscar la manera de acercarnos a las generaciones jóvenes. Si hubiera una presencia más efectiva en los medios de comunicación, la televisión, etcétera, también sería un modo para llegar a mucha gente.

A lo largo de los años muchos se desconectaron de la Iglesia y no es que le tengan mala voluntad. Por lo general, aquí no se encuentra agresividad hacia la Iglesia. Por ejemplo, nunca en Cuba, ni antes, ni después de la Revolución, he oído por la calle que al pasar yo, alguien suelte una blasfemia para que la oiga. Contra la hostia, contra la Virgen o contra cualquier elemento de la religión. Y eso en Roma es el pan de cada día.

– ¿Sí?

¡Sí, muchísimo! Y en España. Eran los dos países más blasfemos del mundo, ya menos, no porque sean más católicos sino porque son más indiferentes ante el catolicismo. Pero habían algunas blasfemias que son horrorosas. Del colegio a donde yo vivía, en la Universidad, eran veinte minutos de camino, y a la ida o a la vuelta, por lo menos una vez, alguien hacía alguna cosa de esas y, por supuesto, escribían en la pared “¡Muera el Papa!”. Eso en Cuba no lo he visto, ni en los peores tiempos. Ha disminuido en España y en Italia, que eran los países blasfemos por excelencia, los más católicos también.

La Iglesia tiene que ir creando situaciones y aprovecharlas para llegar al círculo más amplio que se pueda, pero sabiendo que no es tan amplio, amén de que lamentablemente ese problema de la fe, no solo la fe en Dios sino la vinculación con una institución como la Iglesia Católica u otra Iglesia, en el caso de los países protestantes igual, es algo que está en crisis en todo el mundo, no solo aquí. Este es un momento de baja institucional religiosa, pasará porque no es la primera vez que sucede, pero no pasa de forma mecánica, hay que trabajar.

– Nuestra Iglesia es bastante pasiva comparada con las demás. ¿Usted no cree que deba salir de los templos, tocar las puertas?

Lo puede hacer, pero no te vayas a creer que tanto. A mucha gente no le gusta eso. Es muy rara la familia en la que todo el mundo esté de acuerdo en que vaya un cura a la casa o que vaya un misionero a la casa. La Iglesia se ha cuidado en eso, no porque tenga un problema con el Gobierno, sino porque puede crear un problema en la familia. Entonces, en esto hay que tener cuidado no vaya a ser que se cree un conflicto familiar entre una mujer y un marido o entre unos padres y sus hijos. Si llega un momento en el que conoces bien, vas a la casa, pero solo si se conoce la situación y se sabe que no va a ser una fuente de conflicto. Ahora lo es menos, en otro tiempo sí era mucho.

Cuando se preparó la visita de Juan Pablo II se hizo una misión puerta por puerta. Aquí se visitaron todas las casas que están en el ámbito parroquial, y agresividad hubo en una sola. El hombre amenazó con un palo a los que se presentaron. En el grupito siempre había algún niño o niña de la Infancia Misionera y en este caso, había una niña de siete u ocho años, que es una muchacha ya y vive en Colombia, y cuando el hombre aquel salió con el palo, botándolos y diciendo horrores y malas palabras, ella le dijo:

– Tú no lo sabes, pero Dios te ama y tú lo llegarás a saber algún día.

– Niña, vete de aquí que te voy a dar un palo.

– Dame un palo, pero Dios te seguirá amando.

A ella la respuesta se le ocurrió así.

– Tal vez el hombre ya encontró a Dios.

¿Quién sabe?

– Hay algo en el horizonte de la Iglesia Cubana que motiva mucho, no solo a los católicos sino también a quienes no lo son, y es la posibilidad de que el padre Félix Varela llegue a los altares. ¿Qué cree usted que significaría para la Iglesia cubana? ¿Hay alguna posibilidad de que ocurra en un tiempo cercano?
Sin duda sería muy importante no solo para la Iglesia cubana, sino también para Cuba en general. Cuando Juan Pablo II vino, él quería canonizarlo aquí, aunque no hubiera milagro todavía.

–  ¿Eso se puede hacer?

El Papa está por encima de esas leyes. Pero se le recomendó que no lo hiciera porque entonces le iban a empezar a llover peticiones de todas las órdenes religiosas para que canonizara a sus fundadores, y al final se decidió no hacerlo. Para que el proceso se dé hace falta demostrar la santidad de la vida, que ya está demostrada; la de la obra, que también está demostrada y, finalmente, un milagro.

Hace poco pensé que había uno, pero resultó que no lo aceptaron. Una señora había perdido repentinamente la visión y los médicos, después de un tratamiento, no lograron curarla. Entonces una amiga le regaló una imagen de Félix Varela con la oración por detrás, la rezaron juntas y la pusieron debajo de la almohada. A los pocos días la mujer se curó. La Iglesia dijo que como había tenido tratamiento médico previo podía ser que los medicamentos hubieran hecho efecto con el tiempo y por eso no lo aceptaron.

Para mí en lo personal significaría mucho que el padre Varela llegara a los altares porque él fue quien me inspiró a convertirme en sacerdote. Cuando joven me pregunté: “¿Cuál es la mejor forma de servir a Cuba?”. Y Varela me dio la respuesta. Y aquí estoy.
Parroquia de San Agustín, diciembre 2 de 2013.


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