Páginas Revisitadas: Los dilemas de Mella

A cargo de Walter Espronceda Govantes

A Julio Antonio Mella la cultura cubana le deberá siempre la hazaña de haber rescatado y enaltecido el periodismo de José Martí. Con ello, el pensamiento social cubano emplazado en el preludio del segundo cuarto del siglo XX, encontró el mayor asidero para litigar el presente y el futuro del país en el ámbito de lo político.

En el texto que sigue a continuación, Fernando Martínez Heredia consigue algo similar en relación con el propio Mella: indagar en la génesis de las encrucijadas políticas que enfrentó el joven intelectual, comunista y luchador cubano en una época particularmente adversa para llevar a cabo reivindicaciones sociales. Estas ideas constituyen el contenido, íntegro, de una conferencia recogida en el libro Dos siglos de pensamiento de liberación cubano, cuya compilación estuvo a cargo del doctor Eduardo Torres-Cuevas y fue publicado por Ediciones Imagen Contemporánea, en La Habana, en el año 2003.

Los dilemas de Mella

Por Fernando Martínez Heredia

Julio Antonio Mella, como cualquier otra personalidad descollante de la historia, pudo haber tenido una vida diferente a la que tuvo, si hubiera dedicado sus potencialidades personales a otros afanes y otros valores. Es decir, tuvo que enfrentar una y otra vez opciones y circunstancias, envueltas en las complejidades y urgencias de lo que estaba sucediendo, tuvo que construirse y, seguramente en más de una ocasión, tuvo que vencerse a sí mismo, para ser el Mella que ensalzamos hoy en su aniversario. Resulta estéril el elogio que considera la grandeza de un individuo como algo natural, dada por una gracia al nacer, en realidad disminuye su valía y escamotea todo el esfuerzo de su vida: esa alabanza es sólo un adorno depositado en la soledad del sitial del héroe. Quiero utilizar el breve tiempo de mi comentario para presentar solamente –y de manera esquemática– los dilemas políticos, ideológicos, culturales fundamentales a los cuales se enfrentó Mella, y cómo hizo avanzar la causa nuestra con sus actuaciones frente a ellos. Esos dilemas nunca son obvios, y mucho menos, en tiempos de Mella. Añadiré unas palabras acerca de su lugar histórico, su vigencia y la necesidad que tenemos de él.

En primer lugar, el joven fundador de un movimiento estudiantil de protesta en la Universidad habanera de 1922, tuvo que hacer un complejo aprendizaje y recorrer un camino desconocido. Aquel movimiento tenía que ser capaz de revolucionar su propio medio, trascender al malestar que lo motivaba e ir a la raíz de los problemas y a la identificación acertada de sus causas. Debía crear conciencia y organización, ganar a muchos y extenderse. Pero aun así se encontraría pronto con los límites de su propia entidad y alcance. La revolución estudiantil debería entonces hallar su lugar de pertenencia, que no era ella misma; y este lugar, que era ante todo ser conciencia cívica y denunciar los males de la república, podía resultar inocuo y hasta reabsorberse por el sistema, si no se daba el paso decisivo de formar parte de un movimiento de cambio radical de la sociedad cubana, con el cual los trabajadores debían llegar a ser protagonistas.

¡Cuántas cuestiones a entender y hacer, y en plazos tan breves! Ante todo, ese deber ser es el que hemos establecido nosotros después: en 1922, ninguno de los implicados lo conocía. La mayor parte de los involucrados no era capaz de entender por sí misma ese camino, y muchos no fueron capaces de recorrerlo hasta el final. Ésa constituye la materia real de toda historia, tantas veces empobrecida o escamoteada por las selecciones y versiones que se hacen de ella. Además, diferentes formas de protesta e ideas y proyectos de mejoramiento o cambio competían en la Cuba de esos años, formando un entramado de criterios, actuaciones e influencias, que sostenía complejas relaciones con las corrientes ideológicas, políticas y culturales existentes, con los grupos sociales y sus intereses y representaciones, y con las estructuras y poderes vigentes. Es decir, no debe olvidarse que nadie –fuera Mella, el movimiento estudiantil o cualquier otra corriente– actuaba solo o de manera autónoma en la sociedad.

Para Julio Antonio, el inicio fue el deporte y una sociedad secreta, con sus ritos de iniciación y su rebeldía primitiva, que es el motor pequeño de los rebeldes del pueblo. Pero los remos y la cita nocturna en el cementerio, e, incluso, los gritos de protesta y al violencia física, podían limitarse solo piezas de una juvenilia de los primeros años 20, apta finalmente para disolverse después en la vida profesional de cada uno, o el prólogo de una ventajosa vida de político. Mella anduvo todo el camino: la creación de la Federación Estudiantil Universitaria, las protestas y las tomas, los debates candentes, las declaraciones y la prensa radical, la conmoción estudiantil, el Congreso de Octubre de 1923. Siguió avanzando hasta la fundación de una Universidad Obrera, hasta encontrarse con el gran líder proletario Alfredo López y ser su compañero y amigo, y formar parte de una acción revolucionaria de anarcos y socialistas que llegó a fundar una confederación obrera y un partido comunista. El líder estudiantil va pasando a un campo diferente, en el cual se comparte una meta nueva: hay que educar a los trabajadores, y educarse uno con ellos.

El gran reto durante la democracia con gran corrupción administrativa que predominó en la política doméstica del zayato, muy superior al de la represión, consistía en independizar la conciencia, la actuación y la organización de los cauces del sistema. Algunas iniciativas tuvieron un éxito efímero, otras no; la FEU de 1924 no siguió a Mella, pero el instituto de La Habana mantuvo todavía la bandera. Mella fue el creador de un nuevo espacio revolucionario en Cuba que tendría gran resonancia en las décadas siguientes: la Universidad. En una perspectiva más general, lo esencial en este período era formar y acendrar en personas y en grupos organizados la vocación subversiva anticapitalista. Entre sus 18 y sus 21 años, Mella transitó de manicato a comunista, sin dejar de ser manicato, afortunadamente.

Un segundo dilema que quiero destacar es el del movimiento antimperialista. En ese terreno –como en otros–, la república burguesa neocolonial constituyó un retroceso respecto de las ideas y la posición de José Martí, y frente a la ideología mambisa. A pesar de ello, a través de las extraordinarias jornadas cívicas por la conquista del Estado-nación de 1898-1902, y de 20 años de república, el legado cultural de la gesta por la independencia nacional marcaba a fuego a los cubanos, y se mostraba en orgullos, frustraciones, ideas, prejuicios, rencores y las más diversas expresiones. Es imprescindible tener en cuenta también las fuentes de formación de nacionalismo –y de antimperialismo– provenientes de la vida en las dos primeras décadas republicanas, no ya de la gesta previa; entre ellas resultan ciertamente importantes las de las experiencias, ideas y luchas de los trabajadores radicales.

En los primeros años 20, los sentimientos antimperialistas ganaban espacio. Una conjunción mundial de repudios, a la lógica que llevó a la humanidad a la Gran Guerra de 1914-1918 ayudaba en América Latina a trascender la vieja forma de antimperialismo consistente en una resistencia cultural –con su fuerte componente de hispanidad–; se avanzaba desde la censura a las agresiones yanquis a Nicaragua, Haití, República Dominicana, México, hasta la denuncia y explicación de formas económicas y políticas de dominación del sistema. Pero las tendencias unificadoras a escala mundial habían venido hasta ahora de la expansión del capitalismo: mercado mundial, tecnologías y consumos, colonialismo, imposiciones violentas, capitales, ideas, acerca de la mayor parte de los campos de la vida social y de las ciencias, modas. Los países colonizados y neocolonizados enfrentaban sus situaciones desde un mar de contradicciones diversas, entre las propias, las creadas por las dominaciones del capitalismo y sus combinaciones.

¿Cómo encontrar caminos para superas esas situaciones, y qué caminos serían? Aquellos que como Mella luchaban por soluciones revolucionarias, eran desafiados por preguntas esenciales como éstas: ¿cómo llevar a amplias masas a la lucha antimperialista?, ¿qué era lo principal, la defensa de la nación o la perspectiva anticapitalista?, ¿quiénes serían los protagonistas de la acción antimperialista, con quién aliarse, cuáles las tareas inmediatas, qué era preferible posponer? Esas y otras devenían las incógnitas del pensamiento ya la acción antimperialistas, y no podía esperarse por largos debates previos: urgía despejarlas.

Mella supo entender algo fundamental: el antimperialismo ya sólo resultaría viable en nuestro tercer mundo si era anticapitalista, y la ideología más avanzada para pensar el futuro era la comunista. Y fue totalmente consecuente con ese hallazgo. Pero aquella definición no era suficiente; era solamente el punto de partida. Envuelto en una acción muy intensa, su pensamiento, sin embargo, saltó hacia adelante y comenzó a mostrar una creatividad y unos asuntos realmente notables. Estaba claro que la concientización, la agitación y el debate que habían emprendido Mella y sus compañeros, resultaban superiores a la fuerza organizada con que podían contar: la fundación del Partido Comunista de 1925 devino, sobre todo, un acto ideológico. Pero en el álgebra revolucionaria el número se cuenta de otro modo. Caminar con los trabajadores, conducirlos del sindicalismo revolucionario a la Confederación Nacional Obrera de Cuba y al comunismo, formar cuadros y militantes, asegurar la concientización y el estudio, era la vía acertada. Pero el autoritarismo del régimen machadista redujo el espacio a ese crecimiento en la segunda mitad de los años 20, y el rechazo político a la Prórroga de Poderes constituyó el centro de la protesta popular en Cuba.

La huelga de hambre y el exilio ampliaron bruscamente la dimensión de Mella y su campo de acción: es uno de los protagonistas del Congreso Antimperialista de Bruselas, conoce la Unión Soviética y el movimiento comunista internacional, pasa por Nueva York. Se establece en México, y como organizador de militantes sociales y dirigente del Partido Comunista, participa en uno de los procesos más ricos de aquellos años: el que emergía de la gran Revolución Mexicana iniciada en 1910, un medio de experiencias prácticas y de ideas muy radicalizado, en el cual se enfrentaban a la vez las cuestiones agraria, del control de la sociedad por un nuevo sistema político, de las nuevas instituciones, de las organizaciones de la sociedad, de la religión, de las etnias, de las relaciones con Estados Unidos y también con la URSS. Mella se involucró a fondo en ese mundo mexicano –y también en los intentos revolucionarios de Venezuela y en la solidaridad con la lucha de Sandino–, pero sin dejar de atender nunca al que hay era su objetivo central: la revolución cubana. Al mismo tiempo, su militancia y sus ideas lo lanzaron al centro de otro evento histórico: la primera etapa práctica de la lucha por la universalización del marxismo y del socialismo de tipo comunista.

En esa década del 20 en la cual Mella vivió su vida política, los opositores al capitalismo y sus formas de colonización en el mundo vivieron una gran alternativa: la posibilidad de comunicarse y entenderse entre sí, marchar juntos y llegar a formar un nuevo bloque histórico, capaz de disputar con éxito su dominio al imperialismo. Es decir, de responder a la universalización del capitalismo con la de la revolución contra él. Quizás, el plazo histórico que se necesitaba para ir creando una base de conjunción cultural de ese tipo no podía ser muy breve –dadas sus grandes diversidades y escasas comunicaciones previas–, pero a fines de la década estalló la mayor crisis económica de la historia capitalista, y en los años 30 el proteccionismo, el auge del fascismo y las rivalidades entre potencias llevaron hacia una Segunda Guerra Mundial; estos factores proveían un largo plazo favorable a los opositores populares. Mas, desde aquellos mismos años 20 se formó una situación en el interior del movimiento que tuvo consecuencias funestas.

La Revolución de Octubre y el poder revolucionario que ella creó en un Estado que era toda una región del mundo, constituyeron un gigantesco polo cultural atractivo, frente a las matanzas y las miserias del capitalismo. Uno de los frutos de esa revolución, la Internacional Comunista, y otras nuevas organizaciones que ella guiaba, ofrecían una buena base para todo el complejo inicio y el avance de aquella conjunción liberadora de clases, demandas, naciones, culturas y potencialidades de los seres humanos. En vez de eso, sucedió quizá la mayor tragedia de la revolución en el siglo XX. La aplicación práctica de la llamada bolchevización de los partidos comunistas, la nueva línea del VI Congreso de la Internacional de 1928, el sectarismo, el dogmatismo, las manipulaciones que se hicieron dominantes en el movimiento, les impidieron sacar mayor provecho al ejemplo soviético y al heroísmo y la abnegación de tantos miles de militantes en el mundo, y frustraron la captación de grandes núcleos de poblaciones y de líderes e intelectuales, cuyo lugar lógico hubiera sido formar parte de un poderoso y amplio movimiento de ideas y de luchas sociales y políticas en camino hacia la liberación.

En los años de su maduración como revolucionario, el joven Mella actuó en medio de la implantación de esa situación en su propio movimiento. Resulta asombroso cuánto avanzó, cómo fue capaz de defender con argumentos e ideas las posiciones más revolucionarias, suplir con intuiciones y con iniciativas las ausencias y deficiencias del desarrollo práctico de las luchas y de su propia formación, y dejar una huella extraordinaria en todos los medios en que se desenvolvió. Y todo lo hizo sin salirse nunca, ni un ápice, del ámbito de la ideología y las organizaciones proletarias que había abrazado y ayudado a fundar, y del ideal de la revolución de los comunistas. Esa combinación tan feliz de creatividad y militancia la ejerció con rigurosa consecuencia, a pesar de las incomprensiones y acusaciones que tuvo que enfrentar. Es imprescindible incorporar la recuperación de toda la memoria histórica de las ideas y las prácticas revolucionarias del siglo XX, sin caer en caer en omisiones, ocultamientos o distorsiones, como parte del combate cultural con que enfrentamos hoy la ofensiva cultural mundial del capitalismo y defendemos la sociedad más justa y la soberanía que hemos creado con tantos esfuerzos y sacrificios. Si lo hacemos, podremos apreciar en toda su magnitud la grandeza de Julio Antonio Mella.

Y me asomo a la tercera cuestión que Mella tuvo que plantearse, y en la cual también acertó: la revolución de los comunistas tenía que ser nacional, vivir y sentir como propias las ansias de liberación nacional de cada pueblo, guiar bien a los explotados y oprimidos para lograr la formación de una vanguardia revolucionaria capaz de osar arrastrar al pueblo a la conquista y ejercicio del poder, y no conformarse con reformas parciales. Construir un bloque histórico en el cual coincidieran los ofendidos y los humillados, los excluidos y los portadores de intereses socialmente útiles, el nacionalismo y los ideales libertarios; un bloque cuya acción fuera a la vez una escuela en la cual se aprendiera que el socialismo es el camino y la opción que hace viables las liberaciones. No es lo mismo afirmar esto más de 40 años después del triunfo de la Revolución Cubana que postularlo hace 75 años. Entonces parecía imposible un cambio social tan profundo y radical, y muy difícil introducir esas ideas en el campo de los pensamientos posibles; en esa posición tan adversa, lo más “normal” para los seguidores del comunismo era el desquite de considerarlo una palanca de comprensión y una posición política superiores a todas las demás, y un movimiento siempre obligado a denunciar los engaños contenidos en las diversas políticas del sistema y las ilusiones que albergaban las clases intermedias de la sociedad.

Mella, uno de los fundadores del comunismo cubano, logró comprender el lugar cimero de Martí en la historia cubana, su trascendencia y la necesidad de asumirlo para realizar una nueva tarea histórica de liberación que continuará la suya y fuera más allá. Y lejos de la pedantería cientificista escribió: “cuando hablo de José Martí siento la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales”. Éste folleto suyo de noviembre de 1926 constituye un notable paso de avance del pensamiento revolucionario cubano, aún más si se compara con las dificultades confrontadas por los marxistas cubanos hasta avanzados los años 30 para asumir lo esencial del proyecto y la trascendencia histórica de José Martí. Seis meses después les celebra a los miembros del Directorio Estudiantil de 1927 hacer lo que él define como la política revolucionaria: luchar “con todos los medios” contra “un régimen que los oprimidos no están dispuestos a soportar”. Mella traduce a un español del mundo del mundo colonizado por el capitalismo la consigna central del Manifiesto Comunista: “Solamente nosotros –todos los oprimidos por el actual régimen– podemos libertarnos de nuestros opresores. La liberación nacional y social no se nos concederá…”. A la vez, es consecuente con la sensibilidad y las necesidades del movimiento comunista en materia de comprensión y alianzas, que lleva a la línea de Frente Único Antimperialista proclamada por la Internacional Comunista en su V Congreso, en 1924. Mella, tan activo internacionalista respecto de Venezuela y Nicaragua, el cubano que se solidariza con tantas causas y exige a los militantes que se sientan latinoamericanos, define el internacionalismo ante todo como “liberación nacional del yugo extranjero imperialista y, conjuntamente, solidaridad, unión estrecha con los oprimidos de las demás naciones”.

En 1928 ocurre el funesto cambio de estrategia de la Internacional conocido como de “guerra de clase contra clase”, pero los dos más grandes comunistas del continente americano en aquel momento –Mariátegui y Mella– dieron el ejemplo histórico de mantener su autonomía militante frente a aquel grave error, ser marxistas de manera creadora e intentar una política revolucionaria viable para la liberación. Una nueva organización revolucionaria creada por Mella, que desde su nombre hacía expresa su relación con Martí –la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios de Cuba–, produjo la primera formulación cubana del siglo XX de un programa para una revolución popular de objetivos socialistas. Al explicar el título de la publicación de la ANERC, escribió: “¡Cuba Libre, para los trabajadores! Esta es la única manera de aplicar los principios del Partido Revolucionario de 1895 a 1898”. La forma de lucha principal asumida por Mella era un plan de insurrección armada contra la dictadura de Machado, al cual trataba de sumar la oposición tradicional de la Asociación Unión Nacionalista, que contaba con grandes simpatías populares. La conjura que culminó en su asesinato fue consecuencia de la extrema peligrosidad para el sistema de esa posición de Mella.

Las ideas y la acción de Julio Antonio constituyen un antecedente histórico de las llevadas a cabo por la Generación del Centenario de 1953 en adelante. Es necesario que al fin estudiemos a ese precursor y fijemos bien el lugar histórico, y que los resultados se divulguen y formen parte de la historia que se maneja en nuestro país. Mella es uno de los exponentes más destacados de la Revolución que llamamos del 30, la tercera de las revoluciones cubanas, y la primera que, al enfrentar sus tareas principales, supo sumarle a la independencia la confianza en la capacidad cubana para el autogobierno, demoler el sistema de la primera república en busca de levantar otro más democrático y más justo, y revolucionar el alcance y las demandas de la justicia social. La Revolución del 30 introdujo el antimperialismo y el socialismo en las mentes, los sentimientos y los proyectos cubanos, e impulsó un nacionalismo más exigente en cuanto a soberanía, autodeterminación, democracia, políticas sociales e intervención estatal. La sociedad posrevolucionaria de la segunda república burguesa neocolonial, contenía una hegemonía muy renovada y compleja, que brindaba cauces institucionales e ideológicos tendentes a evitar la apelación a una revolución, pero en esa sociedad también residía una profunda inconformidad y una cultura que sabían pensar y aspirar a proyectos que superaran lo existente, como resultado de una acumulación histórica de rebeldías en la que a la Revolución del 30 le toca un importante papel.

Mella vivió y murió en una fase demasiado temprana respecto del despliegue de aquella revolución, pero se ganó un lugar cimero entre sus personalidades, porque supo convertirse en el lugar de encuentro entre la gesta de la liberación nacional y el ideal y el proyecto socialista nuevos, una combinación que ha sido clave del éxito para la política revolucionaria cubana desde aquellos tiempos hasta hoy. Su obra, su ejemplo y su carisma dieron legitimidad a aquel encuentro, y facilitaron ese avance a miles de revolucionarios que vinieron después.

Mella tuvo que ser muy rebelde para lograr ser revolucionario, y para seguir siéndolo. Muy poco conocido, su grandeza, sin embargo, ha sido reconocida por todos y ha conmovido a muchos. Mella ha sido ejemplo, herencia yacente, símbolo de revolución, el líder más puro, el sacrificio, el pensamiento más alto. Debemos estudiar la naturaleza, el soporte, el alcance y la eficacia de esas emociones que sí comunican, motivan y suman voluntades, Mella está en la vocación subversiva y los antiguos gritos que hicimos nuestros los jóvenes un tercio de siglo después, con las adiciones necesarias; está en los miles de internacionalistas que han sabido trabajar, luchar y morir en cualquier parte del mundo, tuvieran o no en el bolsillo el carné de Mella, Camilo y el Ché. Que continúe activo, formando parte del combate en esta hora decisiva de Cuba, depende de nosotros. Si me permiten imaginar a Mella diciendo sólo una frase hoy aquí, quizás sería. “Sean siempre comunistas, pero sin dejar de ser manicatos”.

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