Mujeres rurales en Cuba: ¿por qué es de la manera que es?

Entre 2010 y 2013, más de 50 mil mujeres perdieron su vínculo formal con el sistema agrícola estatal en Cuba. En 30 años, más de 400 mil personas habrán emigrado de zonas rurales hacia las ciudades.
Entre 2010 y 2013, más de 50 mil mujeres perdieron su vínculo formal con el sistema agrícola estatal en Cuba. En 30 años, más de 400 mil personas habrán emigrado de zonas rurales hacia las ciudades.

I

En números[i], entre 2010 y 2013, más de 50 mil mujeres perdieron su vínculo formal con el sistema agrícola estatal en Cuba. En 30 años, más de 400 mil personas habrán emigrado de zonas rurales hacia las ciudades.

El mayor porciento de emigración desde los campos se concentra en hombres; y los que permanecen aún concentran la representatividad en los empleos agrícolas remunerados.

Para 2030, más de la mitad de los hogares en Cuba estarán encabezados por mujeres, incluyendo los hogares en zonas rurales.

II

Traduciendo: menos mujeres que hombres acceden en Cuba al trabajo remunerado en la agricultura. Menos mujeres que hombres tienen control de tierras, tecnologías e insumos para la práctica productiva. Menos mujeres que hombres ocupan posiciones de poder en espacios rurales.

III

En teoría[ii], la equidad de género implica que mujeres y hombres tengan no solo iguales derechos, sino también, iguales oportunidades y prerrogativas.

IV

En política[i], el sector agropecuario es una de las prioridades del desarrollo sostenible en Cuba hacia 2030.

Los Lineamientos manifiestan la intención gubernamental de “(154) Desarrollar una política integral que estimule la incorporación, permanencia y estabilidad de la fuerza laboral en el campo, en especial de jóvenes y mujeres…”.

Y el Sistema de la Agricultura[ii], conducido por su Ministerio (MINAG) y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), presentó, en 2016, una “Estrategia de Género”, que pretende:

  • promover la igualdad de género a todos los niveles del Sistema de la Agricultura en Cuba;
  • generar una cultura de gestión por la igualdad de género en todo el Sistema de la Agricultura;
  • articular el trabajo por la igualdad de género en organizaciones que forman el Sistema de la Agricultura; y
  • potenciar el liderazgo y el empoderamiento de las mujeres en el sector agropecuario, forestal y tabacalero.

Entre sus acciones, la “Estrategia” define el fortalecimiento de capacidades para cerrar brechas de género, gestión de conocimiento, articulación de organizaciones, incidencia socio-cultural en las comunidades, mejora de las condiciones laborales hacia una mayor igualdad de género, incidencia en políticas de gestión institucional, empoderamiento económico y liderazgo de las mujeres en el sector, y promoción de masculinidades no excluyentes. Concibe su propio sistema de evaluación y monitoreo. Llama a explicitar “responsables por áreas, resultados y tareas”.

En perfecto “todas y todos”, sus 34 páginas constituyen un “instrumento de trabajo de las instituciones, organizaciones y entidades empresariales, estatales, presupuestarias y cooperativas del Sistema de la Agricultura para el período 2015-2020”.

V

En la vida real, la mujer que toma de la mano a su hija en esta foto, Dania, no pertenece al Sistema de la Agricultura. Tampoco su comunidad, porque ninguna de las pequeñas unidades productivas de la zona ha sobrevivido a la peor sequía que se recuerda en este país.

En números, ella es una de las mujeres rurales cubanas al frente de un hogar de tres hijos y un anciano, que recorre entre cinco y diez kilómetros diarios en busca de agua para beber. Atando cabos, esta madre soltera ocupa en ello más de la mitad de sus horas potencialmente “dedicables” a un empleo remunerado, y le es ajena la intelligentsia detrás de la planificación, el tratamiento y la distribución de esa agua en su comunidad. Ni en la teoría, ni en la traducción cotidiana de “la política”, esta mujer accede a un entorno donde esas horas, o el cuidado de su padre, sean reconocidas como “trabajo”.

Y ni siquiera se lo cuestiona.

VI

En Cuba, el sector agrícola absorbe cerca del 20 por ciento del empleo total; pero no se reconoce en esas cifras ni el rol de las mujeres en las comunidades rurales, ni su aporte directo a la producción: “los sistemas de registro de datos productivos no están desagregados por sexo, de manera que no se conoce el aporte de las mujeres y se invisibiliza su contribución al sector”, reconoce el propio MINAG en su “Estrategia de Género”.

El dilema de las mujeres rurales, no obstante, excede el análisis que pueda hacerse al interior del Sistema de la Agricultura, sus unidades productivas y universo institucional. En tanto las mujeres estén sobre-presentadas en esas estructuras, el espectro de las políticas públicas hacia la equidad de género, el empoderamiento de las mujeres y la reducción de brechas en espacios rurales, no puede estar contenido en el propio espacio que las limita.

Como en todos los países en desarrollo, no puede pensarse en Cuba una agenda 2030 sin el rol activo de las mujeres rurales. Ellas encierran un enorme potencial como fuerza de trabajo, capital intelectual y liderazgo en la construcción de resiliencia comunitaria, en la formulación participativa de políticas y la gestión pública de recursos naturales. Pero ese potencial y liderazgo solo pueden ser liberados en una práctica política y ciudadana que favorezca un entorno de equidad; que garantice efectividad, libertad y plenitud a las mujeres en el ejercicio de sus derechos.

Esto es, sin que

  • las mujeres rurales se beneficien de políticas y programas de gobierno que consideren sus necesidades y capacidades, o los impactos diferenciados del cambio climático sobre ellas —cada vez más visible en Cuba;
  • el pensamiento económico sea un pensamiento económico feminista. Que reconozca las brechas de género en los puntos de partida y rompa las mediaciones estructurales, sociales y culturales que hacen de esos puntos de partida una especie de ADN, con mínimas variaciones de una generación de mujeres rurales a otra;
  • las mujeres rurales participen en igualdad de condiciones en el diseño, la implementación y el monitoreo de la gestión pública local, y tengan mayor representación en los gobiernos locales;
  • las mujeres rurales vean reconocido y remunerado su rol en la cadena de valor de las producciones locales, y conciliados sus espacios laboral y privado;
  • las mujeres rurales participen en el diseño colectivo de un modelo de desarrollo rural, que contemple no solo los espacios o formas productivas, sino el entorno comunitario, las representaciones sociales y prácticas que en ese entorno se reproducen;

VII

¿Quién hace qué? ¿Quién tiene acceso a qué? ¿Quién es dueño o dueña? Estas preguntas son la metodología básica de un taller de sensibilización en género en cualquier parte del mundo.

¿Quién controla? ¿Quién toma las decisiones? Formuladas desde el espacio rural en Cuba, las respuestas desbordan los marcos formales de una cooperativa, un ministerio, un sector.

¿Y por qué es de la manera que es?

El primer indicador para evaluar un marco efectivo, integral, de políticas públicas para el empoderamiento y liderazgo de mujeres rurales en Cuba, sería que mujeres como Dania lo cuestionaran.

[i] Actualización de los Lineamientos para el periodo 2016-2021

[ii] Ministerio de la Agricultura, Asociación Cubana de Protección Animal, Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales, Consejo Científico Veterinario y Asociación Nacional de Agricultores Pequeños.

[i] ONEI, 2016: Proyección de los hogares Cubanos 2015-2030.

Sistema de la Agricultura, 2016: Estrategia de Género del Sistema de la Agricultura.

[ii] ONU Mujeres: La mujer en el cambiante mundo del trabajo: Por un planeta 50-50 en 2030.

 

Sobre los autores
Victoria Hernández 1 Artículo escrito
(La Habana, 1980) Ingeniera agrónoma. Ha cursado estudios de maestría en la Universidad Agraria de La Habana.
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