Páginas Revisitadas: Ideas políticas y sociales de Varela

A cargo de Walter Espronceda Govantes

Con una admiración probada ante la grandeza del pensamiento social de Félix Varela, la ensayista Rosario Rexach expone un cúmulo de ideas interesantes, pero en el transcurso de la exposición se va dejando perder por el no reconocimiento de la vocación sacerdotal de Varela, quien a pesar de haber sido un entusiasta del racionalismo y las ideas del liberalismo avanzado resultante de la Revolución Francesa, como sacerdote lógicamente siempre se mostró a favor del beneficio que –pensaba él– le reportaría a la sociedad cubana el cristianismo como matriz para el perfilamiento de lo social en cuestiones de identidad y, por tanto, de práctica individual y colectiva. Por consiguiente, Varela siempre tomó distancia absoluta del laicismo que condicionó el talante de la Modernidad, sobre todo en la Francia que transitó por el crepúsculo del XVIII para entrar en los albores del XIX.

El texto de Rexach, publicado en 1950, aun cuando realiza tales críticas a Varela, produce embeleso porque exhibe erudición para fundamentar apego a la identidad nacional cubana; y, finalmente, porque destila un laicismo de tiempo presente que puede ser considerado vanguardista. El fragmento editado constituye el Capítulo VIII del libro El pensamiento de Félix Varela y la formación de la conciencia cubana, publicado en La Habana por la Sociedad Lyceum.

Ideas políticas y sociales de Varela

Por Rosario Rexach

Se ha dicho mucho, tal vez exageradamente, que es Varela uno de los precursores de nuestro movimiento de emancipación. ¿Hasta qué punto es correcta esta afirmación? Y en todo caso ¿cuál es el neto sentido en que hemos de considerar esta frase?

Sin duda la historia tiene en sí y vista en grandes perspectivas una continuidad. De donde todo hecho histórico viene de alguna manera condicionado por los hechos y los hombres que le precedieron en el tiempo. Desde tal punto de vista es evidente que es Varela un precursor de nuestra independencia. Sin embargo, si su participación en el proceso estuviese reducida a esta mera antelación histórica, nadie, con justicia, pensaría que merece el título de precursor. Y claro que no fue esto lo único que hizo. Por lo que merece justamente mucho más.

Pero acaso se exagera algunas veces su posición, situándolo diáfanamente como revolucionario. Cuando esto se hace nos parece que se olvida la condición de hombre de transición de Varela y se olvidan con ello todas las dubitaciones e inestabilidades a que está expuesto el hombre que con unos supuestos vitales –creencias, al decir de Ortega– comprende la razón de otras normas, pero se halla incapaz de pautar su vida por ellas.

No se estime con notorio simplismo –no obstante– que ello implica una desestimación de los méritos de nuestro presbítero. De antemano confesamos que no vemos cómo podría la historia hacer su tránsito por el mundo si no hubiera estos hombres y estas épocas que a modo de puente dan continuidad al acontecer. Creemos, por el contrario, que es hora de una revisión que dé su justo valor a estas épocas y a estos hombres. De aquí que estimemos que Varela –como hombre de transición– no puede en justicia ser considerado como revolucionario genuino. Sí, en cambio, como hombre que previó racionalmente mucho de nuestro devenir y que discurrió ampliamente sobre ello; pero a quien su formación y su estilo de vida le impidieron tomar con todas sus consecuencias una posición francamente revolucionaria, que hubiera sido el natural corolario de sus ideas; y aquí está precisamente su tragedia.

Es que a Varela se le presenta al discutir las cuestiones sociales, el mismo dilema que se le presentaba cuando discutió su posición epistemológica. Es decir, que por una parte piensa, de modo racional, que las cosas deben ser de un modo; en tanto que la lealtad que debe a los supuestos sobre que fundamenta su vida le impide adoptar la actitud consecuente. Veremos así como Varela discute con toda precisión y detalle y con mucha claridad las cuestiones referentes a los derechos del hombre, a la igualdad, etc., pero sin embargo, cuando debe juzgar los hechos que son la consecuencia natural de estas convicciones, como es la Revolución Francesa, se muestra radicalmente contrario a ella.

Así por ejemplo, en las “Observaciones sobre la Constitución de la Monarquía Española”, se expresa en 1811 con frases tan liberales como éstas: “El hombre tiene derechos imprescriptibles de que no puede privarle la nación, sin ser tan inicua como el tirano más horrible”. O estas otras: “El Gobierno es un mero ejecutor de la voluntad general”. O, “el hombre libre que vive en una sociedad justa no obedece sino a la Ley, mandarle invocando otro nombre, es valerse de uno de los muchos prestigios de la tiranía, que sólo produce su efecto en las amas débiles”. Y en otra parte de la misma obra afirma: “el hombre no manda a otro hombre, la ley los manda a todos”. Y al referirse a la igualdad se expresa así: “Uno de los resultados de la verdadera libertad es el derecho a la igualdad, que quiere decir: el derecho de que se aprecien sus perfecciones y méritos del mismo modo que otros iguales que se hallen en cualquier individuo de manera que una acción no pierde por la persona que le ejecuta”.

Y afirma su opinión democrático-liberal cuando dice: “La independencia y libertad nacional son hijas de la libertad individual y consisten en que una nación no se reconozca súbdita de otra alguna, que pueda darse a sí misma sus leyes, sin dar influencia a un poder extranjero y que en todos sus actos sólo consulte a su voluntad arreglándole únicamente a los principios de justicia, para no infringir derechos ajenos”.

Sin embargo, el hombre que vertía opiniones tan liberales, el hombre que sostenía que “el Gobierno debía ser una mero ejecutor dela voluntad general” y que postulaba que ninguna noción debía ser súbdita de otra, sino normar su vida por su voluntad y basándose en la justicia, se manifiesta en la misma obra contrario a la República, que es el régimen político congruente con tales postulados y afirma y defiende la monarquía, en que el hombre es súbdito de otro hombre sin intervención de su voluntad, con estas palabras. “La autoridad que reprime el poder ejecutivo ha de ser constante, para que no opere según los intereses del momento, como suele suceder en las repúblicas”. Y así, muchos años más tarde, al escribir sus “Cartas a Elpidio” juzga muy despectivamente a la Revolución Francesa y a sus teorizantes. Y dice: “El sentido común popular, aquel instinto que tiene la muchedumbre para dirigirse a ciertos objetos que le favorecen y separarse de otros que le perjudican, no está enteramente extinguido; y a pesar de todos los esfuerzos de los impíos, la multitud sencilla conoce la tendencia y palpa los frutos de la impiedad, a la cual hace responsable de los raudales de sangre que inundaron la Francia; y de aquí el odio conque son mirados los apóstoles del exterminio”. A través de todas las “Cartas a Elpidio” vibra un no disimulado rencor contra la Revolución, que se apoyaba en el deísmo o religión racional, y contra sus corifeos. Hay contra Rousseau abundantes referencias y alguna vez lo califica de “miserable”. Otro tanto ocurre con Voltaire, con Diderot, y en general con los filósofos de la Ilustración.

Sin embargo, no nos dejemos llevar por las apariencias en lo referente a tales cuestiones, pues no estaba ahí la médula de su pensamiento. Estaba por el contrario, en su afirmación del credo democrático, en su postulación de los derechos del hombre, en su convicción de que hay momentos en que todos los hombres de provecho deben acudir al llamamiento de la patria cuando ésta los necesita; fueren cuales fuesen sus preferencias e inclinaciones. En este sentido dice: “Los hombres de provecho, que depongan una timidez cohonestada con el nombre de modestia, que tomen parte en todos los negocios públicos con el desinterés de un hombre honrado, pero con todo la energía de un patriota. No abandonen el campo para que se enseñoreen en él cuatro especuladores y alguna chusma de hombres degradados, que sin duda, se animarán a tomar la dirección del pueblo si encuentran una garantía de la audacia en la inoportuna moderación de los hombres de bien”. Y continúa: “El crimen no es osado, sino mientras la virtud se muestre débil”. Y en otro lugar afirma: “Es preciso confesar que hay apatías más crueles que las mismas furias”.

Aquí tomamos uno de los puntos en que vuelve a presentarse otras de las antinomias tan frecuentes en Varela. ¿Era un político? ¿Era simplemente un intelectual? Ni lo uno, ni lo otro. Tal vez predominara en cada una de las diversas etapas de su vida una de las actitudes; pero nunca –es lo cierto– tuvo una de ellas fuerza bastante para arrastrarle cabalmente. No produjo por eso la obra mesurada, sistemática y sabia que era de esperar en hombre de tan relevantes calidades intelectuales si sólo se hubiera dado a los temas de contemplación. Ni fue tampoco un político consumado. Le faltó para ello siempre, en último término, esa renuncia a principios inconmovibles que –al decir de Spranger– debe ser la base en que se mueva todo político de verdad, para quien las circunstancias en cada caso dictan la norma. Se argüirá –y compartimos la opinión– que el tipo puro no se da. Pero es lo cierto que en la interacción de las dos actitudes se dan frecuentemente elementos de predominio tales, que permiten una clasificación. En Varela –como en todos los hombres de transición– el problema se hace más difícil. Así, nos asombra por su capacidad para la especulación pura en muchas ocasiones, en tanto nos maravilla muy reiteradas veces su sentido práctico y su perspicacia para discernir la conducta política a seguir. De este modo el hombre que se nos revela tan cómodamente instalado en el recinto de la especulación intelectual, no desdeña bajar al acontecer de cada día para opinar, dictar normas y actuar, incluso, en cuestiones políticos de género menor. Y asombra entonces su sentido de los hechos y de las cosas y vernos asomar por detrás de sus opiniones un espíritu político muy claro. En las páginas de “El Habanero” vibra mucho de esa actitud. Véanse si no estos ejemplos: “sea cual fuere la opinión política de cada uno, todos deben convenir en un hecho, y es que si la revolución no se forma por los de casa, se formará inevitablemente por los de fuera, y que el primer caso es mucho ventajoso”. Comprende por eso que Cuba no puede escapar a su situación sino por la revolución, y afirma: “Quiera o no quiera Fernando, sea cual fuere3 la opinión de sus vasallos en la Isla de Cuba, la revolución de aquel país es inevitable. La Isla de Cuba sigue la ley de la necesidad y así como por ella se conserva dependiente, por ella misma puede verse precisada a tomar otro partido”. Y continúa más adelante: “sea cual fuere la opinión política de cada individuo deben todos reconocer el gran principio de la necesidad y hacer todo lo posible para que su aplicación no produzca males”.

Y a los que se alarman de su postura revolucionaria les dice: “Este será el lenguaje con que el interés momentáneo procurará callar la voz imperiosa de la razón”. La certera visión política de Varela se revela en estas frases, frases que podríamos multiplicar seleccionándolas a través de sus escritos de las “Observaciones”. Empero, es evidente que no mantiene en todas estas obras la misma postura. ¿A qué se debe? Pues simplemente a la circunstancia en que produjo cada una de ellas. Cuando escribe sus “Observaciones” no ha cumplido aún 30 años. Tampoco ha intervenido todavía de modo activo en la lucha política. De aquí que sus opiniones sean aún –como diríamos– librescas. Están inspiradas en las doctrinas de los teorizantes del Estado y sólo son revolucionarios en la medida en que ello es compatible con una formación intelectual ocurrida dentro del estrecho marco de un seminario; aunque verdad es que, para la época, muy abierto a todos los vientos del espíritu.

Las páginas de “El Habanero” están ya abonadas por otro saber y otras experiencias. Ha pasado Varela entonces por una elección; ha sufrido en su carne el yugo de la tiranía frente a la razón y está pasando por las vicisitudes del destierro. ¿Qué de extraño hay pues en que se acentúe entonces su ímpetu revolucionario?

El hombre –sin embargo– de las “Cartas a Elpidio” es ya un escéptico en política, un desencantado; además de un hombre enfermo y cansado. La actitud política franca, y la rebeldía no pueden reducirle. Tiene ya demasiada historia tras sí. Puede por ello volver a tomar altura y juzgar con perspectiva. De ahí que aparezca entonces su más acabada obra desde el punto de vista del estilo. Pero en ella se ha perdido la capacidad para estar a tono con las circunstancias: el hombre, muy madura ya, tiene esquemas con que juzgar que le impiden ver claridad cuando lo juzgado afecta a los fundamentos de tales esquemas. De ahí sus diatribas continuadas contra la Revolución Francesa y contra sus corifeos, cuando ya resultaba hasta anacrónico, pes no se olvide que corría el año 1838.

Es pues, Varela, hombre que en su momento sirvió a la integración de la conciencia política del país, que desde su “Cátedra de Constitución”, y desde las páginas de “El Habanero” indicó a la juventud cubana, que le recordó siempre con cariño, normas y rutas a seguir. En tal sentido, merece justamente el título9 de precursor de la nuestra independencia.

Pero no queremos terminar este capítulo sin decir que tuvo Varela una intuición clarísima del papel que le estaba reservado a América como continente y refugio de la libertad en el mundo. Así dice en uno de los artículos de “El Habanero”.

“El americano oye constantemente la imperiosa voz de la naturaleza que le dice: yo te he puesto en un suelo que te hostiga con sus riquezas y te asalta con sus frutos, un inmenso océano te separa de esa Europa donde la tiranía ultrajándome, holla mis dones y aflige a los pueblos; no la temas: sus esfuerzos impotentes; recupera la libertad de que tú mismo te has despojado por una sumisión hija más de la timidez que de la necesidad, vive libre e independiente; y prepara un asilo a los libres de todos los países; ellos son tus hermanos”. ¿Hay aquí premonición?

Y más adelante afirma: “En América no hay conquistadores, y si algún pueblo intentase serlo, deberá esperar la reacción de todo el Continente, pues todo él verá atacado el principio americano, esto es: que la libre voluntad de los pueblos es el único origen y derecho de los gobiernos, en oposición al lamentable principio de la legitimidad europea”.

Está aquí, en germen, el credo del panamericanismo. No sólo Cuba, pues, sino también América, tiene una deuda de gratitud con Varela, el hombre que tanto la amara y que tan claramente vislumbró su destino.

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