Páginas Revisitadas: Pero vino la guerra

Muy poco se ha dicho acerca de los rasgos de la personalidad de Ignacio Agramonte. En el texto reproducido debajo de estas líneas, la investigadora Elda Cento Gómez ofrece un retrato del patriota cubano desde su simiente camagüeyana. La información cualitativa aportada por la autora resulta esencial para entender la impronta del Mayor General no únicamente en la “Guerra de los Diez Años”, sino en la historia cubana ubicada en el centro del proceso de liberación nacional. La presente entrega es un fragmento del ensayo introductorio del libro De la primera embestida. Correspondencia de Ignacio Agramonte (noviembre 1868-enero 1871), compilado por la propia ensayista e investigadora y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, en 2014.

Pero vino la guerra

Por Elda Cento Gómez

¡Hurra! ¡A caballo, hijos de la niebla!

Suelta la rienda, a combatir volad.

La cuna que meció a Ignacio Agramonte en 1841, tuvo –si pudiéramos animarla de ese modo–, tres características claves: fue rica, criolla y camagüeyana. Esos serían, en buena medida, los “mortales ingredientes (que) armaron al Mayor”, al decir de la hermosa canción de Silvio Rodríguez y aunque pueda parecer un tanto subjetivo, la fórmula es muy precisa y en ella, el tercero de esos ingredientes fue decisivo.

Europa y España eran para sus mayores, un referente en las historias familiares. Los Agramonte llevaban ocho generaciones en Cuba y los Loynaz, cinco. Emparentados para la fecha con los más importantes apellidos de la ciudad –Miranda, Recio, Zayas Bazán, de la Torre, Agüero, Duque Estrada, Bringas, entre otros–; formaban parte de ese complejo fenómeno sociocultural identificado como el patriciado camagüeyano. Las redes familiares, junto a haciendas y profesiones, les habían permitido labrar fortunas y ocupar importantes responsabilidades públicas. Varios fueron abogados y el padre de Ignacio alcanzó el título honorífico de Regidor Fiel Ejecutor del Ayuntamiento de Puerto Príncipe y se asegura era de los pocos que en cabildos se “atrevía contra los abusos del gobierno”.

La casa natal del héroe –marcada entonces con el número 5 de la calle Soledad– continúa siendo el mejor argumento del linaje familiar. En una ciudad cuyo centro histórico se destaca por la irregularidad de su trama y edificaciones de una sola planta, la enorme casona esquinera de dos plantas, entresuelo, patio central con tinajones y escudo de armas en la fachada sobresale, no solamente entre los inmuebles circundantes, aunque sepamos que en vísperas de la guerra ya las bolsas familiares no estaban tan holgadas como antaño.

La familia Agramonte-Loynaz debió ser la típica familia cubana, “verdadero taller en que toma parte activa, con sus trabajos y sus pasiones, el cabeza de familia, la esposa-madre –el alma de la casa– los hijos que comienzan a despuntar, los amigos, los socios y parientes”. De la descendencia del matrimonio Agramonte Loynaz, solo cuatro llegaron a la mayoría de edad: Ignacio, Enrique, Francisca y Loreto. A sus hermanos Enrique y Panchita lo unieron especiales lazos de afecto, tanto, que en su época de estudiante en La Habana ejerció sobre el primero, al que apenas le llevaba dos años una tutela casi paternal.

En su ciudad natal recibió la mejor educación que podía lograr en ella, pero en 1851, siguiendo una práctica muy extendida entre los lugareños, sus padres decidieron mandarlo a estudiar al extranjero. Eligieron Barcelona. Tenía apenas 10 años, regresará en 1857 y matriculará casi de inmediato en la Universidad de La Habana. Por fuerza tuvo que aprender a valerse por sí mismo, en íntima camaradería con condiscípulos pertenecientes a una generación “modelada en buena parte en plena adolescencia y frescura juvenil, por la influencia de los grandes cambios producidos en el mundo a partir de la gran conmoción europea y mundial de 1848”.

Las escasas fotos conservadas de Agramonte concuerdan con las descripciones hechas por quienes lo conocieron. A una presencia física de varonil belleza se añadía el ser “solícitamente pulcro en el vestir y en sus modales”. Aurelia Castillo diría que se distinguía por “su educación esmeradísima, por su trato respetuoso, por su seriedad”, resaltando cómo nunca permitió que “ni la sombra de una mancha (…) pasase por el limpísimo cristal de su honor”, actitud que lo llevó a retar a duelo a personas que consideraba habían ofendido su dignidad; tenía en fin –recuerda Ramón Roa–, un carácter de “ignescente susceptibilidad (…) que de recto saltaba a lo impulsivo”. Y como si fuera poco, dotes de orador, facilidad de palabra como diríamos ahora. Pensar que llevaba sobre los hombros la mezcla de apellido, presencia física, inteligencia y educación, que tantos petimetres ha creado. ¿Habrá pasado nuestro Ignacio inadvertido en alguna ocasión? Difícil. Algo de ello debió intuir Martí para escribir que “a los pocos días de llegar al Camagȕey, la Audiencia lo visita, pasmada por tanta autoridad y moderación en abogado tan joven; y por las calles dicen: “¡ese!”; y se siente la presencia de una majestad (…)”.

Así era el hombre que se va a la guerra. Con acierto Mary Cruz escribió que El Mayor en la contienda:

“Va a chocar contra personalidades tan fuertes como la suya –aunque quizás no tan puras–, y va a vencer, venciéndose a sí propio en lo que de negativo o egoísta ha tenido.

“Descubrirá en su personalidad cualidades insospechadas, y será capaz de estructurar un Estado en la manigua, y de transformarse en soldado y hacer de hombres apocados un ejército.”

Hago estas precisiones, a primera vista un tanto prolijas para un texto cuya finalidad es la presentación de documentos, porque estimo son importantes para aquilatar el complejo proceso de formación del gran jefe militar que llegó a ser y en el cual tuvo que moldear rasgos de su personalidad, de un modo que en otras circunstancias tal vez no hubiera sido necesario. A veces la frecuencia del empleo de una frase nos distancia su significado, como pudiera ser el caso de la hermosa imagen martiana de que Agramonte era un “diamante con alma de beso”.

En la carta de despedida que le escribiera Manuel de Quesada el 20 de enero de 1870, este le hizo una verdadera profesión de fe:

“La etapa que comienza a recorrer la Revolución, será difícil; sea usted constante y firme como hasta aquí. Calme usted las pasiones adonde quiera que las vea surgir, y propenda a la unión de todos los cubanos, único medio de vencer a un enemigo que ha sabido unirse para combatirnos. En fin, amigo mío, siga usted siendo el modelo de los jóvenes y la admiración de los viejos, y no dude que llegará a adquirir un nombre preclaro (…).”

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Walter Espronceda Govantes 44 Artículos escritos
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