“No vamos a cansarnos”: notas desde las Asambleas de Cineastas para asomarnos al campo periodístico en Cuba

Foto: Jorge Luis Baños/IPS

No es un fenómeno reciente la transformación que públicos y dirigentes exigen a la prensa cubana. Por poner una fecha, la década de los años 80 se caracterizó, en el campo periodístico, por el continuo llamado desde el sistema político al ejercicio de la crítica: en discursos de importantes figuras de la época o en congresos del Partido Comunista de Cuba (PCC) y la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) la convocatoria fue unánime.

Sin embargo, la prensa no se reconfigura con la rapidez con la que se formulan los discursos. No puede hacerlo: más allá de las herramientas conceptuales o del oficio de los profesionales del campo, son múltiples los mecanismos de regulación externos que dictan sus cursos: pensemos en la concepción instrumental que ha guiado el trabajo de la prensa en Cuba, en la siempre delicada relación con las fuentes, en el compromiso de las instancias partidistas con las estructuras de la administración estatal.

Y, aun así, asoman a mediados de los años 80 atisbos de periodismo de investigación o trabajos con espíritu crítico sobre algunas esferas. Pero el país que cuentan madres o abuelas es más complejo, divertido, dramático, que el que recogen los periódicos de aquellos tiempos. El derrumbe del socialismo europeo y el Período Especial frustraron cualquier intento de transformar el modelo de prensa cubano. Todavía hoy, “de manera general, en la Isla, el discurso periodístico se caracteriza por la reafirmación del sistema político, la separación del tratamiento matizado de la realidad y la omisión del análisis de problemáticas que afectan el entramado social” (Somohano, 2015).

Los canales y los comunicadores, como el país, no son los mismos: medios concebidos desde formas de gestión no estatales aportan sus miradas sobre nuestras cotidianidades; desde El Paquete se diversifica el acceso a la información; las memorias flash garantizan la socialización de los más variados contenidos; a través de un teléfono, cualquier esquina, cualquier historia, pueden devenir noticia. Nuevas formas de propiedad se ensayan, se conceptualiza el Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista y se evalúa el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social hasta 2030. Cabría preguntarse cómo se posiciona la prensa cubana ante la efervescencia de esta realidad; cómo puede articular, estimular y arbitrar espacios públicos de deliberación sobre los futuros del país en tiempos de definiciones radicales de nuestro sistema social.

I

Aquel terreno que no se ocupa, ha dicho algún sabio, se pierde. El cine nacional[1], realizado por un Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que apostó por construir nación —“un país sin imagen, no existe”, dirá Julio García Espinosa, y se imponía existir—, y desde inicios de siglo también por jóvenes fuera de la industria, ha venido estimulando la reflexión sobre temas fundamentales, impostergables, compartidos: unos y otros han colocado en la esfera pública debates esenciales —migración, marginalidad, censura, género, violencia, identidad, por mencionar algunos— que no han tenido correlato o seguimiento en la prensa estatal.

Si nos avocáramos a especular sobre la prensa que queremos, un ejercicio por demás necesario —pensando la importancia de la comunicación como recurso estratégico, pensando que los enfrentamientos en las dinámicas globales pasan por lo cultural, lo simbólico, las capacidades que tengamos de accionar como ciudadanos o construir ciudadanías—, los cineastas cubanos, creadores de sentidos, imaginarios, discursos, identidades, tienen experiencias que bien podrían ser repasadas: quede mencionada como una de las más singulares la constitución de un espacio de deliberación auto-gestionado que, junto a un grupo de representación elegido en Asamblea, ha pujado por la formulación conjunta —cineastas-instituciones— de un marco regulatorio para su actividad.

Pero situémonos, antes de explorar este campo de negociación, en los escenarios desde los cuales se hace cine en nuestro país.

II

Hacia finales de los años 80 las nuevas tecnologías expanden el panorama cinematográfico nacional. Jóvenes graduados de las escuelas de cine, o de formaciones disímiles, precisan contar sus historias; no se adiestran, como en otros tiempos, a la sombra del ICAIC. El Período Especial hace sus estragos en la industria. Emergen nuevas maneras de producir que no tienen como punto de partida la institución nacional de cinematografía.

Esto no será un fenómeno nuevo: Tomás Piard, Jorge Luis Sánchez, Magda González Grau, Gloria Torres, Enrique Álvarez o Juan Carlos Cremata, como tantos creadores, armaron sus películas en los márgenes del Instituto en distintas épocas. Pero ahora esta tendencia no será un fenómeno aislado. “Desde inicios de los 90 el Estado cubano dejó de ser el mecenas omnipotente que podía echarse sobre las espaldas todo lo que se realizara en el país” (Arango, 2014). En 2001 el ICAIC organiza lo que será la Muestra Joven ICAIC y reconoce, no sin conflictos, esta producción. Diversidad de estéticas y temáticas, confluencias generacionales, versatilidad de formas de producir o exhibir serán algunos rasgos de la actividad cinematográfica de nuestros días.

Hoy el cine paralelo a la industria se hace a través de diversos mecanismos que pueden entrecruzarse: fondos en distintas etapas del proyecto, crowdfunding, estructuras cooperativas o de coproducción, apoyo de sponsors o instituciones puntuales… Pero los marcos regulatorios vigentes no contemplan la figura del creador audiovisual autónomo o de productoras independientes como “El Central” o “La Quinta Avenida”, por solo mencionar dos ejemplos de las más de 80 que han surgido en los últimos años, según cifras manejadas en el encuentro “Moviendo los caracoles” de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC, 2013). En una entrevista sobre el tema, la abogada y productora Lía Rodríguez referencia la resolución no. 72 del Ministerio de Cultura de 2003 que avala y reconoce la actividad profesional del productor cinematográfico, así como la Ley de Derecho de Autor de 1977, “que regula las relaciones de los autores de las obras audiovisuales: el director, el guionista, el autor del argumento, el autor de los diálogos —si hubiera uno por separado— y de la música originalmente compuesta para la película”[2].

Sin embargo, esta Ley es de cuando “Cuba era otro país”, acota la directora Magda González Grau, de ahí que precise una urgente actualización[3]. En este sentido, procedimientos para acceder a permisos de filmación, certificación de la nacionalidad de una película o fondos nacionales para la producción, tampoco tienen caminos descritos. Áreas como exhibición y distribución, fundamentales de la actividad cinematográfica (Getino, 1987), son gestionados desde la inventiva de cada equipo —hablamos del encuentro de una película con sus públicos, de la posibilidad de reingreso de una inversión.

La compleja y no siempre coherente relación que el ICAIC ha establecido con la producción independiente nacional, que ha tenido períodos distendidos —como la financiación de la película Tres veces dos de Esteban García Insausti, Pavel Giroud y Léster Hamlet (2004) o la exhibición de filmes realizados sin amparo institucional— y períodos gélidos —“la dinámica de los pasados dos años en la programación de estrenos cubanos ha sido sesgada y arbitraria” (Reyes, 2014)—, no permite hablar de políticas que normen estas interacciones en las distintas esferas de la actividad cinematográfica.

Hacia el interior de la institución, producir una película tampoco es coser y cantar. Equipamiento tecnológico de limitada competitividad, el sub-contrato de servicios, estrategias de producción no acordes a la velocidad de los tiempos, golpean la capacidad productiva del Instituto, cuyas políticas en esta área no son claras: “nadie sabe cómo ni por qué la dirección del ICAIC elige este o aquel guión para ser filmado” (Arango, 2015).

La reformulación del campo es inaplazable. Desde la UNEAC un documento realizado por cineastas (“Propuestas para una renovación del cine cubano”), aprobado en el VII Congreso de la organización (2008), planteó que el ICAIC debía adoptar nuevos y diversificados formatos de producción, establecer mecanismos para la adquisición de derechos de obras producidas de forma autónoma y posibilitar la co-producción con creadores que realizan sus obras de esta manera; asimismo, se proyectó el establecimiento de cooperativas de creación y la conformación de un Fondo de Fomento a la Cinematografía.

Otras formas de diálogo deben imponerse, dirán los nuevos realizadores: “La industria no ha jugado el papel que debe como responsable del futuro audiovisual de la Isla” (Vega, 2000); “el tiempo pasa —ha pasado, siempre ocurre—, y los moldes envejecen, las estructuras no exploran posibilidades, y este arte necesita como todos revolución y tiempo, adaptación y respiro, verdad y clemencia” (Hamlet, 2000); “¿a qué aspiramos? A devolverle al cine cubano la audacia formal y temática de otras épocas, y así ponerlo en sintonía con lo que se hace en el mundo. ¿Qué podemos ofrecer? Nuestra pasión, nuestro esfuerzo, nuestros sueños… nuestra mirada” (Martínez, 2000).

Una observación de Alfredo Guevara, fundador del ICAIC, referencia imprescindible para esbozar una historia del cine cubano posterior a la Revolución, obliga a pensar los futuros del cine nacional:

Me tocó diseñar el ICAIC en el año 1959. Fuimos un pequeño equipo, es decir, que el primer diseño y después los ajustes estuvieron en mis manos. Creo que eso me da la autoridad moral para decir que cincuenta y largos años después, el ICAIC es obsoleto, y que toda esa estructura de la cual yo soy responsable en gran medida, representando a la Revolución, desde luego, es obsoleta, que la revolución tecnológica, que lo ha invadido todo, y yo diré más, que la revolución digital que lo ha invadido todo y que ha resuelto de un modo maravilloso muchos de los problemas más complejos que tenía el trabajo de producción cinematográfica, obliga a una nueva estructura, a un nuevo diseño de cómo, desde el papel que le toque al Estado, dirigir el trabajo cinematográfico, y dirigir no es mandar, dirigir es ayudar, es decir, contribuir a que el cine sea realizable (Guevara, 2013)[4].

III

La muerte de Alfredo Guevara en abril de 2013 crea un vacío: con anterioridad su comprensión sobre el cine en una sociedad en revolución (recordemos aquel por cuanto, “el cine es un arte”, que encabeza la Ley 169), su cercanía a las altas esferas de la política nacional, habían delineado caminos, impulsado, propiciado acaso, el diálogo de los cineastas con el poder. La ausencia provoca preguntas impostergables: “¿Qué pasará con el ICAIC? (…) ¿Quién nos pregunta a los cineastas? ¿Qué valor tiene o se le da a nuestra responsabilidad artística e intelectual? ¿Qué valor nos estamos dando nosotros mismos?”[5].

Enrique Álvarez, director de Venecia, lanza las interrogantes. “Si no hay asamblea de cineastas, nunca más tendremos derecho a ejercer sobre nuestro destino, quiero decir, el destino del Cine Cubano”, sentencia. Vendrían en mayo las Asambleas, que desdibujarán generaciones, especialidades, tendencias estéticas, formas de producción: “Por primera vez nos convocamos y reunimos cineastas del ICAIC, cineastas de otras instituciones, cineastas independientes, cineastas de todas las generaciones”, escribirá Fernando Pérez, director de La vida es silbar.

Llegó la algarabía. El futuro es hoy. A la catarsis sucedieron diagnósticos y propuestas. En el documento primero, “Cineastas cubanos por el cine cubano”, los creadores coincidieron en la importancia de un Decreto Ley para el reconocimiento del Creador Audiovisual, de una Ley de Cine y de la constitución de un Fondo de Fomento abierto a todos los autores en igualdad de derechos y condiciones. El texto “Propuestas para una renovación del cine cubano” se recupera y actualiza. Apremia destrabar mecanismos para producir el cine nacional, el audiovisual nacional: es necesario legislar, organizar, reconocer un escenario distinto al de marzo de 1959. ¡Ley de Cine o muerte!, será el clamor del cineasta Eduardo del Llano, director de Vinci, avanzado el proceso. Está en juego —así lo creen, así lo manifiestan, así lo hacen ver— el futuro del cine cubano, del audiovisual cubano, que será decir el futuro de uno de los más legítimos/legitimados espacios de representación de la agenda pública en Cuba.

¿De qué estamos hablando hasta aquí? Del compromiso de un gremio con la configuración de sus escenarios posibles, del “llamado del ethos democrático para dejar de lado las diferencias” (Reyes, 2014) y emprender la “formulación, planificación, ejecución, seguimiento y evolución de estrategias y políticas”, inevitable el término participación, a la manera en que lo entienden Cecilia Linares, Yisel Rivero y Pedro E. Moras[6], a la manera en que lo entiende Ernesto Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba[7], como plantea Magda González Grau, directora de ¿Por qué lloran mis amigas?, película próxima a estrenarse. Un espacio de deliberación queda constituido. Y esto es, cuanto menos, insólito, replicable.

Se hace necesario un colectivo de representación, el g-20, elegido, revocado o ratificado en asamblea. Distintas especialidades, generaciones, recorridos profesionales convergen en este grupo que irá variando con el tiempo —según las agendas e intereses de los creadores— y tendrá como objetivo representar a los cineastas “en todas las instancias y eventos, propiciar y garantizar la participación activa de los mismos en todas las decisiones y proyectos que se relacionen con el cine cubano, y luchar por la protección y desarrollo de estas artes e industrias y de sus hacedores, lo cual es nuestro derecho y deber como protagonistas de esta manifestación artística”[8]. Transparencia, información abierta sobre su trabajo y participación colectiva a través de las Asambleas, serán principios de su funcionamiento (S/A: Cine Cubano, 2015); compromiso y conocimiento del campo cinematográfico nacional: creadores como Rebeca Chávez, Senel Paz, Manuel Pérez, Magda González Grau, Jorge Luis Sánchez, Fernando Pérez, Pavel Giroud, Ernesto Daranas, Lourdes de los Santos y muchos otros, formaron parte de la elaboración en 2008 del documento “Propuestas para una renovación del cine cubano”.

Los cineastas diseñaron una estrategia de acción: ¿el fin último? La Ley de Cine, que es decir “un ordenamiento jurídico para un sistema, para un sector, para un área de la cultura y de la economía, pues el cine involucra arte e industria”, que “necesita un tiempo de redacción, de conciliación, y a veces esos periodos son más dilatados que las urgencias del momento” (Rodríguez en Enríquez, 2015). Mientras, como señala Lía Rodríguez, “hay problemas muy urgentes que pueden ser resueltos de manera previa a una ley, por una norma de menor rango jurídico”. El g-20 apuesta por un fast track sin perder la visión de conjunto: no se pretenden parches —“algo que siempre tuvimos claro es que no queríamos que la circunstancia marcara el proyecto, después nace deformado” (Pérez, 2016[9]). Todo en diálogo con el ICAIC, que no desde el ICAIC. “El g-20 mantuvo su autonomía pero se integró a la labor del Grupo de Trabajo del ICAIC[10]: cocinábamos las cosas y las sometíamos a la Comisión de Implementación de Lineamientos, y negociábamos. Al cabo de año y medio entregamos el diagnóstico, las políticas e, incluso, la petición de legislación que tenía que construirse para que eso funcionara, que es como lo pide el Estado cubano”, recuenta González Grau[11].

Un par de notas sobre el documento aprobado: primero que, desde su título, “Políticas para la transformación del cine cubano y el ICAIC”, incluye el reconocimiento de un sector que funciona de forma paralela al ICAIC, de un escenario de producción simbólica que, dijimos, se ha transformado dramáticamente en los últimos 20 años; segundo, la metodología desde la que se concertó: “Todo lo que íbamos pactando con la Comisión de Implementación lo íbamos llevando a las Asambleas (…), todo se colegió con las Asambleas, la gente lo enriquecía, incorporábamos los puntos de vista… todo ese trabajo que está ahora mismo en los altos niveles del Estado listo para implementar, está validado por la Asamblea de cineastas. Y eso es importantísimo, esa es la participación real”, apunta Magda González Grau. “El trabajo en equipo y la identificación de objetivos, nos permitió cambiar la agenda inicial que el Estado proponía para transformar el ICAIC. Después abrimos el debate y entre todos (incluido el ICAIC y las productoras no-institucionales) buscamos soluciones, intentamos diseñar e implementar lo que llamamos el Sistema del Cine cubano”, rememora Rebeca Chávez (2015). “La Asamblea se fue enriqueciendo. Todo eso fue cobrando vida, fuerza y legitimidad. La Asamblea se legitimó por sí misma y por su práctica”, destaca Fernando Pérez.

IV

Desde el 28 de noviembre de 2015 no se convoca a Asamblea. En el documento “Carta a los cineastas cubanos, tres años después”, un g-20 renovado subraya: “no se han concretado nuestros objetivos”[12]. Fernando Pérez, Pedro Luis Rodríguez (El cuarto 101) y Magda González Grau son tajantes: no pueden contarse soluciones concretas de la gestión: “el resultado de estos años es que de las asambleas ha salido ya una propuesta completa de un fast track del decreto ley del creador audiovisual independiente y las productoras independientes y el proyecto de un fondo de fomento para la creación audiovisual. Eso se puede aprobar mañana. U hoy. ¡O ayer! Pero no se aprueba, no sabemos por qué” (Pérez en Rivero y Recio, 2016)

En un texto publicado en Cubacine, Roberto Smith, presidente del Instituto, plantea su seguridad de que “los cambios serán posibles cuando se aprueben las propuestas que se analizan en el contexto mayor de la actualización del modelo económico y social cubano, que se propone fortalecer el socialismo en Cuba” (2015). La incorporación de un nuevo Lineamiento en el VII Congreso del Partido (“implementar la política —en proceso de aprobación— asociada al desarrollo del cine cubano”[13]), así como la convocatoria de Raúl Castro en el cónclave a “llamar las cosas por su nombre” cuando se refirió a la existencia de medianas, pequeñas y microempresas privadas[14], podrían contribuir a destrabar las peticiones formuladas por los cineastas.

Del mismo modo, el anuncio en La Gaceta Oficial Extraordinaria número 22 de 2016 “de un conjunto de normativas con las cuales se autoriza la entrega de financiamiento en CUP y CUC directamente a escritores, artistas y grupos de creadores, sin distinción de edad, para proyectos culturales, sin fines comerciales”[15], sin ser un Fondo de Fomento como el que se ideó en Asamblea, puede constituir un paso hacia su establecimiento. Pero volvemos: concretamente, los resultados de este proceso todavía no son palpables.

V

Algunas observaciones serían útiles para comprender el devenir del espacio, esencial para cartografiar los vaivenes de hacer las políticas en nuestro contexto: los cineastas, su grupo de representación, paralelo al trabajo con el ICAIC, que reconocieron desde la primera Asamblea como “el organismo estatal rector de la actividad cinematográfica cubana”, se expandieron hacia el resto del campo cultural nacional, hacia el resto de las plataformas de diálogo implementadas, en la búsqueda de respuestas. “Hemos querido ser, por convicción, respetuosos de los mecanismos establecidos en nuestro país para la interacción con las instituciones y las autoridades. Respetar la institucionalidad es algo importante para conservar un orden y una coherencia, por lo que la institucionalidad debería revisarse y perfeccionarse constantemente para poder desempeñar ese rol que le corresponde”, ha manifestado Senel Paz (2015).

Desde la UNEAC los cineastas intentaron articular redes de apoyo a sus propuestas, continuidad de aquellas presentadas en 2008 en este mismo espacio debate[16]. El VIII Congreso de la organización, celebrado en abril de 2014, dejaría mucho que desear a los cineastas, que relataron incomprensiones y prejuicios hacia su quehacer. En tanto, en el II Congreso de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), en octubre de 2013, Pedro Luis Rodríguez, miembro del g-20, “conminó a desarrollar una Ley de Cine que regule, canalice y ordene la producción audiovisual”[17]. El realizador comenta que si bien no han encontrado resistencias en la organización a los reclamos de las Asambleas, la AHS no puede dar solución a las necesidades diagnosticadas[18].

Por otra parte, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano contribuyó a aclarar ideas sobre las necesidades del cine nacional: representantes de institutos o cinematografías de América Latina compartieron durante la 35 edición del evento en diciembre de 2013 sobre las leyes que regulan la actividad en sus países y las maneras en que habían contribuido a impulsar la creación cinematográfica. Cineastas cubanos, miembros del g-20, tomaron parte de estos encuentros para incorporar caminos posibles, lecciones, metodologías a sus propuestas. Los intercambios se extendieron con matices nuevos, otros actores o perspectivas, a los siguientes certámenes y se reflejaron, por ejemplo, en la publicación Nuevo Cine Latinoamericano, que en 2014 recogió el artículo “Ecuador: Ley de cine” —fragmentos de la presentación de la productora Tania Hermida en diciembre de 2013— y “Cineastas de Cuba escriben el guion”, texto de Mónica Rivero que contextualiza las exigencias de los cineastas y las Asambleas.

En tanto, la Muestra Joven ICAIC o el Festival Imago (de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual de la Universidad de las Artes), propiciaron la entrevista de miembros del g-20 con los más jóvenes realizadores para contar de su gestión y sumarlos a esta reformulación conjunta ―del ecosistema audiovisual cubano―.

De estos entrecruzamientos en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en espacios de jóvenes realizadores, es de destacar la búsqueda de los cineastas en legislaciones de otras geografías para la conformación del marco regulatorio propio; la disposición del g-20 a explicar una vez y otra ante todas las audiencias las razones de su actividad.

Admirable también el carácter abierto de las Asambleas, que fueron convocadas fundamentalmente a través de listas de correo o algunos medios aliados, pienso en Cine Cubano, La Pupila Insomne, en el repositorio que implementó la UNEAC por un tiempo. A pesar de su vocación abierta, las Asambleas fueron espacios de cineastas para discutir sobre cine cubano. Las urgencias del medio —producir, producir, producir—, las complejas relaciones con el ICAIC —sobre todo en los comienzos del proceso— y otras instancias como el Ministerio de Cultura —con las cuales el g-20 interactuó también para exponer sus por cuantos—, determinaron quizás la ausencia en estos intercambios de otros asuntos que pudieron enriquecer o ampliar sus horizontes. La Asamblea del 28 de noviembre de 2015, convocada como Primer Foro de Cineastas sobre Política cultural y Contenidos en el audiovisual cubano, de la que trascendería más que los temas abordados la presencia de Eliecer Ávila[19], quede como intento de expandir los debates.

Un paréntesis: además de un necesario espacio para el diagnóstico, la proposición y el diálogo, la Asamblea resultó escenario para arbitrar o dar cuentas del funcionamiento del campo. Recordemos la denuncia del g-20 a la censura de Regreso a Ítaca, película del director francés Laurent Cantet: “Los cineastas nos reafirmamos en nuestro derecho a pronunciarnos sobre cualquier problema y en específico a intervenir en aquellos que se relacionan con nuestro trabajo y nuestra vida como creadores. No tenemos duda de que se trata de un derecho y un deber elemental y revolucionario”[20], dijeron entonces.

El trabajo de comunicación, signado por la espontaneidad, y la ausencia de logística mínima para la organización, por citar el caso, de un archivo con todos los documentos elaborados desde las Asambleas, malogró la articulación de un espacio público que permitiera acercar experiencias de similar desarrollo en nuestro cuerpo social. Si bien resulta caótica la información sobre el proceso, es marcada su ausencia o seguimiento en la prensa oficial, lo cual pudo contribuir a crear equívocos sobre las reales intenciones y proyecciones de las Asambleas, a dificultar encuentros y reconocimientos de este espacio con el resto de la ciudadanía, también avocada a procesos de institucionalización y cambios de mentalidad. Incomprensiones, limitados avances o procesos accidentados aparte, la experiencia inaugura un camino posible en la sociedad cubana para la necesaria conformación conjunta de políticas públicas hacia la cultura y la comunicación. Acaso uno de los más importantes aprendizajes que nos compartan estas dinámicas es constatar el valor de los aportes de los protagonistas de un sector —más allá de intereses generacionales o estéticos concretos— en la definición del mismo, de las políticas que lo guiarán.

Los cuestionamientos de Enrique Álvarez al comienzo de estas líneas, ¿qué pasará con el ICAIC?, ¿quién nos pregunta a los cineastas?, ¿qué valor tiene o se le da a nuestra responsabilidad artística e intelectual?, ¿qué valor nos estamos dando nosotros mismos?, son, o deberían ser, preocupaciones comunes; a fin de cuentas, es nuestro el cine que se reformula. Ya lo mencionaban en la convocatoria a una Asamblea: “Asiste. Tú también eres el Cine Cubano. Tú también quieres una Ley de Cine”: seguimos hablando de las maneras en que se construyen la imagen y las políticas públicas de un país.

“No vamos a cansarnos”, dijeron los cineastas. Querría pensar que del otro lado, como sujetos y espectadores del cine nacional, como ciudadanos convocados a un impostergable repensar la realidad nacional, la prensa nacional, nosotros tampoco.

Las preguntas de siempre, aquellas que en la década del 80 pudieron haber guiado las transformaciones que se le pidieron desde el sistema político a los medios, bien podrían constituir punto de partida para un necesario deliberar sobre nuestros actuales sistemas de comunicación: ¿se parece la prensa cubana a la sociedad desde la que se construye?, ¿cómo se elaboran sus agendas?, ¿qué protagonismo tienen los profesionales del sector en la estructuración de las políticas que rigen su trabajo? Lleguen estos apuntes sobre la experiencia y el compromiso de un grupo con su actividad vital para romper la inercia, hacer camino, crear.

Bibliografía:

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Notas:
[1] No es objetivo de este recorrido establecer comparaciones entre las diferentes trayectorias, funciones o formas de expresión y organización de uno y otro campo en nuestro contexto.

[2] Antonio Enríquez González: Del caso Melián… a Ley de Cine cubana. Entrevista con Lía Rodríguez (I). Circuito líquido, 25 de septiembre de 2015: http://www.circuitoliquido.com/anuncios/del-caso-melian-a-ley-de-cine-cubana-1/. Fecha de consulta: 22 de septiembre de 2016. A no ser que se indique lo contrario, las citas textuales de Lía Rodríguez serán tomadas de esta publicación.

[3] La Ley 169 de marzo de 1959 de fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) podría incluirse en el recuento, pero a través de sus por cuantos “más que decretar una ley –la carencia de reglamentos y regulaciones lo hacía evidente– el objetivo era fijar posiciones con relación a la cultura dentro de la Revolución” (Del Valle, 2002).

[4] Transcripción del documental Alfredo Guevara. Imágenes y Revolución, fragmentos editados por Miriam Talavera de una entrevista filmada por Xavier D´Arthuys y Ariel Felipe Wood semanas antes del 19 de abril de 2013. En: Homenaje a Alfredo Guevara. Disponible en: http://www.habanafilmfestival.com/source_docs/descargas/Homenaje%20a%20Alfredo.pdf. Fecha de consulta: 27 de septiembre de 2015.

[5] Enrique Álvarez: Carta abierta a los Cineastas Cubanos. Fecha de publicación: 10 de mayo de 2013. Disponible en: https://www.facebook.com/kikialvarezmartinez/posts/10151469836208542. Fecha de consulta: 21 de septiembre de 2016.

[6] La participación, según la conciben estos autores en el libro Participación y consumo cultural en Cuba (2010), constituye una herramienta potenciadora de las capacidades individuales y colectivas, para ejercer una influencia real en las decisiones políticas de las distintas instituciones sociales, además de tomar parte en su implementación y evaluación. Los autores asumen la participación como un mecanismo socializador de poder indispensable, mediante el cual el sujeto adquiere la autoridad de intervenir, involucrarse, decidir y controlar los problemas que afectan su vida, valorar alternativas de solución, evaluar éxitos o fracasos de las estrategias desplegadas y, al mismo tiempo, corregir los desbalances que puedan producirse.

[7] (…) “Todavía es preciso acentuar su participación (del hombre) consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de producción y ligarla a la idea de la necesidad de la educación técnica e ideológica, de manera que sienta cómo estos procesos son estrechamente interdependientes y sus avances son paralelos. Así logrará la total consciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas todas las cadenas de la enajenación”. Ernesto Guevara: El socialismo y el hombre en Cuba (1965). Marxist Internet Archives, Sección en español. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/guevara/65-socyh.htm. Fecha de consulta: 19 de septiembre de 2016.

[8] G-20: Cineastas cubanos por el cine cubano. Disponible en: https://www.facebook.com/kikialvarezmartinez/posts/10151475336213542. Fecha de consulta: 22 de septiembre de 2016.

[9] Observaciones compartidas en entrevista personal: 7 de septiembre de 2016, 8:30 a.m., Infanta y Manglar.

[10] Cuando comienzan a tener lugar las Asambleas de cineastas el Instituto está sumergido en un conjunto de transformaciones, busca atemperarse a los tiempos. Es la primera de las instituciones de la cultura que la Comisión Permanente para la implementación y desarrollo de los Lineamientos Económicos y Sociales del Partido y la Revolución, surgida a partir del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, somete a un “proceso de diagnóstico y reestructuración de su labor, con el objetivo de adaptar el Instituto al nuevo contexto en que se desenvuelve el país” (Noa, 2013). Al Grupo de Trabajo que se crea a los efectos serán incorporados dos directores: Manuel Pérez y Jorge Luis Sánchez. Las preocupaciones en torno al futuro del Instituto y el cine cubano, así como la limitada representación de la diversidad del “ecosistema audiovisual cubano” en el mencionado Grupo de Trabajo, son entendidos en la bibliografía consultada como detonantes de las Asambleas de cineastas.

[11] Observaciones compartidas en entrevista personal: 20 de abril de 2016, 1:00 p.m., UNEAC.

[12] G-20: Carta a los cineastas tres años después. Progreso semanal, 10 de mayo de 2016. Disponible en: http://progresosemanal.us/20160510/carta-los-cineastas-cubanos-tres-anos-despues/#.VzIQ9_M0EZg.facebook. Fecha de consulta: 20 de septiembre de 2016.

[13] Lissy Rodríguez: Los nuevos lineamientos son la continuidad del proceso iniciado hace cinco años. Granma, 18 de abril de 2016: Disponible en: http://www.granma.cu/septimo-congreso-del-pcc/2016-04-18/los-nuevos-lineamientos-son-la-continuidad-del-proceso-iniciado-hace-cinco-anos-18-04-2016-16-04-26. Fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016.

[14] Raúl Castro en el Informe Central al VII Congreso del Partido Comunista de Cuba compartió: “Se trata precisamente, compañeras y compañeros, de llamar a las cosas por su nombre y no refugiarnos en ilógicos eufemismos para esconder la realidad. El incremento del trabajo por cuenta propia y la autorización de la contratación de fuerza de trabajo ha conllevado en la práctica a la existencia de medianas, pequeñas y microempresas privadas que hoy funcionan sin la debida personalidad jurídica y se rigen ante la ley por un marco regulatorio diseñado para las personas naturales dedicadas a pequeños negocios que se realizan por el trabajador y su familia”. Cubadebate, 17 de abril de 2016. Disponible en: http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/04/17/informe-central-al-vii-congreso-del-partido-comunista-cuba/. Fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016.

[15] S/A: En favor de la cultura cubana. Granma, 9 de agosto de 2016. Disponible en: www.granma.cu/cuba/2016-08-09/en-favor-de-la-cultura-cubana-09-08-2016-20-08-39. Fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016.

[16] Pasado el VII Congreso las propuestas se engavetaron. Como puede verse,  varias peticiones de esta etapa coinciden con las demandas de las asambleas. Muchos de los protagonistas de esta labor, Senel Paz, Rebeca Chávez, Magda González Grau, Manuel Pérez, por ejemplo, coincidirán en el g-20.

[17] Michel Hernández: Por una creación que tribute a la cultura cubana. Granma, 20 de octubre de 2013. Disponible en: http://www.granma.cu/granmad/2013/10/20/cultura/artic01.html. Fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016.

[18] Observaciones compartidas en entrevista personal: 6 de septiembre de 2016, 9:30 a.m., Muestra Joven ICAIC.

[19] La Presidencia del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos publicó el 3 de diciembre de 2015 un pronunciamiento sobre el tema, que fue apoyado por la UNEAC: “El pasado sábado 28 de noviembre rechazamos la presencia de varios mercenarios en el Centro Cultural Fresa y Chocolate del ICAIC, donde se realizaba un encuentro de cineastas junto a su institución. Ninguno de los organizadores los había invitado y su sola presencia constituía una provocación y un acto premeditado para utilizar ese tipo de espacio como plataforma de proselitismo y legitimación”. Presidencia del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos: Apoyan artistas y escritores cubanos declaración del ICAIC: Defendemos el debate revolucionario. Disponible en: http://www.cubadebate.cu/noticias/2015/12/04/apoyan-artistas-y-escritores-cubanos-declaracion-del-icaic-defendemos-el-debate-revolucionario/#.V_u_epOF8rU. Fecha de consulta: 10 de octubre de 2016.

[20] G-20: Declaración de los cineastas cubanos sobre la censura de “Regreso a Ítaca”, de Laurent Cantet. Cine Cubano, La pupila insomne, 22 de diciembre de 2014. Disponible en: https://cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com/2014/12/22/declaracion-de-los-cineastas-cubanos-sobre-la-censura-de-regreso-a-itaca-de-laurent-cantet/. Fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016.

Sobre los autores
Celia Medina 1 Artículo escrito
(La Habana, 1986) Periodista. Ha trabajado como comunicadora en la Universidad de las Artes (ISA) y el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, y como periodista en Radio Ciudad de La Habana y diversas publicaciones culturales.
Cuba Posible 188 Artículos escritos
Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
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