El neo-leninismo en Cuba: ¿renovación desde la izquierda?

Exposición de cartel cubano. Foto: blog Lagarto Rojo

En Cuba ha emergido, dentro del arco de posturas de lo que se presenta como una “nueva izquierda” -posturas que reúne tanto a gente que lucha a favor de los derechos, luchas e identidades alrededor del género, la diversidad sexual, los antirracistas, los ecologistas y los socialistas participativos- un grupo de jóvenes de posturas (neo)leninistas.1 Los denomino así porque sus posicionamientos reivindican, más que la obra teórica de Marx o la represión de Stalin, el legado más prístino e inmediato de la Revolución bolchevique: el proyecto de una vanguardia político intelectual compacta y disciplinada, que promueve el socialismo a escala nacional y se solidariza con otras luchas globales, apoyado en formas de participación popular y debate intelectual relativamente autónomos, pero ideológicamente acotados.

Los neo-leninistas –conociendo personal y largamente a varios de ellos, no creo se ofendan por calificarlos así- se reúnen, escriben y reflexionan al amparo de foros e instituciones culturales cubanas como los centros Marinello y Martin Luther King o el Grupo América Latina Filosofía y Sociedad (entes que existen en los márgenes críticos tolerados de(sde) la cultura política oficial). Legitimando, con su accionar, la idea de la existencia de un debate posible dentro del socialismo cubano. Sobre la fecundidad de sus referentes teóricos y la potencialidad explicativa y transformadora de la agenda política construida por el neo-leninismo en función del diagnóstico y el cambio progresistas en la Cuba actual, van estas líneas.

¿Que referentes, que ideas?

Al explorar ciertos posicionamientos públicos -en blogs y redes sociales- de estos jóvenes, saltan a la vista referentes centrales de su ideario. Entre estos destaca el legado de los integrantes de la revista cubana Pensamiento Crítico; marxistas enfrentados con la ortodoxia del estalinismo soviético y largamente comprometidos con luchas, movimientos e intelectuales progresistas latinoamericanos en los años de 1960.

Mentores de buena parte de “mi generación” intelectual y política, esos marxistas heterodoxos2 han sido un ejemplo de los intentos para producir un pensamiento progresista, socialista, de izquierdas, orgánico al proceso de cambios iniciado en 1959. Pero también de cómo las nociones de “lealtad” y “consecuencia” pierden sentido cuando la primera, pensada con relación a “un proyecto”, se confunde con la disciplina político-partidista dentro de un orden leninista; mientras que la segunda se transmuta en dogma, al enajenarse de los cambios y demandas diversas, reales y complejos de la sociedad a la que espera emancipar.

Se trata de personas que, fieles a sus ideas, resistieron presiones burocráticas y hasta policiales; que mantuvieron en alto banderas como la de la justicia social, la soberanía nacional y la búsqueda de modelos diferentes (a los del estalinismo soviético y el neocolonialismo criollo) de ordenar la convivencia y política domésticas. Su rechazo al imperialismo norteamericano, a los efectos enajenantes de la cultura de masas y a la burocratización del pensamiento social, son atendibles. Pero, hijos de un tiempo distinto y épico, el carácter metafísico de algunas de sus nociones sobre el cambio y la militancia sociales no sirven como arcilla para (re)construir las agendas y estrategias de una izquierda, cada vez más indispensable en la Cuba de hoy.

Este marxismo sesentero basa su propuesta política en tres ideas centrales y conectadas: a) la Revolución cubana, como un proceso continuado hasta la actualidad; b) la dirección del país como liderazgo socialista coherente con las metas de aquella; c) la conexión y respaldo mayoritarios de la población cubana para con ambos factores (Revolución y liderazgo) y con una ideología socialista.3 En los tres casos, se trata de planteos que, en el presente, articulados dentro de un cuerpo de ideas, revela más los rasgos de un idealismo metafísico (doctrinal y especulativo) que las potencialidades de una mirada dialéctica; capaz de extraer del análisis de las cambiantes estructuras –económicas, políticas, clasistas– la información para la crítica y análisis sociales.

El primer supuesto -la Revolución continuada– es perceptiblemente endeble. Si entendemos como “revolución” un proceso de cambios radicales, materializado por la movilización social y la lucha política, que desestructura clases, relaciones e instituciones socioeconómicas y políticas, queda claro que la Revolución cubana se agotó histórica y sociológicamente en la década y media posterior al quiebre del “viejo orden”. La nueva estructura de clases, el Estado socialista, la economía estatizada, la cultura e ideología revolucionarias…, todos estos factores estaban, fundamentalmente, definidos para la primera mitad de los años 70. Quedaría, entonces, entender “lo revolucionario” como una apelación ideológica, moral o simbólica a ciertas metas e ideas forjadas en la etapa ascendente del proceso…; pero eso no basta para equipararla al movimiento general de la sociedad cubana actual, extendiendo su nombre hasta el presente.

En cuanto al carácter socialista -léase empoderador de masas- de la dirección del país, insistir en ello parece una burla. Por haber construido un partido y sistema políticos con escasa capacidad para procesar y promover la participación, la diferencia y el debate; por aferrarse por seis décadas al poder sin permitir una verdadera renovación de cuadros y métodos; por haber violentado las propias normas y derechos consagrados en la Legislación socialista (incluida la Constitución); los dirigentes cubanos no pueden ser confundidos ni con mandatarios de origen republicano, ni con militantes comunistas. A estas alturas, su permanencia en el poder depende más del modelo de control social prototípicamente soviético perfeccionado por más de medio siglo, que de una legitimidad y apoyo populares logrados en condiciones de libre elección y expresión de preferencias ciudadanas.

Con independencia de los matices que diferencian los modos de ejercer el poder de Fidel y Raúl (voluntarismo frente a pragmatismo, personalismo versus institucionalización burocrática) en ambos casos se trata de dirigentes que se han relacionado con la sociedad de manera paternalista, a la que pueden administrar los derechos, demandas y expectativas. Y cuyos aliados –de la vieja dirigencia guerrillera, cuadros partidistas y jefes militares– ni viven como la mayoría de la población ni pagan sus errores con igual rigor4. Estos últimos, no podrán ser parte de una solución “revolucionaria” a la crisis actual, porque decidieron aferrarse a las estructuras socioeconómicas, políticas y morales arcaicas y agotadas, antagónicas con las promesas emancipadoras del socialismo. Y del proyecto nacional popular de 1959.

Por último -y no menos importante-, la idea de una identificación coherente y masiva de la cansada población cubana para con su dirigencia y discurso oficiales (o incluso con algún proyecto de contenidos más o menos socializantes) es, cuando menos, falaz. Porque en ausencia de libertad de organización, expresión, manifestación y elección no es posible medir ni exponer públicamente las preferencias individuales o colectivas, siempre diversas. Porque la experiencia histórica de regímenes similares (de la URSS a Mongolia) nos dice que los altísimos porcentajes de apoyo en elecciones sin candidatos alternativos, o las multitudinarias marchas de obreros que apoyan a un gobierno que los expolia, no son otra cosa que performances organizados desde el poder y replicados –en ausencia de alternativas y bajo el riesgo de sanción– por una ciudadanía desarmada.

¿Que sociedad, que propuestas?

Ciertamente, la sociedad cubana cobija a muchas personas identificadas -por beneficios, historia o ideología- con el discurso y gobierno imperantes; pero cabe al menos la duda (si no la certeza) de que aquellos no sean la abrumadora y consciente mayoría que exhibe el gobierno en cada discurso. Ni tampoco la ciudadanía conscientemente opositora que aluden algunos. Al final, tanto las pocas encuestas disponibles en los últimos años (http://huelladigital.univisionnoticias.com/encuesta-cuba/), cómo la creciente enajenación y emigración de jóvenes, profesionales, obreros y hasta ancianos señalan a una población cansada que, mayormente, expresa encono con problemas no resueltos, culpa individualmente a sus máximos responsables y busca sobrevivir al margen de viejas y nuevas utopías.

Al buscar en el pensamiento del intelectual marxista, dirigente comunista y luchador anti-fascista italiano Antonio Gramsci -en particular sus nociones de “hegemonía”, “bloque histórico” y “sociedad civil”- claves interpretativas y propuestas para una agenda renovada de izquierdas en Cuba, los problemas se replican. La noción gramsciana de sociedad civil, de raigambre filosófico-política, está a años luz del desarrollo ulterior que la sociología, la ciencia política y la propia evolución de las sociedades complejas del siglo XX han deparado al término.

Si no se comprende que, tanto la obra de pensadores como J. Kuron, A. Michnik, N. Fraser, A. Olvera, A. Arato o C.Vilas como el accionar de movimientos sociales contemporáneos (desde Solidaridad, pasando por los Verdes hasta Occupy Wall Street) superan lo previsto por un pensador encerrado en las mazmorras de Mussolini, los gramscianos criollos quedarán presos del mito y la cita pero nunca aprovecharán el método. Lo mismo sucede cuando, al invocar la idea de “hegemonía”, se otorga un rol pasivo al “pueblo” –al que se reprocha sucumbir a la vulgaridad y el consumismo– y un papel renovador a un Partido que actúa, más que como un “nuevo Príncipe” educador e ilustrado, como un viejo capataz represor, anti-intelectual y “desciudadanizante”.

No podemos confundir el afecto o el respeto hacia algunas figuras con la clonación política de arquetipos o ideas; máxime si estos han sido superados por la historia y por la realidad que buscan comprender y transformar. Obvio que las dificultades para la comunicación, la información y la socialización políticas lastran el progreso intelectual (y programático) de la izquierda cubana. El joven universitario, descubriendo los escritos de la Oposición de Izquierdas en la Rusia bolchevique, sentirá que un mundo se abre allende los salmos del Departamento Ideológico del Comité Central. A muchos nos pasó, una década atrás, algo similar; por lo que vale la pena no olvidarlo ahora. Y es que, frente a la carreta tirada por caballos, el tren a vapor es un portento del progreso humano.

Pero, en tiempos de lenta (pero creciente) conectividad física y virtual de la sociedad cubana, podemos ayudar a que los jóvenes neo-leninistas cubanos se ahorren el redescubrir del “agua tibia”. No como conocimiento general -para eso son los clásicos-, sino como receta para el presente. Frente a los graves problemas de racismo, desigualdad, represión, despolitización y déficits de debate y derechos que aquejan a la nación y sociedad cubanas, los desafíos (y sus respuestas) de una izquierda del y para el siglo XXI, deben ser radical, sustentables y cualitativamente nuevos. Deben combinar la apuesta por la participación con el respeto al pluralismo y la representación; poner la defensa de la justicia social en igual rasero que el respeto y ejercicio de los derechos civiles y políticos, individuales y colectivos. Hablar del país real y de agendas concretas para enderezarlo.

Razones y apuestas

En Cuba hay -y habrá, cada vez más- razones para enarbolar posturas de izquierda. Para luchas, llamémosles con todas sus letras, socialistas. Pero esas sólo tendrán sentido si sus proponentes desenmascaran al Estado que arrienda en miles de dólares a sus trabajadores al capital extranjero, mientras les paga una mísera cantidad de pesos cubanos. Si se ocupan de la creciente pobreza -con rostro de mujer, de negro y de guajiro- que inunda la periferia de las decadentes ciudades y los polos turísticos. Si señalan el “redimensionamiento” de los gastos sociales, eufemismo con el que se oculta un ajuste estructural realizado en nombre del “socialismo próspero”. Si hablan de la Seguridad del Estado cómo vigila y castiga todo intento de autonomía no pactada –académico, organizativo, comunitario- en el país. Porque en Cuba, allí y ahora, el principal enemigo de la izquierda -y de la gente de a pie- es el aparato burocrático-militar que impone el capitalismo autoritario sobre los hombros de una nación cansada.

Notas al pie:

  1. Ver, entre otros, los proyectos (y colectivos) https://medium.com/@latizzadecuba y https://jovencuba.com/
  2. Entre los que destaca el filósofo y ensayista Fernando Martínez Heredia, quién representa la expresión más fiel y coherente de las ideas arriba expuestas. Los sociólogos Aurelio Alonso y Juan Valdés Paz, miembros destacados de esa generación y colectivo, muestran un pensamiento políticamente más diverso, históricamente más evolucionado y sociológicamente más complejo.
  3. Para una exposición sintética y reciente de estas ideas ver http://www.cubadebate.cu/opinion/2016/04/30/problemas-del-socialismo-cubano/#.VzNCPaMeSko
  4. Pensemos, por ejemplo, en la leve y tardía “sanción” –salida del Buró Político– recibida por José Ramón Balaguer, máximo responsable (por la línea de mando del Ministerio de Salud cubano) del drama que significó la muerte por frío y negligencia de un grupo de ancianos en el Hospital Psiquiátrico de la Habana, años atrás. Viejo cuadro ideológico, diplomático y ministerial de la élite cubana, la ausencia de mecanismos adecuados de rendición de cuenta y sanción con basamento democrático consagró la impunidad. En similar dirección, las demoras, fracasos o decisiones económicos de la dirección cubana (de los Diez Millones a la Batalla de Ideas) se han sustentado siempre en una privatización de los logros (“la genialidad previsora del Comandante”) y una socialización de los costos (“nos equivocamos, así que debemos apoyar a la Revolución con nuestro sacrificio”).
Sobre los autores
Armando Chaguaceda 1 Artículo escrito
Politólogo e historiador, especializado en los procesos de democratización/desdemocratización en Latinoamérica, con atención en los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (México). Miembro de LASA y...
1 COMENTARIO
  1. manuel garcia diaz dice:

    Tenerife, 1 de Mayo, día del trabajador-

    Señor o compañero Chaguacera. Escoja Usted el que más le satisfaga. A mi me basta con Manolo.

    Si tuviera que calificar con una palabra su artículo, publicado por Rafael Rojas, escribiría “léalo”. Y a continuación escribiría (y escribo) busque todo lo que se escribió en los años 60 en Cuba, porque es más y más importante que lo que la historia oficial recoge.

    Para hablar de la historia reciente de Cuba hay que estar advertido de lo siguiente. Una de las tareas que Fidel Castro realizaba personalmente era filtrar todos los papeles sobre su actividad; eliminando lo que no debía de ser parte de la historia de Cuba e incluyendo, de ser necesario, modificaciones de ellos. Si quiere Vd. más y mejor información sobre esta actividad, puede obtenerse del Capitán Pacheco, subordinado exclusivamente a Celia Sánchez y, por supuesto, a Fidel Castro. Pacheco, ubicado en “la casa de Celia” en el Vedado. Pacheco era el encargado de realizar la primera selección y de la re-redacción de las informaciones sobre las actividades del jefe ya que a la luz salía lo que oficialmente aparecía como la “historia”. Para los más curiosos o críticos se dejaban por “descuidos “archivos ” con informaciones que “ocultadas” por el régimen serían “descubiertas” por los más “críticos” y divulgadas como la verdadera historia de la revolución en contraposición a la “historia oficial”. De tal modo Fidel Castro conseguía que la historia oficial fuese escrita por los más críticos con la historia oficial y presentada como la contrapartida a la “historia oficial .

    Siempre el gobierno de Fidel Castro tuvo dos caras: la del jefe Fidel Castro, y la del jefe de la oposición, Fidel Castro. “. La figura que veían los críticos era la de Fidel Castro como gran manipulador, lo cual demostraban y revelaban con la verdadera figura de Fidel Castro, mostrando como “trofeos”, lo que les dejaba Fidel Castro, y se anunciaban como si se tratase de un descuido. Una de ellas, las “nuevas corrientes ideológicas” que se manifiestan en Cuba, las presentan como enemigos del régimen.

    Mi posición sobre Lenin, el leninismo, el marxismo leninismo, Stalin, el estalinismo, en fin, todo lo que se relaciona con el leninismo, es obra de Stalin. Este criterio está condicionada por lo que me ocurrió:. Esa aseveración no es exacta; pero cómo me resulta imposible distinguir lo falso de lo verdadero, me curo en salud y rechazo todo. Me permito hacer esto porque tengo, como punto de apoyo, a El Capital.

    Este criterio lo marcó una visita a los pisos subterráneos de la Biblioteca Lenin, en Moscú, la cual pude visitar un instante y de la cual poco pude ver. Poco pero suficiente para darme cuenta que todo lo que lleva la firma de Lenin como autor, lo más probable es que sea obra de Stalin (nomino así al aparato similar al de la casa de Celia) Lenin, el que existió, fue convertido en vehículo para sacralizar las ideas de crear el estado del hombre nuevo.cualquier papel que pasara por mis manos.

    En Cuba se practica lo que llaman “la muerte cívica”. Por ejemplo, yo. Me tomo como ejemplo porque se que existo, ya que pienso. En Cuba, dejé publicados por la Academia de Ciencias de Cuba dos libros y una nueva cobertura . Varios artículos, entre los cuales distingo el titulado “Sobre la Propiedad”, publicado en la Revista Teoría y Práctica No. 33. Haga la siguiente prueba. La próxima vez que vaya a Cuba lléguese a la Biblioteca Nacional y solicite alguna obra de Manuel García Díaz. Haga eso y comprobará que, ese autor “no existe”. El caso más traumático para mi es Félix de la Uz. Nos conocimos en tiempos de la dictadura de Batista, en la Universidad Masónica, donde teníamos que realizar actividades conjuntas por ser ambos los representantes del Frente Estudiantil Nacional, Félix como representante del Movimiento 26 de Julio y yo de la Juventud Socialista.

    Félix siguió los caminos de la Filosofía, yo continué con la Economía. A mediados de la década del 1960, y en medio de una campaña militar para desaparecer varios de los cultivos ocurrió una terrible y cruel historia, más propia de Treblinka o Buhenval donde un brillante filósofo, por filósofo pero más por brillante, fue condenado a trabajar como limpiador de los talleres centrales de los ferrocarriles, y prohibiéndole realizar cualquier actividad intelectual. ¿Conoce Usted a Félix de la Uz? ¿Ha oído hablar de él? ¿Ha leído algo que él haya escrito? Si lo conociera, si leyera algunos de los renglones escritos por él en los años 60, replicando a mentiras y falsificaciones de Fernando Martínez, percibiría la gran mentira de lo que fue Pensamiento Crítico. Fue un libelo, que bajo el disfraz de amplitud del pensamiento y tolerancia, se utilizó para enmascarar las verdaderas intenciones de Fidel Castro: crear en Cuba una sociedad esclava del Estado.

    Los nuevos leninistas, conscientes o no son los neo-maquilladores de la sociedad del estado esclavista Su tarea está clara: escribir todo sobre todo, con una única excepción: la propiedad estatal. Ésta es intocable, y sólo se permite cambiar lo que mejore el funcionamiento y efectividad de la propiedad estatal, haciendo que todos cumplan con las tareas que se les asigne y agradezcan a su jefe por haberles dado esa oportunidad. Se creará una sociedad donde el ciudadano es totalmente libre para obedecer las órdenes. Yo me limito a aconsejarles lo mismo que me aconsejó mi padre: Lee todo lo que puedas, todo. Sin discriminar. Piensa con tu cabeza y duda de todo, hasta de lo que tu crees.

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