Obama no es el hombre del saco


Los que no fuimos muy obedientes en nuestra infancia crecimos bajo la constante amenaza de un singular asustador de niños. Quizá, muchos recordemos hoy nuestros imaginarios encuentros con “el hombre del saco”, ese personaje del folclore infantil hispánico que, por mucha rebeldía, nunca llegó a nuestras vidas. Esa temida figura suele representarse como un hombre que vaga de noche por las calles en busca de niños extraviados para llevárselos, en su enorme saco, a un lugar desconocido. Cuando uno es niño, por lo general, no quiere irse a ninguna parte, menos a lugares desconocidos. Luego, con los años, uno comprende que hay miedos infundados y personas que solo viven para asustar.

La reciente visita de Barack Obama a la Isla -y su singular discurso al pueblo cubano efectuado el 22 de marzo de 2016- ha producido, como era de esperar, reacciones diversas. Los extremos de la ya extensa producción de artículos y comentarios sobre el tema se sitúan entre un nacionalismo dogmático y ciertas fantasías neo-anexionistas. Con mayor o menor efectismo, una y otra posición avivan relatos de tragedia y pasión, por lo general sacadas de una edición de bolsillo de nuestra historia. Me interesa dejar claro que entre esas posiciones –que insisto: las he llamado extremos-, hay opiniones serias y prudentes, y más dignas de ser leídas que estas ligeras líneas sin otro fin que decir lo que pienso sobre la “embestida” de tan ilustre visitante a nuestra historia.

Se ha dicho bastante sobre la “espectacularidad” de la oratoria de Obama, aunque algunos no han querido reconocer otro mérito que la puesta en escena de un discurso que consideran atrevido. En mi modesta opinión, pienso que lo “espectacular” del discurso de Obama fue su capacidad de conectar con esa zona de la nación que no está en los extremos. Esos extremos comparten, para fines ideológicamente opuestos, una visión teleológica de nuestra historia y apocalíptica sobre nuestro futuro. Lo curioso es que esos extremistas, no tan nobles, se descalifican en la propia realidad que dicen representar. De ahí la necesidad de asediar nuestra historia, para encuadrar el sentido común de un pueblo que no parece encajar en el final de sus narrativas nacionales.

Como en esas narrativas no cabe la posibilidad del entendimiento, supongo que con las reflexiones sobre la falacia del “mensaje de paz” lanzado de sopetón por Obama en pleno Centro Habana, vendrán también los cuestionamientos a las personas que, con reprobable descuido de la vigilancia revolucionaria, permitieron que tan “incómodo visitante” llegara hasta la mismísima sala de nuestras casas. ¿Cómo explicar entonces esta etapa de aproximación entre enemigos históricos? ¿Por qué tanta hostilidad? Es cierto que Obama no habló de los sufrimientos que los gobiernos norteamericanos han causado a nuestro pueblo. Es cierto que no se extendió en la explicación de la miseria y servidumbre que nos puede devolver a muchos una vecindad con una democracia que concentra la riqueza en unos pocos, que discrimina y es muy violenta, por citar solo algunos de los graves problemas domésticos de nuestro vecino. Está claro que esos no son los referentes del “futuro de esperanza” que necesitamos. Los que hemos crecido con el “mínimo revolucionario” que nos ha tocado por las condiciones del Período Especial que ha vivido el país en las últimas décadas, con lo necesario para no perder nuestra independencia y la cordura, sabemos que no hay nada prometedor que esperar si no es labrado con esfuerzo propio. Creo en la capacidad de Liborio, no en las promesas del Tío Sam.

Ante una consulta que realicé a un antiguo ejecutivo publicitario de la República, ahora radicado en Miami, este me confesó estar sorprendido de que existieran jóvenes interesados en el funcionamiento del capitalismo en Cuba, que le preguntaran “por una época que no volverá”. Fue lo mismo que me dijo una antigua lavandera que también entrevisté para conocer sus experiencias en aquella época. No hace falta que me extienda en detalles sobre sus enfoques, basta decir que eran radicalmente opuestos. Lo curioso, aunque no es cosa extraña, es que la nieta de la lavandera, importa decir que es afrodescendiente, se encuentra hoy “luchando” en Miami, mientras el hijo del agente publicitario, importa decir que es blanco, se está “abriendo camino” en la “prometedora economía” de una Isla ahora más coqueta con el mercado. En nuestro país están sucediendo cosas que meten más miedo que la oratoria de Obama.

Ni el Presidente del país más poderoso del mundo tiene la capacidad de “formatear” nuestra historia, para decirlo con un término informático corriente en nuestra época. Pero esa historia tampoco es patrimonio de ciertos “vigilantes” que sienten, con paternal entusiasmo, la necesidad de proteger a una juventud que Obama, cual hombre del saco, podría extraviar en el peligroso mundo del que vino. Esa juventud es tan compleja como la época que le ha tocado vivir y no es necesario tratarla, volviendo a Buena Fe, como si fuera tonta o fronteriza. Pienso que la dramática porfía ideológica de los extremos traduce los temores que resultan de memorias sesgadas convenientemente. Pienso que la dramática porfía ideológica de los extremos se sustenta en la guerra de todo el pueblo, el conflicto total, absoluto, sin fin.

Uno de los más laboriosos historiadores cubanos ha dicho, con acierto, que “el establecimiento de las relaciones entre los tiempos no está carente de intencionalidad, lo cual se advierte en la tendencia más o menos deliberada a construir versiones del pasado que contribuyan a justificar el orden actual” (1). La reconstrucción histórica constituye, desde esta perspectiva, un ejercicio de poder. Lo importante, entonces, es cambiar las fuentes de poder sobre las que se sostienen esos recuerdos. No se trata de que olvidemos la historia, se trata de reinventarnos como sujetos históricos, de cambiar nuestra relación con el pasado. Creo, con José Ortega y Gasett,  que  “el pasado no es algo que está allá, en otro tiempo, sino que está sosteniendo todo nuestro hoy, está aquí en mí: el pasado es mi vida” (2). Los cubanos y cubanas de hoy somos el resultado de un legado que se mantiene vivo en nosotros, pero ello no significa que no podamos desplazarnos sin perder el rumbo, sin dejar en el camino nuestras esencias.

Hace ya algunos años, mientras estudiaba Historia en la Universidad de La Habana, leí un ensayo de Mássimo Mastrogregori titulado La liberación del pasado (3). En ese texto el historiador italiano desarrolla un original análisis sobre la relación pasado-presente y la posibilidad de liberarnos de cierta carga del pasado. En un contexto en el que los cubanos y cubanas parecemos abocados a reinventar nuestra memoria colectiva, es necesario que nos preguntemos: ¿de cuál(es) pasado(s) es preciso librar nuestro futuro? No soy ingenuo, pero tengo la certeza de que Obama no es el hombre del saco. No es su afable discurso de amistad lo que me da esperanza, sino las condiciones históricas que lo hicieron posible. Creo que el futuro está abierto, y que no es posible anclarlo en memorias que no sirven para liberarnos de las ataduras presentes. Con el tiempo, uno comprende que hay miedos infundados y personas que solo viven para asustar.

Notas al pie:

1.  Zanetti, Oscar, “Pasado para un futuro. Acerca de los usos y la utilidad de la historia”, La Gaceta de Cuba, UNEAC, La Habana, enero-febrero, 2009.
2.  José Ortega y Gasett, Historia como sistema y otros ensayos de filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
3.  Massimo Mastrogregori, “La liberación del pasado”, Contribuciones desde Coatepec, No. 4, enero-junio, 2003.


Sobre los autores
Reinier Borrego Moreno 8 Artículos escritos
(La Habana, 1988). Licenciado en Historia (2012) y Máster en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina, el Caribe y Cuba por la Universidad de La Habana (2014). Investigador del ICIC “Juan Marinello” y del Grupo Historia Social Comparad...
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