Páginas Revisitadas: Carácter

Obra de García Peña

En este artículo, publicado en el periódico Patria el 30 de julio de 1892, el Apóstol de la independencia cubana perfila el talante de los hombres llamados a ser grandes por la firmeza del carácter. Martí hace la distinción con el objetivo de llamar la atención en torno al peligro que entraña la presencia de hombres con debilidad de carácter en el centro de cualquier proceso revolucionario, mucho más si el proceso en cuestión es tendente a la preparación de una guerra libertaria. Martí cree fervientemente en el liderazgo seguro testimoniado por la convicción y la dignidad. Para conseguir ambas en abundancia, es preciso atesorar pertrechos bien localizados en el compromiso con la patria y en los actos de renuncia para el beneficio de ella.

Carácter[*]

Por José Martí

Los hombres superficiales, que osan juzgar de un pueblo extraño por sus leyes escritas y por la apariencias, desmentidas en la oposición del carácter real y las costumbres; los hombres ilusorios, que creen que la masa varia y viva  de un pueblo inteligente y férvido, sediento de libertades, puede ir siendo guiada a la sordina, sin representación y sin franqueza, como vadeaban la colonia en la intriga menuda del ayuntamiento nuestros regidores tímidos; los hombres medrosos, o necesitados de puntal, hechos a la vida por permiso y a la altivez graduada, que no se sienten con cintura para ver cara a cara el trabajo verdadero, y la semilla de la muerte; los hombres soberbios, que en sí miran el tipo y la cumbre del mérito humano, y se aman y se contemplan, y duermen con casaca y almuerzan pavo real, y se niegan a reconocer en los demás la originalidad y entereza que no hallan en si propios; los hombres imitativos, puestos por el engaño literario de la política teórica en choque con la verdad cruda de la política natural –pueden creer, con el testimonio de su naturaleza incompleta, que es buen modo de adquirir nacionalidad el declararse sin las condiciones suficientes para conquistarla; que un pueblo que se hizo a sí mismo puede respetar a un pueblo que se confiesa incapaz de hacerse por sí; que una república de hombres altivos, que van hasta el exceso del desdén en la fuerza y contento de su dignidad, creerá justo repartir por igual que los derechos locales de una porción de la república que no vino a la libertad con el mismo sacrificio y la misma prueba que las otras, ni los derechos nacionales de un Estado de la noción que entra con títulos inferiores y limosneros a formar parte de una federación soberbia, compuesta de derechos iguales, y cuyas porciones menos felices y más pobres son precisamente las únicas que han entrado en la unión sin la autoridad y el derecho de la guerra. Pueden creer los hombres ilusorios, los hombres medrosos o necesitados de puntal, los hombres soberbios, los hombres imitativos, que un pueblo fuerte y complacido en su primacía, que aborrece la raza libertada clavada en sus venas, tratará como igual, y reconocerá paridad de soberanía, a un pueblo mínimo, de población heterogénea, donde entra por mucho la raza aborrecida, que con el respeto que inspire su bravura, y enfrene la codicia ajena ante las naciones vigilantes, podrá apenas equilibrar el desdén histórico, y en cierto modo merecido, con que le mira un pueblo cuya ambición empieza ya a superar a su magnanimidad.

Los hombres generosos, y de alma futura, que en su evangélico deseo, y concepción celeste del mundo, prefieren la inmersión, pacífica sólo en la apariencia, de su pueblo levantisco y malcriado en una república diversa, sin tiempo ni voluntad  para contemplaciones, a la conquista de la dignidad entera por medio de la sangre; los hombres urbanos y administrativos que en los quehaceres indirectos de la ciudad, y en el roce continuo de las capas burocráticas, no han tenido ocasión de conocer la verdadera alma criolla, depurada en la guerra y en la emigración; en la pobreza que en la isla ha seguido a la guerra, el alma criolla que funda en la roca y en la arena, e inspira al comerciante que paga a la patria el diezmo de su fortuna; al novio que deja el matrimonio para después de la pelea, al anciano que lega sus tierras a los héroes de su patria, al general que se sienta a aprender, mientras espera, el oficio de envasador, a la esposa que se prepara en el destierro para los años en que el marido esté sangrando por la libertad, a la viuda que educa para la guerra a sus tres hijos; –los hombres desconfiados, con desconfianza patriótica y en buena fe, de la capacidad de los cubanos, vistos por ellos fuera de los campos de batalla y del destino que los han hecho capaces, para regir con orden un pueblo que viene a la vida con menos odios y con menos trabas que las que dificultaron la amalgama de los mismos Estados Unidos; –los hombres entusiastas que, en su aborrecimiento a la tiranía, admiran sin examen suficiente las instituciones del pueblo norteamericano, sin ver que ellos no han logrado impedir la conversión del yanqui demócrata y universal en el yanqui autoritario, codicioso y agresivo, y que las instituciones no son más que el reglamento de los derechos, que han de amoldarse al pueblo donde rijan, y lo trastornan más que lo sirven cuando no se conforman de primera mano a su naturaleza, los hombres generosos, y de alma futura, los hombres urbanos y administrativos, los hombres desconfiados, con desconfianza patriótica y de buena fe, puede suponer, por noble voluntad o desconocimiento del problema en que opinan, que el cubano habituado a su propio ejercicio, y conocedor de la libertad y de su fortaleza, se avendría al trato distinto, y a las formas extranjeras de una liga innecesaria, con un pueblo cuyos peligros interiores y dificultades propias son ya tales y tan visibles que no parece cordura en verdad, para librar a Cuba de los problemas que va resolviendo por sí, traerla a la anexión con un pueblo en cuyo seno, ensangrentado ya día sobre día, se plantean con ira formidable problemas mil veces más graves que los problemas cubanos. Pueden los hombres benévolos o impacientes, creer que una naranja crece bien en un manzano, o que el mejor modo de salvar el dedo de una quemadura es echar todo el cuerpo a la llamarada.

Pero los hombres que por el trato franco y largo conocen cuanto queda aún de república y humanidad yanqui embriagado por la victoria funesta sobre sus hermanos mismos y el crédito fácil que la siguió, y en el separatista meridional, que en la sumisión al triunfo del Norte, robustece su simpatía por los países oprimidos; los hombres que en el codeo desinteresado con la masa común y las estirpes cultas de los Estados Unidos advierten cómo es en todas ellas condición dominante el respeto de sus virtudes viriles, y el desdén de los que no las poseen; los hombres que, en el crisol de la guerra y en la fornalla del destierro, han visto fundirse, en lo que tienen de humano e idéntico, los factores distintos, y en apariencia opuestos, de la población de Cuba, y crearse por el esfuerzo del trabajo y el ejercicio gradual de las prácticas republicanas en los pueblos libres de una raza y otra; un cubano suficiente, padre de si propio, celoso de su ínfimos derechos, acostumbrado al roce del derecho de los demás, airado sólo cuando lo suponen incapaz los cubanos menos probados, fuertes en cuerpo y en alma para conquistar la libertad y para mantenerla –esos saben que hay un modo mejor, y único, de asegurar la ayuda y el respeto de los Estados Unidos, y la  libertad local, que verían como propiedad suya desde que hubiera nacido de su concesión graciosa, en vez de nacer de nuestro esfuerzo. Y este modo eficaz, demostrado en ocasiones solemnes y fraternales en la visita a un Estado de la Unión por revolucionarios francamente opuestos a la anexión imposible e innecesaria, es enseñarse ante los Estados con todo el coraje y toda la razón de hombres. El hombre hecho, desestima al que no sabe hacerse. El pueblo tiene fe en sí, desdeña al pueblo que no tiene fe en sí. Un pueblo que desdeña a otro, es amigo peligroso para el desdeñado. Ni hay, para salvar del fuego propio el dedo, que echar el cuerpo entero en la ajena quemadura.

[*] Tomado de José Martí. Obras completas. Vol. 2.

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