Palabras pronunciadas por Aurelio Alonso durante la entrega del “Premio por el servicio a la nación Monseñor Carlos Manuel de Céspedes”





 

Buenos días a ustedes. Agradezco el privilegio de poder decir unas palabras en memoria de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes en esta entrega primera del Premio al Servicio a la Nación que el proyecto Cuba Posible ha creado en su nombre.

Me he propuesto no centrar esta reflexión en los recuerdos que la larga amistad que tuvimos me permitió atesorar sobre su persona, su vida y su obra, sino tratar ahora de transmitir más bien una breve semblanza de algunas de las virtudes que justifican la iniciativa de creación de este galardón en su nombre.

En un artículo reciente en recuerdo suyo, el joven jurista Julio Antonio Fernández Estrada afirmaba que Carlos Manuel “no desechaba a una sola persona, un solo hecho, un solo proceso del cocido de Cuba”. Una frase que caracteriza bien las convicciones propias de su fuerte identidad personal. Considero que estamos ante una de esas figuras que escapan a los intentos de definiciones maniqueas, de esas que se consiguen simplificando patrones de conducta. Maniqueísmo que puede ser equívoco en tiempo de Revolución.

Dos pasiones lo definían: Cuba y la Iglesia, y en ellas se reconocía sin reparos. Como las había identificado también en Félix Varela, y así tituló el excelente ensayo que le dedicara, publicado en Madrid hace casi dos décadas, y que espera aún por una edición cubana. Varela, que fuera además padre de nuestro independentismo, era el punto de partida del legado en el cual se reconocía Monseñor, seguido por Carlos Manuel de Céspedes, su tatarabuelo, y culminado por José Martí. Sabía que no faltaban sombras en esa historia, mucho más compleja, con la cual su objetividad tampoco presumía, indulgente como no podía dejar de ser con su tío abuelo Mario García-Menocal, cuyas cualidades nunca dejó de exaltar.

Pero su cubanía no se quedaba en el legado de nuestra historia como nación, en lo que el pasado nos entrega, era a la vez cubanía vivida en presente, en una realidad revolucionaria muy radical, proclamada socialista desde 1961, con la cual la Iglesia cubana había entrado en conflicto temprano, y que alcanzó expresiones discriminatorias desde la perspectiva del ateísmo.

Carlos Manuel pudo quedar a disposición de otros destinos al terminar sus estudios de teología en Roma, como muchos de los seminaristas cubanos contemporáneos suyos. Él escogió regresar a Cuba, fue de los pocos, y ejercer su sacerdocio, sus enseñanzas de teología, su pastoral en esas condiciones.

No lo hizo para jugar el papel del pastor dócil, sin disensos, dentro de los mecanismos eclesiásticos, lo cual le costó que su entrega no fuera reconocida por la jerarquía en la medida en que los que le conocimos y le apreciamos siempre esperamos que fuera. Tampoco se le podrá señalar haber sido una pieza manejada por las políticas seguidas por la Revolución en la relación con la religión y los creyentes. Su sentido de la lealtad a la Iglesia no admitía aquella idea de la disciplina. Su fidelidad a una Cuba que se transformaba en bien de su pueblo tampoco podía ser asumida para él con los ojos cerrados, a despecho de los compromisos marcados por su fe religiosa. Vivió con coherencia esa identidad, sin desestimar las dificultades, los sinsabores y contratiempos que le crearon. Así fue la entrega de su vida, reconocida en su pasión por Cuba y por la Iglesia.

No quisiera terminar sin recordar que el derrumbe del socialismo europeo, que llegó a  estremecer la credibilidad misma en la viabilidad del socialismo, se reflejó en la Iglesia cubana en la carta pastoral de los obispos de 1993. Sin embargo, este hecho no tuvo la misma incidencia en Monseñor Carlos Manuel. Él no vio oportuna aquella pastoral; no prestó a su redacción su pluma, que tanto servicio positivo había dado al entendimiento dentro de la nación, e hizo patente su personal desacuerdo.

Su percepción de una sociedad con los atributos de un socialismo exento de las lagunas del que había desaparecido en el Este, centrado sin embargo en la soberanía nacional, el bien común, la equidad y la justicia social, se hizo presente en su pensamiento con mayor claridad en estos años, siempre con invariable profundidad cristiana. Y yo lo sentía más cercano a aquella visión esclarecida de Rosa Luxemburgo cuando afirmaba que no sería posible el socialismo sin democracia ni la democracia sin socialismo.

Solo espero haber podido sintetizar en estas palabras esta dimensión que tanto admiro de Monseñor Carlos Manuel, y felicito de corazón a Silvio y al colectivo de Ojalá por lo que han hecho y seguirán haciendo a favor de nuestra cultura nacional.

Muchas gracias.
 


Sobre los autores
Aurelio Alonso Tejada 3 Artículos escritos
(La Habana, 1939). Sociólogo y escritor. Profesor de la Universidad de La Habana (1963 y 1976). Fundador del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Miembro del Consejo de la revista Pensamiento Crítico (1967-1971). Investigador ...
0 COMENTARIO

Dejar una Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puede utilizar estos atributos y etiquetas HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

EditorialMedios en Cuba